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Léo Taxil - La Biblia divertida
Dando las citas textuales de la Sagrada Escritura y reproduciendo todas las refutaciones opuestas por Voltaire, Fréret, lord Bolingbroke, Toland & otros críticos.
Edición completa de 1903-1904 París, Librairie P. Fort, 19, rue du Temple, 19

Índice
Acerca de Léo Taxil
Léo Taxil es el seudónimo de Marie Joseph Gabriel Antoine Jogand-Pagès (Marsella, 21 de marzo de 1854 – Sceaux, 31 de marzo de 1907), periodista y escritor francés que sigue siendo célebre por su sátira anticlerical y por una de las mistificaciones más audaces del siglo XIX. Nació en una familia católica y monárquica: su padre, ferretero vinculado a la Mission de France de los jesuitas, pretendía hacer de él un pilar de sacristía. El niño fue instruido primero con los Hermanos Maristas, luego como interno en un colegio de jesuitas. A los catorce años rompió con la religión bajo la influencia de La Lanterne, el periódico clandestino de Henri Rochefort, intentó huir a Bruselas para reunirse con Rochefort en el exilio y fue detenido por los gendarmes en Barrême. Su padre lo hizo entonces internar dos meses en la colonia penitenciaria de Mettray, donde, según sus propias palabras, juró odio eterno a la religión. Después fue expulsado del liceo Thiers por haber encabezado revueltas de alumnos.
El mistificador se reveló temprano. En 1873 persuadió a Marsella, entonces en estado de sitio, de que su puerto estaba infestado de tiburones: unas cartas firmadas por pescadores imaginarios decidieron al comandante militar a enviar un remolcador con cien hombres, que no encontraron nada. Poco después, en Ginebra, anunció una ciudad romana sumergida en el lago Lemán, con un foro y una estatua ecuestre que un arqueólogo polaco afirmó haber distinguido, y vino gente de toda Europa a verla. Su propio seudónimo es una broma: Léo, de Leónidas, un antepasado materno, y Taxil, de Taxiles, el rey indio aliado de Alejandro Magno.
En 1878 se estableció en París y fundó la Librairie anti-cléricale, con los periódicos L’Anti-Clérical y La République anti-cléricale. En 1879 compareció ante el tribunal de jurados del Sena por su folleto À bas la calotte!, acusado de ultraje a una religión reconocida por el Estado y de ultraje a las buenas costumbres, y fue absuelto. En 1881 se hizo iniciar en la logia masónica Le Temple des Amis de l’Honneur français, de la que fue expulsado al año siguiente, ya en el primer grado.
En La Biblia divertida y en su obra gemela consagrada al Nuevo Testamento, La Vie de Jésus, señalaba, con pesada ironía, lo que tenía por las contradicciones, los errores y los absurdos de la Escritura; la primera edición de La Biblia divertida, unas 400 páginas ilustradas por Frid’Rick, apareció en 1882 en su propia Librairie anti-cléricale. Obras como Les Pornographes sacrés o Les Maîtresses du Pape pintaban a los jefes de la Iglesia como libertinos a la manera del marqués de Sade. La empresa no duró: en 1884 la Librairie quebró, y los informes de policía de ese año lo describen en la miseria.
El 20 de abril de 1884, el papa León XIII publicó la encíclica Humanum Genus, que dividía al género humano en «dos campos distintos y opuestos»: el reino de Dios en la tierra, la verdadera Iglesia de Jesucristo, y el reino de Satanás, cuyos partidarios eran «conducidos o ayudados» por la francmasonería. El papa daba a los obispos como primera regla la de «arrancar su máscara a la francmasonería y mostrarla tal como es».
Taxil respondió al llamamiento. En julio de 1885 publicó una retractación de su librepensamiento en su propia République anti-cléricale; en septiembre se confesó y fue reintegrado en la Iglesia; en 1886 hizo una peregrinación a Roma y recibió la absolución; y en 1887, por mediación del nuncio monseñor Rotelli, León XIII lo recibió en audiencia privada. Desautorizó sus obras anteriores y prometió reparar el mal que había hecho a la verdadera fe.
El converso volvió su pluma contra la francmasonería, con la misma vehemencia y los mismos procedimientos. Les Frères Trois-Points (1886) y Les Mystères de la franc-maçonnerie (1887) ofrecían falsos testimonios oculares sobre el culto al diablo en las logias y ponían en escena a Sophie Walder, que atravesaba las paredes y poseía una serpiente que escribía profecías sobre su espalda con la punta de la cola. Los libros se vendían: en 1889 compró el castillo de Sévignac, en el País Vasco. A partir de 1892 publicó el periódico La France chrétienne antimaçonnique con Abel Clarin de la Rive.
De noviembre de 1892 a marzo de 1895, en entregas mensuales firmadas «Dr Bataille» y redactadas con el médico Charles Hacks, Le Diable au XIXe siècle (El Diablo en el siglo XIX) reveló el «paladismo», una francmasonería luciferina inventada por Taxil, y a su gran sacerdotisa Diana Vaughan, pretendida descendiente del alquimista rosacruz Thomas Vaughan. Diana viajaba de planeta en planeta y frecuentaba demonios encarnados, uno de los cuales tocaba el piano en forma de cocodrilo. En marzo de 1895 recibió una revista propia, Le Palladium régénéré et libre. Tras tres números se convirtió, el día en que dejó escapar una palabra de admiración por Juana de Arco, cuyo nombre puso en fuga a los demonios; a partir de julio de 1895 aparecieron, por entregas, sus Mémoires d’une ex-palladiste. Bajo su nombre, Taxil publicó también una Neuvaine eucharistique (Novena eucarística), y Roma se mostró benévola: el cardenal Parocchi le escribió, y en septiembre de 1896 la revista jesuita Civiltà Cattolica bendijo a «la noble Diana Vaughan».
El papa, por su parte, reprendió al obispo de Charleston, que había calificado esas confesiones antimasónicas de superchería, y envió su bendición al primer congreso antimasónico internacional, reunido en Trento en septiembre de 1896 en presencia de treinta y seis obispos, donde Taxil tomó la palabra. Fue también en Trento donde las dudas estallaron a plena luz: el congreso nombró una comisión encargada de establecer si Diana Vaughan existía, y reclamó su partida de nacimiento y un certificado de comunión firmado por un sacerdote. En enero de 1897, el periodista Pierre Lautier, que había afirmado haberla conocido, retiró su testimonio.
Taxil prometió por fin presentarla en una conferencia, el lunes de Pascua 19 de abril de 1897, en la gran sala de la Sociedad de Geografía, en París. Ante periodistas de varios países, numerosos sacerdotes y religiosos, librepensadores, francmasones y representantes del papa y del arzobispado de París, habló dos horas, blandió sus cartas del Vaticano y anunció que Diana Vaughan no era más que una mistificación entre otras: una farsa mantenida durante doce años para poner al desnudo la credulidad de la Iglesia católica romana. Dio las gracias a los obispos y a la prensa católica por la ayuda que habían prestado a su mistificación suprema, su propia conversión, y reveló que Diana Vaughan era una mecanógrafa, representante en París de una casa americana de máquinas de escribir, que le había prestado su nombre riendo y se había divertido mucho manteniendo correspondencia con cardenales y con el secretario particular del papa. Los tiburones y la ciudad sumergida, dijo, habían sido los comienzos de una larga carrera.
La concurrencia acogió estas revelaciones con risas, algunos con indignación y silbidos; un sacerdote que se subió a una silla para replicar fue abucheado, el tumulto degeneró en pugilato, y Taxil tuvo que abandonar la sala bajo la protección de la policía. Su confesión apareció íntegramente en Le Frondeur del 25 de abril de 1897 bajo el título Douze ans sous la bannière de l’Église (Doce años bajo la bandera de la Iglesia), y Clarin de la Rive, que había defendido a Diana, se retractó públicamente el mismo mes. Roma no respondió nada; no hacía falta sentencia alguna, pues el apóstata público quedaba excomulgado de pleno derecho. La furia vino de la prensa católica, que lo había celebrado durante doce años y ahora lo denunciaba como un estafador.
Nada de todo esto turbó a Taxil. A partir de 1897, una edición aumentada de La Biblia divertida, unas 814 páginas con 400 ilustraciones numeradas de Frid’Rick, volvió a ponerse a la venta; la edición completa de 1903-1904 apareció en la Librairie P. Fort, 19 rue du Temple, en París. Se abría con la carta abierta de Taxil al papa León XIII y daba, como anunciaba su cubierta, las citas textuales de la Sagrada Escritura con las refutaciones de Voltaire, Fréret, lord Bolingbroke, Toland y otros críticos.
Se divorció y volvió a casarse, y dejó París en 1899 por Sceaux, donde un informe de policía de 1902 lo muestra viviendo confortablemente con su nueva mujer y sus hijos. Siguió escribiendo bajo otros nombres: novelas licenciosas bajo el de Prosper Manin y, a partir de 1904, manuales de economía doméstica bajo el de Jeanne Savarin, entre ellos L’Art de bien acheter (El arte de comprar bien), una guía contra los fraudes alimentarios. Los editores se apartaron de él; en sus últimos años vivió modestamente y trabajó como corrector en una imprenta. En junio de 1906 explicó a una revista americana que había hecho sus relatos tan extravagantes porque contaba con que los lectores verían la broma. Murió en Sceaux el 31 de marzo de 1907, a los cincuenta y tres años; su muerte pasó casi inadvertida.
El olvido no duró. El asunto Taxil se ha convertido en el símbolo de la credulidad que había puesto al desnudo, y sigue alimentando la literatura sobre las conspiraciones y sobre la francmasonería, donde las ficciones paladistas se citan a veces como hechos hasta el día de hoy. La Biblia divertida encontró su público más amplio en la Unión Soviética: una traducción soviética, Zabávnaya Bibliya, apareció ya en 1929; la edición de Moscú de 1962 alcanzó, por sí sola, una tirada de 450 000 ejemplares, y fue reimpresa en 1965, 1976 y 1988. Umberto Eco hizo de Taxil y de Diana Vaughan personajes de su novela El cementerio de Praga (2010). La presente edición, con sus 400 ilustraciones, muestra también que el libro ha sobrevivido a su autor.
Entre sus escritos anticlericales:
À bas la calotte! (¡Abajo el clero!) (1879)
Les Soutanes grotesques (Las sotanas grotescas) (1879)
La Chasse aux corbeaux (La caza de cuervos) (1879)
Le Fils du jésuite (El hijo del jesuita) (1879)
Les Bêtises sacrées (Las tonterías sagradas) (1880)
Les Friponneries religieuses (Las bribonadas religiosas) (1880)
Plus de cafards! (¡No más santurrones!) (1880)
Calotte et calotins (Clero y clericales) (1880-1882)
Les Borgia (Los Borgia) (1881)
Les Amours secrètes de Pie IX (Los amores secretos de Pío IX) (1881)
Les Pornographes sacrés (Los pornógrafos sagrados) (1882)
La Vie de Jésus (La vida de Jesús) (1882)
La Bible amusante (La Biblia divertida) (1882) — primera edición, unas 400 páginas
Un Pape femelle (Un papa hembra) (1882)
L’Empoisonneur Léon XIII (El envenenador León XIII) (1883)
La Prostitution contemporaine (La prostitución contemporánea) (1883)
Pie IX devant l’Histoire (Pío IX ante la Historia) (1883)
Les Maîtresses du Pape (Las amantes del papa) (1884)
La Vie de Veuillot immaculé (La vida del inmaculado Veuillot) (1884)
La Bible amusante (La Biblia divertida) (1904) — edición completa, unas 814 páginas
Las dos ediciones en negrita son las fuentes del presente volumen: el texto está traducido de la edición completa de 1903-1904 (París, Librairie P. Fort); los 400 dibujos de Frid’Rick proceden de la primera edición de 1882 (París, Librairie anti-cléricale), donde están impresos en mayor tamaño (140 × 110 mm) que en la edición completa (102 × 80 mm).

Los pasajes bíblicos citados aquí no siempre coincidirán palabra por palabra con su Biblia. Taxil citaba una Biblia francesa, casi siempre la versión protestante de Jean-Frédéric Ostervald (1744), y retocaba aquí y allá su formulación para el efecto cómico. Esta traducción sigue su francés tal como él lo escribió, en lugar de sustituirlo por el texto de una versión española. Capítulo y versículo le conducirán al pasaje correcto, pero las palabras diferirán a menudo de las de la Reina-Valera o de cualquier otra Biblia española, y es frecuentemente sobre esa diferencia donde descansa la broma. Donde importa, una nota editorial lo señala.
Algunos de los libros que cita no figuran en las Biblias protestantes, como la Reina-Valera, pero sí en las católicas: Tobías, Judit, la Sabiduría, los dos libros de los Macabeos, así como los capítulos 13 y 14 de Daniel, las historias de Susana y de Bel y el Dragón. Las versiones protestantes, la de Ostervald incluida, los omiten o los relegan entre los apócrifos; para esos libros, Taxil tuvo que servirse, pues, de una Biblia católica.
Convenciones de esta edición: las citas de la Biblia van en cursiva entre comillas angulares « » (el impreso de 1904 las da en redonda); las palabras que Taxil pone en cursiva van subrayadas, para que se distingan de las citas; las notas del editor, en color y entre paréntesis, son añadidos de 2026 y no forman parte del texto de 1904, como tampoco el presente capítulo. La tabla de concordancia, al final del volumen, remite a cada ilustración. La obra de Léo Taxil (1854-1907) y los dibujos de Frid’Rick están en el dominio público.
Fuentes de este capítulo. Documentos de la época: las Confessions d’un ex-libre-penseur de Taxil (1887) y su prefacio a La France maçonnique (1888); Le Diable au XIXe siècle (1892-1895); la encíclica Humanum Genus (1884) en el texto del Vaticano; su confesión del 19 de abril de 1897 tal como la imprimió Le Frondeur del 25 de abril de 1897, en la traducción inglesa íntegra publicada por la Gran Logia de la Columbia Británica y el Yukón (1997); Arthur Edward Waite, Devil-Worship in France (1896); William Vogt, La Grande Duperie du siècle (1904); y la entrevista de Taxil en el National Magazine (Boston, 1906). Estudios: Robert Rossi, Léo Taxil (1854-1907), du journalisme anticlérical à la mystification transcendante (Marsella, 2015), la biografía de referencia; Eugen Weber, Satan franc-maçon. La mystification de Léo Taxil (París, 1964); Massimo Introvigne, Enquête sur le satanisme (París, 1997); Élisabeth Ripoll, «Léo Taxil ou le feuilleton de l’anticléricalisme» (1997); Fabrice Hervieu, «Catholiques contre francs-maçons: l’affaire Léo Taxil», L’Histoire n.o 145 (1991); y «Diana Unveiled» (Free Inquiry, 2025). Las ediciones soviéticas están registradas en el Diccionario del ateísmo (Moscú, 1985) y en el catálogo de la biblioteca nacional de Moscú. La mayoría de estas fuentes se citan en los artículos de Wikipedia sobre Taxil, en francés y en inglés, y sobre las ediciones soviéticas de La Biblia divertida.
Dedicatoria al Santo Padre Infalible

Santísimo Padre,
Dicen que no está usted contento, desde el 19 de abril de este año, el vigésimo de su glorioso pontificado. El desenlace inesperado de mi alegre mistificación lo ha puesto, según aseguran, en gran cólera, como un simple père Duchesne («como un simple père Duchesne» — fr. «comme un simple père Duchesne», por alusión a Le Père Duchesne, periódico de la Revolución cuyo personaje titular era célebre por sus arrebatos de cólera y su lenguaje soez); pues saber que uno ha sido mistificado durante doce años por un librepensador escéptico es cosa eminentemente desagradable, cuando uno es el representante del Espíritu Santo, cuando uno está directa y permanentemente inspirado por el divino palomo; pero saber que esta postura ridícula es conocida del mundo entero, he ahí el colmo del desagrado, he ahí lo que veja en supremo grado. ¡Oh, papa mío, qué teja para el dogma de su infalibilidad («qué teja» — fr. «quelle tuile», en sentido figurado una desgracia repentina, como una teja que cae sobre la cabeza)!...
Un fumista de Marsella se ha pagado su venerable cabeza («fumista» — fr. «fumiste», literalmente el que instala estufas, en argot un bromista o mistificador; «se ha pagado su venerable cabeza» — fr. «se payer la tête de quelqu’un», burlarse de alguien); ¡horror! — Y había tomado sus medidas para que su fumistería acabara estallando como una bomba, con un estruendo retumbante en la prensa de los dos hemisferios; ¡maldición!
Joaquín, mi viejo Joaquín, comprendo su santa ira.
Me parece ver su mueca al leer ese divertido artículo en el que Henri Rochefort resumió tan bien la situación:
«Este santísimo padre, que ha recibido al fumista en audiencia particular, no puede negar haber estado en connivencia con él («en connivencia con él» — fr. «de mèche avec lui», expresión familiar: en complicidad secreta con alguien); sin lo cual su infalibilidad, de la que ha hecho un dogma, quedaría inmediatamente reducida a polvo.
Desde el momento en que no se percató de la jugada que se disponía a hacerle su visitante, ¿qué queda de esa luz de lo alto sobre la que descansa, a los ojos de los chochos del catolicismo, todo el poder de los sucesores de san Pedro?
Léo Taxil se ha burlado de él, pero él se burlaba de nosotros; y si el primero, durante doce años, ha hecho tragar sus patrañas a los obispos, el segundo nos hace engullir las suyas desde hace doce siglos.
O el llamado Pecci no es más infalible que usted ni yo, y no le queda sino presentar, sin demora, su dimisión como representante de un dios al que no representa en cosa alguna;
O bien, siendo infalible, se ha constituido en asociado de un bromista del que se servía para sonsacar el dinero de los adversarios de la francmasonería; en cuyo caso no quedaría más que encargar a los gendarmes que fueran a detenerlo en su palacio, por abuso de confianza y sustracción fraudulenta.»
¡Tres veces ay!, mi viejo Joaquín, he ahí el dilema que un ilustre panfletario le ha planteado, en medio de los bravos de la galería. Y de París a Nueva York, de Londres a Montevideo, la prensa universal ha repetido el dilema; y por todas partes han resonado los aplausos, por todas partes se ha reído a carcajadas de su confusión, desde todas partes se han esbozado palmos de narices, burlones, en dirección a su triple corona. ¡Y usted se preguntaba, oh decimotercero de los sagrados Leones, si no sería aquello una pesadilla!...
De pesadilla, nada. Estaba usted bien despierto, y la formidable carcajada que sacudió el globo era la irritante realidad.
Santísimo Padre, le debo un consuelo.
La ola de la impiedad crece cada día; es una verdadera marea que sube, sube sin cesar. En la querida Francia, que es la hija primogénita de la Iglesia, la enseñanza ha sido laicizada desde hace ya muchos años; de suerte que las nuevas generaciones que se crían en las escuelas del Estado no conocen ni la primera palabra de la Historia Sagrada.
En varias ocasiones he comprobado, con indecible dolor, que hay jóvenes que ignoran las edificantes aventuras de Abraham, Isaac, Jacob, José, Moisés, Josué, Gedeón, Sansón, Samuel, Booz, Saúl, David, Salomón, Elías, Eliseo, Jonás, Ezequiel, Ester, Tobías, Judit, Daniel, etc., etc. De estos nombres célebres y venerados tienen, a lo sumo, una vaga idea. A la pregunta que un digno sacerdote hizo no hace mucho: «¿Conoce usted a los Macabeos?» se le respondió: «Muy poco; solo he ido dos veces a ver la Morgue.» («los Macabeos» — fr. «les Macchabées»; «macchabée» es también argot para un cadáver; el joven creyó que el sacerdote hablaba de los muertos que se exponían en la Morgue de París, entonces abierta al público)
Semejante estado de cosas es desolador. ¿Adónde iremos, justo cielo, si se pierde el conocimiento de los piadosos episodios de la Biblia, si los escritos inspirados antaño por el divino palomo caen en el olvido?... Es hora de reaccionar, Santísimo Padre.
Por eso emprendo una nueva edición de las Sagradas Escrituras. No omitiré nada, y procuraré hacer esta lectura tan atractiva como sea posible. Ya lo verá. En mi próximo viaje a Roma solicitaré de su augusta mano una bendición especial más, para añadir a mi preciosa colección.
Si, no obstante, fiándose de mí, se digna enviarme esa bendición de primera calidad sin esperar mi visita, — Santísimo Padre, no se cohíba («no se cohíba» — fr. «ne vous gênez pas», fórmula familiar irónica: adelante, sin cumplidos).
La alegría de haberlo mistificado no disminuye en nada mi celo por la difusión de las grandes verdades eternas, que son la base de la religión sublime de la que usted es el pontífice soberano. No digo que mi Biblia Divertida contribuya mucho a afianzar la fe; pero tendrá, no obstante, una ventaja incontestable: al penetrar entre las víctimas del Estado laicizador, al hacerse leer por quienes ahora ignoran o solo conocen vagamente todas esas bellas cosas, les revelará lo que es necesario creer para tener derecho a llamarse hijo de la Iglesia católica, apostólica y romana.
Si, después de esto, algunos quieren admitir que es posible que un hombre viva tres días en el vientre de una ballena, sin hablar de los demás milagros bíblicos, me deberá usted, mi viejo Joaquín, calurosas gracias por haberle procurado reclutas inesperados.
Entonces, sin rencor por mi mistificación, ¿no es así?... Este libro lo habrá consolado, y volveremos a ser buenos amigos, como antes del 19 de abril.
Vamos, no te hagas de rogar, León. Envíame un pequeño anticipo de bendición, a vuelta de correo.
París, 20 de junio de 1897 - Léo Taxil.
CAPÍTULO 1 La creación y el paraíso terrenal
Ahora bien, enteraos, pues, de lo que el espíritu de Dios dictó a Moisés, pretendido autor sagrado, a quien se atribuye el Génesis, primer libro de la Sagrada Escritura; y comprobaréis, a cada instante, que el espíritu de Dios, a menos de ser de una ignorancia crasa, es fumista, esencialmente fumista, más fumista que el inventor de la gran maestra paladista Diana Vaughan.
Dios es de toda eternidad; pero, al comienzo de los tiempos, estaba solo en la nada. Nada existía, salvo él, que se llamaba entonces Elohim, nombre hebreo con el que lo designa el primer versículo de la Biblia; y ese nombre es un plural, lo cual es bien singular para un señor completamente solo.
Así pues, Elohim, — que es también Jehová, Sabaot, Adonaí, como veremos más adelante, — Elohim se aburría (o se aburrían) a seis francos por cabeza en medio de su caos («se aburría a seis francos por cabeza» — fr. «s’embêter à six francs par tête», expresión jocosa para aburrirse soberanamente, como si se hubiera pagado caro el privilegio); «tohu-bohu» es el término bíblico, tohu-bohu que significa lo de arriba abajo.

1. El caos.
Siendo la eternidad desmesuradamente larga, maese Elohim se aburrió durante miles de millones y miles de millones de siglos. Al fin, tuvo una idea: siendo Dios, es decir, todopoderoso, juzgó que aburrirse siempre sin hacer nada sería el colmo de la tontería, y resolvió crear.
Habría podido crearlo todo de un solo golpe. Pues bien, no; más valía tomarse su tiempo, le pareció. E hizo el cielo y la tierra, o, para decirlo mejor, la materia apareció bajo el simple esfuerzo de su voluntad; una materia informe, vacía, confusa, todavía tohu-bohu («tohu-bohu» — fr. «tohu-bohu», del hebreo «tohu wa-bohu» de Génesis 1:2, «desordenada y vacía»; en francés designa un caos, un revoltijo), y llena de humedad. «Y el viento de Dios corría sobre las aguas» (textual); el lector no está obligado a comprender.
A fin de no cometer torpezas, era necesario, ante todo, ver claro; de donde se tiene derecho a concluir que, durante los mil miles de millones de siglos precedentes, este pobre papá Buen Dios estaba en la más completa oscuridad.
Afortunadamente, nunca se dio con la nariz en ninguna parte, puesto que no había nada en absoluto.
«— ¡Sea la luz!» ordenó el Eterno.
«Y la luz fue.»
¿Qué era esa luz? La Biblia no lo dice; se limita a enseñarnos esto: «Dios vio que la luz era buena». Quedó satisfecho de ella, por consiguiente. Su primer cuidado fue entonces «separar la luz de las tinieblas»; inútil, una vez más, tratar de comprender. «Y Dios llamó a la luz, Día; y a las tinieblas, Noche». — «Así fue la tarde, así fue la mañana.» Tal fue el primer día de la creación.

2. Creación de la luz
Después de lo cual, papá Buen Dios se ocupó de crear... adivinad qué... la extensión, o, si lo preferís, el espacio. Por poco que uno quiera reflexionar en ello, está claro que el espacio existía desde siempre, aun suponiendo una época en que no estuviera amueblado con ninguna estrella, con ningún planeta. No obstante, la extensión fue creada después de la luz, aunque «creada» sea aquí un término impropio. La Biblia, muy embrollada en su primer capítulo, nos ha enseñado, acabamos de verlo, que al principio de la creación Elohim hizo el cielo y la tierra en tohu-bohu, con materia informe y masas de aguas confusas sobre las cuales corría el viento de Dios; y he aquí cómo explica el libro sagrado esta segunda operación, la formación de la extensión: «Dios creó la extensión y separó las aguas que están encima de la extensión de las que están debajo de la extensión; y así fue.» (Génesis 1:7) Algunos comentaristas dicen que se trata de la atmósfera. En todo caso, se lee en el versículo 8: «Y Dios llamó a la extensión, Cielos. Así fue la tarde, así fue la mañana; ese fue el segundo día.»
(«la extensión» — fr. «l’étendue», donde la Reina-Valera dice «expansión» y las Biblias católicas «firmamento». La distinción importa para su chiste: en el párrafo siguiente deriva «firmamento» de la creencia de los antiguos de que el cielo era firme y sólido, de modo que su Biblia no debe emplear ya aquí esa palabra.)
Sea como fuere, de esto resulta que el Espíritu Santo le contó al autor una soberbia patraña y abusó de su ingenuidad. Esta historia de aguas encima y aguas debajo es la reproducción de un gran error de los pueblos primitivos. En efecto, todos los antiguos creían que los cielos eran algo sólido, firme, — de donde el nombre de «firmamento», — y hasta se los imaginaban de cristal, en atención a que la luz pasaba a través; y la opinión era que encima de esa placa sólida, de ese firmamento, había un inmenso depósito de agua. Hoy sabemos que la lluvia es el agua atraída, bombeada por el sol, convertida en vapores, en nubes, y que vuelve a caer luego sobre la tierra; pero antaño se creía que la lluvia venía del gran depósito superior; se suponían unas especies de ventanas que se abrían y se cerraban en la placa del firmamento y producían así las lluvias. Y esta opinión, que ahora nos hace reír, estuvo en curso durante muchísimo tiempo; es el sentir de Orígenes, de san Agustín, de san Cirilo, de san Ambrosio y de un número considerable de doctores de los primeros siglos del catolicismo. El farsante Espíritu Santo se burlaba de ellos.

3. Creación de la atmósfera.
En fin, pasemos. El tercer día fue empleado por papá Buen Dios en un trabajo cuyos resultados son más apreciables que los de los días precedentes. Bajó sus miradas sobre las aguas de debajo, y se dijo que sería útil reunirlas, de modo que aparecieran partes secas, es decir, continentes.
Entonces, las aguas, muy obedientes a su voluntad, se reunieron aparte, habiéndose ahondado profundidades para su amontonamiento; en cambio, se formaron alturas, erizando de montañas la superficie de la materia sólida, mientras el líquido rodaba en oleadas lentas o precipitadas hacia los nuevos abismos. «Y Dios llamó a lo seco, Tierra; llamó también al amontonamiento de las aguas, Mares. Y Dios vio que era bueno.»

4. Creación de los continentes y de los mares.
Es de notar que papá Buen Dios estaba, las más de las veces, contento de su tarea. — ¡Nom d’une pipe! debía de decirse, ¡qué mejillón he sido al no haber creado eso antes! («¡Nom d’une pipe!» — fr. «Nom d’une pipe !», juramento francés suave, literalmente «¡nombre de una pipa!», algo así como «¡caramba!»; «mejillón» — fr. «moule», en el argot francés, persona blanda, sin carácter, un bobo)
Aquel día quedó tan satisfecho de sus continentes y de sus mares, que quiso hacer algo más antes de la caída de la noche. «Que la tierra eche su brote, dijo, a saber, hierba que lleve simiente, y árboles frutales que lleven fruto cada uno según su especie, que tengan su simiente en sí mismos sobre la tierra. Y así fue.» (Génesis 1:11)

5. Creación de los árboles y de las plantas.
Nunca se admirará bastante esta delicada atención del Creador. Imposible estar más lleno de precauciones que él. En efecto, uno se pregunta qué sería la tierra, si Dios la hubiera plantado de árboles frutales que llevasen cada uno frutos distintos de los de su especie. Demos gracias al paternal Elohim por no habernos dado albaricoqueros que produzcan naranjas, naranjos que produzcan manzanas, manzanos que produzcan grosellas, etc.; ya no habría manera de orientarse. ¡Ah! sí, demos gracias a Dios; ¡qué buen papá previsor!...
Habiéndole obedecido la tierra y habiendo brotado los albaricoqueros llevando albaricoques, Dios, una vez más, «vio que era bueno. Así fue la tarde, así fue la mañana; ese fue el tercer día».
¡Pero he aquí otra historia bien distinta! Tres días habían transcurrido ya con tarde y mañana, gracias a la luz creada desde el principio: solo que, cosa extraña, esa luz que desaparecía al final del día para dejar lugar a las tinieblas de la noche, esa luz iluminaba el mundo naciente, sin tener ningún foco; no más sol que en el fondo de una mina de hulla. Esta chuscada merece una cita textual de la Biblia:
«14. Luego, Dios dijo: Haya lumbreras en la extensión de los cielos, para separar la noche del día, y que sirvan de señales, y para las estaciones, y para los días, y para los años;
15. Y que sean por lumbreras en la extensión de los cielos, a fin de lucir sobre la tierra; y así fue.
16. Dios, pues, hizo dos grandes lumbreras: la lumbrera mayor, para dominar sobre el día, y la menor, para dominar sobre la noche; hizo también las estrellas.
17. Y Dios las puso en la extensión de los cielos, para lucir sobre la tierra:
18. Y para dominar sobre el día y sobre la noche, y para separar la luz de las tinieblas; y Dios vio que era bueno.
19. Así fue la tarde, así fue la mañana; ese fue el cuarto día.»

6. Creación de los astros.
Ningún quid pro quo, ¿no es verdad? se trata, en efecto, del sol y de la luna. Por consiguiente, según el Espíritu Santo, ¡la creación del sol vino cuatro días después de la creación de la luz! Ahora bien, el Espíritu Santo lo sabe todo, evidentemente; si no, no sería el Espíritu Santo, sino un simple imbécil. Cada vez que la ciencia hace un descubrimiento, el Espíritu Santo debe de reírse en su pico de palomo y murmurarse para sí: Yo sé eso desde toda la eternidad; ¡estos pobres pigmeos de hombres se toman gran trabajo para saber lo que es!
Pero entonces, ¿por qué el Espíritu Santo le dictó a Moisés también esta colosal tontería, a propósito de la luz y del sol?... ¡Qué farsante, decididamente!...
En efecto, hasta Olaüs Rœmer, astrónomo de Copenhague, que vivía en el siglo diecisiete (1644-1710), se creyó que el sol no produce la luz, sino que la luz existe en el espacio y que el sol no sirve más que para «empujarla»; esta falsa concepción física fue un error del mismo Descartes. A Rœmer debe la ciencia la demostración de esta importante verdad, directamente contraria al enunciado de la Biblia, a saber: la luz que alumbra nuestro mundo emana del sol y su propagación no es instantánea. El gran astrónomo danés llegó incluso a determinar exactamente la velocidad de la luz solar; estableció, y esto está mil veces probado hoy, que esa luz tarda ocho minutos dieciocho segundos en llegarnos desde el astro que es su foco, o sea una velocidad de 308.000 kilómetros por segundo. Se sabe que Rœmer fue llevado a este gran descubrimiento por la observación de los eclipses de los satélites de Júpiter, planeta que forma parte de nuestro sistema solar. Rœmer estaba entonces en Francia, y se apresuró a anunciar su descubrimiento a la Academia (Véase la Historia de la Academia, sesión del 22 de noviembre de 1675.)
Puede decirse además, con Voltaire: «Si Dios hubiera esparcido primero la luz en los aires para que fuese empujada luego por el sol, y para alumbrar el mundo, no podía ser empujada, ni alumbrar, ni ser separada de las tinieblas, ni hacer un día de la tarde a la mañana, antes de que el sol existiera; esta teoría es contraria a toda física, y a toda razón.»
Moisés, muy ignorante en astronomía, se dejó, pues, embaucar por el Espíritu Santo; porque el divino palomo sabía, en el tiempo en que fue escrito el Génesis, lo que Rœmer había de descubrir en 1675.
Se notará también la poca importancia que tienen las estrellas, en la creación según la Biblia. Las «dos grandes lumbreras» son el sol y la luna; ¡la luna! ¡que no es más que un satélite de nuestro planeta terrestre! El ignorante Génesis está muy lejos de sospechar que luna, tierra, y hasta sol, son muy poca cosa en el universo; que nuestro brillante sol, astro central del mundo que habitamos, es una modesta estrella, una de las innumerables estrellas que componen la vía láctea. El autor sagrado no ve más que la tierra y lo refiere todo a la tierra, ínfimo planeta que, en realidad, gira alrededor de una estrella de séptima magnitud; ¡y a esa estrella-sol, el mísero escritor la hace depender, astronómicamente, de su planeta!
¡Ah! el infortunado Moisés se quedaría pasmado, si resucitara en nuestros días. Me imagino qué cara pondría («qué cara pondría» — fr. «quelle tête il ferait», literalmente «qué cabeza haría»: qué cara de asombro pondría), si, viniendo a instruirse, en cualquier observatorio de Europa o de América, se enterase, por ejemplo, de lo que es Sirio, estrella de primera magnitud: Sirio, la más bella y la más brillante de las estrellas del cielo, sobre la cual el Espíritu Santo descuidó llamarle la atención; Sirio, cuya luz tarda cerca de veintidós años en llegarnos, siendo su distancia a la tierra de 52.174.000 millones de leguas, o sea 1.373.000 veces la distancia del sol a la tierra. ¿Qué diría el pobre Moisés, el día en que se le revelase la importancia prodigiosa, en el universo, de los otros mundos solares que ni siquiera sospechó?
Suponed al profesor enseñándole simplemente esto a Moisés, según Humboldt: — Aunque colocados a tan gran distancia, Sirio y nuestro sol pertenecen a la misma capa de estrellas, aislada en los espacios celestes, una isla de estrellas en el universo; y esa isla de mundos y de soles, de forma aplanada, lenticular, tiene en su eje mayor ochocientas veces la distancia de Sirio a la tierra; y, sin embargo, no es más que una pequeña capa, extremadamente delgada, si se la compara con las grandes capas, espesas y profundas, e incomparablemente más ricas en estrellas y en soles, que la rodean. — Moisés, que benévolamente creyó que la tierra es el centro del universo creado por Dios, se volvería loco con ello.
Volvamos a la creación según la Biblia:
«20. Luego, Dios dijo: Que las aguas produzcan en toda abundancia animales que se muevan y que tengan vida; y que las aves vuelen sobre la tierra, hacia la extensión de los cielos.
21. Dios creó, pues, los grandes peces, y todos los animales vivientes y que se mueven, que las aguas produjeron en toda abundancia, según su especie, y toda ave que tiene alas, según su especie; y Dios vio que era bueno.
22. Y Dios los bendijo, diciendo: Creced y multiplicaos, y llenad las aguas en los mares; y que las aves multipliquen sobre la tierra.
23. Así fue la tarde, así fue la mañana; ese fue el quinto día.
24. Luego, Dios dijo: Que la tierra produzca animales vivientes según su especie; los animales domésticos, los reptiles y las bestias de la tierra, según su especie; y así fue.
25. Dios, pues, hizo bestias de la tierra según su especie, los animales domésticos según su especie, y los reptiles de la tierra según su especie; y Dios vio que era bueno.»

7. Creación de los animales.
Oui-dà («Oui-dà» — fr. «oui-dà», interjección antigua y familiar: «sí» reforzado con la partícula «da», algo como «sí, por cierto»), todo aquello era bueno, y maese Elohim, que tiene manos, se las frotaba con satisfacción. Pero quedaba todavía algo mejor que crear.
— ¡Ni uno de estos animales se me parece, y es una lástima! pensó. Tengo, sin embargo, una hermosa cabeza, el oído fino, el ojo vivo, la nariz ingeniosa, ¡y buena dentadura! Bien podría crear un espejo, en el cual me contemplaría; pero más vale, creo, contemplarme mirando a mi semejante... Vamos, está dicho; es absolutamente preciso que haya sobre la tierra un animal que tenga mi cabeza.
Mientras papá Buen Dios se hacía este razonamiento, es de presumir que diversos monos, de reciente creación, vinieron a hacer cabriolas a su alrededor.
— Tienen algo de mí, debió de decirse; pero en fin, no es eso. La casi totalidad de estas especies está adornada con una cola, y yo no tengo cola. En cuanto a los que están desprovistos de ese apéndice caudal... ¡no, tampoco es eso!...
Y los monos hacían muecas y seguían ejecutando sus miríficas cabriolas.
Entonces, papá Buen Dios tomó un bloque de tierra húmeda, y lo «amasó». — Después de esto, ¡venid a sostener que Dios es un puro espíritu y no tiene manos! — La Biblia dice también que Dios, habiendo formado al hombre, «le sopló en las narices una respiración de vida». He aquí, pues, al primer hombre amasado, y luego animado a fuerza de salivazos. Así es como «el hombre fue hecho en alma viviente». (Génesis 2:7)

8. Creación del hombre.
Hay un pasaje, poco claro, del primer capítulo del Génesis, el versículo 27, que ha dado a creer a algunos comentaristas ocultistas que, en un principio, el hombre había sido creado hermafrodita, pero que Dios había cambiado luego de parecer. En efecto, solo al final del segundo capítulo se trata de la creación de la mujer; ahora bien, 25 versículos más arriba, la Biblia dice con todas sus letras: «Dios, pues, creó al hombre a su imagen; lo creó macho y hembra a la imagen de Dios.» Es este versículo, traducido literalmente del texto hebreo, el que ha dado nacimiento a la leyenda del Dios Andrógino, muy acreditada en las diversas escuelas ocultistas; y, por otra parte, siendo este versículo muy molesto, los traductores cristianos han tenido siempre cuidado de alterarlo. No obstante, sería un error atribuir demasiada importancia a esta fantasía bíblica; ¡muchos otros pasajes son todavía menos comprensibles!
Veamos más bien lo que se admite generalmente.
Desde la formación del hombre, papá Buen Dios lo constituyó rey de la creación. Le hizo inmediatamente pasar revista a todos los animales. «Porque el Eterno Dios había formado todas las bestias de la tierra y todas las aves de los cielos; luego, las había hecho venir hacia Adán, a fin de que viese cómo las nombraría, y que el nombre que Adán diese a todo animal viviente fuese su nombre.»

9. El hombre pasa revista a los animales.
Uno se imagina ese desfile; ¡es Buffon, sin duda, quien bien habría querido estar en el lugar de Adán!
«Llenarás la tierra y la sojuzgarás, se le había dicho a Adán; dominarás sobre los peces del mar, y sobre las aves de los cielos, y sobre toda bestia que se mueve sobre la tierra.» En tanto que rey de la creación, el hombre no siempre lleva la ventaja, cuando se enfrenta a un león, con un tigre, con un oso, con un cocodrilo; he ahí lo que se puede responder. Y no solo las bestias feroces nos devoran; sino que además la humanidad es víctima de mil insectos desagradables, pulgas, chinches, escorpiones, sin hablar de los jesuitas y otras cucarachas («cucarachas» — fr. «cafards»: «cafard» significa a la vez cucaracha y persona solapada, hipócrita o beata, y ahí está la gracia de la pulla).

10. El hombre, rey de la creación.
Además, Dios, que había creado a las bestias feroces que saborean el bistec humano, ordenó al hombre ser vegetariano. «He aquí: te he dado toda hierba que lleva simiente y que está sobre toda la tierra, y todo árbol que tiene en sí fruto de árbol que lleva simiente; lo cual te será para alimento.»
Finalmente, estando todo terminado — o poco menos — en la tarde del sexto día, papá Buen Dios, feliz y cada vez más satisfecho de su obra, y quizá ligeramente fatigado, inventó la siesta y dio al hombre el ejemplo del descanso descansando él mismo, el séptimo día, como un buen rentista gordo que siente la necesidad de no hacer ya nada. (Génesis 2:2)

11. El Señor descansa.
«Ahora bien, el Eterno Dios había plantado un jardín en Edén, del lado del Oriente, y allí había puesto al hombre que había formado... Y un río salía de Edén, para regar el jardín, y se dividía en cuatro ríos. El nombre del primero es Pisón; es el que corre alrededor de todo el país de Havila, donde se encuentra oro; y el oro de ese país es bueno; allí también se encuentran el bdelio y la piedra de ónice. El nombre del segundo río es Gihón; es el que corre alrededor de todo el país de Cus. El nombre del tercer río es Tigris; es el que corre en el país de los asirios. Y el cuarto río es el Éufrates.» (Génesis 2:8, 10-14)
Al entrar en estos detalles, el autor del Génesis quiso dar una idea aproximada del emplazamiento del maravilloso Edén. Pero mucho mejor habría hecho en no decir nada; porque es imposible dejarse sorprender más tontamente en flagrante delito de gasconada («gasconada» — fr. «gasconnade», fanfarronada, cuento exagerado, por la fama de fanfarrones que tenían los gascones).
En efecto, todos los comentaristas concuerdan en reconocer que el Pisón es el Fasis, llamado más tarde el Araxes, río de Mingrelia, que tiene su fuente en una de las ramas más inaccesibles del Cáucaso, y, si hay en esa región oro y ónice, en cambio nadie ha podido descubrir jamás lo que había que entender por bdelio. Por otra parte, no puede haber ningún error acerca de los ríos tercero y cuarto, el Tigris y el Éufrates; de donde resulta claramente que, según el Génesis, el emplazamiento del paraíso terrenal habría estado situado en Asia, en la región del macizo del Ararat, en Armenia, aunque (primera pifia del autor sagrado) Araxes, Tigris y Éufrates, aun teniendo sus fuentes relativamente vecinas, las tienen perfectamente distintas. El Araxes, lejos de derivarse de otro río, sale del volcán Bingol-Dagh, de donde corre hacia el mar Caspio. En cuanto al Tigris y al Éufrates, no solo no provienen de un mismo río, sino que al contrario se juntan en Korna, para formar el Chat-el-Arab y arrojarse en el golfo Pérsico.
Acerca del segundo río, llamado Gihón por el Génesis, la pifia del autor sagrado es fantástica. «Es, dice, el río del país de Cus.» Ahora bien, según la versión de los Setenta y hasta la Vulgata, la tierra de Cus (hijo de Cam y padre de Nemrod) no es otra que Etiopía; por consiguiente, ese Gihón es el Nilo, que corre, no en Asia, sino en África, y precisamente en sentido opuesto al Araxes, al Tigris y al Éufrates, siendo la dirección general del curso del gran río africano de sur a norte. Si se coloca la fuente del Nilo en el Victoria-Nyanza, como se admite para no remontar más arriba, ¡hay entonces como mínimo mil ochocientas (sic: «dix-huits cents» en el original) leguas de distancia entre las fuentes de los ríos primero y segundo mencionados por el Génesis como regando el mismo jardín de Edén! Verdad es que los otros dos no tienen sus fuentes más que a sesenta leguas una de otra; lo cual ya es bonito para un jardín. Además, ¿es un jardín ese inmenso territorio erizado de picos de los más escarpados, formado por una de las regiones más impracticables del globo?...
En fin, tercera pifia, y a esta se la podría llamar: la pifia de la punta de la oreja («la pifia de la punta de la oreja» — fr. «la bévue du bout de l’oreille», por «montrer le bout de l’oreille», mostrar la punta de la oreja: delatarse, como el asno se descubre bajo la piel de león).
Los sacerdotes, ya se sabe, pretenden que la obra de Moisés es el Pentateuco, es decir, los cinco primeros libros de la Biblia: el Génesis, el Éxodo, el Levítico, los Números y el Deuteronomio. Pero los sabios han tenido la impiedad de hacer investigaciones, y su opinión general es que esos libros fueron fabricados por Esdras, al regreso de la cautividad de Babilonia, en el curso del siglo quinto antes de Jesucristo, mientras que Moisés, suponiendo que haya existido y admitiendo por un instante como auténticas las fechas que le conciernen, vivía mil años antes: nacimiento en el país de Gosén, en Egipto, en 1571 antes de nuestra era, y muerte en Arabia, en el monte Nebo, en 1451.
Bossuet se indignó de los trabajos de Hobbes, de Spinoza y de Richard Simon contra la autenticidad de las obras de Moisés; decir que el verdadero autor del Pentateuco es Esdras, es blasfemar, según el fogoso obispo: «¿Qué puede objetarse, exclama (Discurso sobre la Historia universal), a una tradición de tres mil años, sostenida por sus propias fuerzas y por la sucesión de las cosas? ¡Nada coherente, nada positivo, nada importante!»
Aunque ello le desagrade a Bossuet («aunque ello le desagrade a Bossuet» — fr. «n’en déplaise à Bossuet», fórmula de cortesía irónica: con perdón de Bossuet, aunque no le guste), el versículo 14 del capítulo 2 del Génesis, entre otros ejemplos, da una prueba palmaria de la superchería literaria y religiosa, y demuestra, claro como que dos y dos son cuatro, que el dicho Génesis no puede haber sido escrito por Moisés. En ese versículo es donde se dice: «El nombre del tercer río es Tigris; es el que corre en el país de los asirios.» (Génesis 2:14) Ahí está con todas sus letras. Algunos traductores han reemplazado las cuatro últimas palabras por: «hacia el Oriente de Asiria»; pero eso no cambia nada. La cuestión es esta: Moisés, muerto en 1451 antes de Jesucristo, no podía emplear las expresiones Asiria, asirios, por la buena razón de que el imperio asirio, que se extendía a la vez sobre Nínive y Babilonia y que duró hasta el siglo octavo antes de nuestra era, comenzó a existir hacia 1300, a lo sumo. Los testimonios de Heródoto y del caldeo Beroso concuerdan en este punto y han sido confirmados por los monumentos. («en el país de los asirios» — fr. «au pays des Assyriens», las cuatro palabras que cuenta Taxil. Su argumento necesita esa lectura; las Biblias españolas dicen «al oriente de Asiria», la misma variante que él descarta.)
Los importantes descubrimientos realizados desde el comienzo de nuestro siglo en la historia de los pueblos del antiguo Oriente, con la ayuda de las inscripciones en caracteres jeroglíficos y cuneiformes, no permiten ya hoy, ni siquiera en los libros más elementales, reeditar las burradas bíblicas a propósito de esta primera parte de los anales del género humano. Los resultados obtenidos por los Champollion, los de Rougé, los de Saulcy, los Mariette, los Oppert, los Rawlinson, los Lepsius, los Brugsch, etc., iluminan la historia antigua con una luz harto más cierta que las tradiciones recopiladas por el farsante Esdras.
Está establecido que el fundador del imperio asirio fue un príncipe llamado en los monumentos Ninippaloukin, el cual vivía ciento cincuenta años después de Moisés. Por otra parte, la región que fue llamada Asiria era designada, en tiempos de Moisés, bajo el nombre de imperio de los Rotennou, así como resulta de los monumentos egipcios, mencionados por Oppert y otros sabios; vemos, en efecto, en diversas inscripciones egipcias, que los reyes de la decimoctava dinastía de Egipto, contemporáneos de Moisés, llevaron sus armas a Babilonia y se hicieron pagar tributos por los Rotennou, que dominaban en Mesopotamia, en el país mismo del Tigris y del Éufrates. Si Moisés fuera el verdadero autor del Génesis, habría escrito, pues: «el Tigris, río que corre por el país de los Rotennou.»
Es verdad que los tonsurados siempre podrán respondernos: — El verdadero autor del Génesis no es más Esdras que Moisés; ¡es el Espíritu Santo! Por consiguiente, aunque la Biblia mencionase incluso San Petersburgo y Nueva York, eso no debería parecernos ilógico y no podría sorprendernos en modo alguno.
Inclinémonos, pues, y reanudemos la continuación del sagrado relato, con una alegre risa; porque este edificante Génesis no carece verdaderamente de jovialidad.
Si el lector lo tiene a bien, vamos a trasladarnos con el pensamiento a ese maravilloso jardín de Edén, donde cuatro grandes ríos procedentes de una sola fuente hacen rodar sus aguas. Nos parece ver a Adán, paseándose por su propiedad y entregándose a las dulzuras del far-niente.
He aquí cuál podría ser su monólogo:
«— Yo soy el hombre, y tengo por nombre Adán; lo que quiere decir, según parece, «tierra roja», dado que fui fabricado con arcilla, como una vulgar vasija de barro... ¿Cuál es mi edad?... Nací hace cinco días; pero, según un viejo proverbio, se tiene la edad que se aparenta. Y he aquí por qué puedo decir que en realidad nací a la edad de veintiocho años, con todos mis dientes... No; no con todos mis dientes... Me faltan todavía las muelas del juicio...
Muy bien constituido, ¿eh?... ¡Dame! («¡Dame!» — fr. «dame !», interjección francesa, contracción de «Notre-Dame», Nuestra Señora; expresa evidencia o asentimiento: «¡pues claro!», «¡naturalmente!») ¿cómo podría yo no ser un hermoso individuo, puesto que, salvo la edad y la barba, soy la copia fiel del señor Jehová, el ser más pasmosamente chic que existe en el universo?... Miradme esta salud, estos brazos robustos, estas corvas de acero, nervios como para revenderlos, y, con eso, la tez fresca... Ni el menor reumatismo... Yo digo zut a las enfermedades («digo zut a las enfermedades» — fr. «je dis zut aux maladies»; «zut!» es una interjección francesa de desdén o fastidio, algo como «¡al diablo!»)... Ni siquiera tengo que temer la viruela; papá Buen Dios me fabricó ya vacunado... ¡Así es que, cómo me trago a mí mismo!... («cómo me trago a mí mismo» — fr. «ce que je me gobe !», literalmente «lo que me trago»: estar encantado de sí mismo, tenerse en muy alta estima) y no me falta razón...
Me la paso dulce («me la paso dulce» — fr. «je me la coule douce», literalmente «me la dejo correr dulce»: vivir sin preocupaciones, darse buena vida), en esta morada encantadora... nada de portero... ningún criado, siquiera... ¡Eso sí que es una vida feliz!... Voy, vengo, recojo frutas, todas suculentas, y me atiborro de ellas a mi condenada fantasía, desafiando sin peligro la diarrea... No experimento ninguna fatiga, por largos que sean mis paseos, cuando me acuesto sobre la hierba, es por mi gusto...
El otro día, el amable señor Jehová me ofreció una distracción, de la que guardaré toda mi vida el alegre recuerdo... Todos los animales de la creación desfilaron ante mí: «El nombre que dieres a cada animal viviente será su nombre», me dijo el viejo Padre Eterno... Como atención, ¡fue gentil, eso!...
Es inaudito, lo que llegó a desfilar, ¡de animales!... Nunca hubiera creído que hubiese tantos seres vivientes... No me vi apurado para hacerles mi distribución de nombres; porque la lengua que hablo sin dificultad, y sin haber ido jamás a la escuela, es una lengua de una riqueza extraordinaria, de una abundancia de términos de la que es imposible hacerse una idea... Así, sin necesidad de buscar, conocía instantáneamente todo lo que es propio de cada animal, con solo mirarlo, y con una sola palabra expresaba todas las propiedades de cada especie, de suerte que cada nombre dado por mí es al mismo tiempo una definición completa y perfecta... Tomemos, por ejemplo, el animal que más tarde se llamará equus en latín, cheval en francés, horse en inglés, etc. Pues bien, le coloqué un nombre que expresa a ese cuadrúpedo con sus crines, su cola, su cuello, su velocidad, su fuerza... Y el ave que, en los siglos futuros, se llamará bulbo en latín, hibou en francés, owl en inglés, etc., todos esos nombres venideros no valdrán lo que el que yo imaginé y que caracteriza a la rapaz nocturna, con sus dos penachos móviles sobre la frente, su pico corto y ganchudo, su gruesa cabeza de grandes ojos redondos rodeados de un círculo completo de plumas tiesas, sus patas todas guarnecidas de plumas hasta las uñas, así como sus costumbres ariscas y salvajes, su grito monótono y lúgubre, su horror a la luz... Y así sucesivamente, para todos los animales vivientes... ¡Ah! no tiene igual, la lengua que hablo, ¡y qué triste es pensar que un día se perderá entera y para siempre!... Este pensamiento es mi único pesar... Rechacémoslo bien pronto, y no tengamos cuidado alguno.
¡Oh! esa revista general de todos los animales vivientes, eso sí que fue soberbio... Aun así, soberbio no lo dice todo; porque tuvimos una parte chistosa en el programa de la fiesta: fue la llegada de los peces... ¡Pensad, pues! este jardín está en pleno continente, nada de riberas marinas, nada más que ríos, es decir, agua dulce... Entonces, ya veis la mueca que hacían los peces de mar, al remontar el Tigris y el Éufrates para venir junto a mí; ya no estaban en su agua salada habitual, ¡y eso los fastidiaba!... De veras, era para retorcerse... Y los grandes cetáceos, ¡esos sí que estaban incómodos!... Afortunadamente, para ese día y a título excepcional, papá Buen Dios ensanchó los ríos de mi jardín; sin lo cual las diversas especies de ballenas jamás habrían podido pasar... Tan pronto como les había dado su nombre, había que verlos virar hacia atrás y precipitarse, a grandes golpes de aletas, para ganar de nuevo lo más vivamente posible su Océano... ¡Todavía me río!...
Quizá habrá gentes que no creerán esta historia... Los impíos negarán que focas del polo Norte hayan podido venir hasta Armenia, a las aguas superiores del Tigris y del Éufrates, y eso en un solo día de viaje, bajando todo el Atlántico y dando la vuelta completa al África; dirán que esos interesantes mamíferos marinos, huéspedes del océano Glacial, no han podido cambiar de elemento sin morir de ello... ¡Eh! ¡qué importa la crítica!... Palabra de honor, yo vi aquí, en este jardín de Edén, en esa circunstancia, focas y ballenas, y añado que las focas, muy contentas de haber recibido de mí un nombre, me dieron las gracias diciendo ¡papá! ¡mamá!...
Los espíritus puntillosos objetarán: «¿Y los peces de los lagos, por dónde vinieron?...» ¿Se quiere aludir al lavaret, ese delicioso pez del lago del Bourget, del que los habitantes de Aix-les-Bains hablan como de una gloria?... ¿Y la féra («lavaret» y «féra» — fr., nombres locales de dos coregonos, peces blancos de los lagos alpinos de Saboya y del Lemán), que vive exclusivamente en el lago Lemán, que muere tan pronto como se la pone en otra agua, aun dulce, que ni siquiera puede vivir en el Ródano, más acá o más allá del Lemán?... Sépase, pues: el lavaret y la féra tuvieron un permiso especial de Dios; esos dos peces lacustres vinieron, por vía aérea, a hacerme una visita al Edén... ¡Y ya está! ¡anatema a los descreídos, que no se contentarán con esta explicación!...
Y además, ¡palsambleu! («¡palsambleu!» — fr., antiguo juramento eufemístico, de «par le sang de Dieu», por la sangre de Dios) bien bueno soy de discutir estas cosas... Tanto peor para quien no me crea, cuando afirmo que vi a todos los animales vivientes, ¡vertebrados, anillados, moluscos y zoófitos!... No hay un solo insecto al que no haya dado un nombre... Pero el que más me dejó estupefacto es un gran gusano blanco, largo, plano, que salió muy suavemente de mí mismo, un feo gusano que los naturalistas futuros llamarán tenia o gusano solitario del hombre, y que no se parece a la tenia de los cerdos ni a la tenia de los carneros; este gran diablo de gusano humano, desde su salida, me hizo una profunda reverencia; le di un nombre; después de lo cual, volvió a colarse en mi casa por mi ano y retomó domicilio en mi individuo... Si hablo de ello, es para no omitir nada; pues no me sabía habitado. Aparte de eso, mi inquilino no me incomoda en modo alguno... Nada turba esta vida de cucaña que llevo desde hace cinco días...» («vida de cucaña» — fr. «vie de cocagne», del «pays de cocagne», el país de la cucaña o de Jauja, tierra imaginaria de ociosidad y abundancia)
Adán se mira en la onda límpida de la fuente, origen de los cuatro grandes ríos; luego, divisando un césped, se tiende sobre él muellemente.
— ¡Ah! ¡qué bueno es vivir así! murmura.
Pero he aquí que bosteza... se estira... una languidez desconocida se apodera gradualmente de él... ¡He aquí algo nuevo, por ejemplo!... («¡por ejemplo!» — fr. «par exemple !», exclamación francesa de sorpresa, «¡vaya!», «¡qué cosa!») Sin embargo, no siente ninguna fatiga... ¿Qué significa eso?...
No comprende nada. Sufre la misteriosa influencia, irresistible. Sus párpados se cierran. Adán duerme. Es el primer sueño del hombre.

12. Primer sueño del hombre.
Ahora bien, mientras Adán ronca como una peonza de Alemania («ronca como una peonza de Alemania» — fr. «ronfle comme une toupie d’Allemagne»: la peonza alemana es un trompo hueco que zumba al girar; se dice de quien ronca fuerte), papá Buen Dios desciende a la tierra.
Primero, detiene bastante largamente sus miradas en el durmiente.
— De todos modos, ¡trabajo bien, cuando me pongo a ello! dice con satisfacción. El mozo está formidablemente construido; se juraría que soy yo... cuando tenía algunos miles de millones de siglos menos.
Agachándose, le pellizca lo gordo de la pantorrilla. A esta divina chanza, Adán responde con un ronquido más sonoro aún que los precedentes.
— ¡Perfecto! continúa maese Elohim; no necesitaré insensibilizador para asegurar el éxito de mis talentos de cirujano... Veo que el sueño que envié a mi joven Adán querido era de los mejor acondicionados; se dispararía el cañón junto a él, y no se despertaría... Ahora, se trata de ponerme a la obra; porque he venido aquí para una operación de primer orden... Mientras nadie me oye, bien puedo hacer una confesión: me di cuenta esta mañana de que hay momentos en que soy un tanto bobalicón. Así, ¿dónde tenía la cabeza, cuando creé al hombre sin compañera?... Di a cada animal una hembra; al menos, no hay sino pocas excepciones a esta regla. Al gusano solitario, lo creé hermafrodita, y eso se comprende, puesto que, si fuera en pareja por los intestinos donde mora, ya no sería un gusano solitario... Pero el hombre no es una tenia, ¡nom d’une pipe!... («nom d’une pipe!» — fr., juramento eufemístico y jocoso, literalmente «¡nombre de una pipa!», deformación de «nom de Dieu», «¡nombre de Dios!»)
Es preciso, pues, que le fabrique una compañera, y he decidido hacérsela con su carne...
Papá Buen Dios dio vueltas un momento alrededor de Adán; lo palpaba, mientras emitía en voz alta sus reflexiones.
— He consultado al Palomo a este respecto («el Palomo» — fr. «le Pigeon»: así llama Taxil al Espíritu Santo, representado como paloma), continuó, y he hecho bien, porque es más listo que yo... Mi primera idea había sido cortarle un callo al querido Adán y amasar con él una mujercita... El Palomo no me aprobó; pensó que un callo sería demasiado vulgar y que los impíos podrían encontrar en ello pretexto para decir que la mujer es de baja extracción... La conclusión es que es con una costilla con lo que voy a fabricar la segunda criatura humana... ¡Vamos! es el momento, es el instante; seamos prontos y diestros como un dentista que va por su vigésima milésima operación.
Y, diciendo esto, papá Buen Dios «arrancó a Adán una de sus costillas, y cerró la carne en su lugar.» (Génesis 2:21) «Y el Eterno Dios construyó en mujer la costilla que había quitado a Adán.» (Génesis 2:22)

13. Creación de la mujer.
Oigo el grito del hombre, despertándose sobresaltado:
— ¡Ay! ¡ay!... ¡Oh! ¡là là!... ¡Acaban de quitarme uno de mis bistecs!
Y su sorpresa al ver a la linda muñeca viviente:
— ¿Qué’s lo qu’es eso?
— ¿Eso? es tu mujer, y te la presento, responde Jehová... ¡Atrévete a decir que no te hago ahí un agradable regalo!...
— El hecho es que es bonita...
— Está para comérsela... ¡Suertudo, va! («va» — fr. «va !», muletilla familiar francesa que se pospone a un apelativo y lo refuerza en tono afectuoso o burlón: «¡suertudo que eres!»)... ¡Y sin suegra!... Puedes jactarte de tener todas las suertes, muchacho.
La Biblia cuenta que Adán exclamó: «Esta vez, esta es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Se la llamará hommesse, porque fue tomada del hombre. Por eso el hombre dejará a su padre y a su madre, y se juntará con su mujer, y serán así una misma carne.» (Génesis 2:23-24) («hommesse» — fr., voz forjada por la Biblia de Taxil a partir de «homme», hombre, algo así como «hombresa»; la Reina-Valera dice «Varona»; se conserva porque Taxil vuelve sobre la palabra más adelante)
Inútil comentar esta exclamación de Adán, recién casado. ¡Ah! ¿en qué términos galantes están puestas esas cosas?... («en qué términos galantes están puestas esas cosas» — fr. «qu’en termes galants ces choses-là sont mises», halago de Philinte a un mal soneto en «Le Misanthrope» de Molière, citado con ironía de lo que se dice de modo torpe o grosero)
En cuanto a la costilla quitada, es bueno recordar que, según la opinión de san Agustín, Dios no se la devolvió a Adán. Por consiguiente, Adán vivió así con una costilla de menos. «Era aparentemente una de sus costillas falsas, ha hecho observar Voltaire; porque la falta de una de las costillas principales hubiera sido demasiado peligrosa.»
El Génesis nos dice además (Génesis 2:25): «Ahora bien, Adán y su mujer estaban ambos desnudos, y no tenían vergüenza de ello.» Los piadosos comentaristas afirman que esta desnudez sin vergüenza alguna es una prueba de la inocencia de nuestros primeros padres; si hubieran permanecido siempre en ese pensamiento de que no hay ninguna impudicia en pasearse completamente desnudo, hubiera sido la marca de una perseverante perfección. En virtud de este razonamiento bíblico, se podría, pues, estimar como viviendo en estado de perfección a las tribus salvajes que no llevan ningún vestido, y todavía las hay: sin embargo, en la época del descubrimiento de América, los fanáticos católicos españoles masacraron en masa a tribus indígenas que vivían en bella inocencia, y los sacerdotes bendecían a los masacradores. Por otra parte, se ha observado que fue el frío lo que hizo inventar los vestidos; porque los pueblos desnudos son los que viven en las regiones más cálidas. Además, cuando todo el mundo está desnudo, nadie tiene vergüenza de estarlo: uno no se sonroja sino por vanidad; se teme mostrar una deformidad que los otros no tienen.
Lleguemos al gran asunto, a la asombrosa aventura que puso fin, ¡ay! a la felicidad de Adán y de su esposa.
«El Eterno Dios había hecho germinar de la tierra todo árbol deseable a la vista y que lleva fruto bueno para comer; y había puesto el árbol de la vida en medio del jardín de Edén, y el árbol de la ciencia del bien y del mal.» (Génesis 2:9)
«El Eterno Dios había hablado al hombre con mandamiento, diciéndole: Comerás libremente de todo árbol del jardín. Sin embargo, en cuanto al árbol de la ciencia del bien y del mal, no comerás de él; porque, el mismo día que hubieres comido de él, morirás de muerte muy ciertamente.» (Génesis 2:16-17)

14. El fruto prohibido.
Es bueno hacer observar primero que, so pretexto de resumir la Biblia, los sacerdotes han redactado para uso de los fieles ciertos pequeños manuales que llevan el título de Historia Sagrada, en los cuales tienen cuidado de pasar en silencio los pasajes de la divina Escritura que les estorban demasiado. Así, en general, no se habla a los fieles sino del famoso árbol de la ciencia del bien y del mal; veremos dentro de poco por qué los sacerdotes no dicen palabra del árbol de la vida, perfectamente distinto del otro árbol; reproduciremos el versículo 22 del capítulo 3, que siempre se omite en los libros dados a los ingenuos devotos.
Por el momento, ocupémonos solamente del árbol cuyo fruto causó la caída del hombre. Recordemos que el emperador Juliano el Filósofo, cuya memoria es tan execrada por las gentes de iglesia, se entregó, a propósito de este maravilloso árbol, a algunas observaciones llenas de sentido común. Nos parece, escribió, que el señor Dios hubiera debido, por el contrario, ordenar al hombre, su criatura, comer mucho de ese árbol de la ciencia del bien y del mal; que no solamente Dios le había dado una cabeza pensante que era necesario instruir, sino que era aún más indispensable hacerle conocer el bien y el mal, para que cumpliera sus deberes; que la prohibición era tiránica y absurda; que era cien veces peor que si se le hubiera hecho un estómago para impedirle comer.
Otra reflexión que uno no puede dejar de hacerse es que el punto de partida de la historieta prueba que el señor Jehová tenía una segunda intención y que se alegraba mucho de que el hombre pecase. En suma, Adán hubiera tenido derecho a decirle:
— Mi padrecito Elohim, si no me equivoco, el bien es lo que es moralmente bueno, lo que le agrada a usted, y el mal, en cambio, es lo que es malo, lo que le desagrada... ¿Es bien así?
— Perfectamente, hijito mío, hubiera respondido el Creador.
— Por consiguiente, hubiera continuado Adán, déjeme aprender en qué consiste el mal, a fin de que lo evite; o si no, ¿por qué haber puesto aquí este árbol, si no debo tocarlo?...
Son los curas quienes se encargan de la réplica, en lugar y vez de su raro Buen Dios.
— Dios, dicen, imponía una prueba a la humanidad naciente; quería ver si Adán le obedecería, cuando no le pedía más que una sola y muy pequeña privación.
Pero es fácil replicar a la réplica. Según los curas mismos, Dios conoce el porvenir: había previsto, pues, lo que iba a suceder; y, como nada se hace sin su voluntad, sabía perfectamente que el hombre comería del fruto del árbol en cuestión. Quería, pues, la caída de nuestros primeros padres, de eso no cabe ninguna duda.
Por lo demás, toda la continuación de la historia se vuelve contra el señor Jehová.
Veamos cómo pasaron las cosas, según el capítulo 3 del Génesis:
«1. Ahora bien, la serpiente era la más astuta de todos los animales de la tierra que el Eterno Dios había hecho; y dijo a la mujer: ¡Qué! ¿Habría dicho Dios: No comeréis de todo árbol del jardín?
2. Y la mujer respondió a la serpiente: Comemos del fruto de los árboles del jardín;
3. Pero, en cuanto al fruto del árbol que está en medio del jardín, Dios ha dicho: No comeréis de él ni lo tocaréis, no sea que muráis.

15. Eva tentada por la serpiente.
4. Entonces, la serpiente dijo a la mujer: De ningún modo moriréis;
5. Pero Dios sabe que el día que comiereis de él vuestros ojos serán abiertos, y seréis como los dioses, conociendo el bien y el mal.
6. La mujer, pues, vio que el fruto de ese árbol era bueno para comer y de aspecto agradable, y que ese árbol era deseable para dar ciencia; y tomó de su fruto y comió; y dio también de él a su marido, arrastrándolo consigo; y él comió.»

16. Desobediencia de Adán y de Eva
Lo que llama la atención ante todo, en este relato, es que el discurso de la serpiente, su conversación con la mujer, el hecho mismo de hablar, de expresarse en la misma lengua que nuestros primeros padres, no es dado por el autor sagrado como una cosa sobrenatural, milagrosa, ni como una alegoría. Es la serpiente misma la que el Génesis presenta; es ese reptil, desempeñando un papel de animal lleno de malicia y de astucia, quien se hace el tentador de la mujer, con una facilidad de elocución que le envidiaría un loro.
La serpiente ha sido puesta en escena tan personalmente, que, desde entonces, los curas, hallando inverosímil el episodio así contado, han juzgado necesario hacerle una corrección que lo cambia todo, pero que está en contradicción con el texto entero de este capítulo de la Biblia. Según los correctores, tan tunantes como piadosos, sería el diablo quien habría tomado la forma de la serpiente y quien habría, por medio de este subterfugio, tentado a la señora Adán; tal es la manera en que los sacerdotes han arreglado la cosa, tal es su enseñanza de hoy.
Este arreglo es una verdadera falsificación del Génesis. En primer lugar, ni una palabra del texto sagrado se presta a tal interpretación. En segundo lugar, entre los diversos autores de los libros que componen la Biblia, hay dos en total que han mencionado al diablo: el autor del libro de Job, según el cual el diablo discute un buen día con Dios, en el cielo; y el autor del libro de Tobías, que cita a un cierto demonio Asmodeo, enamorado de una llamada Sara, a quien le estrangula sucesivamente siete maridos. Ahora bien, esos dos libros vienen completamente al final de la Biblia, y, ni en estos ni en los otros, se trata del Lucifer-Satán que los católicos hacen intervenir a propósito de todo, para sazonar el interés de sus leyendas. En ninguna parte se encuentra esa aventura, sin embargo tan conocida, de Lucifer rebelándose contra Dios y vencido por el arcángel Miguel. Eso, como todo lo que se refiere al diablo, fue inventado después, no solamente mucho después de Moisés, sino incluso posteriormente a Esdras.
Por otra parte, ciertos alegres comentaristas, en realidad filósofos escépticos, se han divertido en transformar en manzano, de un simbolismo un tanto picante, el famoso árbol de la ciencia del bien y del mal; y han supuesto que este episodio significa, con palabras encubiertas, que la señora Adán, ignorando el amor, recibió la primera lección de él de un diablo seductor, metamorfoseado en serpiente para la circunstancia...
Pero aun riéndonos de esta chanza, que es una interpretación que bien vale otra, hay que meterla en el mismo cesto que la falsificación de texto imaginada por los curas. Debemos tomar la Biblia tal como es, cuando queremos examinarla seriamente: así, en la historieta de que nos ocupamos en este momento, es el animal llamado serpiente el que está en cuestión, y no un diablo cualquiera, pues los judíos no tenían diablos en su mitología antes de la época en que fueron escritos los libros de Job y de Tobías; y en cuanto a los sobreentendidos amorosos, prestados gratuitamente a la serpiente tentadora, es evidente que es imposible descubrirlos en el texto del Génesis, cuando se lo tiene ante los ojos.
Es verdaderamente la serpiente sola, personalmente, la que está en cuestión; porque el autor sagrado ve a este animal con los ojos de todos sus contemporáneos de las diversas religiones. La serpiente, en la antigüedad, pasaba en efecto por ser un animal muy astuto, muy inteligente y lleno de malicia. Varios pueblos africanos la adoraban. Por otro lado, el caso de esta serpiente que habla, caso del que el Génesis no hace un milagro, es común a la literatura oriental; todas las mitologías nacidas en Asia están llenas de animales parlantes; entre los caldeos, el pez Oannes sacaba cada día su cabeza fuera de las aguas del Éufrates, y, durante horas enteras, predicaba al pueblo acudido a las orillas, dando buenos consejos, enseñando a la vez la poesía y la agricultura. Esos tiempos en que los animales tenían el don de la palabra están bien lejanos; pero ninguna religión de Oriente tuvo su monopolio. Así pues, la serpiente bíblica habló, sin necesidad de estar habitada por un diablillo.
Por lo demás, en esta circunstancia, la serpiente fue menos astuta de lo que parece. Las patrañas de la Sagrada Escritura son de una ingenuidad extraordinaria y revientan de contradicciones. Así, se ha preguntado qué quería decir la serpiente con: «Seréis como los dioses.» Esta expresión, que afirma la pluralidad de los dioses, no se encuentra solamente en este pasaje del Génesis; veremos más adelante que el señor Jehová, hablando él mismo, no se considera como el único Dios. Los comentaristas católicos, embarazados por esta frase de la serpiente, han pretendido que por los dioses el reptil habrá querido decir los ángeles. Se les ha respondido que una serpiente no podía conocer a los ángeles; pero, por la misma razón, no podía conocer a los dioses. Ingenuidad, contradicción, galimatías; he ahí, en efecto, la Biblia.
¡No, no tan astuta como eso, esa serpiente!... Sus consejos eran fuertes (sic: «forts» en el original, por «fort», muy) incompletos. Una serpiente verdaderamente lista le habría dicho a la mujer: — Come del fruto prohibido, primero, y luego, inmediatamente después, no dejes de comer del fruto del árbol de la vida, que, por lo demás, te está permitido.
Y Jehová, ¿no fue la causa primera de la tentación? ¿Por qué había dado la palabra a la serpiente? Sin ese don, ésta jamás habría podido hacerse entender de la mujer.
La Biblia no nos da a conocer la conversación en el curso de la cual la señora Adán decidió a su marido a comer con ella del fruto prohibido. Afortunadamente, es fácil llenar esta laguna del autor sagrado.
Vemos a la primera mujer, cuya curiosidad ha sido picada por la serpiente, acercarse al árbol de la ciencia que está en medio del jardín, junto al árbol de la vida. Lo contempla largamente, no sin algunas vacilaciones.
— No es bonita, bonita, dice ella, esa serpiente que acaba de hablarme hace un momento; pero es, a fe mía, muy distinguida de maneras, y tiene un lenguaje encantador... El consejo que me ha dado me parece bueno de seguir; porque, verdaderamente, es muy fastidioso no saber nada... Somos, Adán y yo, como pavas («como pavas» — fr. «comme des dindes»; una «dinde», pava, es en francés una criatura tonta y crédula), ¡y podríamos ser como dioses!... Y además, es tentador, este fruto... No lo hay más hermoso en todo el vergel... Sin embargo, si la serpiente me hubiera contado un embuste, ¡eso no sería nada alegre!... ¡La vida es tan agradable!... Morder este fruto, tengo grandes ganas de ello; pero ¿y si el resultado de mi gula ha de ser morir?... Nada divertido, eso...
Da vueltas alrededor del árbol; la serpiente, escondida detrás de un matorral, sigue de lejos todos sus movimientos.
— No, no es posible que muramos por tan poca cosa... ¡Es el padre Jehová quien nos ha montado un barco!... («nos ha montado un barco» — fr. «monter un bateau à quelqu’un», contarle a uno un cuento, tomarle el pelo) Primero, pensándolo bien, le encuentro aire de cordel, a ese viejo barbón («aire de cordel» — fr. «l’air ficelle»; «ficelle», literalmente cordel, era jerga por astuto, marrullero)... mientras que la serpiente... eso sí que está bien... su cabecita, monina, tiene no sé qué expresión bonachona, con unos ojos chispeantes de ingenio... Luego, es de una lógica contundente, lo que me ha dicho... El padre Jehová tiene todo el interés en que permanezcamos ignorantes de las bellas cosas que son privilegio de los dioses... Su amenaza, debe de ser para meternos el trac («meternos el trac» — fr. «nous ficher le trac»; «trac», palabra popular francesa: el miedo repentino, el miedo escénico), eso es... No quiere que sepamos esto y aquello... ¡Oh! ¡los viejos! todos son iguales... marrulleros... contadores de tonterías... No hay que fiarse de ellos...
Arrastra uno de los bancos del jardín junto al árbol, se sube a él, y coge uno de los frutos. — Pongamos que es una manzana, puesto que la Biblia no es explícita sobre este punto y que, por lo demás, poco importa llamar a este fruto así o de otro modo. — Contempla la manzana, pasándose la lengua por los labios. La serpiente, que lo ha visto todo, se yergue sobre su cola, detrás del matorral, y baila una alegre cuadrilla. La señora Adán acerca la manzana a su boca. — A propósito, ¿cómo se come esto, este fruto?... ¿Debo pelarlo o morderlo directamente?... ¡Baste! («¡Baste!» — fr. «Baste !», vieja interjección francesa, del italiano «basta»: ¡basta!, ¡qué más da!) de una manera u otra, debe de estar bueno... Vacila todavía un poco.
— Saberlo todo o no saber nada, ¡qué alternativa!... Cuando jugamos al escondite, Adán y yo, ¿está bien o está mal?... ¡Cruel enigma!... ¿Hay que esquilar nuestras ovejas para obrar bien? ¿o se comete el mal no dejándoles la lana sobre el lomo?... Es para perder la cabeza... Y Adán, que se mete a cada momento los dedos en la nariz, ¿es que está bien o es que está mal?... Verdad de verdad, ¡no es vivir el ignorar esas cosas!...
Decidiéndose de golpe, le da un enérgico mordisco a la manzana.
— ¡Sapristi! («¡Sapristi!» — fr. «Sapristi !», juramento atenuado, deformación de «sacristi», que lo es a su vez de «sacré», sagrado) ¡qué bueno está!...
Nuevo mordisco, más enérgico todavía.
— ¡Nom d’ed’là! («Nom d’ed’là!» — juramento popular francés, deformación eufemística de «Nom de Dieu !», «¡nombre de Dios!») ¡qué bueno está!... ¡Qué gusto delicioso!... ¡Ah! ¡el viejo bribón, que me había prohibido esta golosina!...
Se acuesta en el banco, se estira en él y parece saborear aún mejor así el fruto.
Adán, llegando, hablando solo: — Para pasar el rato, acabo de pescar una fritura en el Tigris... pero, como soy vegetariano, he tirado, apenas pescada, mi fritura al Éufrates...
Divisa a su esposa.
— ¡Eh! hommesse («hommesse» — fr. «l’hommesse», «hombra»: nombre formado sobre «homme», hombre, que la Biblia francesa de Ostervald da a la mujer antes de que reciba el de Eva), ¿qué estás mordisqueando ahí?
La señora Adán, sentándose de un brinco:
¡Oh! ¡no me riñas!... Es un fruto... del árbol... ya sabes... de uno de los dos árboles del medio del jardín...
— ¡Ya lo veo, fichtre! («fichtre!» — juramento popular francés, eufemismo de «foutre»: ¡diablos!)... Es precisamente el fruto del árbol que nos está prohibido tocar... ¡Ah ça! («Ah ça!» — interjección francesa de sorpresa e indignación) ¿estás loca, mujercita mía?... Y bien, ¿y la advertencia del otro?...
— ¿El padre Jehová?... ¿el impedidor de bailar en corro? («el impedidor de bailar en corro» — fr. «l’empêcheur de danser en rond», el nombre francés del aguafiestas) Hablemos de él, ¡ah! ¡sí!... ¡Se ha pagado nuestra cabeza en los grandes premios, el viejo mono!... («se ha pagado nuestra cabeza en los grandes premios» — fr. «il s’est payé notre tête dans les grands prix»: «se payer la tête de quelqu’un», burlarse de alguien; «dans les grands prix», a lo grande)
— ¿Qué me estás cantando ahí?...
— Su amenaza de muerte... te acuerdas, ¿no es verdad?..
— ¡De seguro!... Me da frío en la espalda.
— ¡Oh! ¡la la! ¡mi ojo!... («¡mi ojo!» — fr. «mon œil !», exclamación de incredulidad: ¡ni hablar!, no me lo creo) Su amenaza, querido mío, era un truco...
— Vamos a ver, ¿bates a Jeannot, pierdes la bola? («bates a Jeannot», «pierdes la bola» — fr. «battre Jeannot» y «perdre la boule», dos viejas expresiones de jerga por volverse loco; la «boule», bola, es la cabeza)...
— Un truco, te digo... La prueba es que ya sé montones de cosas, desde que he mordido la manzana...
— ¿Sabes lo que está bien y lo que está mal?... ¿Sabes lo que hay que hacer y lo que no hay que hacer?... ¿Sabes el cómo y el porqué de todo y de todo....
— Sí, eso empieza, mi perrito verde... Mira, ya sé cuántos granos de sal hay que poner en un huevo.
— ¡No es posible!
— Sé por qué los gallos cierran los ojos al cantar...
— ¡Me dejas pasmado!... Y por qué las ranas no tienen cola, ¿lo sabes?
— Acabo de aprenderlo en este mismo instante...
— Dilo, para instruirme...
— Es porque les estorbaría para sentarse.
— ¡Ah! ¡bah!... Me tumbas de espaldas...
— Más fuerte que eso... Pues bien, sé, estoy segura, ¿me oyes bien?, estoy segura de que eres un hombrecito formal como una estampa («formal como una estampa» — fr. «sage comme une image», perfectamente juicioso y bien portado) y de que no me has hecho una sola infidelidad...
Adán está atónito.
— ¡Mil petardos! («¡Mil petardos!» — fr. «Mille pétards !», juramento burlesco) ¡ciencia sí que tiene de pronto, mi mujer!... Es verdad, con todo, que nunca le he hecho una infidelidad... ¡Saprelotte de saprelotte! («Saprelotte de saprelotte!» — juramento atenuado francés, deformación de «sacré», sagrado, redoblado aquí para dar énfasis) ¡es prodigioso!... Y si yo te hiciera una infidelidad, ¿sería eso mal o sería eso bien?...
— ¡Sería mal, señor mío!... ¡muy mal!...
Lo atrae junto a ella, sur le bi du bout du banc. («sur le bi du bout du banc» — retazo de una cantinela infantil francesa, «en el bi de la punta del banco», que significa aquí, con un guiño, sentados muy juntitos el uno al otro)
— Por lo demás, Adán de mi corazón, sólo de ti depende volverte instruido como yo, tan de prisa y a tan poca costa... Muerde la manzana...
Le tiende la manzana.
— A mí también me tienta, mujercita mía bienamada; pero ¿de qué nos servirá ser sabios como académicos, si de ello morimos hoy mismo?... Porque, en fin, hay que hacerse un razonamiento: morir dentro de mil años, en rigor, me daría igual; pero romper mi pipa hoy mismo, no, eso sería de lo más tonto... («romper mi pipa» — fr. «casser sa pipe», jerga por morir)
La señora Adán se encoge de hombros.
— No pareces creerlo, monina mía... Pero yo sé bien lo que me dijo, el viejo papá Buen Dios; fue a mí mismo a quien habló, y te aseguro que fue categórico...
Permite que te repita textualmente sus palabras: «En cuanto al árbol de la ciencia del bien y del mal, no comerás de él; porque, el mismo día que hubieres comido de él, morirás de muerte muy ciertamente»... No hay que titubear («no hay que titubear» — fr. «il n’y a pas à barguigner»; «barguigner», viejo verbo francés: regatear, vacilar), ya ves; yo tengo apego a mi piel, si tú no lo tienes al tuyo...
— Adán, Adán, me haces reír... ¿Acaso estoy muerta, di?
— No, estás bien viva... Sólo que la jornada no ha terminado; ¡cuidado con la bomba!..
— ¡Oh! ¡qué testarudos son los hombres!... ¡Puedes jactarte de tenerla, obstinación, querido mío!... Es insensato lo que tardas en comprender que el viejo rasoir se ha burlado de nosotros («el viejo rasoir» — fr. «le vieux rasoir»; «rasoir», navaja de afeitar, era jerga por un pelmazo insoportable)... Mira, acabas de citar a los académicos...
— Sí; ¿y qué?
— Los académicos... ¿son pozos de ciencia, ésos?
— Evidentemente.
— Pues bien, es porque son pozos de ciencia por lo que los académicos son inmortales... («inmortales» — a los miembros de la Academia Francesa se les llama tradicionalmente «les Immortels», los Inmortales; ahí está el chiste)
Adán está turbado por el argumento. Su esposa se pone mimosa.
— En fin, aunque sólo fuera por darme gusto, muerde la manzana, hombrecito mío querido... Cuando la hayas probado después de mí, seremos los dos como los dioses...
— ¿Como los dioses?...
— No trates de comprender... Es la serpiente quien lo ha dicho...
Adán, resuelto: — ¡Desde el momento en que es la serpiente quien lo ha dicho!... Dame, dame la manzana...
Muerde la manzana con avidez.
Pasan dos minutos en silencio; se oiría volar a un panamista. («se oiría volar a un panamista» — fr. «on entendrait voler un panamiste», retorciendo «se oiría volar una mosca»: «voler» significa volar y también robar, y los panamistas robaron al público en el escándalo de Panamá de 1892) De pronto, Adán lanza un grito; es la ciencia que le llega.
— ¡Ventre-saint-gris! («Ventre-saint-gris!» — el juramento favorito del rey Enrique IV de Francia) exclama, ¡estamos desnudos como gusanos!... ¡Bonito asunto!...
— ¡Ombligo del papa! dice a su vez la mujer, ¡ni siquiera tengo ligas!... ¡Es indecente!...
— ¡Y nosotros que tenemos que ir esta noche al baile de los orangutanes!... ¡Imposible presentarnos en sociedad con un atuendo tan descuidado!...
— ¡Pronto, pronto, hay que vestirse!...
«Y los ojos de ambos se abrieron; y, conociendo que estaban desnudos, cosieron juntas hojas de higuera y se hicieron cinturones.» (Génesis 3:7)

17. Adán y Eva tienen el sentimiento de su desnudez.
Nótese bien que el primer traje humano no fue de hojas de vid; la gloria de la invención de la vid estaba reservada al patriarca Noé.
Una vez así vestidos, los dos esposos se miran.
— No estamos demasiado mal con este atavío, dice el marido.
— A mí, la hoja de higuera me sienta de maravilla, dice la mujer... Estos vestidos están quizá un poco polvorientos; no han sido sacudidos desde la temporada pasada... Dame un cepillado, Adán...
Su contento no había de ser de larga duración.
«Entonces oyeron, al viento del día que sopla después del mediodía, la voz del Eterno Dios, que se paseaba (sic) por el jardín. Y Adán y su mujer se escondieron de la faz del Eterno Dios, entre los árboles del jardín.» (Génesis 3:8)

18. Adán y Eva se esconden a la llamada de Dios.
Este Jehová, se comprueba una vez más aquí, es verdaderamente un dios corporal: se pasea, habla; lo hemos visto amasar y soplar. El Génesis presenta, pues, a su Dios a la moda de todas las demás mitologías. Los diversos pueblos de la antigüedad no tuvieron, en efecto, otra idea de la divinidad; Platón pasa por ser el primero que hizo a Dios de una sustancia más o menos etérea, que no era del todo cuerpo.
Los críticos preguntan bajo qué forma se mostraba Dios a Adán, y más tarde a Caín, a los patriarcas, a los profetas, a todos aquellos a quienes habló por su propia boca. Los tonsurados responden que tenía forma humana, y que no podía darse a conocer de otro modo, habiendo creado al hombre a su imagen. Se replica que la religión israelita se parece entonces singularmente, en este punto esencial, a todas las religiones que los sacerdotes católicos estigmatizan con el nombre de paganismo; los antiguos romanos, que habían adoptado las creencias de los antiguos griegos, tampoco comprendían la divinidad sino bajo un aspecto humano. Esta observación hace añadir: en lugar de ser Dios quien hizo al hombre a su semejanza, ¿no sería más bien el hombre quien habría imaginado a Dios a su propia imagen? Pero no insistamos; porque alojar tal opinión en los sesos es condenarse a las llamas del infierno. Recordemos solamente esta maliciosa reflexión de un filósofo: si los gatos se hubieran fabricado dioses, los habrían hecho correr tras los ratones.
Detalles como los del paseo de Dios por el jardín del Edén muestran perentoriamente que no se trata en modo alguno de una alegoría mística; todo el relato del autor sagrado está en el estilo de una historia verdadera.
«9. Y el Eterno Dios llamó a Adán, y le dijo: Adán, ¿dónde estás?»
Estaba lastimoso y confuso, micer Adán, y su mujer tampoco estaba nada tranquila. Tratan de escabullirse, se esconden; pero ¡je t’en fiche! («je t’en fiche!» — fr. exclamación popular de burla que descarta una idea: ¡ni hablar!, ¡qué va!) ¿cómo escapar a la mirada divina que se cierne sobre todo?... En vano se esfuerzan los desdichados por ocultar su persona a las miradas del Altísimo; detrás de ellos, por todas partes, resuena la terrible llamada del Señor, hablando como amo poderoso, severo, y disponiéndose a castigar a su servidor, a su esclavo, que le ha desobedecido.
No hay manera de salir de este mal paso; están atrapados; van a tener que confesar la falta cometida. Corridos, balbucearán malas excusas.
«10. Adán respondió: Señor, he oído tu voz en el jardín, y he temido, porque estaba desnudo, y me he escondido.»
Helos, pues, ante el patrón, ante ese Dios que conoce el porvenir, que había previsto el accidente de la serpiente y de la manzana, y que se enfada como si no hubiera sospechado nada, como si lo que acaba de ocurrir no se hubiera producido por su omnipotente voluntad. Adán y su mujer no piensan en eso en su turbación; van a hablar el lenguaje de los escolares cogidos en falta: — Señor maestro, no fui yo quien empezó; ¡fue ella! — Señor maestro, no lo haré más, de tanto como lo siento... ¡Ah! no, seguro, no volveré a empezar, ¡puede usted creerme!...
«11. Y Dios dijo a Adán: ¿Quién te ha enseñado que estabas desnudo? Es preciso que hayas comido de lo que yo te había prohibido comer.
12. Y Adán respondió: La mujer que me diste para estar conmigo me dio del fruto del árbol, y comí de él.
13. Y Dios dijo a la mujer: ¿Por qué has hecho eso? Y la mujer respondió: La serpiente me engañó, y comí del fruto.»
Ahora, maese Elohim va a distribuir los castigos. Procede por orden, y es el que fue el primer culpable quien la pagará primero. ¡Atención!
«14. Entonces el Eterno Dios dijo a la serpiente: Por cuanto has hecho esto, serás maldita entre todos los animales y bestias de la tierra; andarás sobre tu vientre en adelante, y te alimentarás de tierra todos los días de tu vida.
15. Y pondré enemistades entre ti y la mujer, entre tus hijos y los hijos de la mujer; ellos tratarán de aplastarte la cabeza, y tú tratarás de morderlos en el talón.»

19. Dios reprocha a Adán y Eva su pecado.
Este castigo infligido a la serpiente prueba, sin réplica posible, que los curas son unos cuentistas cuando, con su manía de meter al diablo en todas partes, atribuyen la tentación de la mujer al demonio, que habría tomado prestada aquel día la forma del reptil, a ese Lucifer-Satán cuyas pretendidas rebelión y derrota no se encuentran inscritas en ninguno de los libros de la Biblia. Si Satán fuera el culpable, Dios evidentemente le habría ordenado reintegrarse al instante a su domicilio infernal y le habría otorgado un suplemento de suplicio en la mansión de las tinieblas.
Ahora bien, el castigo de la tentación alcanza, única y exclusivamente, a la serpiente en tanto que animal y bestia de la tierra. Según el versículo 14 del capítulo 3, es de creer que esa dadora de consejos pérfidos era antes un animal provisto de patas; y es bien a ella a quien Dios cortó aquel día las patas, puesto que la condenó a arrastrarse en adelante, — castigo que sería de lo más injusto, si esta bestia no hubiera tenido nada que ver en el asunto. — Suponed que el abate Garnier («el abate Garnier» — Théodore Garnier, sacerdote, periodista y agitador católico de París, fundador de la Unión Nacional, adversario habitual de Taxil en los años 1890) se disfrace una buena mañana de hombre honrado, que tome el traje y se caracterice de papá Ruel, que es un filántropo, y que vaya luego bajo ese nombre a cometer estafas; ¿qué pasaría cuando al fin fuera encerrado, desenmascarado y llevado ante el tribunal correccional? ¿condenaría el tribunal a multa y prisión al buen papá Ruel? ¡No, por cierto! pronunciaría su sentencia contra el verdadero estafador, aplicaría su fallo al tal Garnier, está claro.
Los tonsurados harán bien, pues, en renunciar a su cuento azul («cuento azul» — fr. «conte bleu», cuento de hadas, patraña; por la «Bibliothèque bleue», colección popular francesa de cuentos y leyendas) de Lucifer tentador de la primera mujer; esa patraña no se tiene en pie. O si no, visto el texto sagrado, si quieren mantenerla a pesar de todo, hay que decir que el diablo fue más listo que el señor Jehová, y que éste, completamente reblandecido, no vio más que a la serpiente en todo este asunto, no divisó la menor punta de cuerno de Lucifer, y privó de patas a la inocente serpiente. ¡Mi viejo León XIII, sal de ahí!
A decir verdad, desde cualquier punto de vista que se considere este extravagante episodio, hay que reconocer que el farsante Espíritu Santo se ha burlado una vez más del piadoso autor que escribía bajo su dictado. Si es cierto que los hijos de la mujer, los humanos, tienen una aversión general por las serpientes, si es cierto que en caso de encuentro los unos tratan de bastante buena gana de aplastar la cabeza de las otras, que por su parte se defienden o atacan tratando de morder en el pie o en la pierna a aquéllos, en cambio hay una pena dictada por Dios contra las serpientes que jamás han sufrido: las serpientes no se alimentan de tierra, nunca, nunca jamás. Esta sentencia ha sido, pues, eludida, a menos que Jehová haya declarado aplicable en este punto la ley Bérenger («ley Bérenger» — fr. «loi Bérenger», la ley de 1891 que introdujo la condena condicional, o suspensión de la pena, en el derecho penal francés); en cuyo caso, la Biblia ha olvidado mencionar esa suspensión indefinida.
Pero, para saborear la mistificación del Espíritu Santo en toda su alegre burla respecto de los crédulos devotos, hay que considerar la extensión inmensa del castigo infligido a la serpiente. ¿Cuál era exactamente el ofidio tentador? La
Biblia no lo precisa; pero poco importa: es evidente que no podía ser a la vez una víbora y una culebra, o una boa y un crótalo; las especies de ofidios que viven en nuestro globo son muy numerosas. Admitamos que fue la culebra la que provocó al pecado a la señora Adán; admitamos incluso, si se quiere, que el castigo de la culebra sea razonable al extenderse a la posteridad de esta especie, y que todas las culebras del porvenir estén lógicamente privadas de patas para expiar la falta de la del Edén... Ahora bien, si la mujer no hubiera logrado arrastrar al hombre en su desobediencia, ella sola habría sido castigada, ¿no es cierto?...
Pues bien, ¡pobres serpientes! sólo la culebra fue culpable; pero he aquí que, de un mismo golpe, el áspid, la naja, la serpiente de cascabel, la cerasta, el lución, la víbora, la pitón, la cobra-capello, el rouleau, el elaps, el erpetón, el bothrops, la fer-de-lance, el atropos, el hipnale, el rhodostoma, el humbroni, el búngaro, el psammophis, el eunectes comedor de ratas, el oxirropo, la boa constrictor, el moluro, y su posteridad, han perdido sus patas y se arrastran para siempre, ¡a pesar de su incontestable inocencia!...
«16. Dios dijo luego a la mujer: Multiplicaré tus miserias y tus preñeces; y parirás con dolor; y estarás bajo la dominación de tu marido.»
Por unanimidad, los comentaristas opinan que las penas de esta sentencia apuntan no sólo a la señora Adán, sino a todas las mujeres hasta el fin del mundo.
Sin detenernos en lo que este sistema tiene de injusto o denota un Dios bastante loufoc («loufoc» — fr. «loufoque», palabra del argot parisiense: chiflado, extravagante; formada sobre «fou», loco, en la jerga de los carniceros, el «louchébem»), observaremos primero que, si la primera mujer hubiera sabido resistir a las seducciones de la serpiente, no habría parido con dolor. Antes de aquel día, estaba, pues, conformada de una manera completamente distinta de como lo estuvo en su primer parto. Por consiguiente, en un segundo, es decir en el instante mismo en que pronunció su fallo, Dios trastornó de arriba abajo el organismo de la mujer. Ya se ve: cuando el dedo de Dios se pone a ello, obra cosas asombrosas.
En segundo lugar, es bueno observar que, a pesar de esa omnipotencia, Jehová no ha logrado hacer generales las penas que dictó contra el sexo femenino: por una parte, hay muchas mujeres que paren sin dolor; por otra, las que llevan los calzones en su casa, las que llevan a su marido por la punta de la nariz, en lugar de estar bajo su dominación, ésas son legión en todas las clases de la sociedad.
«17. Luego, Dios dijo a Adán: Por cuanto has escuchado la voz de tu mujer, y has comido del fruto del árbol que yo te había prohibido comer, la tierra será maldita por causa tuya, y comerás de ella con trabajo todos los días de tu vida.
18. Y la tierra te producirá espinas y cardos; y comerás la hierba de los campos.
19. Y comerás tu pan con el sudor de tu frente, hasta que vuelvas a esa tierra de donde fuiste tomado; porque polvo eres, y al polvo volverás.»
La misma observación que arriba: el castigo de Adán debe alcanzar igualmente a todos los hombres; perfecta unanimidad de los teólogos sobre la interpretación de estos tres versículos del Génesis.
Lo más terrible de la sentencia es la condena a muerte. Verdad es que el inefable Jehová olvida lo que había decretado anteriormente, es decir que en caso de zamparse el fruto prohibido el hombre moriría de muerte el mismo día del delito (Génesis 2:17). Esta falta de memoria de papá Buen Dios le valió al condenado un aplazamiento bastante importante de la ejecución; en efecto, si hay que creer a la Biblia, Adán vivió todavía... novecientos treinta años (Génesis 5:5).
Pero si Adán no hubiera comido la manzana, nunca habría muerto, y nosotros mismos, todos, seríamos inmortales. Gentes curiosas preguntan: Entonces, ¿qué habrían hecho los hombres el día en que la tierra hubiera sido insuficiente para contenerlos? porque, habiendo recibido Adán y su mujer desde su creación la facultad de multiplicarse, forzosamente habría llegado un momento en que sus hijos y los hijos de sus hijos habrían poblado nuestro planeta de una manera exuberante.
Es evidente que este problema es insoluble. Y entonces, Dios necesitaba, en cierto modo, que Adán cometiera el pecado: la muerte aparece así como una necesidad; pero Dios tenía empeño en que el hombre se imaginara tener toda la culpa, y por eso tendió a nuestros primeros padres la trampa de la manzana y dio la palabra a la serpiente que sabía capaz de tentación. Si Dios existe tal como la Biblia lo representa, es tan exactamente eso, que la serpiente se ha vuelto muda desde aquella época, aunque la pérdida de la palabra no figure entre las penas que le fueron infligidas.
Otra observación se presenta por sí misma al espíritu, a propósito del pan que Adán y su posteridad fueron condenados a comer a fuerza de sudores. Es probable que no hubiera pan en los tiempos primitivos y que los hombres se alimentaran entonces como las tribus salvajes que existen todavía en nuestros días. Pero no seamos quisquillosos por tan poca cosa, y admitamos que el señor Jehová habló por anticipación. Los judíos, para quienes fue escrita la Biblia, comían, en efecto, pan. Ahora bien, los tonsurados nos dicen que este libro no fue escrito exclusivamente para los judíos y que es, en nombre del Espíritu Santo, la ley religiosa del mundo entero. En ese caso, uno se ve forzado a reconocer que no se come pan más que en los países donde crece el trigo: los lapones, pastores de renos y pescadores de focas, y, en general, todos los pueblos de las latitudes polares, ignoran absolutamente la existencia de la harina; en numerosas regiones de las Indias, de América, del África central y meridional, se vive de frutas y del producto de la caza. ¿Se dirá que la palabra pan fue empleada por Dios en sentido figurado y que designa toda especie de alimento? Se puede responder que el castigo tampoco es general: si los obreros se afanan para alimentarse, si cualquiera que vive de su trabajo se ve así golpeado a consecuencia de la falta de Adán, no ocurre lo mismo con los vividores de la vida que nacen ricos, millonarios por herencia. ¡Y los gordos canónigos, pues! Éstos, cuando sudan, es en verano, a causa de su grasa; ¡no es su trabajo lo que les hace regar de sudores su pan cotidiano!
El versículo 18, en particular, es muy malévolo para con la especie humana. Fuera del pan, el hombre está condenado a no comer más que la hierba de los campos, como el ganado; ¿qué le producirá la tierra? espinas y cardos. ¡El palomo nos la da buena! («nos la da buena» — fr. «nous la baille belle», literalmente «nos la da bella»: viejo modismo por contar a alguien una patraña enorme) A pesar de Dios, los hombres comen otra cosa que pan y hierba. Preguntádselo a Lúculo. O bien, ¿por qué Jehová no destruye, a golpes de rayo, los restaurantes que se permiten hacer figurar platos de carne en su carta? Inútil insistir.
Es el caso de decir que Adán habría estado bien inspirado mandando a paseo al padre Buen Dios, puesto que el paseo agrada a Jehová.
Pero he aquí lo que pasó después de pronunciado el juicio:
«20. Entonces Adán llamó a su mujer Eva, porque ella es la madre de todos los vivientes.»
El buen hombre no había pensado todavía en dar un nombre a su compañera; hasta entonces se había limitado a calificarla de hommesse («hommesse» — fr. femenino forjado sobre «homme», «hombre»; la Reina-Valera dice «Varona»), como se ha visto en el versículo 23 del capítulo 2. Lo curioso es que el nombre dado por Adán a su esposa sea precisamente un nombre hebreo; Hévah («Hévah» — fr. forma que da Taxil al nombre hebreo; las Biblias españolas lo traducen «Eva», del hebreo Jawá, «viviente») significa «la vida». De donde se tiene derecho a plantear este dilema al autor del Génesis: o la lengua de nuestros primeros padres es el hebreo, y entonces, no habiéndose perdido esa lengua, hay que tachar la historia de la torre de Babel; o Adán dio a su mujer un nombre tomado de la famosa lengua primitiva, hoy perdida, y entonces el autor sagrado cometió un desliz. En un caso como en el otro, el palomo inspirador se burló, esta vez también, del escritor.
Ahora se va a ver que Jehová no expulsó inmediatamente a Adán y Eva del paraíso terrenal, contrariamente a la opinión extendida. Primero, papá Buen Dios, encontrando demasiado sumario su traje de hojas de higuera, se improvisó sastre.
«21. Y el Eterno Dios hizo a Adán y a su mujer túnicas de pieles, y los vistió con ellas.»
Para la confección de estas vestimentas, he aquí, pues, una matanza de inocentes bestias; el matadero quedaba inaugurado por Elohim en persona. Después de eso, ¿cómo queréis que nuestros primeros padres no hayan pensado en seguida en utilizar para su alimento la carne de los animales tan prestamente inmolados y desollados? ¡Zut para el régimen de pan y hierba! («Zut» — fr. interjección familiar de fastidio o desdén: «¡al diablo!») debieron de decirse para sus adentros.
Y el señor Jehová habría dejado muy bien a Adán y Eva vivir y morir en el Edén si, algún tiempo después de haberlos vestido, no hubiera pensado en ese mirífico árbol de la vida, cuyos frutos el hombre y la mujer no habían tenido la idea de morder.
«22. Ahora bien, el Eterno Dios se dijo: He aquí, el hombre ha venido a ser como uno de nosotros (sic); conoce el bien y el mal. Pero, ahora, hay que tener cuidado de que no alargue también la mano hacia el árbol de la vida, de que no coja su fruto y coma, y de que así no viva eternamente.»
Tal es el versículo 22 que los tonsurados omiten, y con razón, en sus resúmenes de la Biblia.
Así pues, está claro, esto: nuestros dos bobos Adán y Eva, a quienes el fruto del árbol de la vida no había sido prohibido, lo descuidaron tontamente; y si el hombre y la mujer, mientras Jehová estaba ocupado en cortar sus trajes de pieles, hubieran tenido la buena inspiración de saltar sobre uno de esos frutos maravillosos y de tragárselo vivamente, ¡es el viejo juez rabioso quien habría hecho una nariz!... («habría hecho una nariz» — fr. «aurait fait un nez»: poner cara larga, quedarse chasqueado) ¡V’lan! («V’lan» — fr. onomatopeya popular de un golpe seco o de algo que ocurre de repente: «¡zas!») su sentencia se volvía de golpe inejecutable.
¿No es verdad que es graciosa, decididamente, la Santa Biblia, en cuanto se la lee de cerca?... No solo tiene la vista turbada («tiene la vista turbada» — fr. «il a la berlue», modismo popular por ver visiones, engañarse por completo), este Dios único que suelta una constatación de la existencia de varios dioses; sino que además, él, pretendido todopoderoso, confiesa, como un imbécil, su impotencia para aplicar su sentencia de condena a muerte. ¡De qué poco ha dependido, ved un poco! ¡Con presencia de espíritu, Adán y Eva se hacían inmortales, a pesar de Dios mismo!!!
¡Y cuánto debió de felicitarse el viejo Jehová de haberse acordado por fin de ese bribón de árbol de la vida!... no, decirlo no es decir nada... Seguro que se había hecho un nudo en el pañuelo. ¡Sin eso!...
«23. Y el Eterno Dios hizo salir a Adán del jardín de Edén, a fin de que labrase la tierra de la que había sido amasado.
24. Así echó al hombre; y entonces puso un Querub delante de la entrada del jardín, con una hoja de espada de fuego, que se volvía acá y allá para guardar el camino del árbol de la vida.»

20. Adán y Eva expulsados del paraíso terrenal.
No hay error, ¿verdad?... Es sin duda ese malhadado árbol de la vida lo que más preocupaba a maese Elohim. A ningún precio debían Adán y Eva poder volver a él. ¡Pero también qué condenada idea había tenido papá Buen Dios al crear ese árbol!... Veamos: con su conocimiento del porvenir, sabía de manera cierta que nuestros primeros padres pecarían y que los condenaría a muerte, a ellos y a toda la raza humana; entonces, ese árbol de la vida no podía ser para él más que un estorbo; ¡era tan sencillo no plantarlo!... He ahí un sagrado Jehová («sagrado» — fr. «sacré», que antepuesto al nombre significa «maldito, condenado»; Taxil juega con el sentido propio de «sagrado») que no haría mal en ponerse al régimen de las duchas («al régimen de las duchas» — fr. «au régime des douches»: las duchas frías eran el tratamiento clásico de los manicomios de la época); después de eso, quizá los establecimientos de hidroterapia brillen, en el cielo, por su ausencia, aunque el comienzo del Génesis nos haya enseñado la existencia de aguas superiores, situadas por encima de la extensión donde se mueven los astros... Y además, esa idea de inmovilizar a un Querub con espada flameante a la puerta del Edén, ¡eso sí que es de lo más tonto, oh! ¡sí!... Con una palabra, con un solo esfuerzo de voluntad, Dios podía aniquilar el enojoso árbol de la vida, en adelante sin razón de ser; ¡y el Todopoderoso no pensó en ello!...
En fin, pase por el Querub, ¡centinela sin garita!... Ese Querub es un plantón precioso, si el descubrimiento del Edén tienta a algún nuevo Cristóbal Colón.
Vamos, se pide un explorador de buena voluntad. Entre mis lectores, ¿alguien quiere inscribirse?... Puesto que papá Buen Dios se tomó la molestia de hacer guardar la puerta del Edén, puesto que llegó hasta tomar medidas defensivas para impedir para siempre a la humanidad entrar en el camino que lleva al árbol de la vida, es que el paraíso terrenal y el maravilloso árbol existen todavía en alguna parte. Si, explorando la región donde están las fuentes del Tigris y del Éufrates, divisamos en un camino, delante de un portal, a un Querub agitando una hoja de espada de fuego, no tendremos ninguna duda, podremos decir: ¡Ya estamos! ¡es aquí!
¡Cien mil francos de recompensa a quien encuentre al Querub!
Y ante todo, ¿qué es exactamente ese parroquiano?... «Querub» es la palabra que figura en el texto hebreo del Génesis. Esta palabra significa «un buey»; viene de charab, «labrar». En efecto, los hebreos habían guardado numerosos recuerdos de su servidumbre en Egipto, y copiaron bastante ampliamente a los egipcios en muchos usos, incluso en lo que concernía a los menudos detalles del culto; así fue como esculpieron toscamente bueyes, de los que hicieron especies de esfinges, animales compuestos, tales como los que pusieron en sus santuarios. Estas figuras tenían dos caras, una de hombre, una de buey, y alas, así como piernas de hombre y pies de buey. Hoy, los tonsurados han cambiado todo eso: de Querub han hecho Querubín, y los Querubines del nuevo culto son jóvenes ángeles mofletudos, pero sin cuerpo, que no tienen más que una cabeza de niño con dos alitas; se ven de esos ángeles chuscos en cantidad de cuadros de iglesia... Es probable que el angélico portero del paraíso terrenal no responda a estas últimas señas, y que sea, por el contrario, un Querub a la moda hebraica, con cabeza de dos caras, una de ellas de buey; lo que permitirá a nuestro explorador reconocerlo de lejos. O, si es un Querubín a la moda católica, sin cuerpo ni manos, es con los dientes con lo que debe de sostener su espada flameante, y, de esta manera también, no podrá pasar inadvertido. Pero yo me inclino por el portero de cabeza medio humana medio bovina. («portero» — fr. «pipelet», argot parisiense por «conserje», del nombre de un personaje de Los misterios de París, de Eugène Sue)
¡Ánimo, pues, a la búsqueda del Edén! ¡aviso a los aficionados!... Aunque no lográramos penetrar, la excursión será interesante; se dará, por lo menos, la vuelta al jardín, y se fijará el emplazamiento en los mapas de geografía, que, sin eso, seguirían siempre incompletos.
Entretanto, veamos ahora lo que hicieron Adán y Eva, una vez fuera del paraíso terrenal, y teniendo el conocimiento integral del bien y del mal... incluido el mal de mar. («el mal de mar» — fr. «le mal de mer»: «mal» es a la vez «el mal» y «la enfermedad», así que el mareo se cuela en el conocimiento del bien y del mal)
CAPÍTULO 2 Breve historia de los primeros hombres
La Sagrada Escritura no abunda en detalles biográficos acerca de los primeros hombres.
El capítulo cuarto del Génesis corta en seco las suposiciones de los comentaristas joviales, que han querido ver la obra de amor en la historia de la manzana, cogida por Eva, por consejo de la serpiente, y comida en común con Adán. Fue después de la expulsión del Edén cuando nuestros primeros padres se dispusieron a hacerse una posteridad. El texto de la Biblia es suficientemente explícito.
«1. Y Adán conoció a Eva su mujer, la cual entonces concibió y parió a Caín; y ella dijo: He adquirido un hombre por el Eterno.
2. Parió además a Abel su hermano. Y Abel fue pastor, y Caín fue agricultor.»
Las personas que no han profundizado el estudio de la teología y de los teólogos están a mil leguas de sospechar las extravagantes discusiones que este grave asunto de la concepción del primer bebé humano ha suscitado entre los comentaristas judíos y cristianos. A despecho del texto de arriba, los unos, no encontrándolo todavía bastante claro, y partidarios pese a todo de la obra de amor consumada en el Edén, han emitido la opinión de que Eva, apenas creada, perdió su virginidad, y de que la serpiente aprovechó, para tentarla, el momento en que Adán estaba dormido para reposar de sus fatigas conyugales. Los otros, teniendo a su cabeza a san Jerónimo, que compuso la Vulgata traduciendo directamente del hebreo, son de la opinión de que el versículo 1 del capítulo 4 del Génesis prueba que Adán nunca pensó en conocer a Eva hasta que fueron expulsados del paraíso.
¡Y las apreciaciones no se han quedado ahí!... Los teólogos que han adoptado la manera de ver de san Jerónimo se han dividido entre sí, en virtud del hermoso razonamiento que sigue: admitido que la consumación del matrimonio tuvo lugar después de la salida del Edén, no hay motivo para que haya sido en seguida, allí mismo, al instante; entonces, ¿cuándo? ¿en qué momento preciso?... Cuando uno es teólogo, quiere hurgarlo todo; esos hombres son de una curiosidad inimaginable, sobre todo en esta clase de cuestiones. Ha habido, pues, gentes que han soltado que Adán difirió quince años y hasta treinta años la operación decisiva. Otros llevan la cosa todavía más lejos y sostienen gravemente que Adán y Eva, por una resolución común y para llorar su pecado, no rompieron su continencia sino al cabo de... ¡cien años!
¿Creéis que se acabó?... ¡Ah! ¡qué poco conocéis a los teólogos! Algunos han desenterrado una tradición, en virtud de la cual Adán habría permanecido excomulgado ciento cincuenta años por haber comido del fruto prohibido, y habría vivido durante ese tiempo con una mujer que, como él, habría sido formada de la tierra y a la que llaman Lilia; añaden que engendró diablos por su comercio con esa mujer, y que por fin se casó con Eva, cuando su excomunión fue levantada, y que entonces engendró hombres. Es justo decir que esta opinión no ha prevalecido. En fin, otros comentaristas, calificados igualmente de herejes y citados por san Epifanio, han sostenido que el diablo había tenido trato con Eva como un marido con su mujer, y eso incluso después de la salida del Edén, y que había tenido de ella a Caín y Abel. He ahí, pues, compensaciones: Adán deja a Eva para hacer diablos con otra mujer, y el diablo va a buscar a Eva para hacer hombres con ella.
¿Y la cuestión de los partos de Eva?... Los queridos teólogos han encontrado en ella también una mina inagotable de controversias. Pero eso nos llevaría demasiado lejos. En último lugar, recordemos una célebre y sabia disertación del alemán Reinhardt, donde se agita la cuestión de saber si, sí o no, ¡Adán y Eva tenían ombligo!...
Todo eso son tonterías, como dice el otro. Lleguemos a lo que es serio, en atención a que lo que es serio en la Biblia no es por ello menos de morirse de risa.
Así pues, Abel fue pastor, y Caín agricultor (Génesis 4:2); y vamos a ver pronto a ese viejo chiflado de Jehová preferir a Abel antes que a Caín. Ahora bien, os ruego que reflexionéis en ello un segundo solamente: ¿cuál de los dos hijos de Adán, si os place, había obedecido a Dios en la elección de su profesión? ¡Caín, parbleu! («parbleu» — fr. juramento suavizado de «par Dieu», «por Dios») puesto que el Eterno había ordenado a la humanidad cultivar la tierra y alimentarse exclusivamente de lo que produjeran los campos, salvo transformar el trigo en pan. Abel, por su parte, se hace pastor; si guardaba y criaba rebaños de ovejas, no era evidentemente por el placer de mirarlas pacer, ensartando perlas («ensartando perlas» — fr. «enfiler des perles»: perder el tiempo en fruslerías ociosas); era, en realidad, porque apreciaba sobre todo el carnero desde el punto de vista de la pierna y de las chuletas, con que se regalaba, eso es de toda evidencia («es de toda evidencia» — fr. «cela tombe sous le sens», literalmente «eso cae bajo el sentido»: es evidente). Abel contravenía, pues, de plano las formales y recientes prescripciones divinas; ¡y fue él el consentido del señor Jehová!... Decididamente, oh curas impagables, no es en vuestros tabernáculos donde hay que encerrar a vuestro papá Buen Dios; es en una celda de Charenton. («Charenton» — el célebre manicomio, cerca de París)
«3. Y aconteció al cabo de algún tiempo que Caín ofreció en oblación al Eterno frutos de la tierra;
4. Y que Abel también ofreció de los primogénitos de su rebaño, y de su grasa. Y el Eterno estuvo contento de Abel y de sus presentes;
5. Pero no estuvo contento de Caín ni de sus presentes. Y Caín se irritó, y su rostro decayó.»

21. Ofrendas de Abel a Dios.
Había motivo para tomarla a mal, en efecto.
«6. Y el Eterno dijo a Caín: ¿Por qué estás enojado y por qué ha decaído tu rostro?
7. Si haces bien, ¿no será recibido? Pero, si no haces bien, la pena del pecado está a la puerta. Ahora bien, sus deseos se refieren a ti; y él estará bajo tu poder.»

22. Ofrendas de Caín.
La Biblia no menciona ninguna respuesta de Caín a Dios. Confieso que, si me hubiera encontrado en su lugar, el galimatías incomprensible del versículo 7 me habría dejado completamente atónito.
Caín no era profeta. Sin lo cual, dejando de lado el susodicho galimatías, habría podido responder a su interlocutor:
— ¿Conque son las ofrendas de carne las que preferís, mi viejo Jehová?... Pues bien, dais un ejemplo que será seguido por los sacrificadores paganos... Tenéis justamente los mismos gustos que tendrán los ídolos, y esos gustos serán más tarde declarados groseros e indignos de la divinidad... ¿sabéis por quién?... por los mismos sacerdotes del catolicismo.
Pero Caín no respondió nada. Ese hombre, que se había tomado tanto trabajo en llevar a buen término el cultivo de sus melones, que ofrecía al Señor sus cantalupos más suculentos y que los veía despreciados, ese hombre comprendió que Dios se burlaba de él por añadidura, y quedó tan picado que perdió por un momento la cabeza. En lugar de guardar rencor al caprichoso y descortés Jehová, cometió la falta de volverse contra su hermano.
«8. Y Caín dijo a su hermano Abel: Salgamos afuera. Y cuando estuvieron en el campo, Caín se levantó contra Abel su hermano, y lo mató.»

23. Asesinato de Abel por Caín.
No se hizo esperar, ya se ve; Caín era un mozo expeditivo. Invita a su hermano a dar un pequeño paseo afuera; lo arrastra al campo, con un pretexto cualquiera, para buscar juntos escarabajos, por ejemplo. Una vez allí, pronto una querella de alemán, a propósito de botas («una querella de alemán, a propósito de botas» — fr. «une querelle d’allemand, à propos de bottes»: una disputa buscada por absolutamente nada); luego, un buen golpe de pico en la cabeza. ¡V’lan! ya está. Y es el consentido de papá Buen Dios quien, en la humanidad, tiene el estreno de la muerte.
Después de lo cual, ¿qué pasa en la mollera de Caín? ¿Queda anonadado ante el espectáculo de su crimen?... En absoluto. Se metamorfosea súbitamente en malvado empedernido, en carne de presidio. («carne de presidio» — fr. «gibier de bagne», literalmente «caza de presidio»: hombre destinado a trabajos forzados) No tiene el menor remordimiento, y él, hace un momento tan abatido, va a mostrarse insolente para con el señor Jehová, que no le inspirará ningún temor.
«9. Y el Eterno dijo a Caín: ¿Dónde está Abel tu hermano? Y Caín le respondió: No sé nada de eso; ¿acaso soy el guardián de mi hermano, yo?»

24. «Caín, ¿qué has hecho de tu hermano?»
Uno cree ver el cuadro: papá Buen Dios apareciendo por la esquina de una nube e interpelando al asesino, y Caín que le suelta algo como ¿Y tu hermana? («¿Y tu hermana?» — fr. «Et ta sœur ?», réplica popular parisiense que significa «métete en lo tuyo») con la perfecta serenidad de un profesional del crimen, que cree haber hecho desaparecer todas las huellas del asesinato y hace un pie de nariz a los gendarmes («un pie de nariz» — fr. «un pied de nez»: gesto de burla, el pulgar en la nariz y los dedos abiertos en abanico). Ahora bien, Jehová no había perdido un detalle del drama; su ojo divino no fallaba, esta vez.
«10. Y Dios dijo: ¿Qué has hecho? La voz de la sangre de tu hermano clama desde la tierra hasta mí.»

25. La sangre de la víctima se alza contra el asesino.
Está claro que un castigo terrible va a punir tanta maldad y tanta desfachatez.
Veamos, pues, la continuación del discurso de Jehová:
«11. Por lo cual, ahora, ¡serás maldito aun por la tierra, que ha abierto su boca para recibir de tu mano la sangre de tu hermano!
12. Cuando labres la tierra, no te devolverá más su fruto; y serás también vagabundo y fugitivo sobre toda la tierra.»
He ahí a Caín condenado al vagabundeo, a no tener ni fuego ni lugar («ni fuego ni lugar» — fr. «ni feu ni lieu»: sin hogar ni domicilio), a caminar siempre sin poder detenerse en ninguna parte, precursor del legendario judío errante. Pero, si va a ser fugitivo sin descanso ni tregua, no será al mismo tiempo labrador, que es una profesión esencialmente sedentaria; ¿cómo se las arreglaría para labrar, aunque fuera en pura pérdida? — Si un inculpado de vagabundeo prueba al tribunal que es labrador, si establece que posee un campo y que lo cultiva, su absolución es segura; la acusación se ha derrumbado, no es vagabundo.
Ante esto, a Caín le entra la frousse («frousse» — fr. voz popular: miedo, susto), una frousse tal que pierde de vista que la humanidad se compone en total de tres personas, su padre, su madre y él mismo, y se imagina que puede ser muerto a su vez por los otros hombres, que no existen. ¡Es un bonito desarreglo cerebral, eso! Pues bien, está con todas sus letras en la Biblia.
«13. Y Caín dijo al Eterno: Mi pena es mayor de lo que puedo soportar.
14. He aquí: me has echado hoy de sobre esta tierra, y me esconderé de delante de tu faz, y seré vagabundo y fugitivo sobre toda la tierra; entonces acontecerá que cualquiera que me encuentre me matará.»
De golpe, la cólera del viejo Jehová se calma. No le perdona a Caín su condena al vagabundeo a perpetuidad; pero, perdiendo a su vez el sentido de la situación, no quiere que la pena sea agravada. Así que toma a Caín bajo su protección contra esos asesinos imposibles. ¡Si eso no es delirio, pregunto qué lo será!
«15. Y el Eterno dijo a Caín: Cualquiera que matare a Caín será castigado siete veces al doble. Y Dios puso una marca a Caín, a fin de que los que lo encontrasen no lo matasen.»

26. Caín es marcado con un signo de reprobación.
Uno espera leer ahora algún relato del vagabundeo de Caín. ¡Ah! ¡pues no, entonces! Nadie fue más sedentario que este fugitivo.
«16. Entonces, Caín salió de delante de la faz del Eterno, y vino a habitar el país de Nod, al oriente del Edén.
17. Allí, Caín conoció a su mujer, la cual concibió y parió a Enoc; y edificó una ciudad que llamó Enoc, del nombre de su hijo.»
Nos enteramos por ahí de que Caín se casó: el autor no dice con quién; pero corre de fuente («corre de fuente» — fr. «il coule de source»: se sigue con toda naturalidad, es evidente) que Adán y Eva tuvieron hijas, de las que la Biblia ha descuidado hablar, y que Caín se casó con una de sus hermanas. No le haremos de ello un crimen; el incesto fue obligatorio en los primeros tiempos de la humanidad.
Lo que más bien nos hace saltar, tan grande es nuestra sorpresa, es esa ciudad fundada por Caín. Ya es fuerte, un vagabundo que edifica una ciudad; pero ¿qué obreros tenía a su servicio? ¿de qué instrumentos se sirvieron para construir las casas? ¿y dónde, en fin, reclutó Caín ciudadanos para poblar su ciudad de Enoc?... ¡Y el farsante Espíritu Santo le hizo tragar esta buena historia al piadoso autor a quien inspiraba!... («farsante» — fr. «fumiste», literalmente «fumista», instalador de estufas; en el argot parisiense, bromista, embaucador)
Los versículos siguientes nos dan la descendencia de Caín. Enoc engendra a Irad; Irad engendra a Mehujael; Mehujael engendra a Metusael. De estos personajes no se sabe más que su nombre. Metusael engendra a un cierto Lamec, más goloso en matrimonio que sus nobles abuelos. El venerable Lamec es, en efecto, el inventor de la poligamia; se paga dos mujeres para él solo, lo que prueba que el artículo empezaba a no ser ya raro. De su mujer Ada tuvo dos hijos, llamados
Jabal y Jubal, y de su mujer Zila tuvo un hijo, Tubal-Caín, y una hija, Naama.
Parece que los hijos de Jabal prefirieron el campo a la ciudad edificada por su antepasado Caín; pues fueron los primeros en la tierra en habitar bajo tiendas (Génesis 4:20). En cuanto a los hijos de Jubal, la ciudad les gustaba, por el contrario, y fueron los más alegres de la familia; amaban la música. «Jubal fue padre de todos los que tocan el violín y el órgano.» (Génesis 4:21) Tubal-caín, por su parte, fue el Vulcano bíblico: «forjaba toda clase de instrumentos de bronce y de hierro.» (Génesis 4:22)
El polígamo Lamec parece haber alojado en su techo una araña de bastante buen tamaño («alojado en su techo una araña» — fr. «avoir une araignée au plafond», literalmente «tener una araña en el techo»: estar un poco loco, chiflado); pues el Génesis nos refiere de él un discurso que tiene la cualidad de ser corto, pero que ningún comentarista ha podido comprender jamás.
«23. Y Lamec dijo un día a Ada y a Zila, sus mujeres: Mujeres de Lamec, escuchad bien mis palabras. Mataré a un hombre, si soy herido; mataré hasta a un joven, si soy magullado.
24. Porque, si Caín había de ser vengado siete veces al doble, yo, Lamec, seré vengado setenta veces siete veces.»
Este discurso pasmó en sumo grado a las señoras Ada y Zila; quedaron, sin duda, como petrificadas y no pidieron la menor explicación. La Sagrada Escritura pasa inmediatamente a la mención del nacimiento de Set, tercer hijo de Adán.
«25. Y Adán conoció de nuevo a su mujer, la cual dio a luz un hijo y lo llamó Set; porque Dios, dijo ella, me ha dado otro hijo, en reemplazo de Abel, a quien Caín mató.
«26. Y le nació un hijo a Set, y lo llamó Enós. Fue entonces cuando se comenzó a invocar el nombre de Jehová.»
El quinto capítulo del Génesis está consagrado únicamente a dar la genealogía de Noé, descendiente de Adán por Set. El autor sagrado no se ocupa más de la descendencia de Caín.
Encontramos, pues, el orden siguiente, en el que sólo se nombra a los hijos primogénitos: Set, Enós, Cainán, Mahalaleel, Jared, Enoc, Matusalén, Lamec, Noé. Pero lo más curioso de este capítulo es la afirmación de la extraordinaria longevidad de todos estos patriarcas. Adán tenía ciento treinta años cuando tuvo a Set, y vivió todavía ochocientos años. Set murió a los novecientos doce años; Enós, a los novecientos cinco años; Cainán, a los novecientos diez años, etc. El que murió más joven fue Lamec, padre de Noé; este Lamec, que no hay que confundir con el polígamo chiflado de hace un momento, falleció en la septingentésima septuagésima séptima primavera de su edad.
Enoc, hijo de Jared, fue más listo que todos los demás; no murió, sencillamente.
«21. Enoc vivió sesenta y cinco años, y engendró entonces a Matusalén.
22. Y Enoc, después que hubo engendrado a Matusalén, se paseó con Dios durante trescientos años; y engendró hijos e hijas.
23. Todo el tiempo, pues, que Enoc vivió fue trescientos sesenta y cinco años.
24. Y Enoc, habiéndose paseado así con Dios, no apareció más, porque Dios se lo llevó.» (Génesis, cap. 5)

27. Enoc, viejo patriarca, es arrebatado al cielo.
Este episodio es demasiado hermoso; cualquier comentario lo desfloraría. ¡Admiremos!
En cuanto a Matusalén, fue él quien descolgó el timbal de la longevidad («descolgó el timbal» — fr. «décrocher la timbale»: llevarse el premio; del vaso en forma de timbal que se colgaba en lo alto de la cucaña en las ferias). Tenía nervio, el buen hombre; juzgadlo. Vivió en la continencia hasta la edad de ciento ochenta y siete años, feliz época en la que se ofreció el lujo de tener un mocoso, y, después del nacimiento del joven Lamec II, halló el medio de vivir todavía setecientos ochenta y dos años, dando hasta el final pruebas de su virilidad.

28. Matusalén es padre a los ciento ochenta y siete años.
«26. Matusalén, después que hubo engendrado a Lamec, vivió setecientos ochenta y dos años, engendrando todavía hijos e hijas.» (¡Textual!)
Total: novecientos sesenta y nueve años. ¡Excusad lo poco!... («¡Excusad lo poco!» — fr. «Excusez du peu !», fórmula irónica que subraya lo enorme de la cifra) Se tenía la vida dura («tener la vida dura» — fr. «avoir la vie dure»: ser difícil de matar, resistir mucho), en aquellos tiempos.
¿Y el padre Noé?...
«30. Lamec llamó a su hijo Noé, diciendo: Éste nos aliviará de nuestra obra y del trabajo de nuestras manos, sobre esta tierra que el Eterno ha maldecido...
33. Y Noé había pasado los quinientos años, cuando engendró a Sem, Cam y Jafet.»
¿Tener quinientos años, y sólo entonces ponerse a picotear a su mujercita («picotear» — fr. «becqueter», literalmente «picotear» como las aves; en el habla popular, besuquear, retozar)?... ¡Más vale tarde que nunca!...
Se ha hecho correr mucha tinta a propósito de la extraordinaria longevidad de los patriarcas del Génesis. Algunos doctores católicos, sintiendo cuán demasiado difíciles de digerir eran estas patrañas, han intentado salvar del ridículo los relatos del Espíritu Santo; han adelantado que quizá había que entender años por lunaciones, insinuando que en aquella época se contaba sin duda únicamente por lunas. Según esa cuenta, Matusalén habría muerto octogenario, y eso es todo. Pero estos complacientes comentaristas han sido reprendidos severamente por los rabiosos que se aferran a esos milagros de longevidad de los primeros hombres.
El canónigo Rohrbacher, entre otros, en su Historia universal de la Iglesia, declara que se trata efectivamente de años de doce meses, y cita, en particular, el ejemplo de Abraham, que, según el Génesis, «murió en una feliz vejez, siendo muy anciano y harto de días, habiendo vivido ciento setenta y cinco años» (Génesis 25:7-8). Si hubiera que contar por lunaciones,
Abraham no habría vivido, pues, más que catorce años y siete meses en total, dice Rohrbacher, y eso no concordaría con las expresiones empleadas por el autor sagrado. El mismo teólogo, para probar que los años indicados en el Génesis son verdaderamente de doce meses, cita además varios personajes cuya edad en el momento del nacimiento de su primogénito da a conocer el texto divino: Enós, Cainán, Mahalaleel engendraron a la edad de noventa, de setenta, de sesenta y cinco años; contando por lunaciones, dice Rohrbacher, ¡habría que admitir, pues, que habrían tenido hijos a la edad de siete años y medio, de cinco años y diez meses, de cinco años y cinco meses! Y Nacor, que engendró a los veintinueve años, según el texto bíblico, ¿puede creerse razonablemente, exclama el docto canónigo, que eso quiere decir que tenía en realidad dos años y cinco meses cuando tuvo su primer hijo?...
No, buen Rohrbacher, y es usted quien está en lo cierto: los años de que habla el Génesis son incontestablemente de doce meses. Así, nada hay más divertido que el caso del buen hombre Noé, que esperó a tener quinientos años bien cumplidos para hacer zizi-panpan («zizi-panpan» — fr. «faire zizi-panpan», expresión burlesca de tono infantil: hacer el amor).
CAPÍTULO 3 Los ángeles en concubinato en la tierra
Henos aquí llegados a uno de los pasajes más curiosos de la Biblia, uno de aquellos cuya supresión en los manuales de historia sagrada muestra mejor la desfachatez de los curas en su arte de fabricar y refundir los dogmas.
He ahí unos tunantes que machacan en todos los tonos a sus ovejas que la Biblia es una obra esencialmente divina, que fue escrita bajo la inspiración directa del Espíritu Santo, que todo lo que en ella está escrito es la verdad misma, la verdad más perfecta y más pura, que es el libro venerable por excelencia. Si, pues, nuestros tonsurados pensaran lo que dicen, deberían, llenos de respeto por la Biblia, darla a conocer íntegramente a los devotos, no ocultar de ella un solo versículo. Porque, en materia de creencia religiosa, hay que aceptar un libro sagrado tal como es; o, si se elimina de él tal pasaje, porque está en contradicción con ciertos puntos de ciencia teológica que se han declarado artículos de fe, el libro entero es de rechazar, ya no es sagrado, sino despreciable; la mentira de un hecho, en el curso de un capítulo, basta para destruir el renombre de inspiración divina de toda la obra.
Ahora bien, los curas, tan pronto como acaban de nombrar a Noé, abordan sin transición la historia del diluvio y dicen sucintamente que la corrupción de los hombres puso a Dios en cólera y lo decidió a ese ahogamiento general, con la sola excepción de una familia cuyo jefe había permanecido justo.
¡Eso no es la Biblia!... Ella habla de otra cosa; dice, en cuatro versículos, cuál fue la causa primera de esa corrupción de los hombres. Señores curas, no tenéis derecho a pasar en silencio este importante episodio de vuestra Sagrada Escritura. Si hoy os embaraza, ¡tanto peor! ¡el Espíritu Santo no tenía más que no dictárselo al escritor del Pentateuco!... Cierto, la píldora es amarga; pero, habiéndosela tragado en otro tiempo san Jerónimo y los Padres de la Iglesia, tragáosla, queridos tonsurados, a vuestra vez.
La píldora, que los teólogos católicos modernos se esfuerzan por escupir de nuevo sin ruido y de la que bien quisieran que no quedase rastro alguno, se compone de los cuatro primeros versículos del sexto capítulo del Génesis:
«1. Y aconteció que, cuando los hombres hubieron comenzado a multiplicarse sobre la tierra y hubieron engendrado hijas;
2. Los ángeles de Dios (literalmente: los hijos de Dios), viendo que las hijas de los hombres eran hermosas, vinieron a acostarse con todas aquellas que más les habían gustado.
3. Entonces, el Eterno dijo: Mi espíritu no morará más con los hombres; porque, ahora, se han vuelto demasiado carnales. Su vida, pues, no pasará más de seis veces veinte años.
4. Fue en aquel tiempo cuando había gigantes sobre la tierra, y esto después que los ángeles de Dios se hubieron acoplado con las hijas de los hombres y cuando éstas les hubieron dado hijos; esos hijos, así nacidos, son esos hombres poderosos, que en todo tiempo han tenido gran renombre.»
Aunque el Génesis no nos ha contado la historia de la creación de los ángeles, he aquí la segunda vez que nos habla de estos seres sobrenaturales; la primera mención es la del Querub, colocado a la puerta del Edén. Es útil, pues, decir unas palabras sobre la creencia en los ángeles entre los judíos.
Los cristianos, al injertar su culto en la religión israelita, han imaginado artículos de fe de los que no se encuentra rastro alguno en la Biblia: así es como fue fabricada por entero, mucho después de la época asignada a la vida de Jesucristo, la historia de la rebelión de Satán y de su derrota por el arcángel san Miguel.
Ahora bien, como examinamos la Biblia principalmente desde el punto de vista de la creencia católica, es aquí donde nos parece útil ocuparnos de esta adición.
En un tiempo cualquiera, pues, micer Jehová se dijo que no bastaba, a un Todopoderoso como él, con haber creado el cielo y la tierra. Puesto que poblaba la tierra, ¿por qué no poblaría también el cielo? Se había aburrido en el caos; se aburría más que nunca, completamente solo, en su paraíso. Como con nada podía fabricar montones de objetos y de seres animados, había creado ángeles cuyo papel fue formarle una agradable compañía. Después de lo cual, se había pagado un hermoso sillón con su monograma, a fin de presidir convenientemente la celeste asamblea. Y, para distraerlo, los ángeles cantaban todo el tiempo; en su calidad de seres sobrenaturales, no se cansan.

29. Jehová crea ángeles para distraerse.
Pero he aquí que el más hermoso de todos los ángeles, un mocetón al que los tonsurados han dado el nombre de Lucifer, miró con el rabillo del ojo el asiento del Altísimo y concibió el audaz sueño de sustituir a su creador como presidente del paraíso. Su criminal tentativa pareció una deliciosa farsa a algunos ángeles a quienes el ejercicio del canto parecía monótono, y se asociaron al rebelde, mientras que la gran mayoría se mostró escandalizada en sumo grado.

30. Lucifer, ángel orgulloso, quiere ocupar el lugar de Jehová.
Fue entonces cuando Miguel, ángel fiel, verdadero caniche por la abnegación, se encargó de hacer triunfar la causa de Dios administrando a Lucifer una formidable paliza. El ángel rebelde fue precipitado a los infiernos, creados subito en su honor; sus cómplices rodaron allí al mismo tiempo; y el padre Jehová pudo volver a colocar su divino trasero en el sillón presidencial.

31. El ángel Miguel expulsa a Lucifer del paraíso.
Tal es, sucintamente, la leyenda de la que los pastores católicos han hecho un dogma para sus temblorosas ovejas; porque, en el fondo, este episodio sirve sobre todo para dar escalofríos a los devotos y devotas. ¡Cuidado con vosotras, piadosas ovejas! si no obedecéis a los señores sacerdotes, iréis a reuniros con los ángeles malos en lo más hondo de los infiernos.
En la Biblia hebrea, cuando se trata de los diablos, es decir, en libros escritos incontestablemente después de la cautividad de Babilonia (mil años después de la muerte de Moisés, no lo olvidemos), el más importante de esos demonios es llamado Satán; pero esos diablos son genios malos, sin ninguna otra explicación; no están representados en modo alguno como rebeldes, expulsados del paraíso celeste y encadenados en un infierno de llamas. Así, en la leyenda de Job, el genio malo Satán se pasea por el cielo, va y viene por él como si estuviera en su casa, discute allí con Jehová. Al ver a esos diablos de los últimos libros de la Biblia acomodarse tan bien y no sufrir suplicio alguno, los críticos han hecho notar que era exactamente la creencia de los caldeos, de los persas, cuyos libros sagrados se remontan a una antigüedad más alta que los de los judíos. De ello se ha concluido que los israelitas, durante la larga cautividad de Babilonia, habían añadido a sus creencias una parte de las de los pueblos con los que habían estado en contacto. Por lo demás, el nombre que los judíos adoptaron entonces para designar al diablo principal delata el préstamo hecho a la religión de Caldea o Babilonia; porque Satán no es una palabra hebrea, sino una palabra caldea, que significa «el odio».
El Espíritu Santo había ocultado, pues, al pueblo de Dios no sólo la historia de la rebelión de cierto número de ángeles, sino hasta el verdadero nombre del diablo principal, puesto que éste nunca es nombrado Lucifer en la Biblia. Son los cristianos quienes han descubierto todo eso.
Sin embargo, los Padres de la Iglesia han pretendido encontrar por fuerza una mención de Lucifer en el Antiguo Testamento: y, para ello, han recurrido a un subterfugio que engaña con bastante habilidad a las ovejas que les creen bajo palabra y no leen de la Biblia más que lo que se les deja leer. Este subterfugio marrullero merece ser puesto al descubierto, y pido al lector que me perdone una pequeña digresión necesaria.
Es en las profecías de Isaías, en el capítulo 14, versículo 12, dicen los tonsurados, donde se trata de Lucifer bajo ese mismo nombre, y citan el comienzo del versículo, pero falsificándolo por medio de la traducción latina de san Jerónimo, llamada la Vulgata.
He aquí el pasaje en cuestión. En este capítulo 14, Isaías, como buen judío furioso de que los babilonios hayan tenido largo tiempo a su nación en cautividad, exhala su patriótica cólera y anuncia al rey de Babilonia que su reino sufrirá a su vez la decadencia y será arruinado de arriba abajo.
«El Eterno, exclama Isaías, tendrá piedad de Jacob y escogerá todavía a Israel; y restablecerá a los israelitas en su tierra... Israel, te burlarás entonces del rey de Babilonia, y dirás: ¿Cómo reposa el tirano? ¿Cómo reposa esa ciudad que era toda de oro? El Eterno ha quebrado el bastón de los malvados y la vara de los dominadores...
Hará levantar de sus asientos a todos los principales de la tierra, a todos los reyes de las naciones. — Todos tomarán la palabra y dirán al rey de Babilonia: ¡Tú también has sido debilitado como nosotros! ¡has sido hecho semejante a nosotros! — Se ha hecho descender tu magnificencia al sepulcro, con el ruido de tus instrumentos; estás acostado sobre un lecho de gusanos, y las sabandijas te cubren» (versículos 9-10-11).
«12. ¿Cómo caíste del cielo, oh Hélel, astro que te levantabas por la mañana? Tú que hollabas las naciones, has sido derribado hasta la tierra.
13. Tú decías en tu corazón: Subiré hasta los cielos, elevaré mi trono por encima de las estrellas del Dios fuerte; me sentaré sobre el monte de la asamblea, al lado del Aquilón...»
«Y sin embargo se te ha hecho descender al sepulcro, al fondo de la fosa. — Los que te vean, te mirarán diciendo: ¿No es éste aquel hombre que hacía temblar la tierra y que sacudía los reinos, que redujo el mundo a desierto, que destruyó las ciudades y no devolvió la libertad a sus prisioneros? — Todos los reyes de las naciones, todos cuantos son, han muerto con gloria, cada uno en su palacio. — Pero tú, has sido arrojado lejos de tu sepulcro, como un tronco podrido, como un vestido de gente muerta, traspasada con la espada, que han descendido entre las piedras a una fosa, y como un cuerpo muerto hollado con los pies.»
Hace falta realmente un descaro de ratichon («ratichon» — fr. voz despectiva del argot popular para designar a un cura) para pretender que Isaías hablaba de Lucifer-Satán en este capítulo 14. Es efectivamente del rey de Babilonia de quien se trata; ese desbordamiento de cólera, ese torrente de amenazas, todo eso va dirigido al rey de Babilonia, única, exclusivamente.
Ahora bien, ¿cómo operó san Jerónimo la falsificación del texto?... Incomodado por la versión griega de los Setenta, Jerónimo tradujo la Biblia al latín, y, aprovechando que Isaías compara accidentalmente al rey de Babilonia con la estrella de la mañana, llamada Hélel (aurora) entre los judíos y Lucifer (portador de luz) entre los romanos, escribió así la primera parte del versículo 12: «Quomodo cecidisti de cœlo, LUCIFER, qui mane oriebaris? ¿Cómo caíste del cielo, Lucifer, tú que te levantabas por la mañana?»
Y nuestros tonsurados, adoptando esta traducción inexacta, guardándose bien de decir a sus ovejas que el texto original hebreo dice Hélel («Hélel» — transcripción de Taxil del hebreo הֵילֵל, «el resplandeciente», la estrella de la mañana) y que se trata del rey de Babilonia comparado con el astro Venus, estrella de la mañana, nuestros tonsurados, cuidando de no poner el resto del capítulo ante los ojos de los papanatas cuyo saint-frusquin se embolsan («saint-frusquin» — voz popular francesa: todo lo que uno posee, los ahorros), exclaman, con aires de triunfo: — ¡La caída de Lucifer está mencionada en la Biblia! ¡Isaías habló de ella!
Como aplomo, es fuerte... Ahora bien, en este mismo capítulo, en el versículo 28, Isaías dice que pronunció su profecía en el año en que murió el rey Acaz, o sea en 723 antes de Jesucristo. Aun suponiendo que Isaías no haya escrito su profecía después de los hechos, hay que reconocer que el autor habla en futuro, desde la primera línea hasta la última. Si, pues, esa caída del cielo se aplicase a Lucifer-Satán, ¡habría tenido lugar después de la muerte del rey Acaz! ¡Y los sacerdotes católicos dicen en otra parte que fue este mismo Lucifer, convertido en diablo, quien tentó a
Eva bajo la forma de la serpiente! ¡Qué ensalada de contradicciones!...
Vamos, he aquí otra patraña católica que tachar de una vez por todas. De esta digresión, que importaba hacer, el lector retendrá la prueba definitiva de la ausencia total de la leyenda de Lucifer rebelde y vencido, en los libros sagrados de los judíos.
Volvemos, pues, a los ángeles del capítulo 6 del Génesis, y vamos a recurrir a fuentes, igualmente muy sagradas, de las que sacaremos más detalles sobre el concubinato de esos buenos ángeles con las hermosas hijas de los hombres.
Los manuales de historia sagrada, para uso de los simples fieles, no hacen alusión alguna, desde luego, a la aventura revelada por los cuatro versículos que he reproducido hace un momento; pero esos cuatro versículos no están suprimidos de las ediciones bíblicas reservadas a los curas. Y no es todo: los tonsurados tienen otro libro para ellos solos, un libro que rodean de gran veneración, sin divulgarlo, y que se llama el Libro de Enoc.
Enoc, no lo habéis olvidado, es ese patriarca de trescientos sesenta y cinco años, de quien Jehová se encaprichó y a quien arrebató al cielo, no en estado de alma, sino en carne y hueso, como Júpiter arrebató a Ganimedes, de quien también él se había encaprichado. Ahora bien, según una tradición, Enoc escribió un libro, que no se llevó al paraíso, afortunadamente; lo legó a su hijo Matusalén, y Noé, según se dice, metió en el arca el precioso manuscrito. Sin embargo, el libro de Enoc estuvo perdido largo tiempo.
Se dice que existía, — ¡no se sabe dónde, por ejemplo! («¡por ejemplo!» — fr. «par exemple !», exclamación de sorpresa o indignación, no «a modo de ejemplo») — en tiempo de los apóstoles. La prueba que se da de ello está en el Nuevo Testamento. Allí, la epístola de san Judas se expresa así, en los versículos 14-15: «De ellos también (los impíos) profetizó Enoc, séptimo desde Adán, en estos términos: He aquí que el Señor viene con sus millares de santos, para ejercer el juicio contra todos, y para convencer a todos los impíos de todas sus obras de impiedad.» ¡Puesto que san Judas citó un pasaje de este libro, es que lo conocía, parbleu! («parbleu» — fr. juramento suavizado de «par Dieu», «por Dios») Y, durante varios siglos, los teólogos se preguntaban: ¿Qué ha sido del libro de Enoc?
Al fin, un viajero bastante célebre, el escocés Jacobo Bruce, descubrió en Abisinia el famoso libro; a decir verdad, fue a una versión etíope a la que echó mano, pues es poco probable que Enoc haya escrito sus bellas historias en la lengua de Menelik... ¡Ved un poco, con todo, cuán útil es tener una providencia, cuando se es teólogo! Escrito por Enoc en la lengua de antes de la torre de Babel, este libro maravilloso había tenido la suerte, aunque la lengua primitiva se hubiera perdido bruscamente, de encontrar un traductor hebreo; luego, esa traducción hebraica, conocida de los apóstoles y de los primeros padres de la Iglesia, había desaparecido como una nuez moscada («desaparecido como una nuez moscada» — fr. «disparaître comme une muscade»: esfumarse como la bolita del juego de cubiletes de los prestidigitadores). ¡Crac! un escocés descubre, hacia fines del siglo dieciocho, una versión etíope completa entre los antepasados de Menelik. ¡Gracias, divina providencia!
Nuestro Bruce llevó su hallazgo a la biblioteca Bodleiana de Oxford; alegría inmensa de los teólogos; nuevas traducciones, de las que la primera (1838) fue impresa en inglés y tuvo por autor a monseñor Richard Laurence, arzobispo de Casel, en Irlanda.
El libro de Enoc está dividido en once secciones. Es en la sección 2 donde se cuenta la historia de los amores de los ángeles con las hijas de los hombres.
«Habiéndose acrecentado prodigiosamente el número de los hombres, tuvieron hijas muy hermosas. Y los más brillantes de los ángeles se enamoraron de ellas, y fueron arrastrados, por este hecho, a muchos errores.
Se animaron entre sí, y se dijeron: Vamos a la tierra, y escojámonos mujeres entre las más hermosas hijas de los hombres.
Entonces, Semiazas, a quien Dios había creado príncipe de los ángeles más brillantes, les dijo: Tal proyecto es excelente; pero temo que no os atreváis a ponerlo en ejecución y que yo quede como el único de todos nosotros en hacer hijos a las hermosas hijas de los hombres.
Todos respondieron: Hagamos juramento de ejecutar nuestro proyecto, y consagrémonos al anatema si faltamos a él.
Se unieron, pues, por juramento e hicieron imprecaciones. Eran en número de doscientos, al principio. Era el tiempo en que vivía Jared (padre de Enoc). Partieron juntos, descendieron del cielo, y vinieron sobre la montaña Hermonim, o monte de los juramentos.
Y he aquí los nombres de los veinte principales de entre ellos: Semiazas, Atarcuph, Araciel, Chobabiel, Horammame, Ramiel, Sampsich, Zaciel, Balciel, Azalcel, Pharmarus, Amariel, Anagemas, Thausaël, Samiel, Sarinas, Eumiel, Tyriel, Jumiel, Sariel.
Ellos y los otros, y otros más, tomaron mujeres el año mil ciento setenta de la creación del mundo. De este comercio nacieron los gigantes, etc., etc.»

32. Los ángeles bajan a la tierra.
Se ve que no se trata en modo alguno de una rebelión contra Dios: los más brillantes de los ángeles, teniendo a su cabeza al príncipe Semiazas, que no es ni Lucifer ni Satán, se van de partida de placer a la tierra, eso es todo.
Verdad es que, siendo su ejemplo seguido por gran número, Jehová, viéndose abandonado, comenzó a gruñir; sin embargo, tardó mucho en enfadarse del todo, y sobre la causa de la gran cólera definitiva el libro de Enoc y el Génesis no están absolutamente de acuerdo. Es el caso de decir: Hay magia ahí debajo («Hay magia ahí debajo» — fr. «Il y a de la magie là-dessous», juego con «il y a quelque chose là-dessous», «aquí hay algo oculto», tomado literalmente: magia). Ya lo veréis.
Según el Génesis: a consecuencia de las relaciones de los ángeles con las bellas humanas, los hombres se volvieron demasiado carnales. Un teólogo podría tratar la cuestión. En efecto, diría él, si las bellas muchachas le tomaron gusto a la aventura y se mostraron insaciables, los ángeles estuvieron en condiciones de satisfacerlas, y esto debió de excitar la emulación de los simples hombres, sus rivales. Pero ¿qué podía importarle todo eso a papá Buen Dios? responderemos nosotros; ¿no había recomendado a la humanidad crecer y multiplicarse?...
El libro de Enoc no presenta los hechos bajo el mismo aspecto. Los ángeles, convertidos en papás, se interesaron por sus hijos y fueron, para los gigantes, profesores de primer orden. No solamente les enseñaron a labrar las joyas y las pedrerías (sic); sino que, además, les enseñaron la magia, el arte de leer el porvenir en los astros. Por añadidura, iniciaron a sus concubinas en los grandes misterios. Se comprende lo que siguió: las señoritas amantes de los ángeles y sus bastardos gigantes fueron pronto superiores a los demás hombres; ¡cuántas supercherías puede uno hacer a sus contemporáneos, cuando es mago!... «La tierra se quejó y resonó de gritos de dolor.»
Conmovidos por los dolores de la tierra, los cuatro ángeles de la armonía pidieron a Dios que pusiera término a estos males. En esto, el señor Azazel, uno de los ángeles que se acostaban con las hijas de los hombres, le había buscado querella a Semiazas («buscar querella» — fr. «chercher noise», buscar pelea, provocar una riña), le había propinado una paliza, y había tomado su puesto como jefe de los paseantes en la tierra. Dios envió al ángel Rafael a combatir al ángel Azazel, y nuestro Azazel, vencido, fue encerrado por Rafael en una caverna, en el desierto de Dodoël.
Por otra parte, Dios encontró necesario el diluvio: para impedir que los gigantes continuaran sus ejercicios de magia, iba a ahogar a todo el mundo, incluidos los simples hombres que sufrían por culpa de los brujos. En cuanto a los ángeles, que habían ido a llevar en la tierra una vida de palos de silla («una vida de palos de silla» — fr. «une vie de bâtons de chaise», una vida desordenada y disipada), se reintegrarían al cielo y deberían quedarse muy formales en adelante.

33. Jehová es abandonado
Es, sin duda, desde aquella época que los ángeles son seres asexuales: el padre Jehová, para garantizarse contra nuevas escapadas, debió de obligarlos a depositar su fianza, como hacen los bajás con todo señor que solicita un empleo en su serrallo. Los curas hacen, pues, muy mal en suprimir este episodio en sus manuales de historia sagrada; ¡al menos se sabría por qué los ángeles son eunucos!
¿Es menester añadir que el pobre diablo de ángel Azazel, olvidado en la caverna donde Rafael lo había encerrado, fue, naturalmente, ahogado con ocasión de la inundación universal?... Derramemos una lágrima por su triste suerte.
¡Id, pues, a decir, después de esto, que no es providencial que el libro de Enoc haya sido hallado de nuevo!... En suma, no había estorbado a los primeros cristianos, puesto que san Judas lo cita expresamente: varios Padres de la Iglesia no dejaron, a su vez, de hablar de él como de un libro muy conocido: Orígenes, a quien san Jerónimo llamaba el maestro de las Iglesias, invocó su autoridad; Tertuliano concede una gran veneración a esta obra en su Tratado sobre el paganismo. El libro de Enoc fue tenido, pues, en honor en el catolicismo hasta el siglo cuarto. Más tarde, reflexionando que consolidaba los cuatro fastidiosos primeros versículos del capítulo 6 del Génesis, los sacerdotes lo hicieron desaparecer; pero algunos fragmentos pudieron conservarse y han sido citados por Escalígero, Semler y Fabricius. En fin, hay que dar las gracias al arzobispo Laurence, que tradujo la versión etiópica traída por James Bruce.
Al ver qué idea se hacían los judíos de los ángeles, comprobamos que los católicos han cambiado hoy todo eso, y sin embargo declaran que la nación israelita era el pueblo de Dios y han adoptado como divinamente inspirados sus libros religiosos.
Así, los judíos clasificaban a los ángeles en una jerarquía de diez grados:
1. los Kadoschim, o santísimos; 2. los Ofamim, o rápidos; 3. los Oralim, o fuertes; 4. los Chasmalim, o ángeles-llamas; 5. los Séraphim, o ángeles-chispas; 6. los Malachim, o mensajeros; 7. los Elohim, o divinos; 8. los Ben-Elohim, o hijos de los dioses; 9. los Chérubim, o ángeles-bueyes; 10. los Ychim, o animados.
Pero el papa Gregorio I fue de opinión de repartir a los ángeles de muy otra manera, y desde entonces se ha tenido la división siguiente, tres jerarquías de tres coros cada una: primera jerarquía, compuesta de los Serafines, los Querubines y los Tronos; segunda jerarquía, compuesta de las Dominaciones, las Virtudes y las Potestades; tercera jerarquía, compuesta de los Principados, los Arcángeles y los simples Ángeles. Se ve por ahí cuán grande es el poder de un papa; ¡tener el derecho de arreglar los rangos del cielo no es una bagatela!...
Los sacerdotes católicos han afirmado, pues, a sus beatas ovejas que los judíos no entendían nada de sus libros santos, no comprendían su religión. ¡Pensad un poco! aquellos imbéciles judíos nunca habían adivinado que su Isaías, al apostrofar al rey de Babilonia, su enemigo, y al predecirle que llegaría un día en que su poder sería destruido, había querido hablar, no de la futura caída de aquel rey, sino en realidad de la antigua rebelión de Lucifer contra Dios y de su batacazo y transformación en Satán. ¡Menester era que los rabinos tuvieran el espíritu tapado («el espíritu tapado» — fr. «l’esprit bouché», la mente obtusa, incapaz de entender) para no haber sabido leer entre líneas!...
Y, dicen los tonsurados, hay muchas otras cosas todavía que los israelitas no han sospechado en su Biblia.
Por ejemplo, la Trinidad. Tratad de hacer comprender a un judío que adora a un dios en tres personas; perderéis vuestro tiempo, se os reirá en las narices («se os reirá en las narices» — fr. «rire au nez de quelqu’un», reírse abiertamente en la cara de alguien). Os responderá que, si papá Buen Dios fuera triple, se lo habría dicho a Moisés, a los patriarcas, a los profetas. Con la Biblia en la mano, os sostendrá que ni una palabra alude allí a esa trinidad, por lo demás incomprensible, y que, al contrario, de un cabo al otro, la Sagrada Escritura atestigua la personalidad de Jehová como esencialmente una e indivisible.
Ante esta falta de perspicacia, el teólogo católico sonríe de lástima, se encoge de hombros.
Los dos primeros versículos del Génesis le bastan para demostrar que la trinidad divina ha existido desde siempre, ¡tan claro es! Los cita triunfalmente, esos dos primeros versículos:
«1. En el comienzo, Elohim hizo el cielo y la tierra;
2. Ahora bien, la tierra era tohu-bohu, las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el viento de Dios corría sobre las aguas.»
Tal es la traducción literal del texto hebreo, con la conservación de las palabras Elohim y tohu-bohu que han sido adoptadas en otras lenguas.
¿No veis a Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo ahí dentro?... En efecto, al primer golpe de vista, apenas se los percibe; pero tomad un anteojo, y vais a distinguir muy bien la Trinidad. Nuestro anteojo, si lo permitís, será el razonamiento de san Agustín en su hermoso libro De cantico novo, capítulo 7. Nada hay más convincente que este razonamiento del obispo de Hipona; la Iglesia y todos sus teólogos lo proclaman de una limpidez de cristal de roca.
«En el comienzo», que es el comienzo de los tiempos o de las cosas, equivale a «en el principio». Ahora bien, ¿qué es el principio, si no es el Verbo, es decir, Dios Hijo?... ¿Deseáis pruebas? Aquí las tenéis. Abrid el Apocalipsis de san Juan, en el capítulo 3; el Cristo mismo se llama «el principio de la criatura de Dios» (versículo 14). Ahora, abrid el Evangelio del mismo Juan, en el capítulo 8. «Interrogado por los judíos, que le preguntaban: ¿Quién sois vos? Yo soy el principio, respondió Jesús» (versículo 25). («el principio» — fr. «principe», que, como el latín «principium», significa a la vez «comienzo» y «principio»; todo el argumento de san Agustín se apoya en ese doble sentido, que el español «principio» conserva)
Por consiguiente, el primer versículo del Génesis debe leerse así: «En Dios Hijo, que es el principio, Dios Padre hizo el cielo y la tierra.»
¿No estáis del todo satisfechos?... Acabáis de ver las dos primeras personas de la Trinidad; pero no distinguís todavía la tercera. Un poco de paciencia; volved a tomar el anteojo de san Agustín. La tercera persona, Dios Espíritu Santo, está en el versículo 2, allá, al final.
«El viento de Dios corría sobre las aguas...» ¿No os dice nada este vientecillo?... En latín, el viento, el soplo, es spiritus, y el espíritu es también spiritus; luego el viento de Dios no es otro que el espíritu de Dios, es decir, Dios Espíritu Santo.
Por eso, la verdadera traducción del texto hebreo es esta: «En Dios Hijo, principio de todas las cosas, Dios Padre hizo el cielo y la tierra; ahora bien, la tierra era tohu-bohu, las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y Dios Espíritu Santo corría sobre las aguas.»
Esta vez, ya está... ¡Y decir que los judíos nunca han podido ver eso en los dos primeros versículos del Génesis!... Semejante ceguera es verdaderamente extraordinaria.
En cuanto a mí, queridos lectores, reconoceréis que he sacado provecho de mis doce años pasados por vosotros bajo la bandera de la Iglesia. He aprendido las bellas cosas de la teología, y he aquí que os las hago saborear.
Admirad, pues, conmigo a este Dios Espíritu Santo, que, en la época del tohu-bohu, empleaba todo su tiempo en correr sobre las aguas. ¿Ónde está mi escopeta?... («¿Ónde está mi escopeta?» — fr. «Oùs qu’est mon fusil ?», deformación vulgar de «Où est mon fusil ?», como de un cazador que ve una pieza) Y la reflexión final que se impone: ¿el Espíritu Santo no es un palomo, entonces?... ¡¡¡Es un pato!!! («¡Es un pato!» — la broma está en que un ave que corretea sobre el agua es ave acuática, y por tanto caza para la escopeta, y un pato más bien que la paloma del Espíritu Santo)
CAPÍTULO 4 Ahogamiento general de la humanidad
Sobrio de detalles sobre las faltas cometidas por los descendientes de Adán desde el concubinato de los ángeles, el Génesis nos dice simplemente: «El Eterno Dios vio que la malicia de los hombres se había hecho muy grande sobre la tierra y que toda la imaginación de los pensamientos de su corazón no era sino mal en todo tiempo.» (Génesis 6:5)
Digamos la palabra: los descendientes de Adán debían de descuidar sus oraciones de la mañana y de la noche; pues no hay nada como eso para vejar al señor Dios. Por lo demás, cualquier cura os lo enseñará, si lo ignoráis: cuando uno olvida sus oraciones, está en la pendiente de todos los crímenes.
«6. Dios se arrepintió de haber hecho al hombre sobre la tierra, y tuvo por ello un gran disgusto en su corazón.
7. Y dijo: Exterminaré de la faz de la tierra al hombre que he formado, desde el hombre hasta el ganado, y todos los animales, hasta los que se arrastran, aun hasta las aves de los cielos; porque me arrepiento de haberlos hecho.»
El arrepentimiento de un dios, he ahí algo que no es vulgar. El dolor de maese Jehová fue de los más vivos, puesto que le turbó el seso, hasta el punto de hacerle decretar el exterminio de los animales, que, por su parte, no habían pecado. La crítica podrá decir también que lo más sencillo habría sido para Dios, dado que es todopoderoso, cambiar el corazón de los hombres; pero prefirió ahogarlos, como se va a ver, — lo cual no es muy paternal.
«8. Pero Noé halló gracia delante del Eterno.» Era «un hombre justo y lleno de integridad en su tiempo» (Génesis 6:9); papá Buen Dios vino a hacerle una visita, para prevenirle de la catástrofe que meditaba y darle el medio de escapar de ella.
«Y Dios dijo a Noé: el fin de toda carne ha venido delante de mí; porque la tierra está llena de las iniquidades de su faz, y los destruiré con la tierra. — Hazte un arca de madera de gofer; harás esta arca por aposentos, y la untarás de betún por dentro y por fuera. — Y la harás así: tendrá trescientos codos de largo, cincuenta de ancho, y treinta de alto. — Darás luz al arca; harás su remate de un codo de alto; pondrás una puerta en el costado; y la harás con un piso bajo, un segundo y un tercero.

34. Proyecto de un diluvio y de un arca.
— Y he aquí: haré caer un diluvio de aguas sobre la tierra, para destruir toda carne que tiene soplo de vida en sí bajo los cielos; y todo lo que está sobre la tierra expirará. — Pero estableceré mi alianza contigo; y entrarás en el arca, tú, tus hijos, tu mujer, y las mujeres de tus hijos contigo. — Y de todo lo que tiene vida de entre toda carne, harás entrar dos de cada especie en el arca, para conservarlos en vida contigo; a saber, el macho y la hembra; — de las aves, según su especie; de las bestias, según su especie; y de todos los reptiles, según su especie. — Toma también contigo de todo alimento que se come, y haz de él tu provisión, a fin de que sirva para tu alimento y para el de los animales. — Y Noé hizo todas las cosas que Dios le había mandado; así las hizo.» (Génesis 6:13-22)
La construcción del arca duró cien años.
Jehová no había dicho a Noé que previniera a los demás hombres de lo que iba a suceder; se tiene, pues, derecho a presumir que el patriarca y su familia guardaron el secreto. Las gentes estaban pasmadas de ver a Noé construir en pleno campo aquel inmenso navío, de trescientos codos de largo, lo que hace unos ciento cincuenta metros, es decir, la longitud de uno de nuestros grandes paquebotes del correo de China («paquebotes del correo de China» — los grandes vapores franceses de las Messageries Maritimes que hacían la línea de Marsella a Extremo Oriente); pero esos formidables paquebotes tienen quince metros de ancho, mientras que el arca tuvo veinticinco. Los demás hombres tomaban al viejo Noé por loco y se burlaban de él a cual más; pero el patriarca se dejaba embromar, sin mover una ceja («sin mover una ceja» — fr. «sans sourciller», sin inmutarse), y no por ello era menos activo en su tarea.

35. Noé construye su arca.
— Reirá bien quien ría el último («Reirá bien quien ría el último» — fr. «Rira bien qui rira le dernier», proverbio francés: quien ríe el último, ríe mejor), murmuraba él en su barba.
Los cien años empleados en construir el arca no parecerán un número exagerado, si se piensa en todo lo que la Biblia pasa en silencio, pero que fue no obstante de absoluta necesidad para conformarse a las órdenes de Dios. Así, los tres hijos de Noé tuvieron, evidentemente, largos viajes que hacer a las comarcas más lejanas del mundo, a fin de traer de ellas los animales que no vivían en su región. Como se trataba también de no ser zampados, una vez en el arca, por los leones, los tigres, los caimanes y otras terribles bestias, debieron de hacerse enseñar (por los gigantes, sin duda) el oficio de domador. Hubo que fabricar conservas de carne para los innumerables carniceros.
Conviene también notar que esa madera de gofer, de la que fue hecha el arca, debía de ser la mejor de las maderas. Si hoy a alguien se le ocurriera emplear cien años en construir un navío, no hay madera, por dura que se la pueda soñar, que no estuviera podrida antes de la terminación del buque; la popa se desmigajaría de vetustez cuando se llegara a trabajar en la proa, y sería siempre volver a empezar, como con el cuchillo de Jeannot, que es eterno, porque se le reemplazan alternativamente la hoja y el mango («el cuchillo de Jeannot» — fr. «le couteau de Jeannot», forma francesa de la paradoja del objeto que conserva su identidad aunque se le hayan reemplazado todas las piezas). Nadie ha podido decir con exactitud qué era esa famosa madera de gofer; nunca se ha podido volver a encontrar en ninguna parte desde el diluvio, y es bien lamentable.
Cuando el navío salvador estuvo terminado, el Eterno dijo a Noé: «Entra, tú y toda tu casa, en el arca; porque te he visto justo delante de mí en este tiempo.» (Génesis 7:1)
La continuación del discurso divino prueba que maese Jehová había olvidado sus primeras prescripciones; había recomendado al patriarca no llevar consigo más que una pareja de cada especie de bestias. En el último momento, papá Buen Dios cambió un poco el programa.
«Tomarás, dijo a Noé, de todas las bestias limpias siete de cada especie; pero de las bestias que no son limpias, una pareja solamente, el macho y la hembra.» (Génesis 7:2)

36. Noé hace entrar en el arca una pareja de animales de cada especie.
La Biblia no añade que Dios haya explicado a Noé sus distinciones; pero es probable. Por lo demás, el Levítico, otro libro atribuido a Moisés, indica (cap. 11) lo que los hebreos entendían por animales puros o bestias limpias y animales impuros o bestias que no son limpias. Entre los cuadrúpedos, los puros son los que tienen la uña dividida, el pie hendido, y que rumian: el camello, el conejo, la liebre, que rumian, pero que no tienen la uña dividida, son animales impuros; el cerdo, que tiene la uña dividida y el pie hendido, pero que no rumia, es igualmente animal impuro. Entre las aves, Jehová ha declarado impuros el águila, el quebrantahuesos, el halcón, el buitre, el milano, el cuervo, el cárabo, el cuco, el gavilán, la lechuza, el somormujo, el búho, el cisne, el cormorán, el pelícano, la cigüeña, la garza, la abubilla y el murciélago. En fin, han sido declarados animales impuros la comadreja, el ratón, la tortuga, el erizo, el cocodrilo, el lagarto, la babosa y el topo. Todas las demás bestias son animales puros.
Por otra parte, papá Buen Dios anunció a Noé que la fiestecita diluviana comenzaría dentro de siete días. El patriarca tuvo, pues, que aprender a toda prisa su historia natural, para saber si debía embarcar consigo dos o siete jirafas, dos o siete elefantes, dos o siete rinocerontes, dos o siete hipopótamos, etc.
«Y aconteció que al séptimo día las aguas del diluvio cayeron sobre la tierra. — En el año seiscientos de la vida de Noé, en el segundo mes, a los diecisiete días del mes, en ese día todas las fuentes del gran abismo fueron rotas, y las compuertas de los cielos fueron abiertas.» (Génesis 7:10-11)
Se comprueba por ahí que el Espíritu Santo persistía en hacer creer en la existencia de un inmenso depósito de aguas superiores, que se vaciaba en cierto modo por medio de esclusas.

37. Las esclusas del cielo son abiertas.
«Y la lluvia cayó sobre la tierra durante cuarenta días y cuarenta noches. — En ese mismo día, Noé, Sem, Cam y Jafet, hijos de Noé, entraron en el arca, con la mujer de Noé, y las tres mujeres de sus hijos con ellos; — ellos, y todas las bestias según su especie, y todos los animales domésticos según su especie, y todos los reptiles que se arrastran sobre la tierra según su especie, y toda avecilla que tiene alas, de cualquier clase que sea.» (Génesis 7:12-14)
¡Qué arca! ¡qué arca!... Sumando los diversos períodos indicados en el resto de este capítulo y en el capítulo siguiente, se halla que Noé, su familia y los animales salvados permanecieron en el arca durante 393 días en total. Los teólogos no nos dicen cómo ocho personas pudieron bastar durante todo un año para dar de comer y de beber a todos esos animales, y para vaciar sus excrementos. ¡Hay que pensar también en la reproducción de todas esas bestias, de razas muy prolíficas!... ¡Qué sitio hacía falta! ¡qué inmensas provisiones de toda naturaleza! ¡qué tarea para Noé, su mujer, sus hijos y sus nueras!

38. La paloma. Inquietud de los habitantes del arca.
Fue Dios quien se había encargado de cerrar la puerta del arca (Génesis 7:16). Cuando el navío se puso a flotar, «las aguas se reforzaron y crecieron mucho sobre la tierra; y todas las más altas montañas que estaban bajo todos los cielos fueron cubiertas; las aguas se elevaron quince codos más alto» (Génesis 7:17-20). ¡Es imposible hacerse una idea exacta de esta masa de agua, incluso cuando se sabe que la mayor profundidad marina conocida es la fosa del Tuscarora, en el Océano Pacífico (islas Kuriles), 8.606 metros de profundidad, y que la más alta montaña del globo, el Gaurisankar, del Himalaya, tiene su cumbre a 8.840 metros sobre el nivel del mar!... ¡Y el Gaurisankar fue sobrepasado en quince codos por el nivel de la inundación universal!...
Llamaré, de paso, la atención del lector sobre la desagradable sorpresa que el diluvio hizo experimentar a los peces: al principio, debieron ciertamente de pasar un mal cuarto de hora («pasar un mal cuarto de hora» — fr. «passer un mauvais quart d’heure», pasar un mal rato) por efecto de la mezcla de las aguas dulces y saladas; pero, sin duda, se acostumbraron, y Dios les concedió una protección especial, para impedir que perecieran.
Pero «toda carne que se movía sobre la tierra expiró, tanto de las aves como del ganado, de las bestias y de todos los reptiles que se arrastran sobre la tierra, y todos los hombres. — Todas las cosas que estaban sobre lo seco, y que tenían respiración en sus narices, murieron. — Todo lo que subsistía, pues, sobre la tierra fue exterminado, desde los hombres hasta las bestias, hasta los reptiles, y hasta las aves de los cielos. Noé quedó solo vivo, y todo lo que estaba con él en el arca. — Y las aguas se mantuvieron sobre la tierra durante ciento cincuenta días.» (Génesis 7:21-24)
Sin embargo, todo tiene su fin.
«Ahora bien, el Eterno se acordó de Noé y de todos los animales que estaban con él en el arca. Y entonces Dios hizo soplar su viento sobre la tierra, y las aguas se detuvieron. — Porque las fuentes del abismo y las compuertas de los cielos habían sido cerradas, y la lluvia de los cielos había sido retenida. — Y las aguas se retiraban más y más de sobre la tierra; y al cabo de los ciento cincuenta días disminuyeron. — Y a los diecisiete días del séptimo mes, el arca se detuvo en la cumbre del monte Ararat. — Y las aguas iban disminuyendo más y más, hasta el décimo mes; y el primer día del décimo mes las cumbres de las otras montañas se mostraron.» (Génesis 8:1-5)

39. El arca se detiene en la cumbre del monte Ararat.
¡Es inaudito lo que hay de milagros mencionados en estas pocas líneas!
Primero, tenemos gran placer en renovar el conocimiento con ese amable viento de Dios que no había tenido ninguna ocupación desde el cese del caos. Al comienzo, corrió largo tiempo sobre las aguas en el tohu-bohu, y san Agustín y los teólogos católicos nos han enseñado que ese viento corredor era sencillamente («sencillamente» — fr. «tout bêtement», literalmente «muy tontamente», es decir, sin más; la palabra deja asomar la burla) Dios Espíritu Santo. Pues bien, ahora, para secar las aguas del diluvio, he aquí que Jehová, es decir, Dios Padre, suelta al dicho Espíritu Santo, que se vuelve soplador; pues aquí la expresión del texto hebreo, «el viento de Dios», se encuentra la misma que en el versículo 2 del capítulo 1; es, pues, indudablemente el divino palomo (o el divino pato, como queráis) quien entra en escena y asume la tarea de desecar la inundación universal.
Era menester, por lo demás, que uno de los personajes de la Trinidad se metiera en el asunto: jamás un viento cualquiera habría podido acabar con semejante inmensidad de aguas. Superando el nivel del diluvio en quince codos las más altas montañas de la tierra, se ha calculado que esta acumulación de aguas representaba el valor de más de doce océanos uno sobre otro y que la duodécima zona diluviana era, por consiguiente, ella sola, veinticuatro veces mayor que las aguas reunidas de todos los mares que rodean hoy los dos continentes. Así pues, puede considerarse el milagro del diluvio como el más extraordinario de los milagros que Dios ha realizado, puesto que, después de haber creado todos esos océanos nuevos, lo cual era ya un tour de force inimaginable, los aniquiló luego con solo hacer soplar su viento. ¡He ahí un palomo que tiene fuelle!... («que tiene fuelle» — fr. «qui a du souffle», juego de palabras: acaba de soplar un viento, y «avoir du souffle» significa además tener aguante y, familiarmente, tener descaro)
Otro milagro, que no podría pasar inadvertido: el día decimoséptimo del séptimo mes, el arca de Noé se detuvo en la cima del Ararat, cuya altitud es de 5.156 metros; y las montañas que son más altas que el Ararat, tales como el Gaurisankar, ya nombrado (8.840 metros), el Dapsang (8.615 metros), el Nanda-Devi (7.813 metros), el Aconcagua (6.970 metros), el Chimborazo (6.254 metros), el Kilimanjaro (6.000 metros), el Cotopaxi (5.970 metros), etc., etc., no mostraron sus cimas sino diez semanas después, o sea el primer día del décimo mes. ¡Eso también, como milagro, es estupendo! La virgen de Lourdes misma no los obra de ese calibre.
El relato bíblico del fin del diluvio comprende, además, una historia de cuervo y de paloma que no ofrece un interés muy palpitante. Noé soltó, primero, «un cuervo que salió, yendo y volviendo, hasta que las aguas se secaron.». Luego envió «una paloma que, no hallando dónde asentar la planta de su pie, volvió a él al arca»; pero la soltó de nuevo al cabo de siete días, y, esta vez, cuando volvió, «traía en su pico una rama de olivo; Noé conoció así que las aguas se habían retirado de sobre la tierra,» El patriarca tenía entonces seiscientos un años.
Dios le habló para hacerle saber que había llegado el momento de salir. La salida de todos los animales se efectuó en buen orden. Por otra parte, es de presumir, aunque la Biblia no lo diga, que el agua salada se separó del agua dulce (¡nuevo milagro!), a fin de que los grandes ríos, los lagos, los mares y los ríos menores pudieran formarse de nuevo distintos como antes; y todos los peces volvieron entonces a las diversas ondas que convenían a su naturaleza.
«Y Noé edificó un altar al Eterno, y tomó de toda bestia limpia y de toda ave limpia, y ofreció holocaustos sobre el altar. — Y el Eterno olfateó un olor que lo apaciguó, y dijo en su corazón: No maldeciré más la tierra por causa de los hombres; porque la imaginación del corazón de los hombres es mala desde su juventud; y no destruiré más todo lo que vive, como he hecho.» (Génesis 8:20-21)
Acto seguido, papá Buen Dios administró a Noé y a sus hijos una bendición de primera clase y les dio permiso para alimentarse en adelante con alimentos distintos del pan y las hierbas.
«Y Dios bendijo a Noé y a sus hijos, y les dijo: Creced y multiplicaos, y llenad la tierra. — Y todas las bestias de la tierra, todas las aves de los cielos, con todo lo que se mueve sobre la tierra, y todos los peces del mar, os temerán y os tendrán pavor; quedan entregados en vuestras manos. — Todo lo que se mueve y tiene vida será vuestro alimento, así como la hierba verde. — Sin embargo, no comeréis carne con su alma, la cual es la sangre. — En efecto, yo demandaré la sangre de vuestras almas de mano de las bestias que os hubieren comido; y aun demandaré el alma del hombre de mano del hombre su hermano. — Cualquiera que derramare sangre humana tendrá su sangre derramada; porque el hombre es hecho a imagen de Dios.» (Génesis 9:1-6)
De lo que precede resulta que las bestias tienen alma, al decir del Espíritu Santo, y que el alma reside en la sangre. Se ve también que el señor Jehová tiene horror al homicidio; pero, como el Dios de la Biblia a menudo ve visiones («ve visiones» — fr. «a la berlue», expresión popular: ver lo que no existe, engañarse por completo), lo veremos más adelante empujar a los israelitas a las matanzas y encontrar que su pueblo querido nunca derrama bastante sangre humana.
Al comprometerse papá Buen Dios a no ahogar más a la humanidad, hacía falta una firma para este pacto; la firma divina fue el arco iris, inaugurado aquel día.
«Pondré mi arco en las nubes, dijo el Eterno, y será la señal de mi alianza entre mí y la tierra. — Y, cuando acontezca que yo haya cubierto de nubes la tierra, entonces el arco aparecerá en las nubes. — Así, al verlo, me acordaré de mi pacto entre mí, Dios, y vosotros, entre mí y todo animal viviente en carne sobre la tierra.» (Génesis 9:13-15)

40. Inauguración del arco iris.
La precaución era buena, pues papá Buen Dios desconfiaba de sus frecuentes faltas de memoria. Se notará, además, que el texto sagrado no dice: Mi arco, que está en las nubes, será en adelante la señal de mi alianza; sino: Pondré mi arco en las nubes; lo cual da a entender muy claramente que antes no había habido arco iris alguno. Ahora bien, como el arco iris no se forma sino por las refracciones y las reflexiones de los rayos del sol en las gotas de lluvia, se sigue que, durante los siglos transcurridos entre la creación de Adán y el diluvio, el riego pluvial no se produjo jamás; los árboles y las plantas crecieron, pues, por sí solos, o bien el sudor de la frente de los hombres les bastaba, o bien el vagabundo Caín, que edificaba ciudades, organizó en todo el globo compañías de riego artificial.
La historia del diluvio se completa con dos episodios interesantes: la embriaguez de Noé y la torre de Babel.
«Noé, que era labrador, fue el primero que plantó la viña. — Y habiendo bebido del vino, se embriagó, y se tendió todo desnudo en medio de su tienda. — Y Cam, padre de Canaán, habiendo visto la desnudez de su padre, salió y lo contó a sus dos hermanos. — Entonces Sem y Jafet tomaron un manto, y andando hacia atrás, cubrieron el sexo de su padre, y sus rostros estaban vueltos hacia atrás, de suerte que no vieron la desnudez de su padre.» (Génesis 9:20-23)

41. Noé planta la viña e inventa el vino.
Así, Sem y Jafet se condujeron respetuosamente, como buenos hijos que se compadecían de la embriaguez del señor su papá; Cam, por el contrario, había obrado como un patán. Una maldición no podía tardar; pero vais a ver quién la recibió.

42. Embriaguez del patriarca Noé.
«Noé, habiendo despertado de su vino, supo la burla de su hijo Cam. — Por lo cual dijo: Maldito sea Canaán; ¡será el esclavo de los esclavos de sus hermanos! — Dijo además: ¡Bendito sea el Eterno, Dios de Sem, y sea Canaán su esclavo! — ¡Que Dios atraiga con dulzura a Jafet, y sea Canaán su esclavo!» (Génesis 9:24-27)

43. Cam y Canaán son maldecidos.
Y he aquí cómo fue maldecido el joven Canaán, que en modo alguno se había burlado de su abuelo. Apenas es posible creer que Noé hubiera acabado de cocer su vino («cocer su vino» — fr. «cuver son vin», literalmente «fermentar su vino en la cuba»: dormir la borrachera) cuando pronunció su sentencia; pero esta fue, sin embargo, confirmada por el señor Jehová.
En efecto, los teólogos concuerdan en reconocer que Noé atribuyó el Asia a Sem, la Europa a Jafet y el África a Cam; Canaán y Cam se volvieron negros, y ellos y su raza fueron así despreciados. ¿Cómo pudieron los tres hijos de Noé, aunque salidos de un mismo padre y de una misma madre, ser los jefes de tres razas diferentes? Sería perder el tiempo tratar de comprenderlo. Hay, pues, que inclinarse y admitir que de Sem desciende la raza asiática de piel amarilla; de Jafet, la raza europea de piel blanca; y de Cam y Canaán, la raza africana de piel negra. Pero los pieles rojas de América, ¿de quién descienden? El Espíritu Santo olvidó decírselo al escritor del Génesis; o bien la raza cobriza no tuvo padre. Milagro y misterio.

44. Los efectos de una maldición.
El capítulo 10 da la genealogía de Jafet, de Sem y de Cam, y da a conocer las primeras ciudades edificadas. De todos los nombres citados, el más conocido es el de Nemrod, que fue «un poderoso cazador delante del Eterno».

45. Nemrod.
«Entonces toda la tierra tenía un mismo lenguaje y una misma habla. — Mas aconteció que, como los hombres partieron del Oriente, hallaron una campiña en el país de Senaar, donde habitaron. — Y se dijeron entre sí: Vamos, hagamos ladrillos y cozámoslos al fuego; y tuvieron ladrillos en lugar de piedras, y betún en lugar de argamasa. — Y dijeron además: Venid, edifiquémonos una ciudad, así como una torre cuya cima llegue hasta los cielos, y adquirámonos un gran renombre antes de dispersarnos sobre toda la tierra.

46. Construcción de la torre de Babel.
— Entonces el Eterno descendió para ver la ciudad y la torre que edificaban los hijos de los hombres. — Y dijo: He aquí, no son sino un pueblo, y todos tienen un mismo lenguaje, y comienzan a trabajar; y ahora nada les impedirá ejecutar lo que han proyectado. — Venid, pues, descendamos, y confundamos allí su lenguaje, a fin de que ninguno de ellos entienda ya lo que le dirá su vecino. — Así el Eterno los dispersó de allí por toda la tierra, y cesaron de edificar la ciudad. — Por eso su nombre fue llamado Babel.» (Génesis 11:1-9)

47. La confusión de las lenguas.
San Jerónimo, en su comentario sobre Isaías, dice que la torre de Babel tenía ya cuatro mil pasos de altura cuando Jehová decretó la interrupción de los trabajos, y Voltaire observa que eso haría veinte mil pies, o sea diez veces más de elevación que la gran pirámide de Egipto, la cual tiene 142 metros de alto. Ahora bien, las pirámides han subsistido, y no queda rastro alguno de esa prodigiosa empresa de la torre de Babel, que el Génesis sitúa hacia el año ciento diecisiete después del diluvio. Para una altura de mil cuatrocientos metros, que no era aún el remate, hizo falta una base de un desarrollo formidable; ¿cómo pudo desaparecer esa inmensa masa de mampostería, tan compacta y tan sólida? No cabe sino suponer un juego de escamoteo divino, que el autor sagrado descuidó mencionar.
Desde otro punto de vista: si la población del género humano hubiese seguido el orden de progresión que sigue hoy, no habría habido ni bastantes hombres ni bastante tiempo para inventar todas las artes necesarias cuyo uso exigía una obra tan colosal. Hay, pues, que mirar esta aventura como un prodigio.
Un prodigio no menos grande es la formación súbita de tantas lenguas. Los comentadores, dice Voltaire, han buscado qué lenguas madres nacieron de golpe de esta dispersión de los pueblos; pero nunca han prestado atención a ninguna de las lenguas antiguas que se hablan desde el Indo hasta el Japón. Sería curioso contar el número de los diferentes lenguajes que se hablan hoy en la superficie del globo. Hay más de trescientos en lo que conocemos de América, y más de tres mil en lo que conocemos de nuestro continente. Cada provincia china tiene su idioma; el pueblo de Pekín entiende muy difícilmente al pueblo de Cantón, y el indio de las costas del Malabar no comprende en absoluto al indio de Benarés. Por lo demás, toda la tierra ignoró el prodigio de la torre de Babel; no fue conocido más que de los escritores hebreos.
Lo que domina todo, por lo demás, lo que provoca en el más alto grado la estupefacción, es comprobar que los grandes hechos históricos, relatados por la Biblia acerca de los orígenes de la humanidad, son totalmente ignorados por todos los pueblos. Se comprende que los griegos, los romanos, los egipcios, los caldeos, los persas, los hindúes, los chinos, no hayan tenido conocimiento de los hechos y gestas de un Gedeón, de un Sansón o de cualquier otro héroe simplemente israelita; pero que los nombres de Adán y de Noé sean desconocidos entre esas naciones, eso es otra cosa.
Puesto que el diluvio del Génesis lo destruyó todo y que Noé fue el restaurador del género humano, la genealogía de este patriarca debería ser la única honrada entre los historiadores de todas las naciones. ¿Cómo es que los nombres de Adán y Eva, de Caín y Abel, de Enoc y Matusalén, de Lamec, Noé, Sem, Cam y Jafet no fueron inscritos en todos los pergaminos desde que se supo escribir, en lugar de figurar únicamente en los libros de los judíos, nación ínfima? Cuando los supervivientes del arca se esparcieron por las diversas comarcas y dieron nacimiento a todos los pueblos, ¡olvidaron, pues, hasta los nombres de nuestros primeros padres! El cultivo de la viña ni siquiera logró preservar a Noé del olvido general, puesto que en gran número de naciones Baco fue celebrado como inventor del vino.
En cuanto al diluvio, los críticos ven en él uno de los cataclismos naturales de las primeras edades del mundo, y pretenden que hubo varios cataclismos regionales de este género; pues los griegos tienen el diluvio de Deucalión, que no se parece al de Noé; los egipcios tienen la sumersión de la isla Atlántida, diferente también del diluvio judío; entre los caldeos, la gran catástrofe es la inundación del Ponto Euxino, con un salvamento efectuado por el rey Xisutro. Si el diluvio hubiera sido universal, se atreven a decir los críticos, el nombre de Noé habría sido universal también, y serían los nombres de Deucalión y del rey Xisutro los que no se encontrarían en ninguna parte. Y nada es más extraordinario que el que Hesíodo y Homero, que hablan de todo, no hayan dicho una palabra de Adán ni de Noé, el uno, padre del género humano, el otro, tronco de todas las razas.
Hay que confesar que semejante reticencia no tiene ejemplo; pues no se puede, decentemente, acusar al divino palomo de haber llevado la fumistería («fumistería» — fr. «fumisterie», en argot, una mistificación, una broma pesada, un engaño; de «fumiste», un bromista) hasta dar al primer hombre y al salvador de la especie humana ahogada nombres de pura fantasía, desprovistos de toda autenticidad.
CAPÍTULO 5 Feliz vida de un patriarca bienamado
Se recordará, sin duda, que Jehová había decretado que la vida de los hombres no pasaría ya de seis veces veinte años (Génesis 6:3). A pesar de este decreto, Sem se obstinó en vivir seiscientos años (Génesis 11:11); Arfaxad, cuatrocientos treinta y ocho años (v. 13); Sala, cuatrocientos treinta y tres años (v. 15); Heber, cuatrocientos sesenta y cuatro años (v. 17); Peleg y Reu, cada uno doscientos treinta y nueve años (v. 19-21); Serug, doscientos treinta años (v. 23); Nacor, ciento cuarenta y ocho años (v. 25); Taré, doscientos cinco años (v. 32). Estos ocho descendientes de Sem nos llevan a Abraham, que iba a desempeñar un papel considerable en la leyenda del pueblo judío.
El Génesis no dice por qué papá Buen Dios se encaprichó de este Abraham, llamado primero Abram, hijo de Taré. Vivía en un país llamado Harán, cuando Jehová apareció ante él una hermosa mañana y le ordenó bruscamente, pero amistosamente, hacer las maletas.
«El Eterno dijo a Abram: Sal de tu país y de tu parentela, y de la casa de tu padre, y ven al país que yo te mostraré. — Te haré llegar a ser una gran nación; te bendeciré, magnificaré tu nombre, y serás bendición. — Bendeciré a los que te bendijeren, maldeciré a los que te maldijeren, y, todas las familias de la tierra serán benditas en ti.» (Génesis 12:1-3)

48. Abraham busca el país de Canaán.
Abram, a la sazón de setenta y cinco años de edad, no pidió explicación alguna, realizó los bienes que había adquirido y se puso en viaje, sin saber exactamente adónde iba, llevándose a su mujer Sarai, a su sobrino Lot y a la mujer de este, Edith («Edith» — nombre que la tradición rabínica da a la mujer de Lot; el Génesis no la nombra), y algunos criados.
La caravana tuvo primero que hacer doscientas leguas para buscar el país de Canaán, que Dios tenía empeño en mostrar a Abram, a fin de regalarlo con una profecía; le prometió, en efecto, que aquel territorio pertenecería un día a su posteridad. Nuestros viajeros andaban, andaban siempre, a través de llanuras arenosas donde no existía vegetación alguna. Para reanimar su fe y su valor, el patriarca nómada levantaba un altar en el desierto y rogaba al Altísimo que lo hiciera llegar cuanto antes a su destino; pues aquella larga excursión le gastaba demasiado la planta de los pies, lo mismo que a toda su familia.

49. Sacrificio de Abraham en el desierto.
Después de haber atravesado el país de Canaán, los de Betel y de Hai, la caravana avanzó hacia el mediodía; por fin, se llegó a Egipto.
«Y, como Abram estaba a punto de entrar en Egipto, dijo a Sarai, su mujer: He aquí, yo sé que eres una mujer hermosa; — y, cuando los egipcios te hayan visto, me matarán y te guardarán a ti. — Di, pues, te ruego, que eres mi hermana, a fin de que yo sea bien tratado por causa de ti y que mi alma viva por causa de tu gracia. — Aconteció, pues, tan pronto como Abram hubo llegado a Egipto, que los egipcios vieron que aquella mujer era muy hermosa. — Los principales de la corte del Faraón la vieron también, y, delante del rey, hicieron el elogio de su hermosura; y fue raptada y llevada al palacio del Faraón; — el cual hizo bien a Abram por causa de ella; de suerte que obtuvo ovejas, bueyes, asnos, siervos, siervas, asnas y camellos.» (Génesis 12:11-16)

50. Abraham presenta a su mujer al rey de Egipto.
Esta aventura es edificante. La Sagrada Escritura no tiene una palabra de censura para el Alphonse patriarcal. («Alphonse» — fr. «un Alphonse»: en el argot de la época, un hombre mantenido por una mujer, un chulo, por Monsieur Alphonse, comedia de Alexandre Dumas hijo estrenada en 1873) Algunos comentadores han censurado severamente la conducta de Abraham; pero san Agustín la defendió en su libro contra la mentira. Notemos, de paso, que Sarai tenía entonces sesenta y cinco años; ni la edad ni las fatigas del largo viaje a través del desierto lograron disminuir su belleza; ¡es maravilloso! Más tarde, cuando tenga noventa años, la veremos raptada de nuevo por otro rey, y siempre a causa de su belleza.
El Faraón se regalaba, pues, con la soberbia vieja y no creía en modo alguno estar poniéndole los cuernos a un marido. ¡Patatrac! («¡Patatrac!» — fr. «Patatrac !», onomatopeya de un estrépito, de algo que se viene abajo de golpe) el ojo de Dios divisó lo que pasaba en el serrallo egipcio.
«Entonces el Eterno hirió con grandes plagas al Faraón y a las gentes de su casa, por causa de Sarai. — El Faraón llamó, pues, a Abram y le dijo: ¿Por qué has obrado así? ¿por qué no me has dicho que era tu mujer? — Me has dicho, por el contrario: Es mi hermana; y yo la había tomado por mujer. Mas ahora, he aquí tu mujer, tómala de nuevo, y vete. — Y el Faraón dio órdenes a sus gentes; y Abram, su mujer y todo lo que le pertenecía fueron reconducidos.» (Génesis 12:17-20)
He aquí a nuestro Abram de nuevo en camino. «Era muy rico en ganado, en plata y en oro» (Génesis 13:2); ¡no había devuelto nada al Faraón, parbleu! («parbleu» — fr. «parbleu !», juramento suavizado de «par Dieu», «por Dios») «Y se volvió por el mismo camino por donde había venido, del mediodía hasta Betel» (Génesis 13:3).

51. El rey de Egipto colma a Abraham de regalos
En el curso de esta nueva peregrinación, sobrevino una riña entre los pastores de Abram y los de Lot. El tío y el sobrino se separaron, sin dejar de ser los mejores amigos del mundo. Abram decidió quedarse en el país de Canaán, mientras que Lot, yéndose a la llanura del Jordán, se estableció en Sodoma, donde plantó sus tiendas.

52. Separación de Abraham y de Lot.
Algún tiempo después, estalló una guerra entre diversos reyes, entre ellos el de Sodoma, y, en la refriega, Lot fue hecho prisionero. El tío Abram, que se había mudado una vez más, habiendo trasladado sus tiendas a Hebrón, supo la triste noticia; una santa indignación llenó su corazón; resolvió, pues, liberar a Lot.
Se vio entonces lo que puede el valor de un patriarca. Este nómada, que no tenía una pulgada de tierra en el país, tenía bajo sus órdenes gran número de criados, según parece; pues «escogió de entre ellos trescientos dieciocho, a quienes armó», y, con este puñado de lacayos, hizo pedazos a los ejércitos de los cuatro reyes más poderosos de la comarca: «Amrafel, rey de Senaar, Arioc, rey del Ponto, Quedorlaomer, rey de los elamitas, y Tidal, rey de las naciones»; ¡excusad lo poco!... («¡excusad lo poco!» — fr. «excusez du peu !», exclamación irónica que subraya la enormidad de lo dicho: ¡como si fuera poca cosa!) La victoria fue tal que «persiguió a los cuatro monarcas hasta Dan», que aún no estaba edificada; «y, habiendo dividido a sus siervos, se arrojó de nuevo sobre los reyes durante la noche, los batió y los persiguió hasta Hoba, a la izquierda de Damasco; y trajo de vuelta todo un rico botín, trajo incluso a Lot, y a las mujeres, y a todo el pueblo.» (Génesis 14:1-16)

53. Abraham libera a Lot prisionero.
Ahora bien, los años transcurrían, y Abram estaba desolado; se preguntaba cómo tendría posteridad, cómo se realizarían las promesas divinas, en virtud de las cuales debía ser el padre de una gran nación.
«El Eterno le dijo: Abram, no temas; yo soy tu escudo y tu magnífica recompensa. — Y Abram respondió: Señor, ¿qué me darás? Paso mi vida sin tener hijos: — y he aquí que el siervo que ha nacido en mi casa será mi heredero. — Mas el Eterno le dirigió esta palabra: No, este no será tu heredero; sino que el que saldrá de tus entrañas será tu heredero. — Y, después de haberlo llevado fuera, Dios le dijo: Alza ahora los ojos al cielo, y cuenta las estrellas, si puedes contarlas; así será tu posteridad.» (Génesis 15:1-5)
Abram tuvo paciencia todavía.
«Ahora bien, Sarai, su mujer, no le había dado aún hijo alguno; mas tenía una sierva egipcia, llamada Agar. — Y dijo a Abram: En verdad, Dios me ha cerrado, para que no pueda parir. Júntate, pues, con mi sierva; quizá tendré así hijos por ella. Y Abram obedeció a la palabra de Sarai.» (Génesis 16:1-2)
Esto quería decir que Sarai adoptaría al hijo de su sierva, según la costumbre oriental: un padre o una madre ponía sobre sus rodillas al hijo de otro, y eso bastaba para legitimarlo.
«Entonces, Sarai tomó a Agar, su sierva egipcia, y la dio por concubina a Abram, su marido, después que él hubo morado diez años en la tierra de Canaán. — Conoció, pues, a Agar, y ella concibió; mas Agar, viendo que había concebido, menospreció a su señora. — Sarai dijo entonces a Abram: El ultraje que se me hace recae sobre ti. Yo he puesto a mi sierva en tu seno, y desde que se ha visto encinta, me mira con desprecio. ¡Juzgue Dios entre mí y ti! — Abram respondió: Vamos, la sierva está en tus manos; trátala como te plazca. Sarai, pues, la golpeó, y Agar huyó.» (Génesis 16:3-6)

54. Rivalidad de Sara y de Agar.
¿Encantador, verdad, este pequeño interior de patriarca?...
Felizmente, un ángel encontró a Agar en el desierto, y, después de haberla sermoneado, la alentó.
«Vuélvete a tu señora, dijo el ángel del Señor, y humíllate bajo ella. — Multiplicaré de tal modo tu posteridad que no se podrá contar. — Y al hijo que darás a luz, lo llamarás Ismael; porque el Eterno ha oído la voz en tu aflicción.» (Génesis 16:9-11)

55. Agar y el joven Ismael expulsados por Sara.
He aquí un detalle curioso que los tonsurados omiten en sus manuales de historia sagrada, y que sin embargo está en la Biblia: el ángel que se apareció a Agar, y a quien ella tomó por un dios, no se dejó ver de ella de frente; no le mostró más que su trasero. ¡Textual!
«Tu hijo, le dijo el ángel, será semejante a un asno salvaje; levantará la mano contra todos, y todos levantarán sus manos contra él. — Entonces, Agar llamó al ángel que le hablaba: «el dios que me ha visto»; porque, ciertamente, dijo ella, he visto el trasero de aquel que me ha visto.» (v. 12-13)
Esta rareza se basa en una creencia de los antiguos: Dios era tan deslumbrante, que no se podía ver su rostro sin morir, a menos de una protección del todo excepcional. Así, más adelante, Moisés no vio a Jehová sino por detrás, a través de la hendidura de una roca; pero, otras veces, Dios le concedió el favor de verlo cara a cara. Sería enojoso dejar en la oscuridad tales perlas bíblicas.
«Luego, siendo Abram de edad de noventa y nueve años, el Eterno se le apareció y le dijo: Yo soy el Dios Shaddai; anda delante de mi rostro, y sé sin mancha. — Y haré alianza contigo, y te multiplicaré prodigiosamente. — Entonces, Abram cayó sobre su rostro, y Dios le habló, diciendo: — He aquí, mi alianza es contigo; — y no te llamarás más
Abram, sino que tu nombre será Abraham en adelante; — y te haré crecer muy abundantemente, y hasta reyes saldrán de ti.
— Te daré, a ti y a tu posteridad después de ti, la tierra en que moras como extranjero, y toda la tierra de Canaán, en posesión perpetua; — y seré yo su Dios.
— He aquí cuál será el pacto entre mí y tus descendientes: todo varón de entre vosotros será circuncidado. — Cortarás la carne de tu prepucio, y será la señal de mi alianza contigo y con los tuyos. — Todo niño varón, en cuanto tenga ocho días, será circuncidado entre vosotros en vuestras generaciones, tanto el nacido en la casa como el esclavo, comprado por dinero de todo extranjero que no sea de tu raza. — Así mi alianza estará en vuestra carne, para ser una alianza perpetua. — Y el varón incircunciso, al cual no se le haya cortado la carne del prepucio, será exterminado, porque habrá violado mi alianza.

56. Dios instituye la circuncisión.
— En cuanto a Sarai, tu mujer, no la llamarás más Sarai, sino que su nombre será Sara en adelante. — La bendeciré; ella te dará un hijo al que bendeciré. Estará sobre las naciones, y los reyes de los pueblos saldrán de él. — Entonces, Abraham se postró, con el rostro contra la tierra; pero se echó a reír, y decía en su interior: ¿Piensa él que un hombre de cien años hará un hijo? ¿y que una mujer de noventa años parirá? — Y dijo a Dios: ¡Lo que te pido es que Ismael viva!
— Y Dios respondió a Abraham: Tenlo por cierto, Sara tu mujer te parirá un hijo, y lo llamarás Isaac; haré un pacto con él también y con su raza para siempre. — En cuanto a Ismael, ya te he oído; lo he bendecido, y lo multiplicaré muy abundantemente; será padre de doce príncipes, y haré de él una gran nación. — Mas es con Isaac con quien estableceré mi alianza, con Isaac, que Sara te parirá dentro de un año, en esta misma estación. — Y, después que Dios hubo acabado de hablar, subió de delante de Abraham.» (Génesis 17:1-22)
No se podría leer con demasiado respeto el relato oficial de esta aparición de Jehová a Abraham. Cuando los ojos caen sobre este pasaje de la Biblia, se hace imposible poner en duda que el autor sagrado, quienquiera que sea, Moisés o Esdras, haya sido verdaderamente inspirado por el Espíritu Santo. Los tonsurados no tienen necesidad de insistir; pues el discurso del Señor alcanza tal altura de sublimidad, que ningún escritor humano habría podido imaginarlo.
Jamás se le habría ocurrido a Alejandro Magno, cuando hizo alianza con los reyes indios Taxiles y Poro, proponerles que se circuncidasen y que cortasen los prepucios de todos sus súbditos, como señal de una amistad indisoluble. Y cuando Napoleón, en Tilsit, sobre la histórica balsa del Niemen, recibió en sus brazos al zar Alejandro, no pensó sino en el odio común a Inglaterra para cimentar, de un modo indestructible, la alianza que quería sinceramente entre Francia y Rusia; si Murat, que acompañaba al vencedor de Friedland, le hubiese dicho entonces: «Sire, en lugar de pedir al zar que ponga su firma al pie del tratado de alianza ofensiva y defensiva, exigidle que os traiga mañana su prepucio cortado y los prepucios de todo su estado mayor, pues he ahí lo que sería la más bella prenda del pacto entre los dos imperios», es probable que Napoleón habría creído en una demencia súbita de Murat y lo habría confiado inmediatamente a sus mejores médicos. ¡Pero Alejandro y Napoleón no eran más que hombres! Sólo la sesera de un dios podía concebir la idea divina de una eterna alianza basada en un holocausto de prepucios, perpetuándose de generación en generación.
Por otra parte, es precisamente porque la circuncisión es de institución divina, por lo que uno se queda estupefacto al comprobar que los cristianos se apresuraron a suprimirla.
El patriarca bienamado no había vacilado, sin embargo, en obedecer al Altísimo.
«Entonces, Abraham tomó a su hijo y a todos sus esclavos que había comprado, y en general a todos los varones de su casa, y les cortó la carne del prepucio, como el dios Shaddai lo había ordenado. — Abraham se cortó la carne de su prepucio él mismo, a la edad de noventa y nueve años. — E Ismael su hijo tenía trece años cumplidos, cuando fue circuncidado. — Abraham e Ismael fueron, pues, circuncidados el mismo día. — Y todos los varones de su casa, tanto los que habían nacido en ella como los que habían sido comprados a extranjeros, todos fueron circuncidados.» (Génesis 17:23-27)
Así fue siempre entre los judíos.
Ahora bien, es de toda evidencia que los cristianos no pueden injertar su religión en la del pueblo hebreo, sin ejecutar fielmente las prescripciones de ésta que son de origen divino. Jesucristo fue circuncidado; su prepucio es venerado, como una de las más preciosas reliquias, en San Juan de Letrán, en Roma, y hasta se ha multiplicado, por efecto de un milagro muy significativo, puesto que la misma reliquia se encuentra también en Charroux (cerca de Poitiers), en Le Puy-en-Velay, en Coulombs (cerca de Chartres), en Châlons-sur-Marne, en Amberes y en Hildesheim; además, el día en que Jesucristo fue circuncidado es celebrado por la Iglesia, es la fiesta que abre el año gregoriano.
El emperador Juliano el Filósofo, en su crítica del cristianismo, no dejó de hacer resaltar hasta qué punto los adeptos del nuevo culto violan las prescripciones de esa religión judía de la que se dicen los continuadores, más puramente fieles que los judíos mismos: mostró la diferencia de rito, la supresión de los sacrificios, la violación de la ley en el uso de las carnes, el reemplazo del día del sabbat (sábado) por el día siguiente, etc.
A propósito de la circuncisión, escribía:
«Es preciso que os pregunte, galileos, ¿por qué no os circuncidáis?... ¿No ha ordenado Jesús él mismo observar exactamente la ley? «No he venido, dice él, para destruir la ley y los profetas, sino para cumplirlos». (Mateo 5:17) Y poco después dice también: «El que faltare al más pequeño de los preceptos de la ley, y enseñare a los hombres a no observarlo, ése será llamado muy pequeño en el reino de los cielos.» (v. 19) Ahora bien, puesto que Jesús ha ordenado expresamente observar escrupulosamente la ley, y que ha establecido penas para castigar al que pecase contra el menor mandamiento de esa ley, vosotros, galileos, que faltáis a todos, ¿qué excusa podéis justificar? O Jesús no dice la verdad, o bien vosotros sois desertores de la ley.» (Discurso del emperador Juliano contra los cristianos, traducido por el marqués d’Argens.)
El traductor, después de haber dado esta crítica del emperador filósofo, da a conocer cómo san Cirilo pretendió refutarla (Cirilo de Alejandría, hacia 376-444, patriarca de Alejandría de 412 a 444); y se reconocerá, con el marqués d’Argens, que los argumentos de san Cirilo son lastimosos y débiles.
«Veamos, dice san Cirilo, ¿para qué es buena la circuncisión carnal, cuando desechemos de ella el sentido místico? Si es necesario que los hombres circunciden el miembro que sirve para la procreación de los hijos, y si Dios desaprueba y condena el prepucio, ¿por qué, desde el principio, no lo suprimió, y por qué no formó ese miembro como creía que debía ser? A esta primera razón de la inutilidad de la circuncisión, añadamos otra. En todos los cuerpos humanos que no están estropeados o alterados por algunas enfermedades, no se ve nada que sea superfluo o que falte: todo está en ellos dispuesto por la naturaleza de una manera útil, necesaria y perfecta; y pienso que los cuerpos serían defectuosos, si estuviesen desprovistos de algunas de las cosas que son, por así decirlo, innatas en ellos. ¿Acaso el autor del universo no ha conocido lo que era útil y decente? ¿acaso no lo ha empleado en el cuerpo humano, puesto que en todas las demás partes ha formado a las criaturas en su estado de perfección? ¿Cuál es, pues, la utilidad de la circuncisión? Quizá alguien aportará, para autorizar su uso, el ridículo pretexto del que los judíos y varios idólatras se sirven para sostenerla: es a fin, dicen, de que el cuerpo esté exento de mugre y de inmundicia; es, pues, necesario despojar al miembro viril de los tegumentos que lo cubren. Yo no soy de esa opinión. Pienso que es ultrajar a la naturaleza, que no tiene nada superfluo e inútil. Al contrario, lo que parece en ella vicioso y deshonesto es necesario y conveniente, sobre todo si se huye de las impurezas carnales; que se sufran sus incomodidades, como se soportan las de la carne, las de las cosas que son consecuencia de esa carne, y que se deje cubierta por el prepucio la fuente de donde manan los hijos: pues conviene más bien oponerse firmemente al derrame de esa fuente impura, y detener su curso, que ofender sus conductos con secciones y cortes. La naturaleza del cuerpo, aun cuando se sale de las leyes ordinarias, no mancha al espíritu.»
Así, san Cirilo pregunta para qué es buena la circuncisión, si se le quita el sentido místico. El emperador Juliano habría podido responder al obispo de Alejandría: «Para nada, si queréis, pero no se trata de eso; se trata de saber si el Dios de Abraham ordenó a ese patriarca la circuncisión como señal eterna y cierta de su alianza entre él y los fieles de su religión.» Es evidente, por el texto de la Escritura llamada Sagrada, que ésa fue la intención de Dios y que se explicó sobre ello del modo más claro y más formal. Moisés renovó más adelante la ley de la circuncisión en la que estableció por orden de Dios (Éxodo 4:25-26, Éxodo 12:48, Levítico 12:3, Josué 5:2). Jesucristo, que nos enseñó que había venido para cumplir la ley, y no para destruirla, jamás dijo nada que tendiese a la supresión de la circuncisión. Los evangelistas no hicieron mención alguna de que él hubiese querido interrumpir el uso de esta práctica ritual. ¿Por qué razón, pues, los cristianos se creyeron dispensados de ella, algún tiempo después de la muerte de su divino legislador? Se objeta que san Pablo dijo que «sólo la circuncisión del corazón es necesaria» (Romanos 2:29); ¡pero san Pablo mismo cortó el prepucio a su discípulo Timoteo! (Hechos de los Apóstoles, 16:3) Creyó, pues, necesaria la circuncisión corporal. ¿Por qué cambió san Pablo de opinión después? observa el marqués d’Argens. ¿Fue por una revelación? no dice que haya tenido ninguna a este respecto; ¿fue porque se volvió más instruido? Había estado, pues, en la ignorancia cuando llevaba ya bastante tiempo siendo apóstol.
A las observaciones del marqués d’Argens, Voltaire ha añadido las suyas; merecen ser reproducidas:
«Algunos naturalistas, dice Voltaire, no han dado razones plausibles de la circuncisión. Han pretendido que prevenía las inmundicias que podrían deslizarse entre el glande y el prepucio. Por lo visto, nunca habían visto circuncidar. No se corta más que un pedazo muy pequeño del prepucio, que no le impide en absoluto volver a cubrir el glande en el estado de reposo. Para prevenir las suciedades, basta con lavarse las partes de la generación, como uno se lava las manos y los pies. Eso es mucho más fácil que cortarse la punta de la verga, y mucho menos peligroso, puesto que algunos niños han muerto a veces de esta operación.
Los hebreos, se dice también, habitaban un clima demasiado cálido; su ley quiso evitarles las consecuencias de un calor excesivo que podía causar úlceras en la verga. Eso no es verdad. El país montuoso de Palestina no es más cálido que el de Provenza. El calor es mucho mayor en Persia, hacia Ormuz, en las Indias, en Cantón, en Calabria, en África. Jamás los habitantes de esos países imaginaron cortarse el prepucio por principio de salud.
La verdadera razón es que los sacerdotes de todos los países han imaginado consagrar a sus divinidades algunas partes del cuerpo, unos haciéndose incisiones como los sacerdotes de Belona o de Marte, otros haciéndose eunucos como los sacerdotes de Cibeles. Los talapoines se han metido clavos en el culo; los faquires, un anillo en la verga. Otros han azotado a sus devotas, como el jesuita Girard azotaba a la Cadière (el jesuita Jean-Baptiste Girard y su penitente Catherine Cadière, que en 1731 lo acusó de seducirla y azotarla; escandaloso proceso en Aix). Los sacerdotes hotentotes se cortan un testículo en honor de su divinidad, y ponen en su lugar una bolita de hierbas aromáticas. Los supersticiosos egipcios se contentaron con ofrecer a Osiris un pedazo de prepucio; los hebreos, que tomaron de ellos casi todas sus ceremonias, se cortaron el prepucio, y se lo cortan todavía.
Los árabes y los etíopes tuvieron esta costumbre, desde tiempo inmemorial, en honor de la divinidad secundaria que presidía la estrella del Can Menor. Los turcos, vencedores de los árabes, han tomado de ellos esta costumbre, mientras que, entre los cristianos, se echa agua salada sobre un niño pequeño y se le sopla en la boca.
¡Todo esto es igualmente sensato, y debe de agradar mucho al Ser supremo!»
No insistamos. Volvamos a nuestro patriarca: sin duda, debía de pensar a veces en la extraña idea que Jehová había tenido de cambiarle el nombre, así como a su esposa; rareza tanto más extraña cuanto que el cambio se limitaba a poca cosa. ¡Abraham, en lugar de Abram! ¡Sara, en lugar de Sarai! El dios de los judíos y de los cristianos es, decididamente, un dios de lo más gracioso.
Con el dicho Abraham, la Biblia se vuelve cada vez más divertida.
«Ahora bien, el Eterno se apareció de nuevo a Abraham, y fue en la llanura de Mamre, un día en que estaba sentado a la puerta de su tienda, en el momento del fuerte calor. — Habiendo alzado los ojos, Abraham vio de pronto a tres hombres que estaban a poca distancia; al punto corrió hacia ellos, y los saludó hasta el suelo.» (Génesis 18:1-2)
El discurso que sigue es bastante chusco; es una mezcla de singular y de plural que haría creer que el patriarca no estaba muy en su juicio; ¿era el efecto del fuerte calor?...
«Y Abraham les dijo: Señores míos, si he hallado gracia ante tus ojos, no pases más allá de la morada de tu siervo. — Mas traeré un poco de agua, para que lavéis vuestros pies; entretanto, reposad bajo un árbol. — Y traeré también un bocado de pan, para que os reconfortéis. Después de lo cual, pasaréis adelante; pues para eso habéis venido a vuestro siervo. Y ellos le respondieron: Haz como has dicho.» (Génesis 18:3-5)
Numerosos comentaristas católicos han juzgado que, si aquel día Jehová había venido en compañía de dos ángeles, era a fin de figurar las tres personas de la divina Trinidad. Abraham no tenía el espíritu bastante sutil para adivinar eso; ni él, ni Moisés, ni ningún profeta judío lo sospecharon jamás.
«Abraham se fue, pues, a toda prisa a la tienda, hacia Sara, y le dijo: Date prisa, toma tres éphata de harina, amásalos, y haz panes cocidos bajo la ceniza.» (Génesis 18:6)
Las traducciones modernas de la Biblia dicen: toma tres medidas de harina. A propósito ponen nuestros tonsurados ese término vago; pues lo que el Espíritu Santo dictó al autor del Génesis es superlativamente grotesco. El texto hebreo dice éphatä. Ahora bien, un efa contiene veintinueve pintas, y, por consiguiente, tres éphata representan ochenta y siete pintas u ochenta y un litros de harina (la pinta de París, antigua medida francesa, equivalía a unos 0,93 litros). ¡Qué prodigiosa cantidad de pan! La costumbre entre los orientales era, es verdad, servir un solo plato en abundancia; pero el patriarca tomaba de todos modos a sus visitantes por Gargantúas. Admirad todavía lo que sigue:
«Luego, Abraham corrió a su rebaño, donde tomó un becerro tierno y bueno, y lo dio a un siervo, que se apresuró a aderezarlo. — Después, tomó kaïmak (especie de queso de nata) y leche, y el becerro que acababan de aderezar, y lo puso todo delante de ellos. Él se quedaba junto a ellos bajo el árbol, y ellos comieron. — Entonces, le dijeron: ¿Dónde está Sara tu mujer? Él respondió: Ahí está en la tienda. — Uno de ellos le dijo: No dejaré de volver dentro de un año en esta misma época, si aún estoy con vida, y tu mujer Sara tendrá un hijo.» (v. 7-10)
Si aún estoy con vida es, evidentemente, un modo de hablar. Jehová, que se expresaba así, no podía dudar de que estaría con vida dentro de un año. Se dirá que papá Buen Dios y sus dos angélicos compañeros, no dándose por seres sobrenaturales, podían tomar prestado el lenguaje de los hombres; pero, puesto que predijeron el porvenir, se daban al menos por profetas. ¿Entonces?...
«Sara, habiendo oído esto detrás de la puerta de la tienda, se echó a reír; porque ambos eran muy viejos, y Sara ya no tenía sus reglas. — Rió, pues, escondiéndose y dijo en su interior: Después que he envejecido y cuando mi señor es tan viejo, ¿tendré, pues, todavía placer? — Mas Dios dijo a Abraham: ¿Por qué se ha echado a reír Sara, diciendo: Es posible que yo tenga un hijo, siendo tan vieja? — ¿Hay acaso alguna cosa difícil para Dios? Así pues, volveré a ti dentro de un año, como te lo he dicho, si aún estoy con vida, y Sara tendrá un hijo. — Entonces, Sara tuvo miedo, y negó, diciendo: No me he reído. Mas Dios le dijo: Sí tal, te has reído.» (v. 11-15)

57. Los ángeles anuncian a Sara que tendrá un hijo.
Se ha hecho notar que esta aventura tiene cierto aire de semejanza con la del buen hombre Hirieo («Hirieo» — fr. «Irius», en la mitología griega el padre de Orión), a quien Júpiter, Neptuno y Mercurio hicieron una visita, mientras se lamentaba de no tener hijos; los tres dioses le concedieron uno, arrojando su semen sobre un pedazo de cuero del que nació el niño. Pero los teólogos católicos responden que es el paganismo el que ha copiado la Biblia; según el benedictino Dom Calmet, está bien claro que el nombre de Hirieo es el mismo que el de Abraham. A decir verdad, apenas se sospecharía; no obstante, ¡no contrariemos al sabio benedictino por tan poco!
Es más interesante saborear esta conversación de Dios y de Abraham, cuyos detalles son de una regocijante ingenuidad. El escritor del Génesis da cuenta de todo lo que se hizo y de todo lo que se dijo, exactamente como si hubiese estado presente. Fue, pues, inspirado por el Espíritu Santo en persona, está claro; sin lo cual, no sería más que un contador de fábulas. Algunos comentaristas católicos, incomodados por lo ridículo de estos detalles, han insinuado que semejante historia es sobre todo alegórica; según ellos, Dios y los ángeles que vinieron a casa de Abraham simularon su apetito, no comieron, sino que fingieron comer. ¡Vamos, vamos!... («¡vamos, vamos!» — fr. «Allons donc !», exclamación familiar de incredulidad) Hay que tomar la Biblia como es, les respondemos; pues, si se admitiese la interpretación de esos teólogos a quienes lo grotesco de ciertos episodios del Génesis les parece demasiado pesado de llevar, habría que no ver más que alegorías en toda la Sagrada Escritura. ¿Entonces, nada habría ocurrido de todo lo que cuenta el palomo (el palomo: así llama Taxil al Espíritu Santo, representado en forma de paloma)? ¿todo no habría sido más que en apariencia? ¿la divina Biblia sería un sueño perpetuo?... ¡Ved, señores tonsurados, adónde nos conduciría tal razonamiento! Es mucho más sencillo admitir que Dios, a quien hemos visto amasar, soplar y pasearse, come también, digiere, etc., y atrapa una insolación en ocasiones («atrapa una insolación» — fr. «pince un coup de soleil», «pincer», en argot, es atrapar una enfermedad), como su amigo Abraham, que le habla a la vez en plural y en singular.
Después de la comida, se fueron a dar un paseíto.
«Los tres viajeros, habiéndose levantado, dirigieron sus ojos hacia Sodoma, y Abraham caminaba con ellos, para conducirlos. — Entonces, el Eterno se dijo: ¿Ocultaré a Abraham lo que voy a hacer, — puesto que será padre de una nación grande y poderosa, y que todas las naciones de la tierra serán benditas en él?» (Génesis 18:16-18)
¡Todas las naciones de la tierra benditas en Abraham!... Los comentaristas judíos y cristianos están de acuerdo en ver en este texto la afirmación de que Jehová será un día el dios adorado en todo el globo, dado que Jehová es el dios de Abraham y que los cristianos no se separan de los judíos en lo que concierne a este patriarca; pero dado que judíos y cristianos ya no están de acuerdo a partir del hijo de María, ¿cuál será, pues, de las dos religiones, la que prevalecerá sobre el mundo? ¿acabará la tierra por ser judía o cristiana?... Grave cuestión. Tenemos, por lo demás, tiempo para esperar. La población del globo asciende, en efecto, a más de mil cuatrocientos millones de habitantes, entre los cuales los católicos, es decir, las personas bautizadas en la religión que se titula única verdadera religión cristiana, figuran por doscientos treinta y nueve millones solamente. Para realizar la palabra de Jehová, hará falta, pues: primero, que todos los católicos bautizados se vuelvan creyentes y practicantes; después, que esos verdaderos cristianos traigan de vuelta a sus dogmas a los protestantes y demás herejes y cismáticos que los han rechazado; y, por fin, después de haber persuadido a los judíos de que Jehová es triple, los católicos tendrán que convertir a los mahometanos, los confucianistas, los brahmanistas, los budistas, los fetichistas, etc., etc., — a menos que sean los judíos quienes logren convencer a católicos y herejes de que desde hace mil novecientos años se han metido a su Mesías en el ojo («se han metido a su Mesías en el ojo» — fr. «se sont fourré leur Messie dans l’œil», juego con la locución «se mettre le doigt dans l’œil», literalmente «meterse el dedo en el ojo»: equivocarse por completo). De un modo o de otro, la profecía de la conversión total del globo al dios de Abraham no parece que pueda ser celebrada como cumplida en la próxima exposición (alusión a las Exposiciones Universales de París, celebradas en 1867, 1878, 1889 y 1900).
Ahora bien, ¿cuál era el proyecto que papá Buen Dios había formado, y acerca del cual se preguntaba si, sí o no, haría una confidencia a su patriarca bienamado?... Bien pesado todo, se decidió a no tener secretitos con Abraham, y fue entonces cuando éste comprendió por fin que aquellos tres viajeros que le habían devorado un ternero y ochenta y un litros de harina, sin contar el queso de nata, eran seres sobrenaturales, entre los cuales su viejo amigo Shaddai en persona.
«Dijo, pues, el Eterno: Por cuanto el clamor de Sodoma y de Gomorra se ha aumentado, y por cuanto su pecado es muy grave, — descenderé ahora, y veré si han hecho enteramente todas las cosas cuyo clamor ha llegado hasta mí; y si no es así, lo sabré.» (Génesis 18:20-21)
Jehová no se fiaba ciegamente de los informes de su policía. Se hallará quizá que, en su calidad de dios omnisciente, no debía ignorar nada, y que, por consiguiente, sabía exactamente a qué atenerse, sin necesidad de investigación alguna; pero no olvidemos que esto pasa en un tiempo de calor muy fuerte y que la digestión de la copiosa comida de hace un momento muy bien podía haber turbado un tanto sus divinas ideas.
«Los tres viajeros, partiendo de allí, caminaban, pues, hacia Sodoma; mas Abraham hizo alto, permaneciendo delante del Eterno. — Y se acercó a Dios y le dijo: ¿Harás perecer aun al justo con el malvado? — Quizá haya cincuenta justos en la ciudad; ¿los harás perecer también? ¿No perdonarás a la ciudad, por causa de cincuenta justos, si estuviesen en ella? — No se dirá de ti que haces morir al justo con el malvado, y que el justo es tratado como el malvado. No, eso no se dirá. El que juzga toda la tierra ¿no hará justicia? — Y el Eterno dijo: Si hallo en Sodoma cincuenta justos, perdonaré a todo el lugar, por causa de ellos. — Y Abraham prosiguió: He aquí, ahora he tomado atrevimiento al hablar al Señor, aunque no soy sino polvo y ceniza. — Quizá faltarán cinco de los cincuenta justos; ¿destruirás la ciudad, por cinco que faltasen? Y Dios le respondió: no la destruiré, si hallo en ella cuarenta y cinco justos.» (Génesis 18:22-28)
La conversación continúa en este tono (v. 29-32), esforzándose Abraham por obtener nuevas concesiones: de los cuarenta y cinco justos exigidos, se pasa a cuarenta, luego a treinta, a veinte; pero finalmente, papá Buen Dios no quiere bajar de diez justos, para otorgar la gracia. ¡Es su última palabra!
«Y el Eterno se fue, cuando hubo acabado de hablar a Abraham; y Abraham se volvió a su casa.» (Génesis 18:33).
Según la Biblia, papá Buen Dios, que quería ver por sí mismo, no continuó el camino con sus dos compañeros; el capítulo 19 da a entender que volvió a subir al cielo.
«Ahora bien, hacia el anochecer, los dos ángeles llegaron a Sodoma. Lot, que estaba sentado junto a la puerta de la ciudad, se adelantó a su encuentro; en cuanto los vio, los saludó, postrándose con el rostro en tierra. — Y les dijo: Os ruego, señores míos, dignaos deteneros en la casa de vuestro siervo; alojaos en ella esta noche; lavaos en ella también los pies; mañana, muy de mañana, os levantaréis, y proseguiréis vuestro camino. Mas ellos respondieron: No, pasaremos esta noche en la calle. — Pero Lot los apremió tan insistentemente, que aceptaron retirarse a su casa. Y cuando hubieron entrado en su casa, les preparó un festín, con panes sin levadura que hizo cocer, y comieron. — Mas antes que fuesen a acostarse, los hombres de la ciudad, es decir, los hombres de Sodoma, rodearon la casa, desde el más joven hasta los ancianos, todo el pueblo, de un extremo al otro. — Y, llamando a Lot, le dijeron: ¿Dónde están esos hombres que han entrado en tu casa esta noche? Hazlos salir, para que usemos de ellos. — Entonces, Lot salió hacia ellos para hablarles a la puerta, y, habiendo cerrado la puerta tras sí, les dijo: Os ruego, hermanos míos; no cometáis este mal. — Escuchad, tengo dos hijas que no han conocido aún varón; os las traeré, y usaréis de ellas tal como os plazca, con tal que no hagáis violencia a estos dos hombres, porque han venido a la sombra de mi techo. — Ellos, por su parte, le respondieron: Quítate de ahí. Y dijeron además: Este hombre es un extranjero, que ha tomado domicilio aquí, ¿y pretendería juzgarnos? Anda, te haremos más a ti que a ellos. Y entonces hicieron violencia a Lot; luego, se dispusieron a romper las puertas de su casa. — Mas los dos viajeros, alargando sus manos, hicieron entrar a Lot en su casa, y cerraron la puerta. — Después, hirieron de deslumbramiento a todos los hombres que sitiaban la casa, de suerte que se fatigaron buscando la puerta.» (Génesis 19:1-11)

58. Lot protege a los ángeles contra los habitantes de Sodoma.
Era necesario reproducir textualmente este pasaje del Génesis; nunca se recordará bastante que estas líneas fueron escritas al dictado del Espíritu Santo.
Por otra parte, no es menos útil reproducir el comentario de Voltaire:
«Confesamos que el texto bíblico confunde aquí más que en otra parte el espíritu humano. Si estos dos ángeles, o estos dos dioses, eran incorpóreos, habían tomado, pues, un cuerpo de gran belleza, para inspirar deseos abominables a todo un pueblo. ¡Cómo! ¡los ancianos y los niños, todos los habitantes varones, sin excepción, vienen en tropel a cometer el pecado infame con estos dos ángeles! No está en la naturaleza humana cometer todos juntos públicamente semejante abominación, para la cual se busca siempre el retiro y el silencio. Los sodomitas piden a estos dos ángeles, como se pide pan en tumulto en tiempo de hambre. No hay nada, en la mitología pagana, que se aproxime a este horror inconcebible. Los teólogos que han dicho que los tres celestes viajeros, de los cuales dos se fueron a Sodoma, eran Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo, hacen todavía más execrable el crimen de los sodomitas, y más incomprensible esta historia.
La proposición de Lot a los sodomitas de acostarse todos con sus dos hijas vírgenes, en lugar de acostarse con estos dos ángeles, o estos dos dioses, no es menos repugnante. Todo esto encierra la más detestable impureza de que se haga mención en libro alguno.
Los intérpretes hallan algunas relaciones entre esta aventura y la de Filemón y Baucis; pero ésta no tiene nada de indecente, y es mucho más instructiva. Es una aldea que Júpiter y Mercurio castigan por haber sido inhospitalaria; es una advertencia de ser caritativo; no hay en ella impureza alguna. Algunos dicen que el autor sagrado quiso sobrepujar la historia de Filemón y Baucis, para inspirar más horror de un crimen muy común en los países cálidos. Sin embargo, los árabes ladrones, que están todavía en ese desierto salvaje de Sodoma, estipulan siempre que las caravanas que pasan por ese desierto les darán muchachas núbiles, y nunca piden muchachos.
Esta historia de estos dos ángeles no está tratada aquí en modo alguno como alegoría, como apólogo; todo es al pie de la letra; y no se ve, por lo demás, qué alegoría se podría sacar de ella para la explicación del Nuevo Testamento, del cual el Antiguo es una figura, según los Padres de la Iglesia.»
Continuemos citando el texto sagrado, el libro divino, la escritura inspirada, que tenemos el deber de creer verídica, so pena de pecado mortal. ¡Vamos a ver otras muchas!
«Entonces, los dos viajeros dijeron a Lot: ¿A quién tienes aún aquí que sea de los tuyos, o un yerno, o hijos, o hijas, o algún otro de tus parientes en la ciudad?» (Génesis 19:12) — ¿Por qué hacer esta pregunta? ¿no sabían los ángeles de quiénes se componía la familia de Lot? — «A todos los que son tus parientes, dijeron, hazlos salir de este lugar; porque vamos a destruir esta ciudad, cuyo clamor de iniquidad ha subido hasta el cielo, y es el Eterno quien nos ha enviado para destruirla. — Salió, pues, Lot y fue a hablar a sus yernos, que habían de casarse con sus hijas; les dijo: Levantaos prontamente y dejad conmigo esta ciudad; porque el Eterno va a destruirlas. Mas sus yernos creyeron que se burlaba de ellos. — Desde el alba del día, los ángeles apremiaron de nuevo a Lot, diciéndole: Date prisa, llévate a tu mujer y a tus dos hijas que están aquí; si no, perecerías por el crimen de esta ciudad. — Y como Lot tardaba, los ángeles lo tomaron de la mano, y tomaron también de la mano a su mujer y a sus dos hijas, porque el Eterno los perdonaba; y los sacaron y los pusieron fuera de la ciudad. — Allí, uno de ellos dijo: Salva tu vida, no mires detrás de ti, y no te detengas en ningún lugar de la llanura; sálvate en la montaña, no sea que perezcas. — Mas Lot les respondió: No, Señor, te lo ruego; — he aquí que tu siervo ha hallado gracia delante de ti y que has ejercido conmigo tu misericordia; sin embargo, no podré salvarme en la montaña, sin que el mal me alcance y muera. — Por eso, te lo ruego, hay aquí muy cerca una ciudad adonde puedo huir, y es una ciudad pequeña; permite que me refugie en ella; y perdónala. ¿No es pequeña, y vivirá mi alma? — El ángel le dijo: Sea, te concedo aún esta gracia, de no destruir la ciudad de que acabas de hablarme. — Pero anda de prisa, y sálvate allí; porque no podré hacer nada antes que hayas entrado en ella. Por esta razón esta ciudad fue llamada desde entonces Zoar. — Mientras el sol salía, Lot entró, pues, en Zoar. — Entonces, el Eterno hizo llover, sobre Sodoma y sobre Gomorra, azufre y fuego, que caían del cielo. — Y destruyó aquellas ciudades, y toda la llanura, y todos los habitantes de las ciudades, y aniquiló el germen de la tierra. — Mas la mujer de Lot miró detrás de sí, y fue convertida en estatua de sal. — Ahora bien, Abraham, aquel día, se había levantado muy de mañana, y vino al lugar mismo donde se había detenido durante su paseo con el Eterno. — Y, como dirigía sus miradas hacia Sodoma y Gomorra, y como sus ojos estaban fijos en todo el país de alrededor, vio subir de la tierra un humo lleno de chispas, como el humo de un horno.» (Génesis 19:12-28)

59. Incendio de Sodoma.
Acerca del número de ciudades quemadas, las líneas que preceden no contienen ningún dato preciso. Sodoma y Gomorra son las únicas nombradas; no obstante, los teólogos son de opinión que todas las ciudades de esa llanura fueron destruidas por el fuego del cielo, y hasta un nombre ha sido imaginado por ellos: llaman «la Pentápolis» a la región devastada, lo que significa «el país de las cinco ciudades». Habría habido, pues, cinco ciudades criminales. En apoyo de su tesis, los teólogos se remiten al capítulo 14, donde se cuenta la guerra en el curso de la cual Lot fue hecho prisionero, y luego liberado gracias a la intervención victoriosa de Abraham y de sus trescientos dieciocho criados de élite; el versículo 2 de ese capítulo nombra, en efecto, cinco reinos que habrían existido en esa región, y de ello se ha concluido que las ciudades culpables, cuyo exterminio había decretado Jehová, son precisamente las capitales de esos cinco reinos.
He aquí, por lo demás, ese pasaje: «Los cuatro reyes (Amrafel, Arioc, Quedorlaomer y Tidal) hicieron la guerra contra Bera, rey de Sodoma, contra Birsa, rey de Gomorra, contra Sinab, rey de Adma, contra Semeber, rey de Zeboim, y contra el rey de Bela, que fue llamada más tarde Zoar. — Todos éstos se habían reunido en el valle de Sidim, que es hoy el Mar de Sal.» (Génesis 14:2-3)
Pero esta ingeniosa interpretación de los teólogos no logra sino hacer resaltar mejor las contradicciones de la Biblia. En efecto, he aquí las ciudades culpables: Sodoma, Gomorra, Adma, Zeboim y Bela. Así pues, el Señor Jehová, conversando con Abraham, mantuvo su decreto de exterminio contra toda la Pentápolis, porque en Sodoma no hay diez justos en total, ¿no es así? y, en cambio, ¡los ángeles incendiarios perdonan a Bela, llamada por ese motivo Zoar, sencillamente porque Lot deseó trasladarse a esa ciudad!... Sin embargo, los habitantes de Bela-Zoar estaban, — no hay que salir de ahí («no hay que salir de ahí» — fr. «il n’y a pas à sortir de là»: el hecho es innegable, no admite discusión), — entregados al mismo vicio que los sodomitas, puesto que Dios los había destinado primero a la lluvia de fuego. ¿Se dirá que los belaítas, no habiendo recibido la visita de los ángeles, no manifestaron contra éstos sus deseos infames, y que esta circunstancia pudo tenerse por atenuante? Sea; pero los gomorreos, los admaítas y los zeboimitas estuvieron en el mismo caso y no por eso dejaron de ser exterminados.

60. La mujer de Lot convertida en estatua de sal.
En lo que concierne a Gomorra, la ciencia de los teólogos se ha ejercitado de una manera curiosa, y, sin que se sepa por qué, la Iglesia ha admitido, en virtud de una tradición de la que no se halla rastro en ninguna parte, que el pecado de esa ciudad era exactamente todo lo contrario del pecado de Sodoma.
De ello resulta que lo que los griegos llamaban «pederastia» se llama «sodomía» en el lenguaje de los eclesiásticos; por otra parte, el vicio sáfico, que ha dado renombre universal a las damas de la isla de Lesbos, se convierte, entre nuestros tonsurados, en el vicio de las «gomorreas».
Por consiguiente, ahora se comprende bien cuál era ese clamor que se elevó de Sodoma y de Gomorra y que subió hasta el cielo, según la declaración del viejo Shaddai hablando a Abraham. En Sodoma, eran las mujeres las que se quejaban de verse abandonadas; en cambio, en Gomorra, eran los maridos sin trabajo los que aullaban sus lamentaciones al Eterno. Pero entonces uno tiene derecho a preguntarse por qué, en Sodoma, la vindicta celeste exterminó a las mujeres, puesto que los hombres eran en realidad los únicos culpables en esa ciudad, y por qué, en Gomorra, papá Buen Dios no perdonó a esos infortunados maridos, ya harto mohínos de que las señoras sus esposas prescindieran de ellos. Y, si se quiere uno limitar al examen de un caso particular, es evidente que los dos señores de Sodoma que se habían prometido con las hijas de Lot no eran pederastas; su matrimonio estaba tan bien concertado, tan a punto de celebrarse, que el santo varón los llamaba ya sus yernos. Según el autor sagrado, no aparece en modo alguno que esos dos yernos de Lot fuesen culpables del mismo exceso de impureza abominable por el cual los sodomitas fueron quemados con su ciudad; el texto no los muestra de ningún modo en la tropa que quiso violar a los dos ángeles; lejos de eso, el Génesis da a entender que estaban retirados muy honradamente en sus casas, puesto que Lot fue a despertarlos, para invitarlos a marcharse a toda prisa con él («marcharse a toda prisa» — fr. «filer», familiar: irse corriendo, escabullirse); no obstante, fueron envueltos en la destrucción general.
En cuanto a la mujer de Lot, hay que confesar que pagó caro el movimiento de compasión que le hizo volver la cabeza hacia esa ciudad donde sin duda se hallaban sus parientes. Su transformación súbita en estatua de sal ha sido, en cierto modo, confirmada por escritores judíos o cristianos de los primeros siglos de la era vulgar. El historiador judío Flavio Josefo asegura, en su libro de las Antigüedades, que vio esa estatua, y que se la mostraba todavía en su tiempo. Los escépticos creen que unos israelitas del lugar bien pudieron entretenerse en tallar un pedazo de asfalto en figura tosca, y en decir: Es la mujer de Lot. Se han visto obras de betún trabajadas con arte y capaces de subsistir largo tiempo. Por otra parte, san Ireneo fue muy lejos al afirmar esto: «La mujer de Lot ya no es carne corruptible; pero, aun permaneciendo siempre en estado de estatua de sal, continúa teniendo sus reglas cada mes.» (Libro 4, cap. 2) Tertuliano, en el Poema de Sodoma, afirma lo mismo, con más energía todavía: «Dicitur, et vivens salso sub corpore, sexus mirifice solito dispungere sanguine menses.» (latín: «Se dice que, viva bajo su cuerpo de sal, su sexo sigue marcando prodigiosamente los meses con la sangre acostumbrada») Sin embargo, esta maravilla permaneció desconocida para los romanos que vinieron a Palestina: cuando tomaron Jerusalén, no tuvieron la curiosidad de ir a ver la milagrosa estatua de sal, por la buena razón de que nadie les habló de ella; y aun más, ni Pompeyo, ni Tito, ni Adriano habían oído hablar jamás de Lot, de su mujer Edith y de sus dos hijas, ni de Abraham, ni de ningún personaje de esa familia. Hoy, las viajeras que van a explorar los alrededores del Mar Muerto no comprueban allí la presencia de ninguna estatua de sal o de asfalto; los musulmanes del país no han pensado en fabricar una, que daría gran placer a los curiosos; en cambio, muestran a los peregrinos la encina de Mamre, a cuya sombra Jehová y los dos ángeles devoraron un ternero entero y una cantidad formidable de panes y de queso de nata.
Estrabón, el célebre geógrafo griego, que murió en la época en que la leyenda cristiana sitúa el nacimiento de Jesús, visitó en detalle el Asia Menor y muy particularmente Palestina, sobre la cual escribió informes minuciosos; en especial, se trasladó a la región de Sodoma y del Mar Muerto, y no dice una palabra de la estatua de sal, que Josefo, algunos años más tarde, afirma haber visto. Lo que Estrabón relata, como viajero imparcial, es muy curioso de leer, porque la opinión de los judíos que habitaban entonces el país no concuerda exactamente con la Biblia; lejos de creer en una lluvia de fuego, causada por crímenes, los israelitas atribuían la devastación de la comarca a causas muy naturales, a erupciones volcánicas.
Citemos, pues, a Estrabón: «Que esta región haya sido trabajada por el fuego, se aduce de ello más de una prueba: rocas quemadas, numerosas grietas, una tierra de cenizas, ríos que esparcen a lo lejos un olor infecto, y, acá y allá, viviendas en ruinas. Todo esto hace creer lo que cuentan los habitantes del país, es decir, que antaño había allí trece ciudades, de las cuales Sodoma era la metrópoli: pero que, por temblores de tierra, erupciones de fuegos subterráneos y las olas ardientes de aguas bituminosas y sulfurosas, el lago invadió la comarca, y las rocas guardaron las marcas del cataclismo. De estas ciudades, unas fueron sumergidas, las otras abandonadas por los habitantes que pudieron salvarse.» (Geografía de Estrabón, libro 16, cap. 2)
Esto apenas se parece al versículo 24 del capítulo 19 del Génesis: «Entonces, el Eterno hizo llover, sobre Sodoma y sobre Gomorra, azufre y fuego, que caían del cielo.»
Pero, lo que importa notar, es que la tradición judía recogida por Estrabón en los lugares mismos, si está en contradicción con el relato bíblico del capítulo 19, no sorprende en absoluto cuando uno se remite al capítulo 14 del mismo Génesis, versículo 10: «Había, en el valle, muchos pozos de betún, y los reyes de Sodoma y de Gomorra cayeron en ellos al huir.» ¡La Biblia misma ha constatado, pues, que todo el terreno era asfalto antes del terrible incendio!
Los sabios tienen buen juego («tienen buen juego» — fr. «ont beau jeu», como quien tiene buenas cartas: lo tienen fácil), ya se ve, para decir que el divino palomo, aquí también, ha mistificado en los grandes premios («en los grandes premios» — fr. «dans les grands prix», expresión popular: por completo, en el más alto grado) al escritor sagrado. Toda la naturaleza, en ese inmenso desierto, atestigua un cataclismo que debía producirse fatalmente, si es verdad que unos hombres tuvieron la imprudencia de establecerse allí. Así, el Mar Muerto, que recibe el Jordán y los ríos que descienden de las montañas circundantes, no es más importante que el lago de Ginebra; tiene, exactamente como el Lemán, 76 kilómetros de longitud, y su mayor anchura es de 15 kilómetros. Ahora bien, mientras que el Ródano atraviesa el lago de Ginebra, el Jordán y los diversos ríos son absorbidos por el Mar Muerto. Se ha calculado que el Jordán, por sí solo, aporta al Mar Muerto seis millones de toneladas por día: es preciso, pues, que esa masa enorme de agua se evapore diariamente; porque no es posible suponer un desagüe, en razón del nivel del lago, que está a 394 metros por debajo del nivel del Mediterráneo, y por otra parte el máximo de profundidad es de 399 metros. En efecto, el aire cálido y seco de esa depresión, única en su género (793 metros), puede absorber cantidades enormes de vapor de agua. Las capas margosas de la vecindad, las masas de asfalto que están por todas partes, la frecuencia de los temblores de tierra, el suelo esencialmente volcánico, todo prueba un país en todo tiempo inhabitable.
Si se empeña uno absolutamente en creer al palomo incapaz de haberse burlado del escritor del Génesis, si se quiere admitir de todos modos como verídica la historia de la lluvia de fuego caída del cielo para destruir a seres humanos, culpables aquí de pederastia y allá de safismo, hay que decir entonces que Jehová-Shaddai, aunque eterno, no deja de ser un tantico normando («un tantico normando» — fr. «un tantinet normand»: en Francia, una «réponse de Normand» es una respuesta que no es ni sí ni no; el normando pasa por evasivo y por volverse atrás de su palabra). En efecto, al declarar a Noé que su clemencia se abstendría en adelante de exterminar a los hombres, había jurado solemnemente, con la mano sobre el arco iris, no volver a empezar el diluvio. ¡Hacer juramento de renunciar a los ahogamientos, y reemplazar luego el diluvio de agua por chaparrones de fuego, es, para un dios, ser pasablemente ficelle («ficelle» — fr. «ficelle», literalmente «cordel»: en jerga, astuto, tramposo, que se sabe todos los trucos)!...
Además, la Biblia nos cuenta que una ciudad fue perdonada a ruego de Lot, y que esa ciudad es la que desde entonces ha sido llamada Zoar. — Pues bien, ¿quién conoce, pues, Zoar? ¿dónde está esa ciudad? Puesto que todos los historiadores han ignorado la existencia de Zoar, ¿no habría tenido esa suertuda ciudad hasta el final la suerte de agradar, y papá Buen Dios la habría destruido en el siglo siguiente?... El hecho es que no han quedado más rastros de Zoar que de Sodoma y de Gomorra. Cuando algunos hombres se han arriesgado a venir a morar a orillas del Mar Muerto, nunca fue sino para hacer allí una breve estancia, en viviendas construidas a título provisional, únicamente para recoger sal, asfalto, cloruro de magnesio y cierto aceite mineral que sobrenada en ciertos lugares del lago y del cual se hizo uso antaño en medicina; tras lo cual, se apresuraban a abandonar a toda prisa esa región insalubre («abandonar a toda prisa» — fr. «déguerpir», familiar: desalojar, irse corriendo) donde la vegetación es casi nula y donde no se encuentra ni siquiera agua potable.
En fin, creamos en Zoar por el cuarto de hora («por el cuarto de hora» — fr. «pour le quart d’heure»: por el momento, de momento), y veamos la continuación del extraordinario Génesis. El autor sagrado acaba de mostrarnos que Lot, no siendo pederasta, fue salvado de la catástrofe, así como sus hijas, virtuosas vírgenes; el mismo autor va a mostrarnos inmediatamente los bellos ejemplos de virtud dados por esta santa familia. El nuevo episodio bíblico no contiene una palabra de reprobación dirigida a los tres escapados de Sodoma. El divino palomo tiene una especialidad: narra las más repugnantes obscenidades como si nada en el mundo fuese más sencillo; el incesto, bajo la pluma del autor sagrado, parece una práctica completamente ordinaria.
El lector excusará también esta cita; es necesaria; es preciso que sea textual, para dar bien a conocer lo que es la Sagrada Escritura, el libro religioso por excelencia, la augusta base del dogma y de la fe.
«Ahora bien, Lot subió de Zoar y fue a habitar en la montaña con sus dos hijas; porque temía morar en Zoar. Y se retiró a una caverna con sus dos hijas. — Y la mayor dijo a la menor: Nuestro padre es viejo, y no ha quedado ningún hombre sobre la tierra que pueda entrar en nosotras, según la costumbre de todos los países. — Ven, pues; embriaguemos a nuestro padre con vino, y acostémonos con él, a fin de poder suscitar simiente de nuestro padre. — Entonces, dieron de beber vino a su padre aquella noche. Luego, la mayor se acercó y se acostó con su padre; mas él no sintió nada, ni cuando se acostó, ni cuando se levantó. — Y, al día siguiente, la mayor dijo a la menor: He aquí, yo me acosté la noche pasada con nuestro padre: démosle de beber vino esta noche también, y tú te acostarás con él a tu vez, a fin de que conservemos simiente de nuestro padre. — En aquella noche, pues, embriagaron de nuevo a su padre, y la más joven se acostó con él, el cual no sintió nada, ni cuando ella concurrió con él, ni cuando se levantó. — Así, las dos hijas de Lot quedaron preñadas de su padre. — La mayor dio a luz un hijo, al que llamó Moab: él es el padre de los moabitas, y su descendencia existe todavía hoy. — Y la menor dio a luz también un hijo, al que llamó Amón; él es el padre de los amonitas, y su descendencia existe todavía hoy.» (Génesis 19:30-38)
Este texto bien puede ser producto de la inspiración directa del Espíritu Santo; no por ello deja de ser infecto. Esta aventura de Lot y de sus hijas no podía escapar a la justa crítica de Voltaire; así pues, para comentarla, nos borraremos por completo detrás del gran filósofo. Las reflexiones de este hombre de genio, que fue el padre intelectual de la Revolución, son tan útiles hoy como en el siglo pasado, puesto que la superstición sigue en pie, con sus dogmas y sus sacerdotes.
«El texto bíblico, escribe Voltaire, no dice lo que hizo Lot cuando vio a su mujer convertida en estatua de sal; tampoco dice el nombre de sus hijas. La idea de embriagar a su padre para acostarse con él en la caverna es singular. El texto no dice dónde encontraron vino; pero dice que Lot gozó de sus hijas sin percatarse de nada, ya cuando se acostaron con él, ya cuando se fueron. Es muy difícil gozar de una mujer sin sentirlo, sobre todo si es virgen. Es un hecho que no nos aventuramos a explicar.
Por lo demás, no se ve por qué las hijas de Lot temían que el mundo se acabase, puesto que Abraham ya había engendrado a Ismael de su sierva, que todas las naciones estaban dispersas, y que la ciudad de Zoar, de donde salían estas muchachas, estaba muy cerca.» ¿Y a quién se dirigieron, pues, para comprar vino, sino a mercaderes de vino que habitaban el lugar?...
Voltaire hace notar además que esta historia tiene alguna relación con la de Mirra, que tuvo a Adonis de su padre Cíniras. «Esto está imitado, dice, de la antigua fábula arábiga de Cíniras y Mirra; pero, en esa fábula mucho más honesta, Mirra es castigada por su crimen, mientras que las hijas de Lot son recompensadas con la mayor y la más preciada de las bendiciones según el espíritu judío: son madres de una numerosa posteridad.»
Quememos azúcar («Quememos azúcar» — fr. «brûlons du sucre»: quemar azúcar era un antiguo modo de ahuyentar el mal olor de una habitación). El Génesis vuelve ahora a Abraham, el patriarcal Alphonse («Alphonse» — nombre que, desde la comedia «Monsieur Alphonse» de Dumas hijo, 1873, designaba en francés a un rufián que vive de las mujeres), siempre dispuesto a repetir el pequeño truco que tan bien le había salido en Egipto.
«En aquel tiempo, Abraham se fue a las tierras del mediodía, y habitó entre Cades y Sur, y atravesó como viajero el país de Gerar. — Y Abraham decía a todos de Sara su mujer: Es mi hermana. Por lo cual Abimelec, rey de Gerar, hizo raptar a Sara para poseerla. — Mas Dios se apareció una noche a Abimelec en un sueño, y le dijo: He aquí, eres hombre muerto, a causa de esta mujer que has tomado; porque tiene marido. — Ahora bien, Abimelec no la había tocado todavía. Respondió, pues: Señor, ¿harías morir a gente inocente e ignorante? — ¿No me ha dicho este hombre él mismo: Es mi hermana? ¿Y no me ha dicho ella misma también: Es mi hermano? He hecho esto con la sencillez de mi corazón y con manos puras. — El Eterno repuso: Sí, yo sé que has obrado con la ignorancia de un corazón sencillo; por eso te he impedido pecar contra mí, y por eso he velado para que no tocases a esta mujer hasta ahora. — Ahora, pues, devuélvela a su marido; este hombre es profeta, y rogará por ti, y vivirás. Mas si no devuelves a esta mujer, entonces ciertamente morirás, tú y todos los tuyos, sábelo. — Y Abimelec se levantó muy de mañana; llamó a toda su gente, les explicó estas cosas, y quedaron sobrecogidos de temor. — Luego, Abimelec hizo venir a Abraham y le dijo: ¿Por qué has obrado de este modo? ¿En qué te he ofendido, para que hayas atraído sobre mí y sobre mi reino un castigo como los que están reservados a los grandes crímenes? Me has hecho cosas que no se deben hacer. — Dímelo, pues: ¿qué has visto entre nosotros que te haya movido a hacer esto? — Abraham respondió: He obrado así porque me decía para mis adentros que quizá no había temor de Dios en este país, y pensé que me matarían a causa de la hermosura de mi mujer. — Por lo demás, puedo decir con verdad que es mi hermana; porque, si no es hija de mi madre, es al menos hija de mi padre; pero también es verdad que me fue dada por mujer. — Ahora bien, aconteció que cuando los dioses me condujeron de acá para allá, lejos de la casa paterna, dije a mi mujer: Dondequiera que vayamos, hazme el favor de decir que soy tu hermano. — Entonces, Abimelec tomó ovejas, bueyes, siervos y siervas, y los dio a Abraham, devolviéndole a Sara su mujer. — Y le dijo: He aquí, mi país está a tu disposición; mas vete de aquí, y habita donde te plazca. — Y dijo a Sara: Había dado mil piezas de plata a tu hermano. Ahora, sigue mi consejo; ten un velo sobre los ojos, delante de todos los que están contigo y delante de todos los demás. Así fue reprendida. — Ahora bien, Dios había cerrado todas las vulvas, a causa de Sara, mujer de Abraham. — Y, a ruego de Abraham, Dios sanó a Abimelec y devolvió la fecundidad a su mujer y a sus siervas; y entonces tuvieron hijos.» (Génesis 20:1-18)
(«cuando los dioses me condujeron» — fr. Ostervald tiene «quand les dieux m’ont conduit», en plural. Taxil vuelve sobre tales plurales como prueba de que el hebreo conserva huellas de muchos dioses; las Biblias españolas, como la Reina-Valera, traducen la frase con un Dios en singular.)
No olvidemos que en esta época la bella Sara tenía noventa años bien cumplidos. (Génesis 17:17)
Se imponen, además, algunas observaciones:
¿Dijo Abraham la verdad cuando afirmó a Abimelec que Sara es a la vez su mujer y su hermana? Si es así, nos hallamos en presencia de otro incesto. ¡Vamos, es cosa limpia, la Biblia!... («es cosa limpia» — fr. «c’est du propre», exclamación irónica que significa lo contrario: ¡qué vergüenza!) No es todo: si, en este asunto, Abimelec produce el efecto de un buen hombre, Abraham, cualquiera que sea el punto de vista en que uno se coloque, es un señor muy ruin. Hermano de Sara, no por ello deja de ser un mentiroso, en su interés de proxeneta; ante todo, su hermana-esposa es una vulgar marmita. («marmita» — fr. «marmite», olla de cocina; argot de la época para una prostituta que mantiene a su chulo) Mentía real y verdaderamente cuando ocultaba su calidad de marido; la explicación que da, cuando se descubre el pote de las rosas («se descubre el pote de las rosas» — fr. «découvrir le pot aux roses», descubrir el secreto oculto), nos ofrece un Abraham casuista a la moda jesuítica; su restricción mental no podría justificarlo a los ojos de la gente honrada.
Por otra parte, este patriarca bienamado, este querido espalda-verde («espalda-verde» — fr. «dos-vert», viejo argot parisino para un rufián, un hombre que vive de las mujeres) a quien Jehová protege y al que da el título de profeta, ¿es bien cierto que sea hermano de Sara, como lo declara de pronto? Los demás pasajes del Génesis parecen indicar lo contrario. En el episodio del rey de Egipto (cap. 12), vimos a Abraham usar por primera vez de esta estratagema que lo enriqueció; pero cuando el Faraón le reprochó su conducta, no pensó en la sutil explicación de ahora: es Abimelec quien tiene la primicia, y se tiene derecho a sospechar que se trata de un nuevo embuste («embuste» — fr. «craque», argot de la época para una mentira) inventado de golpe, bajo el efecto de las vivas recriminaciones del rey de Gerar. ¿Por qué no se habría excusado del mismo modo cuando tuvo que responder al Faraón?
Hay más. El Espíritu Santo, que lo ha dictado todo, se contradice de manera formal. En el capítulo 11 dio a conocer la familia de Taré, padre de Abraham. «Taré tuvo tres hijos: Abram, Nacor y Harán. Y Harán engendró a Lot; luego, Harán murió en presencia de Taré, su padre. Abram y Nacor tomaron mujeres; la mujer de Abram se llamaba Sarai, y la mujer de Nacor se llamaba Milca; ésta era hija de Harán, y tenía por hermana a Isca.» (v. 27-29) Por consiguiente, Nacor se casó con su sobrina. Si Sarai fuese hija de Taré y hermana de Abram, Nacor y Harán, el autor no dejaría de decirlo, en el momento en que precisa los grados de parentesco en la familia de Taré. ¡Mejor aún! llama a Sarai «la nuera de Taré»; ahí está con todas sus letras en el versículo 31. «Y Sarai era estéril, y no tenía hijo. — Y Taré tomó consigo a Abram su hijo, y a Lot, hijo de su hijo Harán, y a su nuera Sarai, mujer de Abram su hijo; y salieron juntos de Ur, ciudad de Caldea, para dirigirse al país de Canaán. Y llegaron hasta Harán, y allí se quedaron. — Allí murió Taré, a la edad de doscientos cinco años.» (v. 30-32) Luego: Abraham, cuidándose poco de parecer marido incestuoso a los ojos de Abimelec, mintió de nuevo, con el pretexto de dar excusas de una primera mentira; o bien, si se decidió a decir al rey de Gerar la verdad que había descuidado dar a conocer al Faraón, es el Espíritu Santo quien, al dictar el Génesis, chapotea en el galimatías y las contradicciones.
Otra impresión que se desprende, en cuanto se examina de cerca, es que todo esto está inventado a placer y que el autor sagrado es un torpe imbécil. El Espíritu Santo, en vena de mistificación y complaciéndose en las fábulas inmorales e inmundas, dicta todo lo que le pasa por la cabeza, y el escritor bobalicón registra imperturbablemente cualquier cosa, vilezas y cuentos grotescos, sin reparar en las contradicciones y las imposibilidades, sin embargo evidentes.
¿Cómo no se dio cuenta de que el palomo se burlaba de él, cuando le hizo inscribir el país de Gerar como un reino? Según el informe de los geógrafos de la antigüedad, Gerar es una pequeña llanura arenosa, sin la menor vegetación, un horrible desierto donde jamás humano alguno pudo fijar domicilio.
¡Abimelec era, pues, rey de un desierto!... ¿Y cuánto tiempo guardó a Sara, sin que Mme Abimelec («Mme» — fr. abreviatura de «Madame», señora: Taxil da a las mujeres de la Biblia el tratamiento burgués francés de su época) tuviese la tentación de arrancarle los ojos a ésta? He aquí otro punto en que resalta toda la impudencia de la patraña del Espíritu Santo.
Este episodio es posterior al incendio de Sodoma y anterior a la época en que Jehová cumplió su promesa de Mamre. En efecto, el capítulo 21 empieza así: «Y el Eterno visitó a Sara, y le hizo así como había prometido. — Sara, pues, concibió, y parió un hijo a Abraham en su vejez, en la estación que Dios le había dicho.» (v. 1-2)

61. Nacimiento de Isaac.
Ocurriendo así este parto un año después del viaje de Shaddai y de los dos ángeles a Mamre, la estancia de Abraham en el país de Gerar se sitúa forzosamente en los tres meses que siguieron al diluvio de fuego. Ahora bien, aun suponiendo que esta estancia en Gerar haya durado exactamente esos tres meses, ¿cómo pudieron la esposa, las siervas y las súbditas de S. M. Abimelec, en el espacio de un trimestre, darse cuenta de que eran estériles, es decir, de que tenían la vulva cerrada, para emplear la delicada expresión del autor sagrado? Hace falta, en general, un buen número de años para que una mujer pueda comprobar que se ha vuelto inepta para tener hijos.
Pero, si se descarta la posibilidad de una comprobación de esterilidad en el orden natural de las cosas, hay que llegar, con la ciencia de los teólogos, a quienes ningún milagro, ni siquiera burlesco, asombra jamás, a la conclusión de que Jehová, en esta circunstancia, había tenido una chanza atrozmente retozona, y de que, cuando el autor sagrado habla de la desolación de los maridos de Gerar al encontrar a sus mujeres cerradas, quiere decir sencillamente que las desdichadas estaban cosidas. En ese caso, uno se representa fácilmente la cara del rey del desierto y la de sus súbditos. ¡Dame! («Dame» — fr. interjección popular, abreviación de «par Notre-Dame», «por Nuestra Señora»: ¡pues claro!, ¡vaya!) esta vez sí que debieron de encontrarla mala («encontrarla mala» — fr. «la trouver mauvaise», tomárselo a mal), y se comprende que Abimelec, para ver el fin de esta plaga, diera a Abraham todo el saint-frusquin («saint-frusquin» — argot francés: todo lo que uno posee, todos los bienes) que pudiera desear, diciendo al profeta y a su mujer-hermana: ¡Largaos pronto de aquí!
Tras el milagro de las mujeres cosidas, el inagotable Génesis nos sirve, pues, el milagro del parto de Sara, mujer de noventa años, que hacía mucho tiempo que no tenía sus menstruos. Es como en casa de Nicolet, cada vez más fuerte («como en casa de Nicolet, cada vez más fuerte» — fr. «comme chez Nicolet, de plus en plus fort», dicho tomado del teatro de feria de Nicolet, en el París del siglo XVIII, cuyos números se anunciaban cada vez más asombrosos); ¡con el chistoso palomo, uno no se aburre!
Ahora llega otro asunto: Abraham, teniendo un hijo legítimo, va a echar por la puerta a Ismael, el hijo que tuvo de su concubina.
«Y Abraham dio el nombre de Isaac al hijo que Sara le había parido. — Y circuncidó a Isaac a los ocho días, como Dios se lo había mandado. — Y Abraham tenía cien años cuando le nació Isaac. — Y Sara dijo: Dios me ha dado motivo de risa; todos los que lo sepan reirán conmigo. — Dijo también: ¿Quién hubiera dicho a Abraham que Sara amamantaría hijos? pues le he parido un hijo en su vejez. — Y el niño creció y fue destetado. Y Abraham hizo un gran banquete el día en que Isaac fue destetado. — Y Sara advirtió que el hijo de la egipcia Agar se burlaba, ese hijo que Agar había parido a Abraham. — Y dijo a Abraham: Echa a esta sierva y a su hijo; porque el hijo de esta sierva no ha de heredar de ti con mi hijo, con Isaac. — Mas Abraham se contrarió por esto, a causa de su hijo. — Entonces, Dios se le apareció y le dijo: No tengas pesar alguno a causa de este niño, ni por tu sierva. Al contrario, obedece a Sara en todo lo que te diga; porque en Isaac será llamada tu posteridad por tu nombre. — Sin embargo, porque el hijo de tu sierva es de tu simiente, haré de él también una gran nación. — Entonces, Abraham se levantó por la mañana, muy temprano, y, habiendo tomado pan y una botella de agua, los puso sobre el hombro de Agar, dándole su hijo; así la despidió. Y Agar se fue errante por el desierto de Beerseba. — Y el agua de la botella se agotó al cabo de algún tiempo. Entonces, Agar acostó a su hijo a la sombra de un arbusto. — Y, habiéndose alejado de él a la distancia de un tiro de arco, dijo: ¡Que no vea yo morir a este niño! Y, como estaba sentada enfrente, alzó la voz, llorando. — Y Dios oyó la voz del muchacho; luego, un ángel de Dios llamó a Agar desde lo alto del cielo y le dijo: ¿Qué tienes, Agar? No temas nada, porque Dios ha oído la voz del muchacho. — Levántate, ve a tu hijo, hazlo levantar y tómalo de la mano; porque haré de él una gran nación. — Entonces, Dios abrió los ojos de Agar, y ella vio un pozo; fue allá, llenó de agua su botella y dio de beber al muchacho. — Y Dios fue con Ismael; creció en el desierto; vivió allí y llegó a ser un hábil tirador de arco. — Se estableció en el desierto de Parán; y su madre le dio una mujer del país de Egipto.» (Génesis 21:3-21)
Esta brusca despedida, dada por Abraham a su primogénito y a la pobre Agar, con un pedazo de pan y una botella de agua, es bien inhumana por parte de un personaje tan poderoso y tan rico, que había sido vencedor de cinco reyes con trescientos dieciocho hombres de la élite de sus criados y a quien su mujer había reportado tanto dinero gracias a su trato con el rey de Egipto y el rey de Gerar. ¡Es difícil, después de esto, decir que la Sagrada Escritura enseña la caridad!
Sigue un episodio que no tiene gran interés. Abimelec, acompañado de Ficol, general en jefe de su ejército, viene a visitar a Abraham y le ruega que le jure, por Dios, que no le dirá nunca más ninguna mentira; el rey de Gerar pide además al patriarca que contraiga alianza con él, y esta alianza se concluye a propósito de un pozo que los servidores de Abimelec disputaban a los criados de Abraham. El patriarca, para probar que fue él quien cavó el pozo en litigio, aparta siete ovejas de su aprisco, en un regalo de carneros y bueyes a Abimelec. Éste acepta el rebaño, pero queda intrigado al ver esas siete ovejas cuidadosamente apartadas de las demás reses. Abraham, interrogado, responde: «He apartado estas siete corderas, y las tomarás de mi mano; te serán por testimonio de que verdaderamente he cavado este pozo.» (v. 30) Abimelec y el general Ficol se declaran convencidos y regresan a su casa. Abraham planta un encinar en torno al pozo; tras lo cual, el Génesis nos enseña que el patriarca de casquette-à-pont («casquette-à-pont» — gorra de copa plana y visera, tocado característico de los rufianes parisinos de la época; Taxil designa así a Abraham como proxeneta) habitó largo tiempo en el país de los filisteos.
Sin embargo, Abraham, que tan feliz era de tener un hijo de su querida y vieja Sara, apenas se esperaba la mala broma que papá Buen Dios le reservaba. «¿Estás loco por tu mocoso («estás loco por» — fr. «tu le gobes», literalmente «te lo tragas entero»: estar encaprichado con alguien), oh profeta de mi corazón? ¡Pues bien, ahora vas a matarlo, tú mismo, ni más ni menos, para serme agradable!» Tal es la sorpresa que Jehová había decretado dar a su patriarca bienamado. Verdad es que era sólo por aparentar. El Eterno, amigo de reír, quería sencillamente pagarse el espectáculo del pasmo de Alphonse Abraham.
Aquí también hay que recurrir a la cita textual; ¡es demasiado hermoso!
«Aconteció, después de estas cosas, que Dios tentó a Abraham. Le dijo: ¡Abraham! ¡Abraham! Y éste respondió: Heme aquí. — Dios le dijo además: Toma ahora a tu hijo único Isaac, a quien amas, y vete al país de Moriah, para ofrecerme este hijo en holocausto, sobre un monte que yo te mostraré. — Abraham, pues, habiéndose levantado de mañana, cinchó su asno y llevó consigo a dos de sus siervos, así como a su hijo Isaac. Luego, habiendo cortado la leña necesaria para el sacrificio, se puso en camino, en dirección al lugar que Dios le había dicho.

62. Dios ordena a Abraham que le inmole a su hijo.
—Al tercer día, divisó el monte, a lo lejos. — Entonces, dijo a los dos siervos: Esperad aquí, con el asno; iremos, el niño y yo, hasta allá, y adoraremos al Eterno; después de lo cual, volveremos. — Y Abraham tomó la leña para la hoguera del sacrificio; la puso sobre la espalda de Isaac su hijo; en cuanto a él, se proveyó del fuego para encender la hoguera, y llevaba también en la mano un gran cuchillo. Así se fueron los dos juntos. — Entonces, Isaac, dirigiéndose a Abraham, le dijo: ¡Padre mío! Y Abraham respondió: ¿Qué quieres, hijo mío? E Isaac dijo: He aquí ciertamente el fuego y la leña; mas ¿dónde está la res para el holocausto? — Y Abraham le respondió: Hijo mío, Dios se proveerá él mismo de la res para el holocausto. Y siguieron andando los dos juntos. — Cuando llegaron al lugar que Dios le había dicho, Abraham edificó allí un altar, dispuso la leña encima; luego, ató a Isaac su hijo, y lo puso sobre la leña que había colocado sobre el altar. — Después, Abraham, extendiendo la mano, tomó el cuchillo para degollar a su hijo. — Mas entonces un ángel del Eterno le gritó desde el cielo: ¡Abraham! ¡Abraham! Y él respondió: Heme aquí. — El ángel le dijo: No extiendas tu mano sobre el niño, ni le hagas ningún mal; porque ahora he conocido que temes a Dios, puesto que no has perdonado a tu hijo único, por mí.

63. Sacrificio de Isaac.
—Y Abraham, alzando los ojos, divisó un carnero que se había trabado por los cuernos en un espeso zarzal. Entonces, fue a tomar ese carnero, y lo inmoló en holocausto, en lugar de su hijo. — Y Abraham llamó a aquel lugar El-Eterno-allí-proveerá. — Y el ángel del Eterno gritó desde los cielos a Abraham por segunda vez. — He jurado por mí mismo, dijo el Señor, porque has hecho esto, no perdonando a tu hijo único. — Por lo cual te bendeciré aún; y multiplicaré muy abundantemente tu simiente, como las estrellas de los cielos y como la arena de las playas que están a la orilla del mar; y tu posteridad poseerá las puertas de tus enemigos; — y todas las naciones de la tierra serán benditas en tu simiente, porque has obedecido a mi voz. — Así Abraham volvió a los dos siervos; y regresaron todos juntos, yéndose entonces a Beerseba.» (Génesis 22:1-19)
Los críticos hacen notar que Abraham, que había suplicado a Dios que perdonase a los habitantes de Sodoma y Gomorra, que eran para él extranjeros, no dirigió la menor plegaria en favor de su propio hijo. Acusan también al patriarca de una nueva mentira, cuando dice a los dos criados: No haremos más que ir, mi hijo y yo, y volveremos. Puesto que iba al monte expresamente para degollar y quemar a Isaac, no podía tener la intención de volver con él. Esta mentira era propia de un bárbaro, si las otras habían sido las mentiras de un codicioso proxeneta que prostituía a su mujer por dinero.
Por otra parte, no es sin sorpresa como se ve a Abraham, anciano de cien años, cortar él mismo la leña de una hoguera antes de ponerse en camino: hace falta, para quemar un cuerpo, al menos una gran carreta de leña seca; un poco de leña verde no podría bastar. Sin duda, toda esa leña fue llevada primero por el asno y los dos siervos. En todo caso, si en total no había más que la carga de un asno, asombra que Isaac, que aún no tenía trece años, pudiera llevarla a su vez.
Se dice también que el braserillo del que se proveyó Abraham para encender el fuego apenas podía contener más que unos cuantos carbones, y que éstos debieron de apagarse antes de llegar al lugar del sacrificio, puesto que en el momento en que el patriarca y su hijo se separaron de los dos criados, el monte Moriah no se divisaba aún sino a lo lejos.
Por último, se ha observado que ese famoso monte Moriah, montaña sobre la cual fue edificado más tarde el templo de Jerusalén, no es más que una roca pelada, de una aridez legendaria; jamás ha crecido en ella el menor arbusto, y toda la campiña de los alrededores de Jerusalén ha estado siempre llena de guijarros, tanto que en todos los tiempos hubo que hacer traer la leña de muy lejos.
No obstante, estas diversas objeciones no impiden que Dios haya probado la fe de Abraham, y que este patriarca haya merecido la bendición de Dios por su obediencia. Veremos, más adelante, a Jefté inmolar a su hija, sin que ningún ángel venga a interrumpir el sacrificio; verdad es que Jefté no vivía del proxenetismo y no era santo.
El capítulo 23 nos enseña que Sara murió a la edad de ciento veintisiete años, en Hebrón, en el país de Canaán. Abraham, teniendo por consiguiente que enterrarla, compró cierta caverna llamada de Macpela, que pertenecía a un tal Efrón; éste se la hizo pagar muy cara. «Efrón dijo a Abraham: La tierra que pides vale cuatrocientos siclos de plata; ése es el precio entre tú y yo; sepulta, pues, a tu muerta. — Y Abraham, habiendo oído esto, pesó la plata que Efrón le pedía y le pagó cuatrocientos siclos de moneda corriente pública.» (Génesis 23:15-16)
Se ha calculado que el siclo de plata equivale a diez francos de nuestra moneda de hoy. Abraham habría pagado, pues, 4.000 francos por el terreno de una caverna en un país absolutamente estéril que forma parte del desierto que rodea al Mar Muerto; ¡es más caro que una concesión a perpetuidad en el cementerio de Montparnasse, en pleno París! Otro motivo de asombro es que de esto resulta que Abraham, aunque gran señor, no poseía ni una pulgada de tierra propia; ¿cómo, con todas sus riquezas, no había adquirido jamás el menor terreno en ninguna parte?... Por último, los críticos han hecho notar que es extraño ver al Génesis hablar de moneda pública corriente en tiempos de Abraham: no sólo no había entonces moneda en Canaán, ¡sino que jamás los judíos acuñaron moneda con su cuño! ¿Hay que entender, pues, que los cuatrocientos siclos en cuestión significan simplemente el valor de esa suma según la apreciación del autor del Génesis? Esta hipótesis no resolvería mejor la dificultad, dado que tampoco se conocía la moneda en la época en que Moisés, pretendido autor del Pentateuco, se suponía que escribía.
Vemos, en el capítulo 25, que Abraham se consoló de la muerte de Sara tomando otra mujer, llamada Cetura; el patriarca tenía, pues, ciento cuarenta años, por lo menos. Ahora bien, hemos visto que Sara misma lo había declarado, cuando estaba en su centésimo año, demasiado viejo para engendrar, y que hizo falta un milagro del cielo para hacerlo padre de un hijo legítimo. Pues bien, con Cetura, sin ninguna intervención divina, Abraham tuvo todavía seis hijos: Zimram, Jocsán, Medán, Madián, Isbac y Súa. Por último, el patriarca querido de Jehová-Shaddai rompió su pipa («rompió su pipa» — fr. «casser sa pipe», expresión popular: morir), una hermosa tarde de su año ciento setenta y cinco (Génesis 25:7), legando todo lo que poseía a Isaac, salvo algunos regalos a sus otros hijos. Y fue enterrado junto a Sara, en la caverna de Macpela.
CAPÍTULO 6 Una familia consagrada a la multiplicación
Es ahora cuando vamos a ver cumplirse las promesas de papá Buen Dios, relativas a la gran multiplicación de la descendencia de Abraham.
Entre la muerte de Sara y su matrimonio con Cetura, el patriarca se había ocupado de establecer a su hijo predilecto; este episodio es objeto del capítulo 24 del Génesis.
Se recordará que Nacor, hermano de Abraham, había desposado a su sobrina Milca. Ahora bien, este señor Nacor, que, por su parte, no gustaba nada de pasarse la vida recorriendo los desiertos, se había establecido en un país fértil, en Mesopotamia. Allí tuvo de Milca ocho hijos, llamados Uz, Buz, Kemuel, Quesed, Hazo, Pildas, Jidlaf y Betuel; y, como estos ocho chiquillos no le bastaban, tomó además una concubina, llamada Reúma, de la que tuvo aún cuatro hijos, a los que dio los nombres de Teba, Gaham, Tahas y Maaca. (Génesis 22:20-24) A su vez, estos hijos se multiplicaron, en particular Betuel, que tuvo, entre otros, un muchacho, Labán, y una muchacha, Rebeca. Es esta última la que, por la gracia de Jehová, había de convertirse en Mme Isaac.
Así pues, el viejo Abraham mandó llamar a su presencia, una hermosa mañana, al más antiguo de sus criados, que era al mismo tiempo el intendente encargado de la administración de sus riquezas. En el Génesis, este intendente no es nombrado sino en el capítulo 15; se llamaba Dammesec Eliezer. «Abraham le dijo: Te ruego, ten un momento en tu mano mi sexo, y así júrame que no tomarás a ninguna de las hijas de los cananeos para darla por esposa a mi hijo, sino que irás a la tierra donde residen mis parientes y allí escogerás la esposa de Isaac.» (Génesis 24:2-4)
Los comentaristas escépticos se han divertido con esta manera de tomar juramento. San Jerónimo y los traductores de la Vulgata, hallándola demasiado cruda, modificaron los términos de este pasaje del Génesis; según ellos, Abraham habría dicho a Eliezer: «Pon tu mano debajo de mi muslo, y así júrame, etc.» («debajo de mi muslo» — la Reina-Valera y las demás Biblias españolas traen la misma lectura: «pon ahora tu mano debajo de mi muslo») Sin embargo, el texto original hebreo dice:
«Toma en tu mano mis partes genitales.» Los sabios explican esto diciendo que las partes viriles eran tenidas en gran veneración, no solo a causa de la circuncisión que las había consagrado a Dios, sino porque son la fuente de la propagación del género humano y la prenda de la bendición del Señor. Por extraña que pueda parecer esta manera de obligarse por juramento, hay que inclinarse con respeto; pues nunca se debe perder de vista que todo esto está dictado por el Espíritu Santo. Los sabios dicen, pues, que, cada vez que se encuentra la palabra muslo en la Biblia arreglada por san Jerónimo, hay que leer otra cosa; así, cuando se lee más adelante que un jefe de nación salió del muslo de Judá, es evidente que hay ahí una alteración del texto sagrado, dado que los niños no se hacen por el muslo, y que, por otra parte, ya se ha podido ver, el divino palomo no se cohíbe para hablar crudamente.
«Eliezer juró, pues, teniendo en la mano las partes genitales de Abraham su amo» (v. 9); tras lo cual se puso en camino con diez camellos y se dirigió a Mesopotamia. ¡Ah! ¡había camino que andar! Cuando Eliezer llegó a cierta distancia de la ciudad donde contaba con encontrar a parientes de su amo, estaba extenuado y se moría de sed. Por fortuna, se encontró con una linda morenita que se paseaba por aquellos parajes, para ir a buscar agua a un pozo situado fuera de las puertas. Esta amable persona, muy caritativa, acudió en socorro de Eliezer y le dio de beber, así como a sus camellos. Pero admirad la Providencia: la morenita no era otra que Rebeca, hija de Betuel, nieta de Abraham.

64. Eliezer y Rebeca.
Eliezer, habiéndole regalado una sortija y dos brazaletes, se informa de su nombre. ¡Cuadro! («¡Cuadro!» — fr. «Tableau !», exclamación tomada del teatro: imagínese la escena) Rápido, pide que lo conduzcan a la familia. Rebeca lo lleva, lo presenta a su padre y a su hermano. El intendente les explica que ha hecho este viaje con el fin de descubrir en Mesopotamia una esposa para Isaac. Betuel y Labán exclaman: La mano de Dios es visible en todo esto; que Rebeca parta, pues, cuanto antes contigo, y que sea la mujer del hijo de tu amo. Eliezer, todo gozoso del éxito tan pronto de su misión, colma a Rebeca de sortijas de plata y de oro y de vestidos suntuosos; «dio también presentes exquisitos a su hermano y a su madre».

65. Eliezer en casa de Betuel y Labán.
La madre de la joven habría querido que la partida se retrasara diez días. Pero Rebeca, interrogada, declaró que tenía prisa por estar junto a ese prometido desconocido. Es difícil creer, sin embargo, que Eliezer le hubiera mostrado la fotografía de Isaac; pero no por ello había dejado de recibir el golpe del rayo («el golpe del rayo» — fr. «le coup de foudre»: el amor súbito, a primera vista). Por su parte, el joven Isaac, aunque no sabía qué mujer le traería Eliezer, ni siquiera si le traería alguna, estaba enamorado, locamente enamorado; pasaba los días y las noches en el camino real. Fácil es, pues, imaginarse la alegría que sintió cuando una hermosa mañana comprobó que Eliezer no volvía con las manos vacías. El intendente hizo un relato fiel de su viaje; los dos jóvenes se arrojaron en brazos uno del otro.

66. Eliezer trae a Rebeca al joven Isaac.
«Entonces, Isaac hizo entrar en seguida a Rebeca en la tienda que había sido la de Sara, su madre; y tomó a Rebeca por mujer; y la amó tanto, que así fue consolado de la muerte de su madre.» (Génesis 24:67)
En los primeros tiempos, por más que Isaac ejecutaba prodigios de buena voluntad, no conseguía llegar a ser papá tan pronto como habría querido. No hace falta más para que el Génesis acuse a Rebeca de esterilidad; ¡siempre es culpa de las mujeres, parbleu! («parbleu» — fr., juramento suavizado de «par Dieu», «por Dios») «E Isaac, viendo a su mujer infecunda, rogó instantemente al Eterno por ella; y el Eterno fue ablandado por sus ruegos, y Rebeca concibió.» (Génesis 25:21)
Entre nosotros, Jehová hacía remilgos; pues, ¿sí o no, había prometido a Abraham que tendría una descendencia sin fin? Sí, ¿no es verdad? Ahora bien, fue su Providencia misma la que había escogido a Rebeca para ser la esposa del hijo de Abraham; papá Buen Dios no podía, pues, sin faltar a su palabra, haber dado a Isaac una mujer improductiva. Está claro. Si había vuelto a cerrar esa vulva, era, pues, pura y simplemente cuestión de darse el gusto de volver a abrirla, después de haber hecho posar un poco («hacer posar» — fr. «faire poser», familiar: hacer esperar a alguien, tenerlo plantado) al heredero de su bienamado Alfonso Abraham («Alfonso» — fr. «Alphonse», nombre que en el argot parisino de la época designaba al hombre que vive de las mujeres, al chulo, por la comedia «Monsieur Alphonse» de Alejandro Dumas hijo, 1873,).
Pero aquí la historia se complica.
«Y Rebeca, habiendo concebido, dos niños estaban en su vientre, y se peleaban en él. Y Rebeca dijo: Si es así, ¿por qué he concebido? Y fue a consultar al Eterno.» (Génesis 25:22)
No se ve bien cómo dos fetos pueden pelearse en una matriz, sobre todo al comienzo de un embarazo. Una mujer puede sentir dolores; pero de ahí a sentir que hay en ella sesiones de boxeo y de chausson («chausson» — fr., nombre antiguo de la savate, el boxeo francés que se practica con los pies) entre dos gemelos, ¡hay mucha distancia! tanto más cuanto que, hasta el parto, nunca se sabe si vendrá un solo niño o si habrá dos gemelos; el mismo médico partero no sabría profetizar a este respecto; incluso, en el parto, en el momento en que el niño se presenta, ningún práctico puede afirmar si el alumbramiento será simple o doble.
El autor sagrado omite decir a qué lugar se dirigió Rebeca para consultar a papá Buen Dios. El tabernáculo no había sido inventado todavía. Era Jehová quien aparecía cuando quería; no había elegido domicilio alguno en la tierra.
No obstante, fue consultado, y respondió: «Dos naciones hay en tu vientre, dijo el Eterno a Rebeca, y dos pueblos saldrán de tu vulva; se dividirán; uno de los dos será más fuerte que el otro, y el mayor estará sometido al menor.» (Génesis 25:23)
Por fin llegó el tiempo del parto; Rebeca tuvo los dolores, en castigo de la gula de Eva, «y he aquí que se hallaron dos gemelos en su matriz. El primero que salió era rojo y erizado de pelos, como un manto; su nombre es Esaú. E inmediatamente después salió su hermano, teniendo con su mano el talón de Esaú; y lo llamaron Jacob. Y era Isaac de sesenta años cuando nacieron.» (Génesis 25:24-26) Es raro que un niño nazca todo velludo, tan raro que Esaú es el único ejemplo. No es menos raro que un niño, al nacer, tenga a otro por el pie. Pero, de que esas cosas ya no ocurran hoy, no habría que concluir que no debieron de ocurrir entonces. Estas fantasías de Jehová no son nada al lado de otros milagros que tendremos que referir.
Fue Esaú a quien se declaró el primogénito. Se sabe que la cuestión de primogenitura se resuelve, en diversas jurisprudencias, en favor de aquel de los dos gemelos que ha venido al mundo el segundo, y, para decidir así, se apoyan en que, concebido y formado el primero, ha debido de ocupar el fondo de la cavidad uterina. Por esta razón, quizá se pensará que Jacob era más naturalmente el primogénito que Esaú. ¡Pero estos niños se habían peleado tanto en el vientre de su madre que, sin duda, habían cambiado de sitio muy a menudo! No se pensó, pues, en echar a pajas a quién correspondía el título de primogénito, y se juzgó más sencillo dárselo al que había visto la luz primero. Por lo demás, Jacob no iba a tardar en sustituir a Esaú.

67. Infancia de Esaú y de Jacob.
«Cuando fueron adultos, Esaú fue diestro cazador y hombre del campo; pero Jacob era un hombre sencillo, que se estaba de asiento en las tiendas. — E Isaac amaba a Esaú, porque la caza era su carne preferida; en cambio, Rebeca amaba a Jacob. — Y un día que Jacob cocía un potaje de lentejas, Esaú llegó de los campos, estando muy cansado. — Y dijo a Jacob: Dame, te ruego, a comer de ese potaje rojo, porque estoy rendido. Por eso lo llamaron Edom. — Pero Jacob le respondió: Véndeme hoy tu derecho de primogenitura. — Me muero de hambre, replicó Esaú; ¿de qué me serviría mi derecho de primogenitura? — Y Jacob insistió, diciendo: Júrame, pues, que renuncias a él. Y Esaú se lo juró, y así vendió su derecho de primogenitura a Jacob. — Entonces Jacob dio a su hermano pan y el potaje de lentejas. Y Esaú comió y bebió, luego se levantó y se fue, habiendo menospreciado así su derecho de primogenitura.» (Génesis 25:27-34)

68. Esaú cede a Jacob su derecho de primogenitura.
No nos detendremos a discutir la extravagancia de esta chicana, en una época en que no había todavía derecho de primogenitura, puesto que no existía ninguna ley positiva; solo mucho tiempo después, en el Deuteronomio, se ve instituir ese derecho, declarando el legislador que el primogénito tendrá doble porción. Pero es sobre todo interesante hacer notar, con los filósofos, hasta qué punto la conducta de Jacob fue indigna: según el mismo texto sagrado, Esaú perecía de hambre, y Jacob, abusando del estado en que se hallaba su hermano, no tiene excusa; la Biblia no tiene una palabra para justificarlo. Por otra parte, el nombre de Jacob significa «el que suplanta». Parece, en efecto, merecer bien ese nombre, puesto que suplantó siempre a Esaú. No se contenta con venderle sus lentejas tan caras; como un bandido que hace firmar a su víctima una petición de rescate, arranca a su hermano el juramento de renuncia a sus derechos; lo arruina por una escudilla de puré sin ningún valor; y no es el único perjuicio que le hará. Pues bien, ese trato en que el hambriento es cínicamente explotado y engañado, esa transacción caduca por sí misma, esa renuncia extorsionada que cualquier tribunal habría declarado nula, el señor Jehová, pretendido dios de justicia, protector de los débiles, vengador de los oprimidos, ha ratificado todo eso, ha aceptado a Jacob como legítimo propietario de esos famosos derechos de primogenitura, y el despojo de Esaú ha sido reconocido por Dios como regular y válido para siempre.
Algún tiempo después, Isaac se mostró digno hijo de Abraham. Habiendo sobrevenido una gran hambre, Isaac se fue a Gerar, donde seguía reinando Abimelec, a quien el Génesis llama de pronto rey de los filisteos. Dios habría podido dar pan a Isaac, para él y su familia; pero no, prefirió favorecerlo con una visión, en la que le dirigió un discurso exactamente igual a los que regalaba a Abraham: Multiplicaré tu simiente como las estrellas del cielo, daré a tu posteridad todas las tierras, y todas las naciones de la tierra serán benditas en tu simiente (tonada conocida). Isaac se quedó, pues, en Gerar, y cuando las gentes del país le preguntaban por Rebeca, respondía: Es mi hermana (26:1-7).
«Y un día, Abimelec, rey de los filisteos, miraba por su ventana, y, con gran sorpresa suya, vio que Isaac acariciaba a Rebeca. — Entonces hizo venir a su presencia a Isaac, y le dijo: Es cierto, lo he visto, que esta mujer es tu esposa; entonces, ¿por qué has dicho a todos que es tu hermana? E Isaac respondió: Tuve miedo de que me mataran a causa de su hermosura. — Y Abimelec exclamó: ¿Qué nos has hecho ahí? ¡Poco ha faltado para que alguno de mi pueblo se acostara con tu mujer, y así nos habrías atraído un gran pecado! — Abimelec hizo, pues, una ordenanza, promulgada para todo el pueblo y que decía esto: Cualquiera que toque a Isaac o a su mujer será castigado con la muerte.» (Génesis 26:8-11) Abimelec, como se ve, se acordaba del milagro de las mujeres cosidas, aunque ya hubieran transcurrido más de ochenta años desde la aventura de Sara. Por otra parte, lo que es bastante singular es que la Biblia nos representa siempre a los filisteos como adoradores de otro dios que el de Abraham y de Isaac, y sin embargo he aquí que su rey, idólatra, reconoce constantemente la divinidad de Jehová. ¡Qué embrollo!
«Y en el país de Gerar, Isaac sembró en la tierra, y recogió aquel año el céntuplo de lo que había sembrado.» (Génesis 26:12) Ya es fuerte que Isaac haya podido sembrar en un país donde no poseía ni una pulgada de terreno; pero, sin perder de vista que el país de Gerar es un desierto donde no hay más que arena, uno se maravilla aún más; ¡y es una cosecha de ciento por uno la que sale de esa arena! Las tierras más fértiles del mundo raras veces han producido veinticinco por uno. ¡Isaac tenía suerte!...
El Génesis nos enseña que se enriqueció muy pronto: con cosechas semejantes, se concibe. Los filisteos le tuvieron envidia y taparon con guijarros todos los pozos que Abraham había cavado en otro tiempo. De ahí, querellas; Abimelec le rogó que se fuera más lejos. Isaac partió, se estableció en un valle y destapó los pozos de su padre. Nuevas disputas; nueva aparición de Jehová, para animar a Isaac; nuevo tratado de alianza con Abimelec; gran festín. El lector comprenderá que le ahorremos todos estos detalles fastidiosos (v. 13-33).
En cuanto a Esaú, «cuando tuvo cuarenta años, desposó a Judit, hija de Beeri, heteo, y a Basemat, hija de Elón, otro heteo, las cuales, ambas, ofendieron a Isaac y a Rebeca» (Génesis 26:34-35). El autor sagrado no nos dice en qué consistió esta ofensa. No obstante, Esaú siguió siendo el hijo preferido de su padre.
«Habiendo envejecido Isaac, sus ojos se oscurecieron tanto que ya no podía ver. Llamó a Esaú, su hijo mayor, y le dijo: Hijo mío. Esaú respondió: Heme aquí. — E Isaac le dijo: Ya lo ves, ahora soy muy anciano, e ignoro qué día moriré. — Toma, pues, ahora tu aljaba y tu arco; ve al campo y tráeme caza. — Hazme con ella un guiso como sabes que me gustan; tráemelo, para que coma de él y mi alma te bendiga antes de que muera. — Y Rebeca escuchaba mientras Isaac hablaba a Esaú su hijo. Este partió, pues, al campo para cazar y traer caza. — Entonces Rebeca dijo a Jacob su hijo: He oído a tu padre, que hablaba a Esaú tu hermano y le decía: Tráeme de tu caza y hazme con ella un guiso, para que coma de él, y te bendeciré delante del Eterno antes de morir. — Ahora, pues, hijo mío, obedece a mi palabra y haz lo que voy a mandarte. — Ve a nuestro rebaño y toma dos de los mejores cabritos; con su carne aderezaré un guiso para tu padre, como sé que le gustan. — Llevarás estos manjares a tu padre, para que los coma, y así es a ti a quien bendecirá antes de su muerte. — Jacob respondió a Rebeca su madre: Sabes que Esaú mi hermano es muy velludo, y yo no tengo pelo. — Si mi padre llega a palparme, comprenderá que he querido engañarlo, y atraeré sobre mí su maldición, en lugar de su bendición. — Y su madre le dijo: ¡Que esa maldición que temes caiga sobre mí! Obedece solamente a mi palabra, y ve a buscar lo que te he dicho. — Fue, pues, y trajo los dos cabritos a su madre, y Rebeca preparó uno de esos guisos de los que Isaac era tan goloso. — Luego tomó los más ricos vestidos de Esaú su hijo mayor, que estaban en la casa, y vistió con ellos a Jacob su hijo menor. — Y, con las pieles de los cabritos, le cubrió las manos y el cuello, que estaban sin pelo. — Después entregó a Jacob el guiso, así como pan que había cocido. — Jacob vino, pues, a Isaac y le dijo: Padre mío. Isaac respondió: Aquí estoy; ¿quién eres, hijo mío? — Y Jacob dijo a su padre: Soy Esaú tu hijo mayor; he hecho lo que me mandaste. Levántate, te ruego; siéntate y come de mi caza, para que tu alma me bendiga. — Pero Isaac dijo: ¿Qué es esto? ¿Cómo has podido hallar caza tan pronto? Jacob respondió: El Eterno, tu dios, ha querido que la hallase en seguida. — Isaac dijo aún: Hijo mío, acércate, pues, para que te palpe, y sabré así si eres mi hijo Esaú mismo, o si no lo eres. — Jacob, pues, se acercó a su padre, que lo palpó; e Isaac dijo: Esta voz es la voz de Jacob, pero estas manos son las manos de Esaú. — Así, no lo reconoció, porque sus manos, siendo velludas, le parecieron semejantes a las de su hijo mayor; y lo bendijo. — Y le dijo de nuevo: ¿Eres realmente mi hijo Esaú? Jacob respondió: Lo soy. — Dame, pues, a comer de tu caza, continuó Isaac, para que mi alma te bendiga. Jacob le sirvió los manjares, y comió de ellos; le trajo también vino, y bebió de él. — Luego Isaac le dijo: Acércate, te ruego, y bésame, hijo mío. — Jacob se acercó y lo besó; e Isaac, habiendo olido el olor de sus vestidos, lo bendijo, diciendo: He aquí, en verdad, el olor de mi hijo, como el olor de un campo que el Eterno ha bendecido. — ¡Que Dios te dé el rocío del cielo y la grosura de la tierra, y gran abundancia de trigo, y el mejor vino! — ¡Que los pueblos te sirvan, y que las naciones se postren delante de ti! ¡Sé señor de tus hermanos, y que los hijos de tu madre se inclinen delante de ti! ¡Cualquiera que te maldiga sea maldito, y cualquiera que te bendiga sea bendito!» (Génesis 27:1-29)

69. Jacob se hace bendecir por Isaac.
Todo esto merece algunas observaciones; pero veamos primero el final de esta edificante historia.
«Apenas había salido Jacob después de recibir la bendición de Isaac, cuando Esaú volvió de la caza. — Aderezó también él su caza y llevó el guiso a su padre, diciéndole: Levántate, padre mío, para que comas de la caza de tu hijo, y que tu alma me bendiga. — E Isaac dijo: ¿Quién eres tú, pues? Esaú le respondió: Soy Esaú tu hijo mayor. — Entonces Isaac experimentó una extraordinaria emoción, y dijo: Pero ¿quién es el que me ha traído caza, y dónde está? He comido, antes de que vinieras, de todo lo que me ha presentado; lo he bendecido, ¡y he aquí que será bendito! — En cuanto Esaú oyó estas palabras, lanzó un grito muy grande y muy amargo, y dijo a su padre: ¡Ah! ¡dame también a mí tu bendición, padre mío! — Pero Isaac respondió: Es tu hermano quien ha venido aquí fraudulentamente; ha logrado sorprenderme, y se ha llevado tu bendición. — Esaú replicó: Con razón lo llamaron Jacob; pues ya me ha suplantado dos veces: me quitó mi derecho de primogenitura, y he aquí que ahora me ha robado tu bendición. Vamos, padre mío, ¿no has reservado bendición alguna para mí? — E Isaac respondió a Esaú: He aquí lo que he hecho; lo he establecido por señor tuyo, y le he sometido a todos sus hermanos; tendrá trigo en abundancia, tendrá el mejor vino; después de esto, ¿qué puedo hacer por ti, hijo mío? — Y Esaú dijo aún: ¿No tienes, pues, más que una sola bendición, padre mío? Oh padre mío, bendíceme también a mí. Y Esaú lloró, dando grandes gritos.

70. Furor de Esaú.
— Isaac le respondió: Pues bien, he aquí para ti: tu morada estará en una tierra grasa, regada por el rocío de los cielos de arriba. — Y vivirás por tu espada; pero servirás a tu hermano; no obstante, vendrá el tiempo en que sacudirás el yugo de tu cuello.» (Génesis 27:30-40) Y eso es todo; Esaú no tuvo bendición.
Apelo al propio León XIII, quien hizo una mueca y dio un puñetazo, según se dice, cuando supo que yo lo había mistificado de la más hermosa manera y que, como buen fumista («fumista» — fr. «fumiste», literalmente el que instala estufas, en argot un bromista o mistificador), le había sonsacado bendiciones de las que me burlaba en mi fuero interno. Sí, apelo al Santo Padre en persona, y lo encierro en este dilema: o esta historia de Isaac, Rebeca, Esaú y Jacob es una ridícula craque («craque» — fr. voz familiar: mentira, cuento inventado), y en tal caso León XIII haría mal en guardarme rencor, puesto que el Espíritu Santo, inspirador del Génesis, mistificando a los devotos crédulos, da el ejemplo de las patrañas gordas y muestra que en materia de religión se les puede contar de todo a los imbéciles; o bien esta historia es rigurosamente verdadera, y en tal caso el Dios de los católicos es él mismo un simple pepinillo («pepinillo» — fr. «cornichon», pepinillo en vinagre: en el francés familiar, un tonto, un bobo), puesto que sus bendiciones quedaron ligadas a las del gagá Isaac, a quien Jacob mistificó en los grandes premios («en los grandes premios» — fr. «dans les grands prix», familiar: a lo grande, por completo). En un caso como en el otro, los librepensadores fumistas no tienen por qué cohibirse; pueden, si les divierte, pagarse la cabeza («pagarse la cabeza de» — fr. «se payer la tête de quelqu’un», familiar: burlarse de alguien) de los fieles y de los curas, de los obispos y del papa, de los patriarcas, santos y profetas, e incluso de papá Buen Dios, convertido en el más reblandecido de la colección.
En efecto, según se desprende del texto sagrado, la bendición de Isaac no era una bendición paterna ordinaria, es decir, el deseo que un padre forma por la felicidad de su hijo; era, por el contrario, un acto solemne, formal, que acarreaba consecuencias precisas y ciertas, algo así como un acto a la vez religioso y jurídico, con todo el valor de un acta notarial de hoy: aunque verbal, esta bendición era como un documento escrito, y el beneficiario era precisamente aquel sobre cuya cabeza había sido pronunciada, quienquiera que fuese, puesto que no estaba sujeta a ser retirada ni anulada. La Sagrada Escritura nos muestra a Isaac profundamente conmovido cuando advierte que ha sido engañado; está muy contrariado por haberse dejado burlar por Jacob; pero le es imposible volver sobre lo hecho; n, i, ni, fini. («n, i, ni, fini» — fr., fórmula escolar de deletreo, «n, i, ni, c’est fini»: «se acabó», y no hay más que hablar) Jacob ha robado y se ha llevado la bendición destinada a Esaú; ¡tanto peor para Esaú!
Nos hallamos, pues, en presencia de un fraude verdaderamente criminal; en conciencia, cualquier jurado declararía a Jacob culpable de haber cometido el crimen de falsedad; sería condenado, así como su madre, habiendo sido Rebeca no solo cómplice, sino instigadora del hecho punible, habiéndolo perpetrado, habiendo preparado todo el fraude y puesto todo en obra para asegurar su éxito.
Ahora bien, por criminal que haya sido la superchería, puesto que tenía por objeto y tuvo por efecto frustrar a Esaú de un bien tan considerable como esa bendición tan fecunda en resultados materiales, uno se pregunta, por otra parte, cómo pudo Isaac caer en la red («caer en la red» — fr. «tomber dans le panneau»: el panneau es la red que tiende el cazador; caer en la trampa, dejarse engañar); la palabra «gagá» («gagá» — fr. «gaga»: chocho, caído en la decrepitud mental), de la que me he servido hace un momento, no es demasiado fuerte. ¡Cómo! El Génesis nos dice que el buen viejo había reconocido la voz de Jacob; está lleno de vacilaciones, desconfía, y, a pesar de eso, ¿se deja coger, como el último de los idiotas, en un artificio de los más groseros?... Espera caza, le gusta la caza, es goloso de ella, y su gula es una de las causas de su preferencia por Esaú; ahora bien, le sirven cabrito, y su paladar, tan acostumbrado a la caza, confunde el cabrito con el faisán o la liebre. ¡Mazette! («mazette» — fr. «mazette !», exclamación familiar de sorpresa admirativa) ¡qué cordon-bleu («cordon-bleu» — fr. «cordon-bleu»: cocinera de primer orden), señora Rebeca! ¡he ahí una cocinera fuera de lo común, que habría confeccionado una bouillabaisse con algas y guijarros!... Pero el sentido del gusto no es el único que se ha descompuesto de repente en el viejo Isaac; está gagá hasta en el olfato y el tacto. Rebeca había recubierto con la piel de un cabrito las manos y el cuello de Jacob; ahora bien, por peludo que fuese Esaú, su piel no podía parecerse a la de un cabrito. Isaac no piensa en palpar el resto del cuerpo; no se da cuenta de que las manos de su hijo no tienen uñas. Huele el olor de los vestidos de Esaú, y nada más; sin embargo, el olor de la piel de un animal recién matado debía de hacerse sentir.
Esto en cuanto a la chochez de Isaac. Además, uno se pregunta cómo pudo Dios vincular sus bendiciones a las de Isaac, extorsionadas mediante un fraude tan punible y que solo un baboso, en el último grado de la decrepitud, podía no descubrir. He aquí, pues, a Dios esclavo de una vana ceremonia, que por sí misma no tiene fuerza alguna, o bien Jehová está lo bastante reblandecido para hacer pareja con Isaac gagá.
Estas observaciones se aplican a la hipótesis de la veracidad del episodio. Pero es bien evidente que si esta historia es una pura patraña, — lo que dejaría el cerebro de papá Buen Dios fuera de toda sospecha de embrutecimiento, — la Iglesia ya no puede darnos a venerar a su divino palomo como a un inspirador grave y serio: o ese volátil eterno chochea como un loro vuelto a la infancia; o bien es un canard mistificador («canard» — fr. «canard», «pato», pero también «noticia falsa, bulo»; Taxil juega con los dos sentidos). Nos inclinamos hacia esta última opinión.
Ea, veamos la continuación de las altas fantasías del palomo-canard.
Esaú, vejado — ¡y había de qué! — por haber sido estafado y por ver sobre la cabeza del estafador esa hermosa bendición completamente nueva cuyo regalo le había sido prometido, se juró matar a Jacob. La madre Rebeca, espantada, aconsejó a Jacob que tomara vivamente unos granos de poudre d’escampette («poudre d’escampette» — fr. «prendre la poudre d’escampette», literalmente «tomar los polvos de escapada»: largarse a toda prisa, poner pies en polvorosa); este, algo cobardón, por lo demás, no se lo hizo decir dos veces. Rebeca le dijo, pues, que se refugiara en casa de su hermano Labán, y el viejo Isaac le instó a aprovechar la circunstancia para casarse con una de sus primas. (Génesis 27:41-46; 28:1-5) Mientras Jacob se dirigía a Mesopotamia, Esaú fue a dar una vuelta por el país de Ismael; allí se casó con Mahalat, hija de Ismael; sus dos primeras mujeres no le bastaban (v. 6-9).
He aquí, pues, a Jacob en camino hacia Harán (v. 10). «Y habiendo llegado a cierto lugar, y queriendo descansar allí después de puesto el sol, Jacob tomó una piedra, la puso bajo su cabeza y se durmió en aquel lugar. — Entonces tuvo un sueño en el cual vio una escalera, que estaba apoyada en la tierra, y cuyo extremo superior tocaba hasta los cielos; y los ángeles de Dios subían y bajaban a lo largo de esa escalera. — Vio también al Eterno, que estaba en el extremo de la escalera, y que le dijo: Yo soy el Eterno, el Dios de Abraham y de Isaac; te daré la tierra donde duermes, a ti y a tu posteridad; — y tu simiente será como el polvo de la tierra; te daré el Occidente y el Oriente, el Norte y el Mediodía; en ti y en tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra; — y yo estoy contigo, tu guardián y tu guía dondequiera que vayas, y te haré volver a este país.

71. La escalera de Jacob.
— Cuando Jacob despertó, dijo: ¡Verdaderamente, el Señor está en este lugar y yo no sabía nada! — Y tuvo miedo y exclamó: ¡Cuán terrible es este lugar! es la casa de Dios y la puerta del cielo. — Y, levantándose muy de mañana, tomó la piedra de la que había hecho su cabecera, la erigió y derramó aceite por encima. — Luego dio por nombre Betel a la ciudad que antes se llamaba Luz. — E hizo un voto al Señor, diciendo: Si Dios permanece conmigo, si me preserva de accidentes en el viaje que hago, si me da pan para comer y vestidos para vestirme; — y si vuelvo sano y salvo a casa de mi padre, entonces ciertamente el Señor será mi dios; — y esta piedra, que he erigido como un monumento, se llamará la casa de Dios; entonces, sí, Señor, te daré el diezmo de todo lo que me hayas dado.» (Génesis 28:11-22)
Dejemos de lado el discutir la existencia de una ciudad llamada Luz o Betel en la región de que se trata; los geógrafos nunca han oído hablar de Betel, como tampoco de Luz. Lo que hay que admirar es el espíritu práctico del asombroso Jacob. Ha embaucado a Esaú su hermano mayor, a Isaac su padre y a Jehová mismo, de rechazo; así que se propone muy bien no dejarse estafar por papá Buen Dios, y pone sus condiciones al Señor Altísimo. El dios de sus antepasados acaba de darle un espectáculo abracadabrante; le ha mostrado a sus ángeles entregándose en una escalera a ejercicios de gimnasia muy variados; le ha prometido montes y maravillas («montes y maravillas» — fr. «promettre monts et merveilles»: prometer cosas magníficas que nunca se darán) en un hermoso discurso. El primer sentimiento de Jacob es el temor mezclado de respeto; pero pronto se tranquiliza y reflexiona que todo aquello no era más que un sueño. Así que le dice al dios de sus antepasados: «Si me das pan y vestidos, serás mi dios; te adoraré.» Lo que equivale a decir: «Si no me das nada, ¡zut para ti, viejo!» («zut» — fr. «zut !», interjección de despecho: «¡al diablo contigo!») Promete el diezmo, un huevo, al Señor, pero a condición de que el Señor le haya gratificado con un buey («un huevo… un buey» — fr. «un œuf… un bœuf»: alusión al proverbio francés «donner un œuf pour avoir un bœuf», dar poco para recibir mucho). ¡Enhorabuena!... Los críticos han comparado este discurso de Jacob con los usos de ciertos pueblos que arrojaban sus ídolos al río cuando no habían obtenido la lluvia pedida. He conocido a una vieja beata que ponía a san José en penitencia cuando no había ganado a la lotería; es decir, volvía la estatua de san José, con la cabeza contra la pared, en su hornacina; esa buena cristiana, piadosa, pero marrullera en su superstición, debía de descender de Jacob.
Después de este incidente de viaje, Jacob se puso de nuevo en camino. En un campo, un pozo donde se abrevaban los rebaños le proporcionó la ocasión de trabar conocimiento con una pastorcilla; justamente, era su prima Raquel. Como se ve, el Génesis se repite: Eliezer, por un azar providencial, había encontrado también, junto a un pozo, a Rebeca, a quien no conocía y a quien venía a buscar.
Raquel, que era la hija menor de Labán, condujo, pues, a casa de su padre al amable primo Jacob; presentación a la familia. Lea, la hija mayor, tenía «los ojos legañosos», nos dice la Biblia, y dejó a Jacob absolutamente frío. En cambio, Raquel tuvo el don de darle en el ojo («darle en el ojo» — fr. «taper dans l’œil», literalmente «pegar en el ojo»: gustar a alguien de golpe, caerle en gracia); «tenía el talle fino y era hermosa de ver». Jacob comunicó sus preferencias al tío Labán, quien hizo oír a su sobrino algunas palabras de esperanza.
Ahora bien, Labán era un hombre práctico. Le dijo a Jacob: — Pequeño mío, quieres casarte con Raquel; no me opongo, pero hay que ganarla.

72. Jacob pide a Labán la mano de su hija Raquel.
— ¿Cómo es eso, tío? — Sirviéndome de criado durante siete años, a fin de que yo tenga tiempo de ver si eres un muchacho trabajador y formal.
Quedó cerrado el trato. Durante siete años, para poner a prueba a Jacob, el tío le hizo hacer la tarea más dura de la casa.

73. Jacob entra a servir en casa de Labán.
Terminada la prueba, llegó el día de la boda. La novia estaba cubierta con un gran velo, según la costumbre; Jacob coleaba como un pez en el agua. Labán, grave y solemne, desempeñó él mismo, en este asunto, las funciones de alcalde y de gran sacerdote. Declaró consumado el matrimonio, con gran satisfacción de Jacob.

74. Primer matrimonio de Jacob.
Esta ceremonia fue muy solemne. Aquí es bueno citar el texto dictado por el Espíritu Santo:
«Labán, pues, reunió a toda la gente del país y dio un gran festín. — Mas, cuando llegó la noche, tomó a Lea, su hija mayor, y la entregó a Jacob, que se acostó con ella. — Mas, a la mañana, al despertar, Jacob reconoció que era Lea; y dijo a Labán: ¿Por qué has obrado así? ¿no te he servido siete años para tener a Raquel? ¿por qué me has engañado?

75. Jacob se da cuenta de que es Lea la que le ha sido dada en matrimonio.
— En este país, respondió Labán, no es costumbre casar a una hija menor antes que a su hermana mayor. — Acuéstate con Lea durante una semana más, y, a condición de que seas de nuevo mi servidor para un trabajo de siete años, entonces te daré también a Raquel.

76. Jacob vuelve a entrar por segunda vez a servir en casa de Labán.
— Jacob hizo, pues, así; cumplió durante una semana sus deberes de esposo con Lea, y Labán le dio por mujer también a Raquel. — Jacob se acostó por fin con Raquel, a quien amó más que a Lea, habiendo servido en casa de Labán otros siete años más.» Con ocasión de este doble matrimonio, Labán había dado a Lea una sierva llamada Zilpa, y a Raquel una sierva llamada Bilha. (Génesis 29:22-30)

77. Jacob se casa por fin con Raquel.
Así Jacob, que había embaucado a su padre y a su hermano, fue embaucado por su tío. Solamente que no se comprende demasiado cómo, habiendo vivido primero durante siete años en la familia y conociendo bien a sus dos primas, pasó toda una noche con Lea creyendo habérselas con Raquel.
«Y el Eterno, viendo que Jacob desdeñaba a Lea, abrió la vulva de esta, y en cambio cerró la vulva de Raquel.» (Génesis 29:31). Esto ya no está nada mal; pero lo más hermoso es lo que el Génesis añade en los cuatro versículos siguientes: Jacob no es presentado como habiendo cumplido sus deberes conyugales más que durante una semana en total, la semana que siguió a su primer matrimonio; pues bien, a pesar de ello, Lea le puso uno tras otro cuatro hijos, que fueron Rubén, Simeón, Leví y Judá.
«Entonces Raquel, viendo que no daba hijos a Jacob, le dijo: Hazme hijos, o si no, moriré. — Y Jacob montó en gran cólera contra Raquel y exclamó: ¿Me tomas, pues, por un dios? Yo hago todo lo que es necesario, pero ¿soy yo quien te quita el fruto de tu vientre? — Raquel respondió: Si es así, he aquí a Bilha mi sierva; entra en ella; y cuando esté para dar a luz, parirá sobre mis rodillas; así tendré hijos por ella. — Y Jacob se acostó con Bilha. — Bilha concibió, y fue un hijo lo que parió a Jacob. — Raquel dijo: Dios me ha escuchado, pues; y dio a este hijo el nombre de Dan. — Bilha concibió de nuevo y parió un segundo hijo. — Y entonces Raquel dijo: En todo esto he luchado fuertemente contra mi hermana, y he aquí que tengo la victoria. Por lo cual dio a este niño el nombre de Neftalí. — Mas Lea, viendo que había cesado de tener hijos, tomó a su sierva Zilpa y la metió en la cama de Jacob. — Y Zilpa, a su vez, parió un hijo a Jacob. — Entonces Lea dijo: Este niño que llega es como una tropa de refuerzo. Por lo cual lo llamó Gad. — Luego Zilpa parió otro hijo a Jacob. — Y Lea dijo: Esto es más dichoso todavía: ahora todas las hijas me llamarán bienaventurada. Y llamó al niño Aser.» (Génesis 30:1-13)
¿Con qué comentario acompañar este texto edificante?... No insistamos.
La continuación es más edificante todavía. Para comprender lo que se va a leer, es bueno saber que, según una creencia antigua, difundida aún en algunas comarcas rurales, las raíces de mandrágora serían muy eficaces contra la impotencia. Como estas raíces tienen una forma extraña que se presta fácilmente a transformaciones obscenas, los charlatanes, en toda época, hacían de ellas príapos que recomendaban llevar encima; o bien se las hacía macerar, y el licor que así se sacaba de ellas pasaba por un maravilloso filtro de amor. El Espíritu Santo se ha divertido, pues, dictando al escritor del Génesis un episodio que pone de relieve esta extraña planta de pretendidas virtudes afrodisíacas. Es Rubén quien va a cogerlas para su madre; ¿no es encantador?...
«Y Rubén, habiendo ido a los campos en el tiempo de la siega, desenterró allí mandrágoras, que llevó a Lea su madre. Y Raquel dijo a Lea: Dame, te ruego, de esas mandrágoras. — Mas Lea le respondió: ¿No es ya bastante que me hayas quitado a mi marido, y es preciso además que quieras comer las mandrágoras que mi hijo me ha traído? Raquel le dijo: Pues bien, a cambio de esas mandrágoras que te pido, te devolveré a Jacob para que se acueste una noche contigo. — Cuando, pues, Jacob volvió de los campos por la tarde, Lea salió a su encuentro y le dijo: Entrarás en mí esta noche, porque te he comprado por precio de las mandrágoras que mi hijo había cogido; y se acostó con ella aquella noche. — Y Dios escuchó la oración de Lea; y quedó encinta, y así parió su quinto hijo. — Y Lea dijo: El Eterno me ha recompensado, después que di mi sierva a mi marido. Por lo cual llamó a este hijo Isacar». (Génesis 30:14-18)
Lea tuvo todavía un sexto hijo, que recibió el nombre de Zabulón, y una hija, llamada Dina, sin que el Génesis nos diga en qué ocasión Jacob venció de nuevo la repugnancia que sentía por ella. En cuanto a Raquel, hay que creer que las mandrágoras produjeron su efecto o que Jehová se decidió a abrirle la vulva; acabó por quedar preñada a su vez; y el hijo de Jacob y de Raquel fue llamado José.
Sin embargo, no habría que imaginarse que Jacob se había tragado mansamente sus catorce años de fregado y de lavado de vajilla; la Biblia nos muestra que le guardó a Labán un perro de su perra («un perro de su perra» — fr. «garder à quelqu’un un chien de sa chienne»: guardarle rencor a alguien hasta poder devolvérsela).
Primero, Jacob le jugó a su tío y suegro una treta a su manera: le pidió que le diera todos los corderos y todos los cabritos de sus rebaños que nacieran con manchas verdes; Labán consintió, plenamente convencido de que Jacob esperaría largo tiempo. Había contado sin el espíritu astuto de su yerno. Este, según la Sagrada Escritura, tomó ramas de álamo, de avellano y de castaño, a las que quitó las cortezas, y colocó esas ramas así despojadas en las artesas y abrevaderos adonde las ovejas y las cabras de Labán venían a beber; el resultado fue que, desde entonces, casi todos los corderos y cabritos que nacían en los rebaños del suegro estaban extrañamente abigarrados, tenían manchas verdes. Labán no podía creerlo, ¡y había de qué! pero estaba obligado, por su promesa, a regalar a Jacob todo ese ganado extraordinario. Recomendamos esta receta a los aficionados que, experimentando alguna dificultad para procurarse mirlos blancos («mirlos blancos» — fr. «merles blancs»: en francés, «un merle blanc» es una rareza, algo que no se encuentra en ninguna parte), desearan darse el lujo de tener carneros verdes. Esta mirífica receta y los detalles de su éxito, garantizado por el divino palomo, si os place, están por extenso en el sublime Génesis, capítulo 30, versículos 25 a 43.
Luego, el marrullero Jacob, no contento con haber despojado a Labán, con ese truco, de las nueve décimas partes de sus rebaños, se largó una hermosa mañana sin avisarle, llevándose a su pequeña familia, ya numerosa. Lea y Raquel, tomando partido por él contra su padre, lo habían aprobado en cuanto les confió sus proyectos de fuga; Raquel incluso, al marcharse, le birló a su padre todos sus ídolos, que se llevó sin decir nada.

78. Partida de Jacob; pesares de Labán.
He aquí a nuestro Labán desolado; se lanza en persecución de su yerno y de sus hijas; logra alcanzar la caravana. A pesar de toda su elocuencia, no pudo decidir a Jacob a volver sobre sus pasos. «¡Al menos, devuélveme mis dioses! le dijo; ¿por qué me has robado mis dioses?» Jacob no sabe qué quiere decir eso. Invita a Labán a registrar los equipajes de la familia. Mientras su padre inspecciona los efectos de Lea, Raquel embute los ídolos en la albarda de un camello y se sienta encima; luego ruega a Labán que la excuse si no puede levantarse: «Padre mío, dice, tengo en este momento mis reglas» (textual). Por más que Labán rebuscó, no encontró sus ídolos. Por fin, tras una escena bastante viva por ambas partes, el yerno y el suegro se separaron definitivamente, no sin haber puesto piedras en montón, a fin de que esos guijarros fuesen testigos de su promesa de no buscar en adelante perjudicarse el uno al otro. La partida de Jacob, su persecución por Labán y el tratado final ocupan todo el capítulo 31.
Los dos capítulos siguientes están consagrados a la continuación del viaje de Jacob, que regresa al país de Canaán. Encuentra a Esaú, y una conmovedora reconciliación tiene lugar entre ellos. Pero un pasaje que vale la pena reproducir es aquel en que el autor nos cuenta una nueva farsa de Jehová: papá
Buen Dios haciendo de aparecido, queriendo pegar a Jacob, y no consiguiendo más que recibir una tunda, a pesar de su omnipotencia.
El marido de Lea, Raquel, Zilpa y Bilha acababa de hacer pasar a su caravana el vado de Jaboc; era de noche. «Entonces Jacob, habiéndose quedado solo en el camino, fue atacado por un fantasma de forma humana, que luchó contra él hasta rayar el alba. — Y ese fantasma, no pudiendo derribarlo, le tocó en el sitio del encaje de su cadera, que quedó al punto descoyuntada; pero la lucha con el espectro continuó. — Y el espectro dijo a Jacob: Ya tengo bastante, déjame; porque sube la aurora. Mas Jacob le respondió: No te soltaré hasta que me hayas bendecido. — ¿Cuál es tu nombre? preguntó el fantasma. Él respondió: Jacob. — El espectro dijo entonces: Tu nombre ya no será Jacob, sino Israel; porque, puesto que has podido combatir contra Dios, ¡cuánto más fuerte serás contra los hombres! — Y Jacob lo interrogó, diciendo: Te ruego, dime tu nombre. Y el fantasma le respondió: ¿Por qué me preguntas mi nombre? Y entonces lo bendijo allí. — Y Jacob llamó a aquel lugar Peniel; porque, dijo, allí he visto a Dios cara a cara y mi alma ha sido librada. — Y el sol se levantó en cuanto hubo dejado Peniel; y Jacob cojeaba de una cadera.» (Génesis 32:24-31)
Los críticos han hecho notar que el nombre de Israel, dado por el divino fantasma a Jacob, era el nombre de un ángel en la mitología de los caldeos. La tradición judía pretende que este nombre significa fuerte contra Dios; sin embargo, Filón, judío muy sabio, sostiene que el nombre es verdaderamente caldeo, y no hebreo, y que significa que ve a Dios. Sea como fuere, no es sin una dulce sonrisa como se lee el relato de esta aventura. No creo que ninguna mitología represente a un hombre cualquiera lo bastante robusto para propinarle una paliza a un dios; ¡y encima Jacob aguantó firme y se impuso, aun después de que el espectro luchador le hubo descoyuntado la cadera!...
Pasemos a otra aventura. El lector ha visto que Lea dio a luz siete veces y que su séptimo hijo fue una niña, Dina. Por otra parte, tenemos la cuenta exacta del tiempo que pasó Jacob en casa de Labán; en su disputa en el momento de la fuga, le dice al tío y suegro: «Te he servido estos veinte años pasados en tu casa, catorce años por tus dos hijas y seis años por tus rebaños.» (Génesis 31:41) El nacimiento de Rubén, el mayor, no pudo, pues, tener lugar sino en el octavo año; y si no se olvida que Lea permaneció al menos dos años sin tener hijos, tiempo durante el cual prestó su sierva Zilpa a Jacob, la cronología sitúa el nacimiento de Dina en el decimosexto año de la estancia en casa de Labán. Dina tenía, pues, cuatro años a lo sumo cuando Jacob dejó a su tío y suegro. Esta observación era necesaria, dado que el Génesis nos muestra a Dina inspirando una violenta pasión al hijo de un rey desde los primeros días de su llegada con su familia al país de Canaán, es decir, inmediatamente después de la lucha contra el fantasma y la reconciliación de Esaú y Jacob.
«Jacob llegó con buena salud a la ciudad de Salem, en el país de Canaán, viniendo de Padan-aram (país de Labán), y plantó sus tiendas delante de la ciudad. — Después compró a los hijos de Hamor, por cien piezas de plata, una parte del campo donde acampaba; Hamor era el padre del joven príncipe Siquem.» (cap. 33, v. 18-19)
¡Es este príncipe Siquem quien se enamoró súbitamente de la pequeña Dina, de cuatro años de edad!
«Y Dina, hija de Lea, tuvo la curiosidad de ver a las mujeres del país, y salió del campamento. — Y el príncipe Siquem, hijo de Hamor, rey del país, la vio, la arrastró consigo y la hizo acostarse con él. — Estando su corazón fuertemente apegado a Dina, amó a la niña, le prodigó grandes caricias y le habló según su corazón. — Siquem habló también a Hamor y le dijo: Padre mío, te lo suplico, consígueme que tenga a esta niña por mujer.» (Génesis 34:1-4)
El rey Hamor se dirigió, pues, a Jacob e hizo la gestión deseada por su hijo. En verdad, el príncipe Siquem tenía que excusarse por haber ido un poco demasiado deprisa; pero estaba decidido a pasar por todas las exigencias de Jacob para obtener su perdón. La Biblia deja entender que Jacob estaba en bastante buenas disposiciones; en cambio, los hermanos de Dina no querían oír hablar de un matrimonio para reparar la falta del príncipe Siquem.
«Los hijos de Jacob, habiendo vuelto de los campos y sabido lo que había sucedido, se enojaron en extremo y se irritaron mucho, y dijeron que Siquem había cometido una acción infame contra Israel acostándose con la hija de Jacob, lo que no se debía hacer. — Hamor les habló, pues, y les dijo: Siquem, mi hijo, tiene mucho amor por Dina; conceded, os ruego, que sea su mujer. — Y vosotros mismos, aliaos con nosotros; dadnos vuestras hijas y tomad nuestras hijas para vosotros. — Y habitad entre nosotros; todo el país estará a vuestra disposición; cultivadlo, comerciad en él, e incluso poseedlo. — En cuanto a Siquem, dijo a su vez al padre y a los hermanos de la niña: ¡Que yo halle gracia ante vosotros! y daré todo lo que os plazca. — Imponedme el proporcionar una rica dote, pedidme numerosos presentes; todo lo que queráis, os lo daré; ¡pero dadme a la pequeña Dina por mujer! — Entonces los hijos de Jacob, engañando adrede a Hamor y a Siquem, respondieron: — No podemos conceder nuestra hermana a un incircunciso; porque sería para nosotros un oprobio. — Mas consentiremos en lo que queréis, si todos los varones que hay entre vosotros aceptan cortarse el prepucio. — Entonces, sí, os daremos nuestras hijas, y nos casaremos con las vuestras; y habitaremos entre vosotros, y ya no seremos más que un solo pueblo; — pero, si no queréis circuncidaros todos, volveremos a tomar a Dina, nuestra hermanita, y nos iremos. — Y este discurso agradó a Hamor y a Siquem. — Y el joven príncipe no difirió hacer lo que se le proponía; porque su amor por la hija de Jacob llenaba su corazón.» (Génesis 34:7-19)
Con esto, el rey Hamor y su hijo reunieron al pueblo y le repitieron las proposiciones que acababan de hacerles. La alianza con la familia de Jacob fue aceptada por unanimidad. Hubo una circuncisión general de todos los varones de la ciudad (v. 24).

79. Reconciliación de Esaú y Jacob.
Pero, «tres días después, dos de los hijos de Jacob, Simeón y Leví, habiendo tomado su espada, entraron osadamente en la ciudad y mataron a todos los hombres. — Degollaron también a Hamor y a Siquem, recobraron a Dina y se la llevaron. — Luego, todos los hijos de Jacob se arrojaron sobre los muertos, los despojaron y entregaron la ciudad al pillaje, gritando que vengaban así a su hermana por haber sido tomada. — Y se apoderaron de los rebaños, de los bueyes, de los asnos y de todo cuanto los habitantes poseían en la ciudad y en los campos. — Y se llevaron prisioneros a los niños y a las mujeres, después de haberlo saqueado todo y tomado todo lo que había en las casas.» (Génesis 34:25-29)
Todo esto es bien horrible. Los hijos y la gente de la caravana de Jacob se comportan como los últimos de los bribones con esta población que los había recibido tan fraternalmente, que había llevado la amistad hasta aceptar su práctica ritual más absurda, la circuncisión. Jamás hubo asesinos ni más pérfidos, ni más ladrones, ni más sanguinarios. Pero el horror del crimen se borra ante la inverosimilitud de tales monstruosidades, y ahí también el escéptico aprecia en diletante la mistificación del palomo Espíritu Santo. Este Simeón y este Leví, autores de esta espantosa carnicería, son dos chiquillos que apenas han dejado de tener mocos en la nariz; Simeón nació en el noveno año de la estancia de Jacob en casa de Labán, y Leví en el décimo; no tenían, pues, más que once y diez años, según la Biblia, cuando, entre los dos, masacraron al rey Hamor, al príncipe Siquem y a todos sus súbditos varones. Verdad es que Simeón y Leví, teniendo en las venas la sangre de un paisano («un paisano» — fr. «un pékin», en la jerga militar francesa, un civil, un hombre que no es soldado) que había zurrado a Dios en persona, ¡debían de ser unos chicuelos bien terribles!... ¡Ya no se hacen, de ese temple!...
El capítulo 35 del Génesis nos enseña que Jacob, afligido de pronto porque sus mujeres eran idólatras y diciéndose que aquello podía traerle desgracia, «dijo a su familia y a todos los que estaban con él: Arrojad lejos de vosotros todos los dioses extraños que tenéis; purificaos y mudad de vestidos» (v. 2). Dicho y hecho; Raquel, Lea, Zilpa, Bilha, etc., etc., entregaron sus ídolos a Jacob, quien los enterró al pie de una encina, en las cercanías de la ciudad que acababan de devastar. Jehová, encantado de esta bella acción, turbó la cabeza de todos los habitantes de la comarca, y estos «no pensaron en perseguir a Jacob y a sus hijos» (v. 5). Tenemos también en este capítulo una nueva aparición de papá Buen Dios, con discurso a Jacob; pero siempre es la misma cantinela. Luego, hacia la primavera, Jacob llega a un camino que conduce a Efrata. Allí, Raquel tuvo un parto tan doloroso, que le causó la muerte. «Estando su alma a punto de exhalarse, dio a su hijo el nombre de Benoni, el hijo de mi dolor; pero Jacob lo llamó Benjamín, el hijo de mi muslo derecho» (v. 18). Jacob sepultó allí a su querida Raquel y puso sobre su sepultura una piedra que los musulmanes muestran todavía hoy. Ahora bien, mientras Jacob lloraba a Raquel, el joven Rubén, hijo mayor que había tenido de Lea, aprovechó su dolorosa distracción para deslizarse junto a una de las mujeres del patriarca; sedujo, pues, a su madrastra Bilha y se acostó con ella; pero, cuando Jacob supo que su hijo lo había hecho cornudo, cerró los ojos y no se enfadó, al menos por el momento. Por fin, Jacob, de vuelta en la llanura de Mamre, encontró allí a su padre Isaac: este murió algún tiempo después; tenía entonces ciento ochenta años. Isaac fue enterrado por Esaú y Jacob.
(«el hijo de mi muslo derecho» — fr. la Biblia de Taxil dice «le fils de ma cuisse droite», cuando el sentido tradicional del nombre Benjamín es «el hijo de mi mano derecha»; la Reina-Valera se limita a «Benjamín». Es el mismo eufemismo de «muslo» por los órganos genitales del que Taxil se burló en el juramento prestado por Eliezer.)
Jacob estaba, pues, a la cabeza de una numerosa familia, pero Esaú también. El capítulo 36 nos da un importante resumen de la posteridad de este último; es una verdadera retahíla de «duques», con nombres a cual más asombroso.

80. Jacob, bendecido de Dios, tiene una numerosa familia.
En este capítulo y en el precedente, los críticos señalan dos versículos que permiten decir que los cinco primeros libros de la Biblia son mentirosamente atribuidos a Moisés. Así, se dice en el versículo 19 del capítulo 35: «Raquel fue sepultada en el camino que conduce a Efrata, hoy Belén.» Ahora bien, la ciudad de que se trata no podía llamarse Efrata en el tiempo en que se supone que Moisés escribe, dado que esta denominación se indica más adelante como fijada por un cierto Caleb, que tenía por mujer a una cierta Efrata; este Caleb dio el nombre de su mujer a la aldea entonces naciente; y Caleb era contemporáneo de Josué, sucesor de Moisés. Con mayor razón no podía Moisés citar el nombre de Belén, que reemplazó, varios siglos después, al nombre de Efrata. En el versículo 31 del capítulo 36, el verdadero escritor del Génesis se traiciona más torpemente todavía; este versículo, que sigue a una nomenclatura de descendientes de Esaú, está concebido así: «Estos son los reyes que reinaron en el país de Edom, antes que los hijos de Israel tuviesen rey.» Es evidente que estas líneas no pueden haber sido escritas sino posteriormente a la primera realeza judía, es decir, después de Saúl. Si, en una historia de una nación de Europa, se encontrase, por ejemplo, esto: «Estos príncipes gobernaron diversos principados de Alemania, mucho antes que Francia fuese República, bajo el régimen de una asamblea parlamentaria llamada Convención» («Convención» — fr. «Convention», la Convención Nacional, asamblea que gobernó Francia de 1792 a 1795 y proclamó la primera República), se declararía unánimemente que el libro ha sido forzosamente escrito durante o después de la Convención, pero no antes de la primera República francesa.
Lleguemos a la historia de José, cuyos comienzos son objeto del capítulo 37 del Génesis.
De todos sus hijos, el que Jacob más quería era José, a quien había otorgado una hermosísima túnica de rayas de colores vivos. José, que ha dejado reputación de adivino de sueños y que habría dado puntos a los sonámbulos más extralúcidos («dado puntos» — fr. «rendu des points», conceder ventaja a un rival, como en el juego: serle muy superior), entró temprano en esta carrera; a los diecisiete años, ya asombraba a su familia. Por desgracia para él, contaba ingenuamente sus propios sueños, y sus sueños eran en general de naturaleza a realzarle a él mismo y a humillar a sus once hermanos. Un día, había soñado que, mientras se ataban gavillas en un campo, su gavilla se había levantado y se mantenía en pie, y que entonces las gavillas de sus hermanos se habían prosternado ante la suya. Otro día, eran el sol, la luna y once estrellas los que habían venido a hacerle profundas reverencias durante su sueño.

81. José, desde su juventud, tiene el don de la adivinación.
Habiendo esta manía acabado por irritar a nueve de sus hermanos, estos le tomaron aversión a José («le tomaron aversión» — fr. «prirent Joseph à tic», giro popular: empezaron a no poder soportarlo). Ahora bien, una mañana, habiéndolo Jacob enviado a reunirse con sus hermanos, que apacentaban sus rebaños en la campiña de Dotán, nueve de sus hermanos, viéndole venir, conspiraron para matarle. Rubén se opuso al asesinato; pero José, habiendo sido despojado de su hermosa túnica, fue bajado a un viejo pozo seco.

82. José metido en un pozo por sus hermanos.
En esto, pasaron unos mercaderes; el autor sagrado los califica ora de ismaelitas ora de madianitas, lo cual no es lo mismo; pero pasemos. Entonces, Judá, presa de remordimientos al pensar que el joven corría gran riesgo de morir de hambre en el fondo del pozo, propuso a sus hermanos una pequeña operación comercial cuya mercancía sería José; era hacer de un mismo golpe un negocio y filantropía.

83. Unos mercaderes ismaelitas proponen comprar a José.
¡Tope-là! («Tope-là!» — fr., fórmula con que se cierra un trato dándose la mano: «¡chócala!») Los ismaelitas o madianitas compraron al adolescente por veinte piezas de plata; lo que verdaderamente no era caro. Sacaron a José de su pozo, y los mercaderes tomaron entrega de él para llevárselo consigo a países lejanos.

84. José sacado del pozo y vendido.
Ahora bien, Rubén y Benjamín eran los únicos que no habían participado en este tráfico; Benjamín, que era aún muy joven, se quedaba en casa. En cuanto a Rubén, se había alejado de sus hermanos, — el autor sagrado no dice por qué, — después del descenso de José al pozo, y se había hallado ausente en el momento de la negociación con los mercaderes nómadas; según la Biblia, Rubén había tenido incluso la secreta intención de venir a sacar a José del pozo y devolverlo a su padre. Quedó, pues, muy apesadumbrado al encontrar el pozo vacío; corrió a sus hermanos y les dijo: «El niño ya no está en el pozo, y yo, yo, ¿adónde iré?...» Los otros, maliciosos e hipócritas como viejos sacristanes, tiñeron con la sangre de un macho cabrío la hermosa túnica abigarrada del infortunado, y se la enviaron a Jacob, con este mensaje: «He aquí lo que hemos hallado; nos parece ser la túnica de José; reconoce si es eso mismo.»
Jacob exclamó: «¡Ay! ¡es verdaderamente la túnica de mi hijo querido! ¡habrá sido hallado por una bestia feroz! ¡ha sido devorado! ¡he aquí todo lo que queda de él!»

85. Se hace creer a Jacob que José ha muerto.
Y quedó en gran desesperación. Primero, rasgó todos sus vestidos; luego, se vistió de cilicio y lloró a José durante varios días. Y decía, en medio de sus lágrimas: «¡Descenderé a la fosa con mi hijo!» (Génesis 37:33-35)

86. Jacob desesperado, rasga sus vestidos.
Por otra parte, los mercaderes habían conducido a José a Egipto, y allí lo revendieron a un alto personaje de la corte; el autor sagrado lo nombra y enumera sus títulos y calidades: era el señor «Putifar, eunuco del rey Faraón, preboste de palacio». En uno de los capítulos siguientes, el impagable Génesis nos enseñará que Putifar, aunque eunuco, estaba casado.

87. José comprado como esclavo por Putifar.
Pero no anticipemos. Mientras José es esclavo en casa de Putifar, una nueva serie de episodios edificantes se desarrolla en la familia de Judá, el cuarto hijo de Jacob.
«En aquel tiempo, Judá se fue a casa de un adulamita llamado Hira. — Allí, trabó conocimiento con la hija de un tal Súa, cananeo; la tomó y se acostó con ella.» (Génesis 38:1-2) Se observará que por más que papá Buen Dios prohíba a sus patriarcas tomar por mujeres a idólatras, y, en particular, a cananeas, raza maldita, los patriarcas apenas tienen en cuenta esas prohibiciones y no por ello son menos queridos de Jehová. Más tarde, los cristianos, adoptando las necedades y las vilezas de la Biblia judía, harán, para la genealogía de su Jesús, las elecciones más estupefacientes; le darán por abuelas precisamente a las idólatras, las adúlteras y las prostitutas.
«Y la mujer de Judá concibió, y le parió un hijo que fue llamado Er. — Concibió otra vez, y su segundo hijo fue llamado Onán. — Y parió un tercer hijo, que recibió el nombre de Sela. — Más tarde, Judá hizo casar a Er, su primogénito, con una muchacha llamada Tamar. — Pero Er era malo delante del Eterno, y Dios lo mató.» (Génesis 38:3-7) La sagacidad de los teólogos se ha ejercitado a propósito del crimen de Er, pues la Biblia no dice más; vista la continuación de la historieta, y considerando que Dios había decidido hacer descender de Judá a su Mesías, los comentadores católicos han concluido que ese crimen consistía en no usar de su mujer sino a la moda de los sodomitas. Dios hizo morir a Er, dicen, porque obraba así para no tener hijos; y la prueba es que el texto sagrado emplea aquí la expresión «malo delante del Eterno», que es exactamente aquella de que Jehová se sirvió más arriba, cuando se quejó de las costumbres de los señores maridos de Sodoma. Sea como fuere, se va a ver que Tamar no tuvo suerte con sus esposos.
«Entonces, Judá dijo a Onán: Entra a la viuda de tu hermano, y sea ella tu mujer; así suscitarás la simiente de tu hermano.» (Génesis 38:8) ¡Es textual, sabéis! Y esto quiere decir que, según la costumbre judía, los hijos que naciesen en esas condiciones serían los herederos del difunto, y no de su verdadero padre. «Pero Onán, sabiendo que los hijos que hiciese no serían considerados como suyos, derramaba su simiente en tierra cada vez que se acercaba a su mujer, a fin de no dar hijos a su hermano.» (Génesis 38:9) ¡Absolutamente textual, eso también! El nombre de onanismo viene de este edificante episodio bíblico. «Y esta conducta desagradó al Eterno, y Dios mató también a Onán.» (Génesis 38:10)
«Por eso Judá dijo a Tamar su nuera: Vete; quédate viuda en casa de tu padre, hasta que Sela, mi último hijo, esté en edad de ser tu esposo. Ella se fue, pues, y habitó en casa de su padre. — Varios días después, la hija de Súa, con quien Judá se había casado, murió. Luego Judá se consoló, y subió a Timnat, para ver esquilar sus ovejas, en compañía de Hira su íntimo amigo. — Y alguien informó a Tamar de lo que pasaba, es decir, que Judá venía al país. — Entonces Tamar, que sabía que Sela se había hecho grande y veía con pena que no le había sido dado por marido, se quitó sus ropas de viuda, se cubrió con un velo en que se envolvió, y vino a sentarse en una encrucijada, en la esquina del camino que conducía a Timnat. — Y cuando Judá la vio, la tomó por una prostituta, a causa de su postura y de su velo. — Vino a ella en el camino y le dijo: ¿Quieres que me acueste contigo? porque no sospechaba que era su nuera. Y ella le respondió: ¿Qué me darás por acostarte conmigo? — Judá dijo: Te enviaré mañana un cabrito de mi rebaño. Ella replicó: Haré, pues, lo que quieras; pero primero, necesito una prenda para asegurarme de que me enviarás el cabrito que me prometes. — ¿Qué prenda exiges? preguntó Judá. Y Tamar respondió: Tu anillo, tu pañuelo y ese bastón que tienes en la mano. Judá se los dio, y entonces entró en ella, a la orilla del camino, y así quedó ella encinta de sus obras. — Después de lo cual, se levantó y se fue; luego, habiéndose quitado el velo, volvió a tomar sus vestidos de viuda. — Entretanto, Judá envió el cabrito prometido, habiéndolo entregado a su amigo Hira, a fin de que se hiciese devolver las prendas dadas a aquella mujer; pero Hira ya no la encontró. — E interrogó a la gente del lugar donde ella se había puesto para atraer a Judá, y decía a todos: ¿Dónde está, pues, esa prostituta que se pone en la encrucijada y en el camino? Ellos respondieron: No ha habido por aquí mujer de mala vida. — Hira volvió a Judá, le dijo que no había encontrado a esa mujer, y le refirió las palabras de la gente del lugar. — Y Judá dijo: Sea, que se quede con mis prendas; ¡al menos no podrá acusarme de no haber querido pagarle! ¿No le he enviado el cabrito prometido? pero tú no la has encontrado. — Y aconteció que unos tres meses después, se hizo un informe a Judá: Tamar, tu nuera, vinieron a decirle, ha caído en la lujuria, y he aquí incluso que su vientre empieza a hincharse. Judá respondió: ¡Que vayan a buscarla cuanto antes, y que sea quemada! — Cuando la llevaban al suplicio, ella envió a Judá su anillo, su pañuelo y su bastón, diciendo: Si estoy encinta, es por obra del hombre a quien pertenecen estas cosas; que se hagan, pues, reconocer estos objetos. — Entonces, Judá, habiéndolos reconocido, exclamó: Ella es más justa que yo; se ha hecho preñar por mí, porque olvidé darla a Sela, mi tercer hijo. Y Judá no se acostó más con ella. — Y cuando Tamar estuvo a punto de parir, se advirtió que tenía dos gemelos en el vientre. — Y, en el momento del alumbramiento, uno de los gemelos sacó la mano fuera, y la partera la tomó y la ató con una cinta escarlata, creyendo que iba a salir el primero. — Pero en seguida este niño retiró su mano y empujó a su hermano, y este salió. Y Tamar le dijo: ¡Qué enorme brecha me has hecho, hijo mío! ¡Que la brecha sea sobre ti! Por eso lo llamaron Fares. — Después salió el niño que tenía en la mano una cinta escarlata, y lo llamaron Zara.» (Génesis 38:11-30)
No se me acusará de ser de los que afectan resumir una obra y que, con ese pretexto, la desfiguran. Al contrario, quizá haya lectores que piensen que valdría más relatar cada episodio de la manera más sucinta y desarrollar la crítica. Pero, dada la naturaleza de la obra que es objeto de este análisis, estimo que el resumen tiene únicamente su razón de ser cuando se trata de episodios cuyos detalles importan poco; por otra parte, cuando la Sagrada Escritura contiene pasajes del género de esta aventura de Tamar, se hace necesario citar por entero. ¡Es el espíritu divino quien ha dictado eso! no se podría, pues, poner demasiado a la luz las perlas de ese texto sagrado. He aquí precisamente el caso en que el crítico no debe exponer a sus lectores a oírse decir por un cura que han sido engañados y que se ha calumniado a la Biblia.
Todas las porquerías de la historia de Tamar forman, pues, realmente parte del libro de fe; figuran en él crudamente, y la Iglesia las declara auténticas, a pesar de su inverosimilitud.
¡Porque es cosa bien singular que Tamar, habiendo tenido tan poca suerte con sus dos primeros maridos, quiera entregarse al padre de ellos, porque él ha olvidado darle su tercer hijo, que había prometido! «Toma un velo para disfrazarse de mujer de vida alegre, ha hecho notar Voltaire; pero, al contrario, el velo era y fue siempre el vestido de las mujeres honradas. Verdad es que, en las grandes ciudades, donde el libertinaje es muy conocido, las mujeres de vida alegre van a esperar a los transeúntes en callejuelas, como en Londres, en París, en Venecia, en Roma; pero no es verosímil que la cita de las mujeres de vida alegre, en el miserable país de Canaán, fuese en el campo, en la encrucijada de los caminos. Es bien extraño, además, que un patriarca haga el amor en pleno día con una mujer de vida alegre en el camino real, y se exponga a ser sorprendido en el acto por todos los transeúntes. El colmo de la imposibilidad es que Judá, extranjero en Canaán, y sin tener la menor posesión, ordene que se queme a su nuera, en cuanto sabe que está preñada, y que en el acto se prepare una hoguera, como si fuese el juez y el amo del país.
Esta historia tiene alguna relación con la de Tiestes, quien, encontrando a su hija Pelopia, se acostó con ella sin conocerla. Los críticos dicen que los judíos escribieron muy tarde, y que copiaron muchas historias griegas que corrían por toda el Asia Menor. Josefo y Filón, historiadores judíos, confiesan que los libros judíos no eran conocidos de nadie, y que los libros griegos eran conocidos de todo el mundo.»
Después de la historia de Tamar, el Génesis vuelve a José, y tenemos aquí un episodio cuya semejanza con la historia de Teseo, Fedra e Hipólito es de lo más sorprendente. El autor sagrado nos enseña que Putifar, ese eunuco ricachón que había comprado a José, estaba casado, y que, aunque no adoraba al dios de José, no tardó en reconocer que ese dios hacía prosperar todos los negocios de su esclavo. «Putifar vio que el Eterno estaba con José y que el Eterno hacía prosperar todas las cosas entre sus manos.» (Génesis 39:3)
Esta comprobación no impulsó en modo alguno a nuestro eunuco a convertirse a la religión judía; «pero puso todo lo que era suyo en manos de José, tanto que ya no se informaba de nada, sino de los guisos que se servían a la mesa. Y José era de buen talle y de todo punto hermoso de ver. — Aconteció, pues, que la mujer de Putifar reparó en los atractivos de José, y le dijo un día: Acuéstate conmigo. — Pero él rehusó y respondió a la mujer de su amo: He aquí, mi amo me ha confiado todo lo que le pertenece y ya no se ocupa de lo que pasa en su casa. — Nadie está por encima de mí en su casa, y no me ha prohibido nada sino a ti, porque eres su mujer. ¿Cómo, pues, haría yo este mal y pecaría contra Dios? — Y aunque ella hablaba de ello todos los días a José, este no quiso escucharla; rehusando acostarse con ella, evitó incluso hallarse en su compañía. — Pero aconteció que un día vino a la casa, en un momento en que todos los criados estaban ausentes. — Entonces, ella lo asió por su manto y le dijo otra vez: Vamos, acuéstate conmigo. Pero él se desasió, y, dejándole su manto entre las manos, huyó fuera de la casa.» (Versículos 6 a 12)

88. Hermosa virtud de José.
Al regreso de Putifar, su mujer le contó las cosas completamente al revés. «Ese esclavo hebreo que has traído aquí ha intentado deshonrarme; pero yo grité, y él huyó; toma, he aquí su manto, que ha dejado en la habitación.» (Génesis 39:17-18)

89. José acusado de atentado al pudor de la señora Putifar.
Putifar, al enterarse del pretendido atentado, se puso tan furioso, que no quiso oír ninguna explicación de José y lo hizo arrojar en seguida a un estrecho calabozo de la gran prisión donde el rey hacía encerrar a sus presos. Ahora bien, el carcelero jefe le tomó afecto al hermoso esclavo hebreo; pronto suavizó su infortunio encargándole la dirección de todos los demás presos, de suerte que, en la prisión, nada se hacía sin las órdenes de José.

90. José en prisión.
Más tarde, en un tiempo que el autor sagrado no precisa, el panadero y el copero del rey cayeron en desgracia y se convirtieron en compañeros de cautiverio del hijo de Jacob; según la Biblia, estos personajes eran también dos eunucos. Una mañana, José, hallándoles el rostro triste, les preguntó la razón. Ellos respondieron: «Hemos tenido cada uno un sueño esta noche, y estamos muy contrariados de no tener a nadie que nos los explique. José les replicó que, gracias a su dios, estaba en condiciones de interpretar lo que habían soñado. — En mi sueño, dijo entonces el copero, he visto una vid que tenía tres ramas, las cuales han producido botones, flores y uvas maduras; yo tenía en mi mano la copa del rey; he exprimido las uvas en la copa, y he dado de beber al rey. — Esto quiere decir, dijo José, que dentro de tres días estarás libre y que volverás a tus funciones junto a Faraón; te ruego, pues, que te acuerdes entonces de mí y que des a conocer mis desgracias al rey, a fin de que salga por fin de esta prisión.
El panadero narró a su vez su sueño: se había visto con tres canastas de harina sobre la cabeza, y unas aves habían venido a comerse toda aquella harina. — Esto significa, dijo José, que dentro de tres días saldrás de la prisión, tú también; pero, en lugar de la libertad, es una horca lo que el rey te dará; serás ahorcado, y las aves te comerán.
Siendo el tercer día el aniversario del nacimiento de Faraón, hubo, pues, gran festín en la corte.» (Génesis 40:8-19).

91. José explica los sueños de los presos.
Las predicciones de José se realizaron a la letra; pero, por desgracia para él, el copero suertudo lo olvidó por completo.
Pasaron dos años. El rey de Egipto tuvo también un sueño que lo intrigó de una manera violenta. Creyó estar a la orilla de un río, de donde salieron siete vacas gordas y hermosas, luego siete vacas flacas y feas; y las vacas flacas devoraron a las vacas gordas. Habiéndose despertado, volvió a dormirse, y vio siete espigas muy hermosas en una misma caña, y otras siete espigas secas que se comieron a las otras.

92. Sueño de Faraón.
Faraón se preguntaba cuál era el sentido misterioso de este doble sueño; consultó a todos los adivinos y sabios de su reino; la respuesta general fue que el sueño real era tan incomprensible como extraordinario. El copero se acordó entonces de su antiguo compañero de prisión; habló de él favorablemente al monarca, quien lo hizo comparecer ante sí. El hijo de Jacob había envejecido durante su larga cautividad; la Biblia nos dice que fue presentado al rey después de que lo hubieron afeitado y vestido.
José, interrogado, respondió: — El doble sueño de Faraón no tiene sino un solo y mismo sentido. Las siete vacas gordas y las siete espigas hermosas significan siete años de abundancia; las siete vacas flacas y las siete espigas secas significan siete años de esterilidad. Es preciso, pues, que el rey escoja un hombre sabio y hábil, que gobierne todo el reino de Egipto y que establezca encargados, con la misión de guardar cada año la quinta parte de los frutos.
El consejo agradó a Faraón y a sus ministros.

93. José predice el porvenir a Faraón.
Y el rey dijo a éstos: — ¿Dónde podríamos hallar un hombre tan lleno del espíritu de Dios como este judío?
Después de lo cual, volviéndose hacia José, le dijo: — Puesto que Dios te ha mostrado todo lo que me has dicho, ¿dónde podría yo hallar a alguien más sabio que tú?
Acto seguido, le dio su anillo, lo revistió con una túnica de lino fino, le puso al cuello un magnífico collar de oro, y lo hizo subir a un carro; y un heraldo, precediendo a José, gritaba al pueblo: — ¡Que todo el mundo doble la rodilla ante el gobernador de Egipto!
Esto no es todo. Por consejo del rey, José cambió de nombre, y se llamó desde entonces Zafnat-Panea. Luego, Faraón lo casó, y nunca adivinaríais, queridos lectores, a quién le dio Su Majestad por mujer. — El Génesis ya nos había procurado un asombro, cuando leímos en él de repente que el eunuco Putifar estaba casado; pues bien, el divino palomo nos guardaba en reserva una nueva sorpresa. Durante la larga cautividad de José, este eunuco provisto de una mujer muy inflamable había cambiado de funciones: en los capítulos 37 y 39 lo hemos visto preboste de la casa del rey; en el capítulo 41 lo volvemos a encontrar sacerdote de Heliópolis. Ahora bien, durante ese tiempo, la señora Putifar fue madre; lo que da a creer que los dioses de los egipcios hacían, también ellos, milagros. Con los libros santos de cualquier mitología, hay que admitirlo todo: ahora bien, se comprueba que en el capítulo 41 Putifar ya no es calificado de eunuco por el superepatante Génesis; una plegaria al san Antonio de aquella época («el san Antonio de aquella época» — san Antonio de Padua es el santo invocado en Francia para recobrar los objetos perdidos) le había hecho, pues, recobrar lo que había perdido. Y he aquí, sin duda alguna, cómo Putifar, convertido en sacerdote de Heliópolis, ciudad santa de Egipto, fue papá de una deliciosa niñita, llamada Asenat, la cual creció en edad y en belleza y se halló allí muy a punto para ser la señora Zafnat-Panea, cuando José fue nombrado primer ministro. Y nunca se admirará bastante el espíritu de justicia de Faraón: el virtuoso José había sufrido duramente a consecuencia de la estupidez de Putifar y de la bribonería de su ardiente esposa; ninguna otra reparación habría sido tan equitativa. Moraleja: Putifar, no habiendo sido hecho cornudo por José, bien le debía tomarlo por yerno; ¡está claro!
Esta parte de la historia de José permite emitir una reflexión que viene en apoyo de una observación hecha al comienzo de esta obra. Los judíos, lo hemos notado, dicen «los dioses» a propósito de la creación y en numerosas circunstancias, y sin embargo no adoran más que a un solo dios, Jehová, divinidad suprema, que no dividen en tres personas, como los cristianos; reconocían, pues, antaño la existencia de otros dioses además del suyo. En efecto, según ellos, los demás pueblos tenían también sus dioses propios, y creían en el poder sobrenatural de esos dioses, sin ver en ellos en modo alguno diablos; solamente, su amor propio nacional les hacía admitir que Jehová, divinidad de los judíos, era más poderoso que todos los demás dioses. Por eso vemos aquí al Génesis hacer resaltar el mayor poder del dios de José. Putifar, el copero, Faraón y sus ministros, en una palabra, todos los egipcios que son puestos en escena tienen otra religión que la del hijo de Jacob; pero no abandonan a sus dioses porque José, inspirado por Jehová, sea más clarividente que los sacerdotes de su culto. Cada cual conserva su creencia, dado que en el espíritu de cada cual la fe de los unos no está en contradicción con la fe de los otros. José permanece fiel a Jehová, aun casándose con la hija de un sacerdote de Apis, el dios-buey, y vivirá en buena armonía con Asenat, sin que ésta tenga que abrazar la religión judía. Desde este punto de vista, este episodio de la Biblia es, pues, muy significativo. José no se aprovecha de la autoridad casi soberana que adquiere para hacer proselitismo en favor de su religión personal; le basta saber que su Jehová posee un poder sobrenatural más fuerte y más extenso que el de las divinidades de sus administrados.
Ahora bien, si a la Biblia hebraica se acerca el Corán musulmán, se comprueba que los árabes y los judíos tenían un fondo común de leyendas, de donde han bebido los autores sagrados de las dos religiones. Antes de que el Génesis fuera escrito, se contaba en aquellas comarcas la maravillosa historia de José; pero ha variado en sus detalles, a través de las generaciones y al repetirse entre los diversos pueblos salidos de Arabia. Así, según el Corán, Putifar no era eunuco, y Asenat vivía ya, era una niña de cuna, cuando su madre acusó a José de haber querido violarla. Esta niñita se mostró muy juiciosa desde sus primeros años. Un día, su padre hablaba del incidente, que lo tuvo largo tiempo preocupado; había guardado incluso el famoso manto que su mujer había arrancado a José y que se había desgarrado un tanto en la lucha. Uno de los servidores aconsejó a Putifar que preguntase a la pequeña Asenat lo que pensaba de todo aquello; la chiquilla, que apenas empezaba a hablar, dijo: «Escuchad, padre mío; si mi madre ha desgarrado el manto de José por delante, es prueba de que José quería tomarla por la fuerza; pero si el manto se halla desgarrado por detrás, es prueba de que mi madre corría tras José.» (Midrash Abkir — colección judía de leyendas bíblicas de donde procede la niña de cuna que testifica; el Corán, sura 12, no nombra al testigo) De todos modos, ya se ve, Asenat estaba predestinada a convertirse en la señora José.
La Biblia y el Corán están de acuerdo en enseñarnos que Asenat fue una esposa modelo. En el curso de los siete años de abundancia, tuvo de José dos hijos: el primero recibió el nombre de Manasés, y el segundo el de Efraín. Luego sobrevinieron los siete años de escasez; pero los egipcios no tuvieron que sufrir por ellos, gracias a la clarividencia de José, que había hecho establecer graneros nacionales, llenos de trigo que se conservó muy bien. Hubo incluso para revender, y de todos los países se venía a Egipto a comprar provisiones; pues el hambre desolaba entonces toda la tierra (cap. 41).
Ahora bien, los hijos de Jacob, a excepción de Benjamín, se dirigieron a Egipto, por consejo de su padre, para comprar trigo. Parece que José presidía en persona estas distribuciones de víveres a las caravanas que llegaban de todos los puntos de la tierra; ¿cómo podía el primer ministro bastar él mismo para semejante tarea? la Biblia no lo dice. Lo cierto es que José no fue reconocido por sus hermanos, pero que él, en cambio, los reconoció muy bien. Los trató con mucha dureza, sin darles su nombre, y sin que ningún egipcio, durante su estancia en el país, pensara en decirles que el gobernador y bienhechor de Egipto, el hombre de Estado tan inmensamente popular, era precisamente uno de sus compatriotas.

94. José, primer ministro, impide una hambruna.
José, guardando el incógnito, acusó a sus diez hermanos de ser espías. Éstos protestaron, como es de suponer.
— Éramos doce hermanos, dijeron; uno de nosotros ha muerto, y el undécimo, que es muy joven, se ha quedado junto a nuestro padre.
— ¡Vamos, vamos! replicó José, habéis venido aquí como espías, para reconocer los lugares débiles por donde vuestro pueblo podría apoderarse del país.
No se ve bien cómo el pueblo hebreo, que se componía entonces de la familia de Jacob, en total, — puesto que Esaú, excluido de la bendición especial, se había convertido en jefe de los idumeos, — habría podido apoderarse de Egipto, ese vasto reino poderoso y bien poblado, que proveía, con sus reservas de trigo, a la alimentación de las naciones del mundo entero. Pero veamos la continuación del discurso de José.
— A fin de saber si decís la verdad, continuó, voy a haceros meter en prisión, y allí os quedaréis, a excepción de uno solo de vosotros, que irá a buscar al hermanito de que habláis.
Los metió en el calabozo («en el calabozo» — fr. «fourrer au bloc», argot militar y popular: meter en el calabozo), pero a los diez. Al cabo de tres días, se los hizo traer de nuevo.
— He reflexionado y cambiado de idea, les dijo. Uno solo de vosotros es el que se quedará aquí como rehén. Idos, pues, los demás, a vuestro país, y llevaos el trigo que habéis comprado; pero no dejéis de volver cuanto antes trayendo a vuestro hermanito; si no, el que retengo moriría en prisión.
Fue a Simeón a quien escogió como rehén. Lo hizo encadenar delante de los otros nueve, y los despidió. Por otra parte, había ordenado a su gente que volviera a poner el dinero del pago del trigo en los sacos que se llevaban. En el camino, uno de los hermanos de José, habiendo abierto un saco para dar de comer a su asno, se quedó todo sorprendido al encontrar en él su dinero; los otros no estaban menos estupefactos, y del asombro pasaron al espanto. Volviendo a toda prisa a Canaán, contaron a Jacob todo lo que les había ocurrido.
Jacob se negó al principio a separarse del joven Benjamín.
Pero, cuando el trigo de Egipto se hubo agotado, se decidió ante las instancias de Judá. — Si es necesario, dijo, que yo envíe a este niño, haced lo que queráis. Tomad los mejores frutos de esta tierra, un poco de resina, miel, estoraque, terebinto y menta. Llevad también con vosotros el doble del dinero que entregasteis en vuestro primer viaje; pues las sumas que hallasteis en vuestros sacos debían de estar allí por algún error.
Helos aquí, pues, de nuevo en Egipto. Cuando José vio que Benjamín estaba con ellos, los acogió con marcado favor, liberó a Simeón y les dio un espléndido festín. Quisieron devolver el dinero de las primeras compras de trigo; José rehusó, diciendo que ya había recibido su cuenta; era Dios, insinuó, quien les había puesto aquel tesoro en sus sacos.

95. José hace buena acogida a sus hermanos, a causa de Benjamín
No obstante, José, aun teniendo el alma buena y generosa, poseía un carácter inclinado a la chanza. Mientras sus hermanos cenaban y brindaban por el magnánimo ministro de Faraón, salió un instante de la sala del banquete, y ordenó a su mayordomo que escondiera su hermosa copa de plata en el equipaje de Benjamín. Después de lo cual, los dejó partir.

96. La copa escondida en el baúl de Benjamín.
Pero, cuando la caravana se hubo alejado lo suficiente, envió en su persecución a la gendarmería, acompañada de su mayordomo. Éste, que se sabía bien su lección, interpela a los once viajeros judíos y les reprocha haber devuelto mal por bien.
— Habéis robado, les dice, la copa más preciosa del gobernador, «aquella en la que lee infaliblemente el porvenir». (44:5)
Esto, de paso, nos enseña que José es el inventor de la adivinación por los posos del café.
Los hijos de Jacob protestan y hacen valer que son incapaces de haber robado una copa de plata, ellos que han traído de Canaán unas sumas que habían hallado en sus sacos. Piden quedarse como esclavos en Egipto si la copa reclamada es descubierta en el equipaje de uno de ellos, y hasta que se dé muerte a aquel que tuviera la copa. Se efectúa el registro general y júzguese la consternación de nuestros hebreos cuando, abierto el saco del pequeño Benjamín, la gendarmería divisa en él el objeto buscado. No cabía rezongar; el delito era flagrante.

97. Benjamín y sus hermanos detenidos por robo.
Reconducidos al palacio, los hermanos de José estaban desesperados. Por fortuna para ellos, éste juzgó que la mistificación había durado bastante. Se dio a conocer. Se lloró de alegría. José declaró que lo perdonaba todo. Entonces fue un júbilo inaudito, y no hay necesidad de someter los sesos a tortura para darse cuenta de la fiesta que se dio en honor de esta feliz conclusión.

98. José se da a conocer a sus hermanos.
Un detalle es bastante divertido en todo esto: y es que, en el Génesis, Benjamín es tratado siempre como un niñito; parece no haber cobrado edad, haberse quedado niño. Sin embargo, si nos remitimos a la historia de su nacimiento, que costó la vida a Raquel, es fácil calcular que Benjamín tenía a lo sumo cuatro o cinco años menos que José. Ahora bien, éste tenía diecisiete años cuando fue vendido por sus hermanos; el episodio de Tamar, que se casa sucesivamente con dos hijos de Judá, deja suponer un período mínimo de veinticinco años; José se acercaba, pues, a la cincuentena en la época en que sus hermanos vinieron a encontrarlo en Egipto. ¡El pequeño Benjamín ya no era un niño de corta edad, entonces! Pero la cronología no parece ser el fuerte de la Biblia, y, principalmente, del Génesis.
Nos acercamos, por lo demás, al fin de este primer libro de la Sagrada Escritura, y abreviamos. Todo lo que precede es el resumen de los capítulos 42 a 45. Vemos en ellos además que Faraón se alegró mucho de saber que su primer ministro tenía junto a sí a sus hermanos. José les había rogado que fuesen a buscar cuanto antes a Jacob y a toda la familia, proponiéndose establecerlos en la tierra de Gosén, al menos durante los cinco años de hambre que aún quedaban por sufrir. El rey aprobó este proyecto. «Faraón dijo a José: Que tus hermanos carguen sus bestias y que vuelvan a Canaán. — Diles que traigan a vuestro padre y a sus familias; y que vuelvan aquí. Y yo les daré todos los bienes de Egipto, y comerán la mejor médula de la tierra. — Ahora bien, tú tienes el poder de mandar. Que tomen carros de mi reino para traer a sus mujeres y a sus hijos. — Que no echen de menos sus muebles; pues todas las riquezas de Egipto serán suyas.» (Génesis 45:17-20) Si el viejo padre Jacob se puso jubiloso a la noticia de la existencia y de la gloria de José, ¡no hay necesidad de decirlo! Cayó desfallecido; y, cuando recobró el sentido, exclamó: «¡Basta; mi hijo José vive todavía; iré, y lo veré antes de que muera!»
No puede uno dejar de encontrar bien extraordinario a este Faraón que promete dar a unos extranjeros todos los bienes de Egipto; ¡al menos, no se le acusará de ingratitud para con José!
El viejo padre Jacob se vino, pues, al reino donde su bienamado hijo era gobernador. José, subido en su más hermoso carro, fue al encuentro de Israel, y se abrazaron llorando. Esta historia es tan enternecedora que uno mismo no puede contener las lágrimas cuando la lee, ¿no es verdad?

99. Llegada de Jacob a Egipto.
Y este cálculo: «¡Todos los que vinieron a Egipto con Jacob, salidos de su muslo, eran en número de sesenta y seis, sin contar las mujeres de sus hijos!» («salidos de su muslo» — fr. «sortis de sa cuisse»: traducción literal del hebreo «muslo», eufemismo por los órganos genitales; es decir, engendrados por él) (Génesis 46:26)
A retener también esto: «José dijo a sus hermanos y a la familia de su padre: Cuando Faraón os haga llamar ante él y os pregunte cuál es vuestro oficio, le responderéis: — Somos pastores, y, como nuestros padres, nos hemos criado en esta profesión desde nuestra infancia: y diréis esto a fin de que podáis habitar en la tierra de Gosén; pues los egipcios tienen en execración a todos los criadores de ganado.» (Génesis 46:33-34)
En cuanto al rey, dijo a José: «Tu padre y tus hermanos han venido a ti; — todo Egipto está a tu disposición; hazlos habitar en el mejor lugar del país, en la tierra de Gosén; y si entre ellos hay algunos expertos y robustos, dales la intendencia de mis rebaños.» (Génesis 47:5-6) Faraón tiene, pues, rebaños, y vamos a ver inmediatamente que todo su pueblo los tiene también; entonces, ¿cómo podían los egipcios detestar a los criadores de ganado?
Jacob, habiendo sido presentado a Faraón, bendijo al rey; el buen viejo tenía entonces ciento treinta años (v. 7-9). José dio, pues, a su padre y a sus hermanos la posesión del mejor lugar, llamado Ramesés, y les proveyó a todos de víveres; pues el pan faltaba en el mundo entero, y el hambre desolaba sobre todo Egipto y Canaán (v. 11-13).
¿Queréis conocer la manera en que José administraba el reino? Saboread. «José, habiendo recaudado todo el dinero del país vendiendo los trigos puestos en reserva, acumuló este dinero en el tesoro del rey. — El dinero vino, pues, a faltar al pueblo. Entonces, los egipcios vinieron a José: Danos pan, le dijeron; ¿es preciso que muramos de hambre, porque ya no tenemos dinero? — José respondió: Traedme todo vuestro ganado, y os daré trigo a cambio. — Los egipcios trajeron, pues, todo su ganado, y José les dio pan por precio de sus caballos, por sus rebaños de ovejas, por sus bueyes y por sus asnos.» (Génesis 47:14-17)
Estamos en el tercer año de esterilidad, téngase a bien notarlo; la sequía es tal que el trigo no crece desde hace tres años. Si la tierra se niega a producir trigo, ciertamente no debía de producir más hierba; entonces, ¿de qué se han alimentado todos esos ganados? Pero, si había sin embargo algún medio de hacer vivir sin pastos los rebaños de los egipcios, ¡qué rara idea la de éstos de deshacerse de ellos para tener la harina de José! Mucha mejor cuenta les habría tenido comerse sus ganados. Además, al vender sus rebaños, ya no tenían nunca más con qué labrar la tierra. Por otra parte, he aquí un ministro que, de todos modos, pone a los súbditos de su rey en la imposibilidad de sembrar trigo. Lo que es más sorprendente aún es que el autor sagrado no dice una palabra de la inundación periódica del Nilo, y los críticos Herbert, Bolingbroke, Fréret, Boulanger, y por encima de todos Voltaire, han juzgado que esta omisión inexplicable bastaba para demostrar el carácter fantasioso de la historia de José y de los siete años de sequía; todo eso es calificado de pura novela: «No es posible, dicen estos críticos, que el Nilo no se haya desbordado durante siete años seguidos. Todo ese país habría cambiado de faz para siempre. Habría sido preciso que las cataratas del Nilo hubiesen estado taponadas, y entonces toda Etiopía no habría sido más que un vasto pantano. O, si las lluvias que caen regularmente cada año en la zona tórrida hubiesen cesado durante siete años, el interior de África se habría vuelto inhabitable.» Es evidente que semejante desgracia pública habría tomado las proporciones de esos cataclismos que trastornaron nuestro planeta en los primeros tiempos de la humanidad, y que habrían quedado algunas huellas de ella en la historia de los egipcios, pueblo anterior a la nación judía.
«Terminado aquel año, los egipcios volvieron a José el año siguiente, y le dijeron: No ocultaremos a mi señor que, no teniendo ya ni dinero ni ganado, no nos quedan sino nuestros cuerpos y la tierra. — ¿Será preciso, pues, que muramos de hambre ante tus ojos? Toma nuestras personas y nuestras tierras, cómpranos por pan; seremos esclavos de Faraón, y nuestras tierras serán suyas. Pero danos también simiente, a fin de que vivamos; pues, si el labrador muere, la tierra quedará reducida a soledad desolada. — José compró, pues, para Faraón todas las tierras de Egipto; pues los habitantes vendieron cada uno su campo, a causa del hambre que había aumentado. — E hizo pasar al pueblo a las ciudades, de un extremo del reino al otro. — Sólo las tierras de los sacerdotes no fueron compradas; pues los sacerdotes tenían sus campos de la generosidad real, y se alimentaban gracias a una parte de los trigos puestos en reserva que Faraón les hacía dar; por eso los sacerdotes no fueron obligados a vender sus tierras. — Entonces, José dijo al pueblo: Os he comprado hoy, a vosotros y a vuestras tierras, y pertenecéis desde ahora a Faraón.
Ahora, he aquí simiente, a fin de que preparéis las cosechas futuras. — Pero la quinta parte de toda cosecha pertenecerá al rey, y os concedo las otras cuatro, para permitiros comer, vosotros y vuestros hijos, y sembrar de nuevo. — Y respondieron: Nos has salvado la vida; dígnate, mi señor, mirarnos siempre con bondad, y seremos sin pesar los esclavos de Faraón.» (Génesis 47:18-25)
Esta manera de administrar un reino, lejos de valer a José el título de bienhechor que la Biblia le da, hace de él, muy al contrario, un tirano ridículo y extravagante. Si esta historia fuera verdadera, si los pueblos hubiesen creído en la beneficencia del gobernador de Egipto en los primeros tiempos de la escasez, su imbecilidad ya no tendría excusa cuando la explotación de que fueron víctimas llegó a ese punto. ¡Cómo! dicen los críticos citados hace un momento, este buen ministro
¡José hace esclava a toda una nación! ¡vende al rey todas las personas y todas las tierras del reino! Es una acción tan infame y tan punible como la de sus hermanos, que degollaron a todos los siquemitas. No hay ejemplo, en la historia del mundo, de semejante conducta en un ministro de Estado. Un ministro que obrase así, en cualquier país que fuese, provocaría pronto un levantamiento general y no escaparía a la justa cólera de las poblaciones.
Afortunadamente, una historia tan atroz no es más que un cuento estúpido. Hay demasiado absurdo en apoderarse de todo el ganado, cuando desde hacía largo tiempo la tierra no producía hierba para alimentarlo. Y, si hubiera producido hierba, habría podido producir también trigo, no hay manera de salir de ahí; porque, de dos cosas una: siendo el terreno de Egipto esencialmente arenoso, solo las inundaciones regulares del Nilo pueden hacer crecer la vegetación; o bien, si se admite la inadmisible cesación de esas inundaciones durante siete años consecutivos, todo el ganado debe de haber perecido. Además, no se estaba entonces más que en el cuarto año de la pretendida esterilidad: ¿de qué habría servido dar al pueblo simientes para no producir nada durante otros tres años? Esos siete años de esterilidad son, pues, una de las fábulas más increíbles que la imaginación del divino palomo haya inventado en el Génesis.
Se habrá notado también qué miramientos tiene el autor sagrado de los judíos para con los sacerdotes egipcios: son los únicos a quienes José trata con consideración; sus tierras quedan libres cuando la nación ha caído en la esclavitud, y encima son alimentados a expensas de esa desdichada nación. Ahora bien, la Biblia contiene la enseñanza religiosa que los pretendidos representantes de Dios se han dado la misión de hacer penetrar en los cerebros del pueblo. Con este episodio, los ministros de Jehová inculcan, pues, la idea del respeto hacia la persona de cualesquiera sacerdotes, incluso de otras religiones. Los sacerdotes no se comen entre sí.
El palomo-pato («palomo-pato» — fr. «pigeon-canard»: el «pigeon», palomo, es el Espíritu Santo, el «divino palomo» de Taxil; «canard», pato, significa también en francés «bulo, patraña») nos enseña luego que Jacob permaneció diecisiete años en Egipto, donde murió, y que por consiguiente vivió en total ciento cuarenta y siete años (v. 28). Dos capítulos enteros, el 48 y el 49, están consagrados a las bendiciones que el patriarca distribuyó en su lecho de muerte. Bendice a sus doce hijos, reunidos a su cabecera; y, como divisa en la habitación a dos hombres que no conoce, pregunta: «¿Quiénes son, pues, estos?» Y José le responde: «Son mis dos hijos Efraín y Manasés, nacidos en este país de Egipto antes de que tú vinieses aquí, padre mío.» Entonces Jacob dice: «Pues bien, hazlos acercar, te lo ruego, a fin de que los bendiga.» ¡En diecisiete años que el patriarca llevaba habitando el reino, José no había pensado todavía en presentarle a su familia!
Las bendiciones dadas por Jacob a sus hijos no estuvieron exentas de algunos reproches. Así, Rubén, que había hecho cornudo a su padre («hecho cornudo» — fr. «cocufié», verbo familiar y burlesco: Rubén se había acostado con Bilha, concubina de su padre), perdió aquel día su derecho de primogenitura. «Rubén, dijo el patriarca, tú eres mi primogénito, mi fuerza y el principio de mi vigor; tú eres grande en dignidad y grande en fuerza muscular. Pero te has desbordado como el agua, y no tendrás la preeminencia; porque subiste sobre una de las mujeres de tu padre y derramaste tu simiente en mi lecho.» (Génesis 49:3-4)
Aquel día también, el viejo padre Jacob dejó entender claramente que había sido partidario del matrimonio de su pequeña Dina con el príncipe Siquem y que en su interior había desaprobado la gran matanza llevada a cabo por Simeón y Leví; porque no transfirió a ellos el derecho de primogenitura quitado a Rubén, y hasta estigmatizó sus violencias con severidad. «Simeón y Leví, dijo, son hermanos, y hermanos en sus violencias; ¡que mi alma no entre en su consejo secreto! ¡que mi gloria no se junte a su reunión! porque mataron gente por cólera, y se llevaron rebaños de bueyes por su placer. ¡Maldita sea su cólera, porque fue violenta; y su furor, porque fue duro! Los dividiré en Jacob, y los dispersaré en Israel.» (Génesis 49:5-7) Los teólogos califican de proféticas todas las palabras pronunciadas por Jacob en su lecho de muerte: sin embargo, la continuación de la historia nos mostrará que los pretendidos descendientes de Leví no fueron los que peor lote recibieron («los que peor lote recibieron» — fr. «les plus mal lotis», de «lot», lote, parte que toca en un reparto); porque a ellos fue dado el sacerdocio en Israel, con todos sus beneficios y privilegios.
En buena lógica, el preferido habría debido ser José, a quien Jacob había tenido como primogénito de su querida Raquel, José que había sido la gloria de su vejez, que le había dado tanta alegría y que había enriquecido a toda la familia. Nada de eso, el preferido fue Judá; Judá, que había sido el instigador de la venta de José a los mercaderes madianitas, Judá el incestuoso tuvo la precedencia sobre el virtuoso José. A él fue a quien el viejo padre Jacob confirió el patriarcado, que era la parte divina de su herencia. «Judá, en cuanto a ti, pronunció Jacob, tus hermanos te exaltarán; tu mano se hará pesada sobre el cuello de tus enemigos, y todos los hijos de tu padre se postrarán ante ti. Judá, tú eres un león joven. Oh hijo mío, has vuelto, después de haber despedazado tu presa; te has echado, como un león siempre lleno de fuerza, aun cuando es viejo. El cetro no será quitado de Judá, ni la legislatura, hasta que venga el Sçilo («Sçilo» — fr. transcripción de Taxil, según Ostervald, del «Siloh» de las Biblias españolas, Reina-Valera, que la tradición cristiana lee como el Mesías); y a él pertenece gobernar la asamblea de los pueblos. Ata a la vid su pollino, y la cría de su asna a una muy buena cepa. Lavará su túnica en vino, y su manto en la sangre de las uvas. Tiene los ojos bermejos de vino y los dientes blancos de leche.» (Génesis 49:8-12)
Los demás tuvieron bendiciones bastante banales. En cuanto a José, si no fue el sucesor de Jacob en el título de patriarca, tuvo al menos buenas palabras: «El Dios fuerte de tu padre te ayudará, y el Todopoderoso te colmará por arriba de las bendiciones del cielo y por abajo de las bendiciones del abismo, y tendrás también las bendiciones de los pechos y de la matriz de la mujer.» (Génesis 49:25)
Jacob hizo prometer, en fin, a sus hijos que transportarían su ataúd fuera de Egipto y lo enterrarían en la cueva de Macpela, en el país de Canaán, junto a Abraham, Sara, Isaac, Rebeca y Lea. «Y cuando Jacob hubo acabado de dar sus órdenes a sus hijos, recogió sus pies en el lecho, y expiró.» (Génesis 49:33)
Se hizo al patriarca polígamo un entierro de primera clase, embalsamamiento incluido y transporte a Canaán. Si hay que creer al capítulo 50 y último, los egipcios llevaron luto durante setenta días.

100. Magníficas exequias de Jacob.
José vivió hasta su fin en las grandezas, manteniendo a sus hermanos y a sus familias; vio en torno suyo a sus nietos y a sus biznietos. Murió a la edad de ciento diez años.
Y he aquí terminado el Génesis. Pasamos, ahora, al Éxodo.
CAPÍTULO 7 Moisés y el viaje de cuarenta años
El Éxodo es el libro que relata la salida de Egipto y el largo paseo de los hebreos por la península del Sinaí; se completa con el Levítico, los Números y el Deuteronomio.
Se sabe que este gran viaje del pueblo judío duró cuarenta años. Si se echa una ojeada a un mapa geográfico que dé la Arabia Pétrea y la Palestina, uno se da cuenta fácilmente de lo que fue esta peregrinación para siempre famosa. En resumen, los hebreos salieron de Egipto en Baal-Zefón, que es hoy Suez, — y es supuestamente ahí el lugar donde pasaron el Mar Rojo; — bordearon la costa oriental del Mar Heroopolita (golfo de Suez) y bajaron hasta Refidim, atravesando el macizo del Sinaí; en esa región sur de la península, avanzaron hacia el este hasta Hazerot (hoy Aïn-el-Hadhrah); desde allí, subiendo de nuevo hacia el norte hasta el Djebel-Halal, caminaron luego más al este todavía, para dirigirse en dirección al Mar Muerto, que rodearon por la derecha, llegando por fin a Jericó. Con ayuda de un mapa moderno, se determina con la mayor facilidad la posición exacta de los tres puntos extremos de este itinerario: Baal-Zefón, punto de partida, está a 30° de latitud norte y a 30° 12' de longitud este; Hazerot, el punto extremo sudeste del viaje, está a 28° 45' de latitud norte y 32° 10' de longitud este; Jericó, punto de llegada, está a 31° 50' de latitud norte y 33° 7' de longitud este. Por consiguiente, la separación entre estos tres puntos extremos no es formidable; por lo demás, todo el mundo puede verificarlo.
¡Y bien! ¿qué representa, pues, ese legendario viaje? ¿qué itinerario moderno podría comparársele, para hacer resaltar mejor el ridículo acabado de la relación bíblica?... La memorable marcha de los hebreos en pos de Moisés y Josué equivale EXACTAMENTE a un viaje a pie que se hiciera partiendo de París para bajar al sudeste hasta Dijon y subir luego al nordeste hasta Lieja, en Bélgica. París, Dijon y Lieja dan, sobre el globo, la misma separación geométrica que Baal-Zefón, Hazerot y Jericó. ¡Un tullido sin piernas no pediría tres meses para cubrir este recorrido, y descansaría con frecuencia por el camino! Los israelitas emplearon en él cuarenta años. Inclinémonos, y sonriamos ante esta colosal patraña que el palomo-pato ha hecho tragar una vez más a los devotos mistificados.
Pero los creyentes no examinan nada y se lo tragan todo. Si se tomaran solamente la molestia de reflexionar un poco, después de haber leído el Éxodo, encontrarían al menos asombroso que el autor de este libro, que dice haber sido criado en Egipto y haber vivido allí largo tiempo antes de arrastrar a sus compatriotas a salir de él, no tenga una palabra acerca de los monumentos, las costumbres, las leyes, la religión, la política, la historia de ese país tan renombrado y entonces en plena civilización; porque, por posterior que sea el reino de Egipto al vasto imperio de las Indias y al de China, lo cierto es que los egipcios contemporáneos del pretendido Moisés ocupan el primer rango entre las naciones civilizadas de nuestro Occidente; en aquella época florecían Tebas y Menfis, cuya existencia el autor del Éxodo parece ignorar, puesto que ni siquiera habla de esas maravillosas y opulentas ciudades, puesto que sus nombres parecen serle desconocidos. En cuanto a los poderosos monarcas que reinaban entonces, el autor sagrado los llama a todos indistintamente Faraón, lo cual es un título, y no un nombre; el «faraón» es el rey egipcio, como un rey de Prusia es un «könig», como una reina de Inglaterra es una «queen». El pretendido Moisés, hablando de diferentes reyes de Egipto, atribuyéndoles aventuras en tiempos situados a varios siglos de distancia y no encontrando para designar a los unos y a los otros más que el nombre de Faraón, se parece a un seudohistoriador que, en relatos de fantasía referentes al imperio ruso en diversas épocas, citase constantemente a «Su Majestad Zar», para designar a los emperadores Iván el Terrible, Pedro el Grande y Nicolás I, cuyos nombres ignorase; ese historiador grotesco sería un torpe, que haría reír de él. Ahora bien, ¿cómo podría tomarse más en serio al autor del Génesis y del Éxodo? Conoce y cita los nombres personales de minúsculos reyezuelos, cuando se trata de reinos sin historia, es decir, absolutamente imaginarios, tales como los de Sodoma, de Gomorra y de Gerar; pero, cuando es el soberano de un reino real, histórico, importante, el que pone en escena, como el de Egipto, entonces su ciencia se vuelve modesta hasta el punto de no atreverse a decir si el faraón de que habla es Tutmosis, Amenofis u Horus. En resumen, precisa, cuando cree que ningún control de sus asertos es posible; se queda en lo vago, cuando la gran cuestión para él es no traicionar su ignorancia con algún enojoso quid pro quo, que correría el riesgo de ser un día demasiado fácilmente demostrado.
Los teólogos, que han proclamado que el Pentateuco es la más pura expresión de la verdad, no preveían los descubrimientos de los Champollion, los Wilkinson, los Lepsius y otros sabios egiptólogos, cuando fijaron las fechas de la cronología del mundo basándose en la Biblia. Así, según la Vulgata, es decir, según san Jerónimo, la creación del mundo sería del año 4004 antes de J. C., y el diluvio universal sería del año 3296; y todos los Padres de la Iglesia opinaron con el bonete («opinaron con el bonete» — fr. «opiner du bonnet»: asentir con la cabeza sin reflexionar, por los bonetes que antaño se alzaban para votar). Ahora bien, Menes, jefe militar egipcio, que fundó la primera dinastía conocida, sustrayendo a su país de la dominación suprema de la casta sacerdotal, llevó a cabo esta revolución 5.400 años antes de la era cristiana, o sea 1.400 años antes de la creación y 2.100 años antes del diluvio. Los teólogos nos dan también la fecha en que José, siendo primer ministro de un faraón, estableció a Jacob y a su familia en la tierra de Gosén; es en 1962 antes de J. C.: y los hebreos permanecieron cuatrocientos treinta años en Egipto; su salida se sitúa en el año 1533, siempre según los teólogos y la Biblia. Pero, hoy, se poseen, se han sacado a luz y descifrado los monumentos históricos de Egipto; se ha leído esa historia escrita en la piedra de los templos y de los obeliscos, y la historia de ese período se encuentra allí, estableciendo los reinados y los grandes hechos de los Faraones, en particular el pilono del templo de Karnak, descubierto en Tebas, que enumera las 115 ciudades sometidas por el faraón Tutmosis III, después de su victoria de Meguido; se conocen, y en detalle, las quince campañas sucesivas y siempre felices emprendidas en Asia por este príncipe. Ahora bien, ese reinado glorioso, que la ciencia de los jeroglíficos ha iluminado con una luz tan viva, brilla en medio de los siglos en que los hijos de Jacob estaban supuestamente en Egipto; y nada, en esos monumentos, nada, absolutamente nada relata el famoso gobierno de José; ¡ninguno de esos faraones pensó en inscribir, en los anales de piedra del reino, la celebridad de su Richelieu!...
Mejor aún, el faraón que reinaba en la época en que, según el autor sagrado, los hebreos salieron de Egipto, y, por consiguiente, aquel a quien vamos a ver dentro de poco tragado por las olas del Mar Rojo, pereciendo miserablemente con todo su ejército, ese faraón, tomando las fechas bíblicas adoptadas por los teólogos, no puede ser sino Amenofis III. Ahora bien, su historia está escrita por completo en los monumentos antiguos, y no concuerda en nada con la narración del Éxodo. Este príncipe pertenecía a esa valerosa raza de los faraones de la decimoctava dinastía, soberanos poderosos y conquistadores ilustres, que dieron al imperio egipcio un esplendor y una extensión que solo fueron mantenidos por la dinastía siguiente; hicieron la conquista de Etiopía, de todo el país de los árabes, de Mesopotamia, del país de Canaán, tomaron Nínive y la isla de Chipre, tuvieron por tributarios a los babilonios, a los fenicios, a los armenios; en una palabra, el éxito de sus armas se extendió muy lejos en el Asia occidental. Tutmosis IV, padre de Amenofis III, no perdió el fruto de las conquistas del gran Tutmosis; hay monumentos que lo representan reinando gloriosamente en 1550 antes de J. C., diecisiete años antes de la época en que la Biblia sitúa la salida de los hebreos de Egipto. En cuanto a Amenofis III, los testimonios históricos de sus triunfos abundan: él fue quien fundó el templo de Luxor; en su honor fue erigida en Tebas la estatua tan conocida con el nombre de coloso de Memnón, estatua que lo representaba y que emitía sonidos armoniosos cuando los rayos del sol naciente venían a herirla; se tiene la larga lista de los reyes y de los pueblos que estaban sometidos a este faraón, muerto en plena gloria en su trono, y de ningún modo ahogado en el Mar Rojo, sino suntuosamente inhumado en una de las pirámides. En el año en que el Éxodo lo hace perecer en las olas obedientes a la varita de Moisés, él acababa la conquista de Abisinia, y más tarde hacía todavía grandes expediciones en Asia; tan poco murió en aquella época, que, mientras el Éxodo pasea a los judíos por la península del Sinaí, él hacía construir el magnífico palacio de Soleb, en la alta Nubia, y la parte sur del gran templo de Karnak, en Tebas. Dejó su inmenso imperio a su hijo Horus, que castigó una revuelta de los abisinios y continuó las obras de su padre. He ahí la historia; contradice formalmente a la Biblia.
Estas consideraciones preliminares eran útiles. Vamos, ahora, a pasar una revista rápida a la leyenda de Moisés.
Así pues, en el cuarto siglo después de la instalación de Jacob y Cía en Gosén, los sesenta y seis hebreos se habían multiplicado prodigiosamente, y el rey de entonces había olvidado por completo los servicios prestados antaño por José a Egipto. Muy cruel incluso era Faraón (seguiremos llamándolo por el nombre, que no lo es, que le da el autor sagrado); hizo llamar a las dos comadronas judías, Mme Sifra y Mme Fúa, que tenían toda la clientela de sus compatriotas, y les ordenó que, cuando asistiesen a un parto israelita, estrangulasen a los niños varones. Las dos parteras se apresuraron a no obedecer a Faraón, y, cuando este les preguntó por qué dejaban vivir a los niños varones, respondieron: «Las mujeres judías no son como vuestras egipcias; conocen el arte de parir y se libran ellas mismas, antes de que hayamos llegado.» (Éxodo 1:19) Entonces Faraón promulgó un edicto que decretaba que todo niño varón nacido a un israelita debería ser arrojado al río inmediatamente después de su nacimiento.

102. Edicto que ordena la muerte de los niños varones.
Fue, como puede pensarse, una gran desolación en las familias judías. Las prescripciones del edicto podían imponerse tanto más fácilmente cuanto que los desdichados descendientes de Jacob se hallaban reducidos a una especie de esclavitud; eran tratados muy duramente por los funcionarios egipcios, ya no se pertenecían, por así decirlo, y se les obligaba a ejecutar los trabajos más penosos. (Éxodo 1:11-14)

101. Trabajos penosos de los israelitas.
Ahora bien, he aquí que una madre, que era de la familia de Leví, escondió durante tres meses a su hijo; lo había encontrado «hermoso». Pero, no pudiendo esconderlo por más tiempo y temiendo una denuncia, tomó una cesta de juncos, que untó de betún y de pez, metió en ella al bebé, y fue a colocar la cuna a la orilla del río, entre los cañaverales. Después, dijo a la hermana mayor del niño que se mantuviese en observación a cierta distancia. En esto, la hija de Faraón, acompañada de sus doncellas, vino a bañarse en el Nilo.

103. Moisés expuesto en el Nilo.
El autor sagrado descuida alabar el valor de la princesa, y es un olvido lamentable; estando el Nilo infestado de cocodrilos, ese baño merece la admiración del lector. Además, la corte residía en Menfis, y de Menfis al país de Gosén, morada de las familias judías, hay más de cincuenta leguas. Sea como fuere, la princesa llegó muy a propósito.
No haciéndose nada sino por la voluntad de Jehová, es, pues, con su permiso como todos los demás pequeños judíos habían sido ahogados en el Nilo y devorados por los cocodrilos, y es también en virtud de los grandes proyectos divinos como este bebé solo iba a ser salvado. Fue papá Buen Dios, evidentemente, quien había enviado a la hija de Faraón a bañarse tan lejos y quien le había inspirado el desprecio de los terribles anfibios. Sucedió, pues, lo que la Providencia había dispuesto: la princesa encontró la cuna flotante, se conmovió con los vagidos del niño y comprendió al primer golpe que era un pequeño judío; a lo cual, la hermana mayor se presenta y propone ir a buscar una nodriza; la princesa aplaude esta excelente idea; es la madre quien acude; la hija de Faraón le confía el niño para amamantarlo, declara que pagará los meses de nodriza, y se va, muy contenta de su buena acción.

104. La cuna de Moisés encontrada por la hija del rey.
Más tarde, cuando el niñito fue destetado, la madre lo llevó de vuelta a la princesa. Esta, que se había encariñado con él, le dio el nombre de Moisés, que quiere decir «salvado de las aguas», y abogó tan bien por su causa ante el rey, que este monarca, tan cruel sin embargo, consintió en hacer educar al chiquillo en su corte; la Biblia dice incluso que Faraón lo adoptó por hijo.

105. Infancia de Moisés en la corte de Faraón.
Moisés creció, revelándose como un pequeño prodigio desde su infancia; maravillaba al rey, a su hija, a los cortesanos; un brillante porvenir le estaba reservado. Hecho ya un joven, iba a visitar a sus compatriotas hebreos: un buen día, habiendo visto a un egipcio golpear a un judío, mató al egipcio y lo enterró en la arena; tras lo cual, habiendo reflexionado sobre las consecuencias de este asesinato, huyó y se escondió en el país de Madián. Esta comarca estaba situada al sudeste de la península del Sinaí, y no hay que confundirla con otros dos países del mismo nombre, de los que se hablará más adelante y que se hallaban, uno al norte del Mar de Elat (hoy golfo de Ákaba), el otro al este del Mar Muerto; porque, si se confundieran todos esos países de Madián, podría creerse que el Espíritu Santo ha perdido el mapa («ha perdido el mapa» — fr. «a perdu la carte», juego de palabras: «perdre la carte» es también expresión familiar por aturdirse, no saber ya dónde se está) y es un perfecto chocho en geografía.
En el Madián n.º 1, Moisés trabó conocimiento con un sacerdote idólatra, llamado Jetro, papá de siete hijas, una de las cuales, la bella Séfora, cautivó el corazón del fugitivo. Matrimonio, larga luna de miel, y he aquí a Moisés padre de un mocoso que fue llamado Gersón. Mientras tanto, Faraón pasaba al estado de momia y tenía un sucesor que continuó maltratando a los pobres judíos en una servidumbre cada vez más dura. Entonces Jehová, que, lo mismo que Moisés, ya no pensaba en el infortunio de los hebreos, se acordó de la alianza que había concluido con Isaac y Abraham, Jacob. (Éxodo 2)
El sacerdote Jetro era propietario de un rebaño, y a veces encargaba a su yerno llevarlo a pacer. En una de esas excursiones, Moisés fue hasta el monte Horeb, que forma parte del macizo sinaítico, sin ser el Sinaí mismo. De repente, una zarza se inflamó, y papá Buen Dios apareció en medio de ese fuego; lo más curioso, según parece, es que la zarza estaba toda en llamas, sin consumirse. El Eterno ordenó a Moisés, pasmado, que se descalzase; el otro obedeció. Dios le anunció entonces que le daba una misión, que tendría que ir ante Faraón, para invitarlo a dejar que los hebreos partiesen de Egipto, pero que este no se decidiría a ello sino después de haber visto cierto número de milagros obrados por él, Moisés. Tendría además que reconfortar a sus compatriotas. Moisés pidió a la aparición que le dijese su nombre. Y Dios dijo a Moisés: «Me llamo Eheïeh. Dirás a los hijos de Israel: Eheïeh me envía a vosotros.» (Éxodo 3:14) Papá Buen Dios, entre otras recomendaciones acerca de la próxima partida de Egipto, hizo esta: «Cada mujer israelita pedirá prestados a su vecina egipcia o a su huéspeda vasos de plata y de oro, así como hermosos vestidos; vuestros hijos y vuestras hijas se los llevarán, y así despojaréis a los egipcios.» (Éxodo 3:22)
(«Eheïeh» — transcripción de Taxil del hebreo que las Biblias españolas, como la Reina-Valera, traducen «YO SOY», como en «YO SOY EL QUE SOY». Lo deja sin traducir porque lo que quiere mostrar es que el dios da un nombre que nadie puede interpretar.)

106. La zarza ardiente.
Luego, como Moisés manifestó su temor de no ser creído bajo palabra ni por los judíos ni por Faraón, Jehová-Eheïeh le confirió, en el acto, el don de los milagros. Un bastón que el yerno de Jetro tenía en la mano se cambió en serpiente y volvió a ser luego bastón.

107. La vara de Moisés se cambia en serpiente.
«Dios le dijo aún: Mete ahora tu mano en tu seno. Y él obedeció, y sacó de su seno su mano toda cubierta de una lepra blanca como la nieve. Luego, por orden de Dios, volvió a meter su mano en su seno, y volvió a ser una carne sana como antes.» Jehová hizo saber también a Moisés que le daba el poder de cambiar el agua en sangre y la sangre en agua. Moisés tenía aún alguna vacilación: explicó a Dios que, siendo tartamudo, sería un mal orador para predicar al pueblo; Dios se encolerizó, no le curó en absoluto de su tartamudez; pero le respondió que, puesto que así era, asociaba a su misión a Aarón, su hermano mayor. Observemos, de paso, que Aarón no se escondía en Egipto; su madre lo había salvado, pues, sin que se sepa cómo.
A raíz de esta aparición, Moisés se despidió de su suegro y se llevó a su mujer y a sus hijos. «Y aconteció, en el camino, que Dios lo encontró en una taberna y quiso matarlo; pero Séfora tomó al punto un cuchillo afilado, cortó el prepucio de su hijo, lo arrojó a tierra, y Dios quedó desarmado.» (Éxodo 4:24-25)
Aarón, avisado por Jehová, salió al encuentro de Moisés, supo de él todo el detalle de la misión de que estaban investidos, y desde entonces fueron los dos hacia Faraón. El rey no hizo ningún caso de los avisos que le dieron los dos hermanos; al contrario, las vejaciones contra los israelitas redoblaron (cap. 5). Moisés aseguró a sus compatriotas que, por la voluntad de Dios, recobrarían la libertad (cap. 6).
Moisés tenía ochenta años y Aarón ochenta y tres cuando hablaron a Faraón para intimarle que autorizase a los israelitas a salir de Egipto; y como el rey se negaba a atender a razones, Aarón arrojó su vara delante de él. En el mismo instante, la vara se transformó en dragón. Los magos de la corte, llamados a toda prisa, arrojaron a su vez sus varas, que se convirtieron en otros tantos dragones; pero el dragón de Aarón devoró a los dragones de los magos. Este milagro dejó a Faraón tan poco dispuesto como antes a devolver la libertad a los hebreos. Entonces Moisés golpeó el Nilo con un golpe de varita, y las aguas del río se cambiaron en sangre; la Biblia añade que los magos del rey hicieron otro tanto. Los peces murieron; los egipcios cavaron alrededor del Nilo, pero sin éxito, a fin de tener agua que beber; el autor sagrado omite decir cómo se la procuraron los judíos (cap. 7).
Aarón y Moisés gratificaron aún a Egipto con otras plagas. Hubo una invasión de ranas; y los magos de la corte, picados en su amor propio, realizaron el mismo prodigio; de tal suerte que ya no se veían más que ranas por todas partes; era como una lluvia, un diluvio de ranas. A las ranas sucedieron los piojos; Egipto quedó enteramente cubierto de ellos; luego pulularon otros insectos, que la Biblia no designa con más claridad. En cambio, el autor sagrado nos enseña que los magos no pudieron ejecutar el milagro de los piojos. Ranas, piojos e insectos innominados desaparecieron; pero el corazón de Faraón estaba más endurecido que nunca, y no dejó partir al pueblo judío (Éxodo 8).

108. Plagas de Egipto: la lluvia de ranas.
La quinta plaga consistió en la muerte súbita de todos los caballos, asnos, camellos, bueyes y ovejas de los egipcios. No había terminado aquello. Sexta plaga: Moisés y Aarón tomaron ceniza y vinieron a esparcirla delante del rey; al punto todos los egipcios quedaron llenos de úlceras. Séptima plaga: huracanes de granizo y de fuego que destruían todas las hierbas y todos los árboles de los campos; sólo el país de Gosén, donde estaban los israelitas, fue respetado. Esta vez, Faraón consintió en la partida de los judíos. Moisés extendió la mano; los huracanes cesaron, y... Faraón retiró su palabra (cap. 9).
Octava plaga: gran viento, que trae miles de millones de langostas, que royeron el poco verdor que había escapado al granizo. Arrepentimiento de Faraón; viento que se lleva al Mar Rojo todas las langostas; Faraón vuelve otra vez sobre lo que ha dicho y retiene a los israelitas. Novena plaga: Egipto queda cubierto de tinieblas tan espesas que se las puede tocar con la mano (sic). Faraón se decide a dejar partir a Moisés y a sus compatriotas; pero quiere quedarse con sus ovejas y sus bueyes, que Dios había preservado de esta múltiple avalancha de azotes (Éxodo 10).
Para acabar, Jehová envió ángeles exterminadores, con la orden de degollar a los primogénitos de los egipcios. Ahora bien, a fin de evitar todo error, dado que el programa rezaba que el exterminio tendría lugar de noche, se comió un cordero en cada familia judía y, sobre la puerta de sus casas, los israelitas hicieron una pequeña marca con la sangre del cordero; ésa fue la institución de la Pascua (Éxodo 12:12-13). De esto resulta que los ángeles, que pasaron a medianoche por todas las ciudades de Egipto, llevaban una espada para la matanza y una linterna para examinar si las puertas de las viviendas estaban o no marcadas con la sangre del cordero; no somos nosotros, es la Biblia la que materializa así a los ángeles. ¡Ah! ¡cómo debió de reírse el divino palomo al dictar semejantes burradas!...

109. Los ángeles exterminadores.
Todos los primogénitos egipcios fueron, pues, degollados, «desde el príncipe hijo mayor de Faraón, que debía sucederle en el trono, hasta los primogénitos de los esclavos y de los prisioneros que estaban en los calabozos. Y el rey se levantó aquella noche; porque hubo un clamor de desolación en todo Egipto.» Faraón mandó buscar en el acto a Moisés y a Aarón, y les dijo: Partid cuanto antes, vosotros y los hijos de Israel. «Entonces los hebreos hicieron lo que Dios les había enseñado por boca de Moisés: tomaron prestados todos los vasos preciosos que pudieron, así como los más hermosos vestidos; y el Eterno hizo a los egipcios fáciles en prestarles todas las cosas de valor; de suerte que despojaron a los egipcios.» (Éxodo 12:35-36)

110. Los israelitas obtienen el derecho de salir de Egipto.
El Éxodo nos enseña aquí que las familias judías, cuyo lugar de residencia no había dejado de ser la comarca de Gosén desde la venida de Jacob, se concentraron en Ramesés para la partida. De allí se hizo camino hasta Sucot; eran en número de seiscientos mil hombres válidos, sin contar las mujeres y los niños; una muchedumbre considerable de gentes de toda condición se unió a ellos, y tenían prodigiosa cantidad de bueyes e innumerables rebaños (v. 37-38). Moisés había tomado consigo los huesos de José (Éxodo 13:19).
Esto permite calcular aproximadamente a cuántas víctimas ascendió la matanza atribuida, por el palomo, a los ángeles de Jehová. Puesto que los que partieron de Ramesés eran seiscientos mil «en armas» (Éxodo 13:18), eso supone seiscientas mil familias. El país de Gosén es la cuadragésima parte de Egipto, desde Meroe hasta Pelusio; el resto del reino contenía, pues, veinticuatro millones de familias; ¡así Dios mató, por mano de sus ángeles, ese número espantoso de primogénitos!
De Sucot los hebreos fueron a Etam, donde acamparon. Luego llegaron a Baal-Zefón (Suez), y allí de nuevo acamparon, cerca del mar (Éxodo 14:2). Se observará que el lugar designado por la Biblia no es precisamente el Mar Rojo, sino el fondo del golfo de Suez; si había agua que atravesar, era la del canal de los Faraones, que existía entonces, y que iba del Nilo a los Lagos Amargos.
Mientras Moisés y sus compatriotas se habían puesto en camino, Faraón, cuyo espíritu era decididamente de una movilidad extravagante, lamentó haberse privado de aquellos excelentes súbditos que le habían valido tantos azotes. «Hizo enganchar su carro, los seiscientos carros de sus generales, y todos los carros de Egipto, en los cuales se colocaron los mejores capitanes» (Éxodo 14:6-7); se puso a la cabeza de todo su ejército, y su pueblo mismo fue con él; «la caballería egipcia, los carros de los jefes y el ejército alcanzaron a los hebreos en Pi-hahirot, cerca de Baal-Zefón» (v. 9). Uno se pregunta de dónde salían esos tiros y toda esa caballería, puesto que la quinta plaga había matado, sin una sola excepción, los caballos, asnos, camellos y bueyes de los egipcios.
En el primer momento, los israelitas se inquietaron; pero Moisés les hizo pasar vivamente el mar a pie enjuto: de un simple golpe de varita, había separado las olas.

111. Los israelitas pasan el mar Rojo.
Faraón, viendo el prodigio, pensó que aquel camino abierto a través de las ondas era igualmente bueno para él. Se metió en él con su ejército; pero ¡je t’en fiche! («je t’en fiche» — fr. «je t’en fiche !», exclamación familiar que equivale a «¡ni hablar!», «¡qué va!»: lo que se esperaba no sucede) Moisés dio un nuevo golpe de varita mientras los egipcios estaban en la mitad misma del mar. «Entonces las aguas se reunieron con ímpetu y cubrieron los carros, la caballería y todo el ejército de Faraón; y no quedó ni uno solo.» (Éxodo 14:28)

112. El ejército egipcio es engullido.
Notemos que Faraón no se había lanzado en persecución de los hebreos para exterminarlos, sino para envolverlos y volverlos a llevar a la servidumbre en su reino. Contando éstos entre ellos seiscientos mil hombres válidos y armados, se puede, vistos los viejos papás, las mamás, las esposas, las hermanas y los hermanos pequeños, evaluar el conjunto de los emigrantes en unos tres millones de personas. Para capturar a semejante población, hacían falta fuerzas mucho más numerosas. Por otra parte, según el cálculo tan lógico de hace un momento, es en veinticuatro millones en lo que se cifra aproximadamente el total de las familias egipcias; contando un soldado por familia, el ejército de Faraón debió de ser de veinticuatro millones de combatientes. Verdad es que Dios ya había matado al mayor de cada familia; pero los menores podían estar en edad de llevar las armas; y, por lo demás, este proyecto de persecución suscitó un gran entusiasmo, puesto que el autor sagrado nos dice que el pueblo acudió en masa a acompañar a su rey. No olvidemos a los egipcios, a quienes nuestros fugitivos acababan de escamotear vasos preciosos y hermosos vestidos («escamotear» — fr. «filouter», robar con astucia, como un ratero); aquéllos no debieron de vacilar en lanzarse tras sus ladrones. Pero reduzcamos las cifras a la mitad, si se quiere: como mínimo, doce millones de egipcios fueron ahogados con Faraón.
Se dirá quizá que, si ningún autor egipcio soltó jamás palabra de este desastre tan milagroso como espantoso, ni de las diez plagas que devastaron el reino, fue por amor propio nacional. Concedámoslo. Pero las demás naciones del mundo, ¿eh? ¿cómo no tuvieron conocimiento de tan terribles acontecimientos? He aquí, sin embargo, un gigantesco ahogamiento que exoneró de un solo golpe a los ciento quince príncipes tributarios del faraón Amenofis. ¡Qué! ¡ni siquiera Heródoto, a quien la antigüedad llamó «el padre de la Historia» y que recogió tantos hechos relativos al viejo Egipto, visitado por él a fondo; Heródoto, que narró las hazañas de Sesostris, que habló de la estatua de Amenofis, el coloso de Memnón, no habría conocido el fin trágico de aquel príncipe y el hundimiento de su ejército!... Este silencio general de los historiadores de aquellos tiempos lejanos es por lo menos tan milagroso como el prodigio mismo.
Los israelitas vieron, pues, la destrucción de sus enemigos. Si se acepta el hecho, se puede añadir que los descendientes de Jacob se rieron tanto y tanto de la aventura, que varios se quedaron jorobados. En todo caso, el capítulo 15 del Éxodo nos enseña que María, hermana de Moisés y de Aarón, tomó un tambor en la mano, y que todas las mujeres, agarrando tambores y flautas, danzaron de alegría con ella; este capítulo nos hace saber también que Moisés improvisó illico un cántico («illico» — fr. «illico», latinismo familiar: al instante, sin demora) (no dice en qué lengua) y que todo Israel lo cantó a una sola voz. No perdamos de vista que cantores y bailarinas formaban un coro de tres millones de personas; letra y música fueron aprendidas en el mismo instante. Os ruego que os representéis ese orfeón ejecutando esa cantata. ¡Sapristi! («¡Sapristi!» — fr. «Sapristi !», juramento suavizado de «sacré», sagrado: exclamación de sorpresa o enfado) ¡qué hermoso debía de ser aquello!...
He aquí a nuestros hebreos en marcha por la Arabia Pétrea, así llamada porque apenas crecen en ella más que piedras, guijarros. El objeto del viaje era el país de Canaán, siempre codiciado por sus antepasados; ¿por qué no establecerse en él por fin, ahora que se estaba en número?... Por lo demás, Moisés les había afirmado, por la palabra del Señor, que aquella tierra de Canaán era de una fertilidad asombrosa. Lo difícil era encontrarla; pues no había ningún camino, y la brújula no estaba aún inventada. Afortunadamente una nube celeste se puso a la cabeza del pueblo judío y les mostró el camino noche y día; de día, era una columna de negro humo; de noche, era una nube de fuego. El texto sagrado dice que Jehová en persona estaba en esa nube de aspecto variable. Esta manera de ser guiados por un desierto tenía su comodidad; pero tenía también sus inconvenientes. En efecto, a menudo los israelitas habrían estado muy contentos de descansar; ¡ah! ¡pues no! la nube apretaba su carrera hacia adelante; ¿qué hacer? ¿había que exponerse a perder un guía tan precioso? y no hay modo de retener una columna de humo por los faldones de su levita, ¿no es verdad?... Entonces, obligación absoluta de continuar el camino. Ese viejo bromista de Jehová se divertía, está claro. ¡Amigo León XIII, no digas que no! Mira, he aquí la prueba: para ir de Baal-Zefón (Suez) a Jericó, el divino guía no tenía más que subir al norte hacia el Mediterráneo, bordeando la cadena del Djebel-Rabah; luego, torcer al este, siguiendo los valles del Djebel Maghara, que conducen derechos a la costa mediterránea; bastaba entonces con seguirla hasta el país de los filisteos, que se rodeaba, y se llegaba muy pronto a Canaán por el país de los heteos, nación amiga. Nada de eso; en vez de ir al norte, Jehová condujo a nuestros hebreos hacia la punta sur de la península sinaítica; ¡exactamente como si, encargado de guiar a un viajero que tuviera que ir de París a Bélgica, se le hiciera tomar la carretera de Lyon-Marsella!... Así, ya ves, santo padre León, ¡imposible sostener que Sabaot-Jehová-Eheïeh no es un fumista!... («fumista» — fr. «fumiste», literalmente el que instala estufas, en argot un bromista o mistificador)

113. Marcha de los israelitas por el desierto.
Como hay que ser justos, reconoceremos que, aun alargando así el camino, papá Buen Dios pagó a su pueblo algunas golosinas. Así, a la salida de Baal-Zefón, después de la cantata, condujo a sus hebreos a la parte occidental del desierto de Shur, donde caminaron tres días sin encontrar una gota de agua. Por fin, en un lugar que desde entonces se llamó Mara, fueron agradablemente sorprendidos por el gluglú de un abundante manantial. Se precipitan a beber; ¡v’lan! («¡v’lan!» — onomatopeya francesa de un golpe seco: ¡zas!) las aguas eran amargas, ¡pero amargas!... Mueca general de los tres millones de judíos. «Entonces el pueblo murmuró contra Moisés, diciendo: ¿Qué beberemos? Y Moisés dio gritos al Eterno. Y el Señor le mostró un arbusto, del que cortó una rama que arrojó al manantial; y las aguas se volvieron dulces. Luego, los hebreos descendieron hasta Elim, donde hallaron doce fuentes de agua y setenta palmeras, bajo las cuales acamparon, abrigándose a su sombra y abrevándose en las aguas límpidas.» (Éxodo 15:24-27) Para abrigar a una población en cuyo seno se hallaban seiscientos mil combatientes, esas setenta palmeras debían de estar muy espaciadas y tener hojas inmensamente anchas. Al dejar Elim, se descendió, siempre hacia el sur; se estaba entonces en el desierto de Sin, que está situado en la vertiente este de las colinas del litoral del golfo de Suez; esta marcha hacia el sur conducía hacia el macizo del Sinaí. La naturaleza es allí muy grandiosa, muy imponente, pero absolutamente salvaje. Permítaseme tomar prestada a Élisée Reclus (Élisée Reclus, 1830-1905, geógrafo francés, autor de la «Nouvelle Géographie universelle», de donde procede el pasaje) su descripción de este país de una celebridad clásica. «Las colinas del litoral, al oeste del Djebel-et-Tyh, dice el sabio geógrafo, están compuestas de estratos de creta, masas blancas y regulares de un aspecto monótono, altas de algunos centenares de metros. Pero las primeras montañas que pertenecen al grupo sinaítico y que se elevan al sur de la cadena ribereña, del golfo de Suez al de Akabah, están formadas de areniscas de perfil extraño y de colorido variado, que se agrupan en paisajes pintorescos. Al sur se elevan los granitos, los gneis y los pórfidos. Uniformes por la composición de sus rocas, los montes del Sinaí no lo son menos por la aridez de su superficie; son de una desnudez formidable; su perfil de aristas vivas se dibuja sobre el azul del cielo con la precisión de un trazo grabado a buril sobre el cobre. Así, la belleza del Sinaí, desprovista de todo ornamento exterior, es la belleza de la roca misma: el rojo ladrillo del pórfido, el rosa tierno del feldespato, los grises blancos u oscuros del gneis y de la sienita, el blanco del cuarzo, el verde de diferentes cristales dan a las montañas cierta variedad, aumentada aún por el azul de las lejanías, las sombras negras y el juego de la luz brillando sobre las facetas cristalinas. La escasa vegetación que se muestra acá y allá en los barrancos y sobre el gneis descompuesto de las pendientes añade por el contraste a la majestad de formas y al esplendor de colorido que presentan los escarpes desnudos; a orillas de las aguas temporales en los uadis, algunas retamas, acacias, tamariscos, pequeños grupos de palmeras no pueden velar en nada la altiva simplicidad de la roca. Esta fuerte naturaleza, tan diferente de la que se admira en las comarcas húmedas de la Europa occidental, obra poderosamente sobre los espíritus. Todos los viajeros quedan sobrecogidos por ella; los beduinos nacidos al pie de las montañas del Sinaí las aman con pasión y se consumen de nostalgia lejos de sus rocas... Estas rocas son además muy ricas en yacimientos de turquesas... Vista desde una de las cumbres, la región se asemeja a un mar agitado cuyas olas se entrecruzan bajo la influencia de vientos opuestos y arremolinados; en la parte más elevada (el Djebel-Katherin), se ven las huellas de antiguos glaciares. Una hilera de montañas se desprende de él hacia el noroeste; allí está el Serbal (2.046 metros), que la mayoría de los exploradores consideran como el verdadero Sinaí. Antaño los árabes iban allí a sacrificar ovejas y a llevar manojos de hierbas; lo más precioso que la naturaleza les da. Rodeado de uadis inferiores en altitud a los del Djebel Katherin, el Serbal se yergue a una mayor altura relativa, y en todo tiempo los árabes vieron en él al gigante de la Península. Es al menos el más grandioso: por encima de los contrafuertes se elevan paredes desnudas, cortadas por precipicios y que terminan en una cresta, inescalable en apariencia, desgarrada en agujas y en pirámides. Se puede subir a ella, sin embargo, y desde Burckhardt varios europeos han hecho su ascensión. A consecuencia de un fenómeno bastante raro en el granito, ocurre que ciertas partes del Serbal están horadadas de grutas naturales: los cristales de feldespato se han dispuesto en la roca en forma de rayos divergentes, y, siendo los primeros atacados por la acción del tiempo, dejan al desagregarse cavidades profundas. En fin, en las pendientes del Serbal, se tiene con frecuencia ocasión de oír los sonidos penetrantes que emiten las arenas cristalinas en movimiento. Un corredor de la montaña, inclinado en dirección al oeste y ancho de unos quince metros, está lleno de restos de las paredes de cuarzo: se llama a este corredor el Djebel-Nakous (la subida de las campanas), porque se oye en él, dicen los beduinos, el son de las campanas de un convento fantasma que se pasea por el interior del Serbal. El viajero percibe un sonido delicioso, ya débil, como el de flautas lejanas, ya más fuerte, como el de un órgano cercano; según el ardor del sol, la humedad del aire y de la tierra, la cantidad de arena que se desprende, la fuerza de la brisa que precipita o retarda los sonidos, la música parece un suspiro armonioso o como la voz mugiente de la montaña.» Tal es la región por donde, escondido en su columna de nube, Jehová arrastraba a su pueblo.
Es evidente que el espectáculo de los montes Sinaí es incomparable; pero no es menos cierto también que la admiración de esta soberbia naturaleza, por agradable que pudiera ser a los hebreos, no les ponía nada bajo el diente. Según el Éxodo (Éxodo 16), estaban entonces en el día quince del segundo mes de su salida de Egipto: sin duda alguna, las provisiones que habían llevado consigo debían de estar agotadas, y en ese pícaro desierto no había ni un solo restaurante ni una sola cervecería. Nuestros tres millones de emigrantes murmuraron contra Moisés y Aarón. «Y los hijos de Israel les dijeron: ¡Ah! ¡ojalá hubiéramos muerto por mano del Señor en el país de Egipto! Estábamos sentados sobre ollas de carne, y comíamos pan cuanto queríamos. Pero vosotros, vosotros nos habéis traído a este desierto, ¡para hacernos morir a todos de hambre!» (Éxodo 16:2-3). Y los hebreos habrían maltratado a Moisés («maltratado» — fr. «fait un mauvais parti», expresión familiar: golpear o matar a alguien), si papá Buen Dios no lo hubiera puesto en condiciones de satisfacer a aquellos hambrientos con prodigios que el mismo Robert-Houdin (Jean-Eugène Robert-Houdin, 1805-1871, célebre prestidigitador francés) nunca llegó a igualar. Hubo, en ese desierto de Sin, lluvia de codornices; sí, me oís bien, señoras y señores, ¡codornices! (v. 13). Ahora bien, como los hebreos probablemente no tenían hornillos, se puede concluir que esas codornices les llegaron ya asadas. Y no fue todo: «He aquí que hubo por la mañana una capa de rocío alrededor del campamento; era, en el desierto, una cosita redonda, menuda como la escarcha, sobre la tierra. Y Moisés dijo a los hebreos: Éste es el pan que el Eterno os da a comer. Y los hebreos llamaron a este pan maná; y este maná era como semilla de cilantro, y tenía el gusto de los buñuelos con miel.» (Éxodo 16:13-15, 31) El mismo capítulo nos enseña que el pueblo de Dios tuvo, cada mañana, su provisión de maná para el día, durante los cuarenta años que duró el viaje, y que todos se regalaban con él, hasta chuparse los dedos. La veneración que tengo por el Espíritu Santo me obliga a añadir que el maná se encuentra todavía no sólo en la península sinaítica, sino en otros muchos lugares del globo, principalmente en Calabria, en Persia, en las cercanías del Ararat, etc.; el maná está bastante recomendado como purgante. Así, papá Buen Dios cuidaba mucho de la salud de los israelitas: al mismo tiempo que les llenaba el vientre, velaba por que no estuviesen estreñidos. Cuarenta años de purga cotidiana, ¡eso sí que es verdaderamente de un buen padre!

114. El cielo alimenta al pueblo de Dios.
Del desierto de Sin, los hebreos pasaron al desierto de Tyh, donde se encuentra Refidim. Allí, Moisés, asediado por sus compatriotas que le pedían de beber, subió al monte Horeb y golpeó una roca con un golpe de varita; brotó de ella una fuente de agua viva; nuestros tres millones de emigrantes apagaron su sed; después de lo cual, plantaron sus tiendas en la llanura.
Una sorpresa desagradable les esperaba. En aquellos parajes se hallaban Amalec y su pueblo, que vieron con malos ojos a los descendientes de Jacob. Bueno es decir que Amalec era nieto de Esaú: de Ada, su primera mujer, Esaú había tenido por hijo mayor a Elifaz, el cual, amancebado con una tal Timna, tuvo a Amalec, entre otros hijos. (Génesis 36:12) ¿Cómo vivía todavía este Amalec? El palomo se olvidó de explicárselo al autor sagrado, y éste no pensó en extrañarse de ello. El solo hecho de esta existencia es, sin embargo, muy extraordinario: pues, para que los descendientes de los doce hijos de Jacob hayan podido convertirse en una población que suministraba seiscientos mil combatientes, la multiplicación no ha podido operarse sino por una sucesión de numerosas generaciones, y además la Biblia enseña que cuatrocientos treinta años habían transcurrido entre la llegada de Jacob y sus hijos a Egipto y el éxodo de su posteridad. Amalec debía de tener, por consiguiente, unos cuatrocientos años, cuando atacó el campamento de Refidim. El autor sagrado no parece sospechar la extrema vejez del jefe de los amalecitas; dice sencillamente, sin la menor sorpresa: «Entonces vino Amalec y dio batalla a los hebreos en Refidim.» (Éxodo 17:8) Sea como fuere, este Amalec era sin duda alguna un hombre terrible, dado que nuestros judíos pasaron un miedo carabinado («un miedo carabinado» — fr. «une frousse carabinée», argot: un miedo tremendo, un susto enorme). Para rechazar el asalto, Moisés ordenó a Josué, general en jefe de los emigrantes, que escogiese a sus mejores soldados; en cuanto a él, subió a una colina vecina, en compañía de Aarón y de Hur. Entonces, mientras los otros se batían, Moisés se mantenía con los brazos en cruz: en tanto que podía permanecer en esta postura, los hebreos llevaban ventaja; pero, tan pronto como, fatigado, dejaba caer las manos, los enemigos recobraban la ventaja; finalmente, no pudiendo más, invitó a Aarón y a Hur a sostenerle los brazos hasta la puesta del sol, y el resultado fue que Josué, en la llanura, infligió al duque Amalec una derrota tan completa como es posible; los amalecitas fueron todos pasados a filo de espada (v. 9-13).

115. Moisés obtiene del cielo grandes victorias.
En el capítulo 18, vemos al gran sacerdote madianita Jetro hacer una visita a su yerno Moisés para felicitarle. Éste contó a su suegro todas las maravillas de la salida de Egipto; lo cual trajo consigo la conversión de Jetro. «Ahora conozco, exclamó, que Jehová es grande por encima de todos los dioses.» (v. 11) Y ofreció a Jehová un sacrificio. Antes de volverse a su casa, Jetro dio algunos consejos a su yerno, especialmente el de descargarse de una parte de sus funciones en subjefes que mandasen los unos a mil hombres, los otros a cien hombres, etc. Moisés halló excelente el parecer, y al punto quedó instituida una jerarquía.
Fue en esta época cuando Moisés, a imitación de los egipcios y de los otros pueblos, estableció sacerdotes con numerosos privilegios. La tribu de Leví, a la que él pertenecía, se convirtió en la casta sacerdotal, y Aarón, su hermano mayor, fue el primer gran sacerdote de Jehová. El culto quedaba desde entonces organizado.

116. Invención del sacerdocio: Aarón primer sacerdote.
Todo esto se hacía por orden mismo de Jehová, con quien Moisés entraba en conversación en el monte Sinaí. El yerno de Jetro se dirigía solo a la cumbre de la montaña, y allí papá Buen Dios le dio diez mandamientos que debían ser la ley religiosa del pueblo hebreo. Durante este tiempo, el Sinaí estaba rodeado de resplandores tan celestiales como espantosos, y por todas partes retumbaba un estruendo horroroso, señales manifiestas de los grandes acontecimientos que se cumplían. Jehová dictó también leyes civiles (cap. 19-31).
Estas conversaciones entre Moisés y el dios de los judíos fueron frecuentes y duraron varios días. «Y cuando el Señor hubo acabado todos sus discursos en el monte Sinaí, entregó a Moisés dos tablas de piedra, sobre las cuales, con su dedo divino, había escrito su testimonio, en escritura grabada.» (Éxodo 31:18)

117. Moisés en el Sinaí.
Ahora bien, mientras el Altísimo estaba en conferencia solemne con Moisés, los hebreos, olvidando por completo la variada colección de milagros realizados en su favor, adoraban un becerro de oro. Lo más curioso de la historia es que este becerro de oro se lo había fabricado Aarón en persona: Aarón había pedido todas las joyas de oro de las mujeres y de las hijas de la nación; no se dice qué fundidores aportaron, en aquel desierto, su concurso al gran sacerdote renegado. Esta fundición del colosal ídolo, para la cual una buena fábrica emplearía tres meses, fue ejecutada en una noche. Júzguese del justo furor de Moisés cuando, bajando del Sinaí con sus divinas tablas de piedra bajo el brazo, divisó el becerro de oro y a los judíos ofreciéndole sacrificios, acompañados de danzas y de cantos alegres, bajo la dirección de Aarón. Rompió las tablas de mármol e hizo destruir el ídolo.

118. El becerro de oro.
Su manera de suprimir la estatua sacrílega merece los honores de la cita textual: «Moisés tomó el becerro de oro, lo puso al fuego y lo molió hasta que quedó hecho polvo; después esparció este polvo en las aguas e hizo beber de ellas a los hijos de Israel.» (Éxodo 32:20) Se reconocerá que no le es dado a todo el mundo reducir el oro a polvo poniéndolo al fuego; es ésta una operación cuyo secreto nadie más que el asombroso Moisés ha conocido. Además, la Biblia acaba de enseñarnos que el polvo de oro puede beberse disuelto en agua; esto tampoco es cosa trivial, puesto que el oro se disuelve con azufre; pero entonces fácilmente se imagina uno qué espantoso brebaje debieron de tragar los israelitas. Pero lo más hermoso de todo es que Moisés dio la absolución a Aarón, fabricante del ídolo, y que ordenó a los levitas, que eran con su hermano los más culpables en aquella apostasía general, que se esparciesen por el campamento y masacrasen al azar; veintitrés mil judíos fueron así degollados por aquellos mismos que acababan de presidir la idolatría.
Jehová, apaciguado, hizo construir a Moisés un tabernáculo, es decir, una especie de tienda especial, levantada fuera del campamento, para evitarle la ascensión del Sinaí, cuando en adelante tuviesen que cortar juntos un babero («cortar un babero» — fr. «tailler une bavette», familiar: charlar largo y tendido). He aquí cómo pasaban las cosas (es textual): «Tan pronto como Moisés entraba en el tabernáculo, la columna de nube descendía y se detenía a la puerta; entonces era cuando el Eterno hablaba con Moisés, y todo el pueblo se levantaba y cada cual se postraba. Y el Eterno hablaba a Moisés cara a cara, como un hombre habla a su íntimo amigo.» (Éxodo 33:9-11) Pero Moisés, no habiendo apreciado suficientemente el favor excepcional que papá Buen Dios le concedía al exhibirle su cara, cuya contemplación está reservada a los ángeles solos, se envalentonó un día y pidió a Jehová que se le mostrase en toda su gloria. ¿Cómo acogió papá Buen Dios esta petición? Los manuales de historia sagrada omiten con cuidado este pasaje de la Biblia. Aquí también usaremos, pues, de la cita textual: «Moisés dijo al Eterno: Te lo ruego, Señor, hazme ver tu gloria. Y Dios le respondió: Haré pasar todo mi esplendor ante tus ojos; pero ahora ya no podrás ver mi cara, porque ningún hombre en adelante me verá sin morir. Pero he aquí cómo podrás ver mi gloria: te pondrás sobre la roca que está allí, y esa roca tiene una hendidura en la cual hundirás tu cabeza; entonces, mi gloria pasará al otro lado de la roca. Te cubriré primero los ojos con mi mano, hasta que mi gloria esté en todo su resplandor; después, retiraré mi mano, y verás mi trasero; pero mi cara, no la verás.» (Éxodo 33:18-23)
Habiendo sido rotas las tablas de la Ley, papá Buen Dios tuvo a bien grabar de nuevo su decálogo. Sin embargo, sin que se sepa por qué, la segunda edición no se hizo en el tabernáculo; hay que creer, pues, que este trabajo no podía efectuarse sino en el Sinaí, adonde Moisés hubo de volver; permaneció allí cuarenta días y cuarenta noches sin beber ni comer. «Y cuando Moisés descendió de la montaña, no advirtió que su frente tenía dos cuernos de rayos; pero Aarón y todos los israelitas lo vieron, y temieron acercarse a él.» (Éxodo 34:29-30) Lo mismo sucedía cuando Moisés salía del tabernáculo; tal es la razón por la cual se le representa siempre, en las imágenes, con dos haces de rayos, semejantes a cuernos.
(«dos cuernos de rayos» — fr. «deux cornes de rayons»: el verbo hebreo puede significar tanto «resplandecer» como «echar cuernos». La Biblia de Taxil conserva la lectura de los cuernos —la que dio a Miguel Ángel su Moisés cornudo—, mientras que las Biblias españolas, como la Reina-Valera, dicen solo que la piel de su rostro resplandecía.)
El Éxodo termina con seis capítulos (35-40), de los cuales bastará citar los sumarios: «Ley del sábado. De las ofrendas para el tabernáculo. — Liberalidad del pueblo en las ofrendas. El tabernáculo. — El arca. El propiciatorio. La mesa de los panes de la proposición. El candelero. El altar de los perfumes. El aceite santo y el perfume. — Diversas piezas del tabernáculo. — Descripción de las vestiduras sagradas. — El tabernáculo levantado y santificado.» Todos los menudos detalles, reglamentados por Jehová hablando a Moisés, no ofrecen ya hoy ningún interés.
Lo mismo ocurre con el Levítico, en veintisiete capítulos, tercer libro de la Biblia. En materia de episodios, este libro no contiene más que la descripción de la consagración de Aarón y de sus hijos (cap. 8) y la historia lamentable de Nadab y Abiú, quienes, habiendo encendido su incensario con el primer fuego que hallaron a mano, fueron quemados vivos por unas llamas que Jehová hizo salir de pronto delante de él en el santuario (cap. 10). El Levítico es, en realidad, una larga y fastidiosa enumeración de las diversas categorías de sacrificios y de las ceremonias de que deben ir acompañados. El autor sagrado formula en él las leyes sobre el sacerdocio, sobre los holocaustos, sobre los animales puros e impuros, sobre las inmundicias de diversas clases, en particular sobre la lepra y los leprosos, sobre la santidad de los sacerdotes, sobre las fiestas, sobre la ofrenda de las tortas y de los primeros frutos, sobre las lámparas del santuario, sobre diversas purificaciones, especialmente la de las mujeres paridas, sobre la blasfemia, la pena de muerte, el año del jubileo, el rescate de los votos, etc. Un pasaje importante no contiene apenas más que ordenanzas sobre los deberes de la vida civil. Es un montón incoherente de prescripciones de lo más extravagante, cuya lectura no puede emprenderse sin bostezar hasta desencajarse la mandíbula.
Ahí dentro es donde la liebre, declarada animal impuro, es calificada, así como el conejo, de «rumiante» (Levítico 11:5-6); el autor sagrado tomó el movimiento de sus labios por la acción de rumiar. Entrega a la abominación «toda bestia que vuela y que tiene cuatro pies» (v. 23); está prohibido comer de esas bestias bajo ningún pretexto; ¡ya lo creo! para comer pájaros de cuatro patas, habría que alimentarse de lienzo y de piedra, dado que tales monstruos no existen sino en los cuadros y las esculturas de alta fantasía. La langosta es declarada impura; lo cual no impidió a san Juan Bautista hacer de ella su alimento, en los tiempos en que anunciaba al Mesías.
En el Levítico, las enfermedades venéreas son estudiadas desde el punto de vista religioso, y sobre este asunto el autor sagrado, vuelto del todo asqueroso, es inagotable. Cierto número de estas santas cochinadas son, además, de lo más grotesco, como ésta: «Si un hombre que tiene un flujo escupe sobre una persona sana, ésta será reputada impura hasta la puesta del sol» (Levítico 15:8); pero el señor aquejado del flujo en cuestión puede purificarse religiosamente. ¿Creéis quizá que la Biblia va a prescribirle algún copahu? («copahu» — fr. bálsamo de copaiba, remedio clásico del siglo XIX contra los flujos venéreos) ¡No, no habéis acertado! «El hombre que tiene un flujo contará siete días para su purificación; lavará sus vestidos y también su carne con agua viva. Y, al octavo día, tomará dos tórtolas o bien dos palominos; vendrá al santuario, y los dará al sacerdote.» (Levítico 15:13-14)
Varias prohibiciones son excelentes. Hay que reconocer, en toda justicia, que el legislador no pone ninguna dificultad en dejar constancia de que las costumbres de los descendientes de Jacob eran entonces espantosas; la cópula con bestias es estigmatizada como un pecado que no debe renovarse más en Israel. La amenaza de la pena capital se reitera hasta la saciedad contra todas las formas del desenfreno en el capítulo 20, hasta el punto de que Jehová (pues es él quien habla) llega a decir: «Cuando un hombre hubiere dormido con una mujer que tiene sus reglas, ambos serán cortados de en medio de mi pueblo.» (v. 18)
He aquí, por fin, algunas recomendaciones, que darán una idea del estilo en que está redactado este sublime Levítico; no se podría leer esto con demasiado respeto, puesto que es Dios mismo quien habla este lenguaje: «Ninguno se allegará a la que es su parienta cercana, para descubrir su desnudez. ¡Yo soy el Eterno! — No descubrirás la desnudez de tu padre, ni la desnudez de tu madre; puesto que esa mujer es tu madre, respeta su desnudez. — No descubrirás la desnudez de la mujer de tu padre; porque esa desnudez pertenece a tu padre.
— No descubrirás la desnudez de tu hermana, hija de tu padre o hija de tu madre, nacida en la casa o fuera de la casa; no, no descubrirás la desnudez de ellas. — En cuanto a la desnudez de la hija de tu hijo o de la hija de tu hija, aunque esa desnudez te pertenezca, no la descubrirás. — No descubrirás la desnudez de la hija de la mujer de tu padre, nacida de tu padre; es tu hermana. — No descubrirás la desnudez de la hermana de tu padre; es parienta cercana de tu padre. — No descubrirás la desnudez de la hermana de tu madre; es parienta cercana de tu madre. — No te allegarás a la mujer del hermano de tu padre para descubrir su desnudez; esa mujer es tu tía.
— No descubrirás la desnudez de tu nuera; porque esa desnudez pertenece, no a ti, sino a tu hijo. — No descubrirás la desnudez de tu cuñada; porque esa desnudez pertenece a tu hermano. — No descubrirás a la vez la desnudez de una mujer y la desnudez de su hija; porque, si duermes con la madre, la hija se vuelve tu parienta cercana. Y si la mujer con quien duermes es vieja, no atraerás a ti a la hija de su hijo o a la hija de su hija, para descubrir la desnudez de ellas; porque ellas también son tus parientas cercanas. — Tampoco tomarás a una mujer con su hermana, para dormir con las dos; porque, al descubrir la desnudez de la una delante de la otra, la afligirías durante su vida.» (Levítico 18:6-18)
El libro de los Números se llama así porque los cuatro primeros capítulos comprenden el censo de los hebreos en el desierto, en el segundo mes del segundo año del viaje. Para la tribu de Leví, el recuento abarcó a todos los varones desde la edad de un mes, y se cuentan en 22.000; pero los que de entre ellos fueron encargados del servicio del tabernáculo eran los levitas de treinta a cincuenta años de edad; figuran en 8.580. En cuanto a las otras tribus, Moisés no hizo entrar en su estadística más que a los varones de veinte años arriba, en estado de llevar armas: tribu de Rubén, 46.500; de Simeón, 59.300; de Gad, 45.650; de Judá, 74.600; de Isacar, 54.400; de Zabulón, 57.400; de Efraín, 40.500; de Manasés, 32.200; de Benjamín, 35.400; de Dan, 62.700; de Aser, 41.500; de Neftalí, 53.400; o sea, en total, 603.550 combatientes. En su conjunto, los otros treinta y dos capítulos del libro dan la continuación del viaje de los judíos. Sin embargo, todavía se encuentran en ellos reglamentos, tan minuciosos como monótonos; ¡la mitad del capítulo 8 está consagrada a la manera de encender las lámparas! En los Números es donde se encuentra una receta recomendable a los maridos celosos que se juzgan cornudos, aunque no hayan podido atrapar a su mujer en flagrante delito. «Jehová, hablando de nuevo a Moisés, le dijo: Cuando una mujer, despreciando a su marido, hubiere dormido con otro, y su marido no hubiere podido sorprenderla, y testigos no pudieren convencerla de adulterio, se llevará ante el sacerdote a la mujer así sospechada, y el marido hará primero al sacerdote la ofrenda de una torta confeccionada con buena harina de cebada. Entonces, el sacerdote tomará agua sagrada, que pondrá en un vaso de barro, y mezclará en ella un poco de polvo tomado del suelo del tabernáculo. Luego, conjurará a la mujer, diciéndole: Si no has dormido con nadie más que con tu marido, esta agua que vas a beber no te hará ningún mal; pero, si te has entregado al desenfreno, que el mal con que vas a ser herida sirva de ejemplo al pueblo. Y el sacerdote hará jurar a la mujer con un juramento de imprecación; le dirá el mal que la amenaza, si es culpable, y ella responderá: Amén. Y después que le hubiere hecho beber el agua, si es verdad que se ha contaminado en perfidia contra su marido, esta agua, estando llena de maldición, será amarga para ella; al punto su vientre se hinchará y la carne de uno de sus muslos se volverá podredumbre; así recibirá su castigo, en medio del pueblo. Por el contrario, si ha permanecido fiel a su marido, el agua de los celos no le causará ningún mal, y a consecuencia de esta prueba tendrá hijos.» (cap. 5)
Por fin, después del censo y del dictado de diversos reglamentos, se pusieron de nuevo en marcha; por orden de Jehová, Moisés había hecho fabricar dos trompetas de plata para dar la señal de partida. En este nuevo período del viaje, los hebreos, hallando el maná insuficiente para su alimento, murmuraron y reclamaron carne. ¡Tiens! («Tiens!» — fr. interjección de sorpresa, literalmente «¡ten!»: ¡mira!, ¡hombre!) pero, a propósito, ¿no nos había dicho el divino palomo, en el Éxodo (Éxodo 12:38), que nuestros emigrantes, al salir de Egipto, se llevaron un número prodigioso de bueyes e innumerables rebaños? En varias circunstancias, papá Buen Dios se había hecho sacrificar los primogénitos de las ovejas, cuando se detuvieron un año entero como mínimo en la región del Sinaí; además, en el momento de su apostasía, Aarón y los levitas ofrecieron holocaustos al becerro de oro. Entonces, ¿desaparecidos de golpe los innumerables rebaños?...
Hay que confesar que esto es como para no entender nada: cuando el Espíritu Santo cuenta los sacrificios ofrecidos en el desierto, el pueblo hebreo tiene todo su ganado traído de Egipto; pero, cuando su relato pasa a otros hechos, he aquí que este mismo pueblo es representado como reducido a alimentarse de maná. No insinuaremos que el divino palomo se contradice; sería una blasfemia: estamos, pues, obligados a concluir que los innumerables rebaños habían sido engullidos por Jehová («engullidos» — fr. «boulottés», argot: comidos, devorados), en forma de holocaustos, y que el Espíritu Santo se olvidó de decirlo expresamente. Sea como fuere, puesto que los hebreos, a su partida de la región del Sinaí, pedían carne a cuerno y a gritos («a cuerno y a gritos» — fr. «à cor et à cris», expresión venida de la caza: a voces, con insistencia), es que ya no tenían ni un buey, ni una oveja, ni un carnero, ni un cordero. Moisés hizo partícipe a Jehová de estas reclamaciones. «Entonces, el Eterno suscitó un gran viento, que, soplando de más allá del Mar Rojo, trajo codornices y las esparció en tan abundante cantidad en el campamento y todo alrededor, que las había casi a la altura de dos codos sobre la tierra.» (Números 11:31) Papá Buen Dios bien le debía eso a su pueblo, que le había sacrificado sus innumerables rebaños. ¡Figúrese uno si los hebreos se alegraron y se dieron un festín! «Pero, cuando la carne de las codornices estaba todavía entre sus dientes, antes de que la hubiesen mascado, la cólera del Eterno se encendió contra el pueblo y lo hirió con una horrible plaga. Y se llamó aquel lugar Kibrot-Taava, es decir, sepulcro de los glotones; porque allí se sepultó a millares de los que habían querido comer carne» (Números 11:33-34). ¡Pasmoso de maboulismo («maboulismo» — fr. «maboulisme», chifladura, locura: de «maboul», argot militar de origen árabe por «chiflado»), decididamente, el señor Jehová!...
Ahora bien, Aarón y María no habían aprobado que su hermano Moisés se casase con una etíope. Un día en que se hallaban en Hazerot, adonde el pueblo hebreo se había dirigido al dejar Kibrot-Taava, cambiaron entre los dos observaciones descorteses acerca de su cuñada Séfora; pero fueron al punto ásperamente reprendidos por papá Buen Dios, que les hablaba desde su columna de nube, sin dejarse ver. Además, María tuvo un castigo severo: cuando el Eterno hubo terminado su reprimenda, la hermana de Moisés se encontró toda cubierta de lepra; sin embargo, a instancias de Moisés, papá Buen Dios consintió en no hacer durar esta enfermedad más que siete días (cap. 12).
A la partida de Hazerot, se tomó la dirección del norte. La región en la que nuestros emigrantes se internaron se llama en la Biblia «desierto de Parán»; es la parte este de la península del Sinaí, comprendida entre el extremo de la cadena del Djebel-et-Tyh y las montañas de El-Samghi y de El-Chafa; allí corre el río de Aïn, que desemboca en el golfo de Akabah. El autor sagrado sitúa en esta región un nuevo país de
Madián. Moisés ordenó un alto y envió en reconocimiento a doce espías, uno de cada tribu; estos exploradores llegaron hasta Hebrón, al oeste del Mar Muerto, en pleno país de Canaán, ocupado entonces por los amorreos. Volvieron al cabo de cuarenta días e hicieron su informe: traían consigo, en apoyo de sus dichos, frutos magníficos, tales como granadas, higos, uvas; un racimo de uvas era tan grueso que hacían falta varios hombres para llevarlo.

119. Los frutos de la tierra prometida.
Era la prueba incontestable de la fertilidad del territorio del que nuestros emigrantes meditaban apoderarse. Por otra parte, el informe de los espías fue como una ducha de agua helada que enfrió instantáneamente sus codicias. En ninguna parte hemos visto jamás frutos tan hermosos, dijeron los espías; pero los habitantes del país son mozos de lo más robusto, y tienen ciudades cerradas por sólidas murallas. «Hasta hemos visto allí descendientes de Anac, es decir, gigantes, ante quienes no parecemos sino langostas.» La conclusión de diez espías de los doce fue que no sería bueno frotarse con aquellos sujetos («frotarse con» — fr. «se frotter à», familiar: meterse con alguien, buscarle pelea), y el pueblo abundó en su sentir. Solo Josué y Caleb estimaron que el país que acababan de ver era demasiado hermoso para no intentar conquistarlo; en dos palabras, dijeron resueltamente que el juego valía la candela («el juego valía la candela» — fr. «le jeu en valait la chandelle»: la cosa merecía la pena, valía más que la vela gastada en jugar) y que había que intentar el golpe. Pero, no siendo compartido su entusiasmo por sus compatriotas, papá Buen Dios declaró al pueblo hebreo que, puesto que así era, morirían todos antes de llegar al término de su viaje, a excepción de Josué y de Caleb. Algunos días después, aparecieron amalecitas y cananeos y propinaron a los judíos una paliza de las mejor condicionadas. (cap. 13, 14)
Entre los incidentes referidos por el libro de los Números, se halla la conspiración de Coré, Datán y Abirón, quienes, con doscientos cincuenta camaradas, eran de opinión que Moisés y Aarón hacían mal en colocarse por encima de todos los demás levitas. Estos tres personajes fueron tragados de golpe, habiéndose entreabierto la tierra bajo sus pasos; desaparecieron, así como sus familias; y los doscientos cincuenta judíos de su partido fueron instantáneamente devorados por unas llamas milagrosas que salieron del suelo bajo sus pasos. Por añadidura, el Eterno, a fin de impresionar mejor los ánimos del pueblo, infligió una plaga a catorce mil setecientos emigrantes que no habían entrado en el complot; estos desgraciados murieron de ella, y los levitas quemaron perfumes (cap. 16).
Después de lo cual, por orden de Jehová, Moisés invitó a los jefes de las tribus a traerle una vara de madera seca, semejante a la vara que Aarón llevaba siempre consigo; en cada vara se escribió el nombre de una tribu; luego, se depositaron juntas en el tabernáculo, y a estas doce varas se les mezcló una decimotercera, ofrecida por la tribu de Leví y en la que se inscribió el nombre de Aarón. Al día siguiente, con gran sorpresa de todos, mientras que las varas de las otras doce tribus no habían cambiado de aspecto, la de la tribu de Leví había florecido; estaba llena de flores, y hasta habían brotado en ella almendras completamente maduras. Este milagro indicaba claramente que el Eterno confirmaba a Aarón en su sacerdocio; el pueblo se declaró convencido y prometió no envidiar más a los levitas (cap. 17). Puesto que este milagro debía bastar, ¿por qué Dios había hecho morir, de una horrible plaga, a catorce mil setecientos hombres, inocentes de todo complot?
No se ha olvidado que los hebreos ya no tenían carne alguna; pero he aquí que Jehová deseó un nuevo sacrificio. Tenía ganas de que se le ofreciese en holocausto una vaca joven bermeja, sin ningún defecto y que jamás hubiese llevado el yugo. Apenas expresado este deseo, nuestros emigrantes escogieron, de entre sus rebaños, — ¿conque de pronto los tenían? — la más hermosa vaca bermeja, que reunía las condiciones requeridas, y la llevaron al sacrificador Eleazar (cap. 19).
En el capítulo 20, los viajeros han llegado al pie del Djebel-Halal. Se hace alto en Cades; María muere allí, y se la entierra. Faltaba el agua en aquel lugar. Nuevas murmuraciones del pueblo; nueva roca golpeada de un varazo por Moisés; nuevo milagro. «Entonces salieron aguas de la roca en abundancia, y los hebreos bebieron, y sus bestias también» (v. 11). No hay error, ¿verdad? nuestros emigrantes tenían ahora sus rebaños. — Como querían continuar su camino hacia el norte, pasando por el país de los idumeos, entraron en tratos con el rey de Edom; pero este se negó a dejarles atravesar su territorio, y tuvieron que dar un rodeo. Mientras, habiendo tomado a la derecha, bordeaban la vertiente oriental de la cadena de los montes de Seir, papá Buen Dios dijo a Moisés que trepase con Aarón y su hijo Eleazar al monte Hor: una vez en la cumbre de la montaña, Moisés, conformándose a las prescripciones divinas, despojó a Aarón de sus vestiduras, vistió con ellas a Eleazar, y al instante Aarón murió. Tenía ciento veintitrés años de edad. En nuestros días, los musulmanes muestran a los turistas la tumba de Aarón, en la cumbre del Hor, a 1.329 metros de altitud; el monumento es en realidad un santuario mahometano; en cuanto a la tumba misma, es un sarcófago absolutamente moderno.
En aquella comarca cananea reinaba cierto rey de Arad, quien, tan pronto como supo la llegada de los israelitas, salió a campaña, batió a su ejército tan numeroso y les hizo prisioneros. Profundamente afligido, el pueblo judío dirigió a Jehová una plegaria: «Señor, exclamaron los hebreos, si nos das la victoria sobre esta nación, ¡hacemos voto de destruir sus ciudades!» Y Dios oyó a su pueblo. En un segundo encuentro, los emigrantes vencieron a los cananeos, los exterminaron y cumplieron su obra de destrucción de las ciudades del reino de Arad. Tras lo cual, en vez de instalarse en el país, volvieron sobre sus pasos y se pusieron, no se sabe por qué, a bajar de nuevo hacia el mar Rojo. El autor sagrado no explica de ningún modo esta extraña marcha.
Mientras los viajeros habían vuelto al desierto, papá Buen Dios, a guisa de distracción, les envió «serpientes ardientes, que mordieron de tal modo al pueblo, que murió de ello gran número de los de Israel». Moisés, entonces, fabricó una serpiente de bronce y la colocó en lo alto de una pértiga; y cualquiera que hubiese sido mordido por una de las serpientes ardientes no tenía más que mirar la serpiente de bronce para quedar curado. (Números 21:6-9)
Después de haberse paseado por montes y valles, los hebreos volvieron al norte hacia los amorreos, gobernados por el rey Sehón, a quienes infligieron una sangrienta derrota; esta nación fue enteramente pasada a filo de espada. Luego, Og, rey de Basán, fue vencido a su vez y degollado, así como todos sus súbditos; el pueblo de Dios tomó posesión de este nuevo territorio. Los emigrantes de Egipto habían llegado entonces a un lugar que la Biblia llama Ije-abarim, a poca distancia del extremo sur del mar Muerto; tuvieron que atravesar una pequeña cadena de montañas que sirve de frontera a la comarca ocupada por los descendientes de aquel Moab, engendrado antaño por el patriarca Lot al desposar a su hija mayor en una noche de soulographie («soulographie» — voz burlesca de aire erudito formada sobre «soûl», borracho: una borrachera, una juerga de bebida); ahora bien, la comarca de los moabitas estaba limitada al este por el país de Madián (¡es el tercero!), y madianitas y moabitas vivían como excelentes vecinos. Uno se pregunta por qué Moisés condujo a los hebreos a esta región; pues, en fin, ¿cuál era el objeto del viaje? Si hay que creer al Éxodo, el profeta de los cuernos radiantes acarreaba consigo la momia de José, destinada a una inhumación definitiva en la famosa caverna de Macpela, es decir en Hebrón, en el territorio de Canaán, al oeste del mar Muerto. Pues bien, el camino estaba libre por aquel lado, puesto que los amorreos, habiendo tenido la mala idea de salir de su reino para oponerse a la invasión judía, acababan de ser todos exterminados; no quedaba, pues, más que instalarse allí, era una parte de la Tierra Prometida. Por el contrario, es al este del mar Muerto, fuera del país de Canaán, adonde Moisés lleva a sus compatriotas. ¡Entienda quien pueda!
Sea como fuere, el rey de los moabitas, llamado Balac, al enterarse de la marcha de los hebreos hacia su capital, se apresuró a celebrar consejo con sus ministros y con los más sabios magistrados de los madianitas, sus aliados. He aquí la resolución que se adoptó: había en aquel tiempo, en la ciudad de Petor, un tal Balaam, hijo de Beor, cuyo oficio era decir la buenaventura y conjurar los maleficios; se decidió enviar una delegación a Balaam, para obtener una de sus mejores bendiciones en favor de los moabitas y de los madianitas, mientras él formularía una maldición bien sentida contra los hebreos. Balaam comenzó por negarse a ir a bendecir al rey Balac, a su pueblo y a sus aliados. Sin embargo, habiendo creído entender al fin que el Eterno le autorizaba a acceder a los deseos del monarca, se puso en camino con la diputación que había venido a buscarle. Caminaba, pues, encaramado en su asna, cuando de pronto esta divisó a un ángel, armado de una espada, que le cerraba el camino. El asna, entonces, se largó a un campo, para evitar al ángel. «Y Balaam golpeó a su montura, para hacerla volver al camino. Mas el ángel se detuvo en un sendero de viñas, que tenía una cerca de un lado, y otra del otro. Y el asna, habiendo visto de nuevo al ángel, se apretó contra la pared, y, al apretarse, magulló el pie de Balaam, que seguía pegándole. Y el ángel pasó más adelante aún y se detuvo en aquel lugar estrecho donde no había modo de apartarse, ni a la derecha, ni a la izquierda. El asna, viendo siempre al ángel, se echó debajo de Balaam, y este, encolerizado, la golpeó más fuerte que nunca con su palo. Entonces, el Señor abrió la boca del asna, la cual dijo a Balaam: ¿Qué te he hecho? ¿por qué me has golpeado tres veces? Balaam le respondió: Es porque lo has merecido; me has aplastado el pie. ¡Ojalá tuviera una espada en la mano! Te mataría ahora mismo. El asna replicó: ¿No soy yo tu asna, que has montado siempre hasta hoy? Dime, ¿tengo costumbre de hacer así? — No, dijo Balaam. Entonces el Eterno abrió los ojos de Balaam, y vio, delante de él en el camino, al ángel que tenía su sable, fuera de la vaina; y Balaam se postró, rostro en tierra. El ángel dijo a Balaam: He salido para oponerme a ti; porque llevas mal camino; y si tu asna no se hubiese apartado de mí, te habría matado; mas a ella la habría dejado con vida. Balaam respondió al ángel: Si no te place que vaya allá, me volveré. El ángel le dijo: No, puedes proseguir tu camino; ve con esos hombres; pero no pronunciarás sino las palabras que Jehová diga por tu boca. Balaam, pues, se fue con los señores que habían sido enviados por Balac.» (Números 22:23-35) La conclusión fue que el pueblo israelita fue tres veces bendecido por boca de Balaam, con gran furor del rey de los moabitas, que exclamó: «¡Te había hecho llamar para maldecir a mis enemigos, y los has bendecido! Vuélvete, pues, a tu país. Había resuelto colmarte de honores y de presentes; por eso puedes decirte que es el dios Jehová quien te ha privado de ellos.» (Números 24:10-11) Vamos a ver pronto cómo los hebreos recompensaron a Balaam por sus bendiciones.
Ante todo, el rey Balac contuvo su cólera, y el capítulo 25 nos muestra a los descendientes de Jacob muy tranquilamente instalados entre los moabitas y los madianitas. Este ejército de seiscientos mil combatientes judíos, que estaba dispuesto a degollar a los súbditos y a los aliados de Balac, ya no piensa en batallas; sin tregua, sin el menor preliminar, la paz está hecha; el pueblo hebreo se mezcla familiarmente con el pueblo madianita y moabita. «Entonces Israel moraba en Sitim, y el pueblo de Dios comenzó a acostarse con las hijas de Moab. Estas mujeres convidaron a los hebreos a los sacrificios de sus dioses; adoraron a los mismos dioses, Israel abrazó el culto de Belfegor.» (Números 25:1-3) Aquello no les convenía a los levitas, abandonados en beneficio de sus competidores («abandonados» — fr. «lâchés», familiar: soltados, dejados de lado), los sacerdotes idólatras. Así que Finees, hijo del sumo sacerdote Eleazar, habiendo visto un día a un judío llamado Zimri entrar en la casa de la hermosa Cozbi, madianita, se precipitó allí en el momento en que estaban fornicando y los atravesó a los dos de un mismo golpe con una larga jabalina. Poco antes, Jehová había enviado una plaga a su pueblo para castigarlo; veinticuatro mil hombres habían muerto ya de aquella plaga. El golpe de jabalina de Finees causó, pues, una gran alegría a papá Buen Dios, que instantáneamente detuvo la enfermedad (v. 6-9). Sin embargo, el señor Jehová ordenó a Moisés preparar una exterminación general de los moabitas y de los madianitas.
Antes de poner en ejecución este hermoso proyecto, Moisés hizo proceder a un nuevo censo; pues hacía entonces treinta y ocho años que se había dejado el país del Sinaí y que se había partido de Kibrot-hataava y de Hazerot. Durante estos treinta y ocho años, el pueblo de Dios se había renovado, puesto que Jehová había tenido cuidado de advertir a los emigrantes que ninguno de los que estaban presentes a la salida de Egipto entraría en la Tierra Prometida, con la sola excepción de Josué y Caleb. A pesar de las pérdidas de veintitrés mil hombres degollados por el asunto del becerro de oro, de catorce mil muertos de una plaga por el incidente Coré-Datán-Abiram y de veinticuatro mil muertos igualmente de una plaga mal definida en castigo de la fornicación con las muchachas moabitas y madianitas, sin contar los millares enterrados en el sepulcro de los glotones o muertos por las serpientes ardientes, la estadística de Moisés arrojó un total de seiscientos un mil setecientos treinta hombres en estado de llevar las armas, sin incluir a los levitas, en número de veintitrés mil (cap. 26).
Ahora, si se quiere examinar este camino recorrido en treinta y ocho años, se comprueba una vez más hasta qué punto el divino palomo se burla de los creyentes devotos. En efecto, nada más fácil que seguir a los israelitas en su pretendido viaje, ayudándose ya de una guía para uso de los turistas, — por ejemplo, el Baedeker, Manuel du Voyageur en Palestine et en Syrie («Manuel du Voyageur en Palestine et en Syrie» — «Manual del viajero en Palestina y Siria», título de la edición francesa de la guía Baedeker), — ya de las obras de los sabios, tales como Salomon Munck, Delaborde, Burckhardt, de Raumer, Berton, etc., que han ido a los lugares mismos a anotar los principales puntos del célebre itinerario; pues la superstición ha mantenido en el país una leyenda adoptada por los árabes tanto como por los judíos, dado que Moisés figura en el número de los profetas reconocidos por el islamismo, y el fanatismo musulmán no le cede en nada al de las otras religiones que tienen la Biblia por libro sagrado. Los mapas de Élisée Reclus y los de Keppert y Lionnet (Bibel-Atlas) son igualmente un precioso recurso para quien quiera darse cuenta de las patrañas del Espíritu Santo.
Así, vamos a rehacer, por curiosidad, un itinerario moderno desde Hazerot, punto de partida de la región del monte Sinaí, hasta el monte Nebo, donde murió Moisés a la vista de la Tierra Prometida, pasando por el monte Hor, donde murió Aarón, y por el país de los moabitas.
Hazerot (hoy Aïn-el-Hahdrah) está situado en la península sinaítica, a poca distancia de la costa occidental del golfo de Akabah, llamado mar de Elat en la antigüedad. Elat está en el fondo del golfo; sus ruinas se ven junto a Akabah; allí es donde comienza el largo valle del Arabá, que se extiende hasta el Djebel-Ousdoum, en el extremo sudoeste del mar Muerto. De Hazerot a Elat hay 148 kilómetros. Caminando sin prisa, a razón de 8 kilómetros por día solamente (¡dos horas de marcha y veintidós horas de descanso!), esto hace una primera jornada de dieciséis días. — El viaje de Akabah al monte Hor se hace con bastante frecuencia en nuestros días; pues, cerca de esa montaña donde está la tumba de Aarón, guardada por los musulmanes, se encuentran las interesantes ruinas de Petra, la antigua Sela de los hebreos, ciudad de comercio que fue antaño muy próspera. Hay 81 kilómetros de Akabah a Petra, que está a 3 horas del monte Hor. La guía Baedeker (página 152) dice que este trayecto se hace en cuatro días y da en detalle las etapas. Seamos generosos, y digamos: ocho días. — Para seguir a los israelitas en su marcha, hay que ir ahora del monte Hor a El-Kerak, la antigua Kir-Moab, una de las principales ciudades de los moabitas; unos 100 kilómetros, cuyas etapas detalla Baedeker (ruta 13, página 154), asignando 28 horas a este trayecto, que se hace muy cómodamente a caballo. Pongamos doce días. — En fin, para llegar al monte Nebo, hay que tomar el camino de El-Kerak a Madeba, por Dibân (antes Dibón, ciudad conquistada por los hebreos (Números 21:30). Madeba es la antigua Medba, ciudad moabita en su origen (Josué 13:9), que perteneció después a la tribu de Rubén. De El-Kerak a Dibân hay 35 kilómetros; de Dibân a Madeba, 23 kilómetros. Esta jornada requiere unas 26 horas, según la guía Baedeker (ruta 17, páginas 192-193). Pero no escatimemos, y concedamos siete días, incluida la excursión al monte Nebo. «En las montañas al noroeste de Madeba es donde se encuentra el Nebo, desde donde Moisés contempló antes de su muerte toda la Tierra Prometida; se llega allí por campos cultivados en 1 hora y media aproximadamente.» Por consiguiente, desde la partida del Sinaí hasta el Nebo, el viaje a pie representa en total cuarenta y tres días, con dos horas de marcha diaria solamente. El rodeo, para evitar el territorio de los idumeos, da una desviación de 120 kilómetros apenas. ¡Esto apenas se parece a los treinta y ocho años que cuenta la Biblia!
Antes de arrastrar a los israelitas en dirección al monte Nebo, Moisés, por orden de Jehová, se ocupó de masacrar a las poblaciones que les habían dado una fraternal hospitalidad, pero que habían tenido la culpa — ¡crimen irremisible! — de asociarlos a sus genuflexiones ante otros dioses. Se hizo una selección de mil hombres por tribu, en total doce mil vengadores de Sabaot. (Números 31) Los madianitas, sobre todo, écopèrent («écopèrent» — del verbo «écoper», achicar una barca; en jerga, cargar con el castigo: los madianitas fueron los que peor lo pasaron); todos los varones de esta nación fueron degollados, incluidos sus reyes, en número de cinco: Evi, Requem, Zur, Hur y Reba. «Los hebreos pasaron también a filo de espada a Balaam, hijo de Beor», aquel excelente profeta que los había bendecido (v. 8); «y los hijos de Israel tomaron a las mujeres de los madianitas, a sus niños pequeños, sus rebaños, todos sus muebles, y lo saquearon todo, y quemaron ciudades, aldeas, castillos» (Números 31:9-10). Ahora bien, Moisés encontró esta matanza todavía insuficiente. «Montó en cólera contra los capitanes del ejército, y les dijo: ¿Por qué habéis perdonado a las mujeres?... Matad, pues, ahora a todos los niños varones, degollad a todas las mujeres que hayan conocido el coito (sic); pero reservaos a todas las muchachas vírgenes» (Números 31:14-15, 17-18). Se hizo la cuenta del botín: «resultó que lo saqueado se componía de 675.000 ovejas, 72.000 bueyes, 61.000 asnos y 32.000 vírgenes» (v. 32-35). Una parte de este botín fue reservada para Jehová; treinta y dos jóvenes vírgenes madianitas le fueron atribuidas (v. 40).
Nada interesante hay que señalar en los demás capítulos del libro de los Números; son reglamentos sobre las herencias, ordenanzas tocantes a los sacrificios para las fiestas de las trompetas, de la expiación y de los tabernáculos, recapitulaciones de campamentos, es decir repeticiones, y prescripciones relativas al futuro reparto de la Tierra Prometida, es decir enumeraciones que el libro de Josué reproducirá con detalles aún más fastidiosos.
El Deuteronomio, quinto y último libro del Pentateuco, ofrece aún menos interés que el Levítico y los Números. Es, en forma de discursos, la repetición de las diversas leyes anteriormente promulgadas. En un primer discurso, que ocupa cuatro capítulos, Moisés resume lo que ha pasado desde la salida de Egipto y recuerda a los hebreos con qué avalancha de beneficios han sido abrumados por Jehová. En un segundo discurso, este de veintiún capítulos, expone de nuevo todo lo que constituye para el pueblo judío su código civil y religioso. Luego vienen cierto número de exhortaciones relativas a la observancia de la ley: los israelitas serán bendecidos y sus negocios prosperarán, si cumplen los mandamientos de Jehová; por el contrario, si los transgreden, las maldiciones lloverán sobre sus cabezas, con acompañamiento de castigos tan numerosos como variados.
Como el autor sagrado tiene buen cuidado de decirnos que cuando él, Moisés, pronunció estos discursos, era el Eterno mismo quien hablaba por su boca, no es inútil hacer resaltar algunas perlas de esta divina elocuencia.
«He aquí el cuadragésimo año que estáis en camino, y sin embargo los vestidos con que estabais cubiertos no se han gastado sobre vosotros, ni vuestros zapatos en vuestros pies.» (Deuteronomio 8:4) He ahí, ciertamente, un milagro que es tan milagro como todos los demás, y que no carece de alegría. Según los dos censos que se conocen, ha habido en cifras redondas seiscientos mil hombres de armas en esta población emigrante, tanto al salir de Egipto como a la llegada al país de Moab, y se sabe también que los que llegaban ya no eran los mismos que los que partieron. Todos los teólogos están de acuerdo en reconocer que este número de hombres de armas supone a la partida, para el total del pueblo hebreo, tres millones de individuos, ancianos, mujeres, muchachas, muchachos y familias de levitas. Por tanto, puesto que tres millones de personas encontraron la muerte en el desierto en el espacio de esos cuarenta años, ha habido tres millones de chaquetas y de vestidos y tres millones de pares de zapatos que se han transmitido de unos a otros. Pero, puesto que el último censo arrojó una cifra de seiscientos un mil setecientos treinta combatientes, sin contar veintitrés mil levitas, si se supone que cada combatiente y cada levita tenían una mujer, que cada matrimonio de estos judíos tan prolíficos tuviese por término medio tres hijos (¡es modesto!), que solo la mitad de las parejas tuviesen consigo a sus padres y madres, eso haría cuatro millones trescientas setenta y tres mil ciento diez personas que calzar y vestir. Este cálculo no hace sino resaltar mejor la grandeza del milagro; pues ha sido menester así que papá Buen Dios diese en el desierto a su pueblo un millón trescientos setenta y tres mil ciento diez pares de zapatos más, ¡sin hablar de las túnicas!
Por lo demás, san Justino, en su diálogo con Trifón, sostiene que no solo los vestidos de los hebreos no se gastaron en su marcha de cuarenta años al sol y a la lluvia, y durmiendo en el suelo duro, sino que los de los niños crecían con ellos y se ensanchaban maravillosamente a medida que avanzaban en edad. Y san Jerónimo añade en una epístola (la 38.ª) (carta de san Jerónimo a Pamaquio contra Juan de Jerusalén, 32) estas mismas palabras: «En vano aprendieron los barberos su arte; no lo usaron durante cuarenta años en el desierto, porque los cabellos y las uñas de los israelitas no crecían.» Si, después de esto, ¿no estáis convencidos?...
Una recomendación que no asombrará a nadie: «Velad bien por cuidar de vuestros sacerdotes, durante todo el tiempo que viváis sobre la tierra.» (Deuteronomio 12:19)
«Cuando combatáis a vuestros enemigos, si Dios los entrega en vuestras manos, y si veis, entre vuestros cautivos, alguna hermosa mujer que inspire vuestro amor, entonces aquel a quien ella agrade la llevará a su casa; ella se rapará los cabellos y se cortará las uñas, y se desnudará enteramente, pues no debe conservar sobre sí ninguno de los vestidos con que fue tomada; luego, se le dará un mes para llorar a su padre y a su madre; tras lo cual, aquel a quien haya agradado la meterá en su lecho, entrará en ella, y desde entonces será su mujer. Pero, si sucede después que ya no agrada, su marido podrá despedirla, a condición de que ella consienta en ello; en todo caso, desde el momento en que un israelita se haya acostado con ella, ya no se la podrá vender.» (Deuteronomio 21:10-14) Esto es bonito, ¿verdad?
«No entrará jamás en las santas asambleas del culto el que sea eunuco por haber tenido los testículos cortados, ni siquiera el que haya tenido los testículos magullados.» (Deuteronomio 23:1) ¡Sin comentarios!
«Si, en vísperas de una batalla, un soldado ha tenido en la noche un sueño voluptuoso que le haya causado una pérdida de semen, saldrá por la mañana del campamento, y por la tarde se lavará con agua fresca; luego, volverá a entrar en el campamento.» (Deuteronomio 23:10-11)
Lo que equivale a decir que no tomará parte en la batalla. Voltaire creyó útil emitir algunas reflexiones a este respecto: «Varios hombres de guerra, escribe, han dicho que las poluciones nocturnas les ocurrían principalmente a los jóvenes vigorosos, y que la orden de alejarlos del ejército de la mañana a la noche era muy peligrosa, dado que es de ordinario de la mañana a la noche cuando se libran las batallas; que esta orden solo era propia para favorecer la cobardía; que era más fácil lavarse en su tienda, donde se supone que uno tiene al menos un cántaro de agua, que ir fuera del campamento, donde muy bien podía no encontrarse.»
Jehová llega hasta enseñar a su pueblo cómo conviene hacer caca en tiempo de guerra («hacer caca» — fr. «faire caca», la expresión infantil y grosera que Taxil emplea en todo el libro para esto). «Tendréis un lugar reservado, fuera del campamento, para evacuar. Y, entre vuestros utensilios, tendréis una pequeña pala; entonces, cuando queráis evacuar, iréis al lugar reservado, cavaréis un hoyo redondo con la pequeña pala, y, cuando vuestra evacuación haya terminado, cubriréis con tierra lo que haya salido de vuestras tripas. Porque yo, el Eterno, estaré en medio de vuestro campamento, para combatir con vosotros; no es menester, pues, que yo huela algo impuro en vuestro campamento; si no, me retiraría de entre vosotros.» (Ídem 23:12-14)
Este pasaje de la Biblia reclama un comentario particularmente grave. Ya sabíamos que Dios tiene manos de que se sirve para amasar, que sopla y que saliva, que tiene pies para pasearse por nuestro planeta, cuando le da la fantasía; hemos sabido hace un momento que tiene un trasero y que se lo mostró a Moisés. Ahora, nos enteramos de que Jehová posee una nariz, no simplemente para adornar su rostro y para evitarse el dar que reír, cuando se digna aparecer a los humanos, creados a su semejanza; sino que esa nariz es una verdadera nariz. Así como Dios come de veras (recordad la opípara comida en casa de Abraham), así también Dios se ha adjudicado desde toda la eternidad una nariz de la que se sirve para oler, y no le gustan los malos olores.
Por otra parte, no se dejará de pensar que era fácil para el Todopoderoso ahorrar a su divina nariz la respiración de olores desagradables. ¡Cómo! ese pueblo hebreo es su pueblo, su nación predestinada, ¿y no se le ha ocurrido al señor Jehová la idea de eximirlo, por una excepción solemne, de las consecuencias vulgares y nauseabundas de la digestión, puesto que los olores de la caca repugnan a su olfato sacrosanto?... Que todo alimento aprovechase enteramente a los estómagos israelitas, supresión completa de la evacuación, y he ahí, me parece, una ingeniosa solución del problema; en caso necesario, los judíos no habrían tenido agujero de bala («agujero de bala» — fr. «trou-de-balle», voz vulgar y jocosa para el ano), y eso los habría distinguido del resto de la humanidad, mejor aún que la circuncisión. O también, si el Todopoderoso no hubiese querido dar a su pueblo un privilegio tan notable como el de la ausencia de ano, si tenía empeño en que los hebreos fuesen de vientre tan bien como todo el mundo, le habría sido fácil, de otra manera, no tener que olfatear pestilencias, cuando estaba en medio de ellos, en su campamento: yo, si fuese dios, habría decretado sencillamente que la caca judía, en tiempo de guerra, oliese a violeta o a cualquier otro delectable perfume: ¡no era más ingenioso que eso!...
Se dice que un soneto sin defecto vale, por sí solo, un buen poema (alusión al verso de Boileau, «Art poétique», canto II: «Un sonnet sans défaut vaut seul un long poème»); a fe mía, creo que los versículos 12, 13 y 14 del capítulo 23 del Deuteronomio valen, los tres juntos, más que todos los salmos de David. Es de una inmensidad incomparable el horizonte que esos tres versículos abren a la ciencia de los teólogos; hay ahí, en esa nariz de Dios refractaria a los malos olores, profundidades teológicas inauditas, si uno quiere tomarse el trabajo de escrutar, de examinar y de disertar piadosamente.
Así pues, tomo por juez de ello a mi viejo amigo León XIII, y le ruego humildemente que someta al próximo concilio la cuestión que sigue: el hecho de los tres versículos en cuestión, en los cuales un fiel está obligado a creer so pena de anatema, puesto que pertenecen a la Biblia, ¿no complica de una manera asombrosa el misterio de la Eucaristía, ya tan complicado?
En dos palabras, durante la misa, en el momento de la consagración, si el sacerdote, al pronunciar las palabras sacramentales, suelta, por accidente, un pedo de col podrida, ¿desciende Dios a la hostia y tiene lugar la transubstanciación?
No me digáis que es imposible que ocurra semejante accidente. En mi tierna edad, en el colegio Saint-Louis («colegio Saint-Louis» — colegio religioso de Marsella, ciudad natal de Taxil), — ¡lo preciso! — desempeñé algunas veces el oficio de monaguillo, y me ocurrió ayudar a misa, en particular a un santo varón, el abate Jourdan, que era de un temperamento muy ventoso. ¿Eran las judías del colegio las que le producían ese efecto? Me inclino a creerlo, en su descargo. Sea como fuere, recuerdo que una mañana, en el momento en que, arrodillado detrás de él, le levantaba el borde de la casulla, mientras agitaba la campanilla, ¡de veras! era para no poder aguantarlo, tanto hacía furor la artillería intestinal del santo varón, y sin duda muy a pesar suyo. El buen abate Jourdan existe todavía; es canónigo, en mi diócesis natal; esté o no curado de su dolencia crepitante, la cuestión debe evidentemente interesarle más que a nadie. Así pues, cuando sea examinada por el concilio que solicito, tendré el gusto de ofrecerle sus gastos de viaje, aunque solo sea para probarle que no le guardo rencor por los infectos cuartos de hora que me hizo pasar en otro tiempo.
Así pues, en el tiempo de mi infancia, no atribuí a los accidentes ventosos de un sacerdote oficiante más importancia que la de un mal olor infligido a mi nariz humana. Pero, hoy que hojeo con cuidado la sacrosanta Biblia y que me sumerjo devotamente en el seno de sus sublimes esplendores, los tres versículos del Deuteronomio, que han permanecido demasiado inadvertidos hasta ahora, estimulan mi celo y me han hecho comprender que tenía un gran deber que cumplir, al plantear la grave y necesaria cuestión del pedo sordo sacerdotal («pedo sordo» — fr. «vesse»: ventosidad silenciosa y hedionda) soltado por un oficiante en el momento en que pronuncia las palabras: «Esto es mi cuerpo, esto es mi sangre.»
Nadie ignora que en ese mismo instante el Altísimo se vuelve semejante a la caballa («caballa» — fr. «maquereau», que en francés significa también «chulo, rufián»; de ahí la burla), tal como se la pregona por las calles de París, es decir: «¡Ya llega! ¡ya llega!...» Más aún, Dios realiza entonces, mejor que la dicha caballa, el anuncio de la pescadera, dado que esta exagera al añadir: «¡Pide que la frían!» La verdad es que la caballa no pide que la frían más de lo que la anguila pide que la desuellen viva; son los humanos quienes les atribuyen esas peticiones, sobre las cuales esos infortunados peces jamás fueron consultados. Por el contrario, en lo que concierne al Altísimo Jehová (y Cía), no solo llega a la hostia de repente, sino que además pide realmente que lo zampen, ¡él!... Eso es la Eucaristía.
Por consiguiente, como es inadmisible que el Nuevo Testamento esté en contradicción con el Antiguo Testamento, del que forma parte el Deuteronomio, como esos dos Testamentos son, tanto el uno como el otro, obra del Espíritu Santo, aparece con una lógica de las más límpidas que Dios, cuyo horror a las pestilencias es un hecho de absoluta certeza, debe evidentemente hacerse tirar de la oreja («hacerse tirar de la oreja» — fr. «se faire tirer l’oreille»: hacerse de rogar, necesitar mucha insistencia) para transformarse en oblea, cuando tiene que tratar con un ministro de agujero de bala gaseoso («agujero de bala» — fr. «trou-de-balle», voz vulgar y jocosa para el ano). ¿Se instala definitivamente en la hostia, sí o no? ¿Espera a que el olor del pedo de cura haya pasado, o bien vuelve a subir a su paraíso con más o menos mal humor? He ahí la cuestión de interés general que mi fervor plantea cándidamente a mi santa madre la Iglesia.
Ya se ve, nada hay más grave; pues, si, en el caso de que se trata, las hostias que el cura crepitante se dispone a distribuir a los fieles no son más que un vulgar pan, sin siquiera un pelo de la barba de Sabaot dentro, los comulgantes son robados, ¡parbleu! («parbleu» — fr. juramento suavizado de «par Dieu», «por Dios»)... Y suponed un fiel que cuenta con esa comunión, con indulgencia plenaria aplicable, a fin de sacar a su suegra del purgatorio, ¡calculad, os lo ruego, la inmensidad del desastre!... ¡Vamos, santo padre, pronto un concilio, por favor!
No cerremos los capítulos del Deuteronomio, que dictan las ordenanzas divinas, sin citar además esta: «Cuando unos hombres tuvieren una riña entre sí, el uno contra el otro, si la mujer del uno se acercare para librar a su marido del que le golpea, y si entonces, alargando la mano, le asiere a este por los testículos, se cortará la mano de esa mujer.» (Deuteronomio 25:11-12) ¡Excelente Jehová! ¡lo preveía todo!...
Declaró además a Moisés que sus compatriotas, después de su entrada en la Tierra Prometida, deberían destinar dos montañas a un uso bastante curioso: sobre una, llamada Garizim, se bendeciría al pueblo; sobre la otra, llamada Ebal, se pronunciarían toda clase de maldiciones (cap. 27).
En cuanto a las amenazas de Jehová, he aquí algunas muestras, extraídas del capítulo 28: «Si no quisiereis escuchar la voz del Eterno vuestro Dios, el Eterno os enviará la ruina en todos los negocios que emprendiereis (v. 20); el Eterno os herirá de languidez y de fiebre (v. 22); el Eterno os abrumará de hemorroides, de sarna y de comezón, de las cuales no podréis sanar (v. 27)... Cuando os casareis, otro se acostará con vuestra mujer (v. 30); os tomarán vuestro asno y no os lo devolverán (v. 31); el Eterno os hará tener una úlcera muy maligna que os roerá las rodillas, así como los muslos (v. 35); seréis objeto de burla para todos los pueblos (v. 37); sembraréis mucho grano en vuestros campos, y no tendréis sino cosechas muy escasas (v. 38)... Os nacerán hijos e hijas, mas no serán vuestros (v. 41); el extranjero os prestará a usura, y vosotros no le prestaréis a usura (v. 44)... El Eterno hará venir de un país lejano, y de los extremos de la tierra, un pueblo cuya lengua no entenderéis, y que no tendrá piedad ni de vuestros ancianos ni de vuestros niños: ese pueblo comerá vuestros frutos, las crías de vuestras bestias, y no os dejará ni trigo, ni vino, ni aceite (v. 49-51)... Comeréis vuestros propios hijos, tanto la carne de vuestras hijas como la de vuestros hijos (v. 53); el hombre más tierno y más delicado de entre vosotros mirará con ojo seco a su hermano y a su mujer bienamada y rehusará darles de comer de la carne de sus hijos, que se comerá él solo (v. 54-55); la madre más tierna tomará a su hijo apenas nacido, se lo comerá a escondidas, y mirará con ojo seco a su marido bienamado (v. 56-57).»
De todas las penas con que Jehová amenaza a su pueblo, ni una sola es un castigo espiritual. El pueblo de Dios no conocía, pues, más que las penas temporales; es bueno hacerlo notar, observando además que en ninguna parte, en el Antiguo Testamento, se habla de infierno ni de purgatorio. Si Dios, como se ha visto, se preocupaba de la caca de los judíos, en cambio apenas se cuidaba de sus almas, hasta el punto de que estas palabras «inmortalidad del alma» no se encuentran en ningún lugar de los libros sagrados, sobre los cuales los cristianos han injertado su religión.
Tras las amenazas, viene un fragmento histórico (!): Moisés, de ciento veinte años de edad, dimite de su cargo en favor de Josué, con vivo disgusto del sumo sacerdote Eleazar, y confía a Josué la misión de conducir a los hebreos al país de Canaán. Le ahorraremos al lector un cántico cantado por Moisés al despedirse de sus compatriotas, así como las bendiciones que pronuncia sobre cada una de las tribus de Israel. Finalmente, el extraordinario héroe bíblico, obedeciendo a una orden divina, sube al monte Nebo, donde sabe que va a morir, y desde donde puede, antes de entrar en agonía, contemplar la Tierra Prometida.

120. Moisés instituye a Josué su sucesor.
La Iglesia ha decidido, después de la Sinagoga, que el Pentateuco es obra de Moisés; sobre este punto, judíos y cristianos están plenamente de acuerdo. No vayáis a decirle al papa que los cinco libros de los que el Deuteronomio es el último fueron escritos por otro que no fuera el yerno de Jetro; si tuvierais la audacia de insinuar tal cosa, seríais excomulgados. Esos cinco libros, enseñan los teólogos, que no lo sueltan de los dientes («no soltar de los dientes» — fr. «n’en pas démordre», literalmente «no dejar de morder»: no ceder, no retractarse), fueron escritos por Moisés desde la primera línea hasta la última, bajo la inspiración del divino palomo.
Un libro vulgar, un libro puramente humano se detendría, pues, en la ascensión de Moisés, subiendo al monte Nebo; en último caso, el gran hombre podría escribir como conclusión: «Siento que me voy; ahora, dejo mi pluma, porque estoy a punto de morir; n, i, ni, fini.» («n, i, ni, fini» — fórmula popular francesa: se deletrea «ni» y se remata con la rima «fini», «acabado»; es decir, «se acabó, y no hay más que hablar») Ahora bien, Moisés, en su calidad de escritor sagrado, no podía quedarse ahí. Tuvo, pues, cuidado de consignar, en su último capítulo, su muerte, el hecho de su sepultura, el duelo del pueblo, y tuvo la amabilidad de dirigirse a sí mismo un pequeño elogio póstumo.
«Así, Moisés, siervo del Eterno, murió allí (sobre el monte Nebo), en el país de Moab, según lo que el Eterno había dicho (Deuteronomio 34:5); y el Eterno lo sepultó en el valle, frente a Bet-peor, y nadie ha sabido hasta el día de hoy dónde estaba su sepulcro (v. 6). Ahora bien, cuando murió a los ciento veinte años, Moisés tenía aún muy buena vista, y su vigor no había pasado (v. 7); y los hijos de Israel lloraron a Moisés treinta días, en los campos de Moab (v. 8). Y Josué, hijo de Nun, fue lleno de sabiduría, porque Moisés le había impuesto las manos; y los hijos de Israel le obedecieron desde entonces (v. 9). Y nunca se ha levantado en Israel un profeta tan santo como Moisés, y a quien Dios haya permitido, como a él, verlo cara a cara (v. 10).»
Algún lector meneará la cabeza, después de haber visto estas líneas; le parecerá que prueban que Moisés es ajeno a su redacción. ¡Error, amigo mío! Los teólogos os dirán que ese es el estilo del propio Moisés, y que, por lo demás, en todos los capítulos precedentes, jamás empleó la primera persona, sino siempre la tercera, cuando habló de sí mismo.
Nada que replicar, cuando la Iglesia se ha pronunciado. Ahora bien, la opinión bien asentada de la Iglesia está expuesta por monseñor Paul Guérin, en estos términos: «El Pentateuco es el nombre colectivo de los cinco primeros libros de la Biblia. Moisés es el autor del Pentateuco. El Pentateuco es auténtico, y su autenticidad es tan cierta como la de los libros más auténticos, tan cierta como la existencia misma de Moisés (¡así es!...); no se puede rehusar tener por auténtico un libro cuya autenticidad tiene en su favor la fe pública y constante de una nación cuya historia, culto y legislación describe, sobre todo si ese libro presenta los caracteres de la antigüedad que se le atribuye, y si es por otra parte imposible que haya sido supuesto, es decir, escrito por otro que aquel cuyo nombre lleva. Ahora bien, tal es el Pentateuco: la fe pública y constante de la nación judía, los caracteres de antigüedad que se observan en ese libro, la imposibilidad de una suposición, todo demuestra su autenticidad. Moisés escribió el Pentateuco bajo la inspiración del Espíritu Santo.» (Dictionnaire des dictionnaires («Diccionario de los diccionarios»), enciclopedia católica, tomo V, página 690)
Inclinémonos, hermanos míos, y no nos asombremos ya de nada.
CAPÍTULO 8 Las hazañas de Josué y de Gedeón
He aquí, pues, a Josué elevado sobre el pavés y proclamado jefe supremo de los hebreos. En seguida, papá Buen Dios, para ponerle corazón en el vientre («ponerle corazón en el vientre» — fr. «donner du cœur au ventre»: dar ánimos, infundir valor a alguien), se le apareció y le prodigó buenas promesas: «Levántate, pasa el Jordán, tú y todo el pueblo contigo, para entrar en el país que yo doy a los hijos de Israel. Poseeréis todos los países donde hubiereis puesto la planta de vuestros pies. Vuestras fronteras serán desde el desierto y el Líbano hasta el gran río Éufrates, y todo el país de los heteos os pertenecerá también, hasta el mar grande, hacia el sol poniente. Nadie podrá resistirte, mientras vivas; porque no te abandonaré. Fortalécete, pues, y cobra ánimo.» (Libro de Josué 1:2-6)

121. Josué proclamado jefe de los hebreos.
No era la primera vez, desde la salida de Egipto, que Jehová recordaba lo que había jurado a Abraham, Isaac y Jacob. ¡Ah! ¡qué inmenso imperio el que se había comprometido, por juramento, a dar a su pueblo! Todas las tierras comprendidas entre la península del Sinaí, el Mediterráneo y el Éufrates, ese imperio hubiera sido mayor que el de Asiria. Pero, también, ¡qué quiebra de esos compromisos solemnes! Los judíos nunca han tenido más que un miserable territorio. Ese Éufrates tan prometido, lo conocieron no como propietarios, sino como cautivos. Su gran río nunca ha sido más que el pobre Jordán.
¿Qué hizo el sucesor de Moisés a raíz de las exhortaciones de Jehová?
«Josué envió secretamente desde Sitim dos espías. Estos partieron, entraron en la ciudad de Jericó, y pasaron la noche en casa de una llamada Rahab, que era una prostituta.» (Josué 2:1)

122. Dos espías son enviados a Jericó.
Las traducciones cristianas de la Biblia califican de mesonera a la señora Rahab; ahora bien, el texto original hebreo dice zonah, palabra que significa realmente prostituta, mujer disoluta, que vive de sus encantos. ¿Por qué esta inexactitud de traducción? ¿No será porque la susodicha Rahab figura, en el Evangelio (genealogía dada por san Mateo 1:5), entre las abuelas de Jesucristo?... «El rey de Jericó, habiendo sido advertido, envió a casa de Rahab, y se le dijo a esta prostituta: Haz salir a los dos hombres que han entrado en tu casa; porque son espías venidos para examinar el país. Mas esta mujer los escondió y respondió: Han salido, mientras se cerraban las puertas de la ciudad, y no sé adónde han ido.» (v. 2-5)

123. La policía de Jericó en casa de Rahab.
Tras la marcha de la policía, Rahab hizo un pacto con los dos espías. Les hizo saber que las gentes del país, conociendo las maravillas de la salida de Egipto, tenían un miedo atroz al ejército judío.

124. Rahab hace un pacto con los dos espías.
En cuanto a ellos, le dieron una señal distintiva que poner en su casa, y le prometieron que, en la futura toma de Jericó, esa señal la haría exceptuar de la matanza. Concluido este pacto, los dos espías se evadieron por la ventana, por estar la casa de Rahab situada junto a los mismos muros de la ciudad. (v. 9-21)

125. La evasión de los espías.
Los críticos preguntan por qué, habiendo jurado Dios a Josué que estaría siempre con él, Josué tomó sin embargo la precaución de enviar espías a casa de una mujer de vida alegre. ¿Qué necesidad, dice Voltaire, tenía él de esa miserable, cuando Dios le había prometido su socorro por su propia boca; cuando estaba seguro de que Dios combatía por él, y cuando estaba a la cabeza de un ejército de seiscientos mil hombres, de los cuales destacó, según el texto sagrado, cuarenta mil para ir a tomar la aldea de Jericó, que nunca fue fortificada, pues los pueblos de aquel país no conocían todavía las plazas de guerra, y estando Jericó en un valle donde es imposible hacer una plaza defendible? — De Jericó, que está al pie del monte Karantal, no quedan hoy más que unas pobres chozas, que albergan a unos 300 habitantes; las guías para uso de los turistas nos enseñan que la moralidad de las mujeres de ese villorrio sigue estando a la altura de la de su gloriosa antepasada Rahab.
A propósito de esta moza Rahab, el benedictino dom Calmet ha discutido si fue o no culpable de una mentira, al decir que los espías judíos se habían marchado, cuando estaban en su casa; sostiene que realizó así una muy buena acción. «Estando informada, escribe este teólogo, del designio de Dios, que quería destruir a los cananeos y entregar su país a los hebreos, no podía resistirse a ello sin caer en el crimen de rebelión respecto de Dios; además, estaba persuadida de las justas pretensiones de Dios, y de la injusticia de los cananeos; así que no podía tomar un partido ni más equitativo ni más conforme a las leyes de la sabiduría.» El sabio Fréret ha respondido que, si así fuera, la prostituta Rahab habría sido entonces inspirada por Dios mismo, lo mismo que Josué; lo cual sería muy extraño. Parece más bien, dice, que esa Rahab, por su crimen abominable de traición a su patria en provecho de los espías de un pueblo bárbaro, era una infame que merecía el último suplicio.
Pero no insistamos, y prosigamos. Josué ordenó marchar contra Jericó; para ello, había que pasar primero el Jordán. Los sacerdotes que llevaban el arca de la alianza marcharon a la cabeza del pueblo; entraron audazmente en el agua, como gentes bien seguras de que un milagro no podía dejar de producirse. Apenas se les mojaron los pies, las aguas superiores del río se detuvieron, como si un dique invisible se hubiera alzado súbitamente, y se acumularon de manera formidable en altura, mientras que las aguas inferiores, siguiendo su curso ordinario, dejaron el lecho del Jordán en seco. Y los sacerdotes permanecieron en medio del río, hasta que todo el pueblo judío hubo pasado. En memoria del milagro, se amontonaron doce grandes piedras junto al Jordán. Luego, una vez que los portadores del arca de la alianza hubieron alcanzado la orilla derecha, las aguas retomaron su curso habitual (caps. 3, 4).
Al enterarse de estas maravillas, los reyes de los diversos pueblos de la región, hasta las riberas del Mediterráneo, «sintieron derretirse su corazón» y se desanimaron en sumo grado. En esto, papá Buen Dios hizo notar a Josué que, desde la salida de Egipto, la circuncisión no se había practicado más. ¿Por qué ese olvido? la Biblia no lo dice; se limita a enseñarnos el hecho, de repente. Ninguno de los varones nacidos en el desierto había sufrido la pequeña operación que ya se sabe. Ahora bien, la totalidad del pueblo hebreo sobrepasaba entonces los cuatro millones de personas de ambos sexos; eso hacía, pues, aproximadamente dos millones de varones, de toda edad. Puede uno imaginarse así la cantidad fantástica de prepucios que fueron cortados, por orden de Josué, y no sorprende que su montón formara una verdadera colina; el autor sagrado la llama «montaña de los prepucios». Catorce días después, los hebreos celebraron la Pascua y tuvieron bastante trigo para fabricarse pan; desde entonces, el maná, no siendo ya necesario, cesó (cap. 5).
Conforme a las instrucciones divinas, el ejército israelita dio la vuelta a Jericó, durante seis días seguidos, marchando los soldados gravemente y tocando los sacerdotes sus instrumentos de música; los sitiados estaban pasmados de esa manera de combatirlos, pero no se rendían.

126. Primera vuelta de los hebreos alrededor de Jericó.

127. Segundo paseo con música alrededor de Jericó.

128. Los hebreos desesperan de tomar la ciudad.
El séptimo día, de nuevo según las prescripciones de Jehová, se ejecutó otra vez el paseo circular, esta vez con otra música más fuerte, acompañada de un gran grito lanzado por todo el pueblo, y entonces las murallas de la ciudad se derrumbaron.

129. Las murallas de Jericó se derrumban.
Josué ordenó masacrarlo todo, «desde el hombre hasta la mujer, desde el niño hasta el anciano, hasta el buey, el ganado menor y el asno». La prostituta Rahab fue la única perdonada, con sus parientes, a quienes había dado asilo en su casa. «Después de lo cual, los hebreos, habiendo tomado el oro y la plata para el tesoro del Señor, quemaron la ciudad y todo lo que había dentro.» (cap. 6)

130. Matanza de los habitantes de Jericó
Esta carnicería inspiró a lord Bolingbroke estas reflexiones, que se encuentran en sus obras publicadas por el poeta David Mallet, su amigo: «¿Es posible, escribía el gran ministro del reino de Inglaterra, que Dios, el padre de todos los hombres, haya conducido él mismo a un bárbaro al que el caníbal más feroz no querría parecerse? ¡Grandes dioses! ¡venir de un desierto desconocido para masacrar toda una ciudad desconocida! ¡degollar a las mujeres y a los niños, contra todas las leyes de la naturaleza! ¡degollar a todos los animales! ¡quemar las casas y los muebles, contra todas las leyes del buen sentido, en el tiempo en que no se tienen ni casas ni muebles! ¡no perdonar más que a una vil p.... digna del último suplicio! Si este cuento no fuera el más absurdo de todos, sería el más abominable. Solo un ladrón borracho puede haberlo escrito, y un imbécil borracho puede creerlo.» No olvidemos que el autor de estas reflexiones fue uno de los más eminentes hombres de Estado de la nación inglesa; ministro de Asuntos Exteriores, lord Bolingbroke fue el instigador y el verdadero autor del famoso tratado de Utrecht, que puso al fin término a las largas y sangrientas guerras del reinado de Luis XIV; puede decirse que, con esa gran obra, el orgullo de su vida, devolvió la paz a Europa, y ello en condiciones satisfactorias para todas las potencias. Es útil recordar la gloria de este hombre de bien que honra a la humanidad y que empleó su genio en detener la degollina de los pueblos; ello es necesario, a fin de cerrar la boca a los fanáticos que estuvieran tentados de tratar la cita que se acaba de leer de divagación impía de algún oscuro foliculario. Es lord Bolingbroke quien ha emitido este juicio sobre la Biblia: «Sería ofender a Dios y a los hombres discutir seriamente ese miserable tejido de fábulas, en las que no hay una palabra que no sea o el colmo del ridículo o el colmo del horror.»
Al decir del autor sagrado, la toma y el saqueo de Jericó tuvieron por resultado una conspiración general contra Israel. Viendo la manera expeditiva en que los hebreos entendían la conquista, los reyes que gobernaban la comarca se dijeron que tenían que exterminar a esos invasores, so pena de ser exterminados por ellos; se coligaron, pues, y celebraron un consejo en el que se tomaron grandes resoluciones (cap. 9).

131. Cinco reyes conspiran contra los hebreos.
Sin embargo, no habían pensado en un ligero detalle, que tenía bien su importancia: y es que Dios estaba con Josué. El señor Jehová sembró el espanto en su ejército, y «Josué les infligió una terrible derrota cerca de Gabaón; los persiguió por el camino de Bet-horón, y siguió batiéndolos hasta Azeca y aun hasta Maceda» (Josué 10:10). Mejor aún, el padre Sabaot, picado en su amor propio, tomó parte él mismo en el combate: «Mientras los fugitivos corrían por el camino de Bet-horón, el Eterno arrojó sobre ellos, desde lo alto del cielo, grandes piedras, hasta Azeca, y murieron de ello; fueron más los que perecieron bajo el granizo de piedras que los que los israelitas mataron a espada» (v. 11).

132. Dios combate por su pueblo haciendo llover piedras sobre el ejército enemigo.
Pero Josué encontraba que su victoria no era todavía bastante completa. «Entonces Josué dijo en presencia de todos los hijos de Israel: Sol, detente sobre Gabaón, y tú, luna, detente en el valle de Ajalón. Y el sol se detuvo, y la luna también, hasta que el pueblo hubo acabado la carnicería. El sol, que estaba en medio de los cielos, se detuvo, pues, y no se apresuró a ponerse, casi un día entero. Nunca hubo día, ni antes ni después, tan largo como aquél» (Josué 10:12-14).

133. Josué detiene el sol.
Al leer este relato, uno se asombra de que, después de la lluvia de piedras, Josué haya recurrido todavía al gran milagro de detener el sol y la luna. El texto dice que el astro del día estaba en pleno mediodía; parece, pues, que se habría tenido tiempo de matar a todos los fugitivos desde el mediodía hasta la noche en ese camino de Bet-horón, suponiendo que las piedras celestes hubiesen fallado a algunos. Verdad es que los teólogos nos dirán quizá que cierto número de esos fugitivos corrieron tan aprisa, que fueron necesarias más de seis o siete horas para alcanzarlos. En cuanto a los físicos, todavía no han podido explicar cómo el sol, que no anda, detuvo su carrera, ni cómo esa jornada, que fue el doble de las otras jornadas, pudo concordar con el movimiento de los planetas y la regularidad de los eclipses.
Este magnífico milagro de Josué ha provocado muchas alegres risas y nos vale algunas anécdotas. Se cuenta, entre otras, la de un discípulo de Galileo, que había sido llevado ante la Inquisición por haber sostenido el movimiento de la tierra alrededor del sol. Le leían su sentencia; decía que había blasfemado, atendido que Josué había detenido el sol, y que por consiguiente es ese astro el que anda, y no la tierra. «¡Eh! monseñores, respondió el inculpado, ¡sin duda es desde aquel tiempo que el sol ya no anda!»
El ejército, que acababa de ser aniquilado en aquel desastre, tenía a su cabeza cinco reyes; éstos habían escapado a la lluvia de guijarros divinos y a la espada de los soldados judíos. ¿Cómo así? Se habían refugiado en una caverna, en Maceda (v. 16). Josué, al saber la cosa, dio en seguida orden de rodar grandes piedras a la entrada de la caverna (v. 18). He aquí a los cinco reyes cogidos como ratas en una ratonera. Con esto, Josué se trasladó a Maceda, hizo quitar las grandes piedras que cerraban la caverna, y se obligó a los cinco monarcas a salir. Luego, fueron llamados los capitanes, y Josué les dijo: «Ahora, poned vuestros pies sobre los cuellos de estos reyes.» Después de lo cual, Josué comenzó por golpearlos a grandes golpes, y en seguida los mató, e hizo colgar sus cadáveres de cinco horcas, donde permanecieron hasta la noche; por fin, los cadáveres fueron vueltos a poner en la caverna, cerrada de nuevo por medio de grandes piedras. El autor sagrado añade gravemente: «Los cuerpos de estos cinco reyes están todavía allí.» (v. 22-27)
Josué continuó sus hazañas. «Asoló todo el país, las montañas y las llanuras; mató a todos los reyes y los hizo colgar a todos; mató todo lo que tenía vida, como el Señor se lo había mandado» (Josué 10:40). — «Persiguió a todos los reyes que quedaban, y su carnicería fue tal que nada escapó de ella; quemó los carros, desjarretó los caballos por todas partes. Y cuando estuvo en Hazor, que había sido una gran capital, mató a su rey, degolló a todos los habitantes y a todas las bestias; y lo redujo todo a cenizas.» (Josué 11:8-11) — «Josué hizo la guerra varios años contra todos aquellos reyes.» (v. 18) — «Marchó también contra los gigantes de las montañas y los exterminó (v. 21); y no dejó ninguno de la raza de los gigantes, excepto en Gaza, Gat y Asdod.» (v. 22) — «E hizo colgar en total treinta y un reyes.» (Josué 12:24)
¡Mazette! («¡Mazette!» — fr. «Mazette !»: exclamación familiar de asombro, algo así como «¡caramba!») ¡treinta y un reyes colgados! ¡Es mucho en un país de siete a ocho leguas de extensión!...
Una vez que las poblaciones de la Tierra Prometida hubieron sufrido una aplastadura completa («aplastadura» — fr. «écrabouillade», palabra forjada por Taxil sobre «écrabouiller», aplastar, espachurrar), los hebreos se encontraron dueños; ya no les quedaba más que repartirse la comarca.
Es lo que hicieron. Del capítulo 13 al capítulo 21 inclusive, el libro de Josué indica minuciosamente el territorio que fue asignado a cada tribu; hay allí una enumeración formidable de ciudades. Se tendrá una idea aproximada sabiendo que la tribu de Judá, por su parte, recibió ciento veinticuatro ciudades, sin contar las aldeas; todos los nombres de esas ciudades se citan expresamente (Josué 15:20-63). En cuanto a los levitas, recibieron cuarenta y ocho ciudades, de las cuales seis llamadas de refugio (cap. 20, 21). Era, por lo demás, Jehová mismo quien había fijado la cifra: «Los levitas, había estipulado, tendrán cuarenta y ocho ciudades, esparcidas en los territorios de las doce tribus; habitarán en esas ciudades, y los arrabales de esas ciudades serán para sus bestias, para sus bienes y para todos sus animales. Además, los arrabales de las ciudades levíticas serán de mil codos todo alrededor, desde la muralla de la ciudad hacia afuera.» (Números 35) Las seis ciudades de refugio estaban destinadas a servir de asilo a los homicidas que hubiesen cometido un asesinato sin premeditación.

134. Reparto de la tierra de Canaán entre doce tribus.
Lord Bolingbroke estima que estos pasajes de la Biblia no pudieron ser compuestos sino por un levita ávido y bárbaro, que escribía en tiempos de anarquía. He aquí cómo formula su opinión este filósofo: «Jamás el pueblo judío, en sus mayores prosperidades, tuvo cuarenta y ocho ciudades amuralladas. Ni siquiera se cree que Herodes, su único rey verdaderamente poderoso, las poseyese. Jerusalén, en tiempo de David, era la única habitación de los judíos que mereciese el nombre de ciudad; pero era entonces una casucha que no habría podido sostener un sitio de cuatro días. No fue bien fortificada sino por Herodes. En realidad, los levitas no tenían otras posesiones que el diezmo, y el pequeño pueblo israelita no tuvo ninguna ciudad, ni bajo Josué, ni bajo los Jueces. La larga enumeración que se encuentra en el libro de Josué no es más que una larga y ridícula mentira. ¿Cómo ese minúsculo pueblo, errante y vagabundo hasta Saúl, habría podido dar cuarenta y ocho ciudades a sus sacerdotes, él que fue siete veces reducido a esclavitud, por confesión propia? El levita falsario que escribió estas orgullosas necedades pretende además que se pusieron en poder de los sacerdotes seis ciudades de refugio para los homicidas; he ahí un bello estímulo a los mayores crímenes. ¡No se sabe qué debe indignar más, si el absurdo que hace dar cuarenta y ocho ciudades a unos sacerdotes en un desierto, o el de seis ciudades de refugio en ese mismo desierto para atraer a él a todos los facinerosos!»
Calculando por lo bajo, el famoso reparto, efectuado con tanto esmero bajo la dirección de Josué, comprende alrededor de seiscientas ciudades para el conjunto de las tribus israelitas. ¡Excusad lo poco!... («¡Excusad lo poco!» — fr. «Excusez du peu !», exclamación irónica: finge disculpar una cifra pequeña cuando en realidad es enorme) Y notad que la región mide dos grados de longitud en su mayor anchura, y dos grados y medio de latitud en su mayor longitud, en la época en que la potencia judía alcanzó el apogeo de su florecimiento, es decir, de ningún modo en tiempo de Josué.
Efectuado el reparto, Josué veía terminada su misión; así que murió... a los ciento diez años (Josué 24:29). Lo había exterminado todo; los capítulos de su libro repiten hasta la saciedad que sus incesantes victorias no dejaron un ser viviente. Ahora bien, ¡agárrese usted bien, lector! Después de la muerte de Josué, vamos a volver a encontrar a todos esos enemigos exterminados más poderosos que nunca, y teniendo a los judíos en la más ruda esclavitud, hasta el tiempo de Saúl y de David.
En efecto, el libro de los Jueces, — el que sigue inmediatamente al libro de Josué, — nos muestra, desde el primer capítulo, a las tribus de Judá y de Simeón en guerra contra diez mil cananeos, gobernados por un rey llamado Adoni-bezec. Por supuesto, esa población, que se hallaba allí de repente no se sabe cómo, fue pasada a filo de espada. En cuanto a Adoni-bezec, antes de degollarlo, se le infligió un suplicio. «Los descendientes de Judá y de Simeón, habiéndolo cogido, le cortaron primero las manos y los pies. Entonces Adoni-bezec dijo: Yo hice cortar las manos y los pies a setenta reyes, que comían debajo de mi mesa los restos de mi comida; Jehová me ha tratado como yo traté a todos esos reyes.» (Jueces 1:6-7) Este Adoni-bezec era, pues, un poderoso monarca, puesto que había reducido a cautividad a setenta reyes de aquella comarca. Su capital se llamaba Bezec, según la Biblia; pero esa ciudad, ese terrible potentado y su reino han permanecido completamente ignorados de los historiadores. Esto asombra; porque esa inmensa mesa, bajo la cual setenta reyes comían sin manos, estaba bien hecha para valer a Adoni-bezec una reputación considerable. Sea como fuere, si se añaden esos reyes vencidos y mutilados por Adoni-bezec a los treinta y uno exterminados por Josué, eso nos da, con Adoni-bezec el Cruel, un total de ciento dos reyes, y, por consiguiente, de ciento dos reinos en la tierra de Canaán. Si se echan los ojos sobre el mapa geográfico y se hace la división de ese pequeño territorio, he ahí, pues, unos reinos que habrían tenido, cada uno, apenas medio cuarto de legua; ¡es flaco! Esos ciento dos reyes debían de estar bien apretados en tan estrecho espacio, y ya era tiempo de que los judíos viniesen a poner orden en semejante estado de cosas sustituyéndose a los cananeos.
Sin embargo, Jehová, aunque todopoderoso, no pudo acabar con algunos de esos cananeos, que, aniquilados por Josué, habían brotado de nuevo, como por encanto, en aquella comarca extraordinaria. «Dios estaba con Judá, y sus descendientes se hicieron dueños de las montañas; pero no pudieron vencer a los habitantes de los valles, porque éstos tenían carros de guerra armados de hoces.» (Jueces 1:19) ¿La provisión de grandes piedras que maese Jehová tenía en su cielo estaba, pues, agotada? tal es la reflexión que uno no puede dejar de hacerse. Pero, llevando más a fondo el examen de este pasaje de la Biblia, uno se pregunta cómo esos cananeos, que escaparon por poco gracias a sus carros de guerra, podían poseer tales carros, puesto que su maniobra era imposible en aquel país todo cubierto de montañas y de guijarros. En efecto, los carros de guerra armados de hoces no fueron inventados sino en las grandes llanuras que están hacia el Éufrates, y se sabe que fueron los babilonios y los persas quienes pusieron en práctica esa invención, solamente tres siglos después de Josué.
Los capítulos 2 y 3 del libro de los Jueces nos muestran a los hebreos faltos de gratitud hacia Jehová y pronto castigados con la derrota y la esclavitud. Después de la muerte de Josué, nuestros judíos se habían escogido Jueces para gobernarlos; ese período de su historia no es muy brillante.

135. Gobierno de los Jueces.
«Los hijos de Israel, abandonando al Dios de sus padres, Jehová, que los había sacado de la servidumbre de Egipto, se postraron ante las estatuas de Baal; adoraron a Baal y a Astarot (Jueces 2:12-13).

136. Los israelitas se ponen a adorar a los ídolos.
Y, como habitaron en medio de los cananeos, de los amorreos, de los ferezeos, de los heveos y de los jebuseos, tomaron a sus hijas por mujeres, dieron sus hijas en matrimonio a los hijos de esos pueblos, y sirvieron a sus dioses.» (Jueces 3:5-6) No nos cansemos, a fin de admirar mejor esos matrimonios, de recordar que el ejército de los seiscientos mil israelitas, mandados por Josué, había destruido sin misericordia a todos los habitantes de la comarca: Moisés, todavía, hacía a veces perdonar la vida a 32.000 vírgenes; pero su sucesor no dejaba un ser viviente.
«Jehová, estando, pues, enojado contra los hijos de Israel, los entregó en manos de Cusan-risataim, rey de Mesopotamia, de quien fueron esclavos durante ocho años» (Jueces 3:8). El crítico inglés Thomas Wolston («Wolston» — sic, así en el original; es Thomas Woolston, deísta inglés encarcelado por blasfemia en 1729), que pagó con varios años de prisión su independencia en materia religiosa, y que ejercitó su vena tanto contra los libros sagrados de los cristianos como contra los de los judíos, declaraba netamente que había que escoger entre la historia de los Jueces y la de Josué, atendido que una u otra es mentirosa, puesto que hay contradicción flagrante entre esos dos santos libros. No es posible, decía, que los hebreos hayan sido esclavos inmediatamente después de haber exterminado a todos los habitantes de Canaán con un ejército de seiscientos mil hombres. ¿Quién es ese Cusan-risataim, rey de Mesopotamia, que viene de golpe a encadenar a los hijos de Israel? ¿Cómo vino de tan lejos, sin que se diga nada de su marcha? El texto dice bien, a decir verdad, que es un castigo del Señor por haber dado sus hijas en matrimonio a los cananeos y por haberse casado con las hijas de éstos; pero es demasiado fácil decir que cuando se ha sido vencido, es porque se ha pecado, y que cuando se ha sido vencedor, es porque se ha sido fiel: no hay nación ni aldea de salvajes que no pueda decir otro tanto. Será siempre imposible comprender cómo una población de cuatro millones de individuos, teniendo seiscientos mil hombres de armas, puede haber sido reducida a servidumbre en el mismo país que acababa de conquistar; lo mismo que es imposible que esa horda formidable de guerreros haya aniquilado a todos los antiguos habitantes, y que se hayan establecido luego alianzas matrimoniales entre los masacradores y los exterminados. Este cúmulo de contradicciones no es sostenible. Se dice, inmediatamente después, que al cabo de ocho años el juez Otoniel libertó a sus compatriotas y que los hebreos expulsaron y mataron a ese Cusan-risataim, rey de Mesopotamia; pero no se nos da ningún informe sobre esa guerra, que debió de ser considerable y de la cual los historiadores, sin embargo, jamás oyeron hablar.
Cuarenta años más tarde, los hebreos fueron sojuzgados por Eglón, rey de los moabitas, aunque el reino de Moab no existía ya desde hacía mucho tiempo; su supresión por la matanza en masa es anterior a la toma de Jericó.

137. Los israelitas, sojuzgados, llevan el tributo al rey Eglón.
Esta esclavitud duró dieciocho años. Aod, hijo de Gera, le puso fin por medio de una estratagema homicida: este judío, habiéndose unido a los delegados del pueblo, que llevaban un presente a Eglón, rogó al tirano que lo recibiese aparte en su cámara, so pretexto de algunas palabras secretas que tenía que decirle; Eglón, sin desconfianza, se encerró con Aod, quien le hundió un puñal en el vientre y se fue en seguida, sin hacerse notar. Este asesinato animó a los judíos; se sublevaron, y diez mil moabitas fueron degollados. Y el país estuvo en reposo durante ochenta años. Después de Aod fue Samgar, «que mató a seiscientos filisteos con una reja de arado» y que libertó también a Israel (Jueces 3:11-31).

138. Aod inmola al rey Eglón.
Los hebreos fueron todavía esclavos de un tal Jabín, rey de Canaán. Por fortuna, una venerable profetisa, que cantaba cánticos bajo una palmera entre Ramá y Bet-el, Mme Débora, mandó llamar a su presencia al señor Barac, inflamó su valor, así como el de diez mil soldados de las tribus de Zabulón y Neftalí, y partió a la guerra con ellos. Las tropas de Jabín, mandadas por el general Sísara, fueron hechas pedazos en su primer encuentro con las de Barac y Débora.

139. La profetisa Débora llama a los hebreos a la libertad.
El general, en su huida, se refugió en casa de Heber, de quien el autor sagrado nos dice que era «un cineo que vivía en paz con el rey Jabín». Ahora bien, Heber tenía una mujer, la amable Jael, a quien Jehová sopló una inspiración. Fue Jael misma quien ofreció asilo a Sísara. «Ella salió a su encuentro y le dijo: Señor mío, retírate a nuestra casa, y no temas. Y lo escondió. Como tenía sed y pedía agua para beber, ella le dio leche. Sísara le rogó que se quedase a la entrada de la tienda; luego, se durmió profundamente. Entonces, Jael tomó un clavo muy largo, así como un martillo, entró muy despacio, y le atravesó la sien con aquel clavo, que se hincó hasta en tierra; y el general murió. Ahora bien, habiendo llegado Barac en seguida, Jael le mostró a Sísara tendido muerto, diciendo: He aquí al que buscas.» En cuanto al rey Jabín, no tardó en ser masacrado, y la profetisa Débora cantó uno de sus más bellos cánticos (cap. 4, 5).

140. Jael, inspirada por Dios, mata al general Sísara.
A pesar de Aod, de Débora y de Jael, las tribulaciones de los hebreos no habían terminado. Esta vez fueron los madianitas (otros aparecidos, éstos) quienes tomaron a su cargo perseguirlos. Los desdichados hijos de Jacob, sin estar, propiamente hablando, en estado de esclavitud, eran blanco de todas las vejaciones: cuando habían sembrado y trabajado largamente con la esperanza de una abundante cosecha, los madianitas se daban el maligno placer de acudir a sus campos, con innumerables camellos, y las cosechas se perdían; les birlaban («birlaban» — fr. «chipaient», voz familiar: robar cosas de poca monta) bueyes, asnos y ganado menor; les echaban a perder los frutos de sus huertos; los infortunados judíos se vieron reducidos a cavarse cavernas en las montañas para preservar sus personas de las mil y una maldades de aquellos rabiosos perseguidores (Jueces 6:1-6).

141. Los malvados madianitas persiguen a los hijos de Israel.
Hacía siete años que duraban esas molestias, cuando papá Buen Dios, teniendo al fin piedad de su pueblo, resolvió suscitar un nuevo héroe. Y, para que el ejemplo fuese más brillante, hizo elección de un joven enclenque, de nombre Gedeón, el cual era tan canijo que le costaba todos los trabajos del mundo manejar el lagar de su padre. Una hermosa mañana, pues, «un ángel del Señor vino a Ofra y se sentó bajo una encina que pertenecía a Joás, jefe de la familia de Abiezer y padre de Gedeón; y el ángel dijo al joven: He aquí, ahora eres muy fuerte y muy valiente, porque el Eterno está contigo» (Jueces 6:11-12).

142. El joven Gedeón se hace notar por su debilidad muscular.
Gedeón no se atrevía a creer al ángel bajo su palabra, sobre todo cuando supo que era él quien libertaría a Israel del yugo de los madianitas. «Si el Eterno me concede esta gracia, dijo, ¿por qué no me convencerías de ello con alguna señal maravillosa? Pero permíteme ofrecerte algo, y, te lo ruego, no te vayas mientras voy a buscarte de comer. El ángel respondió: Está bien, me quedaré aquí hasta que vuelvas. Gedeón, habiendo entonces vuelto a su casa, hizo cocer a toda prisa un cabrito y unas tortas; puso la carne en un canastillo y el caldo en una olla; luego, lo llevó todo bajo la encina y lo ofreció al ángel. Pero el ángel le dijo: Ves esa piedra que está ahí muy cerca; pon en ella la carne y las tortas, y derrama el caldo por encima. Gedeón obedeció. Entonces, el ángel extendió su vara sobre el cabrito y las tortas; en el mismo instante, salieron llamas de la roca; la carne, las tortas y el caldo fueron consumidos, y súbitamente el ángel desapareció.» (v. 17-21)

143. Un ángel transforma a Gedeón en hombre fuerte.
Con esto, Gedeón llamó a diez de los mejores criados de su padre, y, de noche, fue a demoler el altar de Baal y a cortar los árboles de un bosquecillo consagrado a los dioses de los madianitas; con esa madera construyó una hoguera sobre la cual sacrificó un toro a Jehová (Jueces 6:27-21).
Grande fue la cólera de los habitantes de Ofra cuando vieron el altar de Baal demolido y el bosquecillo cortado. Ahora bien, no habiendo querido Joás entregarles a su hijo, una violenta cólera se apoderó de todos los enemigos de los hebreos; y todos los madianitas, y todos los amalecitas, y todos los pueblos orientales se reunieron, pasaron el Jordán y vinieron a acampar en el valle de Jezreel (Jueces 6:29-33). Pero Dios revistió de armas a Gedeón (Jueces 6:34).

146. Gedeón derriba los ídolos.
¿Lo creeréis? Gedeón estaba todavía preguntándose si Jehová lo había escogido de veras para dar una paliza («dar una paliza» — fr. «flanquer une trempe», expresión popular: dar una tunda, sacudir) a los enemigos de Israel. Cuando hubo convocado a las tribus de Manasés, de Aser, de Zabulón y de Neftalí, con las que creía poder contar mejor, rogó a Dios que hiciese un milagro que demostrase, sin error posible, la protección de que era objeto. (Jueces 6:35)

144. Dios explica a Gedeón que tiene designios sobre él.
«Y Gedeón dijo a Dios: Si de veras has de librar a Israel por mi mano, como lo has dicho, escúchame bien; voy a poner sobre una gran piedra plana el vellón de una oveja; y si el rocío cae solamente sobre el vellón, quedando seco el resto, ésa será la señal de que quieres librar a Israel por mi mano. Y la cosa aconteció como Gedeón lo había pedido: pues, al día siguiente, al alba, a pesar del rocío de la mañana, la piedra había quedado seca, mientras que el vellón estaba húmedo a tal punto que, al exprimirlo, Gedeón hizo salir de él una taza llena de agua de rocío. Gedeón dijo aún a Dios: No te enojes si te pido un nuevo milagro como prueba de la realidad de mi misión; es la última vez que te dirijo semejante petición. Te lo ruego, permíteme hacer todavía una prueba con este vellón, y esta vez que el vellón quede seco él solo en medio de la tierra húmeda. Y Dios hizo aquella noche como Gedeón lo había pedido: el vellón quedó seco, y la tierra de alrededor estaba húmeda de rocío.» (Jueces 6:35-40)

145. Milagro del vellón húmedo.
¡He ahí unos famosos milagros! ¡Qué hermosa es la santa Biblia! ¿No estáis transportados de admiración?...
Habiéndose difundido por Israel el rumor de estos grandes milagros, el pueblo entero quiso venir a combatir con Gedeón.
Pero este entusiasmo no duró mucho tiempo; pues, habiendo dicho el héroe en una proclama: «¡Que los que sean tímidos se vuelvan a sus casas!» solamente diez mil hombres se quedaron junto a él, habiendo aprovechado todos los demás el permiso de largarse («largarse» — fr. «ficher le camp», expresión familiar y algo grosera: irse sin más).

147. Los ángeles arman a Gedeón.
Ahora bien, papá Buen Dios juzgó que estos diez mil eran todavía demasiados, y, por consejo suyo, he aquí cómo Gedeón escogió el puñado de valientes que, ellos solos, habían de acompañarle contra el enemigo: hizo bajar a los diez mil soldados hacia el río vecino, los invitó a beber el agua directamente, y mientras bebían, Gedeón observaba a sus diez mil guerreros con gran atención. En efecto, «el Eterno había dicho a Gedeón: A todo el que lamiere el agua con su lengua, como lame el perro, lo pondrás aparte; y pondrás también aparte a todos los que se doblaren sobre sus rodillas para beber. Y el número de los que lamieron el agua a la manera de los perros fue de trescientos; y todos los demás se doblaron sobre sus rodillas. Entonces, el Eterno dijo a Gedeón: Por los que han lamido el agua como los perros libraré a Israel, y entregaré a los madianitas en tus manos victoriosas; y ahora, ¡que todo el pueblo se vaya, cada uno a su casa!» (Jueces 7:5-7)
Gedeón retuvo, pues, a sus trescientos lamedores, seguro de que por fin tenía unos rudos conejos. («lamedores» y «rudos conejos» — fr. juego de palabras con «lapeur», el que bebe a lengüetadas, y «un rude lapin», literalmente «un rudo conejo»: un tipo duro, un valiente) El campamento de los madianitas estaba más abajo, en el valle. ¡Ahora, atención! no os perdáis una línea del relato de estas nuevas hazañas bíblicas; vais a ver que Alejandro, César, Carlomagno, Napoleón no eran más que nabo cocido («nabo cocido» — fr. «de la rave cuite»: cosa sin ningún valor) al lado de Gedeón, capitán de Sabaot.
El héroe dividió a sus trescientos lamedores en tres bandas. Dio a cada uno una trompeta, una vasija de barro y una lámpara. «Con esto, exclamó, alcanzaremos una gran victoria. No me perdáis de vista, y haced exactamente lo que yo haga; cuando yo haya llegado al extremo del campamento enemigo, me imitaréis en todo. ¡Tened confianza! La batalla se ganará al son de estas trompetas y con un grito, retenedlo bien: ¡La espada del Eterno y de Gedeón!» (Jueces 7:7-18)

148. Gedeón reúne a los israelitas y les explica su plan.
Esperó a la noche. Entonces, bajó con sus trescientos lamedores hacia el campamento madianita. Se deslizaron silenciosamente entre las avanzadas, cuando acababa de apostarse la segunda guardia. Luego, habiendo puesto y encendido cada uno su lámpara en la vasija de barro, Gedeón y sus soldados tocaron de repente sus trompetas, rompiendo al mismo tiempo con estrépito sus cacharros (algunos traductores escriben: sus cántaros), con acompañamiento de clamores en los que dominaba el grito dado como consigna («consigna» — fr. «mot d’ordre», literalmente «palabra de orden»). Los madianitas, despertados sobresaltados, se espantaron de aquel estruendo de trompetas y sobre todo de aquellos trescientos cacharros rotos, y, no entendiendo nada de aquellas lámparas que los israelitas agitaban vociferando, se mataron casi todos los unos a los otros (7:16-28).

149. Los madianitas son sorprendidos en su campamento.
Más adelante se tiene la cuenta de esta matanza; dos generales madianitas, Oreb y Zeeb, fueron muertos por hombres de la tribu de Efraín, mientras huían hacia el Jordán, y dos reyes, llamados Zeba y Zalmuna, fueron alcanzados en Carcor y degollados por Gedeón en persona. El texto sagrado dice expresamente: «Zeba y Zalmuna pudieron llegar a Carcor, y estaban allí con quince mil hombres de tropa, es decir, los que habían sobrevivido de todo el ejército de los pueblos orientales; pues había ciento veinte mil hombres, que sacaban espada, que habían caído muertos.» (Jueces 8:10)
Aprendemos, pues, por ahí que había ciento treinta y cinco mil madianitas, amalecitas y otros orientales acampados en el valle de Jezreel; este campamento era, por consiguiente, de una extensión considerable. Ahora bien, el campamento de un ejército de cien mil hombres ocupa, de ordinario, una legua cuadrada de superficie; es el cálculo del canónigo Röhrbacher, cuando habla de los campamentos israelitas en el desierto (Historia universal de la Iglesia católica, tomo 1, página 182); y una legua cuadrada equivale a mil seiscientas hectáreas; de donde se debe concluir que el campamento madiano-amalecita de Jezreel ocupaba dos mil doscientas hectáreas, calculando por lo bajo, y que la línea exterior del contorno tenía un desarrollo de veintiún kilómetros aproximadamente. No olvidemos que los soldados de Gedeón apenas penetraron en las avanzadas y se quedaron en su sitio: «se estuvieron, cada uno en su lugar, alrededor del campamento» (v. 21); el texto es preciso. Así, para rodear el campamento, los trescientos lamedores estaban forzosamente muy espaciados, con una distancia de setenta metros entre cada uno de ellos. ¡Y esto pasaba de noche! ¿Cómo, a esa distancia, podían verse los unos a los otros e imitar todos juntos a Gedeón rompiendo su cacharro de barro? ¡Qué pobre efecto debió de ser, en realidad, el de trescientos cántaros rotos en una línea circular de veintiún kilómetros! Trescientos hombres, entrando en un campamento en falange compacta, no producirían más que un efecto bien lastimoso sobre una superficie de dos mil doscientas hectáreas; con mayor razón, si estaban diseminados y permanecían en la línea exterior, el resultado sería absolutamente nulo. Por eso la estratagema de Gedeón no significa nada de nada en esta historia; si tuvo éxito, ahí está verdaderamente el milagro; ha sido preciso que Sabaot hiciera producir a trescientas trompetas el estruendo de treinta mil, que más que centuplicara el ruido de los cántaros rotos, que diera a los gritos de los lamedores una multiplicación formidable mediante ecos sobrenaturales de los que la Biblia no habla. Reducido a sus propios términos, el relato del divino palomo es una patraña inverosímil, imposible y grotesca.
Sea como fuere, a raíz de esta hazaña de armas sin precedente, Gedeón se hizo extremadamente popular en todo Israel, y sus compatriotas le ofrecieron la realeza; pero el héroe, tan modesto como práctico, rehusó los honores soberanos, añadiendo sin embargo: «Prefiero que me deis, cada uno de vosotros, los anillos de oro de vuestro botín.» Y el peso de los anillos de oro que recibió así fue de «mil setecientos siclos de oro» (Jueces 8:22-26).

150. Gedeón rehúsa la realeza.
El autor sagrado nos informa a continuación de que Gedeón, siendo polígamo, tuvo setenta hijos; además, de una concubina que vivía en Siquem, tuvo un muchacho, llamado Abimelec, que pronto dio que hablar de sí, de una manera poco fraternal (v. 30-31). Abimelec, en un solo día, cortó el cuello «sobre una misma piedra» a sesenta y nueve de sus hermanos; uno solo, el joven Jotam, escapó a esta carnicería, habiéndose escondido mientras Abimelec descuartizaba a su numerosa familia (Jueces 9:5).

151. Abimelec degüella a sesenta y nueve de sus hermanos.
Los siquemitas, muy orgullosos de su compatriota, el bastardo de Gedeón, lo proclamaron rey; pero, al cabo de tres años, Abimelec había dejado de gustar, y las revueltas se multiplicaron, fomentadas por un tal Gaal. Abimelec se apoderó de la ciudad sublevada y masacró al pueblo; habiéndose reunido los jefes de la insurrección en la torre de Siquem, la bloqueó e incendió este fuerte en una gigantesca fogata de regocijo.

152. Incendio de la torre de Siquem.
Sitió, poco tiempo después, una ciudad llamada Tebes; pero allí recibió en la cabeza una piedra de molino que le arrojó una mujer desde lo alto de la ciudadela. Esta enorme piedra le rompió el cráneo, como bien se puede pensar. Sin embargo, Abimelec llamó en seguida al mozo que llevaba sus armas y le dijo: Me muero; pero mátame ahora mismo, para que no se diga que fue una mujer la que me mató. Entonces, para complacerle, el adolescente lo atravesó (cap. 9). Abimelec, ya se ve, tenía amor propio.

153. Muerte de Abimelec.
Así acabó el ilustre bastardo de Gedeón. Después de él, la Biblia menciona a los señores Tola y Jaír, que fueron jueces de Israel, el uno durante veintitrés años, y el otro durante veintidós.
CAPÍTULO 9 Los jueces Jefté y Sansón
Las lecciones de la experiencia apenas aprovechaban a los judíos, en aquel tiempo: tenían siempre tendencias a abandonar el culto de Jehová por el de los otros dioses, y sin embargo sabían cuánto les escocía adorar a Baal, Astarot, Dagón, etc., de quienes su batallador Sabaot estaba muy celoso. Habiendo recaído en la apostasía, fueron castigados por ello con una nueva servidumbre; esta vez, fue a los amonitas a quienes fueron entregados. He aquí, pues, la sexta esclavitud de los israelitas, en ese mismo país que habían conquistado con un ejército de seiscientos mil hombres, en esa comarca donde Josué había exterminado completamente a los primeros ocupantes.
Al cabo de dieciocho años de servidumbre de su pueblo, Jehová se dejó conmover y suscitó un libertador: «Jefté, hombre fuerte y valiente, era hijo de una prostituta que se había acostado con Galaad. Pero Galaad había tenido de su mujer otros hijos, y éstos, cuando fueron grandes, echaron a Jefté como hijo de una madre indigna; y Jefté, habiéndose establecido en la tierra de Tob, se puso a la cabeza de una tropa de gente sin ley, con los cuales vagabundeaba saqueando por todas partes.» (Jueces 11:1-3) Este jefe de bandidos fue el elegido de Dios.

155. Jefté, jefe de bandidos.
En toda justicia, conviene decir que Jefté tenía una cualidad: era un excelente padre. Poseía una hija, su único vástago, ¡y había que ver cómo la mimaba, cómo la regalaba, cómo la acicalaba, cómo la cubría de joyas, cómo le traía cada día montañas de regalos! Verdad es que joyas y regalos no le costaban caros.

156. Jefté tiene un inmenso cariño a su hija.
Sus compatriotas se dirigieron, pues, a él para sacudir el yugo de los amonitas. Aceptó y se puso en seguida en campaña. Pero, no excluyendo el bandidaje la piedad, Jefté, antes de partir contra los amonitas, hizo voto a Jehová de inmolarle, si salía vencedor, a la primera persona que encontrara, viniendo de su ciudad, a su regreso...

157. Jefté, partiendo a la guerra, hace un voto.
Nada es más fácil para papá Buen Dios que dar la victoria a sus protegidos. Ahora bien, como por una parte el viejo Sabaot quería tiernamente a su pequeño Jefté encantador, y como por otra parte apreciaba el sacrificio que se le había prometido, decuplicó las fuerzas del capitán hebreo, y éste hizo pedazos a los amonitas. La carnicería fue muy grande, desde Aroer hasta Minit, dice la Biblia, y veinte ciudades fueron asoladas.

158. Espachurramiento completo de los amonitas
¡Pero qué sorpresa esperaba a nuestro héroe cuando volvió a entrar en su buena ciudad de Mizpa!... Un coro de muchachas, tocando la flauta y el pandero, venía a su encuentro para celebrar su triunfo; a la cabeza de ellas marchaba la propia hija de Jefté, que no conocía el voto paterno, la pobre cervatilla («la pobre cervatilla» — fr. «la pauvre bichette», diminutivo cariñoso de «biche», cierva: la pobrecilla). Era lo que puede llamarse una teja («una teja» — fr. «une tuile», literalmente «una teja»: una desgracia repentina, como una teja que cae sobre la cabeza)...

159. La hija de Jefté sale al encuentro de su padre victorioso.
Un bandido no tiene más que su palabra. Por lo demás, la muchacha se prestó de buen grado al sacrificio: pidió solamente, y obtuvo, dos meses de plazo «para llorar su virginidad»; pues era la mayor desgracia, para las hijas de aquella nación, morir vírgenes. De ahí viene que nunca hubo monjas entre los judíos. La inmolación tuvo lugar, pues, presidiendo Jefté en persona el sacrificio, con el luto en el corazón y el rostro inundado de lágrimas (cap. 11). Alguien, en cambio, que se reía como una torta («se reía como una torta» — fr. «rigoler comme une tourte»; «tourte», torta o empanada, es en el argot francés un tonto, de modo que la frase significa reír como un idiota) y que se relamía los belfos con voluptuosidad, era Jehová. Recibió, dicen los teólogos, a la joven niña en su seno. ¡Viejo guasón!...

160. Jefté sacrifica a su hija al Eterno.
Pero, después de esta historia, ¿cómo podría decir un tonsurado que el pueblo de Dios se abstuvo de los sacrificios humanos? Tanto como el Moloc de los fenicios y de los cartagineses, el dios de los judíos, es decir, el dios oficial de hoy, aceptaba con delicia el homenaje de la sangre humana, a pesar del horror muy natural que va unido a tales holocaustos.
Jefté no se limitó a masacrar a los amonitas; se hizo además agradable a Jehová degollando a cuarenta y dos mil de sus compatriotas, que tenían mala pronunciación. Las gentes de Efraín, según parece, pronunciaban cha, che, chi, en lugar de ça, ce, ci («cha, che, chi» / «ça, ce, ci» — en francés «ch» suena como la sh inglesa y «ç», «ce», «ci» suenan con s: los efraimitas decían sha, she, shi en vez de sa, se, si): eran los auverneses de la época, podría decirse («los auverneses» — fr. «les Auvergnats», los naturales de Auvernia, provincia del centro de Francia, cuyo acento, que convierte la s en ch, era en París objeto de burla). Jefté emboscó, pues, a sus soldados en el paso del Jordán, y entonces... Hay que citar el texto sagrado, es demasiado hermoso: «Cuando alguno de los de Efraín se presentaba, diciendo: Dejadme pasar; las gentes de Galaad le interrogaban en estos términos: Di un poco Scibboleth. Pero el efraimita decía Chibboleth, pues no podía pronunciar como es debido. Entonces, prendiéndole, lo mataban en el paso del Jordán. Y hubo así cuarenta y dos mil hombres de la tribu de Efraín que fueron muertos.» (Jueces 12:5-6) («Scibboleth» y «Chibboleth» — en la Biblia de Taxil la palabra de prueba «Scibboleth» lleva la s simple, y los efraimitas, que solo sabían decir sh, responden «Chibboleth»; las Biblias españolas, como la Reina-Valera, traen las formas al revés: «Shibolet» frente a «Sibolet»)

154. La matanza de Schiboleth.
Jefté fue juez en Israel durante seis años; luego murió y tuvo por sucesores a Ibzán, de Belén; Elón, de la tribu de Zabulón, y Abdón, hijo de Hilel. Bajo el gobierno de éstos, los hebreos vivieron en paz.
Henos aquí llegados al famoso Sansón, el terrible entre los terribles, el Hércules bíblico. Los filisteos, que no habían dado demasiado que hablar de sí hasta el presente, entran seriamente en escena y van, durante siglos, a dar hilo que retorcer al pueblo de Dios («dar hilo que retorcer» — fr. «donner du fil à retordre»: dar mucho que hacer, causar serias dificultades). Estos descreídos empezaron con un sometimiento de cuarenta años; domaron a los judíos y no les ahorraron humillación alguna. Cuando Jehová decretó que era tiempo de preparar la liberación de los hijos de Israel, se puso a ello con tiempo, esta vez, empleando un viejo método: envió un ángel al señor Manoa, de la tribu de Dan, que tenía una mujer estéril; poco después de la visita del ángel, Mme Manoa quedó encinta. El ángel hizo prometer a la madre que su hijo no se cortaría nunca el cabello; Mme Manoa dio a luz al providencial bebé, M. Manoa tuvo una alegría que renuncio a describir, y el niño recibió el nombre de Sansón (cap. 13).
El mocetón, desde su tierna edad, dio pruebas de una fuerza extraordinaria. Un día, nada más que jugando, mató a uno de los leones más terribles de la comarca. En cuanto fue púber, quiso casarse, y, cosa que parecerá extraña de parte de un elegido de Dios, fue a una filistea a quien deseó tener por mujer: por más que sus padres le recordaron que los matrimonios con muchachas idólatras estaban prohibidos por la ley de Moisés, el joven Sansón replicó que había excepción para él; se casó, pues, con su filistea.

161. Sansón, niño, mata a un león.
Durante las bodas, que duraron varios días, propuso un enigma a los jóvenes de la familia de su esposa: la apuesta consistía en treinta camisas y treinta túnicas que éstos habrían de ofrecer a Sansón, si no lograban adivinar su enigma, y recíprocamente. La novia, que tenía empeño en hacer ganar a sus parientes este importante lote de trapos («trapos» — fr. «frusques», voz del argot, despectiva: ropa), se hizo decir por Sansón la clave del enigma, por la noche, sobre la almohada, y la enseñó luego a los jóvenes filisteos. Sansón, habiendo perdido así su apuesta, no tenía más remedio que cumplir. Para ello, se fue a Ascalón, buscó pendencia a treinta filisteos, a quienes ensartó sin la menor dificultad, tomó sus camisas y sus túnicas y las dio a los adivinadores ganadores. En cuanto a su mujer, que había tenido la canallada de sacarle los gusanos de la nariz («sacarle los gusanos de la nariz» — fr. «lui tirer les vers du nez»: sonsacarle el secreto con maña) y de traicionarlo, no terminó su matrimonio con él: se estaba en el séptimo y último día de las bodas; el suegro, aquella noche, sin avisar a Sansón, adjudicó la novia a un compañero, a quien el joven hebreo consideraba como su mejor amigo. (cap. 14)

162. Sansón ensarta a treinta filisteos.
Algunos días después, Sansón, ignorando que había sido reemplazado, y no guardando ya rencor a su mujer, se fue a casa de ella, portador de un cabrito que deseaba ofrecerle. Pero, cuando hubo llegado a la puerta de la alcoba, tropezó con el suegro, que se negaba a dejarle entrar. «He creído, le dijo éste, que habías concebido de repente aversión por mi hija; por eso se la he dado a tu compañero. Pero, si quieres a mi hija menor, no tienes más que hablar. Vamos, ¿no es más hermosa que su hermana mayor? Te lo ruego, tómala. — Sansón respondió: ¡Pues bien! ahora, por grande que pueda ser el mal que haga a los filisteos, me tendré por inocente.» (Jueces 15:1-3) He aquí cuál fue la primera venganza del elegido de Dios: tomó trescientos zorros (¡ni uno más, ni uno menos!); «los ató uno a otro por la cola, y ató antorchas en medio; y, habiendo encendido las antorchas, soltó los zorros, que quemaron todos los trigos de los filisteos, tanto los que estaban en la era como los que estaban en pie, y las viñas y los olivos» (Jueces 15:4-5).

163. Los zorros en llamas.
Los filisteos, consternados por este incendio y habiendo sabido todas sus causas, se fueron a casa del suegro de Sansón y lo quemaron vivo, así como a su hija; se imaginaban que la cólera del hijo de Manoa quedaría aplacada desde entonces.
Nada de eso; Sansón les declaró que su venganza contra todos los filisteos sin distinción apenas acababa de empezar; y «los batió espalda y vientre (sic) y les infligió una gran derrota», la Biblia no dice ni dónde, ni cómo, ni si fue en compañía de otros hebreos o él solo. Sea como fuere, la situación se agravó: todos los filisteos se reunieron y acamparon entre la tribu de Judá, preparándose a masacrarlo todo.
Entretanto, Sansón se había retirado a la peña de Etam. Tres mil hombres de la tribu de Judá fueron a buscarlo allí y lo abrumaron a reproches, haciéndole notar que no estaban a la altura de luchar contra los filisteos, sus sitiadores.

164. Los israelitas bloqueados por los filisteos.
«Pues bien, les dijo Sansón, atadme sólidamente y entregadme a nuestros enemigos; de este modo, os dejarán tranquilos.» Así se hizo. Los filisteos aceptaron con alegría que se les entregara a un mocetón que tanto fastidio les causaba («fastidio» — fr. «tintouin», voz familiar: molestia, preocupación continua)...

165. Sansón entregado a los filisteos.
Pero apenas Sansón había sido llevado por sus enemigos triunfantes, cuando rompió sus ligaduras, agarró una quijada de asno que se hallaba allí en el suelo, y, armado de esta maza improvisada, derribó a los mil filisteos que le servían de guardianes.

166. La quijada de asno.
Después de un ejercicio tan violento, Sansón se sintió algo fatigado y sobre todo muy sediento; ahora bien, estaba en un campo, y ni un pozo en el horizonte. «Entonces, muy apremiado por la sed, clamó al Eterno: Tú has concedido a tu siervo esta gran liberación; ¿y ahora moriré de sed y caeré en manos de los incircuncisos? Y Dios, habiendo oído a Sansón, hendió una de las muelas de aquella quijada de asno, y brotó de ella una fuente; y cuando Sansón hubo bebido, la fuerza le volvió y recobró el ánimo.» (Jueces 15:18-19)

167. Sansón apaga su sed.
Esta hazaña le valió los honores de la magistratura suprema en Israel: ejerció las altas funciones de juez durante veinte años (v. 20).
Es de notar que Sansón no posaba de magistrado de costumbres austeras: este elegido de Dios frecuentaba los lupanares, a la vista y con conocimiento de todo el mundo. Un día tuvo una aventura que habría podido salirle muy mal; pero Jehová lo protegía, aun en medio de sus fornicaciones. He aquí la historieta: Sansón seguía prendado de las filisteas («seguía prendado de» — fr. «en pinçait toujours pour», expresión familiar: estar enamoriscado, encaprichado de alguien); habiendo ido a Gaza, ciudad fuerte que pertenecía a los enemigos de Israel, «se hizo hospedar al anochecer por una prostituta, con la cual se acostó; y la cosa se supo en toda la ciudad, de suerte que los filisteos, confiando en sus puertas, que estaban cerradas de noche, durmieron tranquilamente, prometiéndose apoderarse de él al despuntar el día y matarlo; pero Sansón se levantó a medianoche y dejó la casa de lenocinio; luego, llegado a las murallas, arrancó las puertas de la ciudad, con sus goznes y sus montantes, cargó todo sobre sus hombros y lo transportó muy lejos, hasta la cumbre de un monte que está frente a Hebrón.» (Jueces 16:1-3)

168. Sansón se lleva las puertas de Gaza
Incorregible coureur de guilledou («coureur de guilledou» — fr., de la expresión familiar «courir le guilledou»: correr tras las aventuras galantes; un mujeriego), Sansón se enamoriscó, una hermosa mañana, de una nueva filistea, llamada mamzelle Dalila («mamzelle» — fr., forma popular y burlona de «mademoiselle», señorita), a quien conoció paseando por las orillas del torrente de Sorec. Tan pronto como sus enemigos lo supieron engatusado por la bella, ofrecieron a esta una suma considerable si les entregaba a su enamorado, tan debilitado como fuese posible.

169. Dalila y Sansón traban conocimiento.
Dalila no se anduvo por cuatro caminos («no se anduvo por cuatro caminos» — fr. «n’y alla pas par quatre chemins»: fue derecha al asunto, sin rodeos); preguntó de plano a Sansón cuál era el secreto de su fuerza. La manera en que el Hércules judío se dejó coger en la trampa es tan bobalicona, que es bueno, aquí también, citar por extenso el texto divino:
«Dalila, pues, dijo a Sansón: Declárame, te ruego, en qué consiste tu gran fuerza y con qué habría que atarte bien para domarte. — Y Sansón le respondió: Si me ataran con siete cuerdas frescas, que no estuviesen aún secas, me quedaría sin fuerza, y sería como otro hombre. — Entonces, los gobernadores de los filisteos le enviaron las siete cuerdas frescas, y ella lo ató con ellas. — Ahora bien, tenía en su casa, en su aposento, gente que se mantenía escondida, y le dijo: ¡Los filisteos están sobre ti, Sansón! Pero él rompió las cuerdas, como se rompería un hilo de estopa en cuanto siente el fuego; y el secreto de su fuerza no fue conocido. — Luego, Dalila dijo a Sansón: Vamos, te has burlado de mí; pues me has dicho mentiras. Te ruego, declárame ahora con qué podrás ser bien atado. — Y él le respondió: Si me ataran apretadamente con gruesas cuerdas nuevas, de las que nunca se hubiera hecho uso, me quedaría sin fuerza y sería como otro hombre. — Dalila, pues, tomó gruesas cuerdas nuevas, y ató a Sansón, y luego le dijo: ¡Los filisteos están sobre ti, Sansón! Ahora bien, había todavía gente escondida en el aposento; y él rompió las gruesas cuerdas de sobre sus brazos como un hilo. — Luego, Dalila dijo a Sansón: Te has burlado de mí hasta ahora, y no me has dicho más que mentiras. Acabemos; revélame con qué habría que atarte. Y él le dijo: Pues bien, he aquí; sería si hubieses tejido siete trenzas de mi cabellera alrededor de un enjullo. — Y ella las metió en el enjullo con la clavija, mientras él dormía; y gritó de repente: ¡Los filisteos están sobre ti, Sansón! Entonces, él se despertó de su sueño, y arrancó la clavija del telar con el enjullo. — Entonces, ella le dijo: ¿Por qué dices que me amas, puesto que tu corazón no está conmigo? Te has burlado de mí tres veces, y te obstinas en ocultarme en qué consiste tu gran fuerza. — Y ella lo atormentaba todos los días con sus palabras y lo apremiaba hasta el extremo, de suerte que su alma estaba muy afligida por ello. — Entonces, él le abrió todo su corazón y le dijo: La navaja nunca ha pasado sobre mi cabeza; porque soy nazareo, consagrado a Dios desde el vientre de mi madre. Si fuese rasurado, mi fuerza me abandonaría, y vendría a ser como todos los demás hombres. — Dalila, pues, viendo que le había abierto todo su corazón esta vez, envió a llamar a los gobernadores de los filisteos y les mandó decir: Podéis subir a mí; porque me ha abierto todo su corazón. Los gobernadores se apresuraron a venir a ella, trayendo el dinero prometido. — Y, cuando los hubo hecho esconder, Dalila durmió a Sansón sobre sus rodillas, y, habiendo llamado a un hombre, le hizo rasurar siete trenzas de los cabellos de su cabeza; desde entonces, comenzó a domarlo, porque su fuerza lo abandonaba.

170. Los filisteos rasuran a Sansón durante su sueño.
— Entonces, ella gritó: ¡Los filisteos están sobre ti, Sansón! Y él, al despertarse, se decía: Saldré de esta como las otras veces, y me desembarazaré de sus manos. Pero no sabía que el Eterno se había retirado de él. — Los filisteos, pues, lo agarraron, y le reventaron los ojos; y lo llevaron a Gaza, lo arrojaron en una prisión, atado con dos cadenas de bronce; y allí, lo obligaron a hacer girar, todos los días, una pesada muela de molino.» (Jueces 16:6-21)

171. Le revientan los ojos a Sansón.
Sería difícil, creo, imaginar un cuento más estúpido. De la primera línea a la última, en este episodio del libro de los Jueces, todo es idiota, y no hay ahí con qué divertir ni a los niños más imbéciles. A propósito de la historia de Sansón, lord Bolingbroke decía que no hay en esta fábula más quijada de asno que la del autor que la inventó. Es una burda imitación, un plagio torpe y grotesco de la fábula pagana de Hércules, del mismo modo que el sacrificio de Ifigenia inspiró visiblemente al narrador del voto de Jefté que desemboca en la inmolación de su hija. Es verdad que los teólogos insinúan que es más bien la mitología griega la que habría copiado y desnaturalizado la Biblia: pero es fácil responderles con fechas precisas, algunas de las cuales son suministradas por ellos mismos. Su opinión es que este libro de los Jueces fue escrito por Samuel, en tiempos de Saúl; ahora bien, entre los griegos se hablaba de Hércules muy anteriormente a la guerra de Troya, y hay más de doscientos años entre la guerra de Troya y la elección de Saúl. El R. P. Petau, jesuita (Denis Petau, 1583-1652, jesuita francés, autor de una célebre cronología de la historia antigua), hace nacer a Hércules el año 1289 antes de nuestra era, y el mismo Petau no hace comenzar las hazañas de Sansón sino mil ciento treinta y cinco años antes de la misma era. Supuesto que hubiese comenzado a los veinticinco años, habría nacido, pues, en 1110; aun admitiendo la existencia en modo alguno probada de estos dos terribles personajes, resulta de ello que Hércules nació ciento setenta y nueve años antes que Sansón: así los teólogos quedan cogidos en su propia cronología.
Además, es de notar que la fábula pagana fue imaginada con más inteligencia que la fábula judía; el fin de Hércules es menos inepto que el de Sansón. En la mitología griega, el semidiós fue seducido de tal modo por la belleza de Ónfale, que olvidó sus hábitos errantes y sus hazañas guerreras, y se estableció junto a su nueva amante, que tomó sobre el espíritu de Hércules un imperio absoluto: entonces, mientras la reina de Lidia se divertía en vestirse con el despojo del león de Nemea y en armarse con la temible maza del héroe, este, sentado a los pies de la princesa, cubierto como una mujer con una larga túnica de púrpura, intentaba hilar la lana, rompía todos los husos y recibía riendo los golpes de pantufla que le aplicaba su alegre querida. Este episodio caracteriza suficientemente la influencia que puede tomar una mujer amada sobre el hombre, aun el más heroico; pero aquí la alegoría no traspasa los límites de lo posible y sigue siendo creíble.
Si Hércules olvida su dignidad, no es menos cierto que estamos en presencia de dos amantes que se divierten; viajan, así disfrazados; Ónfale olvida ella misma su reino y se lleva a Hércules a acostarse con ella en grutas, lejos de su corte. Hércules, un buen día, engaña a Ónfale y se enamorisca de una de sus doncellas, la linda Matis, de quien tiene un hijo, Agesilao. De Matis pasa a Yole, hija del rey Éurito. Por fin, Deyanira, su mujer, desesperada por sus infidelidades, le envía la túnica del centauro Neso, que ella cree un talismán con el poder de devolver a los maridos mujeriegos a sus deberes conyugales, y Hércules, en los dolores que le causa la túnica envenenada que se ha pegado a su carne y que no puede arrancar, se resuelve al suicidio para acabar más pronto con sus sufrimientos; construye una inmensa hoguera en el monte Eta, la enciende y se precipita en las llamas.
El fin de la leyenda de Hércules recae en lo increíble; pero, al menos, ¿qué hay más poético que la muerte del hijo de Júpiter y de Alcmena?... Puesto que el Espíritu Santo es el autor de la Biblia, nos obliga a decirle que sus cuentos están muy por debajo de las leyendas paganas de los griegos y de los romanos. Ovidio, al contar el trágico suicidio de Hércules, es infinitamente superior al divino palomo, cuyo Sansón es de un ridículo acabado.
Los dioses del Olimpo se compadecen de los dolores del esposo de Deyanira; pero Júpiter los tranquiliza, y tenemos ahí una de las más bellas páginas de la mitología pagana.
«— ¡Que la hoguera del Eta no alarme más vuestra alma!
Quien, quien supo vencerlo todo sabrá vencer la llama.
Los fuegos van a purificar lo que tuvo de mortal.
Lo que tuvo de divino, impasible, eterno,
No teme de Vulcano el golpe mortífero.
Mi hijo va a sacudir su arcilla grosera,
Y pronto, nuevo dios, a colocarse entre vosotros,
Si alguna deidad lo mira con ojo celoso,
Confesará al menos, aunque se indigne de ello,
Que, si el honor es grande, el héroe es digno de él.»
Este fallo se ha anticipado al deseo de los dioses;
Juno misma, Juno lo oye sin disgusto;
Pero, a estas últimas palabras, que condenan su odio,
Su despecho en su frente se disfraza con trabajo.
El héroe en el fuego triunfa de Vulcano;
Su aire es más augusto, ya no tiene nada de humano:
Ya no tiene nada de los rasgos que recibió de su madre,
Inmortal por su muerte, se asemeja a su padre.
Como una serpiente soberbia, a los rayos del sol,
De su nueva escama enciende el oro bermejo
Y parece con su piel despojarse de su vejez,
Así, despojándose de la debilidad de la humanidad,
Hércules ha tomado de un dios la augusta majestad
Y parece vestirse de la inmortalidad.
De los aires en un momento atravesando la carrera,
Se eleva, arrebatado en un carro de luz.
(OVIDIO, Metamorfosis, libro 9; traducción de Delille.) (Jacques Delille, 1738-1813, poeta francés, célebre por sus traducciones en verso de los clásicos latinos)
Pero, si el paganismo estaba a menudo lleno de poesía en sus leyendas, en cambio, ¿puede soñarse nada más chato que el Hércules bíblico? Que el episodio de Sansón y Dalila sea una falsificación de la aventura de Hércules en casa de Ónfale, parece fuera de duda; sin embargo, parece que el Espíritu Santo habría podido perfilar mejor a su héroe; Sansón desconfía de su querida, puesto que por tres veces le cuenta una craque («craque» — fr., voz familiar: una mentira, un embuste) acerca de su fuerza; y, después de haber comprobado tres veces que su confidencia le vale tener que debatirse contra sus enemigos, revela, la cuarta vez, toda la verdad a esta mujer cuya perfidia es evidente. Hay ahí una imposibilidad que revienta los ojos («revienta los ojos» — fr. «crève les yeux»: es completamente evidente; Taxil juega con los ojos reventados de Sansón), más vivamente aún de lo que fueron reventados los de Sansón; o bien este juez de Israel era el último de los gagás. ¡Sin contar que uno se pregunta cómo Sansón, habiendo perdido todas sus fuerzas, fue obligado, en su servidumbre, a hacer girar cotidianamente una pesada muela de molino! Era el caso, por el contrario, de imponerle, como humillación, el envilecimiento de Hércules hilando lana o cualquier otro trabajo de mujercilla...

172. Sansón hace girar la muela.
La conclusión estalla, por lo demás, cada vez más en necedad y en contradicción. Los filisteos, sabiendo que la fuerza de su prisionero reside en su pelambrera, deberían rasurarlo al menos cada quince días. ¡Ni lo más mínimo! dejan que sus cabellos vuelvan a crecer y no desconfían de nada. «Y los cabellos de Sansón comenzaron a crecer de nuevo, y estuvieron sobre su cabeza como estaban el día en que fue rasurado en casa de Dalila» (Jueces 16:22). Con esto, los gobernadores filisteos dan una gran fiesta en Gaza, en honor de su dios Dagón; Sansón es sacado de su prisión; lo llevan a un inmenso palacio, «donde había tres mil personas, tanto hombres como mujeres»; hacen colocar al cautivo entre dos pilares que sostenían todo el edificio (sic). «Sansón, pues, abrazó los dos pilares del medio, sobre los cuales se apoyaba el palacio, y se asió a ellos: uno estaba a su derecha, y el otro a su izquierda. Y dijo: ¡Muera yo con todos los filisteos! Extendió entonces los brazos con toda su fuerza, y el palacio se desplomó sobre los gobernadores y sobre todo el pueblo que allí estaba. E hizo morir a mucha más gente en su muerte que la que había hecho morir durante su vida.» (Jueces 16:29-30)

173. Sansón muere vengándose.
Sin tener ninguna tendencia al paganismo, se encontrará ciertamente la muerte de Hércules mucho más interesante que la de Sansón.
En cuanto a la vida de los dos héroes, si se quiere comparar la una con la otra, ¡qué mezquina existencia llevó Sansón! ¡y cómo podrían sus magras hazañas elevar el alma, aun colocándose en el punto de vista religioso!... Porque, según la Biblia misma, si Sansón pone en capilotade («capilotade» — fr., guiso de carne desmenuzada; «mettre en capilotade», expresión familiar: destrozar, hacer trizas) a los filisteos e incendia sus cosechas, no es en modo alguno bajo la inspiración de un odio patriótico contra la nación que oprime a sus hermanos judíos, ni para vengar a Jehová de la competencia del dios Dagón. Satisface pura y simplemente un odio personal, después de haber vivido en los mejores términos con los perseguidores de sus compatriotas. Contrariado en sumo grado de que una filistea, de la que está prendado, no ha sido su mujer más que durante seis días y se ha convertido, por el capricho de su suegro, en la esposa definitiva de un filisteo, que es su más íntimo amigo, alivia su rencor haciendo a los filisteos todo el mal que puede, ejerce una venganza particular que nada tiene que ver con un desquite nacional; más aún, desprecia a las vírgenes de Israel, y es siempre hacia las mujerzuelas filisteas («mujerzuelas» — fr. «gadoues», literalmente «lodos, inmundicias», voz popular por mujeres de mala vida) adonde lo lleva su corazón. ¿Jehová? ¡le importa tanto como su primera camisa!... («le importa tanto como su primera camisa» — fr. «il s’en soucie comme de sa première chemise»: no le importa absolutamente nada)
Hércules, por el contrario, es verdaderamente el héroe nacional de Grecia, y si sus hazañas nos dejan incrédulos, no es menos cierto que están inspiradas, en su leyenda, por los más nobles sentimientos: no es solamente la personificación de la fuerza; pone esa fuerza al servicio de los débiles con una admirable generosidad. Desde su adolescencia, cuando encuentra en su camino al Vicio y a la Virtud, que, bajo la forma de dos mujeres, intentan a porfía atraerlo hacia sí, ¿qué elección hace Hércules? La una hace brillar ante sus ojos mil seducciones bien capaces de ganar a un joven; muestra a sus miradas un camino ancho, cómodo y bordeado de flores perfumadas, mientras que la otra le descubre un sendero escarpado, estrecho y árido. El hijo de Alcmena, con un discernimiento superior a su edad, se decide por el sendero de la virtud, a pesar de las dificultades de sus accesos, porque comprende que es la vía de la felicidad y porque presiente, al cabo del otro, el remordimiento implacable. Todos los papas infalibles podrán desgañitarse gritándonos que el paganismo es obra del demonio, no impedirán que la enseñanza de esta alegoría pagana sea esencialmente moral. Luego, Hércules, pasando su vida en combatir a los tiranos y a los monstruos, obra por el bien de la humanidad; lucha contra las plagas de toda especie, extermina a los más crueles bandidos. A los ojos de cualquiera que reflexione, el paralelo es aplastante para el héroe de la Biblia; hace falta una insigne mala fe o ser un piadoso cretino para preferir Sansón a Hércules. Al poner a este sobre sus altares, los paganos adoraban a un héroe simpático; al hacer venerar por sus ovejas al amante de Dalila, al decir que hay que ver en él a un santo, a un elegido de Dios, los tonsurados hacen obra de embrutecimiento, engañan con cinismo y colocan, en suma, la aureola sobre la cabeza de un sucio señor.
En el libro de los Jueces encontramos todavía un episodio que, — como muchos otros, por lo demás, — no está hecho precisamente para realzar el prestigio del pueblo israelita; es la aventura del levita de Efraín, de su concubina y de los benjamitas.
Este cura judío había tomado una concubina, mujer de Belén, perteneciente a la tribu de Judá. Un día, esta estimable pareja, estando de viaje, se detuvo en Gabaa, y recibió hospitalidad en casa de un anciano, que les ofreció generosamente de cenar, poniendo en su honor los platos pequeños dentro de los grandes («los platos pequeños dentro de los grandes» — fr. «mettre les petits plats dans les grands», expresión familiar: agasajar con un banquete espléndido). ¡Adelante la cita textual! «Mientras se regalaban, la gente de la ciudad, que eran unos malos bribones, rodearon la casa, golpeando con redoblados golpes contra la puerta y gritando al anciano: ¡Sácanos a ese levita, porque queremos servirnos de él como de una mujer! Pero el anciano, yendo a ellos, les dijo: Hermanos míos, os ruego, renunciad a vuestro deseo de cometer semejante pecado; este levita es mi huésped; no consuméis esta locura. Además, tengo a mi hija, que es virgen, y el levita está aquí con su concubina. Os traeré, pues, a mi hija y a la concubina del sacerdote; violaréis a estas dos mujeres cuanto queráis; eso valdrá más que saciar vuestra lascivia sobre este levita. Ahora bien, esa gente no quiso aceptar la propuesta del anciano; entonces el levita empujó él mismo a su concubina fuera de la casa; ellos la tomaron, y todos los machos de la ciudad pasaron sobre ella aquella noche. Cuando se disiparon las tinieblas, la mujer volvió a la puerta de la casa; pero estaba tan débil a consecuencia de tantas violaciones, que cayó en el umbral. Cuando el levita se levantó, al alba, salió para ponerse de nuevo en camino, y he aquí que tropezó con el cuerpo de su concubina tendida en el suelo. Le dijo: Vamos, levántate, nos vamos. Pero ella no respondió. Entonces, la cargó sobre su asno y se volvió a su casa, a Efraín. Allí tomó un gran cuchillo, y descuartizó el cuerpo de su concubina en doce pedazos, y envió uno de los pedazos del cadáver a cada una de las tribus de Israel.» (Jueces 19:22-29)

174. El levita de Efraín.
Lord Bolingbroke, comentando este episodio, dice que parece al principio una copia de la abominación de los sodomitas, que quisieron violar a dos ángeles; añade que el pueblo judío se muestra así el más execrable de los pueblos. A su juicio, era casi perdonable en griegos voluptuosos, en jóvenes perfumados, abandonarse, en un momento de libertinaje, a excesos muy condenables, de los que se tiene horror en la madurez de la edad; pero ¡qué decir de estos gabaítas, más innobles que perros en celo! ¡Uno se pregunta si es posible hallar, en un libro que se pretende inspirado por el Espíritu Santo, algo más repugnante que la aventura de este sacerdote concubinario, portador, sin duda alguna, de una gran barba a la manera de los sacerdotes orientales, que, llegando de lejos sobre su asno y cubierto de polvo, inspira no obstante deseos impúdicos a todos los machos de una ciudad! No hay nada, escribe Bolingbroke, en las historias más repugnantes de toda la antigüedad, nada que se acerque a una infamia tan poco verosímil. Al menos los dos ángeles de Sodoma, estando en la flor de la edad, debían de ser de una deslumbrante belleza, como conviene a ángeles, y podían tentar a los desdichados sodomitas; pero ¿no es el gusto de los gabaítas el último grado de la depravación?...
En cuanto a la idea de enviar un pedazo del cuerpo de la concubina a cada tribu, no tiene tampoco ejemplo y hace estremecer. Hubo, pues, que enviar doce mensajeros, cargados con esos horribles restos. Pero ¿dónde estaban entonces las doce tribus? ¿a quién, en cada tribu, se entregó ese doceavo de cadáver, puesto que las tribus se hallaban sin jefes oficiales, los israelitas dispersos, en servidumbre, sufriendo el yugo de los filisteos?...
«Entonces, todos los hijos de Israel se reunieron como un solo hombre, desde Dan hasta Beerseba, y hasta el país de Galaad, ante el Eterno, en Mizpa. Y todas las tribus se hallaron en la asamblea del pueblo de Dios, en número de cuatrocientos mil hombres de a pie, que sacaban espada» (Jueces 20:1-2). No olvidemos, por cierto, que esto sucede inmediatamente después de la muerte de Sansón, cuando los filisteos tienen a los hebreos en una esclavitud de las más duras. ¿Cómo se reunieron las doce tribus? ¿cómo toleraron sus amos esta vasta reunión armada? La Biblia no lo dice; parece que el divino palomo ha olvidado completamente la lamentable situación en que gime el pueblo de Dios. Era, sin embargo, a los filisteos, poseedores del país, a quienes había que dirigirse para obtener el castigo de un crimen cometido en su territorio: ese es el derecho de todos los soberanos, derecho del que han sido extremadamente celosos en todos los tiempos.
Más adelante, el texto da veintiséis mil setecientos combatientes a la tribu de Benjamín (v. 15), que tomó partido por los culpables, y mantiene a las otras once tribus «cuatrocientos mil hombres que sacaban espada, todos gente de guerra» (v. 17).
— «Suponiendo igual la población, dice Voltaire, cada tribu habría tenido treinta y cinco mil cuatrocientos dieciséis soldados. Y añadiendo los ancianos, las mujeres y los niños, cada tribu debía de estar compuesta de ciento cuarenta y un mil seiscientas sesenta y cuatro personas, que hacen, para las doce tribus, un millón seiscientas noventa y nueve mil novecientas sesenta y ocho personas, sin hablar de los levitas.» Ahora bien, para que se tuviera en servidumbre a un número tan prodigioso de individuos, entre los cuales había cuatrocientos veintiséis mil hombres de armas, habrían hecho falta al menos ochocientos mil soldados bien armados. ¿Y cómo dejaban los amos armas a sus esclavos, cuando se dice, en el libro de los Reyes, cap. 13 (1 Samuel 13:19-20; en las Biblias católicas antiguas, 1 Reyes), que «los filisteos no permitían a los judíos tener un solo herrero, por temor de que hiciesen espadas y lanzas», y que «todos los israelitas estaban obligados a ir a casa de los filisteos, sus amos, para hacer afilar la reja de sus arados, sus azadones, sus hachas y sus podaderas?»
— ¿En cuál de estos dos pasajes contradictorios de la Biblia cuenta una patraña el divino palomo? ¿en qué versículos se burla mejor el Espíritu Santo de la credulidad de los fieles?
Vamos a ver, ahora, qué serie de matanzas ocasionó la múltiple violación de la concubina del levita. En la asamblea de los cuatrocientos mil hombres de armas, el cura judío contó en parte lo que había pasado; para poder hacerse oír de un auditorio tan numeroso, hay que admitir que nuestro hombre estaba dotado de una hermosa voz. La Biblia da su discurso; pasando rápidamente y con palabras veladas sobre el empalamiento del que había estado a punto de ser víctima por parte de los gabaítas sobreexcitados, se limitó a pedir venganza por el crimen cometido contra su difunta amante: «¡Han violado tanto a mi concubina, que ha muerto de ello!» exclamó.
No es inútil observar que, en el primer relato, todos los machos de la ciudad son representados como habiendo violado a la desdichada, y que, a continuación del discurso del amante trinchador, maese Palomo-Dios nos enseña que «los habitantes de Gabaa contaban setecientos de entre ellos, excelentes soldados, muy robustos, que lanzaban piedras con la honda y no erraban jamás el blanco» (Jueces 20:16). Habiendo durado esta espantosa violación cometida por todos los machos de una ciudad toda la noche, pero una sola noche, si no se retiene como culpables más que a los setecientos gabaítas robustos guerreros, y si se considera que la fechoría fue consumada en verano y no en invierno, por consiguiente, en una noche de diez horas como máximo, se comprobará que aquellos rabiosos eran unos mocetones muy expeditivos. Evidentemente, la infortunada no pudo defenderse contra tantos asaltantes, y pronto no fue más que una masa inerte, sobre la cual se abalanzaban aquellos miserables; pero aun así queda uno estupefacto al contar que violaron a la concubina del cura ¡a razón de setenta violaciones por hora! ¡menos de un minuto para cada uno! Se hace, pues, necesario creer que, desde el comienzo del crimen, aquellos canallas habían organizado entre ellos un servicio de orden, y que, llegando à la queue-leu-leu («à la queue-leu-leu» — fr., literalmente «a la cola-lobo-lobo»: vieja locución que significa marchar en fila india, uno tras otro, como los lobos), se presentaban primero al controlador, cada uno con su número, para no perder tiempo, como se practica en las estaciones de ómnibus, y estando cada uno, además, dispuesto a subir al coche. ¡Id a decir, después de esto, que no todo es maravilloso en la santa Biblia!...
La serie de las matanzas no es menos pasmosa.
«Los hijos de Israel, marchando desde el despuntar del día, vinieron a acampar cerca de Gabaa; pero los hijos de Benjamín salieron de Gabaa y se ordenaron en batalla. Y, en el primer día de esta guerra, los benjamitas mataron a veintidós mil hombres del ejército de Israel.» (Jueces 20:19-21) Se asombra uno aquí, en primer lugar, de que Jehová protegiese a los benjamitas, que eran del partido más culpable, contra todos los israelitas, que eran del partido más justo. «En la segunda batalla, los hijos de Benjamín mataron todavía a dieciocho mil hombres del ejército de Israel» (Jueces 20:25). Esto hace cuarenta mil defensores de la buena causa masacrados ya. ¡Es desolador! Pero esperad el final. Ahora, los hijos de Israel van a ser enteramente vencedores, y eso nos consolará. Todo lo que puede causar un poco de pena es el número fantástico de judíos degollados por sus hermanos, desde la adoración del becerro de oro hasta estas guerras intestinas.
Lo que valió al ejército de Israel la victoria definitiva no fue la bondad de su causa, sino una plegaria que fue dirigida a Sabaot... ¿adivináis por quién?... por Finees, hijo de Eleazar y nieto de Aarón (v. 28)... No había muerto, pues, nuestro viejo Finees; ¡pero hacía mucho tiempo, de todos modos, que no había dado que hablar de sí!...
«Entonces, diez mil hombres escogidos, del ejército de Israel, vinieron contra Gabaa, y la refriega fue ruda; y los hijos de Israel, aquel día, mataron a veinticinco mil combatientes de la tribu de Benjamín (Jueces 20:34-35). Los benjamitas vieron entonces que estaban batidos (v. 36)... Luego, volvieron la espalda ante el ejército de Israel, y huían hacia el camino del desierto: pero el ejército de Israel los apretó de cerca, y los israelitas cercaron, pues, a los de Benjamín, los persiguieron desde Menuha hasta enfrente de Gabaa; y los benjamitas, estando rodeados de sus enemigos, perdieron dieciocho mil hombres, muertos en aquel lugar, todos gente de guerra y muy robustos (v. 42-44). Entonces, los de Benjamín que habían quedado huyeron hacia la peña de Rimón; y los de Israel mataron allí todavía a cinco mil de ellos por los caminos, y, continuando la persecución hasta Gidom, mataron todavía a dos mil (v. 45) ... Hubo seiscientos hombres, de los que habían vuelto la espalda, que escaparon de la matanza, refugiándose en la peña de Rimón, donde permanecieron cuatro meses. Y los de Israel volvieron del combate, mataron todo lo que quedaba en Gabaa, desde los hombres hasta las bestias; y quemaron también todas las ciudades y todas las aldeas de la tribu de Benjamín.» (v. 47-48)
En este relato, el Espíritu Santo, prodigando las cifras, parece haberse embrollado un tanto. Nos había dicho primeramente que los soldados de la tribu de Benjamín eran en total veintiséis mil setecientos, incluidos los robustos guerreros de Gabaa. Si sabemos contar bien, he ahí cincuenta mil combatientes benjamitas muertos golpe tras golpe en estas batallas que se sucedieron con una rapidez vertiginosa. Por tanto: o los benjamitas se multiplicaron en la acción, tanto y tan bien que su número se dobló, lo que sería un milagro de los más curiosos; o bien el Espíritu Santo, al dictar el sagrado libro, ha perdido la aritmética, ¡lo que sería un milagro todavía más epatante!
Pero lo más hermoso de la historia es nuestro querido Finees, que se encuentra allí, en el momento en que nadie lo esperaba, ¡ciertamente! hacía belle lurette («belle lurette» — fr. «il y avait belle lurette», locución familiar: «hacía muchísimo tiempo») que nos lo imaginábamos muerto y enterrado, si no junto a su abuelo Aarón, al menos en la tumba de su padre Eleazar. Y no hay lugar a equivocarse; el versículo 28 del cap. 20 del libro de los Jueces es muy preciso: no se trata en modo alguno de un homónimo; pues el Finees que ruega a Sabaot en favor del ejército de Israel contra los benjamitas está, bien y verdaderamente, calificado de «hijo de Eleazar y nieto de Aarón».
¿Eso no os dice nada, eso?... ¡Pues bien! contad un poco con los dedos, ¡y caeréis de espaldas!
Es este mismo Finees a quien hemos visto, en vida de Moisés, ensartar con una jabalina al hebreo Zimri y a la linda madianita Cozbi, en el momento en que la amorosa pareja suspiraba los más tiernos suspiros. El libro de los Números, que nos dio, en su capítulo 25, la relación oficial de esta hazaña de levita, nombra expresamente al Finees traspasador: «hijo de Eleazar y nieto de Aarón» (v. 7 y 11). Y el incidente pasaba en el país de Moab, antes de la llegada de los hebreos a la Tierra Prometida, muy anteriormente al paso del Jordán. Ahora bien, ha corrido agua, y mucha, bajo el puente, desde el ensartamiento de Zimri y Cozbi hasta la espachurrada general de los benjamitas, ¡la cual es posterior a la muerte de Sansón y termina el libro de los Jueces!...
No se ha olvidado que, entre los israelitas que tenían veinte años o más en el momento de la salida de Egipto, el general Josué y el señor Caleb fueron los únicos a quienes Jehová otorgó el favor de la entrada en Canaán; por otra parte, la Biblia nos dice que Josué murió a la edad de ciento diez años. Añadiendo sus cuarenta años de viaje por el desierto a los veinte años de edad de su travesía del mar Rojo, se halla que tenía sesenta años cuando sucedió a Moisés; por consiguiente, mandó y gobernó a los hebreos durante cincuenta años.
Hagamos, pues, recorriendo los libros de Josué y de los Jueces, la cuenta del tiempo transcurrido entre el paso del Jordán, al que asistía el joven y fogoso Finees, acompañando a su padre Eleazar, y la matanza de los benjamitas:
Gobierno de Josué, cincuenta años. El versículo 10 del libro 2 de los Jueces dice que hubo después «una generación que no había conocido las obras que el Eterno había hecho por su pueblo»; o sea, como mínimo, veinte años. Sobreviene la primera servidumbre de los hebreos, la de Cusan-risataim, rey de Mesopotamia: ocho años. Liberación, gobierno del juez Otoniel: cuarenta años. Segunda servidumbre, la del rey Eglón: dieciocho años. Gracias al juez Aod, el yugo de los moabitas es sacudido, y el pueblo de Dios tiene un largo reposo: ochenta años. Tercera servidumbre, la del rey Jabín: veinte años. Triunfo de Mme Débora y de Barac, nuevo reposo: cuarenta años. Reaparición en escena de los madianitas, cuarta servidumbre: siete años. Vocación de Gedeón, liberación: cuarenta años de paz. Los hebreos recaen bajo el yugo; esta vez, el déspota es uno de los suyos; tiranía de Abimelec: tres años. Gobierno del juez Tola: veintitrés años. Gobierno del juez Jair: veintidós años. Sexta servidumbre, la de los amonitas: dieciocho años. Liberación por Jefté, y gobierno de este juez: seis años. Gobierno pacífico de otros tres jueces: Ibzán, siete años; Elón, diez años; Abdón, ocho años. Séptima servidumbre, la primera bajo el yugo de los filisteos: cuarenta años. Hazañas y gobierno del juez Sansón: veinte años. En total: cuatrocientos ochenta años transcurrieron, pues, entre el paso del Jordán y la muerte de Sansón. Conclusión: Finees, sumo sacerdote, tenía por consiguiente quinientos años al menos cuando rogó a Sabaot-Jehová contra los benjamitas, cuando suplicó al cielo que vengase a la concubina del levita de Efraín, violada en una noche por setecientos rabiosos machos de Gabaa... ¡Y he ahí la Historia!
Pero ¿por qué el texto bíblico olvida indicarnos la edad exacta del sumo sacerdote Finees?... Un poco de precisión habría sido útil; pues los escépticos podrían decir que el divino palomo, al enemistarse con la aritmética, ha perdido la memoria de su cronología, — ¡cronología oficial y sagrada, si os place!
Ahora bien, las once tribus israelitas que habían masacrado a la de Benjamín se arrepintieron pronto de su obra de destrucción. Se gemía, diciendo: ¡Ay! ¿es preciso que una de nuestras tribus desaparezca?... Luego, se pensó en los seiscientos benjamitas que vivían mal que bien en la peña de Rimón. ¿Por qué no habían de ser ellos la simiente destinada a repoblar Benjamín?... ¡Sí, pero he ahí! Desde la apertura de las hostilidades, se había jurado, en Mizpa, no dar jamás una hija israelita en matrimonio a un benjamita. Mientras se buscaba la solución del problema, un listo dijo: No hay más que indagar y descubrir las familias que no se hallaron en Mizpa y que no prestaron ese juramento. Se ordenó la indagación; su resultado fue la comprobación de que los judíos de Jabes habían faltado a la cita en que se juró el exterminio de los benjamitas. Entonces, matanza de los buenos judíos de Jabes, a excepción de cuatrocientas vírgenes, que se enviaron a la peña de Rimón. Pero los habitantes de aquella peña hicieron observar que las vírgenes no estaban en número suficiente; doscientos de los benjamitas supervivientes no estaban provistos; la cosa se ponía muy grave. En esto, los magistrados pensaron en la gran fiesta de Jehová, que iba a celebrarse en Silo, y dictaron el veredicto siguiente: Los benjamitas no provistos de mujeres quedan, excepcionalmente, autorizados a hacer raptos durante las ceremonias religiosas y los regocijos de Silo. Los benjamitas raptaron, pues, a doscientas bailarinas; los papás y las mamás no tuvieron derecho a protestar, y todo el mundo, excepto ellos, quedó contento. Por fin, los descendientes de Benjamín reedificaron sus ciudades quemadas.
Así termina el libro de los Jueces.
Esta manera de repoblar una tribu ha parecido muy singular a todos los críticos; pero, como los críticos son unos impíos, ¿qué pueden importar sus objeciones? Por lo demás, el arca de Dios estaba en Silo durante las fiestas; luego Dios estaba presente, y, puesto que no hizo salir de la tierra las llamas que devoraban instantáneamente a los grandes criminales, es una prueba de que aprobaba a los raptores. Permaneced, pues, mudos, ¡oh críticos! ¡inclinaos ante los impenetrables designios de la Providencia divina!
CAPÍTULO 10 Suave idilio de la bella Rut
¡Oh! ¡las lágrimas de enternecimiento que vierten los sensibles devotos sobre la conmovedora historia de Rut y de Noemí!... ¡Con qué dulce alegría la abordamos a nuestra vez!...
«En el tiempo en que los Jueces gobernaban al pueblo de Israel, un hambre desoló el país; por lo cual un hombre de Belén, de la tribu de Judá, se fue al país de Moab para habitar allí, y se llevó a su mujer y a sus dos hijos. Este hombre se llamaba Elimelec; su mujer, Noemí; sus dos hijos, Mahlón y Quelión. Se establecieron, pues, en el país de Moab. Ahora bien, Elimelec murió allí; pero Noemí permaneció allí no obstante, con sus dos hijos, que se casaron con mujeres moabitas, de las cuales una se llamaba Orfa y la otra Rut. Su estancia en aquel país fue de diez años aproximadamente, al cabo de los cuales murieron Mahlón y Quelión. Así Noemí quedó como única israelita en Moab.» (Libro de Rut 1:1-5)
«Un día, Noemí oyó decir que Jehová había visitado a su pueblo y le había repartido pan. Entonces, se levantó, hizo levantarse a sus nueras y les hizo saber que dejaba el país de Moab para volverse a Belén. Cuando estuvo fuera de la casa, se dio cuenta de que sus nueras caminaban con ella; éstas, en efecto, habían tomado el camino que conduce a la comarca habitada por los descendientes de Judá. Entonces, Noemí dijo a sus dos nueras: Idos, y que cada una de vosotras vuelva en seguida a casa de su madre. Habéis sido muy amables con mis hijos que han muerto; así que deseo que a causa de ello Jehová os haga misericordia. Sí, ¡que mi dios conceda a cada una, en la casa de su marido, el reposo que merece! Y las besó. Pero las dos jóvenes se echaron a llorar, y le dijeron, alzando la voz: No, preferimos ir contigo, puesto que vuelves a tu pueblo. Noemí prosiguió: Vamos, hijas mías, escuchadme, y volveos atrás. ¿Por qué habíais de venir conmigo? ¿Hay todavía en mis entrañas hijos que pudiera daros por maridos? No, os lo aseguro. ¡Idos, hijas mías, idos! Por lo demás, soy demasiado vieja para volver a casarme; y suponiendo que tuviera el deseo y la esperanza de ello, aunque me acostase con un marido esta misma noche, aunque llegase después a echar al mundo dos varones, ¿los esperaríais hasta que se hiciesen grandes? ¿Rehusaríais, a causa de ellos, otros matrimonios? No, ¿verdad? Volveos, pues, a vuestras familias; porque yo estoy en mayor amargura que vosotras, la mano del Eterno se ha hecho pesada sobre mí.» (v. 6-14)
«Entonces, ellas alzaron de nuevo la voz y vertieron nuevas lágrimas. Después, Orfa se despidió de su suegra; pero Rut se quedó con Noemí. Y Noemí insistía en que Rut fuese a reunirse con su cuñada: Orfa ha vuelto a su pueblo y a su dios, decía; imita el ejemplo de tu cuñada. Pero Rut respondió: Me causas pena rogándome que te deje, que me aleje de ti; porque iré adonde tú vayas, moraré donde tú mores, tu pueblo será el mío en adelante y tu dios será mi dios. Allí donde tú mueras, moriré yo, y allí es donde seré enterrada. ¡Que tu Jehová me trate con el último rigor, si jamás otra cosa que la muerte te separa de mí!» (Rut 1:15-17)
«Noemí, viendo así que su resolución era inquebrantable, cesó de hablarle de separación. Y caminaron ambas largo tiempo, hasta que llegaron a Belén. Y cuando hubieron franqueado las puertas, toda la ciudad se conmovió a causa de ellas, y todos decían: ¿No es Noemí?... Pero ella les respondió: Os lo ruego, no me llaméis Noemí; llamadme Mara. Y preguntándole los que la habían reconocido por qué cambiaba su nombre, les dijo: El Todopoderoso me ha llenado de amargura; partí de aquí colmada de bienes, y el Eterno me trae de vuelta completamente vacía. Así, puesto que Jehová me ha abatido y afligido, ya no hay que llamarme, bien lo veis, Noemí.» (v. 18-21)

175. Rut y Noemí.
«Así es como Noemí, habiendo regresado con Rut la moabita, su nuera, volvió a Belén; era al comienzo de la siega de las cebadas.» (Rut 1:22)
«Ahora bien, había un pariente de Elimelec, que se llamaba Booz, hombre muy poderoso y muy rico. Y Rut la moabita dijo a su suegra: Si me lo permites, iré a espigar en los campos, y quizá encuentre algún hombre que se interese por mí. Ella le respondió: Ve, hija mía. Rut se fue, pues, a espigar detrás de los segadores. Y aconteció que se halló en un campo perteneciente a ese Booz, que era pariente de Elimelec. En esto, Booz vino de la ciudad y dijo a los segadores: ¡Dios sea con vosotros! Ellos le respondieron: ¡Dios os bendiga! Tras lo cual, Booz, habiendo reparado en Rut, preguntó a un joven, jefe de los segadores: ¿Quién es esa muchacha? El cual respondió: Es una joven moabita, que ha vuelto con Noemí del país de Moab. Nos ha rogado que le permitiésemos recoger algunos puñados de cebada tras los segadores; no está aquí más que desde esta mañana. Entonces Booz se acercó a Rut y le dijo: Escucha, hija mía, no vayas a espigar a otro campo, y quédate incluso junto a mis criadas. He prohibido a los mozos que están aquí que te toquen; y cuando tengas sed, bebe del agua que sacan mis gentes.» (Rut 2:1-9)

176. Miseria de Rut espigando en el campo del viejo Booz.
«A estas palabras, Rut se prosternó, el rostro contra la tierra, y dijo: ¿Cómo, pues, he hallado gracia ante ti? Soy extranjera, y sin embargo pareces conocerme. — Me han contado en Belén, respondió Booz, cómo te has portado bien con tu suegra, desde que murió tu marido. Lo sé todo, tu abandono de tu padre y de tu madre, y de tu país natal, para venir a un pueblo que no conocías. ¡Que el Eterno te recompense! ya que te has puesto bajo la protección del Dios de Israel, ¡que puedas obtener de él todo lo que mereces por tu salario! — Señor mío, dijo Rut, heme aquí muy gozosa de haber hallado gracia ante tus ojos; tus palabras son para mí un gran consuelo, y son verdaderamente según el corazón de tu sierva, aunque yo sea menos que la última de tus siervas.» (v. 10-13)
«Booz volvió otra vez hacia ella, cuando llegó la hora de comer, y le dijo: No temas unirte a mis gentes; te lo autorizo. Comerás pan, y te permito mojarlo en el vinagre. Así, ella tomó parte en la comida de los segadores, que le dieron grano tostado; se sació de él y guardó con cuidado sus sobras. Tras lo cual, se levantó para ir a espigar. Y Booz ordenó a sus gentes: Dejadla espigar incluso junto a las gavillas; además, guardaos bien de hacerle cosa alguna que pueda causarle vergüenza. Por añadidura, dejad tirados, como por descuido, algunos puñados de espigas, a fin de que ella los recoja. Rut espigó, pues, hasta la tarde; y, habiendo batido las espigas que había recogido, sacó de ellas aproximadamente un efa de cebada.» (v. 14-17)

177. Bondades de Booz para con Rut.
«Cuando Rut estuvo de vuelta en la ciudad, mostró a su suegra lo que había espigado; le dio también las sobras de su comida, que se había llevado. Entonces su suegra la interrogó: ¿Dónde has espigado hoy? ¡Bendito sea el que te ha hecho tan buena acogida! Rut respondió: El hombre en cuya casa he recogido esta cebada se llama Booz. Y Noemí exclamó: ¡Que Jehová lo bendiga! Luego, añadió: Este hombre es pariente cercano nuestro, y es de los que tienen derecho a adquirir para sí personalmente en la herencia de la familia. Y Rut dijo además: Me acuerdo de que me ha recomendado quedarme con sus gentes, hasta que la siega esté enteramente terminada. Noemí prosiguió: Hija mía, cuida sobre todo de estar con sus criadas, no sea que en otra parte te causen algún pesar. Rut se juntó, pues, a las criadas de Booz, y cada tarde volvía a reunirse con su suegra, con quien habitaba.» (Rut 2:18-23)
«Noemí dijo un día a Rut: Hija mía, ¿por qué no he de buscar cómo podrías tener la vida asegurada y ser feliz? He aquí, pues, lo que deberás hacer. Booz, que es nuestro pariente cercano, aventará esta noche su cebada. Por eso hoy tienes que lavarte; además, frótate la piel con aceite perfumado; luego, ponte tu vestido más hermoso, y vete a la era de Booz. Pero no te muestres a él, mientras no haya terminado de comer y de beber. Cuando vaya a acostarse, observa bien el lugar adonde se dirija para dormir. Esperarás a que esté acostado; entrarás muy quedito; le descubrirás los pies, y te acostarás junto a él; entonces él te dirá lo que tendrás que hacer (textual). Rut le respondió: Haré todo lo que me dices.» (Rut 3:1-5)

178. Consejos de Noemí a su nuera.
«Ella fue, pues, a la era de Booz, para poner fielmente en práctica los consejos de su suegra. Y Booz, habiendo comido y bebido bien, estaba muy alegre, y se fue a acostar junto a un montón de gavillas. Entonces, Rut se deslizó muy quedito cerca de su lecho, y habiendo levantado la manta a los pies, se acostó allí.» (v. 6-7)
«En medio de la noche, Booz quedó todo asombrado de hallar una mujer en su lecho, a sus pies; retiró los pies vivamente, diciendo: ¿Quién eres? Ella respondió: Soy yo, Rut, y soy tu sierva. Extiéndete sobre tu sierva; porque eres pariente cercano, y tienes derecho a tomarme para ti, puesto que formo parte de la herencia en tu familia. Booz dijo: ¡Que Jehová te bendiga, hija mía! Vales todavía más esta noche que esta mañana, atendido que no has ido a buscar a mozos, ya ricos, ya pobres. No temas nada, pues; haré lo que acabas de decirme; porque tienes fama de ser una mujer de bien. Ahora, si es muy cierto que tengo derecho a tomarte para mí, hay otro que tiene derecho antes que yo, porque es pariente más cercano de Noemí. Pasa esta noche en mi lecho; y si mañana por la mañana el otro pariente más cercano quiere ejercer su derecho, ¡pues bien, que lo use! pero si no le place usarlo, te tomaré para mí sin ninguna dificultad, ¡tan cierto como que Dios vive! Quédate, pues, aquí acostada hasta la mañana.» (v. 8-13)

179. Rut despierta a Booz.
«Así, ella se quedó en su lecho toda la noche; y se levantó antes que apareciese el día. Booz le dijo: Cuida bien de que nadie sepa que has pasado la noche aquí. Mas dame tu delantal, despliégalo. Ella extendió su delantal, sosteniéndolo con las dos manos; Booz puso en él seis medidas de cebada, que ella se llevó a Belén. A su suegra, que le preguntó cómo se había portado, Rut contó todo lo que había pasado entre Booz y ella. Él me ha dado, añadió, estas seis medidas de cebada, diciéndome: No quiero que vuelvas, con las manos vacías, a tu suegra.» (v. 14-17)
El capítulo 4 del libro de Rut nos muestra al viejo Booz en tratos con el pariente cercano cuyos derechos pasaban antes que los suyos. Éste, no cuidándose en absoluto de desposar a la nuera de Noemí, se descalzó y dio a Booz uno de sus zapatos en testimonio de su renuncia (v. 8). Booz, entonces, se puso a mostrar el zapato a los magistrados y a todos los habitantes de Belén.
«Así, dijo Booz, vosotros sois todos testigos de que he adquirido hoy todo lo que pertenecía a Elimelec y todo lo que era de Quelión y de Mahlón, sus hijos, y de que, de esta manera, he adquirido también para mí a Rut la moabita, viuda de Mahlón, para ser mi mujer. Entonces, todo el pueblo y los ancianos, viendo el zapato, dijeron: Testigos somos de ello. Haga Dios que la mujer que entra en tu casa sea como Raquel y como Lea, las cuales ambas dieron hijos a la familia de Israel; condúcete virtuosamente en Efrata, y haz célebre tu nombre en Belén; y que de la posteridad que Jehová te dará, por esta joven mujer, tu casa sea como la casa de Fares, tu antepasado, que Tamar dio a luz a Judá. Booz tomó, pues, a Rut por mujer; entró en ella, y Dios le concedió concebir y dar a luz un hijo. Y las mujeres dijeron a Noemí: ¡Bendito sea el Eterno, que no ha querido que la herencia de tu hijo se perdiese para la casa de Israel! Que Jehová consuele tu alma y que sea el sostén de tu vejez; porque tu nuera, que te ama, ha dado a luz por las obras de un israelita, y ella te vale más que siete hijos. Entonces, Noemí tomó al niño y lo puso a su seno, y le sirvió de nodriza (eso, eso es un milagro que no es banal). Y las vecinas dieron un nombre al niño; lo llamaron Obed. Este Obed fue el padre de Isaí, que fue el padre de David.» (Rut 4:9-17)

180. Booz desposa a Rut con gran solemnidad.
Tal es, con todo su sabor, la edificante historia de Rut, modelo de las nueras bíblicas, y de Noemí, la crema de las suegras. Se habrá admirado, de paso, la generosidad de Booz, ese viejo propietario muy poderoso y muy rico, que, tan pronto como Rut le hubo dado en el ojo («le hubo dado en el ojo» — fr. «lui eut tapé dans l’œil», expresión popular: le gustó, le cautivó a primera vista), le concedió el pan de la mesa de sus segadores, autorizándola a mojarlo en vinagre, para que fuese menos seco. Los críticos encuentran raro que Booz, en vez de ir a acostarse en su alcoba, se tendiera, para dormir, de noche, contra un montón de gavillas, en la era, como hacen los peones después de la siega; pero encuentran más raro aún, y de un gusto sumamente dudoso, que Rut se deslizara en el lecho de Booz, tal como lo cuenta el autor sagrado como cosa de lo más natural y sin la menor vergüenza. Si este Booz, dicen, debía, en calidad de pariente, desposar a esta Rut, el deber de Noemí, que le hacía las veces de madre, era hacer honradamente la propuesta de matrimonio; no debía persuadir a su nuera de que hiciera oficio de pelandusca. Además, Noemí debía saber que había un pariente más cercano que Booz: era, pues, a ese pariente más cercano a quien había que dirigirse.
En fin, se sabe que los cristianos hacen descender a Jesús de David, y, por consiguiente, de Booz y de Rut; la prostitución y el incesto se hallan así a profusión en la sangre que Dios escogió para encarnarse. Booz desciende en línea recta de Fares, nacido del incesto de Tamar entregándose a su suegro Judá, haciendo de prostituta; además, Booz es hijo de Salmón y de Rahab, la prostituta de Jericó. En cuanto a Rut, desciende de Moab, nacido del incesto de Lot con su hija mayor. ¡He ahí, pues, unos antepasados de élite para un Mesías! ¡he ahí una sangre muy honorable para un Dios que se hace hombre!
Pero lo más divertido para el observador es comprobar que, al dictar el libro de Rut, el divino palomo no reparó en que dejaba traslucir la mistificación de todos sus dictados. En efecto, entre Salmón, esposo de Rahab, e Isaí, padre de David, no hay, en el orden genealógico, más que Booz y Obed. Ahora bien, Rahab y Salmón son contemporáneos de Josué; Rahab no fue desposada por Salmón sino después de la toma de Jericó, es decir, después del paso del Jordán. Por otra parte, siguiendo la cronología de la Biblia, vamos a ver que Obed vivió en tiempos del sumo sacerdote Elí, y que el sucesor de Elí, Samuel, vivió al mismo tiempo que Isaí; el gobierno de los Jueces va a terminar con Samuel, que instituirá al primer rey, Saúl, pronunciará luego su destitución y consagrará a David. Desde el punto de vista del tiempo vivido por los héroes bíblicos, el libro de Rut destruye, pues, completamente el libro de Josué y el libro de los Jueces; porque es materialmente imposible que haya habido, por un lado, esa larga serie de vicisitudes tan diversas del pueblo hebreo, esos gobiernos victoriosos, esas servidumbres de una duración enorme y tan multiplicadas, esas liberaciones seguidas de períodos de paz que se cifran en un número considerable de años, dando el conjunto un total de cuatrocientos ochenta años desde el paso del Jordán hasta la muerte de Sansón, y que no haya habido, por otro lado, paralelamente, más que Salmón, que vivía en tiempos de la toma de Jericó, y su hijo Booz, contemporáneo de Sansón.
CAPÍTULO 11 Historia de Samuel, antes de la realeza
En aquel tiempo, había en Ramataim-Zofim (o Ramá, sin más) un hombre, llamado Elcana, que estaba a la cabeza de dos mujeres, tan legítimas la una como la otra, Ana y Penina. Ahora bien, la primera no podía tener hijos, y todos los días había escenas de romperlo todo («escenas de romperlo todo» — fr. «des scènes à tout casser»: escenas tremendas, de las que hacen temblar la casa) entre las esposas del honorable bígamo; porque Penina, que era agria como el vinagre, picaba a Ana en lo vivo, burlándose de su esterilidad.

181. El hogar del bígamo Elcana.
Ana, para acabar con ello, se resolvió a hacer una peregrinación, sin duda después de haber consultado a algún piadoso ermitaño; porque Ramá estaba en la vecindad próxima de la montaña de Efraín, a la que sus levitas han conquistado un renombre imperecedero. Pero ¿adónde ir a peregrinar? Evidentemente, el ermitaño consultado no se había juzgado bastante santo para poder atraer sobre Ana las bendiciones de Jehová.

182. La estéril Ana consulta al ermitaño de Efraín.
Sea como fuere, la Biblia nos enseña que el arca divina se hallaba entonces en Silo, bajo la guarda del sumo sacerdote Elí y de sus dos hijos, Ofni y Finees (no confundir con el Finees hijo de Eleazar). Así pues, Elcana y su familia partieron para Silo.

183. Partida de Elcana para Silo.
Se supone con razón que Ana la estéril se puso alegremente en camino, pero que Penina la fecunda no debió de dejar Ramá sin algún pesar, atendido que las malas lenguas le atribuyen un primo hermano con quien estaba en los mejores términos. Sin embargo, la alegría de Ana no parece haber sido de larga duración. En efecto, una vez en Silo, si hay que creer al autor sagrado, «cuando Ana iba al templo del Eterno, Penina la ofendía siempre de la misma manera, y Ana volvió a llorar, y no comía. Elcana su marido le decía: Ana, ¿por qué lloras, y por qué te abstienes de comer? ¿no te valgo yo más que diez hijos?» (Primer libro de Samuel 1:7-8)
«Después que hubo comido y bebido en Silo, se levantó. Ahora bien, el sumo sacerdote Elí estaba sentado en una silla, junto a una de las columnas del tabernáculo del Eterno. Ana, pues, teniendo el corazón lleno de amargura, oró a Jehová, derramando torrentes de lágrimas. Hizo este voto: Oh Sabaot, dios de los ejércitos, si te dignas mirar la aflicción de tu sierva, si me das un hijo varón, yo te lo daré por todos los días de su vida, y jamás pasará navaja alguna sobre su cabeza. Pero, al decir esto, Ana se limitaba a hablar en su corazón; el sumo sacerdote, que la observaba, veía solamente moverse sus labios, y se dijo: Esta mujer está ebria. Entonces, la interpeló en estos términos: ¿Cuándo acabarás de estar borracha? ¡Vamos, ve a dormir tu vino a otra parte!» (v. 9-14)

184. Ana-la-Estéril implora al Eterno.
Sin embargo, bajo este duro apóstrofe, Ana no perdió la carta («no perdió la carta» — fr. «ne perdit pas la carte»: no perdió la cabeza, no se desconcertó); explicó que no estaba ebria en absoluto, «no habiendo bebido ni vino ni cerveza», y Elí, viendo su equivocación, se interesó en seguida por la infortunada. Ya se sabe cómo se obran los milagros del género del solicitado por Ana; el procedimiento se ha perpetuado hasta nuestros días: así, es fácil darse cuenta de lo que pasó. Con la autorización de Elcana, marido devoto, Elí no dejó de invitar a la estéril esposa a venir un momento al santuario reservado. Ana sentía, sí, algunas vacilaciones; su propio marido la tranquilizó. Ve, le dijo, ve con el señor, te hará tocar algún talismán sagrado, y te respondo de que te encontrarás bien con ello. Ana fue, pues, admitida a ver de cerca el Santo de los santos.

185. El sumo sacerdote Elí admite a Ana a ver de cerca el Santo de los Santos.
Luego, como la estancia de su esposa en el santuario se alargaba un poco, Elcana se fue a sentar bajo la columnata exterior del templo. Al fin, la esposa querida reapareció, traída por Ofni y Finees, hijos del sumo sacerdote, los cuales estaban radiantes; aseguraron al buen Elcana que con toda certeza esta vez el Eterno había inundado a Ana de su gracia todopoderosa.

186. Ana es reconducida a su esposo por los dos hijos de Elí.
Nueve meses después, el hogar de Elcana se aumentaba con un gordo bebé rosado, al que se dio el nombre de Samuel. Ana, que estaba en pleno júbilo, renovó su voto de no cortar jamás ni un mechoncito de la cabellera de aquel niño tan deseado. No hay necesidad de ser brujo para adivinar que, de cuando en cuando, el sumo sacerdote Elí venía a hacer una visita al crío, por el que tenía un afecto muy particular; porque era, decía, el testimonio viviente del poder del Eterno.

187. Afecto del sumo sacerdote por el hijo de Ana.
Cuando Samuel estuvo en edad de entrar al servicio del Señor, Ana lo condujo a Elí, y se decidió que el chiquillo sería consagrado a Dios. Se le invistió de las funciones de monaguillo, especialmente encargado de la guarda del tabernáculo. El sumo sacerdote dio a la madre su palabra de cura-profeta de que el adolescente estaba destinado a cosas extraordinarias.

188. Samuel niño es consagrado al Señor
La querida Ana quedó tan contenta, que improvisó un cántico, insertado por entero en el capítulo 2; el lector me dispensará de reproducirlo, es una machaconería archifastidiosa.
En cambio, no se podrían pasar en silencio los versículos rutilantes de indignación, por los cuales el Espíritu Santo, inspirador del escritor bíblico, estigmatiza la conducta de los señores Ofni y Finees, quienes, bribones consumados, hacían francachela en perjuicio de maese Jehová. «Los hijos de Elí, se dice con todas las letras, eran unos malvados, y despreciaban al Eterno; porque, cuando alguno del pueblo había suministrado la víctima cuyo sacrificio se debía a Jehová, estos sacrificadores impíos, por medio de un largo tenedor de tres dientes, pinchaban en la marmita sagrada y sustraían así en su provecho los mejores trozos. Obraban de este modo constantemente, mientras los israelitas venían para los holocaustos a Silo. Aun antes de que se hiciera humear la grasa, su criado, enviado por ellos, decía a todo hombre que se disponía a sacrificar: Dame buena carne para asar para los sacrificadores. Y si el hombre respondía: Que se haga humear primero la grasa; después de lo cual, tomarás tanta carne como quieras; entonces el criado de Ofni y de Finees decía: Da en seguida lo que te pido; si no, te lo tomaré por la fuerza. Así el pecado de los hijos de Elí era enorme, y la cólera del Eterno se acumulaba mayor cada día» (2:12-17).

189. Impiedad de los dos hijos del sumo sacerdote.
No era todo: «los hijos de Elí se acostaban con todas las mujeres que venían a orar a la puerta del tabernáculo» (v. 22). El sumo sacerdote no ignoraba estas espantosas impiedades; pero las toleraba por debilidad.
Y, al tiempo que manifiesta esta hermosa indignación, la Biblia nos cuenta, en el mismo capítulo, que la madre de Samuel venía a ver regularmente a su hijo a Silo. «El joven Samuel, ceñido de un efod de lino, cumplía inocentemente el servicio del Eterno; y cada año su madre le hacía una pequeña túnica blanca, que le llevaba al ir al templo. Y Jehová visitó a Ana de nuevo, varias veces; por lo cual ella concibió y dio a luz todavía tres hijos y dos hijas» (1 Samuel 2:19-21). Los escépticos concluirán quizá que Ofni y Finees contribuían a aumentar la familia del excelente Elcana; pero los fieles de ardiente fe replicarán que no hay que confundir, es decir, que solo papá Buen Dios se ocupaba de fecundar a la amable Ana y que eso era perfecto, mientras que los hijos de Elí, acostándose con las otras devotas, eran unos odiosos bribones. Es cometer un sacrilegio el adjudicarse las lindas devotas, reservadas a Jehová, lo mismo que pinchar en la marmita sagrada para regalarse con las vituallas del holocausto.
«Ahora bien, el joven Samuel servía al Señor en presencia de Elí; y la palabra del Eterno era rara en aquellos días, y las apariciones de Dios no eran comunes. Aconteció cierto día que Elí, cuyos ojos comenzaban a empañarse por efecto de la vejez, se había acostado en su cámara antes que las lámparas del santuario fuesen apagadas; por su parte, Samuel dormía en el tabernáculo, junto al arca de Dios. Y el Eterno llamó a Samuel.

190. El joven Samuel despertado de noche por una voz misteriosa.
Y el adolescente respondió: ¡Heme aquí! y corrió hacia Elí y le dijo: Heme aquí, puesto que me has llamado. Pero Elí le dijo: No, yo no te he llamado, vuelve a tu lecho, y acuéstate.

191. Samuel va a despertar al sumo sacerdote
Poco después, el Eterno llamó de nuevo a Samuel, y Samuel, despertado bruscamente, se levantó y vino otra vez a toda prisa hacia Elí, y le dijo: Tú me has llamado, heme aquí. Elí le respondió: Hijo mío, yo no te he llamado en modo alguno, ¡ve a acostarte otra vez! Ahora bien, Samuel no sabía distinguir la voz del Eterno, porque Jehová nunca le había hablado antes. Se volvió, pues, a dormir, y por tercera vez el Eterno lo despertó llamándolo. Y Samuel, habiendo corrido una vez más hacia Elí, le dijo: Ciertamente, tú me has llamado, y heme aquí. Entonces, el sumo sacerdote comprendió que era el Eterno quien llamaba al adolescente. Y dijo a Samuel: Vuélvete a tu lecho, acuéstate; pero, si te llaman otra vez, responderás: Eterno, habla; tu siervo te escucha. Samuel se fue, pues, y se volvió a la cama. Y el Eterno se manifestó; llamó, como las otras veces: ¡Samuel! ¡Samuel! El muchacho respondió entonces: Habla, Señor, tu siervo te escucha. Y el Eterno habló a Samuel, diciéndole: He aquí, voy a lanzar en Israel un grito tal, que nadie podrá oírlo sin que le retiñan ambos oídos; en aquel día, pondré contra Elí todo lo que he jurado contra su casa: comenzaré y acabaré. Su casa será castigada para siempre, a causa de la iniquidad de sus hijos, que él ha conocido y no ha reprimido. Sí, he jurado que la infamia de la casa de Elí no será jamás expiada, ni con víctimas, ni con presentes.» (1 Samuel 3:1-13)

192. Dios habla a Samuel.
A la mañana siguiente, desde la primera hora, el sumo sacerdote quiso conocer el final de aquel incidente nocturno; júzguese el embarazo del aprendiz de levita. Elí insistió, exigió toda la verdad, y el joven Samuel refirió la terrible confidencia que había recibido. «No ocultó nada al sumo sacerdote; y Elí respondió: Sí, es el Eterno quien ha hablado; ¡haga lo que bien le parezca!» (v. 18)
«Y he aquí que Samuel crecía; ahora bien, estando el Eterno con él, ninguna de sus palabras caía en tierra (sic). Y todo Israel, desde Dan hasta Beerseba, supo que Samuel era en verdad profeta de Dios.» (v. 19-20)
Esta primera parte de la historia del famoso profeta que fue el último juez no ha dejado de suscitar algunas críticas. Primero, sobre este libro mismo, que se atribuye a Samuel, el sabio Fréret ha presentado una observación general; señala un defecto en el que ningún historiador serio caería: es el de dejar al lector en una ignorancia entera del estado en que se hallaba entonces la nación de que se habla. En efecto, según el texto sagrado, es difícil saber qué extensión de país poseían los judíos en tiempos del sumo sacerdocio de Elí, en qué lugares exactamente residían, si eran todavía esclavos o simplemente tributarios de los fenicios, a quienes los ignaros escritores hebreos se obstinan en llamar filisteos. El autor parece ser un sacerdote que no se ocupa más que de su profesión, y que tiene en poco todo lo demás.
El autor asigna Silo como residencia al sumo sacerdote Elí. Sobre este punto, Voltaire observa que la aldea llamada Silo pertenecía todavía a los fenicios, y que es, por consiguiente, muy asombroso que estos hubiesen tolerado en ella al sumo sacerdote de una religión enemiga; si el arca estaba en esa aldea, no podía ser sino en secreto, evidentemente, puesto que los filisteos no se apoderarán de ella sino más tarde y con ocasión de una batalla, como se verá; pero entonces ¿cómo explicar que los judíos viniesen en peregrinación a Silo?... Además, en todo el curso del relato, el narrador da a entender que los judíos se habían vuelto tan miserables que Dios ya no les hablaba frecuentemente como antaño; ahora bien, era la idea de todas esas naciones groseras que, cuando un pueblo era vencido, su dios era vencido también, y que, cuando se levantaba, su dios se levantaba con él.
Muchos estiman que, si Jehová es verdaderamente el creador del universo, se le hace desempeñar un papel de lo más grotesco al representarlo encerrado en un cofre, desde donde, en medio de la noche, llama a un muchacho hasta cuatro veces antes de expresarle lo que quiere decirle. Woolston encuentra al autor sagrado excesivamente ridículo por decir que el pequeño Samuel «no sabía aún distinguir la voz del Eterno, porque Jehová nunca le había hablado antes». Efectivamente, no se puede reconocer la voz de alguien a quien nunca se ha oído; además, el autor sagrado, al expresarse así, representa a su Jehová como teniendo una voz humana, del mismo modo que cada hombre tiene su timbre de voz personal. Boulanger saca de ello una nueva prueba de que los judíos siempre hicieron corporal a su dios, y de que no vieron en él más que a un hombre de una especie superior, que moraba de ordinario en una nube, que venía a veces a la tierra a visitar a sus favoritos, ora tomando su partido, ora abandonándolos, ora vencedor, ora vencido, tal, en una palabra, como los dioses de Homero; dice también que Homero, por lo demás, da de la divinidad ideas más sublimes que las que están contenidas en la Biblia, y que se hallan otras más bellas aún en el antiguo Orfeo, y hasta en los misterios de Isis y de Ceres. Esta opinión de Boulanger es compartida por Fréret, por Dumarsais, etc.
Así pues, he aquí a Samuel ya crecido, y el divino palomo permanece mudo sobre la conducta de Ofni y Finees desde la memorable noche de las terribles revelaciones. ¿Seguían pinchando en la marmita?... Sabemos solamente que «Samuel había dicho todo a los israelitas»; la reprobación de Elí y de su familia era, pues, el secreto de Polichinela («el secreto de Polichinela» — fr. «le secret de Polichinelle»: un secreto que todo el mundo conoce ya), lo que no impedía a los fieles llevar sus ofrendas a ese sumo sacerdote descalificado y a sus hijos. Quizá estos, por temor al castigo predicho, habían renunciado a sus sacrílegos hábitos; pero sabemos que maese Jehová es muy rencoroso.
«Los israelitas se levantaron contra los filisteos y se reunieron en armas para combatirlos; acamparon en Eben-ezer, y los filisteos establecieron su campamento en Afec. Entonces, se libró la batalla; Israel fue derrotado, los filisteos mataron primero a unos cuatro mil soldados judíos en un primer combate en la llanura. El ejército de Israel volvió la espalda y regresó al campamento, donde los ancianos del pueblo dijeron: ¿Por qué el Eterno nos ha dejado derrotar hoy por los filisteos? Hagamos venir de Silo el arca de la alianza, en la que reside Jehová; así Dios estará en medio de nosotros, y nos librará de nuestros enemigos. El arca santa fue, pues, traída, y Sabaot, dios de los ejércitos, estaba en ella, entre los querubines; y Ofni y Finees, hijos de Elí, acompañaban el arca de Dios. Y cuando el arca entró en el campamento, todo Israel lanzó tan grandes gritos de alegría, que la tierra resonaba con ellos.» (1 Samuel 4:1-5)
«Entonces, los filisteos, oyendo la voz de aquel grito, dijeron: ¡Qué es, pues, esa voz de grito en el campamento hebreo! Y supieron que el arca donde reside Jehová estaba en medio del ejército. Entonces, los filisteos tuvieron miedo, y se decían unos a otros: Jehová está ahora en el campamento hebreo; no era así estos días pasados; ¡ay de nosotros, ahora! Reconfortémonos, filisteos, y seamos hombres valientes; combatamos con valor, a fin de no caer esclavos de esos judíos, como ellos han sido los nuestros. Los filisteos, pues, libraron una segunda batalla, e Israel fue de nuevo derrotado y huyó; y la derrota del ejército israelita fue tan grande, que treinta mil soldados, esta vez, quedaron muertos en el campo de batalla. El arca de Dios fue tomada por el enemigo vencedor, y los dos hijos de Elí, Ofni y Finees, perecieron en aquel combate.» (v. 6-11)

193. Muerte de los hijos de Elí y toma del arca.
«Y aconteció que un soldado de la tribu de Benjamín, escapado de la carnicería, corrió todo un día para llegar a Silo, adonde arribó con sus vestidos rasgados y ceniza sobre la cabeza. Y, mientras este hombre corría así, el sumo sacerdote Elí estaba sentado en un asiento que había hecho levantar junto al camino, y esperaba las noticias; y en su espera temblaba, a causa del arca santa. Elí tenía entonces noventa y ocho años. Este hombre, apenas llegado, dijo a Elí: Vengo del campo de batalla, de donde he escapado. Y Elí le interrogó en estos términos: ¿Qué ha acontecido, hijo mío? El soldado benjamita respondió: Israel ha huido delante de los filisteos, y aun ha habido una gran derrota del pueblo; tus dos hijos han muerto, y el arca de Dios ha caído en poder del enemigo. Cuando Elí hubo oído esto, cayó de espaldas de sobre su asiento, y en su caída se rompió el cuello. Así fue como murió; porque era viejo y pesado. Había juzgado a Israel cuarenta años.» (v. 12-18)

194. Elí cae de su asiento a la noticia de la muerte de sus hijos
«Y su nuera, mujer de Finees, que estaba encinta, veía acercarse la hora en que había de dar a luz, cuando un mensajero le hizo saber a la vez que el arca estaba tomada, que su marido había muerto y su suegro también. A esta noticia, se dobló en dos; entonces parió, y su parto fue de los más dolorosos. Y he aquí que la muerte la asió a su vez. Y aconteció que, mientras moría, las mujeres, sus amigas, que la rodeaban, le dijeron: No tengas inquietud; tenemos a tu hijo, y te aseguramos que no es una niña; en verdad, es un varón. Mas ella no prestaba atención alguna a lo que sus amigas le decían, no oía nada; porque la muerte la invadía más y más. Y de pronto se puso a hablar, y dijo: La gloria de Dios es transportada de Israel, porque el arca santa está tomada; y, por esta razón, quiero que mi hijo sea llamado Icabod.» (v. 19-22)
Se ve que el autor sagrado nos deja más que nunca en lo vago. Este extraño historiador no da a conocer ni cómo los hebreos se habían rebelado contra los filisteos sus amos, ni el motivo de esta guerra, ni qué territorio ocupaban los hebreos. No es preciso más que para indicar el lugar donde se hallaban los campamentos de los dos ejércitos enemigos; pero esto es jugar de desgracia («jugar de desgracia» — fr. «jouer de malheur»: tener una mala suerte obstinada), dado que ningún geógrafo de la antigüedad ha mencionado Eben-ezer ni Afec. El autor sagrado nos habla solamente de treinta y cuatro mil judíos muertos a pesar de la presencia del arca. ¿Cómo concebir, dice Voltaire, que un pueblo esclavo, que ha sufrido tan grandes y tan frecuentes pérdidas, pueda tan pronto reponerse de ellas? Los críticos siempre se han atrevido a sospechar al autor de un poco de exageración, ya en los éxitos, ya en los reveses. El autor parece mucho más ocupado en celebrar a Samuel que en desenredar la historia judía; en vano se espera que dé una descripción fiel del país, de lo que los judíos poseían en él como propio bajo sus amos, de las circunstancias en que tuvo lugar este levantamiento, de las plazas, o, por lo menos, de las cavernas que ocuparon, de las medidas que tomaron, de los jefes que los condujeron al combate; ¡nada de todas estas cosas esenciales! De ahí concluye lord Bolingbroke, en su examen, que el levita autor de esta historia escribía como los monjes de la Edad Media escribieron la historia de su país. Y Voltaire añade, con su mordaz ironía: «Sin duda, Samuel, habiendo llegado a ser profeta, y hablándole Dios ya desde su infancia, era un objeto más considerable que los treinta mil hombres muertos en la batalla, que no eran más que profanos, a quienes Dios no se comunicaba; he aquí por qué, evidentemente, en la Sagrada Escritura se trata de los profetas judíos más que del pueblo judío.»
¡Atención, ahora!... Lectores, nunca seremos bastante graves. Llegamos a un pasaje de la Biblia que no dispone a la alegría más que el espectáculo de la nariz de plata de un inválido; en efecto, he aquí el gran asunto de los agujeros de bala de oro («agujeros de bala» — fr. «trous-de-balle», voz vulgar y jocosa por «anos»)... ¡Atención! ¡atención! no os riáis. Es muy serio.
Maese Jehová, para castigar a Ofni y Finees que, durante cierto tiempo, habían picado en su olla («picado en su olla» — fr. «piqué dans sa marmite»: hurtar de la olla; alusión a la carne de los sacrificios que los hijos de Elí se apropiaban), se había dejado apresar junto con su cofre por los filisteos; y, aun cuando Ofni y Finees defendían su cofre, es decir, le defendían a él mismo (puesto que residía en el arca), había querido, por su voluntad misteriosa e impenetrable, que los dos levitas fuesen muertos junto a él, en compañía de otros treinta mil judíos, igualmente degollados, aunque ellos jamás hubiesen picado en la olla. Era este un castigo sensacional, todo lo más sensacional que pueda imaginarse, dado que Dios, al dejarse caer en manos de los filisteos idólatras, se englobaba a sí mismo en el castigo del sacrilegio cometido contra él. Quizá no sea esto muy lógico; pero es esencialmente divino, cualquier teólogo os lo dirá.
Los filisteos habían sido, pues, elegidos por Dios para ejercer contra Dios la venganza de una ofensa a Dios, haciendo a Dios prisionero. Solo que, después de haber elegido a los filisteos para tenerle cautivo, maese Jehová resolvió castigar a los filisteos por ser sus elegidos. Esto sigue, como se ve, sin ser lógico; pero es cada vez más divino.
Notemos, ante todo, que estos filisteos, que eran buenos tipos («buenos tipos» — fr. «bons zigs», argot parisino: buenos muchachos, buena gente) en lo tocante a la devoción, testimoniaron el mayor respeto al dios su prisionero. Hemos visto hace poco que estaban convencidos de su poder. Lejos de obrar como los fanáticos intolerantes que prodigan el ultraje a las divinidades de otras religiones que la suya, trataron con honor al dios de Israel. Que un Júpiter o un Buda caiga en poder de inquisidores cristianos, pronto lo habrán arrojado a la cloaca. Los filisteos, por el contrario, sabiendo que Jehová estaba en aquel cofre que les había tocado por la suerte de la batalla, transportaron dignamente la sagrada caja a Azoto, donde se hallaba uno de sus más hermosos templos, el templo de Dagón; allí colocaron el arca en la parte más venerada del santuario, junto al mismo Dagón.
Está claro que los filisteos se hacían el razonamiento siguiente: — El dios de Israel es un dios de primera calidad; porque sabemos las maravillas que obró cuando sacó de Egipto a su pueblo. Puesto que tenemos, pues, la feliz suerte de poseerlo, portémonos lo mejor que podamos con él, a fin de que siga siéndonos favorable. Honrémosle a la par de Dagón: abundancia de dioses protectores no hace daño («abundancia de dioses protectores no hace daño» — fr. «Abondance de dieux protecteurs ne nuit pas», parodia del refrán francés «Abondance de biens ne nuit pas»: lo que abunda no daña).
¡Ay! estos buenos filisteos se metían el dedo en el ojo («se metían el dedo en el ojo» — fr. «se mettaient le doigt dans l’œil», se engañaban por completo); no iban a tardar en aprender que Jehová es un mal compañero de cama («un mal compañero de cama» — fr. «un mauvais coucheur»: hombre con quien es imposible convivir, de carácter insoportable).
La tarde de la instalación del arca en la basílica de Azoto, los sacerdotes de Dagón se retiraron al caer la noche, dejando a su dios a solas con el de Israel.
Si, en lugar de haber tomado a Jehová, nuestros fenicios hubiesen tenido la suerte de poseer, en las mismas circunstancias, un Anubis egipcio, o un Ormuz persa, o un Apolo griego, todo habría pasado muy bien en esta primera noche, y en las noches siguientes. Los dos dioses habrían cortado amistosamente un babero («cortado un babero» — fr. «tailler une bavette», charlar un rato), se habrían contado los pequeños incidentes joviales de los homenajes que recibían respectivamente de sus fieles; en una palabra, se habrían hecho dos buenos camaradas, y los habitantes de Azoto habrían estado en el júbilo.
¡Nada de eso!... Jehová, como viejo gruñón celoso, aprovechó la ausencia de los sacerdotes de Dagón para tratar al otro dios como rival antipático; tenía empeño en hacer constar que tenía la divinidad más robusta que el ídolo oficial de los filisteos.
Este Dagón no era malo ni por dos sous («ni por dos sous» — fr. «pas méchant pour deux sous»: ni pizca de malo); él no se hacía sacrificar víctimas humanas; era un dios bonachón. Debió de quedar, por consiguiente, muy sorprendido cuando, en plena mitad de la noche, Jehová, saliendo de pronto de su caja, se precipitó sobre él, como un atleta rabioso, y lo arrojó al suelo desde lo alto del altar.
La Biblia no da el detalle de esta lucha nocturna; pero es evidente, según el texto, que así sucedió. «Los filisteos habían llevado a Azoto el arca de Jehová; la instalaron en el templo de Dagón, la pusieron junto al mismo Dagón. Y aconteció que, al día siguiente, los habitantes de Azoto, habiéndose levantado de mañana, hallaron a Dagón tendido en el suelo, el rostro contra tierra, delante del arca; mas levantaron a Dagón y lo volvieron a poner en su lugar.» (1 Samuel 5:1-3)
La segunda noche fue más terrible aún que la primera.
Jehová estaba mortificado de tener que compartir con Dagón los homenajes de los azotios. Quizá, en su interior, sentía que sus celos eran ridículos y que sus maneras no tenían nada de distinguido; porque, durante el día, se estaba quieto en el fondo de su cofre... ¡Ah! si los devotos que llenaban entonces el templo lo hubiesen visto saltar de su caja, si les hubiese predicado la superioridad de su culto, es posible que los azotios hubiesen renunciado a su ídolo; ¡pero no! debía de sentir cierta vergüenza de su conducta. En efecto, esperó de nuevo a estar solo, sin testigos, en la oscuridad, para dejar estallar su mal humor, para saciar su resentimiento.
Esta vez, Dagón cobró de bella manera («cobró de bella manera» — fr. «écopa de la belle façon»: recibió una buena paliza). «A la segunda mañana, los habitantes de Azoto hallaron a Dagón tendido otra vez en el suelo, delante del arca, y su cabeza y sus dos manos, habiendo sido cortadas, estaban en el umbral del templo; solo el tronco de Dagón había quedado junto al cofre.» (1 Samuel 5:4)

195. El ídolo de Dagón es derribado.
Todo esto era muy propio para turbar a los filisteos de aquella ciudad, que no entendían nada, y que, en su candor, estaban a cien leguas de sospechar que el divino habitante de la sagrada caja fuese el autor de estos actos de vandalismo. Pero un espantoso azote los turbó más aún, poco después. Aquí hay que dar la traducción textual: «Luego la mano de Dios se agravó sobre los traseros de los azotios; puso en sus anos una enfermedad asquerosa; tanto en Azoto como en los alrededores, los filisteos fueron heridos en la parte más secreta de las nalgas, y a todos, a los grandes así como a los pequeños, se les salía la tripa del sieso, y su sieso, salido afuera, se pudría.» (1 Samuel 5:6)
Esta vez sí, los azotios comprendieron que era el dedo del dios de Israel el que había realizado la obra nefasta. Los magistrados ordenaron transportar a otra ciudad a Jehová y su cofre. La ciudad de Gat recibió la sagrada caja, y su llegada fue señalada al punto por un remangamiento general de los anos y por una podredumbre de las tripas del sieso (1 Samuel 5:7-9). De Gat el arca santa pasó a Ecrón, donde se produjo inmediatamente el fenómeno de los esfínteres remangados (1 Samuel 5:10). Al mismo tiempo, hubo en el campo una generación espontánea de ratas. Estas ratas se mostraron roedores insaciables, y los anos filisteos estaban más que nunca en compota («en compota» — fr. «en compote»: hechos papilla, molidos); «y los hombres que no morían estaban abrumados de hemorroides, de tal suerte que un grito de dolor se elevaba por todas partes hasta el cielo» (1 Samuel 5:12).
Durante siete meses, los filisteos pasearon el arca de Jehová de ciudad en ciudad, y este paseo no lograba más que propagar la horrible enfermedad. (1 Samuel 6:1)
Finalmente, se consultó a los adivinos de Fenicia; estos eran sacerdotes de una falsa religión, — falsa, si uno se coloca en el punto de vista de los teólogos cristianos, — pero eran excelentes profetas de todos modos. Los filisteos estaban bastante decididos a devolver el arca de Jehová. «Sus adivinos respondieron: Si devolvéis el arca del dios de Israel, guardaos bien de devolverla sin acompañarla de un presente para haceros perdonar vuestros pecados. Ahora bien, puesto que los gobiernos de este país son cinco, fabricad cinco anos de oro y cinco ratones de oro, que serán vuestro don al dios de Israel; entonces, quizá, no agravará más su mano sobre vuestros traseros ni sobre vuestros campos. ¿Por qué endureceríais vuestro corazón, como Egipto y Faraón endurecieron su corazón? Tomad, pues, una carreta completamente nueva y dos vacas jóvenes que amamanten a sus becerros, sobre las cuales no se haya puesto aún el yugo, y encerrad a sus becerros en el establo. Pondréis el arca de Jehová sobre la carreta, y colocaréis junto al arca un cesto que contenga los anos de oro y los ratones de oro; luego, dejad ir la carreta adonde las vacas quieran ir. Mas mirad bien hacia qué lado irá la carreta: si va a Betsames, podéis estar ciertos de que es el dios de Israel quien ha puesto la enfermedad en vuestros anos y los roedores en vuestros campos; si, por el contrario, la carreta no va a Betsames, sabremos que no es ese dios quien nos ha herido, y que todo ha sucedido por casualidad.» (1 Samuel 6:3-9)
Al leer esta historia, no puede uno dejar de recordar la de Sara, raptada por su belleza, a la edad de noventa años, por el rey de Gerar, que la creía hermana de Abraham. Se recordará que, mientras el rey no devolvió a la mujer del patriarca, todas las damas del país de Gerar tuvieron la vulva cerrada, por decreto de Jehová. Aquí, es a los anos filisteos a los que el dedo de Dios hace la guerra, mientras el arca no es devuelta a los hebreos. ¡Infortunadas vulvas! ¡desdichados anos! su inocencia era, sin embargo, la evidencia misma, en estas asombrosas aventuras. ¿Por qué el barroco Jehová amnistiaba el proxenetismo de Abraham, el único culpable en el asunto de Gerar, puesto que especulaba con los encantos de su esposa haciéndola pasar por su hermana? ¿Por qué el mismo Jehová castigaba a los filisteos por haberse apoderado de él tomándolo con su cofre, puesto que era él mismo quien se había dejado tomar por ellos? Misterio y divina divagación.
Sea como fuere, los filisteos siguieron el consejo de sus adivinos. Fabricaron los cinco ratones de oro y los cinco agujeros de bala de oro, que representaban la ofrenda de sus cinco capitales de gobierno: Azoto, Gaza, Ascalón, Gat y Ecrón. Plantaron el arca y su ofrenda en una carreta, uncieron a ella las dos vacas jóvenes privadas de sus becerros y las soltaron a campo traviesa sin conductor. «Y las vacas jóvenes tomaron derechamente el camino de Betsames, siguiendo siempre la misma ruta, andando y mugiendo; y no se apartaron ni a la derecha ni a la izquierda; y los gobernadores de los filisteos fueron tras ellas hasta cerca de Betsames.» (1 Samuel 6:12)
¡Qué maravilloso es todo esto! ¡y cuánto derecho tienen los devotos a estar orgullosos, creyendo en los dogmas de tan bella religión! Los profetas, ya se ve, no faltan en la Biblia. Los adivinos de los filisteos, pueblo maldito, son aquí considerados como verdaderos profetas; cada país tenía los suyos, y el autor del libro, siendo profeta él mismo, respeta su carácter hasta en los extranjeros idólatras que hacen profesión de él. En su poder extraordinario, Jehová prodiga lo sobrenatural, hasta el punto de inspirar a los profetas de los falsos dioses, testigo Balaam, y aun no desdeña conceder el don de los milagros a los magos de las religiones enemigas de la suya, testigo los magos de Egipto Janes y Mambres, que hicieron los mismos milagros que Moisés. Y las vacas que traen de vuelta el arca, ¿no son una especie de milagro? Van, empujadas por la inspiración divina, a Betsames, a casa de los hebreos; parece, pues, que estas vacas se habían vuelto profetisas también.
«Y aconteció que la gente de Betsames segaba los trigos en el valle; y alzaron sus ojos y vieron el arca, y se regocijaron mucho de ello. La carreta se detuvo en el campo de Josué el betsamita; había allí una gran piedra; entonces se hendieron las maderas de la carreta, se hizo con ellas una hoguera, y las dos vacas jóvenes fueron ofrecidas en holocausto al Eterno. Porque los levitas bajaron el arca del Señor, así como el cesto que contenía los anos de oro y los ratones de oro, y lo pusieron todo sobre la gran piedra.» (1 Samuel 6:13-15)

196. Retorno maravilloso del arca.
¡No ha terminado!... Hacía mucho tiempo que Jehová no había fulminado a nadie de su pueblo, ¿y cómo habría podido hacer su reentrada entre los hebreos sin pagarse el lujo de una pequeña matanza?... Saboread, pues, lo que sigue:
«Mas el Eterno hirió de muerte súbita a gentes de Betsames, porque vinieron a mirar dentro de su arca; hubo así cincuenta mil setenta hombres que fueron heridos. Y el pueblo lloró, a causa de este terrible castigo de los que habían querido ver a Jehová.» (v. 19)
Papá Buen Dios no bromeaba y no podía sufrir la curiosidad respecto a su persona. ¿No había declarado, en repetidas ocasiones, que, salvo raras excepciones, quienquiera que lo viese cara a cara perdería la vida en el instante mismo? Así, aquellos grandes mirones de betsamitas («mirones» — fr. «badauds»: el «badaud», curioso ocioso que se para a mirar todo, figura proverbial del parisino) estaban bien advertidos. Yo os pregunto un poco, ¡qué maldita idea la de ir a mirar dentro del arca!... Evidentemente, los filisteos fueron más respetuosos y se abstuvieron, con cuidado, de levantar jamás la tapa de la sagrada caja; por eso Jehová se contentó con deteriorarles el agujero de bala.
Otra observación, de paso: aunque desconocida de los geógrafos, esta ciudad de Betsames debía de ser muy importante, ¡dada esta destrucción de cincuenta mil setenta hombres de un solo golpe!...
Y, ya que estamos en ello, ¿por qué no decir que esta muerte súbita de tantos millares de betsamitas nos da a conocer, sin lugar a dudas, de qué país es el Espíritu Santo?... Seguid bien mi razonamiento.
Es materialmente imposible que cincuenta mil setenta personas hayan rodeado el arca todas juntas, al mismo tiempo, ¿no es verdad?... Pongamos diez, veinte, — treinta, si queréis, — que hayan levantado a la vez la tapa y hundido sus miradas en el cofre. Estos treinta primeros curiosos son castigados al punto por su osadía; ¡v’lan! («¡v’lan!» — onomatopeya francesa de un golpe seco: ¡zas!) han caído fulminados. Que otros treinta no hayan comprendido la lección y hayan sido, a su vez, heridos de muerte súbita, pase todavía. Añadid incluso una tercera tanda de temerarios, instantáneamente castigados de esta terrible manera. ¡Sapristi! («¡Sapristi!» — juramento francés atenuado, equivalente a «¡caramba!») es difícil de tragar que los betsamitas hayan querido seguir acercándose, hayan pasado por encima de los cadáveres para mirar dentro de la sagrada caja, y, en una palabra, que hayan tenido la cabezota bastante dura para obstinarse en hacerse fulminar unos tras otros, cuando comprobaban la inmediata ejecución de sus predecesores. Por testarudos que pudiesen ser, los betsamitas fueron forzosamente detenidos, desde que la acumulación de cadáveres fue una barrera, y no hicieron falta numerosas docenas para que esta barrera fuese infranqueable. Al contrario, apenas una sesentena de occisos, debió de producirse un movimiento general hacia atrás, un retroceso de espanto.
El número indicado por el texto es, pues, muy exagerado, esto es de toda evidencia. A setenta víctimas, el divino palomo ha añadido cincuenta mil, con toda certeza....
Pero ¿entonces?... Entonces, ¡tenemos por fin los países de origen de los tres dioses de la Trinidad!... Dios Hijo es judío, nacido en Belén; es sabido. Dios Padre, o Jehová, que juró a Noé no hacer perecer nunca más a los hombres por un diluvio... de agua, y que dio la vuelta a su juramento solemne practicando el diluvio de fuego, Jehová, digo, es normando («es normando» — en Francia los normandos tienen fama proverbial de astutos y de responder sin decir ni sí ni no: así burló Jehová su juramento). En cuanto al palomo, que sin cesar exagera a placer, — y, esta vez, la exageración que cae en lo imposible es flagrante, — es de Tarascon, Bouches-du-Rhône, ¡parbleu! («parbleu» — fr. juramento suavizado de «par Dieu», «por Dios») («es de Tarascon» — la ciudad del Tartarín de Alphonse Daudet, proverbial en Francia por la exageración fanfarrona)
¡Pillado, mi viejo palomo!... Con tu historia de los betsamitas fulminados por millares, muertos como moscas, te has denunciado compatriota de nuestro querido Tartarín; ¿y quién sabe si no eres de su misma familia?...
Dicho esto, no asombraremos a ningún lector recordando, según un nuevo versículo bíblico (v. 21), que la gente de Betsames que había sobrevivido a la matanza se apresuró a enviar el arca a otra parte; el texto dice: a Quiriat-jearim. El cofre mortífero permaneció allí veinte años. Solo al cabo de este tiempo papá Buen Dios se decidió a hacer que su pueblo alcanzase una gran victoria sobre los filisteos, entre Mizpa y Bet-car (1 Samuel 7:11). Samuel seguía siendo juez de Israel. Conformándose al voto de su madre, se dejaba crecer los cabellos más que nunca; se añade que supo hacerse amar de los hebreos por beneficios de toda clase, y que su popularidad era inmensa.
Luego, cuando el hijo de Ana se vio envejecer, nombró a sus dos hijos, Joel y Abías, sus coadjutores para administrar justicia; pero parece que estos no valían mucho más que Ofni y Finees. «Y sus hijos no imitaban sus virtuosos ejemplos; porque se inclinaron hacia las ganancias deshonestas, se hicieron dar presentes para dictar juicios injustos». (1 Samuel 8:3)

197. Numerosos beneficios de Samuel.
Hecho curioso: Jehová, que había hecho morir a los hijos de Elí, no sacó su rayo, por escandalosa que fuese la corrupción de los hijos de Samuel; la magistratura a base de sobornos lo dejaba, pues, insensible y era a sus ojos un pecadillo al lado de los sacrílegos tenedorazos en la olla de los holocaustos.
CAPÍTULO 12 Saúl, primer rey, y su rival David
Sería equivocarse extrañamente imaginar la historia de Samuel a punto de terminar en el momento en que la Biblia nos representa al profeta tan abrumado por la vejez, que se ve obligado a descargar sobre sus hijos las principales funciones de su gobierno teocrático; Samuel, en medio de los judíos, desempeñó un papel importante hasta su muerte, y hasta lo veremos obrar en persona después de su muerte.
Una buena mañana, los jefes del pueblo se reunieron y vinieron a buscar a Samuel, para pedirle un «melch», es decir, un rey. Las naciones vecinas tienen reyes; ¿por qué no habríamos de tener uno nosotros? tal fue el tema del discurso de los delegados. El profeta, después de haber consultado a Jehová, respondió haciéndoles un cuadro poco atractivo de la realeza. «¿Queréis un rey? dijo a los jefes del pueblo; ¡pues bien! sabed cuál será el uso de ese rey que os mandará. Tomará vuestros hijos para hacer de ellos sus carreteros; hará de ellos sus soldados; hará de ellos labradores de sus campos, segadores de sus trigos, herreros para fabricarle armas; hará de vuestras hijas sus perfumistas, sus cocineras y sus panaderas; tomará vuestros mejores campos, vuestras mejores viñas, vuestros mejores plantíos de olivos, y los dará a sus criados; tendrá eunucos, a quienes dará el diezmo de vuestras vendimias y de vuestras cosechas; os tomará hasta vuestros siervos y vuestras siervas, y la flor de vuestros jóvenes, y hasta vuestros asnos, y los hará trabajar para él. Entonces, clamaréis contra vuestro rey; mas el Señor no os escuchará, porque sois vosotros mismos quienes habéis pedido ese rey.» (1 Samuel 8:11-18)
A pesar de toda su elocuencia, Samuel no pudo hacer entrar en razón al pueblo; es justo decir que su requisitoria contra la realeza olía un poco demasiado al despecho de ver a los israelitas desear la restricción del poder sacerdotal. En suma, los ingenuos hebreos, esquilados por sus sacerdotes, pedían sencillamente cambiar de esquilador. Y Jehová acabó por decir a su profeta: «Haz lo que desean; establece un rey sobre ellos.» (v. 22)
¿A quién reservaba, pues, Dios la primera corona en Israel?... «Había un hombre de la tribu de Benjamín, llamado Cis, muy vigoroso; tenía un hijo, llamado Saúl, de hermosa figura, y que sobrepasaba al pueblo en toda la cabeza.» (1 Samuel 9:1-2)
Saúl era un muchacho de costumbres muy sencillas; en casa de su padre, era guardián de las asnas. Sin duda, tenía a veces distracciones; pues el joven hizo conocimiento con Samuel con ocasión de esas asnas, que se habían escapado. El padre Cis lo había enviado en su busca, en compañía de un criadito de granja. Ahora bien, como exploraron sin éxito todos los alrededores, el criadito, él, nada tonto, emitió la idea de consultar a un «vidente» para descubrir dónde estaban las asnas inhallables. Saúl hizo observar que era necesario ofrecer algo al adivino, pero que desgraciadamente no llevaba ningún presente encima. — Que eso no le inquiete, respondió el joven doméstico; he aquí un cuarto de siclo que acabo de encontrar; se lo ofreceremos al hombre de Dios.
Ese cuarto de siclo valía aproximadamente ocho sous de nuestra moneda («sous» — fr. «sous», plural de «sou»: moneda francesa de cinco céntimos, la vigésima parte de un franco). La Biblia nos muestra, pues (cap. 9), a Saúl y a su criado llegando a una aldea y preguntando por la morada del «vidente» que les hará encontrar sus asnas, como se pregunta dónde vive el remendón. Ese nombre de «vidente», que se daba entonces a los que después se han llamado profetas, esos ocho o nueve sous presentados a ese Samuel que se pretende que fue juez y príncipe del pueblo son, según los críticos, testimonios palpables de la grosera estupidez del autor judío desconocido.
Las muchachas de la aldea indicaron la casa del adivino a Saúl y a su compañero; éstos se dirigieron allá. «Ahora bien, Jehová, hablando la víspera al oído de Samuel, le había revelado en estos términos la venida de Saúl: A esta misma hora, mañana, te enviaré un hombre de la tribu de Benjamín; lo ungirás, para que sea rey sobre mi pueblo de Israel, y él arrancará a mi pueblo del yugo de los filisteos, porque he mirado a mi pueblo y su clamor ha subido hasta mí.» (1 Samuel 9:15-16) — «Y, en cuanto Samuel hubo mirado a Saúl, el Eterno le dijo: He aquí el hombre de quien te hablé ayer; éste será el que dominará sobre mi pueblo.» (1 Samuel 9:17) — Luego, habiendo preguntado Saúl a Samuel dónde estaba el adivino de la aldea, «Samuel le respondió: Yo mismo soy el Vidente; sube conmigo al lugar alto, y comeréis hoy conmigo; te dejaré marchar mañana por la mañana, y te diré todo lo que tienes en el corazón.» (1 Samuel 9:19)
El vidente tenía gente a cenar aquel día, treinta personas; puso a Saúl en el sitio de honor y le hizo servir por su cocinero una espaldilla de carnero, para él solo. (1 Samuel 9:22-24) A fin de quitarle primero toda preocupación respecto de las asnas perdidas, le había revelado que estaban halladas y que las vería al volver a casa de su padre. En fin, antes de separarse, a la mañana siguiente, Samuel frotó con aceite la cabeza de Saúl y le hizo saber que desde entonces era rey y, además, que el espíritu de Dios había entrado en él.

198. Samuel ofrece la corona a Saúl.
Y, en verdad, así fue: una transformación completa del hijo de Cis se había operado, ya no era el mismo hombre. Apenas de vuelta en la casa paterna, comprobó el regreso de sus queridas asnas y se puso a profetizar como si no hubiera hecho otra cosa en toda su vida. (1 Samuel 10:1-16)

199. El espíritu de Dios se apodera de Saúl.
En aquel tiempo, el arca santa había sido trasladada a Mizpa. En esa ciudad fue donde Samuel convocó al pueblo israelita; el divino palomo no precisa la época y se abstiene de decir cómo los millones de individuos que componían la nación judía pudieron reunirse allí. «Estando, pues, todo el pueblo reunido en Mizpa, Samuel dijo a los hijos de Israel: Voy a repetiros las palabras que el Eterno me ha hecho oír: Yo saqué a Israel de Egipto y lo libré de todos sus opresores; pero hoy habéis rechazado a vuestro Dios, y habéis dicho a su profeta: Danos un rey. Pues bien, ahora vais a desfilar todos, millar por millar, tribu por tribu, ante el arca donde está el Señor. Así, Samuel hizo acercarse a todas las tribus de Israel, y la suerte cayó sobre la de Benjamín. Después, hizo echar suertes entre las familias de la tribu de Benjamín, y la suerte cayó sobre la familia de Matri; en fin, en la familia de Matri, la suerte cayó sobre Saúl, hijo de Cis.» (1 Samuel 10:18-21) Quizá se extrañará alguien de que Samuel no dijera sencillamente al pueblo: Saúl me ha sido designado por el Eterno desde hace algún tiempo, y ya lo he frotado con aceite; es, pues, vuestro rey. Pero la operación del sorteo tenía sin duda su utilidad, a fin de no crear envidiosos. Siendo Jehová dueño de la suerte, el viejo profeta estaba, pues, bien seguro de que Saúl sería el elegido; porque Dios no podía, dejando que la elección se hiciera por un azar puro de toda trampa, exponerse a invalidar la reciente unción de su favorito.
Si nos remitimos a las profecías de Jacob, veremos que es a la tribu de Judá a la que se había prometido la realeza. Jehová había, pues, olvidado esta profecía cuando la monarquía judía fue instituida. Pero no tardó en volver a acordarse de ella, y por eso veremos pronto la corona pasar de la cabeza de Saúl a la de un descendiente de Judá; de ese modo, el olvido divino quedará reparado, y la profecía del patriarca se cumplirá en adelante.
Entretanto, el pueblo se inclinó ante el resultado del sorteo. Ahora bien, en aquel momento, ¡ausencia total del elegido!... ¿Dónde está Saúl? ¿qué ha sido de Saúl? tal era la pregunta que todo el mundo se hacía. Se interroga al Eterno para saber si Saúl vendría. «Y el Eterno hizo oír su voz, diciendo: Saúl está presente, pero se ha escondido entre los bagajes (sic). Entonces, los judíos corrieron y lo sacaron de su escondite; fue llevado a la asamblea del pueblo; allí, bien se vio que era más alto que todos los demás, llegando sus hombros al nivel de la coronilla de sus cabezas. Y Samuel dijo a todo el pueblo: ¿No veis que no hay ninguno entre vosotros que sea semejante a aquel que el Eterno ha escogido? Entonces, la nación entera lanzó gritos de alegría, y este clamor resonó. ¡Viva el rey!» (v. 22-24)

200. Consagración solemne de Saúl.
De los versículos que siguen, parece resultar que Samuel fue, en un principio, el primer ministro del nuevo monarca. En efecto, fue él quien escribió la ley del reino, y su precioso manuscrito fue depositado junto al arca; pero los disentimientos entre Saúl y Samuel no habían de tardar en estallar.

202. Saúl nombra a Samuel primer ministro.
Transcurrió un mes aproximadamente. El rey Saúl, buen chico y nada orgulloso ni por dos sous («nada orgulloso ni por dos sous» — fr. «pas fier pour deux sous», modismo popular: sin la menor altivez, nada orgulloso en absoluto), no realizaba en modo alguno el horrible tipo del tirano que Samuel había agitado como un espectro para apartar a los judíos de su deseo de vivir en monarquía: en lugar de formarse una corte, de hacerse construir un palacio, de rodearse de guardias de corps, el hijo de Cis había vuelto apaciblemente a la granja de su familia y seguía viviendo su vida campestre. En esto, Nahas, rey de los amonitas, emprendió apoderarse de la ciudad judía de Jabes, en Galaad. «Estableció su campamento junto a Jabes y sitió la ciudad; y los habitantes de Jabes, intimidados, dijeron a Nahas: Recíbenos a capitulación, y te serviremos. Nahas les respondió: Consiento en tratar una alianza con vosotros, pero con una condición: que primero os reventaré a todos el ojo derecho, y después haré otro tanto a todo Israel, para cubrir de oprobio a vuestra nación. Los ancianos de Jabes replicaron: Concédenos siete días de tregua, a fin de que enviemos mensajeros por todo Israel; si nadie viene a librarnos, nos rendiremos a ti. Los delegados vinieron, pues, a Gabaa, donde moraba Saúl.» (1 Samuel 11:1-4)
«Y he aquí que Saúl volvía del campo, siguiendo a sus bueyes, y, viendo que el pueblo lloraba, preguntó: ¿Por qué esas lágrimas? Le contaron lo que habían dicho los delegados de Jabes. Entonces, el espíritu de Dios se apoderó de Saúl, que montó en gran cólera; tomó dos de sus bueyes, los cortó en pedazos, y envió de ellos a cada tribu, con este mensaje: Así se tratará a los bueyes de los que no vengan a la guerra, es decir, de los que no sigan a Saúl y a Samuel. Y todos se pusieron en pie; en la revista que se pasó en Bezec, había treinta mil soldados de Judá y trescientos mil de las otras tribus.

201. Los israelitas lloran por la suerte de los habitantes de Jabes.
Allí, Saúl dijo a los delegados de Jabes: Seréis librados mañana, cuando el sol haya llegado a la mitad de su carrera. Los delegados se volvieron, y hubo gran alegría en Jabes. Luego, los sitiados dijeron a los amonitas: Nos rendiremos a vosotros dentro de un día, a partir de este momento, y nos haréis todo lo que queráis. Ahora bien, desde la mañana siguiente, Saúl dividió su ejército en tres cuerpos; marchó sobre los amonitas, los derribó en su campamento y los exterminó hasta el mediodía; y los que escaparon quedaron tan dispersos que no quedaron de entre ellos dos juntos.» (1 Samuel 11:5-11)

203. Jabes librada por Saúl.
«Entonces el pueblo dijo: ¡Que nos entreguen a los prisioneros, para que les demos muerte! Pero Saúl respondió: No, no se dará muerte a nadie en este día, porque hoy Jehová ha librado a Israel. Y Samuel dijo al pueblo: Vamos todos a Gilgal, y allí confirmaremos la realeza. Y todo el pueblo se fue a Gilgal; se hicieron grandes fiestas; se ofrecieron al Eterno sacrificios gozosos; y Saúl y todos los israelitas se regocijaron mucho.» (v. 12-15)
Los críticos no se sorprenden de que Saúl fuese un rey oscuro, entregado él mismo a los trabajos de la agricultura y volviendo a la granja paterna con sus bueyes; pero se niegan a admitir que pudiera levantar, de golpe, en cinco días, un ejército de trescientos treinta mil combatientes, en el mismo tiempo en que el autor representa a los judíos todavía bajo la dependencia de los filisteos, cuando la Biblia dice que el pueblo de Dios no tenía ni una lanza, ni una espada, y que sus amos no les permitían ni siquiera un instrumento de hierro para afilar sus arados, sus azadones, sus podaderas. «Nuestro Gulliver, escribe lord Bolingbroke, tiene tales fábulas, pero no tales contradicciones.»
En el capítulo 12, tenemos un discurso gruñón de Samuel, que invoca la vejez para presentar su dimisión; el gobierno de los Jueces ha terminado definitivamente. Samuel no se retira de buen grado. Hace valer ante el pueblo que el hecho de haber pedido un rey es un pecado gordo que los judíos han añadido a tantos otros. Pero en fin, ahora, concluye, puesto que tenéis un rey, guardadlo; es, por lo demás, el ungido del Señor; sobre todo, redoblad la piedad para con Jehová. Y, para probar a los hebreos que Jehová lo escuchaba siempre, aun después de su retirada de la política, Samuel ejecutó, en el acto, uno de esos milagros como no se encuentran más que en la Biblia. «Ved, dijo al pueblo, ved esta gran cosa que el Eterno va a hacer, a mi voz, ante vuestros ojos. ¿No es hoy la siega de los trigos? Pues bien, clamaré al Eterno, y él hará tronar y llover, para que sepáis y veáis cuán grande es el mal que habéis cometido pidiendo un rey. Entonces, Samuel lanzó un grito hacia el Eterno, y Jehová hizo tronar con estrépito y llover a torrentes aquel día, y todo el pueblo temió mucho a Jehová y a Samuel» (1 Samuel 12:16-18). Después de lo cual, el viejo profeta se fue, no sin haber prometido a sus queridos compatriotas que nunca los olvidaría en sus oraciones y dando a entender que se reservaba siempre el enseñarles, llegada la ocasión, el buen y recto camino. En suma, la retirada de Samuel se parecía mucho a una falsa salida («falsa salida» — fr. «fausse sortie», término de teatro: salida fingida de un actor que vuelve a escena al instante).

204. Samuel presenta su dimisión.
«Saúl había reinado un año, cuando sucedieron estas cosas, y reinó dos años sobre Israel.» (1 Samuel 13:1) Aquí, los críticos claman contra la contradicción y el anacronismo, puesto que la Biblia, en otros lugares, dice que Saúl reinó cuarenta años. «Saúl tenía treinta años cuando comenzó a reinar, y reinó cuarenta y dos años sobre Israel.» (1 Samuel 13:1, en otras versiones)
Sabemos que los israelitas temían el mal humor de Samuel. Su dimisión los consternó. Creyeron ver en el cielo señales de catástrofes próximas. Sus enemigos, enterados de la situación, se aprestaron a caerles encima de nuevo; lo cual no era como para levantar la moral de los súbditos de Saúl. Los trescientos treinta mil hombres de la reciente leva general se derritieron como mantequilla en la sartén. Así, «cuando los filisteos se juntaron para combatir contra Israel y armaron treinta mil carros de guerra, seis mil jinetes y soldados en tan gran número que sus tropas se parecían a la arena que está a la orilla del mar, y cuando los filisteos vinieron a acampar en Micmas, al oriente de Bet-avén, entonces el pueblo de Israel quedó consternado; la mayoría de los hebreos, viéndose en el último extremo, se escondieron en las cavernas, en las rocas, y hasta en las cisternas; los otros, pasando el Jordán, se refugiaron en el país de Gad y de Galaad.» (v. 5-7)

205. Señales de desgracias inminentes.
Saúl se encontraba en Gilgal, donde los menos espantados se agruparon en torno a él. A fin de hacerse propicio a Jehová, el rey juzgó que era oportuno ofrecer el holocausto; Samuel hizo saber que vendría a sacrificar él mismo. «Y Saúl esperó siete días, según el plazo fijado por Samuel; pero Samuel no venía a Gilgal, y el pueblo se apartaba cada vez más de Saúl. Entonces Saúl dijo: Que me traigan el holocausto pacífico. Y ofreció el holocausto. Ahora bien, apenas hubo acabado de ofrecer el holocausto cuando llegó Samuel; y, como Saúl le salía al encuentro para saludarlo, Samuel le dijo: ¿Qué has hecho? Saúl le respondió: Viendo que no venías el día que me habías fijado, y estando los filisteos en armas en Micmas, forzado por la necesidad, he ofrecido el holocausto al Señor.

206. Saúl usurpa las funciones sacerdotales de Samuel.
Samuel dijo a Saúl: Has obrado locamente; no has guardado los mandamientos de Jehová; si no hubieras hecho eso, el Señor habría afirmado para siempre tu reinado sobre Israel; pero, ahora, tu reinado no será estable: el Eterno se ha buscado un hombre según su corazón, y es a éste a quien ha destinado para reinar sobre su pueblo. Luego, Samuel se fue de Gilgal a Gabaa; y habiendo pasado Saúl revista a los que estaban con él, se hallaron unos seiscientos.» (1 Samuel 13:8-15) Como ejército, era poca cosa, ¡sobre todo después de haber mandado trescientos treinta mil hombres!
Entre nosotros, no se puede menos de comprobar que Samuel era un raro pistolete («un raro pistolete» — fr. «un drôle de pistolet», expresión popular: un tipo raro, un sujeto extravagante). En todo este asunto, muestra una singular mala voluntad. La Biblia no lo da en ninguna parte como sumo sacerdote; el sumo sacerdote era Ahías, hijo de Ahitob, el cual era hermano de Icabod, hijo de Finees, hijo de Elí (1 Samuel 14:3). Samuel no era más que sacerdote y profeta; ahora bien, Saúl lo era como él, puesto que había profetizado en cuanto había sido ungido; luego, Saúl no cometía ningún error al creerse con derecho a ofrecer el holocausto. Además, ¿no parece que Samuel, cuyos discursos precedentes prueban todos claramente que no digería el haber sido obligado a abdicar su magistratura para instituir un rey, no parece, digo, que Samuel faltó a su palabra a propósito para tener un pretexto de censurar a Saúl y hacerlo odioso al pueblo?... ¡Y si alguien no había intrigado para tener el gobierno de Israel, ése era ciertamente el hijo de Cis, Saúl, el guardián de asnas!
Sea como fuere, la situación no era alegre. «Ni siquiera se hallaban herreros en todas las tierras de Israel; pues los filisteos se lo habían prohibido, por temor de que los hebreos forjasen una espada o una lanza; y todos los israelitas estaban obligados a ir a casa de los filisteos para afilar la reja de sus arados, sus cuchillas, sus hachas y sus azadones; los filisteos no les permitían tener más que limas para arreglar sus azadones, sus cuchillas, sus horcas de tres dientes y sus aguijadas.» (1 Samuel 13:19-21) — «Y cuando llegó el día de la batalla, no se halló ninguno de los seiscientos hombres que habían quedado con Saúl que tuviese una espada o una alabarda, excepto solamente Saúl mismo y su hijo Jonatán.» (1 Samuel 13:22)
Es evidente que en esas condiciones la partida no era igual. Los trescientos treinta mil combatientes que, el año anterior, habían derribado a los amonitas en torno a Jabes, tampoco poseían, evidentemente, ni espadas ni alabardas; pero poco importó entonces que no estuviesen armados más que con sus horcas, su número formidable les había valido la victoria. Con seiscientos soldados solamente, sin espadas, era otro par de mangas («otro par de mangas» — fr. «une autre paire de manches», modismo: un asunto muy distinto y mucho más difícil), y se comprende que Saúl hacía triste figura ante los filisteos acampados en Micmas.
Afortunadamente, el joven Jonatán, hijo del rey, era un boxeador de primera fuerza, a la vez que un mozo resuelto, amante de los golpes audaces. Sin decir nada a su padre, se llevó una mañana a un criado, que portaba sus armas, y fueron los dos a rondar cerca de las avanzadas del ejército filisteo. Así fue como divisaron a soldados enemigos, que se habían establecido en un lugar elevado, que dominaba las rocas de Boses y de Sene (1 Samuel 14:4). Desde su altura, los filisteos vieron a los dos hombres; «y dijeron: He aquí a los hebreos, que salen de las cavernas donde se habían escondido. Entonces, los de la avanzada interpelaron a Jonatán y al criado que lo seguía llevando sus armas: ¡Hola! les gritaron, subid, pues, hacia nosotros; os mostraremos nuestra desnudez, y nos divertiremos. Jonatán dijo a su criado: Sube tras de mí; veo que Jehová los ha entregado en nuestras manos. Y Jonatán trepó por las rocas, ayudándose con los pies y con las manos, así como su criado, que seguía llevando sus armas; y cuando estuvo junto a los de la avanzada, Jonatán se arrojó sobre ellos de improviso, aporreándolos con sus puños, y, a medida que iban cayendo, su criado que llevaba sus armas los mataba detrás de él. Mataron así a veinte hombres en la mitad de un arpent («arpent» — fr. «arpent», antigua medida agraria francesa, alrededor de media hectárea); y ésa fue la primera derrota de los filisteos.» (1 Samuel 14:11-14)

207. Jonatán cae de improviso sobre los filisteos.
Mientras tanto, Saúl, que había llamado a su lado al sumo sacerdote Ahías, se disponía a asistir a un sacrificio; y de repente, se oyó un gran rumor del lado de los filisteos. «Ahora bien, he aquí: los filisteos habían sacado sus espadas unos contra otros, y se mataban entre sí. Entonces, los israelitas que se habían escondido en las cavernas del monte de Efraín salieron de ellas, cayeron sobre los filisteos, los persiguieron y los alcanzaron, hasta Bet-avén. En aquel día, pues, Jehová libró a Israel.» (v. 20-23)
«Luego, estando los israelitas muy extenuados, Saúl hizo, con todo el pueblo, este juramento: Maldito será quien, desde ahora hasta esta tarde, haya comido de cualquier alimento; nadie comerá, hasta que la venganza haya alcanzado a los enemigos. Y el pueblo no probó ya alimento alguno. Sin embargo, el pueblo estaba entonces en un país boscoso, y en la linde del bosque había colmenas, cuya miel corría, hasta sobre la tierra del campo; pero nadie del pueblo se atrevió a tomar de esa miel y llevársela a la boca, porque todos respetaban el juramento.

208. Jonatán, hambriento, encuentra una colmena.
Ahora bien, Jonatán ignoraba el juramento que su padre había hecho jurar al pueblo; extendió la punta de su bastón, y, habiéndola mojado en un panal de miel, se llevó un poco con la mano a la boca, y he aquí que al instante sus ojos vieron mucho más claro. Entonces, un hombre del pueblo le dijo: Tu padre ha hecho jurar un juramento de maldición contra quien tomase cualquier alimento hoy. Jonatán respondió: En esto, mi padre ha turbado el país; ved, os ruego, cómo se ha aclarado mi vista, por haber probado un poco de esta miel. Si el pueblo, que está rendido de fatiga, hubiera comido bien hoy y recobrado fuerzas, ¿no habría sido mucho mayor la derrota de los filisteos?» (v. 24-30)

209. Jonatán prueba la miel.
— El pueblo acabó por seguir el consejo de Jonatán; las ovejas, los bueyes y los terneros, que formaban parte del botín tomado al enemigo, fueron degollados, y se hizo francachela. Pero lo más grave es que los judíos hambrientos comieron la carne, sin haber desangrado previamente a fondo a las víctimas; en esto, contravenían las prescripciones más formales de la ley mosaica (v. 31-32).
«Se dio parte de todo esto a Saúl en estos términos: El pueblo peca contra el Eterno, come carne con la sangre. Y Saúl dijo al pueblo: ¡Habéis transgredido la ley de Dios! Pues bien, rodad una gran piedra hacia mí, y que cada uno me traiga su toro y sus ovejas; lo degollaremos todo aquí, desangrando a las bestias; y, comiéndolas así, no pecaréis más contra el Eterno. Y cada uno del pueblo trajo su toro, de la mano, aquella noche, y todo su ganado fue degollado.» (v. 33-34). — ¡Qué hecatombe! — «Entonces, Saúl edificó un altar al Eterno. Luego, dijo: No esperemos a que amanezca; bajemos a la llanura, y acabemos esta noche con los filisteos; ¡que no sobreviva ni uno de ellos! Pero el sacrificador le dijo: No tomes ninguna decisión antes de haber consultado a Dios. Saúl consultó, pues, al Eterno, en estos términos: ¿Perseguiré a los filisteos? ¿los entregarás en manos de Israel en este día? Y Jehová, permaneciendo mudo, no le dio respuesta alguna.» (v. 35-37)
En vano Saúl pegó su oreja contra el arca santa (que el sumo sacerdote Ahías había hecho traer), en vano esperó oír la voz divina. Jehová se obstinó en su silencio. Entonces, Saúl comprendió que papá Buen Dios no estaba contento.
¿De qué podía estar enfadado maese Jehová? El sumo sacerdote Ahías, nieto de Finees, ciertamente no pinchaba en la marmita sagrada («pinchar en la marmita» — fr. «piquer dans la marmite»: servirse a hurtadillas; alusión al garfio con que los hijos de Elí sacaban la carne de las ollas de los sacrificios, 1 Samuel 2:13-14); pues no debía de ignorar que aquella gula impía le había valido a su abuelo una muerte trágica. Saúl se sentía personalmente inocente de todo pecado, y, en efecto, no había cometido ninguno que la Biblia dé a conocer. Jonatán, que había comido miel, ignorando el juramento de su padre, evidentemente no era culpable; y, por lo demás, ¿había aceptado Jehová un juramento tan absurdo? pues prohibir a las tropas que recobren fuerzas un día de combate ¡es una condenada imprudencia!... Por consiguiente, si el Eterno estaba descontento, parece que debía de ser contra el pueblo que se había atracado de la carne del ganado filisteo, sin haber desangrado antes a las bestias, contrariamente a la ley de Moisés, dictada por Dios mismo. Verdad es que aquel pueblo glotón había, inmediatamente después, en la misma noche, devorado su propio ganado conformándose esta vez a las prescripciones rituales. Si en aquel momento nuestros judíos no sufrían una indigestión, ¡es que tenían el estómago sólido!
En resumen, puesto que Jehová se negaba a responder, había que descubrir primero quién era culpable para con él.
«Entonces, Saúl dijo a todo Israel: poneos todos de un lado; y, yo y mi hijo Jonatán, nos pondremos del otro lado. El pueblo respondió a Saúl: Haz lo que bien te parezca. Y Saúl dijo al Eterno: Da a conocer al menos quién es culpable. Se echaron suertes delante del arca, y la suerte cayó sobre Jonatán y Saúl, y el pueblo escapó. Luego, Saúl dijo aún: Ahora, échese la suerte entre mí y mi hijo. Y la suerte designó a Jonatán. Entonces, Saúl dijo a su hijo: Declárame lo que has hecho. Jonatán se lo declaró: Verdad es que he gustado un poco de miel, tomada con la punta de mi vara; pues bien, sea, estoy pronto a morir. Y Saúl exclamó: ¡Que Dios me castigue severamente, si no mueres hoy, Jonatán!...

210. Saúl condena a muerte a su hijo.
Pero el pueblo imploró a Saúl, diciéndole: ¡Qué! ¿Moriría Jonatán, él que ha librado a Israel con su valor tan maravilloso? Eso no puede ser. Dios, que vive, no permitirá que un solo cabello caiga de su cabeza; porque por la protección de Dios ha realizado Jonatán su gran hazaña. Así el pueblo salvó a Jonatán de la muerte.» (1 Samuel 14:40-45)

211. Saúl perdona.
La continuación de la historia nos enseña que, habiendo renunciado Saúl a perseguir a los filisteos, éstos regresaron a su país; pero no era más que partida aplazada («no era más que partida aplazada» — fr. «ce n’était que partie remise»: la partida se jugaría en otra ocasión; asunto aplazado, no acabado). Durante un período de tiempo cuya duración no nos indica el autor sagrado, el reinado del hijo de Cis fue bastante glorioso. «Reinó, pues, Saúl sobre Israel, y por todos lados hizo la guerra con éxito contra sus enemigos, contra los moabitas, los amonitas, los idumeos, contra los reyes de Saba («Saba» — así en Taxil; las Biblias dicen «Soba», reino arameo al norte de Israel) y contra los filisteos; dondequiera que llevaba sus armas, tenía la victoria. Levantó también un gran ejército, con el cual batió a los amalecitas, y libró a Israel de la mano de los que lo saqueaban.» (v. 47-48)
El inagotable capítulo 14 nos da a conocer por fin a los principales miembros de la familia de Saúl. Su abuelo, llamado Abiel, había tenido dos hijos: Cis, ya citado, y Ner, el cual engendró a Abner; este Abner, primo hermano del rey, era el general en jefe del ejército israelita. La reina se llamaba Ahinoam y era hija de un tal Ahimaas. Independientemente de Jonatán, Saúl tuvo dos hijos, Isúi y Malquisúa, y dos hijas, Merab, la mayor, y Mical o Micol, la menor; tuvo además otros dos muchachos, Abinadab e Is-boset.
Pero he aquí que el viejo Samuel va a volver a escena por unos instantes; fue él quien hizo declarar la guerra a los amalecitas, aunque éstos se estuvieran muy tranquilos. «Samuel vino a Saúl y le dijo: El Eterno es quien me envió a ungirte; ahora bien, puesto que eres rey sobre Israel por la voluntad de Jehová, escucha lo que Jehová te ordena por mi boca, porque te repito las palabras mismas que el Eterno me ha dicho: Acabo de recordar en mi memoria que Amalec no dejó pasar por su territorio a mi pueblo, cuando venía de Egipto; es preciso, pues, ahora, matar a todos los amalecitas; que no se perdone a nadie; no codiciéis nada de lo que esa nación posee, sino destruidlo todo; matadlo todo, a las mujeres lo mismo que a los hombres, a los muchachos grandes y a los niños pequeños todavía de pecho; y matad también sus bueyes, sus ovejas, sus camellos y sus asnos.» (1 Samuel 15:1-3)
Los críticos, aun los más moderados, no hablan de este pasaje de la Biblia sino con horror. ¡Qué!, exclama sobre todo lord Bolingbroke, hacer bajar al Creador del universo a un rincón ignorado de este miserable globo, para decir a unos judíos: A propósito, ¡me acuerdo de repente de que hace unos quinientos años un pueblecillo os negó el paso! Vamos, tenéis una guerra terrible con vuestros amos los filisteos, contra los cuales os habéis rebelado; pues bien, dejad ahí esa guerra embarazosa, e idos contra ese pueblecillo, que no quiso en otro tiempo que vuestros antepasados vinieran a arrasarlo todo en su casa. ¡Masacrad hombres, mujeres, niños y ancianos! ¡degollad bueyes, vacas, cabras, camellos, asnos; pues, como estáis en guerra con el pueblo poderoso de los filisteos, bueno es que no tengáis ni bueyes ni carneros que comer, ni asnos para llevar vuestro equipaje y vuestros víveres de campaña!...
«Saúl, pues, reunió a su pueblo, convocado por los pregoneros; se pasó revista en Telaim, y se halló que la tribu de Judá había suministrado diez mil hombres prontos a combatir; el contingente suministrado por las otras tribus era de doscientos mil hombres de a pie.» (v. 4) ¡A la buena hora! («¡A la buena hora!» — fr. «À la bonne heure !», exclamación de aprobación, aquí irónica: «¡eso sí!, ¡así me gusta!») ya no estamos en los seiscientos soldados del campamento de Gilgal, aunque uno pueda preguntarse qué había sido de los otros ciento veinte mil soldados que habían librado las primeras batallas del reinado de Saúl. Hace apenas un año, el ejército israelita contaba trescientos treinta mil héroes, que habían venido a combatir a los amonitas sin tener una sola espada, una sola lanza, ¡y no le quedan a Saúl más que doscientos diez mil!... ¿Adónde ha ido a parar el resto?... ¡Ah! palomo, divino palomo, ¡qué bien se ve que eres de Tarascon-sur-Rhône, amigo mío!... («Tarascon-sur-Rhône» — alusión a Tartarín de Tarascón, el héroe fanfarrón de la novela de Alphonse Daudet; «ser de Tarascón» es, en Francia, exagerar y mentir sin medida)
La victoria del ejército judío fue resonante; los amalecitas fueron batidos a costura plana («batidos a costura plana» — fr. «battus à plate couture», literalmente «batidos hasta aplanar las costuras»: derrotados por completo), desde Havila hasta Shur: Saúl hizo prisioneros en número prodigioso, y los israelitas masacraron a sus cautivos sin piedad alguna.

212. Saúl trae prisioneros a los amalecitas
Sin embargo, Saúl perdonó al rey Agag, juzgando sin duda que debía hacer un acto de camaradería con un particular del mismo grado que él.

213. El rey Agag es perdonado.
Esta clemencia ofendió al padre Sabaot. Se apareció a Samuel y le dijo: «Me arrepiento de haber establecido rey a Saúl; porque se ha apartado de mí, no ejecutando enteramente mis órdenes. Entonces, Samuel tuvo un gran dolor, y pasó toda aquella noche gritando hacia el cielo.» (1 Samuel 15:10-11)

214. Desesperación de Samuel.
¿Cuáles fueron las consecuencias de esta aparición divina y de esta noche de aullidos?... Este capítulo de la Biblia ha sido presentado por Voltaire de una manera sobrecogedora en su drama Saúl.
La escena pasa en Gilgal, y la acción se abre con un coloquio entre el rey judío y Baza, su confidente.
Baza. — ¡Oh gran Saúl! ¡oh el más poderoso de los reyes!, usted que reina sobre los tres lagos, en el espacio de más de quinientos estadios, usted, vencedor del generoso Agag, rey de Amalec, cuyos capitanes iban montados en los más poderosos asnos, así como los cincuenta hijos de Amalec; usted a quien Adonaí hizo triunfar a la vez de Dagón y de Belcebú; usted que, sin duda, pondrá bajo sus leyes toda la tierra, como Dios lo ha prometido tantas veces, ¿qué pena podría turbarle en medio de tan nobles triunfos y de tan grandes esperanzas?
Saúl. — ¡Oh mi querido Baza! ¡mil veces feliz aquel que conduce en paz los rebaños balantes de Benjamín y prensa la dulce uva del valle de Engadi!... ¡Ay! yo buscaba las asnas de mi padre, y hallé un reino; desde aquel día, no he conocido más que tristeza... ¡Pluguiera a Dios, al contrario, que hubiese buscado un reino y hallado asnas! habría hecho mejor negocio... Samuel, tú lo sabes, me ungió a pesar suyo; hizo cuanto pudo para impedir que el pueblo escogiera un príncipe, y en cuanto fui elegido, se convirtió en el más cruel de todos mis enemigos...
Baza. — Bien debía usted esperarlo; él era sacerdote, y usted era guerrero; él gobernaba antes que usted: siempre se odia al sucesor.
Saúl. — ¡Eh! ¿podía esperar gobernar más tiempo? Había asociado a su poder a sus indignos hijos, igualmente corrompidos y corruptores, que vendían públicamente la justicia: toda la nación se levantó contra ese poder sacerdotal. Se sacó un rey a suertes: los dados sagrados anunciaron la voluntad del cielo; el pueblo la ratificó, y Samuel se estremeció. No le basta odiar en mí a un príncipe escogido por el cielo, odia además al profeta; pues sabe que, como él, tengo el nombre de vidente, que he profetizado como él; y ese nuevo proverbio, difundido en Israel, Saúl también está entre los profetas, ofende demasiado sus oídos soberbios. Todavía se le respeta; para mi desgracia es sacerdote, es peligroso.
Baza. — Vuestra Alteza Real está demasiado bien afianzada por sus victorias, y el rey Agag, su ilustre prisionero, le es aquí garantía segura de la fidelidad de su pueblo, igualmente encantado de su victoria y de su clemencia... He aquí que lo traen ante Vuestra Alteza Real.
Entrada de Agag, rodeado de soldados.
Agag. — Dulce y poderoso vencedor, modelo de príncipes, que sabe vencer y perdonar, me arrojo a sus sagradas rodillas; dígnese ordenar usted mismo lo que debo dar por mi rescate; seré en adelante un vecino, un aliado fiel, un vasallo sumiso; ya no veo en usted más que un bienhechor y un amo: admiraré, amaré en usted la imagen del Dios que castiga y perdona.
Saúl. — Ilustre príncipe, a quien la desgracia hace aún más grande, no he hecho más que mi deber salvando sus días: los reyes deben respetar a sus semejantes; quien se venga después de la victoria es indigno de vencer; no pongo a rescate su persona, es de un precio inestimable. Sea libre; los tributos que pague a Israel serán menos señales de sumisión que de amistad: así es como los reyes deben tratar entre sí.
Agag. — ¡Oh virtud! ¡oh grandeza de ánimo! ¡qué poderosa eres sobre mi corazón! Viviré, moriré súbdito del gran Saúl, y todos mis Estados son suyos.
Sobreviene Samuel, acompañado de sacerdotes.
Saúl. — Samuel, ¿qué noticias me trae usted? ¿Viene de parte de Dios, de la del pueblo, o de la suya?
SAMUEL. — De parte de Dios.
Saúl. — ¿Qué ordena?
Samuel. — Me ordena decirle que se ha arrepentido de haberle hecho reinar.
Saúl. — ¡Dios, arrepentirse!... Sólo los que cometen faltas se arrepienten. Dios no puede cometer faltas.
Samuel. — Puede arrepentirse de haber puesto en el trono a los que las cometen.
Saúl. — ¡Eh! ¿qué hombre no las comete?... Hable, ¿de qué soy culpable?
Samuel. — De haber perdonado a un rey.
Agag. — ¡Cómo! ¿la más bella de las virtudes sería considerada entre vosotros como un crimen?
Samuel, a Agag. — Cállate, no blasfemes. (A Saúl:) Saúl, hasta aquí rey de los judíos, ¿no le había ordenado Dios, por mi boca, degollar a todos los amalecitas, sin perdonar ni a las mujeres, ni a las muchachas, ni a los niños de pecho?
Agag. — ¡Tu Dios te había ordenado eso!... Te has equivocado, querías decir tu diablo.
Samuel, a sus sacerdotes. — Preparaos a obedecerme... Y usted, Saúl, ¿ha obedecido a Dios?
Saúl. — No creí que semejante orden fuese positiva; pensé que la bondad era el primer atributo del Ser supremo; que un corazón compasivo no podía desagradarle.
Samuel. — Se ha equivocado usted, hombre infiel: Dios le reprueba, su cetro pasará a otras manos.
Baza, a Saúl. — ¡Qué insolencia!... Señor, permítame castigar a ese sacerdote bárbaro.
Saúl. — Guárdese muy bien de ello; ¿no ve que le sigue todo el pueblo, y que seríamos lapidados si yo resistiera, pues en efecto yo había prometido...
Baza. — ¡Había prometido usted una cosa abominable!
Saúl. — No importa; los judíos son más abominables todavía; tomarán la defensa de Samuel contra mí.
Baza, aparte. — ¡Ah! príncipe desdichado, no tienes valor más que a la cabeza de los ejércitos.
Saúl. — ¡Pues bien! sacerdotes, ¿qué es preciso que haga?
Samuel. — Voy a mostrarte cómo se obedece al Señor... (A sus sacerdotes:) ¡Oh sacerdotes sagrados, hijos de Leví!, desplegad aquí vuestro celo: que se traiga una mesa; que se tienda sobre esa mesa a ese rey, cuyo prepucio es un crimen ante el Señor... Los sacerdotes se apoderan de Agag y lo atan sobre la mesa.
Agag. — ¿Qué queréis de mí, monstruos despiadados?
Saúl. — Augusto Samuel, en nombre del Señor...
Samuel, — No lo invoque, es usted indigno de ello, quédese aquí, él se lo ordena; sea testigo del sacrificio, que, tal vez, expiará su crimen.
Agag, a Samuel. — ¿Así pues vais a darme la muerte?... ¡Oh muerte, qué amarga eres!
Samuel. — ¡Sí, estás gordo! y tu holocausto será por ello más agradable al Señor.
Agag. — ¡Ay! Saúl, ¡cuánto te compadezco por estar sometido a semejantes monstruos!
Samuel, a Agag. — Escucha, vas a morir: ¿quieres ser judío? ¿quieres hacerte circuncidar?
Agag. — Y, si yo fuera lo bastante débil para ser de tu religión, ¿me darías la vida?
Samuel. — No; tendrás la satisfacción de morir judío, y es bastante.
Agag. — ¡Herid, pues, verdugos!
Samuel. — Dadme esa hacha, en nombre del Señor; y mientras yo corte un brazo, cortad una pierna, y así sucesivamente pedazo a pedazo,
Los sacerdotes golpean todos a la vez, con Samuel, en nombre de Adonaí.
Agag. — ¡Oh muerte! ¡oh tormentos! ¡oh bárbaros!
Saúl. — ¡Que haya de ser yo testigo de una abominación tan horrible!
Baza. — Dios le castigará por haberla consentido.
Samuel, a los sacerdotes. — Llevaos ese cuerpo y esa mesa; que se quemen los restos de ese infiel, y que sus carnes sirvan para alimentar a nuestros servidores... (A Saúl:) Y usted, príncipe, aprenda para siempre que obediencia vale aún más que sacrificio.
Saúl, arrojándose en un sillón. — Me muero; no podré sobrevivir a tantos horrores y a tanta vergüenza.
Sería un error creer en una exageración en esta puesta en escena.
El capítulo 15 del 1.er libro de Samuel, representa en efecto el degüello de Agag, masacrado de la manera más bárbara, con una crueldad de la que hay pocos ejemplos, estando el profeta mismo en el número de los verdugos y presidiendo el suplicio.

215. Samuel hace pedazos al rey Agag.
Además, Samuel declaró a Saúl que a partir de aquel momento estaba destituido, que Jehová lo había desechado. «Y como Samuel se volvía para irse, Saúl, queriendo retenerlo, lo asió por la orla de su manto, que se rasgó. Entonces el profeta dijo al rey: Así como has rasgado mi manto, así será rasgado tu reino.» (1 Samuel 15:27-28).

216. Samuel declara a Saúl destituido.
Luego, sin perder tiempo, Samuel se dirigió a Belén. Allí, hizo comparecer ante él a un tal señor Isaí, descendiente de Booz, y a toda su familia. Tras una purificación general, seguida de un sacrificio, Samuel dijo a Isaí: «¿Son éstos todos tus hijos? Isaí le respondió: Queda todavía uno muy pequeño, que guarda las ovejas. Hazle venir, replicó Samuel; porque no nos sentaremos a la mesa antes de que esté aquí presente. Trajeron, pues, al muchacho; éste era pelirrojo («pelirrojo» — fr. «roux»; la Reina-Valera dice «rubio») y de lindo rostro. Y Jehová dijo a Samuel: He aquí precisamente al que debes ungir. Entonces, Samuel tomó un cuerno lleno de aceite, que había traído, y ungió a David en medio de sus hermanos. Desde entonces, el soplo del Señor sopló sobre David y no sopló más sobre Saúl; por añadidura, Jehová envió a Saúl un mal espíritu, y Saúl tuvo el cerebro turbado.» (1 Samuel 16:11-14)

217. David, niño, coronado por Samuel.
Los críticos hacen notar, como cosa asombrosa, que Dios haya hablado a Samuel en casa del padre mismo de David, delante de toda la casa, sin que el autor sagrado diga explícitamente si hubo o no una aparición. La opinión de los teólogos es que Jehová hablaba interiormente a su profeta; pero entonces ¿cómo podían adivinar los asistentes que tenía una misión particular y divina? Todos los judíos, dice Voltaire, debían saber que Saúl reinaba, puesto que Samuel había derramado aceite sobre su cabeza. Ahora bien, cuando hizo otro tanto con David, su padre, su madre, sus hermanos y los asistentes debieron de darse cuenta de que instituía un rey nuevo, y de que con ello exponía a toda la familia a la venganza de Saúl; hay ahí alguna dificultad. Boulanger dice que nunca hubo escena del teatro italiano («teatro italiano» — la Comédie-Italienne de París, teatro de farsas al estilo de la commedia dell’arte) más cómica que la de un cura de aldea que viene a casa de un campesino, con una botella de aceite en el bolsillo, a ungir a un muchachito pelirrojo, y hacer así una revolución en el Estado; este crítico añade que ese Estado y ese muchachito pelirrojo no merecían otro historiador.
«Ahora bien, los oficiales de Saúl le dijeron: Ves que un mal soplo de Dios te turba; si te place, tus servidores irán a buscar un tañedor de arpa, a fin de que, cuando el mal soplo de Dios más te turbe, ese músico te alivie tocando el arpa con su mano. Saúl dijo, pues, a sus servidores: Id a buscarme a alguien que sepa tañer bien el arpa. Pero uno de los servidores le dijo: Hay, en Belén, uno de los hijos de un tal Isaí, a quien he visto y que toca el arpa como verdadero artista; es un joven robusto, valiente guerrero, que se expresa con elocuencia, y muy lindo muchacho; además, Dios está con él. Entonces, Saúl envió mensajeros a Isaí para decirle: Envíame a tu hijo David, el que guarda tus ovejas. Isaí tomó en seguida un asno, que cargó de pan y de un barril de vino, y un cabrito, e hizo entregar por David estos presentes a Saúl. Y cuando David se presentó, Saúl sintió por él un gran afecto y lo nombró su escudero; y envió a decir a Isaí: Te ruego que dejes a David a mi servicio; porque me agrada mucho. Cuando, pues, el mal soplo de Dios turbaba a Saúl, David tomaba un arpa y la tocaba, y Saúl quedaba aliviado, y el mal soplo cesaba de soplar.» (v. 15-23)

218. David toca el arpa para distraer a Saúl.
¡Qué méli-mélo, esta historia!... («méli-mélo» — fr., voz familiar: mezcolanza confusa, embrollo) David, de quien el autor sagrado hace un simple pastor, es al mismo tiempo un arpista de talento de los más distinguidos; ¡y si al menos, al llevar a pacer las ovejas, se hubiera contentado con tocar la flauta! pero no, es la enorme y estorbosa arpa lo que acarrea consigo a través de las áridas montañas de Judea. Luego, se nos da a David como muy joven; ¿cómo puede entonces calificarse a ese muchachito de valiente guerrero?... Otra observación: el oficial de Saúl, que está tan bien informado acerca de David, ¿ignora acaso que el adolescente ha sido ungido por Samuel y que es, por consiguiente, un peligroso competidor?... ¡Y esos presentes de Isaí al jefe del Estado son harto ridículos! pan, un barril de vino y un cabrito, ¡eso es lo que se ofrece a un soberano, para conciliarse sus buenas gracias!... ¿Qué decir, en fin, de Jehová, que se pasa el tiempo propinando ataques de nervios a Saúl y curándolo de ellos momentáneamente con la música de su rival? ¡Todo eso es de un grotesco insensato!...
«Entretanto, los filisteos reunieron todos sus ejércitos para librar un gran combate a Israel; establecieron su campamento entre Soco y Azeca, en la frontera de Damim. Saúl y los judíos se reunieron también, y acamparon en el valle del Roble («valle del Roble» — fr. «vallée du Chêne»; el hebreo Ela significa «terebinto»; la Reina-Valera dice «valle de Ela»). Los filisteos estaban en una montaña y los israelitas estaban en otra montaña, enfrente. Y aconteció que un bastardo («bastardo» — fr. «bâtard», que sigue a la Vulgata, «vir spurius», hombre bastardo; el hebreo dice «campeón» y la Reina-Valera «un varón») salió del campamento filisteo y vino a presentarse entre los dos ejércitos; se llamaba Goliat; era de Gat, y tenía seis codos y un palmo de alto (¡poco más de cuatro metros!); un casco de bronce protegía su cabeza, y su coraza, hecha de escamas, que llevaba sobre el pecho pesaba cinco mil siclos de bronce, ella sola (sesenta kilogramos); tenía también botas de bronce, y un gran escudo de bronce cubría sus hombros; el asta de su lanza era tan voluminosa como el enjullo de un tejedor; el hierro de esa lanza pesaba seiscientos siclos de hierro (diez kilogramos). Ese gigante venía a gritar delante de las falanges de Israel: Escoged, pues, a alguien de entre vosotros para combatir contra mí; si me mata, seremos vuestros esclavos; pero, si yo lo mato, vosotros seréis nuestros esclavos. Y ese filisteo se jactaba así cada día de haber deshonrado a Israel, y todos los judíos, habiendo oído la voz de ese gigante filisteo que los desafiaba, estaban estupefactos y temblaban de miedo.» (1 Samuel 17:1-11)
Este gigante Goliat, que tenía más de cuatro metros de alto, no debe parecer extraordinario, después de los otros gigantes que hemos visto en el Génesis. Verdad es que hoy ya no vemos hombres de esa talla; tal es incluso la constitución del cuerpo humano, que esa excesiva altura, al trastornar todas las proporciones, haría a ese gigante muy débil, e incapaz de sostenerse. — Hay que mirar a Goliat como un prodigio que Dios suscitaba para manifestar la gloria de David, dice irónicamente Voltaire.
«Ahora bien, David era hijo de aquel efrateo de Belén, de quien se ha hablado, el cual se llamaba Isaí y era muy viejo, con ocho hijos. Los tres hijos mayores, Eliab, Abinadab y Sama, habían tomado su puesto en el ejército de Saúl para combatir en aquella guerra; pero David, que era el menor, iba y volvía de junto a Saúl para llevar a pacer las ovejas de su padre, en Belén.» (v. 12-15) — ¡Raro, este David, a quien el rey ha hecho su escudero, y que, en plena guerra, deja de vez en cuando su servicio para ir a guardar rebaños! — «Y el gigante filisteo renovaba mañana y tarde sus desafíos a los soldados judíos, y permaneció allí de pie durante cuarenta días. Entonces, Isaí dijo a David su hijo: Toma, coge un litro de harina de cebada y diez panes, y corre a tus hermanos al campamento; lleva también diez quesos a su capitán, visita a tus hermanos, y mira un poco cómo se portan. Ahora bien, Saúl y sus tropas seguían en el valle del Roble («valle del Roble» — fr. «vallée du Chêne», lectura de la Biblia de Ostervald; la Reina-Valera dice «valle de Ela», nombre hebreo que significa «terebinto»). David, pues, partió un día, de buena mañana, después de haber dejado sus ovejas al cuidado de otro; se fue todo cargado, como su padre le había dicho, y llegó hasta el lugar llamado Magala, adonde el ejército se había adelantado para pedir la batalla, y que ya gritaba batalla; porque los israelitas y los filisteos estaban frente a frente. Por lo cual David, habiendo dejado en el bagaje todo lo que había traído, corrió al lugar donde los israelitas y sus enemigos estaban formados, unos frente a otros, en orden de batalla, y su primer cuidado fue preguntar cómo se portaban sus hermanos. Mientras hablaba, he aquí que el bastardo Goliat salió de las filas filisteas y vino a recomenzar sus bravatas; lo que hizo inmediatamente volver la espalda a todos los judíos, que retrocedieron temblando de miedo.» (1 Samuel 17:16-24)
«Entonces, un hombre de Israel se puso a decir: ¿Veis a ese filisteo que viene a insultar a toda nuestra nación? Si se halla alguien que pueda matarlo, el rey lo enriquecerá con inmensas riquezas, y le dará su hija, y su familia quedará exenta de todo impuesto en Israel. Por su parte, David preguntaba a su alrededor, dirigiéndose a unos y a otros: ¿Qué se dará al que mate a ese gran bribón incircunciso? El pueblo le repitió lo que acaba de decirse.» (v. 25-27) — Según este texto, David apenas parece querer combatir por amor a su patria, sino más bien por la esperanza de la ganancia. — «Pero, cuando Eliab, su hermano mayor, conoció las palabras que David decía, se enfureció mucho contra él: ¿Por qué has venido aquí? dijo; ¡no tenemos sino pocas ovejas en el campo, y las has dejado! Pero David respondió: ¿Qué he hecho de malo? ¿Hay de qué enfadarse? Y, habiéndose alejado, fue hacia otros, les hizo la misma pregunta y recibió la misma respuesta.» (v. 28-30)
«Las palabras de David fueron referidas al rey, que lo hizo venir. Y David dijo a Saúl: Que nadie tenga el corazón turbado a causa de Goliat; porque iré yo, tu siervo, y combatiré a ese filisteo. Pero Saúl le habló así: No podrías luchar contra ese enemigo terrible, puesto que no eres sino un niño y que él, al contrario, es un hombre de guerra desde su juventud. David respondió al rey: Hace algún tiempo, mientras apacentaba las ovejas de mi padre, sobrevinieron un león y un oso, y se llevaron una oveja del rebaño; pero corrí tras ellos, los golpeé con redoblados golpes, y arranqué la oveja de sus fauces; y, como se alzaban los dos contra mí, los agarré con cada mano al uno y al otro por la quijada, y los golpeé todavía más fuerte, tanto que los maté. Tu siervo, pues, ha matado a un león y a un oso; y ese filisteo, cuyo prepucio no ha sido cortado, será tratado como esos animales, porque ha insultado al ejército del Dios viviente. David dijo además: Jehová, que me ha librado de la garra del león y de la zarpa del oso, me librará de la mano de ese incircunciso. Entonces, Saúl dijo a David: ¡Ve, y que Jehová sea contigo!» (1 Samuel 17:31-37)
Ya se ve, el rey Saúl había quedado pasmado, y, en su lugar, uno lo habría quedado por menos; en efecto, el relato del rapaz era pasmoso. Imaginad por un instante que sois espectadores de esta aventura: el león y el oso arrojándose a la vez sobre una misma oveja del rebaño del padre Isaí, cuando les habría sido más cómodo coger cada uno la suya; las dos bestias feroces alejándose con su presa, que se disponen a devorar, el león teniéndola por la cabeza, y el oso por los cuartos traseros; a esto, el pastorcillo lanzándose en persecución de los terribles raptores, disputándoles la oveja, pegando con el puño y con el pie, ¡y agarrándolos por la quijada! ¡Qué cuadro!... Encontrad, pues, semejantes hazañas en otra parte que no sea la Biblia; os desafío a ello. ¡Oh Tartarín, he aquí a tu maestro: el joven David! («Tartarín» — fr. «Tartarin»: Tartarin de Tarascon, el fanfarrón cazador de leones de la novela de Alphonse Daudet, 1872)
Por la historia de Sansón, habíamos aprendido que el león se encontraba en Palestina. Ya era una sorpresa para el lector. Pero, con David, ¡encontramos juntos el león y el oso!... Los naturalistas afirman que donde vive el león no hay osos, y recíprocamente. ¡Zut para los naturalistas! («¡Zut!» — fr. «zut !», interjección familiar de desdén o fastidio: «¡al diablo con los naturalistas!») He ahí su ciencia en falta. ¡Oh divino palomo, ya no te queda más que darnos a conocer el oso del Ecuador y el león del polo Norte!
«Saúl, entonces, hizo armar a David con sus propias armas; le puso su yelmo de bronce sobre la cabeza y lo revistió de su coraza. Y David, habiéndose ceñido la espada por encima de su túnica, comenzó a probar si podía andar con armas; porque no estaba acostumbrado a ello.» (1 Samuel 17:38-39) — ¿No acostumbrado al manejo de las armas?... Sea; pero entonces ¿por qué el versículo 18 del capítulo precedente representa a David como conocido por «valiente guerrero» desde hacía mucho tiempo? — «David dijo, pues, a Saúl: No podría andar con armas, no teniendo la costumbre. Y se las quitó. Luego, volvió a tomar su cayado de pastor, se escogió cinco piedras en un torrente vecino, las metió en su zurrón, y, teniendo su honda en la mano, marchó contra el gigante filisteo. El filisteo, precedido de su escudero, avanzó también al encuentro de David.» (v. 39-41)
¿El escudero de Goliat?... Solo se habla de él en la Biblia, texto in-extenso; ese escudero está suprimido limpiamente en los manuales de historia sagrada para uso de los fieles, y allí Goliat no es más que un simple soldado de infantería. ¿Por qué, pues, los sacerdotes modernos han practicado ese corte en el texto sagrado? El escudero del gigante filisteo no merecía, sin embargo, desaparecer así, de una manera tan arbitraria. En efecto, en los ejércitos de antaño, el escudero era el soldado que acompañaba a un oficial a caballo y que cuidaba de su montura; en nuestros días, se le llamaría el ordenanza de oficial de caballería. Ahora bien, si Goliat tenía un escudero adscrito especialmente a su servicio, es que era oficial en el ejército filisteo; la Biblia dice, por lo demás, en varios lugares, que había una poderosa caballería entre los filisteos. ¡Y el inefable palomo-pato («palomo-pato» — fr. «pigeon-canard»; «canard» significa en francés, además de «pato», una noticia falsa, un bulo), que nos ha asegurado hace un momento que Goliat tenía más de cuatro metros de alto, ha olvidado darnos a conocer las proporciones gigantescas de su caballo! Es evidente que el caballo de Goliat debía de ser gigante, él también. ¡Y la Sagrada Escritura no nos indica la comarca que producía sementales tan fenomenales, caballos de talla capaz de llevar jinetes de seis codos y un palmo de alto!... ¡Deplorable laguna!...
Reanudemos el relato bíblico: «Entonces, el gigante filisteo echó una mirada sobre David, y, viendo que era un adolescente de cabellos rojos y de lindo rostro, le mostró su desprecio. ¿Soy yo un perro, le dijo, para que vengas contra mí con un palo? Y maldijo a David, jurando por el nombre de sus dioses. Luego, le dijo además: Pues bien, ven, y daré tu carne a las aves del cielo y a las bestias del campo. David respondió a Goliat: Tú marchas contra mí con tu espada, tu lanza y tu escudo; pero yo marcho contra ti en nombre de Sabaot, dios de los ejércitos de Israel, dios de esas tropas formadas en batalla que has insultado; y, como el Señor te entregará hoy en mis manos, yo soy quien te abatirá, yo soy quien, después de haberte cortado la cabeza, dará tu carne a las aves de los cielos y a los animales de la tierra; ¡y el mundo entero sabrá que Israel tiene un dios!...

219. Combate de Goliat y de David.
Y David, habiendo corrido contra Goliat, metió la mano en su zurrón, tomó una piedra, y la lanzó con su honda; y esa piedra alcanzó al gigante en la frente, donde se hundió, tanto que el filisteo cayó con el rostro contra el suelo. Luego, David se arrojó sobre Goliat, tomó su espada, la sacó de la vaina, lo mató y le cortó la cabeza. Y los filisteos, habiendo visto que su gigante estaba muerto, huyeron.

220. Muerte de Goliat.
Entonces, los soldados de Israel y de Judá, que se habían quedado sentados, se levantaron dando gritos de alegría y se pusieron a perseguir a los filisteos, y estos, cayendo heridos de muerte bajo sus golpes, sembraron el camino de Saaraim hasta Gat y hasta Ecrón; después de lo cual, los judíos saquearon el campamento filisteo» (1 Samuel 17:42-53)
«Y David tomó las armas del gigante y las puso en su tienda; tomó también la cabeza de Goliat y la llevó a Jerusalén.» (v. 54) — ¡Tiens! («Tiens!» — fr. interjección de sorpresa, literalmente «¡ten!»: ¡mira!, ¡hombre!) ¿conque tenía de repente una tienda, el joven David?... ¿Y fue a Jerusalén adonde fue, como triunfador, a llevar la cabeza del gigante filisteo? Esto es más extraño todavía, puesto que Jerusalén no pertenecía en aquella época a los judíos; veremos más adelante cómo esa ciudad no fue tomada sino más tarde por David, después de la muerte de Saúl. ¡Pero empezamos a acostumbrarnos a las contradicciones del Espíritu Santo! «— Ahora bien, cuando Saúl había visto a David marchar contra Goliat, dijo a Abner, general del ejército israelita: ¿Quién es ese adolescente? ¿de qué padre es hijo? Abner le respondió: Tan cierto como que tu alma vive, oh rey, no sé nada de ello. El rey replicó: Infórmate en seguida, para que yo sepa a qué familia pertenece ese adolescente. Tan pronto, pues, como David volvió del combate, Abner condujo a Saúl al joven, que tenía en la mano la cabeza del gigante. Y Saúl le dijo: ¿De quién eres hijo? David respondió: Mi padre se llama Isaí, tu siervo, y habita en Belén.» (1 Samuel 17:55-58)
¡Ah çà! («Ah çà!» — interjección francesa de sorpresa e indignación) ¿qué es toda esta machaconería incoherente?... ¿Dónde tiene la cabeza el divino inspirador de la Biblia?... En el capítulo precedente, se nos ha contado, con los más minuciosos detalles, que Saúl, para calmar sus nervios, ha preguntado por un buen tañedor de arpa; uno de sus oficiales le ha procurado uno, que es David, y el rey ha sido informado sobre su familia; mejor aún, Saúl ha enviado a Isaí un mensajero para rogar al buen viejo que le deje a su hijo, porque le gustaba mucho; el palomo nos ha dicho además que David iba y venía a menudo de junto a Saúl a Belén y que hacía así la lanzadera entre la corte real y las ovejas paternas. ¡Y he aquí que ni Saúl, ni Abner, ni ningún oficial del rey saben quién es David, en el momento de su lucha contra Goliat! ¡He aquí al tañedor de arpa del rey, al escudero de Saúl, convertido de repente en un desconocido!... ¿Qué pensar de este galimatías?... Cuando dictó a Samuel este capítulo 17, ¿no habría el divino palomo, aquel día, absorbido un poco de cañamón de más?... ¡Sería de creer, a fe mía!
Resignémonos, y prosigamos la edificante lectura. Sin preocuparse lo más mínimo de sus contradicciones, el autor sagrado nos enseña (1 Samuel 18:2) que, esta vez, Saúl no quiso permitir ya a David volver a casa de su padre. Por otra parte, Jonatán fue presa de repente de una viva amistad por el joven tañedor de arpa, cuya presencia en la corte había ignorado, él también, en los tiempos anteriores: «Tan pronto como David hubo acabado de hablar a Saúl, el alma de Jonatán quedó tan ligada a su alma, que Jonatán lo amó como a su alma; y Jonatán hizo alianza con David, porque lo amaba como a su alma; y Jonatán se despojó del manto que llevaba, y se lo regaló a David, y le dio además todos sus vestidos, hasta su espada, su arco y su talabarte.» (1 Samuel 18:3-4). — ¡Eso es amistad! ¿Qué debieron de pensar el general Abner, los capitanes, los cortesanos, al ver al hijo del rey desnudarse, no guardar más que su camisa (al menos, es conveniente suponerlo) y ofrecer sus armas y todos sus vestidos al feliz vencedor de Goliat?... Desgraciadamente, la Biblia olvida comunicarnos las reflexiones de los altos personajes que asistieron a esta escena impagable.
Una nueva existencia comenzaba, pues, para el rapaz, a quien Samuel había consagrado rey, y que, poco inclinado por el momento a entrar en competencia con Saúl, se limitaba a servirle de escudero y de músico: pero, a pesar de este retraimiento, David no iba a tardar en hacer sombra a Su Majestad.
«Ahora bien, cuando volvían, algún tiempo después de la derrota del gigante filisteo, salieron, de todas las ciudades de Israel, mujeres en gran número, que fueron a su encuentro aclamando a David; y he aquí que esas mujeres se pusieron a cantar y a danzar alegremente, con tambores y címbalos; y, mientras tocaban sus instrumentos, se gritaban las unas a las otras: ¡Saúl ha matado a mil, pero David ha matado a diez mil!» (v. 6-7)

221. El triunfo de David.
Era difícil admitir que el difunto Goliat, por gigante que fuese, representase diez mil hombres, él solo. Así, Saúl, que se había distinguido en la guerra por hazañas multiplicadas, halló que la ovación hecha a su escudero arpista salía de los límites razonables y tomaba un carácter ofensivo para él. «Estas palabras de las mujeres de Israel desagradaron al rey, y quedó muy irritado por ellas.» (v. 8) — «Desde aquel día, Saúl vio a David con malos ojos.» (v. 9).
«Y aconteció, desde el día siguiente, que el mal soplo de Dios sopló sobre Saúl; entonces, David tocó el arpa, como los otros días. Pero Saúl tenía su lanza en la mano, y la lanzó de pronto contra la pared, diciéndose para sí: Al alcanzar esa pared, mi arma traspasará a David. Ahora bien, este, que era ágil, evitó dos veces el golpe, apartándose.» (1 Samuel 18:10-11)

222. Los celos de Saúl.
Poco después, el rey, para alejar de sí al joven, lo nombró capitán y lo puso a la cabeza de mil hombres (v. 13), y David, «a quien todo le salía bien», se hizo cada vez más popular entre los hijos de Israel, y su nombre comenzó a ser conocido fuera de la nación. Vamos a ver pronto que el señor Jehová multiplicó las pruebas de su protección hacia David.
Habiéndolo hecho llamar un día, Saúl le dijo: «Escucha, te daré por mujer a mi hija mayor Merab, y así, tú que eres valiente, serás para mí otro hijo, y dirigirás las batallas de Israel» (v. 17); en el fondo, Saúl se decía que los filisteos acabarían por librarlo de David. «¡Soy tan poca cosa para llegar a ser el yerno del rey!» respondió David (v. 18). Se guardaba muy bien de revelar que Samuel lo había ungido. «Ahora bien, cuando llegó la época en que Saúl debía dar su hija Merab a David, la casó con Adriel meholatita» (v. 19); el autor sagrado no dice por qué. «Pero Mical, segunda hija de Saúl, se enamoró de David, y se lo hizo saber a su padre; entonces Saúl quedó muy contento, y dijo a David: Serás mi yerno hoy mismo.» (v. 20-21). Es probable, según lo que sigue, que el vencedor de Goliat no habría pedido nada mejor que casarse con Mical en seguida; pero Saúl había hablado al aire, según parece, o bien lamentó haberse mostrado tan apresurado. En efecto, en cuanto tuvo el consentimiento del joven, se puso a exigirle cosas extraordinarias.
¡Nunca se adivinaría qué condición hizo poner Saúl a David para aceptarlo definitivamente! «Saúl dijo a aquellos de sus siervos que envió a David: Le diréis que el rey pide por dote cien prepucios de filisteos.» (v. 25) En otros términos, el rey no quería dotar a Mical; a su juicio, era David quien debía constituir una dote a su mujer; ¡y qué dote!... ¡Cien prepucios!... No se ve muy bien para qué habrían podido servir tantos prepucios en el nuevo hogar... «Entonces, antes de que se cumplieran los días fijados, David se fue al país de los filisteos, acompañado de su tropa; allí, mató a doscientos hombres. Luego, cortó sus prepucios, los trajo y los entregó bien contados (sic) al rey, a fin de ser su yerno. Y Saúl le dio por mujer a su hija Mical.» (1 Samuel 18:26-27) — Uno se imagina la sesión de firma del contrato, el notario real contando gravemente los doscientos prepucios, ¡y la enamorada Mical arrullando a David y toda feliz de tener tan hermoso regalo de bodas!

224. David y Mical.
En cuanto a los filisteos, hallaron de muy mal gusto que se viniera a abastecerse de prepucios en su casa, y la guerra recomenzó. «Los capitanes filisteos salieron a campaña; y en cuanto hubieron salido, David tuvo más victorias que todos los oficiales de Saúl; y su nombre fue tenido en muy grande estima.» (1 Samuel 18:30)
Fue en aquel tiempo cuando el rey tenía frecuentes períodos de chifladura («chifladura» — fr. «maboulisme», neologismo jocoso formado sobre «maboul», chiflado, en el argot parisino); pero uno se pregunta por qué el escritor bíblico se ingenia en pintar al infortunado monarca con los más feos colores. Según el texto mismo, es Jehová quien, por momentos, soplaba con un mal soplo sobre Saúl; es, pues, Dios en persona quien lo volvía chiflado («chiflado» — fr. «loufoc», argot: chalado, tocado de la cabeza). Un loco no es responsable de sus locuras, y Saúl menos que cualquier otro, por consiguiente.
«Entonces Saúl habló a Jonatán, su hijo, y a todos sus oficiales, de hacer morir a David; pero Jonatán amaba mucho a David; por lo cual le dio a conocer el peligro de muerte que corría, por el hecho de la enemistad de su padre.» (1 Samuel 19:1-2). Además, el buen Jonatán intentó una reconciliación. «Habló, pues, favorablemente de David a Saúl su padre, y le dijo: Que el rey no peque contra David su siervo; porque él no ha pecado contra ti, y aun lo que ha hecho te es muy ventajoso, puesto que ha expuesto su vida y ha matado al gigante filisteo; tú lo has visto y te has alegrado de ello; ¿por qué, pues, pecarías contra la sangre inocente, haciendo morir a David sin causa? Saúl prestó oído a la voz de su hijo, y juró diciendo: ¡Por el Dios viviente, David no morirá! Entonces, Jonatán llamó a David y le hizo el relato de las nuevas disposiciones del rey. Llevó en seguida a David a Saúl, y David reanudó como antes su servicio junto al rey.» (19:4-7 )

223. Jonatán intenta reconciliar a Saúl con David.
Ya se ve, el odio abandonaba al monarca en cuanto estaba en su estado natural; es solamente en el curso de sus accesos, «cuando Jehová soplaba sobre él con un soplo malo», es entonces cuando Saúl formaba proyectos homicidas contra su yerno.
Sin embargo, la guerra con los filisteos estaba en pleno auge, y el arpista hallaba a veces tiempo para infligir una derrota al enemigo, entre dos serenatas.
«Pero he aquí que el mal soplo de Dios sopló de nuevo sobre Saúl, un día que estaba sentado en su palacio, con su lanza en la mano, mientras escuchaba la música de David.» (v. 9) ¡El lector ya se espera lo que va a suceder! «Entonces, mientras David pulsaba el arpa, Saúl intentó otra vez clavarlo contra el muro con su lanza; pero David se apartó ágilmente, y Saúl, sin alcanzar a su yerno, plantó su arma en la pared; después de lo cual, habiendo escapado así a la muerte, David emprendió la huida.» (v. 10)
Fue en casa de su tierna esposa donde el joven capitán arpista se refugió; la amable Mical lo consoló lo mejor que pudo. «Pero, aquella noche, Saúl envió gente a la casa de David, con orden de quedarse vigilando, a fin de poder hacerlo perecer por la mañana. Y Mical, habiendo visto a los hombres de guardia, dijo a David: Si no te salvas esta noche, mañana te van a matar. Entonces, Mical hizo descender a David por una ventana, y él huyó de nuevo.

225. David huye de casa de Mical
Luego, Mical tomó un monigote («monigote» — fr. «marmouset», figurilla grotesca; es la palabra de la Biblia de Ostervald donde la Reina-Valera dice «una estatua»), lo acostó en su cama en lugar de David y le puso sobre la cabeza una piel de cabra, y cuando Saúl envió a su gente para apoderarse de David, ella les dijo: Está enfermo.

226. Mical pone un monigote en la cama de su esposo.
Entonces Saúl exclamó: ¡Que me lo traigan en su cama, para que yo lo haga morir! Y Saúl y su gente no hallaron más que un monigote, tocado con piel de cabra.

227. Terrible venganza de Saúl.
Y Saúl dijo a Mical: ¿Por qué me has engañado así? ¿por qué has hecho escapar a mi enemigo? Mical respondió: Él me dijo: Déjame ir. ¿Por qué, pues, habría yo prestado la mano a que lo mataran?» (1 Samuel 19:11-17)
No hay que perder de vista que reproducimos un libro sacrosanto, una obra divina, base fundamental de una religión que tiene la pretensión de doblegar al mundo entero bajo su ley. ¿Puede, sin embargo, hallarse una aventura más boba que esta? Esta historia del monigote ni siquiera es vodevil cómico; está por debajo del nivel de las más necias jocrisseries de feria. («jocrisseries» — fr. «jocrisseries», de Jocrisse, el bobo crédulo de la antigua farsa francesa: payasadas de simplón) ¡Y eso es dogma!... So pena de asarse eternamente en el infierno, es necesario creer que Mical hizo escurrirse a su marido, el ungido David, por la ventana, ¡y que lo reemplazó en su cama por un maniquí tocado con una piel de cabra! ¿Era esa piel de cabra el gorro de dormir ordinario de David?... En el texto hebreo hay terafim, que las versiones modernas traducen por «monigote», maniquí. Pero terafim significa literalmente un ídolo. ¿Hacía, pues, Mical acostar ídolos consigo? ¿quería que los esbirros enviados por Saúl tomasen ese ídolo por su marido? y, puesto que David tenía, se nos ha dicho, los cabellos rojos, ¿esperaba Mical que la piel de cabra con que tocaba al terafim hiciera el efecto de la pelambrera del querido hombre? ¡Hermoso tema de grave examen para los reverendos teólogos!
La necedad bíblica va ahora a volverse delirante.
«Así huyó David, escapando a la muerte. Se vino hacia Samuel, a Ramá, y le contó todo lo que Saúl le había hecho.

228. Samuel recoge a David.
Luego, se fue con Samuel, y moraron juntos en Naiot. Esto le fue referido a Saúl, que envió arqueros para apoderarse de David. Mas, cuando los arqueros llegaron a Naiot en Ramá, hallaron a David en medio de una asamblea de profetas que profetizaban, y por encima de todos ellos estaba Samuel, presidiéndolos y profetizando; y he aquí que los arqueros de Saúl fueron poseídos del espíritu de Dios, y se pusieron también a profetizar.

229. David en medio de los profetas.
Saúl, habiendo sido advertido de ello, envió otros arqueros, y éstos profetizaron igualmente, en lugar de prender a David. El rey envió aún más, por tercera vez, y profetizaron igualmente.

230. Los arqueros de Saúl se vuelven profetas.
Entonces, Saúl fue él mismo a Ramá; llegó hasta la gran fosa que está en Secú, y preguntaba a todos: ¿Dónde están Samuel y David? Le respondieron: Están en Naiot, en Ramá. Se fue, pues, a Naiot. Ahora bien, en el camino, el espíritu de Dios lo poseyó también a él mismo, de suerte que durante todo su camino profetizó. Y cuando hubo llegado a Naiot, en Ramá, comenzó por despojarse de sus vestidos de encima, y, en presencia de Samuel, profetizó; luego, se tendió en tierra y yació así sin ropas sobre el suelo, todo aquel día y toda la noche. Por eso los israelitas dijeron por todas partes: Saúl está ahora en el número de los profetas.» (1 Samuel 19:18-24)

231. Saúl se pone él mismo a profetizar.
He querido dar la traducción literal de este texto extravagante. Un profeta es un hombre que predice el porvenir; hace falta, pues, estar inspirado por Dios para poder decir qué acontecimientos sucederán en tiempos futuros; eso es lo que se admite entre los creyentes. Pero, en general, un profeta no profetiza sino para anunciar tal hecho: se consulta un oráculo, el oráculo responde; o bien un hombre de Dios se dirige a una ciudad, o a la corte de un monarca, y predice tal catástrofe o tal feliz acontecimiento; así es como operan los profetas, es decir, los que se dicen inspirados y que hacen profesión de poseer la ciencia de las cosas más ocultas. Sin embargo, a nadie se le ocurriría la idea de imaginar una asamblea de profetas soltando profecías a chorro continuo, a no ser en Charenton (Charenton — el manicomio de Charenton, cerca de París; en francés, sinónimo de casa de locos). Esa gente de policía que de pronto se vuelve profeta, que se mezcla con Samuel, con David y con los demás profetas, y que rivaliza en profecías con ellos; ese Saúl, que va en busca de su yerno para matarlo, que, sin que nadie se lo pida, dice la buenaventura por el camino, que se pone desnudo o poco menos en la santa reunión donde profetas de oficio y profetas de ocasión braman a coro, ¿no es todo eso alta locura?
Boulanger (Boulanger — Nicolas-Antoine Boulanger, 1722-1759, ingeniero y filósofo, colaborador de la Enciclopedia), el enciclopedista, el sabio geólogo del siglo XVIII, dice que este cuento estúpido se parece a la historia de un juez de aldea de la Baja Bretaña, llamado Kerlotin: este juez, en el curso de una audiencia, mandó a buscar a un testigo por medio de un ujier; el testigo estaba bebiendo en la taberna, y el ujier se quedó a beber con él; Kerlotin despacha entonces un segundo ujier, que se queda a beber con ellos; por fin el juez va él mismo, pero bebe como los otros y se emborracha, y el pleito no fue juzgado.
El capítulo 20 del 1.er libro de Samuel está totalmente desprovisto de interés. David huye de Naiot y se refugia junto a Jonatán, que intenta de nuevo abogar por la causa de su cuñado ante Saúl, cuando éste ha acabado de profetizar. Este alegato se emprende con ocasión de una cena dada por el rey en honor de... la luna nueva; Saúl nota que el sitio de David en su mesa está vacío, y entonces Jonatán suelta su pequeño discurso; pero el rey no quiere oír nada y se enfada todo rojo. «Jonatán dijo aún a Saúl: ¿Por qué se haría morir a David? ¿qué ha hecho? Y Saúl le arrojó una alabarda para herirlo. Entonces, Jonatán comprendió que su padre había resuelto de veras hacer morir a David; se levantó de la mesa muy afligido, y no tomó comida alguna, el segundo día de la luna nueva.» (1 Samuel 20:32-34) Jonatán fue, pues, a avisar a su cuñado, que se mantenía en un escondite, de que ya no esperaba ablandar al rey a su respecto. «David lo había escuchado, sentado; se levantó del lado del Mediodía, y se echó con el rostro contra la tierra, y se postró tres veces; y lloraron los dos juntos, y David lloró extraordinariamente.» (v. 41)
David, tras esta lamentación, se fue a pedir asilo al sumo sacerdote Ahimelec, que moraba en Nob; éste lo recibió, lo regaló con pan sagrado, pero le dio a entender que no estaba muy seguro en su casa. Y como el joven arpista, antes de volver a tomar la poudre d’escampette («tomar la poudre d’escampette» — fr. «prendre la poudre d’escampette», literalmente «tomar el polvo de escapada»: largarse, huir a toda prisa), rogaba a Ahimelec que le diese algún arma, para defenderse llegado el caso, el sumo sacerdote le dijo: «Toma, he aquí la espada de Goliat, a quien mataste en el valle del Roble; está envuelta en un paño, detrás del efod; si la quieres para ti, tómala; pues no hay aquí otra que ésa.» (1 Samuel 21:9) David partió, con la espada de Goliat, y se dirigió hacia Gat, ciudad filistea, donde reinaba el rey Aquis; esperaba que este enemigo de Israel le concediera su protección.
Mientras se acercaba a Gat, fue reconocido por algunos servidores de Aquis; no hizo falta más para que tuviera la venette más que nunca («tener la venette» — fr. «avoir la venette», expresión popular: tener miedo, estar asustado); ¿se dignaría el rey filisteo compadecerse de su infortunio? Nada estaba menos probado, le pareció. «Entonces David tuvo un miedo muy grande, a causa de Aquis, rey de Gat. Mudó su semblante y se fingió loco delante de los filisteos; orinaba contra las puertas de las casas, y dejaba correr su saliva por su barba. Y Aquis dijo a sus servidores: ¿No veis que es un loco? ¿Por qué me lo habéis traído?» (1 Samuel 21:12-14)
«David partió de allí y se salvó en la caverna de Adulam; lo cual, habiéndolo sabido sus hermanos y toda la casa de su padre, descendieron allá hacia él. También todos los que andaban mal en sus negocios, cargados de deudas, y que tenían un natural amargo, se reunieron con él y lo nombraron su jefe; se halló así a la cabeza de cuatrocientos hombres resueltos.» (1 Samuel 22:1-2) Después de lo cual, habiendo confiado a su viejo padre Isaí y a su madre al rey de Moab, se puso en campaña; la guerra estaba definitivamente declarada entre Saúl y su yerno.
En esto, Saúl supo de la acogida que el sumo sacerdote Ahimelec había hecho a David. Un idumeo, llamado Doeg, que desempeñaba las funciones de primer criado del rey, atestiguó en estos términos: «He visto al hijo de Isaí venir a Nob, a Ahimelec, hijo de Ahitob; y Ahimelec ha consultado al Eterno acerca de David, le ha dado víveres y la espada de Goliat.» (v. 9-10) Saúl mandó entonces al sumo sacerdote y a todos los sacrificadores, miembros de su familia, comparecer ante su lecho de justicia («lecho de justicia» — fr. «lit de justice», la sesión solemne en que el rey de Francia imponía su voluntad al Parlamento; Taxil aplica irónicamente la fórmula al tribunal de Saúl).
«¿Por qué habéis conspirado contra mí, tú y el hijo de Isaí, le dijo a Ahimelec, puesto que le has dado pan y una espada, y has consultado a Dios por él? — Ahimelec respondió al rey: ¿Hay alguien, entre todos tus súbditos, que te sea tan fiel como David tu yerno, que ha combatido por orden tuya y que tanto honra a tu casa? ¿Es hoy cuando he comenzado a consultar a Jehová por él? En cuanto a conspirar contra mi rey, ¡Dios me guarde! Oh rey, no acuses, pues, de nada a tu siervo, ni a ninguno de su familia; porque ningún delito ha sido cometido. — Pues bien, replicó el rey, morirás hoy mismo, Ahimelec, y toda tu familia contigo.» (v. 13-16)
La sentencia de muerte estaba pronunciada; pero los arqueros que allí estaban se negaron a ejecutarla, no atreviéndose a poner sus manos sobre sacerdotes. «Entonces, el rey dijo a Doeg: Vuélvete y arrójate sobre los sacrificadores. Y Doeg el idumeo se volvió y se arrojó sobre Ahimelec y los sacrificadores, y degolló en aquel día a ochenta y cinco hombres que llevaban el efod de lino. Además, pasó a filo de espada a todos los habitantes de Nod (sic: «Nod» en el original, por Nob), ciudad de los sacrificadores; hombres y mujeres, grandes y pequeños, bueyes, asnos y ganado menor, todo fue masacrado.» (v. 18-19) Sin embargo, uno de los hijos de Ahimelec, llamado Abiatar, logró escapar de esta hecatombe, y se fue a reunirse con David, que le dijo: «Quédate conmigo, no temas nada, porque el que busca mi vida busca también la tuya; así estás bajo mi salvaguardia.» (v. 23)

232. Triste fin del sumo sacerdote Ahimelec.
Abrevio cuanto es posible; pero los manuales de historia sagrada para uso de los fieles son tan incompletos, que es necesario restablecer, mediante citas textuales de la Biblia, buen número de episodios que los tonsurados pasan en silencio, pero cuyos extraños detalles ofrecen a veces un picante interés. Resumiría más, si se tratase de otro libro; ahora bien, esto es la Escritura de Dios mismo, afirman los sacerdotes; no descuidemos, pues, las perlas divinas que se encuentran tan numerosas en ese prodigioso estuche que es el Antiguo Testamento.
En el capítulo 23, vemos a David, a la cabeza de sus cuatrocientos filibusteros, liberar la ciudad judía de Keila, que los filisteos sitiaban; luego, Saúl bloquea Keila, ocupada por su yerno. Con esto, David, que apenas contaba con la gratitud de la gente, solicitó de Jehová unos instantes de entrevista; papá Buen Dios no se hizo de rogar. «¿Descenderá Saúl hasta aquí? preguntó David. Y el Eterno le respondió: Descenderá. David dijo aún: ¿Me entregarán los jefes de Keila, a mí y a mi gente, en manos de Saúl? Y el Eterno le respondió: Te entregarán.» (v. 11-12) Juzgándose informado con seguridad, David decampó a toda velocidad; no fue, pues, entregado a Saúl. En seguida, el autor sagrado nos muestra al hijo de Isaí errante por el desierto de Zif; esta vez, su tropa de gens sans aveu («gens sans aveu» — fr., literalmente «gente sin aval»: vagabundos sin señor ni fiador que respondiera por ellos; maleantes), perdidos de deudas, se ha aumentado con doscientos hombres, y Saúl le da caza, sin lograr alcanzarlo. David tiene, no obstante, una conferencia con Jonatán en un bosque; los dos cuñados se juran un amor eterno. Del desierto de Zif, David pasa al desierto de Maón, con su inseparable banda. Por fin, Saúl, al saber que los filisteos vuelven a ponerse en campaña, renuncia a perseguir a su yerno, a fin de combatir al enemigo nacional.
Habiendo sido rechazados los filisteos, el rey vuelve a David, que ha establecido entonces en En-gadi el centro de sus fructuosas operaciones. Sí, fructuosas, dado que el hijo de Isaí, según la Biblia misma, es un verdadero capitán de bandidos: ha reunido seiscientos cortajarretes («cortajarretes» — fr. «coupe-jarrets», literalmente «cortacorvas»: degolladores, bandoleros), y corre por montes y por valles con ese hatajo de bribones, sin distinguir amigos ni enemigos, exigiendo rescates, saqueando todo lo que encuentra. En dos ocasiones (cap. 24, 26), Saúl, que ha tomado consigo tres mil soldados escogidos, logra estrechar a David muy de cerca; en esas circunstancias, el yerno se comportó con una magnanimidad conmovedora.
Los dos episodios son demasiado divertidos para no ser citados. El divino palomo, que dictó su relato, estaba verdaderamente de humor alegre; pues, ya que era Dios quien lo dirigía todo, le hubiera sido fácil hacer que David ejercitara su grandeza de alma en ocasiones menos triviales que las que suscitó. Por consiguiente, si estas aventuras son grotescas, es que la santa Trinidad estaba riendo a la campesina («reír a la campesina» — fr. «rire à la paysanne»: reír groseramente, a lo rústico), es que Jehová y sus co-dioses se divertían como payasos de feria; pero no por eso estas aventuras dejan de ser divinas.
¡Adelante, pues, la cita textual!... «Saúl, buscando a David hasta en medio de las rocas donde se retiran las gamuzas, se metió en un sendero donde había una caverna, y entró en esa caverna para hacer sus necesidades; ahora bien, en el fondo estaban David y algunos de sus compañeros, y el rey no los vio. Entonces, los compañeros de David le dijeron muy quedo: Ciertamente, hoy es el día en que el Eterno te entrega a tu enemigo. Y David se acercó sin ruido; pero se contentó con cortar muy suavemente el faldón del vestido de Saúl, del manto que Saúl se había remangado. Luego, volviendo siempre sin ruido al fondo de la caverna, tenía el corazón conmovido, y dijo en voz baja a sus compañeros: ¡Dios me guarde de poner una mano homicida sobre el rey! porque es el ungido del Señor. Así, David no les permitió lanzarse contra Saúl, y los contuvo con estas palabras. En seguida, Saúl, habiendo acabado de evacuar, salió de la caverna y continuó su camino.

233. Saúl dormido es sorprendido por David.
Pero entonces David salió a su vez, corrió tras él, y le gritó: ¡Mi señor y mi rey! Saúl se volvió; David se postró, con el rostro contra la tierra; luego, dijo a Saúl: ¿Por qué escuchas a los que te dicen que busco hacerte mal? Tus ojos ven hoy que el Eterno te había entregado a mi merced, cuando te detuviste unos instantes en esa caverna, yo estaba allí, y me aconsejaron matarte; pero te he perdonado, porque eres el ungido del Señor. Mira, padre mío, mira el faldón de tu manto, que tengo aquí en mi mano. Lo corté sin que te dieras cuenta; hubiera podido matarte y no te he matado. Sabe, pues, y reconoce que no pienso en modo alguno hacerte mal; ¡y sin embargo, tú, tú acechas mi vida para quitármela! El Eterno será juez entre nosotros dos; pero yo no pondré mi mano sobre ti.

234. Saúl comprueba que David lo ha perdonado.
¡Qué! tú que eres rey de Israel, ¿tras qué hombre te has puesto en campaña? ¿a quién persigues? ¿a un perro muerto y a una pulga? El Eterno juzgará, pues, entre tú y yo; y cuando Dios juzga, mira; he ahí por qué será mi defensor y me preservará de tu mano. Ahora bien, tan pronto como David hubo acabado estas palabras, Saúl dijo: ¿No es ésa tu voz, hijo mío David? Y Saúl, vertiendo un torrente de lágrimas, dijo a David, hablando muy alto: Tú eres mejor que yo, puesto que me has devuelto bien por el mal que te he hecho; porque ¿quién es el que, habiendo tenido a su enemigo a su merced, lo dejaría ir sin hacerle mal? En esta señal reconozco que ciertamente reinarás y que el reino de Israel será poderoso bajo tu cetro. Por eso, ahora, júrame por el Eterno que no destruirás mi raza después de mí. Y David se lo juró a Saúl. Entonces, el rey se volvió a su casa, mientras que David y sus compañeros subieron a un lugar elevado y bien fortificado.» (1 Samuel 24:3-23)

235. Reconciliación de Saúl y David.
La escena es patética, aunque apenas se comprende por qué David, en su humildad, se compara con un perro muerto y con una pulga; y este episodio hubiera sido muy hermoso, si hubiera sido enteramente distinto, en lo que concierne a las circunstancias del encuentro. ¡Saúl perdonado por David, mientras ha venido a hacer caca en una gruta! Se confesará que el Espíritu Santo hubiera podido encontrar algo mejor; y puesto que Dios se empeñó en que los hechos se produjesen así, es incontestable que hay por su parte, si no mistificación, al menos broma de gusto dudoso. Los clericales aúllan contra ciertos libros de Émile Zola, donde ese novelista naturalista ha puesto en escena el trasero de la Mouquette y los pedos de un campesino (la Mouquette — personaje de la novela de Zola «Germinal», 1885, célebre por enseñar el trasero a los burgueses; los pedos de un campesino aluden a «La Terre», «La Tierra», 1887); pero las novelas de Zola no tienen la pretensión de ser libros sagrados, y jamás se le ocurrirá a nadie la idea de fundar una religión basándose en Germinal o en la Terre.
Mientras estaba inspirado, el palomo-pato («palomo-pato» — fr. «pigeon-canard»: en francés, «canard» significa también bulo, noticia falsa) hubiera podido añadir que, en su precipitación al salir de la caverna para correr tras su suegro, David puso el pie en el mojón de Saúl y que eso le trajo suerte («eso le trajo suerte» — superstición francesa: pisar excremento con el pie izquierdo trae buena suerte). Pero resbalemos («resbalemos» — fr. «glissons», es decir «pasemos por encima», con juego sobre el resbalón en el excremento), o, mejor dicho, no insistamos.
La segunda vez que el hijo de Isaí mostró su grandeza de alma, las circunstancias fueron menos odoríferas, o poco le falta. Mientras Saúl y su ejército estaban acampados en Haquila, David, acompañado de un cierto Abisai, penetró de noche hasta la tienda del rey; esta vez, Jehová era francamente cómplice de su ungido querido, como se va a ver. «Saúl dormía, y su alabarda estaba clavada en tierra a su cabecera, y Abner y el pueblo estaban acostados en las otras tiendas, todo alrededor. Entonces, Abisai dijo a David: Hoy Dios te ha entregado a tu enemigo; ahora, pues, te lo ruego, permite que lo hiera con su propia alabarda y que lo clave en tierra de un solo golpe; me siento con fuerzas para no tener que herir dos veces. David respondió a Abisai: No, no lo mates; porque ¿quién es el que podría poner una mano homicida sobre un ungido del Señor y ser inocente? Pero he aquí lo que vamos a hacer: tomemos, yo, su alabarda, y tú, el vaso que está junto a su lecho, y vámonos. Tomaron, pues, junto al lecho, la alabarda y el vaso de Saúl, y partieron del campamento, sin ser vistos de nadie; porque todos dormían, porque el Eterno había hecho caer sobre ellos un sueño de los más profundos. Y cuando David estuvo sobre una altura, que estaba bastante lejos de allí, gritó con todas sus fuerzas, por la mañana: Abner, Abner, ¿no responderás? Y Abner respondió: ¿Quién eres tú, que gritas tan fuerte allá abajo? Entonces, David gritó estas palabras: Eres un hombre valiente, Abner, ¿y quién es semejante a ti en Israel? Nadie te iguala, y sin embargo no has sabido guardar al rey tu señor; porque alguien ha venido para matar a Saúl. No haces bien tu servicio; por el Dios vivo, tú y tus soldados merecéis la muerte por haber guardado tan mal al rey, que es el ungido del Eterno. Y ahora, mira dónde está la alabarda del rey, y el vaso que estaba junto a su lecho. Al oír estos gritos, Saúl se despertó y reconoció la voz de David.» (1 Samuel 26:7-17) — El episodio termina como el precedente, con la simple diferencia de que el hijo de Isaí ya no se compara con un perro muerto, sino solamente con una pulga; además, devuelve la alabarda, pero no el orinal.
Uno se pregunta por qué Saúl está en el número de los malditos de la Biblia. Si se sigue un razonamiento puramente humano, este rey produce bastante bien el efecto de un buen hombre; sus accesos de furor contra David son el resultado del mal soplo, y, por lo demás, el hijo de Isaí es un triste sire («un triste sire» — fr., literalmente «un triste señor»: un individuo despreciable, poco recomendable). Cuando Saúl no está bajo la influencia del mal soplo, cuando está en su natural, la crueldad le repugna; por añadidura, es patriota, mientras que más adelante veremos a David alistarse, con sus filibusteros, en el ejército de los filisteos. Ahora bien, los sacerdotes nos dicen que no hay que considerar las cosas con los ojos de la razón; hay que aceptar lo que es artículo de fe, y, cuando uno se somete así, pronto comprende que todo se sigue con orden en el plan de Dios; lo que parecía inexplicable se vuelve de una lucidez asombrosa. Cerremos, pues, por unos instantes, nuestros ojos de razonadores; tendremos al punto una revelación de los justos motivos de la maldición que pesó tan duramente sobre Saúl. ¿Dónde está esa revelación? En el orinal que se llevó David. No creáis que bromeo. Sabemos que Jehová es muy goloso de matanzas; ahora bien, Saúl debutó con una victoria sobre los amonitas que sitiaban Jabes; pero, en plena alegría por haber liberado esa ciudad, se opuso al degüello de los enemigos prisioneros; Saúl no observaba, pues, la ley divina. El orinal del campamento de Haquila es una prueba decisiva de la rebelión permanente de este rey contra Dios. No podríais haber olvidado, ¿no es verdad?, las prescripciones formales de Sabaot sobre la manera de hacer caca en tiempo de guerra: hay que ir fuera del campamento, cavar un hoyito redondo, etc. (Deuteronomio 23:12-14) Ahora bien, ¡ese Saúl osaba pagarse el lujo de un orinal! Si esto no es impiedad sin vergüenza, ¿qué lo será?... Después de esto, no hay que extrañarse de que Dios haya lamentado haber hecho ungir a Saúl y de que haya trasladado todo su afecto a David, el cual, sin duda alguna, debía de bajarse los calzones («bajarse los calzones» — fr. «poser culotte», expresión vulgar: hacer de vientre, cagar) con una irreprochable ortodoxia.
Así, Jehová no dejó escapar jamás una ocasión de mostrar que protegía a David, porque era en verdad el hombre según su corazón. Saboread la historia de Nabal y de Abigail.
Resumamos, siguiendo al pie de la letra el relato bíblico; es decir, traduzcamos palabra por palabra, pero suprimamos las repeticiones y los pasajes prolijos. «Había en el desierto de Maón un hombre muy rico que poseía en el Carmelo tres mil ovejas y mil cabras; e hizo esquilar sus ovejas en el monte Carmelo. Su mujer, Abigail, era prudente y muy hermosa de ver. David envió diez de sus compañeros a Nabal a decirle: Venimos en un buen día; danos a nosotros y da a David todo lo que puedas.

236. Nabal se niega a dejarse requisar por David.
Nabal respondió: ¿Quién es ese David? ya no se ven más que malos siervos que han huido de su amo; ¡verdaderamente, sí! ¡iría yo a dar mi pan, mi agua y mis carneros a gente que no conozco! Entonces, David dijo a sus compañeros: ¡Que cada uno tome su espada! Y David tomó también su espada, y marchó hacia Nabal con cuatrocientos hombres, y dejó doscientos para velar por el bagaje. Pero la bella Abigail tomó doscientos panes, dos barriles de vino, cinco carneros ya aderezados, cinco medidas de grano tostado, cien paquetes de pasas, y doscientas cestas de higos secos, y los puso sobre asnos; luego, habiendo montado en un asno, fue al encuentro de David. Y cuando Abigail lo hubo divisado, se apresuró a bajar de su asno, cayó sobre su rostro delante de David y lo adoró; y le dijo: Señor mío, te suplico que desprecies a ese hombre de nada que es Nabal, mi marido; porque hay locura en él; pero he aquí unos presentes que tu sierva ofrece a mi señor, para él y sus compañeros; que te plazca, señor mío, recibirlos con bondad. Entonces, David dijo a Abigail: ¡Bendito sea el Eterno que te ha enviado a mi encuentro! ¡y bendita seas tú misma, tú que me has impedido hoy llegar hasta la sangre! porque, sin eso, tan cierto como que Dios vive, Nabal ya no estaría con vida mañana por la mañana, ¡y no habría quedado uno de los suyos que pudiera mear contra las murallas! Ahora bien, diez días después, Nabal murió, herido por Jehová que había leído en el corazón de Abigail. Y cuando David hubo sabido que Nabal había muerto, dijo: ¡Bendito sea el Eterno que me ha vengado del ultraje que había recibido y que ha hecho recaer la malicia de Nabal sobre él mismo!

237. Dios fulmina a Nabal; David se casa con su viuda.
Luego, envió mensajeros a Abigail, para proponerle tomarla por mujer. Entonces, ella se levantó a toda prisa, montó en un asno, seguida de cinco criadas, y se fue tras los mensajeros de David; y David se casó con ella el mismo día. David se casó también con Ahinoam, de Jezreel; de suerte que ambas juntas fueron sus mujeres. Saúl, por otra parte, sabiendo esto, dio a Mical, primera esposa de David, a Palti, hijo de Lais, que era de Galim.» (1 Samuel 25:2-44)
Los críticos hacen observar que, si se hubiera querido escribir la historia de un bandido, de un salteador de caminos, no se habría procedido de otro modo. Sin duda, el autor, que exalta a David, califica a Nabal de hombre brutal y grosero; pero la conducta de David no es por ello menos repugnante, si este episodio es verdadero. Hemos llegado aquí a la época en que la historia del pueblo judío comienza realmente; es, en efecto, a partir de Saúl cuando las incertidumbres disminuyen. A decir verdad, encontraremos todavía buen número de milagros más o menos extraordinarios; pero ya no parecen en adelante destinados más que a adornar la biografía de personajes cuya existencia apenas se discute. Así es como los críticos, a propósito de Nabal muriendo súbitamente tan pocos días después de haber sido saqueado por su mujer, enamorada de David, dicen que esta muerte, seguida inmediatamente del matrimonio de David con la bella viuda, deja violentas sospechas. En cuanto al texto, escrito bajo la inspiración del palomo, no vacila en hacer intervenir directamente a Jehová para matar a ese marido despreciado por su esposa, cuando Mical, hija de Saúl, es la mujer legítima de David; y con esta intervención asesina Dios consagra el adulterio de David, su ungido querido. ¡Se reconocerá que he ahí una moral bien rara!
Fue en aquella época cuando murió Samuel; «y todo Israel se reunió y lo lloró, y lo sepultaron en su casa, en Ramá» (1 Samuel 25:1); lo que no le impidió, como a Moisés, contar, en su libro, hechos posteriores a su muerte.

238. Santa muerte del profeta Samuel.
En ese terreno, es Samuel, por lo demás, quien ostenta el récord. En efecto, Moisés se limitó a narrar sus exequias y el duelo del pueblo y a indicar el lugar de su sepultura, mientras que el relato póstumo de Samuel comprende el fin del reinado de Saúl y todo el reinado de David, su sucesor; treinta y ocho capítulos de acontecimientos de los que el escritor fue espectador, aunque difunto. ¡Eso sí que es un milagro!... ¿Cómo Samuel, viendo todo eso con los ojos de su alma que estaba en el otro mundo, pudo escribir en la tierra la narración con la mano de su cuerpo, muerto y enterrado? ¡Eso sí que es un misterio!
No busquemos, pues, profundizar, y contentémonos con ser muy dichosos de que el profeta difunto haya tenido a bien seguir siendo el historiador de los dos reyes que había ungido.
Así es como el difunto Samuel nos enseña, sin indignarse por ello, que «David pasó, con los seiscientos hombres que estaban con él, a casa del rey de Gat, filisteo, hijo de Maoc.» (1 Samuel 27:2). Aquis le asignó por residencia la ciudad de Siclag, y el ungido querido de Jehová moró un año y cuatro meses entre los enemigos de su nación (v. 6-7). «Y, durante ese tiempo, David salía a menudo en expedición contra las gentes de Gesur, de Gerzi y de Amalec (que eran aliados de Aquis, dicho sea de paso), y sembraba la desolación en aquellos países; no dejaba vivo ni hombre ni mujer, y se apoderaba de las ovejas, de los bueyes, de los asnos, de los camellos y de los vestidos. Volvía entonces a los filisteos y venía a Aquis. Y cuando el rey Aquis le decía: ¿Dónde has hecho hoy tus correrías? David le respondía: He saqueado, en la región del Mediodía, a las gentes de Judá (israelitas); o bien, a los jerameelitas y a los ceneos (enemigos de los filisteos). Y David, en lugar de hacer prisioneros que habría llevado a Gat, mataba a todos los que saqueaba, a fin de que nadie pudiese alzar la voz contra él. Aquis se fiaba, pues, de David y decía: Mucho mal hace a Israel y así se hace muy odioso a los judíos; por eso me será siempre fiel.» (1 Samuel 27:8-12)
Y bien, ¿qué os parece el ungido querido?... Los críticos recuerdan que primero David se fingió loco e imbécil delante del rey Aquis, en cuya casa había de refugiarse durante dieciséis meses, y hacen notar que no es esa una excelente manera de inspirar confianza a un monarca a quien uno se propone servir en la guerra, como se verá más adelante; pero, añaden, la manera en que David sirve a ese rey, su bienhechor, es todavía más extraordinaria: le hace creer que ejerce su bandidaje contra los israelitas, cuando saquea y masacra a los aliados de Aquis; lo mata todo, lo extermina todo, hasta los niños, por miedo a que hablen. Pero ¿cómo pudo ese rey permanecer dieciséis meses en la ignorancia de la realidad de los hechos? Era preciso que ese rey Aquis fuese más imbécil de lo que David había fingido serlo delante de él... En cuanto a los teólogos, la conducta del ungido querido no los embaraza; dicen que, en esa guerra civil, David ya no asolaba a sus compatriotas, y que poco importa que haya traicionado y degollado a sus aliados, puesto que eran infieles; varios llegan incluso a considerarlo como el ejecutor de las venganzas divinas, y lo absuelven de todo pecado en esta circunstancia.
En el capítulo siguiente, los filisteos se arman en guerra para combatir a los israelitas, y David, de escudero y yerno de Saúl su rey, se convierte en capitán de los guardias del rey filisteo (1 Samuel 28:1-2).
Henos aquí llegados al episodio, tan conocido, de la pitonisa de Endor. Para conformarnos al uso, llamaremos así a la hechicera que consultó Saúl, aunque, a decir verdad, el texto hebreo de la Biblia no contiene una palabra que se parezca a Pitón o a pitonisa. Literalmente, hay que leer: «una mujer que tiene un Ob»; es la Vulgata, es decir la traducción de san Jerónimo, la que ha transformado «Ob» en «espíritu de Pitón»; lo cual es un anacronismo.
«Y, habiéndose reunido los filisteos en armas en Sunem, Saúl reunió a su vez el ejército israelita, que acampó en Gilboa; y fue presa del temor. Luego, como consultó al Eterno, no obtuvo de él respuesta alguna, ni por los sueños, ni por los sacerdotes, ni por los profetas. Entonces, Saúl dijo a sus siervos: Buscadme una mujer que tenga espíritu de Pitón (en el texto hebreo: una mujer que posee un Ob), para que yo vaya a ella y sepa por su ministerio lo que ha de sucederme. Sus siervos le respondieron: Hay en Endor una pitonisa (en el texto hebreo: una mujer que posee un Ob). Saúl se disfrazó y se fue a Endor, haciéndose acompañar por dos de sus siervos.» (v. 4-8) («un Ob» — hebreo אוֹב, espíritu familiar o adivinatorio; la Reina-Valera dice, como la Vulgata, «espíritu de pythón» en 1909 y «espíritu de adivinación» en 1960)
Ya hemos comprobado los préstamos religiosos hechos por los judíos a los egipcios y a los sirios. Ob era una divinidad siria, cuyas estatuas daban oráculos con una voz sorda y hueca que parecía salir de la tierra; en otros términos, los sacerdotes y sacerdotisas de Ob eran vulgares farsantes que se entregaban al ejercicio de la ventriloquia, de suerte que su ídolo tenía supuestamente una voz profética que los mirones oían más o menos bien. Las pitonisas no practicaban del mismo modo: eran ellas mismas quienes hablaban, en un acceso de locura sagrada. La más célebre de todas estaba establecida en Delfos, en el templo de Apolo, donde se hallaba la piel de la serpiente monstruosa, llamada Pitón, que el joven dios, de solo cuatro días de edad, mató, según dicen, a flechazos; había allí un agujero muy profundo, del que se exhalaban no se sabe qué vapores, naturales o producidos por algún subterfugio de los sacerdotes, y esos vapores tenían la reputación de inspirar a la sacerdotisa sentada sobre un trípode de hierro colocado encima del agujero; esta mujer, escogida con cuidado en una familia pobre, estaba adscrita especialmente al servicio del templo de Delfos; una vez sobre el trípode, tenía una crisis que no se sabría comparar mejor que con un ataque de histeria y durante la cual pronunciaba, a menudo con la espuma en los labios, palabras incoherentes, que los sacerdotes transcribían al punto; las reunían mal que bien, les daban un sentido, y esos eran los famosos oráculos de Apolo, que tenían entre las muchedumbres tanto valor como una bula del papa en la Edad Media. En razón de que el trípode estaba recubierto con la piel de la serpiente Pitón, la sacerdotisa inspirada de Delfos se llamaba la «pitia». El templo de Delfos no tardó, como bien se piensa, en tener numerosas competencias en todos los países donde la religión era el paganismo griego; las imitadoras de la pitia fueron llamadas «pitonisas».
No se comprende, pues, apenas por qué san Jerónimo calificó de pitonisa a la hechicera de Endor, sacerdotisa del dios sirio Ob; pues, en la consulta que da a Saúl, no operó en modo alguno a la moda délfica; no entra en crisis, no tiene el menor trípode; una pitonisa sin trípode es como una cartomántica sin baraja. Además, el término empleado por la Vulgata, «una mujer que tiene el espíritu de Pitón», no tiene ningún sentido, puesto que el pretendido espíritu que inspiraba a las pitonisas era el de Apolo, y no el de la serpiente que él había matado.
Hechas estas observaciones, veamos el relato bíblico, según la traducción de san Jerónimo.
«Saúl llegó de noche a casa de esta mujer y le dijo: Te ruego, sé adivina para mí por tu espíritu de Pitón, y haz subir delante de mí al muerto que yo te designe. Pero la mujer le respondió: ¿Ignoras acaso que Saúl ha exterminado a los que tienen espíritu de Pitón y que condena a muerte a los adivinos? ¿por qué me tiendes un lazo para hacerme morir? Entonces, Saúl le hizo este juramento: Tan cierto como que Dios vive, no te sucederá mal alguno por causa de esto. Y la pitonisa le dijo: Y bien, ¿a quién quieres que evoque? Él respondió: Hazme subir a Samuel. Y cuando esta mujer hubo visto aparecer a Samuel, exclamó, interpelando a Saúl: ¿Por qué me has engañado? pues tú eres Saúl. El rey le respondió: Te lo repito, no temas nada; pero ¿dime lo que has visto? Entonces, la mujer le dijo: He visto como un dios que salía de la tierra. Él la interrogó todavía: ¿Cómo es? Ella respondió: Es un anciano que sube, y está cubierto con un gran manto. Por esta señal, Saúl comprendió que era en verdad Samuel a quien la pitonisa veía; y se postró, teniendo el rostro contra la tierra.» (v. 8-14)
«Samuel dijo a Saúl: ¿Por qué has turbado mi reposo, haciéndome evocar? El rey le respondió: Es porque estoy muy apurado; los filisteos me hacen la guerra; Jehová se ha retirado de mí, y no ha querido responderme más, ni por los profetas, ni siquiera por sueños; por eso he recurrido a ti, para que me hagas oír lo que debo hacer. Samuel le dijo: Puesto que Jehová se ha retirado de ti, es que se ha vuelto tu enemigo; entonces ¿por qué me consultas? Jehová cumple en este momento lo que te había anunciado por mi voz; ha rasgado tu reino; ha retomado tu realeza, y la ha dado a uno de tus súbditos, es decir a David. Lo que te sucede ahí tiene por causa tu desobediencia a Dios, cuando perdonaste al rey de los amalecitas. He ahí por qué Israel contigo será entregado en manos de los filisteos; y mañana, tú y tus hijos, estaréis conmigo. Al oír estas palabras de Samuel, Saúl cayó tendido cuan largo era sobre el suelo; y le faltaron las fuerzas, pues no había tomado alimento alguno en todo aquel día, ni en toda la noche.» (v. 15-20)

239. La sombra de Samuel se aparece a Saúl.
«Entonces, la pitonisa se acercó a Saúl, y, viendo que había quedado muy turbado, le dijo: Tu sierva te ha obedecido, y he aquí que por ello he expuesto mi vida. Ahora, te ruego, acepta que ponga delante de ti un bocado de pan, para que comas y tengas fuerzas para volverte. Él rehusó al principio; pero, habiendo insistido sus compañeros, así como esta mujer, cedió a sus instancias; se levantó, pues, y se sentó sobre una cama. Y la pitonisa tenía en su casa un ternero que engordaba: fue a matarlo a toda prisa; luego, tomó harina, la amasó, e hizo con ella panes ázimos. Puso todo eso delante de Saúl y de sus compañeros; comieron; en fin, se fueron.» (v. 21-25)
Este episodio de la pitonisa de Endor ha suscitado numerosas discusiones entre los teólogos; en cuanto a los comentaristas escépticos, han hecho de él gargantas calientes («han hecho de él gargantas calientes» — fr. «en faire des gorges chaudes»: burlarse ruidosamente de algo), ¡y hay motivo!
En todo tiempo, la bribonería de los charlatanes ha abusado de la credulidad de los imbéciles, haciéndoles pagar muy caro consultas de alta fantasía. Aquí, no solo Saúl no ofrece a la hechicera la menor moneda suelta; sino que además es ella quien lo regala con una cena y quien mata su ternero cebado en su honor. Por otra parte, el relato bíblico nos hace asistir a una consulta de las más pueriles. De ordinario, los evocadores muestran un fantasma cualquiera, que se mueve con ayuda de un truco. Esta pitonisa de Endor no se mete en tan grandes gastos: dice que ve una sombra, y Saúl la cree bajo palabra; Saúl oye, sí, una voz, mientras está postrado, con el rostro contra la tierra, pero no hay que olvidar que la pitonisa de la Vulgata es, según el texto hebreo, una profetisa de Ob, el dios cuyas sacerdotisas son muy legítimamente sospechosas de haber sido ventrílocuas marrulleras.
En cualquier otra parte que no fuese la Sagrada Escritura, dice Voltaire, esta historia pasaría por un cuento de brujos bastante mal hecho; pero puesto que un autor sagrado la ha escrito, es indudable: merece tanto respeto como todo lo demás.
En cuanto a los teólogos, si no ponen en duda la veracidad del episodio, al menos no están fijados sobre la identidad del fantasma evocado por la hechicera. San Justino, en su Diálogo contra Trifón, admite que los magos hayan podido evocar algunas veces, por una especie de tolerancia de Dios, las almas de los justos y de los profetas, que, dicen, estaban todos en el infierno, aunque habiendo tenido una santa vida, y que permanecieron allí hasta que Jesús descendió él mismo después de su muerte, para sacarlos de allí, según el dogma cristiano; por consiguiente, según san Justino, el fantasma de Endor podía muy bien ser el alma de Samuel mismo. Orígenes, otro padre de la Iglesia, va más lejos: según él, la pitonisa hizo venir a Samuel no solo en alma, sino también en cuerpo, y, como prueba de la materialidad del aparecido, cita el manto; lo que permite a los curiosos preguntar si hay mantos en el infierno, y sobre todo mantos incombustibles. Pero los teólogos modernos no siguen los pasos de los de los primeros siglos del cristianismo: sienten lo ridículo de esta interpretación de Orígenes y de san Justino, en virtud de la cual magos y hechiceras, secuaces del diablo, tenían el poder de hacer comparecer ante ellos a santos, y declaran que el fantasma no era otro que Lucifer o algún otro demonio haciéndose pasar por Samuel. Sin embargo, conviene decir que estos casuistas tienen el texto mismo de la Biblia contra ellos; pues el autor sagrado, lejos de emplear un término dubitativo a propósito de la aparición, dice formalmente que fue Samuel quien habló a Saúl: la evocadora «vio a Samuel», y no una sombra parecida al profeta difunto; en tres ocasiones, el texto reza: «Samuel dijo a Saúl», y «Samuel le dijo», y también, «Saúl, al oír estas palabras de Samuel»; y en fin, Samuel pregunta por qué se ha turbado su reposo. Ahora bien, se sabe que los pequeños detalles de este género tienen una importancia muy grande en los libros de religión. En esta grave discusión, san Justino y Orígenes tienen, pues, el buen cabo («tienen el buen cabo» — fr. «tenir le bon bout»: llevar la ventaja).
Por otra parte, se plantea una cuestión que no es de las más fáciles de resolver. Saúl está bien y verdaderamente representado como un maldito, desde el día en que se mostró humano para con Agag, su prisionero; los fieles ven en él un condenado; el prejuicio contra Saúl es tan fuerte, que su nombre no se da jamás a un niño, ni siquiera entre los judíos desprendidos de las prácticas supersticiosas; en una palabra, el nombre del primer rey de Israel ha sido tan vilipendiado por los sacerdotes, que inspira, todavía hoy, una especie de horror. Pues bien, si se examina de cerca el texto sagrado, parece muy probable que Jehová se desmintió a sí mismo en el último momento y que Saúl fue salvado. En efecto, Samuel le declara: «Mañana, tú y tus hijos estaréis conmigo»; y, cuando Samuel habla así, está en ese infierno de los justos que, según la teología cristiana, no hay que confundir con el infierno de los condenados; pues, antes de la redención operada por Jesucristo, había dos infiernos: el de los réprobos, donde fueron tragados Coré, Datán y Abiram, y el de los elegidos, donde los patriarcas, los profetas y todos los santos del Antiguo Testamento esperaban que la muerte del Mesías les abriese las puertas del cielo. Luego, si Saúl fue a reunirse con Samuel, fue en el infierno de los justos; luego, Saúl, a pesar de su maldición, fue un elegido. Es una contradicción más que señalar en la Biblia.
Eso no es todo. Hemos visto más arriba que David logró impedir que una profecía de Jehová se cumpliera. Jehová en persona había dicho a David: «Los jefes de la ciudad de Keila te entregarán en manos de Saúl.» (23:12) David, habiendo oído eso, se apresuró a largarse de Keila sin tambor ni trompeta («sin tambor ni trompeta» — fr. «sans tambour ni trompette»: discretamente, sin hacer ruido ni llamar la atención), y no fue entregado. Saúl es menos listo que su yerno: este rey cree en las predicciones de Samuel, puesto que lo hace evocar, puesto que lo interroga; y cuando Samuel le ha anunciado que hallará la muerte en esa batalla de Gilboa que se dispone a librar a los filisteos, ¡es lo bastante bobo para marchar de todos modos al combate! ¡no hace la paz con los filisteos! Parece que el cumplimiento de una profecía hecha por un fantasma, salido de la tierra a la evocación de una pitonisa, debía ser más fácil de esquivar que el de una profecía del Padre
Eterno hablando él mismo.
En fin, he aquí lo que bien podría simplificar todas estas cuestiones tan complejas: ¿está uno bien seguro de que haya existido jamás un Saúl y un Samuel, y no sería toda su historia una nueva mistificación del autor de la Biblia? En efecto, los incrédulos hacen notar que solo los libros judíos mencionan a este rey y a este profeta, y que los anales de Tiro, que han hablado de Salomón, jamás dijeron una palabra de David... ¡Dame! («Dame» — fr. interjección popular, abreviación antigua de «Notre-Dame» o «Dame Dieu», que expresa evidencia o resignación: «pues sí», «en efecto») existe así no poca gente que se asombra del silencio de los contemporáneos de todos esos personajes puestos en escena por el escritor sagrado, y que tiene dificultad para digerir: 1.º el combate del chiquillo David contra Goliat, gigante de más de cuatro metros de alto, gigante jinete, es decir montado en un caballo proporcionalmente gigantesco; 2.º la historia de Agag cortado súbitamente en pedazos por un sacerdote de unos cien años de edad; 3.º la dote de doscientos prepucios filisteos cortados por David y bien contados por Saúl, que le dio su hija en agradecimiento de ese presente magnífico; 4.º, etc. Si la pitonisa de Endor llega todavía encima de todo eso, la digestión se vuelve cada vez más penosa... ¡Espíritu Santo, descended en nosotros! ¡esto no pasa!...
Entretanto, David seguía en el ejército filisteo; había escogido su puesto «en la retaguardia». El capítulo 29 nos hace saber que los gobernadores del campamento de Afec no lo vieron con buenos ojos en sus filas y exigieron del rey Aquis su despido. Durante estos preliminares, los amalecitas saquearon y quemaron Siclag, la ciudad de residencia del ungido querido; a su vuelta del campamento filisteo, David y sus seiscientos filibusteros no encontraron ya ni a sus mujeres ni a sus hijos; los amalecitas se los habían llevado prisioneros (1 Samuel 30:1-3); lo que prueba por lo menos una cosa, y es que esos enemigos de los judíos no tenían su barbarie, no eran unos masacradores. Las dos esposas Abigail y Ahinoam estaban entre las cautivas. David se lanzó en persecución de los amalecitas, los alcanzó y los degolló, después de haberles arrebatado los prisioneros y prisioneras.
El primer libro de Samuel termina con un relato de la muerte de Saúl, la cual será presentada de una manera completamente distinta en el libro segundo desde su primer capítulo.
Saúl libró, pues, la batalla de Gilboa, y el ejército de Israel fue batido desde los primeros encuentros. «Y los filisteos alcanzaron a Saúl y a sus hijos; y mataron a Jonatán, Abinadab y Malquisúa, hijos de Saúl. Y todo el peso del combate se dirigió contra el rey, y los arqueros lo hirieron con sus flechas. Entonces, Saúl dijo a su escudero: Saca tu espada, y atraviésame con ella el cuerpo, no sea que vengan esos incircuncisos y me traspasen insultando mi desgracia. Pero su escudero, espantado de tan tristes órdenes, no quiso ejecutarlas. Saúl, pues, tomó su espada y se echó sobre ella. Entonces el escudero, habiendo visto muerto a su señor, se echó también sobre su espada y murió con él.» (1 Samuel 31:2-5)

240. Suicidio de Saúl.
«Los israelitas que habitaban más allá del valle donde se libró la batalla, habiendo visto la derrota del ejército judío y habiendo sabido la muerte de Saúl y de sus hijos, abandonaron sus ciudades; de suerte que los filisteos entraron en ellas y se establecieron allí. Y, desde el día siguiente a la batalla, los filisteos vinieron a despojar los cadáveres. Habiendo hallado los de Saúl y de sus tres hijos, cortaron la cabeza del rey e hicieron un trofeo de sus armas, que pasearon por todos los alrededores y por su país, a fin de que el resultado de la guerra fuese conocido en todas partes. Colocaron por fin sus armas en el templo de Astarot y colgaron su cuerpo de las murallas de Bet-sán. Y los habitantes de Jabes, habiendo conocido estos ultrajes infligidos al cadáver de Saúl, se levantaron, hicieron una marcha que duró toda una noche, descolgaron el cuerpo del rey de las murallas de Bet-sán, y lo llevaron a su ciudad, donde lo quemaron con los de sus hijos. Luego, sepultaron los huesos bajo una encina, cerca de Jabes, y ayunaron siete días en señal de duelo.» (1 Samuel 31:6-13)
El segundo libro de Samuel se abre con un relato, completamente distinto, de la muerte de Saúl. La contradicción es tan flagrante, que merece ser puesta de relieve; muestra bien con qué desparpajo el autor sagrado se burla de los creyentes.
«Después que Saúl hubo muerto, David, que acababa de batir a los amalecitas, permaneció dos días en Siclag.» El autor ya ha olvidado que esta ciudad había sido totalmente destruida por el incendio, unos días antes. «Al tercer día, se vio aparecer a un hombre, que volvía del campamento de Saúl; este hombre tenía sus vestidos rasgados y su cabeza cubierta de tierra, y, habiendo venido a David, se postró delante de él. Habiéndole preguntado David de dónde venía, respondió: Me he escapado del campamento de Israel. David lo interrogó todavía: ¿Qué ha sucedido? Te ruego, cuéntamelo. Este hombre dijo: Los israelitas han cedido terreno en el combate; el número de los muertos es considerable, y Saúl y sus hijos están entre los muertos. Entonces, David dijo a este joven: ¿Cómo sabes que el rey y Jonatán hayan muerto? El joven hizo el relato: Me hallaba por casualidad en el monte de Gilboa. Y he aquí que vi a Saúl que se mantenía inclinado sobre su alabarda; algunos jinetes filisteos estaban a punto de alcanzarlo. Como miraba tras de sí, me vio y me llamó: ¿Quién eres?, me preguntó. Soy amalecita, respondí.
Ponte firme sobre mí, prosiguió, y hazme morir; pues estoy en angustia, y aun mi vida está todavía toda en mí. Le obedecí, pues, y lo hice morir. Tomé la corona que tenía sobre su cabeza y el brazalete que llevaba en su brazo, y te los traigo. Entonces, David rasgó todos sus vestidos; todos los hombres que estaban en torno a él lo imitaron. Hubo duelo general y un ayuno de un día. Entonces, David le dijo: ¿Cómo has tenido la audacia de extender tu mano para dar muerte a un ungido del Señor? Luego, llamó a uno de los suyos y le mandó arrojarse sobre el portador de noticias; este fue herido al instante, y murió.» (2 Samuel 1:1-15)

241. David llora a Saúl y a Jonatán.
Después de lo cual, David compuso una endecha — la Biblia la da — sobre el triste fin de Saúl y de Jonatán. No entresacaré de ella más que este pasaje: «¡Oh Jonatán, hermano mío! ¡oh! ¡qué angustia siento, por causa de ti; tú eras todo mi placer; el amor que sentía por ti era más grande que el que tengo por las mujeres!» (v. 26)
Hemos visto, desde el comienzo de esta obra, que la mayor parte de los libros que componen la Biblia son impugnados por diversos conceptos por los sabios. Así, la Iglesia pretende que estos libros fueron escritos por tales personajes que narran en ellos los acontecimientos de su tiempo: el Pentateuco sería la obra de Moisés; Josué sería el autor del libro de Josué; Samuel, el autor de los dos libros de Samuel. El fin de la Iglesia, al imponer esta creencia a sus fieles, es dar a estos libros un carácter más fuerte de veracidad; y hemos visto que los teólogos, Bossuet a la cabeza, se ponen rojos de cólera cuando se les dice que todo eso fue fabricado después de los hechos, en gran parte por Esdras, con posterioridad a la cautividad de Babilonia.
En apoyo de la opinión de los sabios incrédulos, conviene señalar aquí, de paso, una simple frase del capítulo 1º del libro 2 de Samuel, que permite comprobar la superchería de los fabricantes de Sagrada Escritura. «Esta endecha de David sobre Saúl y Jonatán, se dice en el versículo 18, se halla escrita también en el Libro de los Justos.» («Libro de los Justos» — fr. «Livre des Justes», forma de la Biblia de Ostervald; las Biblias españolas, como la Reina-Valera, dicen «libro de Jaser») Ahora bien, ese mismo Libro de los Justos ha sido mencionado en el libro de Josué, a propósito del milagro del sol y de la luna detenidos por el sucesor de Moisés: «Y el sol se detuvo, y la luna también, hasta que el pueblo hubo acabado la matanza. Esto está escrito también en el Libro de los Justos.» (Josué 10:13) Si Josué no es un mito, su milagro tuvo lugar unos cinco siglos antes del reinado de David. Es, por consiguiente, materialmente imposible que Josué haya podido citar, en un libro escrito por él, otro libro que, según el supuesto Samuel, reproduce también la endecha de David sobre Saúl y Jonatán.
Ese Libro de los Justos, que la Biblia nombra en varias ocasiones, ha sido suprimido por los sacerdotes; lo han hecho desaparecer y dicen que es un documento desgraciadamente perdido. Su existencia dejaba ver demasiado bien que el Antiguo Testamento no fue escrito, a medida que sucedían los hechos, por los Moisés, Samuel, David, etc., relatando fielmente los acontecimientos de los que fueron contemporáneos. Pero no se piensa en todo: los dos versículos bíblicos que acabo de reproducir paralelamente muestran la punta de la oreja («muestran la punta de la oreja» — fr. «montrent le bout de l’oreille»: dejan asomar lo que se quería ocultar, como el asno disfrazado de león de la fábula), dan la prueba cierta de la superchería sacerdotal.
David, pues, que había sido consagrado por Samuel, no se consideró verdaderamente rey hasta la muerte de Saúl; solo entonces hizo acto de soberano. Consultó primero a Jehová para saber qué ciudad sería la capital de su reino, y papá Buen Dios le designó Hebrón (2 Samuel 2:1). Luego, apeló al pueblo; pero solo los jefes de la tribu de Judá vinieron a reconocerlo, «y allí, en Hebrón, ungieron a David por rey sobre la casa de Judá» (v. 4). El hijo de Isaí fue así ungido dos veces; lo que equivale a decir que la unción de Samuel no contaba. Después de lo cual, instaló en Hebrón a sus mujeres Abigail y Ahinoam, y, para consolarse de la ausencia de Mical, su primera esposa, hija de Saúl, la reemplazó por cuatro nuevas mujeres: Haguit, Abital y Egla, cuya familia el autor sagrado descuida darnos a conocer, y Maaca, hija de S. M. Talmai, rey de Gesur. Estas seis esposas parecen haber hecho juntas bastante buen ménage («hacer buen ménage» — fr. «faire bon ménage», literalmente «hacer buen hogar»: convivir en armonía, como un matrimonio bien avenido).
David necesitaba un general en jefe. No se ha olvidado a aquel Abisai, que fue su compañero cuando penetró de noche en el campamento de Haquila, y que le birló a Saúl su orinal, mientras David se llevaba su alabarda. Abisai, hijo de Sarvia, tenía dos hermanos, llamados Joab y Asael; fue a Joab a quien David puso a la cabeza de su ejército, y le veremos desempeñar un papel importante durante todo el reinado. «El número de los días que David reinó en Hebrón sobre la tribu de Judá fue de siete años y seis meses.» (v. 11)
Por otra parte, Abner, general en jefe de Saúl, no reconoció al elegido de Judá. Presentó al pueblo a Is-boset, el más joven de los hijos de Saúl, y este, aclamado por las otras once tribus, tomó el título de rey de Israel y fijó su corte en Mahanaim; su reinado no duró más que dos años.

242. El más joven de los hijos de Saúl se proclama rey.
Hubo, pues, guerra civil. Al principio, habiéndose encontrado los ejércitos de Israel y de Judá junto al estanque de Gabaón, Abner propuso a Joab hacer luchar a doce jóvenes de la tribu de Benjamín contra doce jóvenes partidarios de David. Joab aceptó. «Entonces, cada uno de los doce de cada lado se puso frente a su adversario y le pasó la espada a través del cuerpo, de suerte que cayeron todos juntos, habiéndose traspasado mutuamente; y se llamó al lugar Helcat-hazurim» (v. 16). Tras esto, se trabó una refriega general; los partidarios de David pusieron en fuga a los de Is-boset.
Abner había emprendido la huida cuando vio la batalla perdida. «Corría con todas sus fuerzas («con todas sus fuerzas» — fr. «à toutes jambes», literalmente «a todas piernas»: a toda velocidad), perseguido por el hermano de Joab, Asael, que era tan ligero de pies como un corzo en el campo. Y Asael perseguía a Abner, sin desviarse ni a la derecha ni a la izquierda, sino que solo iba tras Abner. Ahora bien, este, en su carrera, miró tras de sí y dijo: ¿No serás tú Asael? — Sí, soy yo mismo, respondió Asael. Entonces, Abner le dijo, siempre corriendo: Deja de perseguirme, y corre más bien tras uno de los jóvenes de mi ejército; mátalo, y reconozco tu derecho sobre sus despojos. Pero Asael se obstinaba en correr tras el general. Abner le dijo aún: Verdaderamente, haces mal en perseguirme; porque no tendría más que volverme y matarte; y te aseguro que tendría pesar en darte muerte, porque después de eso no me atrevería nunca más a presentarme delante de Joab, tu hermano. Y he aquí que Asael no quiso atender a razones, y perseguía con más ahínco a Abner, que huía. Entonces, Abner se volvió de repente, y le hirió, en la quinta costilla, con el extremo del asta de su alabarda, de suerte que su alabarda lo atravesó y le salió por el trasero. Asael cayó muerto en el sitio; y los demás fugitivos que llegaban después se detenían un momento para mirarlo tendido en tierra.» (2 Samuel 2:18-23)
«Entonces, Joab y Abisai se lanzaron en persecución de Abner, y corrieron tanto tiempo que el sol se ponía cuando llegaron al collado de Amma, frente a Gía. Esta vez, los fugitivos y los perseguidores se detuvieron. Los benjamitas se agruparon en torno a Abner, en la cima del collado, y desde allí Abner gritó a Joab estas palabras: ¿Devorará la espada sin cesar? ¿No sabes que hay amargura en semejante guerra? Di, pues, bien pronto a tus hombres que no persigan más a sus hermanos. Joab respondió: Dios me es testigo de que, si hubieras hablado así esta mañana, los míos se habrían retirado ya, teniendo cada uno pesar de combatir a sus hermanos. Joab, pues, tocó la trompeta, todos los soldados de Judá se detuvieron, no persiguieron más a los de Israel. Así, Abner, sano y salvo, pasó el Jordán y se fue a Mahanaim; por otra parte, Joab hizo el recuento de su ejército y vio que faltaban en total diecinueve partidarios de David, además de Asael. Por el contrario, el ejército de Abner había perdido trescientos sesenta hombres. Y el día comenzaba a despuntar cuando Joab y sus tropas llegaron a Hebrón.» (2 Samuel 2:24-32)
Habría sido una lástima no reproducir el relato de esta famosa batalla; pues, siendo esto historia sagrada, dictada por la divinidad misma, las burradas como las que se acaban de leer merecen ser señaladas. No debemos perder nunca de vista que es en nombre de estas estupideces, declaradas sublimes, como los sacerdotes son funcionarios del Estado, tienen en él privilegios, y que el dinero de los contribuyentes sirve para mantener su casta, como si fueran doctores de las más nobles ciencias y profesores de las más admirables verdades.
Mientras once tribus se negaban a reconocer su realeza, David «fortalecía su casa haciendo hijos». El ungido querido no perdía el tiempo, ¡oh! no. «De Ahinoam, tuvo a Amnón, por primogénito; de Abigail, tuvo a Quileab; de Maaca, tuvo a Absalón; de Haguit, tuvo a Adonías; de Abital, tuvo a Sefatías; de Egla, tuvo a Itream. Estos seis hijos de David nacieron en Hebrón.» (2 Samuel 3:2-5)
Una historia de mujer había de hacer pasar, poco después, a Abner al partido de David. He aquí, textualmente, la anécdota: «Ahora bien, Saúl había tenido una concubina, llamada Rizpa, hija de Aja. Y un día Is-boset dijo a Abner: ¿Por qué te has acostado con la concubina de mi padre? Abner, muy irritado, le respondió: ¿Tengo yo acaso cabeza de perro, para que me reproches el haberme adjudicado una mujer, yo que te he sostenido contra la tribu de Judá después de la muerte de tu padre y de tus hermanos? Puesto que así es, ¡que Dios descargue su mano más severa sobre mí, si no doy a David tu trono, como Jehová ha jurado dárselo, y si no transfiero la realeza de la casa de Saúl a la de David, desde Dan hasta Beerseba!... Is-boset, que temía a Abner, no se atrevió a responderle una palabra. Abner envió, pues, diputados a David, para decirle: Trata conmigo, y reuniré bajo tu cetro a todo Israel. David respondió: Sea, trataré contigo, con una sola condición: que no conferenciaremos juntos antes de que me devuelvas a mi querida Mical, hija de Saúl. Y, por otra parte, David envió diputados a Is-boset, con este mensaje: ¡Que se me devuelva inmediatamente a Mical, mi primera mujer, con quien me casé por doscientos prepucios de filisteos! Is-boset envió a buscar a su hermana y se la quitó a su marido Palti, hijo de Lais. Y hasta Bahurim la siguió Palti, el segundo marido de Mical, y lloraba con ardientes lágrimas, caminando tras ella. Entonces, Abner dijo a Palti: Ahora, vuélvete atrás, y vete tú solo. Palti se volvió.» (2 Samuel 3:7-16)
Así fue como David recuperó a su esposa n.º 1, a la que tenía mucho apego, como se ve; pero no por eso dejó de guardarse a las otras seis. En cuanto a Abner, su traición a Is-boset no le trajo suerte. Cuando se dirigió a Hebrón para tratar con el hijo de Isaí, se había hecho acompañar por veinte de sus oficiales; David dio un festín en su honor, luego lo despidió como amigo, a fin de que fuera a convencer a los israelitas de que solo él era el rey legítimo. Pero Joab, habiéndolo sabido, mandó a hombres suyos, que alcanzaron a
Abner en el camino y lo trajeron de vuelta a Hebrón, con el pretexto de que David tenía todavía algo que decirle. «Entonces, Joab tomó aparte a Abner, para hablarle en secreto, y lo mató atravesándole las partes genitales.» La muerte de Asael estaba vengada. David, al saber de este asesinato, proclamó que no tenía nada que ver en ello. ¡Que la sangre de Abner, exclamó, recaiga sobre la cabeza de Joab! Hizo incluso espléndidos funerales al general en jefe del ejército de su rival. (v. 20-39)
La situación no era alegre para Is-boset; gran número de sus partidarios lo abandonaban. Dos de sus capitanes, llamados Recab y Baana, entraron en su alcoba, un día en que hacía mucho calor y en que dormía después de su comida del mediodía, y lo asfixiaron en su lecho. Orgullosos de esta bella hazaña y contando con una recompensa, llevaron su cabeza a David. David los recompensó haciéndoles cortar las manos y los pies, primero; luego, Recab y Baana fueron colgados de una horca que se levantó sobre el estanque de Hebrón. Por último, David hizo depositar la cabeza de Is-boset en el sepulcro de Abner. (cap. 4).

243. Muerte trágica de Is-boset.
Después de haber reinado siete años y medio en Hebrón, David reinó treinta y tres años en Jerusalén, que pertenecía a los jebuseos, y de la que se apoderó gracias a la unión definitiva de todos los israelitas bajo su cetro. «David habitó en la fortaleza, a la que dio el nombre de ciudad de David, y edificó construcciones todo alrededor. Hiram, rey de Tiro, le envió embajadores, así como carpinteros y albañiles, con madera de cedro, para hacerle construir un palacio.» Recordemos que los anales de Tiro no hacen mención alguna de esta embajada y ni siquiera citan el nombre de David.
Sea como fuere, el verdadero establecimiento del pueblo judío comienza con la toma de Jerusalén; hasta entonces, los israelitas no habían sido más que una horda vagabunda, que vivía de la rapiña, corriendo de montaña en montaña y de caverna en caverna, sin haber podido apoderarse de una sola plaza considerable. Jerusalén está situada junto al desierto, en el paso de todos los árabes que iban a traficar a Fenicia; la posición era buena. El terreno, a decir verdad, no es más que guijarros y no produce nada; pero las tres montañas sobre las que está edificada la ciudad hacían de ella una plaza muy importante. Se ve que
a David le faltaba de todo para edificar allí casas convenientes para una capital, puesto que Hiram, rey de Tiro, le envió madera, carpinteros y albañiles; pero no se ve cómo pudo David pagar a Hiram, ni qué trato hizo con él. David estaba, dice Voltaire, a la cabeza de una nación largo tiempo esclava, que debía de ser muy pobre; el botín que había hecho en sus correrías no debía de haberlo enriquecido mucho, puesto que no se habla de ninguna ciudad opulenta que él haya saqueado; pero, en fin, aunque la historia judía no nos da ningún detalle del estado en que se hallaba entonces Judea, aunque no sabemos cómo hizo David para gobernar ese país, debemos considerarlo siempre como el único fundador.
En cuanto se vio dueño de Jerusalén y de quince a veinte leguas de país, «David tomó todavía concubinas y se casó con nuevas mujeres; y le nacieron todavía hijos e hijas. He aquí los nombres de los hijos que le nacieron en Jerusalén: Samúa, Sobab, Natán, Salomón, Ibhar, Elisúa, Nefeg, Jafía, Elisama, Eliada y Elifelet.» (2 Samuel 5:13-16)
Terminada su instalación personal, David pensó en dar a Jehová un alojamiento conveniente, es decir, en hacer transportar el arca santa a su capital. «Reunió de nuevo a toda la élite de Israel, que ascendía a treinta mil hombres, y, acompañado de toda la tribu de Judá, fue a buscar el arca de Dios, sobre la cual se invoca a Sabaot, esa arca sagrada en la que el Eterno reside entre los querubines. Se puso, pues, el arca de Dios sobre una carreta completamente nueva, y la tomaron en la aldea de Gabaa, donde estaba, en la casa de Abinadab (hijo de Saúl, muerto con él en Gilboa); Uza y Ahío, hijos de Abinadab, conducían la carreta (2 Samuel 6:1-3)... Pero cuando se hubo llegado cerca del granero de Nacón, los bueyes resbalaron y, al caer, hicieron inclinarse el arca; Uza la sujetó con sus manos. Entonces, la cólera de Dios se encendió contra Uza; Dios lo hirió, y cayó muerto en el sitio, delante del arca de Dios.» (v. 6-7)
«Entonces, David sintió un gran temor de Jehová aquel día, y se dijo: Sería quizá peligroso que el arca de Dios entrase en mi casa. Y la hizo colocar en la casa de un tal Obed-edom.» (2 Samuel 6:9-10)
Si el escritor de esta parte de la Biblia no es Samuel, es no obstante sacerdote, según toda probabilidad; pues lo que domina en este relato es la preocupación por impedir que los laicos toquen el arca. Ya hemos visto la espantosa hecatombe de cincuenta mil setenta curiosos, muertos instantáneamente, como fulminados, por haber mirado dentro de la sagrada caja; el autor, para inspirar temor, no retrocedió ante la inverosimilitud de la anécdota. Ahora, ¡poco importa que Dios parezca de una injusticia clamorosa! he aquí un arca que, aunque divina, no debía de ocupar un lugar muy grande, puesto que no ocupaba más que una simple carreta, y esta carreta debía de ser muy estrecha, puesto que pasaba por los desfiladeros que se extienden desde la montaña de Gabaa hasta la montaña de Jerusalén; ahora bien, los sacerdotes no acompañaban al cofre santo, lo que apenas se concibe, y, dado que no se tomaron todas las precauciones necesarias para impedir que cayera, he aquí a ese buen hombre de Uza que sujeta el arca, que la preserva de una caída, ¡y que se ve recompensado por su celo religioso con una muerte súbita! ¡Se confesará que esto es fuerte! («esto es fuerte» — fr. «c’est raide», literalmente «es tieso»: es excesivo, difícil de aceptar) Los incrédulos, milord Bolingbroke a la cabeza, tienen, pues, buen juego («tienen buen juego» — fr. «ont beau jeu»: lo tienen fácil) para decir que este relato es injurioso para la bondad divina, y que, si había algún culpable, eran los levitas que habían abandonado la sagrada caja, y no el laico que la sostenía... Pero es con relatos de esta especie como se mantenía al pueblo ignorante en la creencia de las inmunidades y privilegios concedidos por Dios a la casta sacerdotal.
Otra observación: estos toscos comienzos del reinado de David prueban que la nación judía era todavía tan tosca como pobre, y que en realidad no poseía aún una casa lo bastante conveniente para depositar en ella el objeto de su culto.
El señor Obed-edom, constituido guardián del arca, tuvo gran cuidado de no tocarla; por eso «el Eterno lo bendijo, así como a toda su familia, y sus negocios prosperaron». (v. 11) David, habiendo comprobado, al cabo de tres meses, que había así manera de no ser fulminado, hizo reclamar el arca a Obed-edom. Se la transportó entonces a Jerusalén. La ceremonia del traslado fue solemne, y el rey manifestó una alegría extraordinaria en esta circunstancia: «David, ceñido con un efod de lino, saltaba con todas sus fuerzas (sic) delante del arca de Dios.» (v. 13) En su alborozo, levantó incluso la pierna un poco demasiado alto y mostró... lo que no habría debido dejar ver. Mical, su esposa n.º 1, no le ocultó su manera de pensar sobre este asunto, después de que la sagrada caja hubo sido colocada en un tabernáculo construido ad hoc.

244. David baila delante del arca.
«Cuando David volvía hacia su casa para bendecirla, Mical salió a su encuentro y le dijo: ¡El rey de Israel se ha hecho hoy mucho honor, descubriendo su desnudez ante los ojos de sus criadas, y no ha tenido de ello ninguna vergüenza, como haría un loco!» (v. 20) En cuanto a Jehová, quedó muy satisfecho de esta danza desmelenada, y castigó a Mical por haber despreciado aquel día a su marido; por castigo, «no tuvo hijos hasta el día de su muerte». (v. 23)
David habría deseado construir un templo a Jehová; pero el dios de los judíos se opuso, reservaba ese honor a Salomón. (cap. 7)
El capítulo 8 está consagrado a las victorias de David. «Después de esto, David batió a los filisteos, los humilló, y libró al pueblo israelita del tributo que les pagaba.» (2 Samuel 8:1) Causa gran asombro que el ungido querido, después de la conquista de Jerusalén, haya pagado todavía tributo a los filisteos, y que hayan hecho falta nuevas victorias para librar a los judíos de esa onerosa sujeción; eso prueba que ese pueblo era todavía un pueblo muy pequeño.
«David derrotó también a los moabitas, y, habiéndolos vencido, los hizo tenderse en tierra y medirlos con cuerdas; una medida de cuerda era para la muerte, otra medida era para la vida; y Moab quedó sometido al tributo». (2 Samuel 8:2) La manera en que
David trata a los moabitas se parece singularmente a la fábula pagana que se ha contado sobre Busiris, que hacía medir a sus cautivos por la longitud de su lecho; se les cortaban los miembros que sobresalían, y se alargaban mediante torturas los miembros que no eran bastante largos.
«Luego, David derrotó también a Hadad-ezer, rey de Soba, en Siria, y derribó su dominación sobre el río Éufrates. Le tomó mil setecientos jinetes y veinte mil infantes; desjarretó a todos los caballos de sus carros de guerra, salvo a los de cien carros, que se reservó. Ahora bien, habiendo venido los sirios de Damasco en socorro de Hadad-ezer, David mató de ellos veintidós mil. Estableció guarnición en la Siria de Damasco, y toda Siria le pagó tributo. Tomó las armas de oro de los oficiales de Hadad-ezer y las llevó a Jerusalén.» (2 Samuel 8:3-7) Hizo alianza con un tal Tobías («Tobías» — fr. «Tobie», así en el original de Taxil; la Biblia llama Toi a este rey de Hamat), rey de Hamat, tan desconocido en la historia como el rey del que fue vencedor. «Y, al volver de su campaña de Siria, hizo pedazos a dieciocho mil idumeos en el valle de las Salinas.» (v. 13)
Varios sabios niegan formalmente estas victorias de David en Siria y hasta el Éufrates. Dicen que no se hace mención de ellas en ninguna parte, en ningún historiador; que no se conoce ningún rey de Siria con el nombre de Hadad-ezer; que, si David hubiera extendido su dominación hasta las riberas del Éufrates, habría sido uno de los mayores soberanos de la tierra en aquella época, y que, por consiguiente, el silencio absoluto de todos los historiadores a su respecto no se comprendería. En resumen, los sabios consideran como una exageración insostenible estas pretendidas conquistas del jefe de una nación minúscula, ¡dueña de una sola ciudad que ni siquiera estaba todavía edificada!
En medio de su gloria, David se acordó de repente de un viejo servidor de Saúl, llamado Siba; lo hizo llamar y le preguntó si por casualidad no viviría todavía alguien de la familia del primer rey. Siba le informó (¡David ignoraba eso!) de que Jonatán había dejado un hijo, Mefi-boset, el cual, con el tiempo, se había convertido en papá; este retoño se llamaba Micha. El monarca no tenía que temer competencia alguna por parte del hijo de Jonatán, puesto que se mantenía tranquilo hasta el punto de haber permanecido desconocido durante tantos años. Dio tierras a Siba y a Mefi-boset, y quiso que este último no tomara ya en adelante sus comidas en otro sitio que en el palacio real (cap. 9) «Desde entonces, Mefi-boset habitó en Jerusalén, porque comía continuamente a la mesa del rey; y era cojo de ambos pies.» (v. 13)
David hizo también la guerra a los amonitas (cap. 10), a raíz de una mala broma de su rey, Hanún. Hallándose cierto número de judíos de viaje por el territorio de Hanún, este «les hizo rasurar la mitad de la barba y cortar la mitad de sus vestidos, desde lo alto de los muslos hasta los pies; luego, los despidió así». (v. 4) No hace falta decir que los amonitas fueron batidos a costura plana («batidos a costura plana» — fr. «battus à plate couture», imagen de costura: derrotados por completo).
La Sagrada Escritura nos ha enumerado hace un momento los hijos que David tuvo en Jerusalén, entre ellos Salomón. Las circunstancias del nacimiento de este hijo son el objeto del capítulo 11.
Un día en que el rey se paseaba, divisó a lo lejos a una hermosa mujer que tomaba un baño; al punto, sintió el vivo deseo de ver a esta dama más de cerca. (2 Samuel 11:2)

245. David presa del demonio del adulterio.
«¿Quién es esa mujer? preguntó. Y uno de sus oficiales le dijo: Es Betsabé, hija de Eliam, esposa del capitán Urías. Entonces, David envió hombres a su servicio junto a Betsabé, y ella fue raptada.

246. Proyectos criminales del rey.
Se acostó, pues, con ella; después de lo cual, Betsabé se lavó, y así se purificó de su impureza; luego, volvió a su casa. Ahora bien, esta mujer concibió; lo envió a decir a David en estos términos: Estoy encinta. A esta noticia, David mandó a Joab, su general en jefe, que le enviara a Urías. Habiendo venido, Urías fue interrogado por el rey sobre Joab, sobre el pueblo, y sobre lo que pasaba en la guerra. Luego, David dijo a Urías: Vete a tu casa, a tu morada, y lava tus pies (sic). Urías salió, pues, de la casa del rey, seguido de un presente real que los servidores de David llevaban tras él. Pero Urías durmió a la puerta de la casa del rey, con los servidores de su señor, y no bajó a su casa. Y se lo contaron a David, que lo llamó de nuevo y le dijo: ¿Por qué no has ido a tu casa, puesto que volvías de viaje? Urías respondió a David: ¡Cómo! ¡el arca de Dios se aloja bajo una tienda, y Joab, mi general, y todos mis compañeros de armas también! ¿y yo entraría en mi casa para comer y beber en ella y para acostarme con mi mujer? ¡No, no haré eso! Entonces, David retuvo a Urías en Jerusalén un día más y el siguiente. Luego, David lo hizo comer y beber con él, y embriagó a Urías. A la mañana siguiente, el rey escribió a Joab; envió su carta por manos de Urías. Ahora bien, esta carta estaba escrita en estos términos: En la primera batalla que libréis, pondréis a Urías en el puesto más peligroso, y os retiraréis de su lado en lo más recio del combate, a fin de que sea herido y muera.» (2 Samuel 11:2-15)
«Después, pues, de que Joab hubo hecho el examen de la ciudad de Rabá, que sitiaba, colocó a Urías en el lugar donde sabía que habría una salida de los más valientes amonitas. Y los sitiados salieron contra el ejército de Joab; y algunos de los sitiadores fueron muertos, y Urías se halló en el número de los que perecieron.

247. El valiente capitán Urías es sacrificado.
Entonces, Joab envió un mensajero a David para hacerle saber todo lo que había sucedido en aquel combate. Si acontece que el rey se enoje, dijo al mensajero, y si reprocha que se hayan acercado demasiado a las murallas, añadirás estas palabras: Oh rey, tu siervo Urías ha muerto en este asalto.» (v. 16-21) El mensajero cumplió su misión. «David, habiéndolo oído, respondió: Haz saber a Joab que no debe desanimarse en modo alguno; que redoble el combate contra Rabá, y que destruya esa ciudad.» (v. 25)
«Entonces, la mujer de Urías, habiendo sabido que su marido había muerto, se puso de luto. Y cuando pasó el tiempo del luto, David envió a buscarla, la tomó consigo, y ella fue su mujer, y le parió un hijo. Mas la cosa que David había hecho desagradó al Eterno.» (2 Samuel 11:26-27)

248. David consuela a Betsabé, viuda de Urías.
Jehová delegó ante el rey al profeta Natán, que le soltó una historieta: un gran ricachón, propietario de numeroso ganado, había dado un día hospitalidad a un viajero, y, para agasajarlo, le sirvió una oveja que robó a un pobre hombre, en vez de tomar una de su abundante rebaño. David se indignaba contra aquel ricachón deshonesto, cuando Natán lo interrumpió: «Ese culpable contra quien se enciende tu cólera, eres tú mismo. Dios me ha enviado para recordarte que te había ungido rey de Israel, que te había librado de Saúl, que te había dado incluso numerosas mujeres, y si todo eso podía parecerte poco, estaba dispuesto a concederte aún otra cosa. ¡Mas he aquí que has hecho perecer al capitán Urías, y le has quitado su mujer! Por eso Jehová me encarga decirte que la espada no saldrá jamás de tu casa por toda la eternidad, porque has despreciado sus beneficios. Y he aquí: Dios va a hacer salir de tu propia familia una vergüenza que será contra ti y que te humillará mucho; Dios, te lo anuncio, tomará tus mujeres ante tus propios ojos, las dará a uno de tus allegados, y éste se acostará con tus mujeres en pleno día, a los ojos de todo Israel; porque tú has fornicado en secreto; mas el que poseerá tus esposas y tus concubinas fornicará en público con ellas, para tu humillación. Entonces, David dijo a Natán: ¡Ay! ¡he pecado contra el Eterno! Natán prosiguió: Puesto que lloras, no morirás; Dios te quita tu pecado y lo hace pasar sobre la cabeza de tu hijo; es el niño nacido de tu pecado el que morirá.» (2 Samuel 12:7-14)
Salida majestuosa del profeta; oración y ayuno de David, muerte, al cabo de siete días, del niño que había tenido de Betsabé. «Durante esos siete días, David no tomó alimento alguno, y permaneció día y noche acostado en tierra cuan largo era. Y sus siervos temieron decirle que el niño había muerto. Cuando el niño estaba vivo, decían, el rey se negó a escuchar nuestra voz; ¿cómo, pues, le haríamos saber su muerte? Eso no puede ser, porque se afligiría más. Mas David, habiendo advertido que sus siervos hablaban muy bajo, comprendió que el niño había muerto. Les hizo, pues, esta pregunta: ¿No ha muerto mi hijo? Ellos respondieron: Sí. Entonces, David se levantó de tierra, se aseó, se frotó todo el cuerpo con suaves perfumes, se vistió con hermosos vestidos, y se fue a postrarse ante el arca de Dios. Luego, volvió a su palacio, pidió de comer, y comió mucho. Sus siervos, asombrados, le dijeron: Oh rey, ¿qué haces, pues? no entendemos nada. Has ayunado y llorado por este niño, mientras estaba todavía vivo; ¡y ahora que ha muerto, he aquí que ya no lloras y comes con buen apetito! David les dijo: Cuando el niño no estaba más que enfermo, ayuné y lloré; porque me preguntaba si Dios no tendría piedad de mí y no dejaría vivir a mi hijo. Mas, ahora que ha muerto, ¿por qué habría de ayunar? ¿lo volvería a la vida mi abstinencia? No, ¿verdad? Continuando sin tomar alimento alguno, moriría yo a mi vez; iría a reunirme con mi hijo, y él, él no volvería a mí. Entonces, David se fue junto a Betsabé, y, para consolarla, se acostó con ella hasta que le parió otro hijo. Este segundo hijo de Betsabé recibió de su padre el nombre de Salomón; y éste agradó al Eterno, que lo amó. Ahora bien, David dio parte de este nacimiento a Natán el profeta, y Natán impuso al niño un segundo nombre, el nombre de Jedidías.» (2 Samuel 12:17-25)
¡He aquí un episodio de los más edificantes, ciertamente!... El matrimonio de Betsabé, preñada de David, es declarado nulo por varios rabinos y por varios comentaristas, refiere Voltaire. Entre nosotros, una mujer adúltera no puede casarse con su amante, asesino de su marido, a menos de una dispensa del papa: así lo decidió el papa Celestino III. Ignoramos si el papa puede, en efecto, tener tal poder; pero es cierto que, en ninguna nación civilizada, está permitido casarse con la viuda de aquel a quien se ha asesinado.
Hay otra dificultad: si el matrimonio de David y de Betsabé es nulo, no se puede, pues, decir que Jesucristo es descendiente legítimo de David, como lo declara el Evangelio al dar su genealogía. Si, por el contrario, se decide que desciende de él legalmente, se pisotea la ley de todas las naciones, una de las leyes universales conformes a los principios más elementales de la moral; si el matrimonio de David y de Betsabé no es más que un nuevo crimen, Jesucristo ha nacido, pues, de la fuente más impura, puesto que el Nuevo Testamento lo hace descender de Salomón. Para escapar a este dilema, los teólogos invocan el arrepentimiento de David, que lo reparó todo. Pero su arrepentimiento no fue sino de corta duración, y se quedó con la viuda de Urías, su víctima; luego, su crimen se agravó; es una dificultad nueva, que los teólogos no pueden resolver, y se ven reducidos a refugiarse, como siempre, en la necesidad de una fe ciega, siendo las voluntades de Dios incomprensibles las más de las veces.
En el caso que examinamos, es, de hecho, imposible desentrañar exactamente los sentimientos de Jehová. Él, que mató al buen viejo Nabal, para facilitar el primer adulterio de David, se enfada de que su ungido querido se haya hecho culpable de asesinato con respecto a Urías; ¿hacía falta, pues, que David le rogara que se encargase de esa tarea homicida, y que obtuviera a Betsabé gracias a un divino rayo, como había obtenido a Abigail?... Luego, Jehová da pruebas, en esta circunstancia, de una cólera extraña. Se muestra enfadado, puesto que envía al profeta Natán a dirigir reproches al rey y a fulminar el anuncio de terribles castigos; pero su cólera no le impide ver con buenos ojos el matrimonio de David con la viuda del asesinado, puesto que manifiesta su predilección por Salomón, nacido de David y de esa viuda. Transfiere el pecado del asesino a un niño en la cuna; entonces, por efecto de esta extraña combinación celestial, ¿David queda, pues, definitivamente perdonado, diréis?... No precisamente. Está perdonado, porque el niño murió; pero no está perdonado, porque la amenaza de hacer que las mujeres y concubinas del rey se acuesten con otro a los ojos de todo Israel subsistió por entero, como se va a ver.
Entretanto, Joab había acabado por apoderarse de Rabá, la capital de los amonitas (2 Samuel 12:26). David vino a tomar posesión de esta nueva conquista. «Y tomó la diadema de sobre la cabeza del rey de los amonitas; ahora bien, esta diadema, toda enriquecida de piedras preciosas, pesaba un talento de oro; y David la puso sobre su cabeza, y trajo de Rabá un botín muy grande» (2 Samuel 12:30). Se ha calculado que el peso de un talento de oro equivalía a noventa libras: apenas es posible que un hombre haya llevado semejante corona; habría aplastado al mismo Goliat.
Habiendo vencido a los amonitas, el rey de Israel infligió a sus prisioneros suplicios espantosos; eran esos mismos habitantes de Rabá los que habían librado a David del capitán Urías: David estaba medio perdonado por Dios; pero Jehová escogía a David para ser el ejecutor de la venganza divina contra sus propios cómplices, que, por lo demás, eran perfectamente inocentes, habiéndose batido lealmente; si alguien hubiera debido cargar con el castigo («cargar con el castigo» — fr. «écoper», literalmente «achicar el agua de una barca»; en argot, recibir el castigo o los golpes), era Joab, cuyo papel apenas había sido honorable. «David hizo traer ante sí a todos los habitantes de Rabá; todos fueron masacrados, unos aserrados en dos con sierras, otros aplastados y desgarrados por pesadas rastras de hierro que se hicieron pasar sobre ellos, otros cortados vivos en pedazos con cuchillos, y los demás arrojados a hornos de cocer ladrillo. David trató del mismo modo a la población de todas las ciudades amonitas; tras lo cual, se volvió a Jerusalén.» (2 Samuel 12:31)

249. Ferocidad de David para con los amonitas.
Es de desear que estas inconcebibles barbaries sean una exageración, como lo es evidentemente la diadema de noventa libras. No hay ejemplo, en la historia, de una crueldad tan enorme y tan deliberada. El señor Huet, de Londres, no deja de pintarla con los colores que merece. El benedictino dom Calmet dice «que es de presumir que David no siguió más que las leyes comunes de la guerra; que la Escritura no reprocha nada sobre esto a David, y que incluso le rinde el testimonio expreso de que, fuera del hecho de Urías, su conducta fue siempre irreprochable». Esta excusa sería buena en la historia de los tigres y de las panteras, responde el señor Huet; ¿qué hombre, si no tiene el corazón de un verdadero judío, podrá hallar expresiones convenientes para semejante horror? ¡Y he ahí al hombre según el corazón de Dios!... En todo caso, sea esta historia exacta o inventada a placer, no se puede sino estigmatizar semejante enseñanza religiosa; ¿y qué pensar de los que se han dado la misión de convencer a un pueblo de que tales salvajadas son actos gloriosos y meritorios?...
Pero, en esta familia de David, no se sale de un horror sino para recaer en otro. Prosigamos.
«Inmediatamente después, Amnón, hijo de David, se enamoró de su hermana Tamar, hermana también de Absalón, otro hijo de David: y estaba tan enamorado de ella que todo su pensamiento se absorbía en esta pasión, con desesperación; porque Tamar era virgen, y le parecía demasiado difícil obtener nada de ella. Ahora bien, Amnón estaba ligado por la más íntima amistad con Jonadab, hombre muy astuto, sobrino de David. Y Jonadab dijo a Amnón: ¿Por qué enflaqueces así de día en día? ¿por qué no me dices la causa? Amnón le respondió: Es que estoy enamorado de mi hermana Tamar, hermana de madre de mi hermano Absalón. Entonces, Jonadab le dijo: Acuéstate en tu lecho y fíngete enfermo; luego, cuando tu padre venga a verte, ruégale que te envíe a Tamar para hacerte buñuelos de carne, que ella sabe muy bien preparar.» (2 Samuel 13:1-5)
La historia profana refiere incestos que tienen alguna semejanza con el de Amnón. Sin embargo, no es de presumir que los unos hayan sido copiados de los otros; porque, después de todo, semejantes impudicias no han sido sino demasiado comunes en todas las naciones. Lo que hay aquí de particularmente extraño es que Amnón confía su pasión criminal a su primo Jonadab; era preciso, pues, que la familia de David fuese muy disoluta para que uno de sus hijos, que podía tener tantas concubinas a su servicio, quisiera absolutamente gozar de su propia hermana, y para que su primo hermano le facilitase los medios.
Amnón siguió el consejo de Jonadab, y las cosas pasaron como éste lo había previsto. El rey, habiendo venido junto a su hijo encamado, escuchó su petición, creyó en uno de esos inofensivos caprichos de enfermo que no se niegan, y envió a su hija a confeccionar en la habitación de Amnón los famosos buñuelos de carne, su especialidad de cordon-bleu («cordon-bleu» — fr. «cordon-bleu», literalmente «cordón azul»: cocinera de primer orden).
«Tamar se fue, pues, a casa de su hermano Amnón, y lo halló acostado. Tomó masa, la amasó, e hizo con ella delante de él buñuelos, que coció mezclándoles pedacitos de carne. Luego, llevó la sartén junto a su lecho y vertió los buñuelos. Mas Amnón dijo: ¡No quiero comerlos delante de la gente que está ahí! Cada cual se retiró. Entonces, Amnón, que había retenido a Tamar, le habló así: Acerca los buñuelos que me has preparado, y acércate tú misma, porque no quiero comerlos sino de tu mano; acércate, Tamar, más cerca todavía. Tamar hizo como él le pedía. Mas, mientras se inclinaba sobre su lecho para hacerle comer un buñuelo, él la agarró de repente, y le dijo: Vamos, ven, déjate hacer; acuéstate conmigo, hermana mía. Y ella le respondió: No, hermano mío, no quiero, y, te lo ruego, no me hagas violencia, porque la violación está prohibida entre los israelitas. No cometas esta acción infame. Y yo, ¿qué sería de mí, una vez que me hubieras infligido esta vergüenza? Tú, tú pasarías por un loco. Ahora, escucha: si me quieres a toda costa, háblale de ello al rey, nuestro padre, y sin duda, para un matrimonio, no rehusará darme a ti. Mas Amnón no quiso escucharla; y, como era más fuerte que ella, la derribó y se acostó con ella.

250. Amnón, hijo del rey, deshonra a su hermana Tamar.
Luego, tan pronto como la hubo violado, concibió por ella un odio tan grande que su odio era mayor de lo que había sido su amor. Y le dijo: Levántate, ya no te quiero, ¡vete! Entonces, Tamar lloró, diciendo: El mal que me haces ahora es aún más fuerte que el mal que acabas de hacerme sobre este lecho. Mas Amnón, habiendo llamado a un criado, le dijo: Echa de mi habitación a esta muchacha, y cierra la puerta tras ella.» (2 Samuel 13:8-17)
¿Qué os parece, lectores?... Como anécdota de libro santo, dictado por Dios, ¿está bastante bien lograda?...
Continuemos reproduciendo este texto, base sagrada de la religión que tiene entre nosotros un presupuesto oficial («presupuesto oficial» — fr. «budget officiel»: el «budget des cultes», con que el Estado francés pagaba al clero bajo el Concordato hasta 1905) que se cifra cada año por millones, a expensas de los contribuyentes, sin contar los miles de millones que, desde hace siglos, los sacerdotes han extorsionado de todas las maneras, siempre prevaliéndose de los derechos divinos inscritos en favor de su casta en la inmunda Biblia.
Así, Tamar fue echada. «Tomó ceniza y la esparció sobre su cabeza; rasgó el hermoso vestido de colores que llevaba puesto, y se fue gritando, con la mano sobre la cabeza» (v. 19). Absalón, que era, como ella, hijo de Maaca, esposa n.º 4 de David, ha dejado una reputación sobre todo cabelluda; es uno de los ilustres personajes bíblicos célebres por su pelambrera; en cuanto a la longitud de los cabellos, les corona el peón a Sansón y a Samuel («les corona el peón» — fr. «damer le pion à», del juego de damas: coronar la propia ficha antes que el adversario; de ahí, aventajar, superar). Cuando supo de la violación de Tamar, Absalón intentó primero consolarla. Citamos textualmente: «¿Nuestro hermano Amnón se ha acostado contigo? le dijo. Pero ahora, cállate; es tu hermano. ¡No tomes esto a pecho!» (v. 20)
A pesar de estas buenas palabras, Tamar quedó desolada. En cuanto a David, cuando supo de qué manera entendía su hijo Amnón la comidita de buñuelos de carne, experimentó una gran cólera; pero fue un fuego de paja («un fuego de paja» — fr. «un feu de paille»: llamarada que se enciende y se apaga en seguida). «Absalón, por su parte, no hablaba ni bien ni mal a Amnón; pero, en el fondo, lo odiaba.» (v. 22) Absalón disimuló su odio durante dos años. (v. 23) Al cabo de ese tiempo, dio, en Baal-hazor, donde tenía una villa, un gran festín al que invitó a todos sus hermanos, incluido Amnón. El incestuoso violador bebió sin medida y fue asesinado a los postres. (v. 24-29)

252. Absalón venga el honor de Tamar.
Es una gran impureza acostarse con su hermana, observa Voltaire; es una extrema brutalidad echarla después con ultraje; pero es sin duda un crimen todavía mayor asesinar a traición a su hermano atrayéndolo a su casa y haciéndolo festejar.
Todos los hermanos de Absalón, testigos de este fratricidio, salieron precipitadamente de la mesa y huyeron en sus mulas, como si hubiesen temido correr la suerte de Amnón. A este propósito, se ha hecho observar que es la primera vez que se habla de mulos en la historia judía. Un teólogo, en su manía de querer poner lo extraordinario allí mismo donde no lo hay, el impagable dom Calmet, tuvo la bella idea de sostener, en su comentario de la Biblia, que «los mulos de Palestina no son producto del apareamiento de un asno y una yegua, sino que son engendrados de un mulo y una mula». Esta novedad inesperada provocó la risa de Voltaire, que responde al benedictino: «Dom Calmet cita, a este respecto, la opinión de Aristóteles; pero mejor habría hecho, sin duda, en consultar a un buen mulero. Hemos visto a varios viajeros que aseguran que Aristóteles se equivocó y el reverendo Calmet con él. No hay hoy naturalista alguno que crea en las pretendidas razas de mulos. Un borriquillo hace un hermoso mulo a una yegua; pero la naturaleza se detiene ahí, y el mulo no tiene el poder de engendrar. ¿Por qué, pues, le ha dado la Providencia el instrumento de la generación? Se dice que ella no hace nada en vano: sin embargo, el instrumento de un mulo viene a ser la cosa más inútil del mundo. Por lo demás, sucede con las partes del mulo como con las tetillas de los hombres; esas tetillas son muy inútiles, y no sirven más que para figurar.» David lloró mucho a Amnón y no ocultó que censuraba a Absalón por haberlo matado; por eso Absalón se exilió de Israel: se refugió en el reino de Gesur, cuyo soberano, el rey Talmai, era su abuelo materno. Permaneció tres años en ese asilo. (v. 37-38) Joab usó de maña para hacer llamar de vuelta a Absalón; lo consiguió mal que bien y lo trajo de vuelta a Jerusalén (2 Samuel 14:23); pero David no quiso que su hijo compareciese ante él.
«Ahora bien, no había hombre en todo Israel más hermoso que Absalón; no tenía el menor defecto, desde los pies hasta la cabeza; y cuando se hacía cortar el cabello (lo que le sucedía una vez al año, porque entonces el peso de su cabellera le estorbaba demasiado), lo pesaba, y se hallaba que su peso alcanzaba hasta doscientos siclos.

251. Absalón, otro hijo de David, en casa del peluquero.
Por otra parte, Absalón tuvo tres hijos y una hija, a la que llamó Tamar y que llegó a ser una mujer muy hermosa. Pero importa sobre todo saber que permaneció en Jerusalén dos años enteros sin ver al rey su padre. Después, mandó decir a Joab que viniese a verlo, para rogarle que lo restableciese del todo en las buenas gracias del rey; pero Joab no quiso ir a casa de Absalón. Llamado por segunda vez, rehusó de nuevo ir. Absalón dijo entonces a sus gentes: No ignoráis que Joab posee un campo de cebada junto al mío; id, pues, y prendedle fuego. Y las gentes de Absalón incendiaron la cosecha del general en jefe de los ejércitos de David. Entonces, Joab fue a casa de Absalón, a su casa, y le dijo: ¿Por qué tus criados han prendido fuego a mi cebada? Absalón le respondió: Te hice rogar que vinieses a verme, a fin de reconciliarme con el rey mi padre, y no te has molestado; ¡no valía la pena, en verdad, haberme traído de Gesur! ¡más valdría que todavía estuviese allí! Ahora, pues, te lo ruego, hazme ver al rey; si todavía halla alguna iniquidad, pues bien, ¡que me mate! Joab refirió estas palabras a David, que hizo entonces llamar a Absalón; y habiéndose puesto Absalón de rodillas ante el rey, el rey lo besó.» (2 Samuel 14:25-33)
Si esta conducta de Absalón para con Joab es menos horrible que el resto, es, en cambio, excesivamente grotesca. Nunca, fuera de la Biblia, se le ha ocurrido a nadie incendiar las cebadas de un general en jefe, de un primer ministro, para tener una conversación con él; ¡es un curioso medio de obtener audiencias!...
«Después de esto, Absalón se hizo hacer carros; reunió jinetes y cincuenta hombres que marchaban delante de él (2 Samuel 15:1)... E hizo una gran conjuración, prometiendo a todos hacer justicia; y Absalón se ganaba así los corazones de los israelitas (v. 6)... Y, cuarenta años después, Absalón dijo un día a David: Es preciso que me ausente; porque he de ir a Hebrón para cumplir un voto que hice a Jehová, en el tiempo en que habitaba en Gesur. El rey le respondió: Vete en paz. Absalón fue, pues, a Hebrón. Y Absalón hizo publicar en todo Israel, a son de trompeta, que había sido establecido rey en Hebrón. Y doscientos hombres de Jerusalén, a quienes había arrastrado, estaban con él en Hebrón, en la simplicidad de su corazón, sin saber nada de esta conjuración (v. 7-11) ... Entonces, David dijo a sus oficiales que estaban con él en Jerusalén: Vámonos, huyamos muy de prisa, no sea que Absalón venga a apoderarse de nuestras personas y nos haga devorar por la boca de su espada. Sus oficiales le respondieron: Estamos prontos a hacer todo lo que halles bueno. El rey David salió, pues, de Jerusalén con toda su gente, marchando con sus pies, dejando solamente diez de sus mujeres para guardar su casa; y todo el pueblo lo siguió, hasta el lugar muy alejado donde se detuvo; luego, reanudaron su marcha, alejándose siempre, todos sus oficiales y sus siervos haciendo camino junto a él; y las tropas de los cereteos, de los peleteos y seiscientos geteos marchaban a pie delante del rey.» (2 Samuel 15:14-18)

253. Huida de David.
Milord Bolingbroke cuenta que el general Widers, algún tiempo después de la batalla de Blenheim, donde se había distinguido, oyendo un día a su capellán leer este pasaje de la Biblia, le arrancó el libro y lo tiró al suelo, diciendo: «¡Pardieu! («¡pardieu!» — fr. «pardieu !», viejo juramento francés: «por Dios») capellán, ¡he ahí un gran cobarde y un vil miserable que es tu David, al irse descalzo con su hermoso regimiento de geteos!... ¡Ah! yo habría dado media vuelta, y, ¡jarnidieu! («¡jarnidieu!» — fr. «jarnidieu !», viejo juramento francés, deformación de «je renie Dieu», «reniego de Dios») habría corrido contra ese bribón de Absalón; ¡mort-dieu! («¡mort-dieu!» — fr. «mort-dieu !», otro viejo juramento francés: «muerte de Dios») ¡lo habría hecho colgar del primer peral!»
«Y todo el mundo lloraba, con grandes gritos; luego, el rey David pasó el torrente de Cedrón, y el pueblo tomó el camino que conduce al desierto. Sadoc estaba allí también, con todos los levitas que llevaban el arca de Dios.» (2 Samuel 15:23-24) Pero David hizo volver el arca a Jerusalén. «Cuando David hubo pasado la cumbre del monte, Siba, intendente de Mefi-boset, hijo de Jonatán, le salió al encuentro con dos asnos cargados de doscientos panes, cien cestas de higos, cien paquetes de pasas y una piel de macho cabrío llena de vino. Traía eso para el rey y su familia. Y David preguntó a Siba: ¿Dónde está Mefi-boset? Siba respondió: Se ha quedado en Jerusalén, con la esperanza de que Israel le devuelva hoy el reino de su abuelo Saúl. Entonces, David dijo a Siba: Pues bien, te doy todos los bienes de Mefi-boset (2 Samuel 16:1-4). .. Ahora bien, habiendo llegado el rey David en su huida hasta Bahurim, un antiguo criado de Saúl, llamado Simei, salió de su casa y se puso a maldecir al rey; y arrojaba piedras contra David y contra todos sus oficiales; y todo el pueblo y todos los hombres valientes, que rodeaban al rey a derecha e izquierda, recibían esas piedras. Simei gritaba a David: ¡Ven, pues, aquí, hombre de sangre! ¡ven, que te apedree, hombre de Belial! (2 Samuel 16:5-7)... Mas David y sus gentes continuaron su camino, y Simei los perseguía, sin dejar de lanzarles piedras, tanto y tanto que se levantaba en torno al rey una nube de polvo.» (2 Samuel 16:13).
Los críticos hacen observar que, si el autor sagrado no hubiese sido más que un escritor ordinario, habría detallado la rebelión de Absalón; habría dicho cuáles eran las fuerzas de este príncipe; nos habría informado de por qué David, ese gran guerrero, huyó tan lastimosamente de Jerusalén antes de que su hijo hubiese llegado a ella. ¿Estaba fortificada Jerusalén? ¿no lo estaba? ¿Cómo es que todo el pueblo que sigue a David no opone la menor resistencia? ¿Es posible que un tirano tan feroz, tan despiadado como David, que acaba de aserrar en dos, de aplastar bajo trillos de hierro, de quemar en hornos de ladrillos a sus enemigos vencidos, huya de su capital lloriqueando como un niño tonto, sin hacer la menor tentativa para detener la revuelta de un hijo criminal?... Y el incidente de ese Simei, que le arroja piedras impunemente a lo largo de todo el camino, mientras está rodeado de tantos hombres de armas y de todos los habitantes de Jerusalén, ¿no es una de las más burlescas mistificaciones del divino palomo, inspirador del escritor?... ¡Llega uno a preguntarse si está soñando, cuando lee paparruchas de semejante necedad en un libro religioso en el que hay que creer so pena de anatema!...
Respecto a ese pobre Mefiboset, hijo de Jonatán y nieto de Saúl, ¿cómo esperaba reinar ese cojo de ambos pies? ¿se imaginaba que Absalón, que acababa de levantar el estandarte de la revuelta para proclamarse rey, iba a abdicar en su favor y a consumar para otro que no fuera él mismo el destronamiento de David?... ¿Cómo, por otra parte, David, que ya no tiene nada, que ya no puede disponer de nada, da todos los bienes del príncipe Mefiboset a su criado Siba?... Fréret dice que si ese príncipe Mefiboset tenía un intendente (lo que es difícil de creer), es probable que ese intendente, representado como tan poco fiel, no habría dejado, en la debacle, de apoderarse de los bienes de su amo, sin esperar el permiso de David.
«Entre tanto, Absalón había entrado en Jerusalén, con todo el pueblo de su partido, y Ahitofel, de Gilo, uno de los consejeros de David, se había pasado a él (2 Samuel 16:15)... Y Ahitofel decía a Absalón: Créeme, fornica públicamente con todas las mujeres de tu padre, que él ha dejado para la guarda de su casa, y así, cuando los israelitas sepan que has hecho a tu padre esta afrenta, que es el peor de los ultrajes, no harán sino apegarse más fuertemente a ti. Absalón hizo, pues, tender una tienda sobre la terraza de la casa de su padre, obligó a las mujeres de su padre a subir a la terraza, y allí fornicó con todas, en presencia del pueblo.» (2 Samuel 16:21-22)
Los críticos apenas creen que el hecho de cometer en público una cosa tan indecente sea un procedimiento muy eficaz para ganarse la adhesión de un pueblo; se niegan a creer también que Absalón, tan joven como era, haya podido consumar el acto, golpe tras golpe, con las diez mujeres de su padre, delante de toda la población de Jerusalén. Pero lo que está más claro es que el autor sagrado, al escribir el libro fundamental de la religión, se complace en las historias más sucias; después del incesto de Amnón, se nos sirven los diez incestos de Absalón; con la santa Biblia, no salimos de las atrocidades sino para caer en las bajezas.
Ahitofel dio otro consejo a Absalón, el de escoger doce mil hombres y perseguir inmediatamente a David; pero un tal Husai le aconsejó apelar primero a todo Israel, desde Dan hasta Beerseba, y este último consejo pareció el mejor a Absalón. Ahitofel, contrariado por no haber sido escuchado, se estranguló (cap. 17). Finalmente, el partido de la revuelta sufrió una derrota en el bosque de Efraín, donde veinte mil soldados de Absalón fueron muertos por las tropas del rey, mandadas por Joab. En su huida, el hijo de David, que iba montado en un mulo, se enredó la cabellera en las ramas de una encina y quedó allí colgado, habiendo el mulo seguido su camino. Joab, informado, tomó tres dardos y atravesó con ellos a Absalón. Este episodio parece bien traído por los cabellos, ¿no es verdad? («traído por los cabellos» — fr. «tiré par les cheveux»: rebuscado, inverosímil; el juego alude a la cabellera de Absalón) En cuanto a David, cuando supo la muerte del hermoso joven, derramó abundantes lágrimas y gritó repetidas veces: «¡Absalón, hijo mío! ¡Hijo mío Absalón! ¡Absalón, hijo mío!» El difunto no tuvo otra oración fúnebre. (cap. 18)

254. Absalón muerto por Joab.
David volvió, pues, a entrar en su capital; perdonó a Simei, que le había arrojado piedras, y a Mefiboset, que le juró que nunca había pensado en usurpar su corona (cap. 19).
Hubo todavía una sedición, fomentada por un cierto Seba; fue vencida también, y las gentes en cuya casa se había refugiado Seba le cortaron la cabeza. En fin, había un capitán Amasa, a quien Absalón había elevado al grado de general; Joab se le acercó, fingiendo quererle bien; y, mientras conversaban, «Joab asió con la mano derecha la barba de Amasa familiarmente, como si quisiera besarlo; ahora bien, Amasa no se guardaba de la espada que Joab tenía en su mano izquierda; entonces Joab lo hirió con ella y derramó sus entrañas por tierra». (2 Samuel 20:9-10)
«Hubo, en tiempo de David, un hambre que duró tres años consecutivos. Jehová, consultado, respondió: Es por causa de Saúl y de su casa consanguinaria, porque hizo morir a gabaonitas. Entonces, el rey llamó a los gabaonitas, para hablarles. Ahora bien, los gabaonitas no eran hijos de Israel; sino que eran un resto de los amorreos, y los israelitas les habían prometido dejarlos vivir; sin embargo, Saúl había querido destruirlos en su celo, creyendo servir los intereses de Israel y de Judá. David dijo, pues, a los gabaonitas: ¿Qué haré por vosotros? ¿cómo os apaciguaré, a fin de que bendigáis la heredad del Señor? Ellos le respondieron: No queremos ni oro ni plata; sino que, puesto que Saúl nos ha destruido y ha maquinado de tal modo contra nosotros que hemos sido exterminados sin poder subsistir en Israel, que se nos entreguen siete hombres de su descendencia, y los colgaremos en nombre del Eterno, en el collado de Gabaa; porque Saúl era de Gabaa, y fue el elegido del Señor. David les dijo: Pues bien, os los entregaré. Sin embargo, el rey no les entregó a Mefiboset, hijo de Jonatán, que había sido su íntimo amigo; sino que tomó a Armoni y a otro Mefiboset, que eran hijos de Rizpa, concubina de Saúl, y a los cinco hijos que Mical, hija de Saúl, había dado a luz a su marido Adriel meholatita. Y los entregó a los gabaonitas, que los colgaron en su montaña delante del Eterno; y fueron colgados todos juntos al comienzo de la siega de las cebadas.» (2 Samuel 21:1-9)
Este pasaje de la Biblia siempre ha embarazado a los teólogos; pues en ninguna parte se dice, en la historia de Saúl, que este rey hubiese hecho el menor daño a los gabaonitas, y muy al contrario Samuel le reprochó constantemente, en nombre de Dios, sus sentimientos de generosidad en varias circunstancias; no se ha olvidado que el profeta lo declaró destituido porque no exterminaba a los pueblos no israelitas que vivían en aquella comarca, tales como los amalecitas, los amorreos, los idumeos, etc. Además, puesto que Saúl era él mismo de Gabaa, es muy natural que hubiese favorecido a sus compatriotas; si hubiese masacrado a aquellos habitantes de Gabaa que no eran judíos, Samuel no habría dejado de mencionar esa fechoría en aquel de sus dos libros que consagra a Saúl.
Esta matanza, que se relata aquí inopinadamente, a posteriori, produce el efecto de un pretexto mentiroso, imaginado por David para deshacerse de los últimos descendientes de su predecesor. El episodio es tan poco verídico, que el autor comete en él un quid pro quo: fue a Merab, su hija mayor, y no a Mical, a quien Saúl casó con Adriel meholatita (1 Samuel 18:19); en cuanto a Mical, cuando David le fue infiel casándose con Abigail y Ahinoam, Saúl la dio a Palti, hijo de Lais (1 Samuel 25:44), y hemos visto a David quitársela de nuevo a Palti (2 Samuel 3:14-16). Es posible que el autor sagrado haya querido hablar aquí de Mical y de los hijos que pudo tener de otro marido que no fuera David; pero es difícil admitir que un escritor, inspirado por Dios, haya tenido tal falta de memoria hasta el punto de confundir al señor Palti con el señor Adriel meholatita, esposo de Merab.
En cuanto al hambre que desoló tres años el país, en tiempo del rey David, nada fue tan común en aquel país como un hambre. Los libros santos hablan muy a menudo de hambre; cuando Abraham vino a Palestina, encontró allí el hambre. Y veremos todavía muchas otras hambres en aquel triste país, donde en todo tiempo hubo más guijarros que vegetación.
Por lo demás, uno se sorprende mucho al enterarse de que Dios mismo dijo a David que aquella hambre había sido enviada a causa de Saúl, que había muerto tanto tiempo antes, y porque Saúl había tenido malas intenciones contra un pueblo que no era el pueblo de Dios. Si este episodio fuese verdadero, habría que decir, con todos los críticos, que, de los numerosos crímenes de David, éste es el más execrable. No se encuentra en él la excusa de ningún extravío pasional. Es una infamia haber hecho colgar, bajo un infame pretexto, a dos hijos ilegítimos de Saúl, que no eran ni podían ser competidores; y, puesto que había vuelto a tomar a Mical desde hacía varios años, Mical, de quien más bien tenía que hacerse perdonar sus numerosos adulterios, David obraba con una crueldad innoble al entregar a los gabaonitas, para ser supliciados, a los hijos que su esposa había tenido de otro, en la época en que la abandonó por Abigail y Ahinoam. A la infamia se une el absurdo: en efecto, entrega a esos siete inocentes a un pueblo minúsculo que no debía de ser en modo alguno de temer, puesto que entonces se supone a David vencedor de todos sus enemigos.
Hay en esta acción, dicen los críticos (lord Bolingbroke, Huet, Fréret, Voltaire), no sólo una barbarie que horrorizaría a los salvajes, sino una cobardía de la que el más vil de todos los hombres no sería capaz. A esta cobardía y a esta crueldad, David añade todavía el perjurio; pues había jurado a Saúl no quitar jamás la vida a nadie de su descendencia. Si, para excusar este perjurio, los teólogos vienen a decirnos que no colgó él mismo a los hijos de Rizpa y de Mical, sino que los dio a los gabaonitas para que los colgasen, esta excusa es tan cobarde como la conducta misma de David y aumenta todavía más su villanía. Hacia cualquier lado que uno se vuelva, no se encuentra, en toda esta santa historia del ungido querido de Dios, más que el conjunto de todos los crímenes, de todas las perfidias, de todas las infamias, en medio de todas las contradicciones.
El capítulo 21 termina con la narración de la derrota de cuatro gigantes filisteos, uno de los cuales era «un hombre no sólo extraordinario por su talla, sino también porque tenía veinticuatro dedos, seis dedos en cada mano y en cada pie.» (v. 20)
El capítulo 22 contiene un cántico de David. Otro cántico en el capítulo siguiente; éste nos cita algunos valerosos rasgos de diversos compañeros del rey. «Benaía, hijo de Joiada, hombre muy valeroso de Cabseel, se señaló por grandes hazañas. Mató a dos de los más poderosos guerreros de Moab. Mató también a un egipcio, que era un hombre muy hermoso y que tenía una formidable alabarda; Benaía vino contra él con un palo, con el que le dio un golpe en la mano; así el gigante egipcio soltó su alabarda, que el capitán de David tomó muy diestramente y con la cual lo atravesó. Otro día, en tiempo de nieve, Benaía vio un león enorme que se revolcaba en la nieve, y Benaía no tuvo ningún temor; el león, en su bola de nieve, cayó al fondo de una fosa; entonces, Benaía descendió a la fosa y mató al león. He aquí lo que hizo Benaía, capitán de David, y fue ilustre entre los más valientes.» (2 Samuel 23:20-22) Es lamentable que el autor sagrado haya descuidado decir en qué comarca ocurrió esta aventura, verdaderamente chusca, del león enredándose en una bola de nieve; la nieve es tan rara en los países donde viven los leones, que Benaía tuvo razón en no perder tiempo para matar a la fiera; ¡sin eso, habría corrido el riesgo de ver aquella nieve providencial pronto derretida!
Deseando saber el número de sus súbditos, David, inspirado por Dios, se dijo un día: Hagamos el empadronamiento de Israel y Judá. Esta operación, tan larga como poco divertida, no quedó terminada sino al cabo de nueve meses y veinte días (2 Samuel 24:8).

256. El empadronamiento del pueblo.
«Joab dio el censo del pueblo al rey, y se halló que las tribus de Israel contaban en su seno ochocientos mil hombres robustos que sacaban espada, y que Judá contaba quinientos mil combatientes.» (v. 9) No bien había terminado el empadronamiento cuando David comprendió que al hacerlo practicar había cometido un gran pecado. La Biblia no dice en qué el hecho de esta estadística era un acto capaz de provocar la cólera de Jehová; pero nos muestra sin embargo a papá Buen Dios muy irritado. «Jehová envió, pues, al rey al profeta Gad, que era el adivino, el vidente de David. Gad dijo al rey de parte del Eterno: Traigo tres cosas contra ti; escoge una de las tres, a fin de que te la haga. ¿Qué quieres que te suceda? ¿o siete años de hambre sobre tu país? ¿o que huyas durante tres meses enteros delante de tus enemigos victoriosos? ¿o tres días de peste en tu reino? Reflexiona bien, y mira qué quieres que responda a Dios, que me ha enviado.» (2 Samuel 24:11-13)
Esta primera parte necesita algunas observaciones importantes. Primero, el texto mismo dice expresamente (v. 1) que es Dios quien, «teniendo su cólera encendida contra Israel, incitó a David a hacer este empadronamiento»; ahora bien, Dios se irrita después más aún y decreta que hay lugar a desencadenar un azote, para castigar lo que él ha hecho hacer. He aquí, pues, a Dios representado, una vez más, por la Sagrada Escritura, como enemigo del género humano y complaciéndose en hacer caer a los hombres en sus trampas. Segundo, el Señor ordenó él mismo tres empadronamientos en el Pentateuco. Tercero, nada es más útil y más sabio, como nada es más difícil, que hacer el censo exacto de una nación; y no sólo esta operación de David es prudente, sino que es santa, puesto que en ella obedece a la inspiración de Dios. Cuarto, todos los críticos claman contra la exageración, la impostura, el ridículo de admitir a David un millón trescientos mil soldados en un país tan pequeño: lo que haría, contando como soldados solamente la quinta parte del pueblo, seis millones quinientos mil habitantes, sin contar los cananeos y los filisteos, que acababan muy recientemente de librar cuatro batallas a David, y que estaban esparcidos por toda Palestina. Quinto, el libro de las Crónicas, que forma parte también canónicamente de la Biblia, y que contradice muy a menudo las otras obras de la misma inspiración divina, cuenta un millón quinientos setenta mil soldados; lo que subiría a un número mucho más prodigioso todavía y mucho más increíble. Sexto, los críticos piensan que hay una afectación pueril, grotesca, indigna de la majestad de Dios, en enviar al profeta Gad al profeta David para darle a escoger uno de los tres azotes durante siete años, o durante tres meses, o durante tres días; encuentran en esta crueldad celeste una irrisión, y no sé qué carácter de cuento oriental que no debería estar en un libro donde se hace obrar y hablar a Dios en cada página.
Veamos ahora cuál fue la elección del rey. «David respondió a Gad: Estoy en una gran perplejidad; pero más vale caer, por la peste, en manos de Dios, que es misericordioso, que en manos de los hombres. Al punto Dios envió la peste a Israel; y en tres días, desde Dan hasta Beerseba, murieron setenta mil machos. Ahora bien, como el ángel de la muerte extendía todavía su mano sobre Jerusalén para asolar aquella ciudad, el Señor se arrepintió de haber enviado el azote, y dijo al ángel que destruía al pueblo: Vamos, ya basta, retira tu mano.

257. La peste en Israel.
El ángel del Señor estaba entonces sobre el granero de Arauna, jebuseo. Pero David, por su parte, viendo que el ángel seguía hiriendo, imploró al Eterno en estos términos: Yo soy el que ha pecado, Señor; en cuanto a estas ovejas, ¿qué han hecho? Te ruego, pues, que descargues tu mano sobre mí y sobre la familia de mi padre. Entonces Gad vino a David y le dijo: Vete pronto al granero de Arauna, y levanta allí un altar al Eterno.» (2 Samuel 24:14-18) David obedeció; Arauna suministró todo lo que hacía falta para un sacrificio. «Y el rey edificó allí un altar, ofreció en él holocaustos, y así fue como la cólera de Jehová fue apaciguada y la peste cesó de destruir a Israel.» (v. 25)

258. David obtiene el perdón de Dios.
Pasemos a las observaciones de los comentaristas escépticos. Una peste que extermina en tres días setenta mil machos (viros, en la Vulgata) debe de haber matado también setenta mil hembras. Parece espantoso a los críticos que Dios mate a ciento cuarenta mil personas de su pueblo querido, al que se comunica todos los días, con el que vive familiarmente; y ello porque David ha obedecido a Dios mismo y ha hecho la cosa más sabia del mundo. Además, Fréret, entre otros, piensa que el autor sagrado imita visiblemente a Homero, cuando el Señor detiene la mano del ángel exterminador: según él, es muy probable que el autor, que él cree ser Esdras, hubiese oído hablar del ilustre poeta griego; en efecto, Homero, en su primer canto de la Ilíada, pinta a Apolo descendiendo de las cumbres del Olimpo, armado de su carcaj, y lanzando sus flechas sobre los griegos, contra los cuales estaba irritado.
Con este episodio de la peste termina el IIo libro de Samuel. El Antiguo Testamento continúa con el libro de los Reyes. En el texto original hebreo, no hay más que un solo libro así llamado; pero este libro ha sido dividido en dos por la versión griega de los Setenta y por la traducción latina de la Vulgata, y esta división, aunque arbitraria, está comúnmente adoptada por las ediciones modernas de la Biblia. Hay incluso ediciones que dan cuatro libros de los Reyes, comprendiendo bajo este título los dos libros de Samuel del texto hebreo. Para la comodidad de las búsquedas, adoptaremos la división griega y latina.
El relato del libro (o de los dos libros) de los Reyes comienza en los últimos días de David y se extiende hasta la mitad de la cautividad de Babilonia. La tradición talmúdica atribuye la redacción de esta obra al profeta Jeremías; y esta opinión, admitida por la mayor parte de los rabinos y de los antiguos teólogos cristianos, ha sido defendida en último lugar por Hœvernick. Otros exégetas, en particular Bleck, quieren que haya sido
Baruc, discípulo de Jeremías, quien escribió este libro. No nos detendremos a examinar quién tiene razón en este debate. Para los judíos, como para los cristianos, siempre es Dios quien ha dictado las narraciones; es, pues, desde este punto de vista desde el que continuaremos situándonos, espigando las perlas divinas y haciendo resaltar todo lo que cae con pleno derecho bajo la crítica de la sana razón.
«Ahora bien, el rey David había envejecido, teniendo muchos días y, aunque se cubría con gran número de vestidos, unos sobre otros, no podía llegar a calentarse. Entonces, sus oficiales dijeron entre sí: Vamos a buscar una joven para el señor nuestro rey, a fin de que se esté a sus pies en su lecho y lo acaricie; y hasta nuestro rey podrá sin duda calentarse, si ella duerme junto a él. Se buscó, pues, en todas las comarcas de Israel una muchacha que fuese bien hermosa, con la sangre muy caliente. Así fue como se halló a Abisag, de Sunem, y la trajeron al rey. Esta joven era muy hermosa: se acostó con el rey, y lo acariciaba; sin embargo, David no entró en ella.» (1 Reyes 1:1-4)
Esta virgen-edredón es un verdadero hallazgo, que hace honor a la imaginación del palomo-pato («palomo-pato» — fr. «pigeon-canard»: «canard» significa en francés «pato» y también «patraña, noticia falsa»; Taxil funde así al divino palomo con la mentira). El benedictino dom Calmet, que traga todas las más miríficas patrañas de la Biblia («que traga» — fr. «qui coupe dans», argot: dejarse engañar por, caer en), observa gravemente que una joven muy hermosa es muy apropiada para reanimar a un hombre de setenta años; ésa era entonces la edad de David. En apoyo del relato sagrado, el docto religioso cuenta que un médico judío aconsejó al emperador Federico Barbarroja acostarse con muchachos jóvenes y ponérselos sobre el pecho. Pero, como no se puede tener toda la noche sobre el pecho a un muchacho, dom Calmet añade que se han empleado perritos para el mismo uso.
En lo que concierne a la opinión emitida por el narrador bíblico, a saber, que David se limitó a calentarse contra la joven sunamita Abisag, se puede suponer que Salomón apenas compartía este parecer; en efecto, veremos más adelante que hizo asesinar a su hermano mayor Adonías, culpable de haber pedido a Abisag en matrimonio, como si hubiese querido desposar a la viuda o a la concubina de su padre.

259. Abisag sirve de edredón al rey.
Adonías tenía por madre a Haguit, desposada por David con anterioridad a Betsabé, de la que tuvo a Salomón. Desde la muerte de Absalón el Cabelludo, Adonías era el de más edad de los hijos reales, y consideraba que la corona le correspondía de pleno derecho; pero había, por otra parte, una intriga de corte para hacer reinar a Salomón. Sin esperar la muerte de su padre, los dos príncipes no se cohibían para codiciar públicamente el trono.

255. Adonías y Salomón se disputan la corona.
«Adonías decía: Seré yo quien reine. Tenía en su partido a Joab, general en jefe de los ejércitos, y a Abiatar, el sumo sacerdote. Pero otro sacrificador, Sadoc, así como Benaía, y el profeta Natán, y Simei, y otros hombres valientes no estaban por Adonías. Este príncipe dio un gran festín a todos sus hermanos y a los principales de Judá; sin embargo, no invitó ni a su hermano Salomón, ni al profeta Natán, ni a Benaía. Entonces, Natán dijo a Betsabé, madre de Salomón: ¿No has oído decir que Adonías se ha hecho ya rey, sin que nuestro señor David lo sepa? Ve, pues, a presentarte al rey, y pregúntale por qué Adonías se ha hecho proclamar, y dile que él te prometió que tu hijo sería quien le sucedería. Y yo entraré mientras estés hablando al rey, y le confirmaré todo lo que hayas dicho.» (1 Reyes 1:5-14)
Dado que el escritor sagrado no dice que Adonías se hubiese proclamado rey, sino que solamente esperaba que la corona le correspondería y que tenía sus partidarios, del mismo modo que Salomón tenía los suyos, he aquí, pues, establecido por la Biblia misma que el profeta Natán era un redomado mentiroso, un vil intrigante; organiza con Betsabé, la impúdica viuda del asesinado Urías, una conjura para arrebatar la corona al primogénito, y emplea, él, el santo varón, la calumnia para triunfar. El orden de sucesión quizá no estaba todavía bien fijado entre los judíos; pero era natural que Adonías, en su calidad de primogénito, sucediese a su padre, tanto más cuanto que no había nacido de una mujer adúltera, como Salomón. Su derecho estaba reconocido por las dos principales cabezas del reino, el generalísimo y el sumo sacerdote.
Fue, pues, gracias a una cábala, que recurría a mentiras, como Salomón fue designado por el viejo rey. David creyó la denuncia calumniosa de Betsabé y de Natán. «Y el rey David dijo: Hacedme venir al sacrificador Sadoc y al capitán Benaía; que el profeta Natán se una a ellos; tomad con vosotros a los oficiales de mi guardia; poned a mi hijo Salomón sobre mi mula, y conducidlo a Gihón. Allí, Sadoc y Natán lo ungirán rey sobre Israel; luego, tocaréis la trompeta, y gritaréis todos: ¡Viva el rey Salomón!» (1 Reyes 1:32-34)
Por fin, la hora de la muerte de David estaba próxima. He aquí lo que este rey, antes de expirar, dijo, entre otras cosas, a aquel hijo de la adúltera Betsabé a quien había hecho ungir solemnemente en vida: «Tú sabes lo que hizo en otro tiempo Joab, que puso sangre alrededor de sus lomos y en los zapatos que llevaba en los pies. No permitirás que sus cabellos blancos desciendan en paz al sepulcro; cuento con tu sabiduría.» (1 Reyes 2:5-6)

260. Salomón se apodera de la herencia paterna.
«Mas he aquí todavía: Tienes, entre tus partidarios, a Simei, de Bahurim, que pronunció contra mí atroces maldiciones y me arrojó piedras, el día en que yo huía a Mahanaim, mas, cuando volví del Jordán, imploró mi perdón, y, delante de todo el pueblo, le juré por el Eterno que no lo haría perecer por la espada. Mas, ahora, tú, tú no lo dejarás impune, y tú eres sabio, para saber lo que deberás hacerle; harás, pues, descender, por una muerte sangrienta, sus cabellos blancos al sepulcro.» (1 Reyes 2:8-9)
«Así David durmió con sus padres, y fue sepultado en la ciudad de David. Y el tiempo que reinó sobre Israel fue cuarenta años: siete años en Hebrón, y treinta y tres años en Jerusalén.» (v. 10-11)
David muere como ha vivido, dice Huet. Tiene la horrible ingratitud, este hombre según el corazón de Dios, de ordenar que se asesine a su general en jefe, Joab, el más fiel de sus capitanes, aquel a quien debía su corona. En su lecho de muerte, se perjura, con un cinismo repugnante, mezclado de hipocresía, respecto de Simei, a quien ha fingido perdonar para hacerse un renombre de generosidad, y a quien ha jurado no atentar jamás contra su vida. En dos palabras, es asesino y pérfido hasta en los bordes de la tumba.
En cuanto al benedictino Dom Calmet, no deja de justificar a David, y lo hace en estos términos, que merecen ser enmarcados: «David había recibido grandes servicios de Joab, y la impunidad que le había concedido durante tanto tiempo era una especie de recompensa de su inquebrantable abnegación; pero esta consideración no dispensaba a David de la obligación de castigar el crimen, y de ejercer la justicia contra Joab.» Es evidente que Joab había cometido, señaladamente, un gran crimen, cuando ejecutó la orden de David de colocar a Urías en el puesto más peligroso de un combate y de abandonarlo allí. ¡La Iglesia absuelve a David, pero no absuelve a Joab!... «Por otra parte, añade el R. P. Calmet, las razones de gratitud no subsistían, en lo que concierne a Salomón: y este príncipe tenía un motivo particular para hacer morir a Joab, puesto que éste, para excluirlo, había conspirado para dar el reino a Adonías.»
Conclusión: David es un santo, y Salomón es un sabio. ¡Amén!
Es, pues, admirable que la Iglesia cristiana haya tenido empeño en hacer descender a Jesucristo de David y de Salomón. Ya hemos visto algunos extraños personajes en la genealogía del Mesías, pero ¿no son estos dos reyes más extraños que todos los demás ascendientes?
¡Si al menos la Iglesia alegase circunstancias atenuantes!... Pero nada de eso: pasa la esponja sobre todos los crímenes de David y hace de él el más honorable de los antepasados. Es el modelo de los reyes, y, como tal, recibe las unánimes alabanzas de los teólogos. Es proclamado santo entre los más santos.
Los papas hacen cantar sus ineptas rapsodias en las ceremonias del culto. ¡Mejor aún, la Iglesia, — lo ha declarado a menudo en sus concilios, — ve en David la imagen humana de Jesús, es decir, de Dios Hijo, de la segunda persona de la divina Trinidad!
CAPÍTULO 13 Glorioso reinado de S. M. Salomón
«Salomón tomó, pues, posesión del trono de David su padre, y en seguida afirmó su poder.» (1 Reyes 2:12)

261. Salomón en el trono paterno.
Bien se comprende, vistas las costumbres bíblicas, que el nuevo rey no iba a tardar en desembarazarse de Adonías y de los dos principales jefes de Israel, que hubieran querido ver la corona recaer en el hijo de Haguit.
Adonías ya no pensaba en la realeza, había hecho su duelo por ella («había hecho su duelo por ella» — fr. «il en avait fait son deuil», se había resignado a su pérdida): todo lo que deseaba de la herencia de David era la joven virgen que había servido de edredón al viejo rey; pues estaba enamorado de Abisag. Por toda compensación del reino que había perdido, él, el primogénito, por las intrigas y las cábalas de Betsabé y de Natán, pedía la linda sirvienta que había calentado a su padre en sus últimos días. Este amor, que no traía consecuencia alguna, sirvió de pretexto a Salomón para hacer asesinar a Adonías, a pesar de que este último se mostraba bien humilde y se inclinaba ante el hecho consumado. Adonías, que sin duda pasaba las noches soñando con Abisag, esperaba tan poco ser occiso, fue tan simple y tan ingenuo, que fue a Betsabé misma a quien se dirigió para obtener a esa muchacha.
«Entonces, Adonías, hijo de Haguit, vino a Betsabé, madre de Salomón. Y ella le dijo: ¿Vienes con buenas intenciones? Él respondió: Vengo con buenas intenciones. Y añadió: Tengo una palabra que decirte. Ella le dijo: Habla. Adonías se expresó así: Tú sabes bien que la corona me correspondía, como al primogénito, y que todo Israel esperaba verme reinar; mas la corona ha sido trasladada a la cabeza de mi hermano. Sea él, pues, el rey, puesto que ha sido ungido y que el Eterno lo ha establecido. No te pido más que una gracia: te ruego que vayas a ver al rey tu hijo, que no te negará nada, y que pidas a Salomón que me dé a Abisag la sunamita; porque deseo hacerla mi mujer. Betsabé le respondió: Consiento en ello de buena gana; hablaré por ti al rey. Así Betsabé se dirigió a Salomón, quien se levantó en cuanto ella entró, se postró ante ella, y luego la hizo sentar a su derecha. Y Betsabé dijo al rey: Tengo que hacerte una pequeña petición; no me la niegues. Salomón le respondió: Haz tu petición, madre mía, y ten por cierto que no tendrás negativa de mí. Entonces, Betsabé dijo: Mi deseo es que des a Abisag por mujer a tu hermano Adonías. Al oír estas palabras, Salomón exclamó: ¿Por qué me pides a la sunamita para Adonías? ¡Pídeme también el reino para él, haciéndome valer que es mi hermano mayor! ¡pide el poder para él, para el gran sacerdote Abiatar y para Joab! Pues bien, lo juro por el Eterno; ¡que Dios me trate con todo su rigor, si Adonías, al encargarte de traerme estas palabras, no ha hablado contra su propia vida! Tan cierto como que Jehová es el Dios vivo, Adonías será muerto hoy mismo.

262. Fin muy próximo de Adonías.
Y, habiendo el rey Salomón encargado a Benaía de matar a Adonías, el capitán Benaía cumplió en seguida su misión, y Adonías fue muerto.» (1 Reyes 2:13-25)

263. Catástrofe inesperada.
Vino luego el turno de Abiatar; pero éste no fue asesinado. Salomón, que sabía cuán supersticioso era el pueblo, no quiso derramar la sangre de un gran sacerdote; le hubiera sido difícil decir que era Dios quien le había inspirado ese asesinato. «Luego, el rey dijo al gran sacerdote Abiatar: Retírate a tu propiedad en Anatot, adonde te destierro, aunque mereces la muerte; mas, porque has llevado el arca de Dios delante de David mi padre, no te haré morir hoy. Así, Salomón expulsó a Abiatar, para que no fuese más sacrificador del Eterno.» (v. 26-27)

264. Salomón expulsa a Abiatar.
Para Joab, nada de piedad. «Habiendo llegado estas noticias a Joab, se refugió en el tabernáculo de Jehová; y allí se estaba, abrazando con sus brazos las columnas del altar. Esto fue referido al rey, y Salomón envió a Benaía, diciéndole: Ve, y mata a Joab. Benaía entró, pues, en el tabernáculo y dijo a Joab: Sal de aquí, vengo a matarte. — Moriré aquí, entonces, respondió Joab; porque no saldré del asilo de Dios. Benaía, turbado, volvió a Salomón y le dio cuenta de la negativa de Joab a salir del tabernáculo. Y el rey dijo a Benaía: Haz como te he ordenado; mátalo y entiérralo después; y de este modo no seré responsable, ni yo, ni mi familia, de la sangre inocente que Joab ha derramado. La sangre de las gentes que ha matado recaerá así sobre su cabeza y sobre su posteridad, y el Señor dará una paz eterna a David, a su simiente, a su casa y a su trono. Benaía, pues, se arrojó sobre Joab en el tabernáculo y lo mató; después de lo cual, lo sepultó en el desierto.» (1 Reyes 2:28-34)
Si se puede añadir, observa Voltaire, un crimen nuevo a las bellaquerías con que Salomón comienza su reinado, les añade un sacrilegio. Si hay algo extraño después de tantos horrores, es que Dios, que hizo perecer a cincuenta mil setenta hombres por haber mirado dentro de su arca, no vengue ese cofre sagrado, sobre el cual se ha degollado al más grande capitán de los judíos, a quien David debía su corona.
Continuemos. «Entonces el rey puso a Benaía a la cabeza del ejército, en reemplazo de Joab, y constituyó gran sacerdote al sacrificador Sadoc, en reemplazo de Abiatar.» (1 Reyes 2:35)
«El rey envió también a Simei y le hizo decir: Edifícate una casa en Jerusalén, y mora en ella, sin salir jamás de la ciudad; si sales de ella, si pasas el torrente de Cedrón, te haré matar sin remisión. Simei respondió: Esta orden es muy justa. Así moró en Jerusalén. Mas aconteció, al cabo de tres años, que dos criados de Simei huyeron a casa del rey de Gat. Simei cinchó en seguida su asno y partió para Gat, a fin de recuperar su bien; y trajo luego de vuelta a Jerusalén a esos siervos infieles (1 Reyes 2:36-40)... Y Salomón, habiendo sabido la cosa, mandó a Benaía que fuese a matar a Simei; así murió Simei. Y el reino fue afirmado en las manos de Salomón.» (v. 46)
El libro de los Reyes nos enseña luego que Salomón se alió con el rey de Egipto y que éste le dio su hija en matrimonio. Naturalmente, la Biblia calla el nombre del monarca egipcio, o, mejor dicho, lo designa, como siempre, bajo el nombre de Faraón, que no es un nombre, sino el título general de los reyes de Egipto. Las bodas tuvieron lugar en Jerusalén.
En aquel tiempo, Salomón se edificaba un palacio, comenzaba la edificación del templo, y rodeaba de murallas su capital. En espera de que el templo estuviese acabado, el rey iba a hacer sus devociones a Gabaón, donde se hallaba el santuario más importante del reino. Allí fue donde Jehová le concedió la sabiduría, en un sueño.

265. Casamiento de Salomón.
El episodio es bastante curioso. «El Eterno se apareció a Salomón, en Gabaón, en sueño de noche; y Dios le dijo: Pídeme lo que quieres que te dé. Y Salomón, que dormía, respondió: Has tenido una gran benevolencia para con tu siervo David mi padre, porque andaba en los caminos de la verdad, de la justicia, y tenía un corazón lleno de rectitud; por eso le has dado un hijo que está sentado hoy sobre su trono. Y ahora, oh Eterno, Dios mío, ahora que me has hecho suceder a David, no soy más que un niño pequeño, incapaz de discernir cómo hay que conducirse; y estoy a la cabeza de un gran pueblo, tan numeroso por su multitud, que no puede contarse. Dame, pues, un corazón inteligente para juzgar a tu pueblo y para discernir lo que está bien y lo que está mal. Ahora bien, el Eterno quedó agradablemente conmovido de lo que Salomón le había respondido en su sueño, y le dijo además: Porque acabas de hablarme así, y no me has pedido ni una larga vida, ni riquezas, ni matar a tus enemigos, sino que me has pedido inteligencia y equidad, pues bien, te concedo según tus palabras: te doy un corazón sabio e inteligente, de suerte que jamás hombre alguno, ni antes de ti ni después de ti, habrá sido ni será semejante a ti; además, te doy lo que no me has pedido, las riquezas y la gloria, y ningún rey te igualará en gloria y en riquezas; por añadidura, si andas en mis caminos, observando mis mandamientos, como David tu padre anduvo en ellos, prolongaré tu vida muy largamente. Entonces, Salomón se despertó, y he aquí muy verídicamente cuál había sido su sueño.» (1 Reyes 3:5-15)

266. Jehová concede la sabiduría al hijo de David.
El texto oficial, que la Iglesia declara auténtico, no deja duda alguna: se trata efectivamente de un sueño. Dios, que no esperaba a que Abraham, Jacob y otros estuviesen dormidos para aparecérseles, no se manifiesta a Salomón sino en un sueño. Sea. Entonces, ¿cómo se ha sabido? ¿Fue, pues, Salomón quien contó su sueño a algún otro judío? De uno a otro, ¿este relato de un sueño llegó hasta el autor del libro de los Reyes, el cual vivía en tiempo del cautiverio de Babilonia?... Raro, ¿no es verdad?
Los teólogos nos dirán, — es una de sus tesis favoritas, — que la aparición de Dios en un sueño no deja de ser una manifestación divina; la Iglesia admite sueños divinos y sueños diabólicos; el sueño de un hombre puede ser, afirman los sacerdotes, el resultado de una acción sobrenatural, en ciertos casos, y de ningún modo efecto del azar. Pues bien, aceptemos por un instante esta tesis. Dios se ha manifestado realmente a Salomón; pero eso no impide que Salomón estuviese dormido y, por consiguiente, inconsciente de todo lo que podía decir o hacer en su sueño. Si el papa mismo soñase, una noche, que es paladista («paladista» — fr. «palladiste», adepto del paladismo, pretendido culto satánico de la francmasonería: una impostura inventada por el propio Léo Taxil, de la que se hablaba mucho en la época) y que traspasa hostias a grandes puñaladas, ninguno de sus cardenales pensaría en hacerle de ello un crimen. Si Salomón, en su sueño, hubiese escogido la gloria y las riquezas, eso no habría traído la menor consecuencia; nada es más evidente. Se comprendería que Dios, después de haberle hecho preguntas, le hubiese dejado tiempo de despertarse, y que entonces Salomón, impresionado por el sueño y viendo en él una maniobra de estrategia celeste, hubiese deliberado, consultando su conciencia, lo que tenía que responder; su respuesta de hombre despierto, escogiendo la sabiduría y desdeñando lo demás, habría tenido mérito. Puesto que soñaba, su respuesta no cuenta, pues; y sin embargo el impagable Jehová quedó encantado de ella. ¡He ahí lo que es más raro que todo!
Dotado así de la sabiduría, pedida y recibida en un sueño, Salomón no iba a tardar en asombrar a los israelitas con una justicia admirable, guiada por la más maravillosa inteligencia.
Todo el mundo conoce su juicio de las dos madres; el único hecho, por lo demás, que la Biblia cita como prueba de esta extraordinaria sabiduría. Dos mujeres han dado a luz, con tres días de diferencia, en el mismo cuarto de una hospedería; uno de los niños ha muerto; una de las madres acusa a la otra de haberle, durante la noche, quitado a su hijo, que está vivo, y de haberlo reemplazado junto a ella por el cadáver de su propio hijo, ahogado por descuido. Este caso embarazoso es sometido al rey, a su regreso a Jerusalén. La madre, acusada de sustitución, se defiende gritando que es mentira, y jura que el niño vivo, traído por ella al tribunal, es en verdad el suyo; la otra jura, con el mismo ardor, que ha dicho la verdad y reclama al niño. Entonces, Salomón hace traer una espada y ordena que se parta al niño en dos y que se dé una mitad a cada una de las dos madres. Grito de compasión de la verdadera madre, que, no queriendo ver matar a su bebé, reclama ahora que se lo dejen a la que se lo ha quitado; ésta, al contrario, se traiciona con estas palabras: El rey ha juzgado bien; el niño no será ni tuyo, ni mío, ¡que se lo parta! Ahora bien, la orden de Salomón no era, en su ánimo, más que una prueba. Pronuncia, pues, el juicio definitivo, devolviendo el niño vivo a su verdadera madre (1 Reyes 3:16-28).

267. Célebre juicio de Salomón.
Todos los fieles se extasían cuando, en el curso de un sermón, el predicador cita esta anécdota. Sin necesidad de recurrir a la terrible prueba de partir al niño en dos, Salomón no habría tenido más que llamar a la primera comadrona que se presentase, la cual habría, sin la menor dificultad, señalado cuál era el niño nacido la víspera y cuál era aquel cuyo nacimiento se remontaba ya a cuatro días. Pero no andemos con chicanas, y saludemos la sabiduría del hijo de David.
Diremos solamente que las anécdotas de este género se remueven a paladas, y que siempre ha habido, en todos los tiempos y en todos los países, magistrados, perspicaces bajo una apariencia de bonachonería, y hasta simples jueces de aldea, que le habrían dado puntos a Salomón («le habrían dado puntos a Salomón» — fr. «rendre des points à quelqu’un», de los juegos de destreza, donde el más fuerte concede ventaja al más débil: ser muy superior a él).
Limitémonos a citar dos rasgos, por lo menos tan graciosos como el de partir al niño en dos; ¡los jueces de que se trata no habían recibido, sin embargo, de Jehová el don de la sabiduría en un sueño!
Un hombre había subido a lo más alto del campanario de una iglesia para remendar allí alguna cosa. Tuvo la desgracia de caerse abajo; pero, al mismo tiempo, tuvo la suerte de no hacerse ningún daño. En cambio, su caída fue funesta para un hombre a quien aplastó al caer. Los parientes del aplastado, muerto en el acto, citaron ante el bailío al hombre que había caído del campanario; lo acusaban de asesinato y pretendían hacerlo condenar, si no a muerte, al menos a formidables daños y perjuicios. El asunto se pleiteó; había que conceder alguna satisfacción a los parientes del muerto. Por otra parte, el bailío no creía deber, en conciencia, castigar de ningún modo un homicidio no sólo involuntario, sino que además había sido únicamente el resultado inesperado de un accidente de lo más enojoso. Nuestro bailío, según se cuenta, ordenó a aquel de los parientes del difunto que era el más encarnizado en este pleito, el que más fuerte gritaba venganza, que trepase a su vez a lo alto del campanario y se dejase caer desde allí sobre el demandado, homicida involuntario, el cual estaría obligado a hallarse precisamente en el mismo lugar donde el difunto había perdido la vida. Inútil decir que el litigante rabioso desistió, séance tenante, de su absurda demanda («séance tenante» — fr., literalmente «estando la sesión en curso»: en el acto, sin dilación).
El segundo rasgo que reproducir aquí por curiosidad es de un magistrado pagano. Un joven griego, prendado de amor por la cortesana Teógnide, se había propuesto ofrecerle una fuerte suma, a fin de tenerla por amante. Ahora bien, mientras se ocupaba en reunir el dinero de su ofrenda, soñó una noche que poseía a Teógnide y gozaba de sus encantos; pero, al despertar, se encontró ridículo por haber estado a punto de endeudarse por la bella, y el resultado de sus reflexiones fue el enfriamiento completo de su pasión. Como contó a sus amigos su proyecto, su sueño y su renuncia a convertirse en el amante de Teógnide, la cortesana, picada de que se negase a dar curso a su promesa, lo hizo llamar ante el juez, pidiendo que se le pagase: tenía derecho, decía ella, a la suma que el joven se había propuesto ofrecerle, puesto que había a la vez curado su pasión y satisfecho su deseo. El juez, sin ser Salomón, dictó un fallo ante cuya sabiduría nuestros tonsurados no pueden sino inclinarse: ordenó, este pagano a quien Jehová no alumbraba, sin embargo, con sus luces, ordenó... que el joven griego trajese en una bolsa la suma prometida, que la arrojase en una jofaina, y que la cortesana se pagase con el sonido y el color de las piezas de oro, así como su ex enamorado había gozado de un placer imaginario.
¡Apostemos a que, si el Espíritu Santo, a quien gustan las historietas picantes, hubiese pensado en ésa, la habría hecho figurar en la Biblia, poniéndola en el haber de la sabiduría de Salomón!
Después de la anécdota del juicio de las dos madres, el libro de los Reyes pasa a la enumeración de los principales oficiales de Salomón; el lector no nos tomará a mal que le dispensemos de esta fastidiosa nomenclatura: en cambio, hay algunas cosas lindas en la exposición, que viene a continuación, de la gloria y de las riquezas del hijo de David.
«Judá e Israel eran como la arena que está a la orilla del mar, de tan gran número que eran; y eran felices, comiendo y bebiendo con abundancia, y se regocijaban. En aquel tiempo, Salomón tenía bajo su dominación todos los reinos desde el Éufrates hasta los filisteos y hasta la frontera de Egipto, y los reyes de esos países le traían tributos, pues le estuvieron sujetos todo el tiempo de su vida.» (1 Reyes 4:20-21) Aquí la patraña del Espíritu Santo es un poco demasiado fuerte, dado que ya no estamos en las épocas extremadamente lejanas sobre las cuales los historiadores no tienen dato alguno: ahora bien, ¿quién ha oído decir jamás que unos judíos hayan reinado desde el Éufrates hasta el Mediterráneo? Es verdad que el bandidaje les valió un pequeño país en medio de las rocas y de las cavernas de Palestina, desde el desierto de Beerseba hasta Dan; pero en ninguna parte está establecido que Salomón haya conquistado por la guerra, o adquirido de una manera cualquiera, siquiera una legua de terreno. Es, al contrario, el rey de Egipto quien poseía grandes dominios en Palestina; varios cantones cananeos no obedecían a Salomón: ¿dónde está, pues, ese pretendido poderío?
«Y había para la mesa de Salomón, cada día, treinta muids de flor de harina y sesenta muids de harina común, diez bueyes gordos cebados y veinte bueyes traídos de los pastos, cien carneros, y gran cantidad de ciervos, de corzos, de búfalos y de volatería de toda especie.» (v. 22-23) ¡Mazette! ¡qué Gargantúa!... («¡Mazette!» — fr. «Mazette !», antigua exclamación familiar de asombro, algo así como «¡caramba!»; Gargantúa es el gigante de Rabelais, proverbial por su monstruoso apetito) ¡Los oficiales a quienes Salomón se dignaba invitar a su mesa no corrían riesgo de morir de hambre con semejante menú!... Algunos teólogos, embarazados por estas exageraciones manifiestas (¡noventa muids de harina («muid» — fr. «muid», antigua medida francesa de capacidad, de unos 270 litros) y treinta bueyes por día, sin contar lo demás!), han insinuado que Salomón, imitando a los reyes de Babilonia, alimentaba a sus oficiales, y que eso está sobreentendido en el texto sagrado. La desgracia es que un rey judío era, al lado de un rey de Babilonia, algo así como el rey de Yvetot («el rey de Yvetot» — fr. «le roi d’Yvetot», el señor de un minúsculo dominio normando que se daba el título de rey, proverbial desde la canción de Béranger) frente al rey de Francia.
«Salomón tenía también cuarenta mil caballerizas para los caballos de sus carros, y doce mil caballos de silla.» (v. 26) ¡Estas cuarenta mil caballerizas valen aún más que los noventa muids de harina! Es verdad que dom Calmet dice que hay que traducir yeguas, y no caballerizas. No lo contrariemos por tan poco: ¡vaya por las cuarenta mil yeguas de Salomón!... («vaya por» — fr. «va pour», fórmula familiar de aceptación: sea, pase, admitámoslo)
«Y la sabiduría de Salomón sobrepasaba la sabiduría de todos los orientales y de todos los egipcios; era más sabio que todos los hombres, más sabio aun que Etán el ezraíta, y que Hemán, y que Calcol, y que Darda. Además, es bueno saber que compuso tres mil parábolas y mil y cinco cánticos.» (v. 30-32) Por supuesto, nunca nadie ha podido decir quiénes eran ese Etán, ese Hemán, ese Calcol y ese Darda, puestos tan inopinadamente en comparación con Salomón y citados por el autor sagrado, con un aplomo imperturbable, como si se tratase de ilustres personajes, reputados en el mundo entero por su sabiduría sin par. Esta manía de citar célebres desconocidos, que se manifiesta de vez en cuando en la Sagrada Escritura, es una de las marcas más características de ese espíritu de mistificación a ultranza que parece, al observador imparcial, ser el verdadero inspirador de la Biblia. En cuanto a las tres mil parábolas y a los mil y cinco cánticos, quedan algunos que se atribuyen a ese Salomón. ¡Pluguiera a Dios, dice Voltaire, que ese rey hubiese hecho siempre odas hebraicas, en lugar de asesinar a su hermano!
Llegamos al famoso templo de Jerusalén, que Salomón tardó siete años en edificar (1 Reyes 6:38); este gran asunto ocupa cuatro capítulos del primer libro de los Reyes. Vamos a pasar rápidamente revista a lo esencial.
«Hiram, rey de Tiro, envió sus siervos a Salomón, habiendo sabido que había sido ungido rey como sucesor de David su padre. Y Salomón envió también a Hiram para decirle: He formado el proyecto de edificar una casa a mi Dios, Adonaí; por lo cual, manda, pues, a tus siervos que corten para mí cedros del Líbano; porque tú sabes que no tengo un solo hombre entre mi pueblo que conozca el arte de cortar la madera como los sidonios... Hiram dio, pues, a Salomón madera de cedro y madera de abeto, cuanta quiso; y Salomón dio a Hiram, para el sustento de su casa, veinte mil moyos de trigo por año, y veinte mil moyos de aceite purísimo cada año... El rey Salomón escogió en Israel treinta mil obreros, que iban por turno al Líbano de diez mil en diez mil, mientras los otros descansaban; y Adoniram estaba al frente de estos obreros. Salomón tenía también setenta mil peones y ganapanes, ochenta mil canteros, y tres mil trescientos intendentes de las obras... Y los albañiles de Salomón, con los de Hiram, labraron y prepararon la madera y las piedras para edificar el templo.» (cap. 5)
«Ahora bien, esta casa, que el rey Salomón edificó a Jehová, tenía sesenta codos de largo, veinte de ancho y treinta de alto (equivaliendo el codo judío a 52 centímetros, como el codo de Egipto, el monumento tenía, pues, según el texto bíblico, 31 metros de longitud, 10 y medio de anchura, y 15 y medio de altura)... El rey hizo hacer en el templo ventanas laterales, anchas por dentro y estrechas por fuera; e hizo sobre la muralla del templo andamios todo alrededor; el andamiaje de abajo tenía cinco codos de ancho, el de en medio tenía seis codos de ancho, y la anchura del tercer andamiaje, el de arriba, era de siete codos; y puso vigas todo alrededor, a fin de que no tocasen a la muralla; en fin, se construyó, por encima de toda la casa, un piso superior, que tenía cinco codos de altura... Puso también el oráculo dentro del templo, hacia el fondo, para poner allí el cofre de la alianza del Eterno; el oráculo tenía veinte codos de largo, veinte de ancho, y veinte de alto... Hizo, en el oráculo, dos querubines de madera de olivo, que tenían cada uno diez codos de alto; un ala de querubín tenía cinco codos de longitud, y la otra ala tenía también cinco codos.» (cap. 6)

268. Salomón edifica un templo a Jehová.
«Salomón hizo construir también su palacio, cuya edificación duró trece años... había hecho venir de Tiro a un llamado Hiram, hijo de una mujer viuda, de la tribu de Neftalí, y cuyo padre era un tirio, que trabajaba en cobre; este hombre era muy experto, inteligente y sabio para hacer toda clase de obras de bronce; vino a Salomón y le hizo toda su obra... Él es quien levantó las columnas de bronce, colocadas en el pórtico del templo, la de la derecha que se llamó Jaquín y la de la izquierda que se llamó Boaz... Hizo también un gran estanque de fundición, llamado el Mar de Bronce, que tenía diez codos de un borde al otro y que era enteramente redondo; este estanque estaba puesto sobre el lomo de doce bueyes, que tenían el trasero vuelto hacia dentro... Así, toda la obra que Salomón hizo para la casa de Jehová quedó acabada.» (cap. 7)
«Cuando el templo estuvo acabado, los sacrificadores llevaron el arca de la alianza al oráculo de la casa, al lugar santísimo, bajo las alas de los querubines; porque los querubines extendían sus alas por encima del arca y de sus barras de sostén... Luego, el rey y todo Israel inmolaron víctimas en número tan grande que no se podía contar, para celebrar la dedicación del templo a Jehová; y en el sacrificio que él mismo hizo al Señor, Salomón degolló veintidós mil bueyes gordos y ciento veinte mil carneros. Así el rey y todos los hijos de Israel dedicaron la casa del Eterno.» (cap. 8)

269. Salomón sacrifica él mismo.
Todos los detalles dados en estos cuatro capítulos son de una exageración tal que uno se pregunta, al leerlos, si no era el Garona, más bien que el Cedrón, el que corría en aquel tiempo por Jerusalén («el Garona» — fr. «la Garonne», el gran río de Gascuña, cuyas gentes tenían fama proverbial de exagerar y fanfarronear; el Cedrón es un simple arroyo). Esta divina descripción se derrite como la nieve al sol, en cuanto se procede al menor examen.
¡Ciento ochenta y tres mil trescientos hombres son empleados, sin contar los albañiles y demás obreros que vendrán después, en los solos preparativos de un templo que no debía tener más que diez metros y medio de fachada, por treinta y un metros y medio de longitud! ¡Estos constructores, que se cifran por treinta mil, por setenta y por ochenta mil, tardan siete años en edificar un monumento, de tres modestos pisos de alto solamente, que ocupa en total trescientos veinticinco metros de superficie! Estas cifras hacen dar un brinco a cualquiera que tenga el más ligero conocimiento de la arquitectura; hacen falta, en efecto, cincuenta obreros a lo sumo, para edificar en cuatro o cinco meses una hermosa casa de esta dimensión. Los innumerables obreros de Salomón eran, pues, unos formidables holgazanes; o bien, a pesar de sus inmensas riquezas, este rey era quizá de una avaricia sórdida, y estos obreros, no llegando nunca a poder cobrar, vagueaban casi todo el tiempo, en vez de trabajar. Por lo demás, las medidas que da el libro de los Reyes no concuerdan con las del libro de las Crónicas, ni con las indicadas por Ezequiel, y unas y otras están en contradicción con las medidas referidas por Flavio Josefo; las diferencias entre estos diversos autores judíos bastarían, por sí solas, para inspirar desconfianza, si el texto oficial no fuese ya por sí mismo una burlesca fanfarronada.
Los autores no concuerdan mejor sobre la cronología de este templo fantástico. El libro de los Reyes lo dice edificado cuatrocientos ochenta años después de la huida de Egipto; Flavio Josefo, quinientos noventa y dos años; y, entre los teólogos modernos, se encuentran veinte opiniones diferentes. Esta cuestión no tiene ninguna importancia; pero, en un libro sagrado, la exactitud no perjudicaría.
Además, es difícil no sujetarse los costados de risa, cuando se ve la mención de esos pisos levantados en andamios en el interior del edificio y avanzando un codo el uno sobre el otro, siendo el piso inferior un metro menos ancho que el piso superior; eso, por ejemplo, es pasmoso. ¡Y las ventanas laterales, que eran anchas por dentro y estrechas por fuera, he ahí otra cosa que no está mal hallada como arquitectura chusca! Con todo esto, sería difícil presumir que el superintendente de los edificios de Salomón fuese un Miguel Ángel o un Bramante.
La fiesta de la dedicación del templo remata dignamente el relato de la construcción y las vistas de este maravilloso monumento. No habría convenido hacer a menudo semejantes sacrificios; ¡mastín! («¡mastín!» — fr. «mâtin !», vieja exclamación familiar de sorpresa, literalmente el nombre de un perro grande) ¡pronto se habría visto uno reducido al hambre!

270. Grandes fiestas dadas al pueblo.
Contad por cada buey gordo cuatrocientas libras de carne, he ahí ocho millones ochocientas mil libras de buey, más un millón doscientas mil libras de carnero, ¡todo ello asado en pura pérdida para regalar el divino olfato de Sabaot! ¡Y estos diez millones de libras de carne representan el holocausto de
Salomón! la Biblia dice expresamente (1 Reyes 8:5) que los hijos de Israel, que estaban juntos alrededor de su rey, sacrificaron, por su parte, ganado mayor y menor en tan gran número que no se podía ni numerar ni contar (sic); los veintidós mil bueyes y los ciento veinte mil carneros, degollados por el monarca, figuran aparte, en el versículo 63.
Después de todo esto, ¡papá Buen Dios se habría mostrado exigente, si no hubiese quedado contento!... Por eso «el Eterno se apareció a Salomón por segunda vez, como se le había aparecido en Gabaón» (1 Reyes 9:2); esto haría creer que esta manifestación divina tuvo lugar de nuevo en sueños: pero, como el hijo de David se contentaba con ello y no pedía una aparición más palpable, tendríamos mala gracia en hallarle reparos. La recompensa consistió, pues, en un pequeño discurso que Jehová dirigió al rey mientras dormía. Esta arenga puede resumirse en estas simples palabras: si tú y tu pueblo continuáis honrándome, todo os irá bien; pero, si otros dioses que yo reciben tus homenajes y los de tus súbditos, la cosa no pasará así, ¡entonces cuidado! (Aire ya muy conocido)

271. Dios recompensa al gran constructor Salomón.
«Ahora bien, Hiram, rey de Tiro, continuó enviando a Salomón toda la madera de cedro y de abeto, y todo el oro que necesitaba. Entonces, Salomón dio un día a Hiram veinte ciudades en la Galilea. Hiram salió de Tiro para venir a ver estas ciudades, y no le agradaron; y dijo a Salomón: Hermano mío, he ahí unas pobres ciudades las que me habéis dado.» (1 Reyes 9:11-13) No se sabe muy bien de dónde pudo sacar el hijo de David esas veinte ciudades para regalárselas a su amigo Hiram. Samaria no existía, Jericó no era más que una casucha; Siquem, Betel no estaban reedificadas; no lo fueron sino bajo Jeroboam.
«El rey Salomón equipó también una flota en Ezión-geber, que está cerca de Elot, en la ribera del Mar Rojo, en el país de Idumea; e Hiram puso buenos marineros de su flota al servicio del rey de Israel. Y la flota de Salomón, habiendo ido a Ofir, trajo de allí cuatrocientos veinte talentos de oro para el tesoro del rey.» (1 Reyes 9:26-28)
Para hacer tragar a los fieles que Salomón fue poseedor de una flota, era necesario designar al menos un puerto de mar que formase parte de su reino. El autor no se atrevió a colocarlo en las riberas del Mediterráneo; porque todos los puertos de esa región pertenecían entonces a los fenicios y a los filisteos y eran demasiado conocidos (Gaza, Ascalón, Jope, Dor, Tiro y Sidón); imaginando el puerto de Ezión-geber, en el fondo del golfo de Elat que está al este de la península del Sinaí, en el Mar Rojo, el farsante sagrado no corría el riesgo de que se descubriese jamás que esta ciudad marítima formaba parte de algún otro reino: pero se tiene derecho a decir que Ezión-geber tiene, en geografía, exactamente el mismo valor que los ilustrísimos sabios Etán, Hemán, Calcol y Darda (véase más arriba) tienen en la historia.

272. Potencia marítima del rey judío: la flota de Israel.
En cuanto al resultado de la expedición de la flota salomonesca a Ofir, — país que, por lo demás, ha permanecido inhallable, a pesar de las laboriosas investigaciones de los historiadores y geógrafos mejor intencionados, — es de un efecto lastimoso después de todos los esplendores que acabamos de ver descritos en los capítulos precedentes. Haber equipado una flota para recibir de ella al regreso cuatrocientos veinte talentos de oro, ¡es poca cosa, príncipe mío! Se sabe que el talento de plata equivalía por término medio a 5.000 francos de nuestra moneda, y que, en los sistemas monetarios de la antigüedad, el oro valía doce veces y media la plata. Lo que la flota real trajo de Ofir representa, pues, veintiséis millones de hoy. ¡Qué miseria para un señor que poseía cuarenta mil caballerizas para los caballos de su corte y que se daba el piadoso capricho de quemar cinco millones de kilos de carne en un solo sacrificio! Deducid de esos veintiséis millones los gastos de la expedición, que duró dos años, si hay que creer a los teólogos; el beneficio neto se reduce a poca cosa, y, francamente, no valía la pena citar como notable este hecho del reinado de Salomón. Mi pobre Espíritu Santo, entre nosotros, hay momentos en que decaes, en que ya no estás a la altura de algunas de tus patrañas cuya colosal audacia se saborea a veces.
Para tranquilizar a nuestros lectores, digamos en seguida que el divino palomo se ha desquitado más adelante, en el libro 2 de las Crónicas, capítulo 9, importante parte del Antiguo Testamento, tan santa y tan auténtica como el resto. Allí nos enteramos de que «todos los reyes de la tierra enviaban oro a Salomón en grandes cantidades; el valor del oro que el rey de Israel recibía cada año era de seiscientos sesenta y seis talentos de oro (v. 13). El trono de Salomón era de marfil, recubierto de oro puro, y este trono tenía seis gradas de oro y un estrado de oro; había también doce leones de oro sobre las seis gradas del trono; y en ningún reino se había hecho jamás un trono tan suntuoso (v. 17-19). Y toda la vajilla del aparador del rey Salomón era de oro; y toda la vajilla de su palacio de verano, que estaba en un parque en el Líbano, era de oro fino; no la había de plata; la plata no era estimada en tiempo de Salomón (v. 20). Y el rey de Israel tenía además naves que iban a Tarsis y que volvían de allí una vez cada tres años, trayendo a Salomón oro, plata, marfil, pavos reales y monos. Así, el rey Salomón fue más grande que todos los reyes de la tierra, tanto en riquezas como en sabiduría. Y todos los reyes de la tierra se ponían en viaje para ver a Salomón, a fin de oír la sabiduría que Jehová había puesto en su corazón (v. 21-23)... Y Salomón hizo que la plata fuese tan común en Jerusalén como las piedras, tanta había (v. 27).»
¡Eso, enhorabuena!... Por lo demás, el libro 1.o de las Crónicas (cap. 29) asegura que Salomón había recibido de su padre David una herencia que no era de desdeñar, talentos de oro por millares, dracmas de oro, talentos de plata, de bronce, etc. Voltaire se divirtió en hacer el total y en traducirlo a moneda de su siglo. «Lo que David dejó a Salomón, según la Biblia, dice él, hace justamente diez mil millones de escudos, dieciocho mil millones de Francia. Lo que Salomón amasó a su vez bien podía llegar a una suma igualmente fuerte. Es cómico ver a un melch, a un reyezuelo judío, tener a su disposición treinta y seis mil millones de libras francesas, o nueve mil millones de escudos de Alemania, o alrededor de mil quinientos millones de libras esterlinas (la libra esterlina es de 25 francos de nuestra moneda). Uno queda asqueado de tantas exageraciones pueriles; esto se parece a la Jerusalén celestial, que desciende del cielo en el Apocalipsis, y que el buen hombre de san Justino vio durante cuarenta noches consecutivas: ¡las murallas eran de jaspe, la ciudad era de oro, los cimientos de piedras preciosas, y las puertas de perlas!»
Acabamos de ver que la Biblia nos habla de todos los reyes de la tierra viniendo de visita a Jerusalén para admirar a Salomón y traerle presentes. (2 Crónicas 9:22-24) El autor sagrado, se dirá, bien habría podido citar algunos reyes conocidos; eso habría sido de excelente efecto. Pero, citas precisas, he ahí justamente lo que era escabroso; por farsante que sea, el palomo se sometió a la necesidad de quedarse en lo vago, so pena de ver su mistificación puesta al descubierto. No obstante, como había que mencionar al menos a uno de esos monarcas viajeros (sin eso, los buenos papanatas de fieles no habrían quedado contentos más que a medias), la santa Biblia les ha servido la relación de la memorable visita de una poderosa reina: la reina de Sabá. El capítulo x del primer libro de los Reyes está consagrado en gran parte a este acontecimiento, así como el capítulo 9 del segundo libro de las Crónicas. En cuanto al país de Sabá, del que esta dama era la soberana, ha dado lugar a numerosas discusiones entre teólogos, todas tan sabias las unas como las otras; desgraciadamente, ninguna de esas disertaciones contradictorias ha logrado fijar exactamente bajo qué latitud se hallaba ese país.
Así pues, «la reina de Sabá, habiendo oído hablar de Salomón, se puso en viaje y vino a verle, a fin de poner su sabiduría a prueba proponiéndole algunos enigmas que adivinar. Y entró en Jerusalén con un séquito muy grande; tenía camellos que llevaban aromas y una gran cantidad de oro y de piedras preciosas; y cuando vio a Salomón, le habló de todo lo que tenía en el corazón. Salomón explicó sin vacilación todos los enigmas que ella le propuso; y por más que pudiera imaginar de sutil y de oscuro, nada logró embarazar al rey. Entonces, la reina de Sabá, viendo que Salomón estaba dotado de tan maravillosa sabiduría, admirando la casa que había edificado a Jehová, así como su palacio, agradablemente sorprendida por los manjares exquisitos de su mesa, hallando que todo era magnífico, hasta los alojamientos de sus siervos, el orden que regulaba el servicio de sus oficiales, sus vestidos, sus coperos, y los holocaustos que ofrecía en el templo, quedó enteramente fuera de sí.

273. La reina de Sabá hace preguntas a Salomón.
Y dijo al rey: En verdad, nada es más exacto que lo que yo había sabido en mi reino sobre ti y sobre tu sabiduría; no quería creerlo, y por eso he venido: pero veo que no me habían dicho la mitad de la realidad; ¡tu sabiduría y tu magnificencia sobrepasan todo lo que la fama proclama acerca de ti!» (1 Reyes 10:1-7)
Antes de separarse de su huésped, la reina de Sabá le regaló objetos raros y preciosos que había traído, a los que añadió ciento veinte talentos de oro (v. 10). Por su parte, el galante Salomón replicó colmándola de presentes: «Le dio todo lo que ella deseó y pidió, además de lo que le dio según lo que un rey tal como Salomón tenía el poder de dar» (v. 13). Algunos comentaristas chistosos suponen que, entre los regalos de Salomón que se llevó a su país, la reina de Sabá tenía un polichinela en el cajón («un polichinela en el cajón» — fr. «avoir un polichinelle dans le tiroir», expresión familiar que significa estar encinta).

274. Intercambio de presentes reales.
Tanta gloria debía ser fatal a Salomón, desde el punto de vista de la salvación de su alma. Dios le había dado la sabiduría, y no se la había quitado; sin embargo, la Biblia señala como un comienzo de decadencia las relaciones amistosas que el hijo de David tuvo con los egipcios, los heteos, los amonitas, los sidonios, etc.; eran, al parecer, malas compañías.

275. Salomón empieza a decaer: malas compañías.
Luego, «el rey Salomón amó a la vez a varias mujeres extranjeras, además de la hija de Faraón, a saber, mujeres nacidas de entre las naciones de las que Jehová había dicho a los hijos de Israel: No entraréis en ellas, y ellas no se acostarán con vosotros; porque ciertamente desviarían vuestro corazón para seguir a sus dioses. A pesar de esta prohibición de Jehová, Salomón se apegó a todas estas extranjeras con pasión. Tuvo por mujeres setecientas princesas, y además trescientas concubinas.» (1 Reyes 11:1-3)

276. Continuación de la decadencia real: demasiadas mujeres.
Sin duda, Jehová había visto con muy buenos ojos la poligamia de un gran número de sus patriarcas y profetas; para no recordar más que al último, es cierto que David había usado ampliamente del permiso divino. Pero, francamente, Salomón abusaba. ¡Mil mujeres, a las que amaba a todas con pasión, es decir, que no estaban allí únicamente para la ostentación! ¡mil mujeres, a las que, sin cesar, echaba el pañuelo!... («echaba el pañuelo» — fr. «jeter le mouchoir», alusión al sultán que, según se decía, arrojaba su pañuelo a la mujer de su harén escogida para la noche) ¡Y lo que aquello debía cansarle el brazo!...
Sucedió, pues, lo que tenía que suceder, lo que Jehová por lo demás sabía de antemano, en su calidad de Dios que conoce el porvenir mejor que nadie: Salomón, para complacer a las setecientas princesas extranjeras que eran sus esposas, sacrificó a sus dioses; sobre una montaña vecina de Jerusalén, edificó un templo a Quemos, dios de los moabitas, y sobre otra montaña, un templo a Milcom y a Moloc, dioses de los amonitas; el dios de los sidonios, Astarot, recibió también sus homenajes (v. 4-8).

277. El colmo de la decadencia: Salomón adora a los ídolos.
Papá Buen Dios, que, en los primeros tiempos del mundo, había hecho un crimen a Adán y Eva de que hubiesen querido aprender a discernir el bien del mal, se había mostrado, por el contrario, muy encantado de que Salomón aspirase, ante todo, a poseer esa misma ciencia, y se la había concedido acompañándola de mil bendiciones. Dejemos de lado lo que este cambio de manera de ver tiene de caprichoso en grado superlativo, en un ser sobrenatural a quien los teólogos proclaman el infinitamente sabio, y no consideremos más que el hecho, es decir: ese discernimiento del bien y del mal negado a Adán, Salomón lo tenía en el más alto grado, por la gracia de Dios. Su conducta es, pues, absolutamente incomprensible, y aquí también la Biblia se contradice.
O bien, hay que ver simplemente en todo esto una indicación histórica: y es que en aquella época los judíos no tenían todavía un culto fijo y bien determinado, y esto es lo más verosímil. Si lo hubiesen tenido, el autor sagrado no habría contado más arriba que Jacob y Esaú se casaron con mujeres idólatras; Sansón no se habría casado con una filistea; Jefté no habría dicho que el pueblo moabita poseía de derecho lo que su dios Quemos le había dado. Los críticos se apoyan en estas incoherencias para decir que ninguno de los libros judíos, tales como han llegado hasta nosotros, estaba escrito entonces, evidentemente, y que, bajo este reinado de Salomón en que los israelitas apenas empiezan a hacer acto de nacionalidad, era muy indiferente que su rey adorase a un dios bajo el nombre de Quemos, o de Astarot, o de Moloc, o de Milcom, o de Adonaí, o de Shaddai, o de Jehová.
Sea como fuere, la Biblia nos representa a Jehová muy irritado. De donde: tercera aparición; esta vez, ya no se dice que papá Buen Dios se mostrase en sueños. La escena es movida: el Eterno dirige vivos reproches al sabio Salomón, que ha dejado de ser sabio sin que el susodicho Eterno le haya quitado la sabiduría; ¡el hijo de David es reprendido de la bella manera («de la bella manera» — fr. «de la belle façon», expresión irónica: a fondo, severamente)!
«Puesto que has obrado así, le dice Jehová, desgarraré tu reino, a fin de que ya no sea tuyo y lo daré a uno de tus criados.» (1 Reyes 11:11) Papá Buen Dios está tan encolerizado, que farfulla literalmente; porque añade en seguida (1 Reyes 11:12): «Sin embargo, no haré nada de esto contra ti durante tu vida; cuando tu reino esté en manos de tu hijo, entonces lo desgarraré.»

278. Dios habla por última vez a Salomón.
Notad que en aquel momento el hijo de que se trata, llamado Roboam, no había cometido pecado alguno, ateniéndonos al texto de la Biblia: si permanece devoto de Jehová, ¿por qué hacerle pagar los cacharros rotos («pagar los cacharros rotos» — fr. «payer les pots cassés», cargar con la culpa o el coste de las faltas de otro), siendo Salomón el único culpable? si ha de cometer, una vez en el trono, las mismas faltas que su padre, será castigado entonces por su cuenta personal, y en tal caso ¿por qué le dice Jehová a Salomón que es su hijo quien pagará por él?... Sería para creer que, al dar la sabiduría al hijo de David, papá Buen Dios no había guardado para sí mismo el más pequeño pedazo.
Dios acaba, pues, de declarar formalmente a Salomón que no dividirá su reino en vida suya. Ahora bien, la Biblia añade inmediatamente: «El Eterno suscitó, pues, enemigos a Salomón: en primer lugar, Adad el idumeo, que era de la raza real de Edom.» (v. 14)
La corta historia de este Adad es por sí misma la contradicción flagrante de lo que precede, y uno se pregunta a qué grado de reblandecimiento había llegado el autor sagrado, para haber podido escribir lo que el palomo mistificador le dictaba. Adad, se nos narra, era muy joven, en Idumea, cuando Joab, generalísimo de David, vino a masacrar a todos los varones de aquel país; tuvo la suerte de escapar a la carnicería, con algunos servidores de su padre, y se refugió en Egipto. El Faraón le dio asilo, le tomó afecto, le regaló una casa y una vasta propiedad rural, y Adad fue tan bien visto del rey de Egipto, que éste le otorgó por esposa a la hermana misma de la reina. La Sagrada Escritura no nos ha indicado nunca hasta aquí el nombre de un Faraón; pero aquí nos da a conocer el nombre de la soberana: es la reina Tahpenes, de quien ningún historiador ha hablado, ¿hace falta decirlo? Así pues, he aquí a Adad cuñado del Faraón. No perdáis de vista, os lo ruego, que todo esto pasaba bajo el reinado de David. El autor nos cuenta en seguida que, en cuanto Adad supo de la muerte de David, seguida casi inmediatamente de la de Joab, se despidió del rey de Egipto, volvió a Idumea, y fue desde entonces uno de esos enemigos de que Dios se sirvió contra Salomón para castigarlo por su idolatría. Adad hizo mucho mal a Salomón (v. 15-22). Ahora bien, este mismo capítulo de la Biblia nos dice (v. 4) que fue «en el tiempo de su vejez» cuando el hijo de David se apartó del culto de Jehová para adorar a los dioses competidores, y, más adelante (v. 42), que reinó en total cuarenta años. Admitamos, si se quiere, que la devoción de Salomón hacia Jehová durase treinta años y que los diez últimos años de su reinado fuesen los de sus pecados. O Adad, ese azote de Dios, permaneció, él, el cuñado del Faraón, más de treinta años ignorando el advenimiento de Salomón, y esto sería tanto más imposible cuanto que Salomón se casó, desde el comienzo de su reinado, con la hija del rey de Egipto, parienta cercana de Adad; o bien Adad no perdió el tiempo y paseó su hierro vengador por el reino de Israel poco después de la toma de posesión del trono por Salomón, y es el colmo de lo extraordinario que Salomón haya sido castigado por su pecado treinta años antes de haberlo cometido.
Pero he aquí algo más preciso todavía: «Dios suscitó también otro enemigo a Salomón; fue Rezón, hijo de Eliada. Éste reunió tropas contra él; había sido vencido antaño por David y se había refugiado en Damasco. Mas fue un enemigo terrible para Israel durante todo el reinado de Salomón, y le hizo mucho mal, además del mal que hizo Adad. Rezón, que infligió estas derrotas a los israelitas, reinaba sobre Siria.» (1 Reyes 11:23-25) Este Rezón, rey de Siria, que causó tanto pesar a Salomón durante todo el curso de su reinado en Judea, demuestra, claro como que tres veces uno son tres: 1.º que el monarca tan sabio y al principio tan devoto de Jehová fue castigado, mientras era inocente, por los pecados de que había de hacerse culpable en el tiempo de su vejez; 2.º que el autor sagrado se contradice singularmente, cuando dice más arriba (1 Reyes 4:20-21) que Salomón reinó desde el Éufrates hasta el Mediterráneo.
Además, el yerno del rey de Egipto y de otros seiscientos noventa y nueve reyes de la tierra tuvo maille à partir («maille à partir» — fr. «avoir maille à partir avec quelqu’un», la «maille» era la moneda más pequeña, imposible de repartir, de ahí: tener una disputa con alguien) con sus propios súbditos. «Jeroboam, hijo de Nabat y de Zerúa, que era doméstico de Salomón, fue también sublevado contra él por el Eterno. Ahora bien, Jeroboam era un hombre valeroso y fuerte, en quien el rey se había fijado entre sus servidores, cuando hacía edificar Milo, y a quien desde entonces había encargado de la percepción de los impuestos en las familias de la descendencia de José. Y aconteció que Jeroboam, saliendo de Jerusalén, encontró en su camino a Ahías el profeta, que llevaba aquel día un hermoso manto completamente nuevo. Estaban los dos solos en el campo. Entonces, Ahías rasgó de pronto su manto en doce pedazos en cuanto vio a Jeroboam, y le dijo: Toma para ti diez pedazos de mi manto; porque el Eterno me habló ayer por la mañana en estos términos: Yo rasgaré el reino de Salomón, y daré diez tribus de él a uno de sus domésticos; no obstante, dejaré una tribu a su hijo, a causa de mi fiel David y de la ciudad de Jerusalén, que he escogido entre todas las tribus de Israel.» (1 Reyes 11:26-32)
Ya hemos visto a un levita que cortó a su concubina en doce pedazos, porque había muerto de haber sido violada en Gabaa, en una sola noche, por setecientos malos bribones; y ahora, he aquí a un profeta que rasga su manto (por fortuna, no es más que su manto) en doce partes, para significar a Jeroboam que Dios le autorizaba a levantar un motín y que de las doce tribus de Israel tendría diez. Este profeta Ahías, observa Voltaire, habría podido conspirar contra Salomón con el rebelde sin que le costase un buen manto completamente nuevo; tanto más cuanto que el dios de Israel no daba muchos mantos a sus profetas, pues se sabe que su guardarropa estaba mal provisto: ¡aparentemente Jeroboam, agradecido, le pagó el valor de su manto!
Otra observación que no se dejará de hacer: de los tres enemigos que Dios suscitó a Salomón, Jeroboam es el único que se haya levantado contra él después de su apostasía; ahora bien, es precisamente el único que hizo fiasco. Los otros dos maltrataron bastante rudamente al hijo de David y lo humillaron así dándole jaque; el motín de Jeroboam, por el contrario, no tuvo ningún éxito. «Salomón, habiendo dado órdenes de matar a Jeroboam, que acababa de rebelarse, éste emprendió en seguida la huida y se refugió en Egipto, donde permaneció hasta la muerte de Salomón.» (v. 40)

279. El amotinador Jeroboam se refugia en Egipto.
Este capítulo 11 termina mencionando el fallecimiento del monarca de las setecientas esposas y de las trescientas concubinas, sin decir si, en sus últimos días, volvió a buenos sentimientos hacia Sabaot; de suerte que los teólogos han discutido mucho sobre la cuestión de saber si está condenado o no; las opiniones están divididas.

280. Salomón se duerme por fin para siempre.
Otra laguna muy lamentable, y que salta a la vista, es la que resulta del silencio guardado por el autor sagrado sobre las numerosas bodas del glorioso rey judío. Porque, en fin, está muy bien decirnos que Salomón tuvo por esposas legítimas a setecientas princesas extranjeras, pertenecientes a las diversas familias reales de la tierra, y practicando todas las malas religiones; pero uno se habría alegrado de tener algunas descripciones de esas ceremonias nupciales y de las fiestas que las acompañaron. Si la apostasía de Salomón duró diez años (lo que sería enorme), esas setecientas princesas, mujeres legítimas, representan cuarenta y seis bodas reales por año, es decir, aproximadamente una cada semana. ¡Veis desde aquí ese reino pasando diez años consecutivos en regocijos públicos, recepciones de los soberanos suegros! ¡y qué enojoso es que el Almanach de Gotha («Almanach de Gotha» — el anuario de las casas soberanas y nobles de Europa) no existiese en aquella época, para darnos la nomenclatura de las familias reinantes, que se contaban entonces por centenares!
No se puede, en fin, cerrar la historia de Salomón sin hablar de los cuatro libros que se le atribuyen y que forman parte de la Biblia: los Proverbios, el Libro de la Sabiduría, el Eclesiastés y el Cantar de los Cantares.
La primera de estas obras es una colección de máximas que parecen a nuestros espíritus refinados a veces triviales, bajas, incoherentes, sin gusto, sin selección y sin designio. No pueden persuadirse de que un rey ilustrado haya compuesto una colección de sentencias entre las cuales no se encuentra una sola que mire a la manera de gobernar, a la política, a las costumbres de los cortesanos, a los usos de una corte. Se asombran de ver capítulos enteros donde no se habla más que de mujerzuelas que van a invitar a los transeúntes en las calles a acostarse con ellas. — Se rebelan contra las sentencias de este gusto: «Hay tres cosas insaciables, y una cuarta que nunca dice Basta: el sepulcro, la vulva de la mujer, la tierra que nunca se harta de agua; y el fuego, que es la cuarta, nunca dice Basta.» (Proverbios 30:15-16) «Hay tres cosas difíciles de volver a hallar, e ignoro enteramente la cuarta: el rastro del águila en el aire, el rastro de la serpiente sobre la piedra, el rastro de un navío en el mar, y el rastro de un hombre en una mujer.» (v. 18-19) «Hay cuatro cosas que son las más pequeñas de la tierra, y que son más sabias que los sabios: las hormigas, pueblo pequeño que se prepara un alimento durante la siega; la liebre, pueblo débil que se acuesta sobre las piedras; la langosta, que, no teniendo rey, viaja en bandadas; el lagarto, que trabaja con sus manos y que mora en el palacio de los reyes.» (v. 24-28) — ¿Es a un gran rey, dicen, al más sabio de los mortales, a quien se osa imputar semejantes necedades? (Voltaire, Diccionario filosófico)
Los Proverbios han sido atribuidos también a Isaías, a Elzia, a Sobna, a Eliacim, a Joacké, y a varios otros.
El Libro de la Sabiduría es de un gusto más serio. Se le atribuye a Salomón, pero también a Jesús, hijo de Sirac, y a Filón de Biblos; mas, sea quien fuere el autor, se ha creído que en su tiempo no se tenía todavía el Pentateuco; porque dice, en el capítulo 10, que Abraham quiso inmolar a Isaac en tiempo del diluvio, y en otro lugar habla del patriarca José como de un rey de Egipto. Lo peor es que el autor, en el mismo capítulo, pretende que en su tiempo se ve la estatua de sal en que fue convertida la mujer de Lot. Lo que los críticos encuentran peor todavía, es que este libro les parece un montón muy aburrido de lugares comunes; pero deben considerar que tales obras no están hechas para seguir las vanas reglas de la elocuencia. Están escritas para edificar, y no para agradar; hay incluso que luchar contra la propia repugnancia para leerlas. (Voltaire, Diccionario filosófico)
El Eclesiastés, que se pone también en la cuenta de Salomón, es de un orden y de un gusto completamente distintos. El que habla en esta obra parece estar desengañado de las ilusiones de la grandeza, cansado de los placeres y hastiado de la ciencia. Se le ha tomado por un epicúreo que repite en cada página que el justo y el impío están sometidos a los mismos accidentes, que el hombre no tiene nada más que la bestia, que más vale no haber nacido que existir, que no hay otra vida, y que no hay nada bueno ni razonable sino gozar en paz del fruto de sus trabajos con la mujer que se ama. — Pudiera ser que Salomón hubiese dirigido tales discursos a algunas de sus mujeres: se pretende que son objeciones que se hace a sí mismo; pero estas máximas, que tienen un aire un poco libertino, no se parecen en nada a objeciones, y es burlarse del mundo entender en un autor lo contrario de lo que dice. (Voltaire, Diccionario filosófico)
En cuanto al Cantar de los Cantares, en ocho capítulos, vale la pena reproducirlo por entero.
«Cap. 1.º — 1. Éste es el Cantar de los Cantares, que es de Salomón. — 2. Bésame con un beso de tu boca, porque tus amores son más agradables que el vino. — 3. A causa del olor de tus excelentes perfumes, tu nombre es como un perfume derramado, y por eso te han amado las doncellas. — 4. Atráeme, que corramos en pos de ti. Cuando el rey te haya introducido en sus gabinetes, nos alegraremos y gozaremos en ti: celebraremos tus amores más que el vino. — Los hombres que están siempre derechos me han amado. — 5. ¡Oh! hijas de Jerusalén, mi piel es morena; pero soy hermosa como las tiendas de Cedar y como los pabellones de Salomón. — 6. No consideréis que soy morena, porque el sol me ha mirado; los hijos de mi madre se irritaron contra mí; me pusieron a guardar las viñas, y no he guardado mi propia viña. — 7. Dime, oh tú a quien ama mi alma, dónde apacienta tu rebaño y dónde lo haces reposar al mediodía; pues ¿por qué había de ser yo como una mujer errante en torno a los rebaños de tus compañeros? — 8. Si no lo sabes, oh tú la más hermosa de todas las mujeres, sal, sigue las huellas del rebaño, y apacienta tus cabritas junto a las cabañas de los pastores. — 9. Mi gran amiga, yo te comparo a mis caballos que van uncidos a los carros del Faraón. — 10. Tus mejillas tienen buena gracia con tus atavíos, y tu cuello con los collares. — 11. Te haremos atavíos de oro con botones de plata. — 12. Mientras el rey ha estado sentado a mi mesa, mi nardo ha dado su olor. — 13. Mi amado está sobre mí como un saquito de mirra; pasará la noche entre mis tetas. — 14. Mi amado es como un racimo de alheña en las viñas de En-gadi; lo introduciré en mi viña. — 15. He aquí que eres hermosa, mi gran amiga, he aquí que eres hermosa; tus ojos son como los de las palomas. — 16. He aquí que eres hermoso, amado mío; ¡oh! ¡cuántos goces me das! ¡Por eso nuestro lecho está verdeante! — 17. Las vigas de nuestras casas son de cedro, y nuestras viguetas son de abeto.
Cap. 2. — 1. Yo soy la rosa de Sarón y el muguete de los valles. — 2. Como es el muguete entre las espinas, así es mi gran amiga entre las doncellas. — 3. Como es el manzano entre los árboles del bosque, así es mi amado entre los mancebos. He deseado ser cubierta por él y me he acostado bajo su sombra; y su fruto ha sido dulce a mi boca. — 4. Me ha llevado a la sala del festín y se ha tendido sobre mí; ¡es el amor! — 5. Hacedme recobrar fuerzas con buen vino, hacedme un lecho de manzanas; porque me muero de amor. — 6. Que su mano izquierda esté bajo mi cabeza, y que su mano derecha me acaricie todo a lo largo del cuerpo. — 7. Hijas de Jerusalén, os conjuro, por los corzos y las ciervas de nuestros campos, que no despertéis ni desveléis a la que amo, hasta que ella quiera. — 8. ¡Ah! oigo la voz de mi amado; helo aquí que viene saltando sobre los montes y brincando sobre los collados. — 9. Mi amado es semejante al corzo o al cervatillo de las ciervas; helo aquí que está tras nuestras murallas; mira por las ventanas, se adelanta por las celosías. — 10. Mi amado ha tomado la palabra y me ha dicho: Levántate, mi gran amiga, mi toda hermosa, y ven. — 11. Porque he aquí, el invierno ha pasado, la lluvia ha pasado y se ha ido. — 12. Las flores aparecen sobre la tierra, el tiempo de las canciones ha llegado, y la voz de la tórtola ya se ha oído en nuestra comarca. — 13. La higuera ha echado sus primeros higos, y las viñas tienen racimos y dan olor. Levántate, mi gran amiga, mi toda hermosa, y ven. — 14. Paloma mía, que te mantienes en las hendiduras de la roca, en los escondrijos de los lugares escarpados, hazme ver tu mirada y hazme oír tu voz; porque tu voz es dulce y tu mirada es graciosa. — 15. Cogednos las zorras y las zorritas que hacen estragos en las viñas, desde que las viñas tienen racimos. — 16. Mi amado es mío, y yo soy toda suya; él apacienta su rebaño en medio de mi muguete. — 17. Antes que sople el viento del día y que huyan las sombras, vuelve, amado mío, como el corzo o el cervatillo de las ciervas, sobre los montes entrecortados.
Cap. 3. — 1. He buscado durante la noche, en mi lecho, al que ama mi alma; lo he buscado, ¡pero ya no lo he hallado! — 2. Me levantaré ahora y daré la vuelta a la ciudad, por las encrucijadas y por las plazas, y buscaré al que ama mi alma. Lo he buscado, ¡pero no lo he hallado! — 3. La guardia, que hacía la ronda durante la noche, me ha encontrado. ¿No habéis visto, les he dicho, al que ama mi alma? — 4. Apenas los había pasado, cuando encontré al que ama mi alma; lo he asido, y no lo soltaré hasta que lo haya llevado a la casa de mi madre y a la cámara de la que me concibió. — 5. Hijas de Jerusalén, os conjuro, por los corzos y por las ciervas de nuestros campos, que no despertéis ni desveléis a la que amo, hasta que ella quiera. — 6. ¿Quién es ésta, que sube del desierto como columnas de humo, en forma de palmas, perfumada de mirra y de incienso, y de toda suerte de polvos de perfumista? — 7. He aquí el lecho de Salomón, en torno al cual hay sesenta hombres valientes, de los más valientes de Israel. — 8. Todos manejando la espada y muy bien adiestrados en la guerra, teniendo cada uno su espada sobre el muslo, a causa de los temores de la noche. — 9. El rey Salomón se ha hecho un lecho de madera del Líbano. — 10. Ha hecho sus pilares de plata y su lecho de oro, su dosel de escarlata y el interior guarnecido de amor por las hijas de Jerusalén. — 11. Salid, hijas de Sion, y mirad al rey Salomón con la corona con que su madre lo coronó el día de sus bodas y el día de la alegría de su corazón.
Cap. 4. — 1. ¡He aquí que eres hermosa, mi gran amiga! Tus ojos son como los de las palomas, y las trenzas de tus cabellos son como un rebaño de cabras de los montes de Galaad, que han sido trasquiladas. — 2. Todos tus dientes son como blancas ovejas trasquiladas que suben del lavadero, de dos en dos, y de las cuales no hay una que sea estéril. — 3. Tus labios son como un hilo teñido de escarlata; tu hablar es gracioso. Tu sien es como una granada bajo tus trenzas. — 4. Tu cuello es como la torre de David, edificada con almenas, y de la cual cuelgan mil escudos y todos los paveses de los valientes. — 5. Tus dos tetas son como los cervatillos gemelos de una cierva, que pacen entre el muguete. — 6. Antes que sople el viento del día y que huyan las sombras, me iré al monte de la mirra y al collado del incienso. — 7. Toda eres hermosa, mi gran amiga, y no hay mancha en ti. — 8. Ven del Líbano conmigo, esposa mía, ven del Líbano conmigo; mira desde la cumbre de Amana, desde la cumbre de Senir y de Hermón, desde las guaridas de los leones y desde los montes de los leopardos. — 9. Me has robado el corazón, hermana mía; me has robado el corazón con uno de tus ojos y con uno de los collares de tu cuello. — 10 ¡Qué voluptuosos son tus amores, hermana mía, esposa mía! ¡cuánto mejores son tus amores que el mejor vino, y el olor de tus perfumes que toda planta aromática! — 11. Tus labios, esposa mía, destilan panales de miel; cuando paso mi lengua alrededor de la tuya, le encuentro un gusto de leche y de miel: y el olor de tus vestidos es como el olor del Líbano — 12. Hermana mía, mujer mía, eres un huerto cerrado, una fuente cerrada, un manantial sellado. — 13. Los pelos que crecen sobre ti perfuman como un vergel plantado de granados, como un huerto donde hay frutos deliciosos de alheña y el nardo de dulce perfume. — 14. El nardo y el azafrán, la caña olorosa y el cinamomo, con toda suerte de árboles de incienso, la mirra y el áloe, con las principales plantas aromáticas. — 15. ¡Oh fuente de los huertos! ¡oh pozo de agua viva y arroyos que fluyen del Líbano! — 16. Levántate, cierzo, y tú, viento del mediodía, sopla a través de mi huerto, para que el olor voluptuoso que de él se exhala embriague a mi amado. ¡Que mi amado pose en él sus labios, y que coma de mi fruto!
Cap. 5. — 1. He venido a mi huerto, hermana mía, esposa mía; he cogido mi mirra y mis plantas aromáticas; he comido mis panales con mi miel; he bebido mi vino con mi leche. Amigos, regocijaos conmigo; comed, bebed, regalaos, amados míos. — 2. Yo estaba dormida, pero mi corazón velaba; y he aquí que oí la voz de mi amado que decía, desde fuera: Ábreme, hermana mía, mi gran amiga, paloma mía, perfecta mía; porque mi cabeza está llena de rocío, y mis cabellos están mojados de las gotas de la noche. — 3. Estoy toda desnuda, respondí; ¿es preciso, pues, que me vuelva a poner mi vestido? He lavado mis pies, ¿cómo los he de ensuciar? — 4. Mi amado, entonces, me metió la mano en el agujero, a través de una rendija de mi tienda, y mi vientre se estremeció de placer a su tocamiento. — 5. Me he levantado para abrir a mi amado; y mis dedos todavía completamente húmedos mojaron las guarniciones del cerrojo. — 6. Abrí a mi amado; pero mi amado ya se había retirado y había pasado de largo; lo busqué, pero no lo hallé; lo llamé, pero no me respondió. — 7. La guardia, que hacía la ronda por la ciudad, me encontró; me golpearon, me hirieron; los guardas de las murallas me arrancaron mi velo. — 8. Hijas de Jerusalén, os conjuro, si encontráis a mi amado, ¿qué le diréis? Decidle que muero de amor. — 9. ¿Qué es tu amado más que otro, oh la más hermosa de las mujeres? ¿Qué es tu amado más que otro, para que así nos hayas conjurado? — 10. Mi amado es blanco y rubicundo; es siempre el más derecho, aun en medio de diez mil. — 11. Su cabeza es como oro finísimo; sus cabellos son crespos, negros como un cuervo. — 12. Sus ojos son como los de las palomas junto a los arroyos de agua corriente, lavados en leche y como engastados en los engastes de anillos. — 13. Sus mejillas son como un cuadro de plantas aromáticas y como vasos de olor; sus labios son como muguete; destilan la mirra pura. — 14. Sus manos tienen anillos de oro, con crisólitos engastados; su vientre es semejante a marfil bien pulido, cubierto de zafiros. — 15. Sus piernas son como pilares de mármol, fundados sobre basas de oro fino; su porte es como el Líbano, es exquisito como los cedros. — 16. El interior de su boca es lo más suave que hay; todo en él, por lo demás, me embriaga de deseos. Tal es mi amado, tal es mi amigo, hijas de Jerusalén.
Cap. 6. — 1. ¿Adónde se ha ido tu amado, oh la más hermosa de las mujeres? Dinos hacia qué lado se ha dirigido tu amado, y lo buscaremos contigo. — 2. Mi amado ha bajado a su vergel, al cuadro de las plantas aromáticas, para apacentar su rebaño en los vergeles y coger muguete. — 3. Yo soy de mi amado, y mi amado es mío: él apacienta su rebaño entre el muguete. — 4. Mi gran amiga, eres hermosa como Tirsa, agradable como Jerusalén, temible como los ejércitos que marchan con banderas desplegadas. — 5. Aparta tus ojos y no me mires, porque tus ojos me fuerzan; tus cabellos son como un rebaño de cabras de Galaad, que han sido trasquiladas. — 6. Tus dientes son como un rebaño de blancas ovejas que suben del lavadero, de dos en dos, y de las cuales no hay una que sea estéril. — 7. Tu sien es como un pedazo de granada bajo tus trenzas. — 8. Tienes sesenta mujeres, ochenta concubinas, y vírgenes sin número. — 9. Mi paloma, mi perfecta, es única; es única para su madre y particularmente amada de la que la dio a luz; las doncellas la han visto y la han llamado bienaventurada; las reinas y las concubinas la han alabado, diciendo: — 10. ¿Quién es ésta que aparece como el alba del día, hermosa como la luna, escogida como el sol, temible como los ejércitos que marchan con banderas desplegadas? — 11. He bajado al vergel de los nogales, para ver los frutos que maduran en el valle, para ver si la viña avanza y si los granados han echado su flor. — 12. ¡Vuelve, vuelve, oh sulamita, y que te contemplemos!
Cap. 7. — 1. Hija de príncipe, ¡qué hermoso es tu andar! El contorno de tus caderas es como collares trabajados por la mano de un excelente artífice. — 2. Tu ombligo es como una taza redonda, toda llena de bebida; tu vientre es como un montón de trigo rodeado de muguete. — 3. Tus dos tetas son como dos cervatillos gemelos de una cierva. — 4. Tu cuello es como una torre de marfil; tus ojos son como los estanques que hay en Hesbón, junto a la puerta de Bat-rabim; tu rostro es como la torre del Líbano, que mira hacia Damasco. — 5. Tu cabeza está sobre ti como el carmesí, y los cabellos más finos de tu cabeza son como la escarlata. El rey permanece prendido en su galería para mirarte. — 6. ¡Qué hermosa eres! ¡qué agradable eres! ¡amor mío, delicias mías! — 7. Esa estatura que tienes posee la majestad de una palmera, y tus tetas me hacen pensar en dos racimos de uvas. — 8. Yo dije: Subiré a la palmera y la estrecharé entre mis brazos; y tus tetas me serán ahora como racimos de uvas, y el olor de tu rostro será para mí como el olor de las manzanas. — 9. Y tu paladar destilará para mí su dulce miel, y verterás el mejor vino a tu amado, el vino del amor que hace hablar los labios de los que duermen. — 10. Yo soy de mi amado; porque él no tiene más que un deseo: gozar de mí. — 11. Ven, pues, amado mío; salgamos al campo, pasemos la noche en los campos. — 12. Levantémonos por la mañana para ir a las viñas, y veamos si la viña está adelantada, si el racimo está formado, y si los granados están en flor; allí te entregaré todos mis amores. — 13. Las mandrágoras esparcen su olor, y, a nuestra puerta, se hallan toda suerte de frutos exquisitos, nuevos y viejos que te he guardado, ¡oh amado mío!
Cap. 8. — 1. Pluguiera a Dios que fueses como mi hermano, que mamó los pechos de mi madre; iría a buscarte fuera, y te besaría, y no se me despreciaría. — 2. Te llevaría y te introduciría en la casa de mi madre; y tú me instruirías, y te daría a beber de mi mejor vino mezclado con aromas y del mosto de mi granado. — 3. ¡Vamos, amado mío, que tu mano izquierda esté bajo mi cabeza, y que tu mano derecha me acaricie aún por todo el cuerpo! — 4. Os conjuro, hijas de Jerusalén, que no despertéis ni desveléis a la que amo, hasta que ella quiera. — 5. ¿Quién es ésta que sube del desierto, y que se apoya dulcemente sobre su amado? Te desperté bajo un manzano, allí donde tu madre te concibió, allí donde te concibió la que te dio a luz. — 6. Ponme como un sello sobre tu corazón, como un sello sobre tu brazo. El amor es fuerte como la muerte, y los celos son duros como el sepulcro; sus abrazos son abrazos de fuego y su llama es de las más vehementes. — 7. Mucha agua no podría apagar nuestro amor, amado mío, y ni aun los ríos podrían ahogarlo; si alguien diese todos los bienes de su casa para quitarnos ese amor, ciertamente despreciaríamos su oferta. — 8. Tenemos también una hermanita que no tiene aún tetas; ¿qué haremos a nuestra hermana, el día en que se hable de ella? — 9. Si ella es como una muralla, edificaremos sobre ella un palacio de plata; y, si es como una puerta, la reforzaremos con un entablamento de cedro. — 10. Yo soy fuerte como un baluarte, y mis tetas son firmes como torres; por eso he tenido los favores de mi amado, y su amor me ha dado la paz. — 11. Salomón tenía una viña, en Rabal-Hamón, que ha vendido a sus guardas; cada uno de ellos, por su parte de fruto, debe traer mil piezas de plata. — 12. Mi viña, que es mía, está a tu disposición, ¡oh Salomón! Si vale mil piezas de plata, sean tuyas las mil piezas de plata, pero da doscientas para los guardas de mi fruto. — 13. Tú que habitas en los jardines, los amigos están atentos a tu voz; ¡haz que yo la oiga! — 14. Y ahora, amado mío, huye tan veloz como un corzo o como un cervatillo de cierva, sobre las montañas llenas de plantas aromáticas.
Tal es, en toda su belleza, el famoso Schir-Haschidim (Cantar de los Cantares) del Antiguo Testamento, sobre el cual tanto se ha disputado. A los espíritus libres de la superstición les parece bastante claro que esta licenciosa rapsodia, compuesta según toda evidencia para excitar la carne, no es otra cosa que una romanza de harén oriental, al gusto de la época. Mas los teólogos, tanto los judíos como los católicos, ¡no lo entienden así!
Los primeros sostienen mordicus («mordicus» — palabra latina que Taxil conserva en su francés: obstinadamente, literalmente «a mordiscos») que el amado puesto en escena por el poeta es la personificación de Jehová, y que la esposa, la gran amiga, representa a la nación de Israel. Esta explicación ha sido largamente desarrollada por los comentadores en el Targum, colección de tradiciones caldaicas, donde el Cantar de los Cantares es interpretado como una historia alegórica del pueblo judío desde la salida de Egipto hasta el día en que se manifestará el Mesías y en que se construirá el tercer templo. Para justificar esta interpretación, se han puesto a contribución todas las complicaciones que puede suministrar el sistema exegético del Talmud: la reducción de las palabras a su valor numérico, la sustitución de los términos homófonos, etc. Los judíos de la Edad Media trabajaron considerablemente estos primeros ensayos, sin apartarse empero del dato primitivo; hasta atribuyeron a esta interpretación un valor canónico y litúrgico, dándole un lugar en su ritual. Las numerosas y terribles persecuciones de que fueron tan a menudo víctimas no contribuyeron poco a imprimir a esta creencia un carácter de nacionalidad y de individualidad muy acentuado; el poema de Salomón vino a ser casi para los perseguidos el paladión intelectual en torno al cual agruparon sus esperanzas y sus votos.
Sin embargo, junto a esta interpretación alegórica del todo religiosa, encontramos, entre los judíos, otra metafísica y filosófica. Así, en el siglo trece, el Cantar de los Cantares era, para Ibn Caspe, la representación alegórica de la unión entre el intelecto activo, intellectus agens, y el intelecto pasivo o material, intellectus materialis. En fin, en el siglo dieciocho, Mendelssohn inauguró una nueva escuela judía de interpretación, que, sin rechazar por completo la interpretación alegórica, tiene empero muy en cuenta la interpretación literal; con él, la alegoría seguía siendo nacional y perdía su sentido religioso.
En cuanto a los teólogos católicos, modifican de arriba abajo la explicación de los doctores judíos, y afirman con la mayor seriedad que este poema erótico es el fruto de una inspiración sacrosanta, un libro profético, donde el amor de Jesucristo por su Iglesia y de la Iglesia por su divino fundador, a quien ella mira como su esposo, está pintado bajo figuras atrevidas, pero cuya obscenidad, purificada por su sentido místico, no puede escandalizar sino a los espíritus malévolos de los incrédulos.
La primera interpretación mística, en este sentido, se remonta a Orígenes, que escribió sobre ello un voluminoso comentario; así, es divertido comprobar que el honor de este bello hallazgo corresponde a un Padre de la Iglesia cuya castración es casi tan célebre como la de Abelardo. Tras el eunuco Orígenes se han embarcado todos los exégetas cristianos, toda la santa clerigalla, feliz — el admirable fumista («fumista» — fr. «fumiste», literalmente el que instala estufas; en argot, un bromista, un farsante a quien no hay que tomar en serio) Bossuet a la cabeza — de tener un medio poco banal de hacer tragar a los ingenuos fieles el más formidable sapo bíblico («hacer tragar… el más formidable sapo bíblico» — fr. «faire avaler un crapaud»: hacer aceptar a alguien algo del todo repugnante).
Y he aquí, gracias a este truco ingenioso, el Cantar de los Cantares dado, en los conventos, como meditación a las religiosas contemplativas; se comprende el efecto producido sobre estas desdichadas mujeres enclaustradas, cuyo misticismo más o menos histérico, se deleita en el pensamiento de que son las esposas de Jesucristo, cada una en particular, como la Iglesia es su esposa en general. En su meditación, las pobres locas no tienen más que sustituirse a la Iglesia, gran amiga del amado.
A fin de fijar mejor en los espíritus de las crédulas ovejas su interpretación de alta fantasía, los curas han puesto títulos a los ocho capítulos del Cantar de los Cantares. Ahora que se ha leído el texto, se apreciará el valor de los títulos añadidos desde Orígenes por la tunantería sacerdotal. ¡Es para retorcerse de risa!
He aquí esos títulos:
— Cap. 1. La esposa expresa aquí su amor por su esposo, y el esposo su amor por su esposa. — Cap. 2. Discurso de la Iglesia con respecto a Jesucristo. — Cap. 3. La búsqueda que la Iglesia hace de Jesucristo, y su gozo de haberlo hallado. — Cap. 4. Belleza de la esposa, descrita místicamente y con expresiones del todo figuradas. — Cap. 5. Pesares de la esposa por no haber respondido como debía a la búsqueda de su esposo; describe la belleza del esposo. — Cap. 6. Diálogo entre Jesucristo y la Iglesia. — Cap. 7. Otra descripción misteriosa de la belleza de la esposa; amor fiel de la Iglesia por Jesucristo. — Cap. 8. Amor recíproco de la Iglesia por Jesucristo, y de Jesucristo por la Iglesia.
Después de esto, retiremos la escalera («retiremos la escalera» — fr. «tirons l’échelle», de «tirer l’échelle»: nada más puede añadirse, nadie podría hacerlo mejor), y concluyamos sobre este punto con esta apreciación de Voltaire: «Puesto que se mira el Cantar de los Cantares como una alegoría perpetua del matrimonio de Jesucristo con su Iglesia, hay que confesar que la alegoría es un poco fuerte, y que no se ve bien qué podría entender la Iglesia cuando el autor dice que su hermanita no tiene tetas.» (Cantar de los Cantares 8:8)
CAPÍTULO 14 Los dos reinos: Israel y Judá
El heredero del trono era Roboam. A primera vista, parece que todo debía marchar como sobre ruedas, puesto que el autor sagrado acaba de decirnos hace un momento que jamás fueron los israelitas tan felices como en el reinado de Salomón, que el oro circulaba a profusión, que la prosperidad pública era tal que se andaba sobre la plata en las calles, tanta era su abundancia... Pero el divino palomo tiene la memoria corta; o bien se divierte con la credulidad de los fieles; pues nos representa ahora al pueblo judío reunido en Siquem y dirigiendo este lenguaje al hijo de Salomón:
«Tu padre nos había impuesto cargas muy duras, que nos hacían miserables; mas tú, aligera este yugo demasiado pesado para nosotros, y te serviremos.» (1 Reyes 12:4)
Roboam consultó a los ancianos que habían sido los consejeros de su padre. Éstos reconocieron que los impuestos eran verdaderamente demasiado abrumadores y fueron de parecer que sería prudente disminuirlos, a fin de que la nación permaneciese adicta a la familia de David; pero el nuevo rey consultó también a los jóvenes que habían sido criados con él: fueron de un parecer del todo contrario. (v. 6-10)
Así pues, cuando los delegados del pueblo, a cuya cabeza se hallaba Jeroboam, vuelto de Egipto, vinieron a recoger la respuesta de Roboam, he aquí lo que les respondió: «El más pequeño de mis dedos es más grueso que la espalda de mi padre; si mi padre os ha impuesto pesadas cargas, yo haré vuestro yugo más pesado aún; mi padre os ha azotado con varas, y yo os azotaré con escorpiones.» (v. 10-11)
Este discurso no era muy a propósito para ganar a Roboam el corazón de su pueblo; pero la Biblia cuida de decirnos que «Jehová lo había dispuesto todo así, a fin de que se cumpliesen las palabras que había pronunciado a Jeroboam por boca del profeta Ahías, de Silo» (v. 15). ¡Así, es Dios mismo quien inspiró a los jóvenes amigos del nuevo rey sus malos consejos y quien cegó a Roboam hasta el punto de hacerle soltar tales necedades! — El pueblo quedó, pues, muy descontento y se retiró a sus tiendas, murmurando (v. 15). Y habiendo enviado Roboam al intendente de sus tributos, llamado Aduram, para percibir los impuestos, todo Israel mató a pedradas al recaudador real; no hizo falta más para pegarle un susto a Roboam («pegarle un susto» — fr. «flanquer la venette», expresión popular: «venette», en argot, miedo), quien, subiendo vivamente a un carro, huyó a Jerusalén (v. 18).

281. Demasiada popularidad, o la huida de Roboam.
«Ahora bien, todo Israel, sabiendo que Jeroboam había vuelto, lo constituyó rey; y nadie siguió a la casa de David, excepto las tribus de Judá y de Benjamín. Roboam, habiendo reunido estas dos tribus, formó en ellas un ejército compuesto de ciento ochenta mil soldados escogidos, prontos a combatir contra la casa de Israel y a reducirla bajo la obediencia de Roboam, hijo de Salomón» (1 Reyes 12:20-21). ¡Siempre exageraciones ridículas! Un miserable reyezuelo de la décima parte de una pequeña nación bárbara, ¿podía tener un ejército de ciento ochenta mil hombres?

282. Jeroboam es proclamado rey de Israel.
«Entonces Dios habló a Semaías, hombre de Dios, y lo envió a Roboam y a las tribus de Judá y de Benjamín, para decirles: El Señor os prohíbe alzaros contra vuestros hermanos, los hijos de Israel; volveos, cada uno a su casa. Y obedecieron a la palabra del Eterno, y se volvieron pacíficamente» (1 Reyes 12:22-24).
He aquí, pues, el reino judío dividido en dos reinos, que desde entonces tomaron los nombres de Israel, con Jeroboam, y de Judá, con Roboam. Hay que creer que Siquem, donde la nación se había reunido para manifestar sus quejas al hijo de Salomón, no existía como ciudad; pues se dice que «el primer trabajo de Jeroboam fue edificar Siquem, en las montañas de Efraín; y habitó allí; luego, salió de allí y edificó Penuel» (v. 25).
¿Creéis sin duda que Jeroboam fue agradecido, él, el ex criado, para con Jehová, que acababa de gratificarle con un reino? En absoluto. Se apresuró a hacer fabricar dos becerros de oro, y colocó uno en Betel y el otro en Dan, y dijo al pueblo de Israel: «Os daría demasiado trabajo ir hasta Jerusalén para adorar al Eterno; por lo demás, podéis prosternaros ante los becerros de oro, pues son ellos quienes os sacaron de Egipto.» Y el pueblo de Israel no pidió más. Jeroboam hizo construir otros templos a diversos ídolos; estableció sacrificadores, que no eran tomados de entre los descendientes de Leví, y sacrificó él mismo (v. 26-33).

283. El pueblo se arrodilla ante los becerros de oro
Si este relato es verdadero, suministra una nueva prueba de que la religión judaica no estaba aún fijada. Esta minúscula nación judía, como se ve, cambia de culto a cada momento, desde su singular evasión de Egipto hasta el tiempo de Esdras. ¡Notad, de paso, su extraño gusto por los becerros, como representación de la divinidad!... No hemos olvidado que costó veintitrés mil hombres el becerro de oro de Aarón; el señor Adonaí, o Jehová, o Shaddai, o Sabaot, o Jhao, debía naturalmente degollar cuarenta y seis mil israelitas por los dos becerros de Jeroboam. ¡Pero vamos a ver otra cosa, esta vez!
«Entonces un hombre de Dios, un vidente (Flavio Josefo lo llama Addo el profeta), vino de Judá a Betel, mientras Jeroboam había subido al altar y echaba incienso; y clamó contra el altar en el verbo de Dios, diciendo: ¡Altar! ¡altar! el Señor declara que nacerá un día en la casa de David un hijo que será llamado Josías y que inmolará sobre ti a los sacerdotes de los lugares altos que ahora queman incienso sobre ti, y quemará sobre ti los huesos de los hombres. Y, para probar la verdad de lo que anuncio, ¡que el altar se hienda ahora mismo! Ahora bien, al punto, Jeroboam extendió su mano hacia el profeta y ordenó que se le prendiese; mas su mano, que había extendido, se le secó y no pudo retirarla, y al mismo tiempo el altar se hendió y la ceniza que estaba encima se derramó por tierra. Entonces, el rey suplicó al profeta que rogase a Jehová que le devolviese el uso de su mano; y, a la oración del hombre de Dios, la mano del rey volvió a estar viva como antes. Entonces, el rey dijo al profeta: Ven a comer conmigo en mi casa, y te haré un hermoso presente» (1 Reyes 13:1-7). Pero el vidente Addo, que tenía instrucciones muy precisas de Jehová, rehusó la comida y todo regalo, y se fue para volver al reino de Judá, «pero tomando otro camino que aquel por el cual había venido» (v. 10).
El milagro de esa mano seca es bien poca cosa al lado de los que nos han sido contados hasta ahora; afortunadamente, vamos a desquitarnos dentro de poco con el profeta Elías. En cuanto a la prohibición hecha a las gentes de Judá de comer en las tierras de Jeroboam, prueba que ese reino de Israel no era muy extenso. Un buen andarín podía fácilmente almorzar en Samaria y cenar en Jerusalén; con mayor razón, un profeta, de ordinario un ermitaño acostumbrado a una vida sobria, podía pasarse sin almorzar en Betel, que estaba aún más cerca de Jerusalén que Samaria.
«Ahora bien, había un viejo adivino que moraba en Betel, y sus hijos le contaron los milagros que el hombre de Dios acababa de obrar. Entonces, el viejo adivino se hizo mostrar el camino que el profeta de Judá había tomado; sus hijos le cincharon su asno, y montó en él. Y cuando hubo alcanzado a Addo, a quien halló sentado bajo un terebinto, le dijo: ¿Eres tú el hombre de Dios que ha venido de Judá? Y Addo respondió: Yo soy. El viejo adivino prosiguió: Pues bien, ven a comer pan a mi casa. Mas Addo le respondió: No puedo ir contigo, ni comer pan, ni beber agua en este país; porque el Señor me lo ha prohibido. Entonces, el viejo adivino le dijo aún: Escucha, yo soy profeta como tú, y el ángel del Señor me ha traído la palabra de Jehová diciéndome que te lleve de vuelta conmigo a mi casa, a fin de que comas de mi pan y bebas de mi agua. Pero el viejo adivino de Betel mentía. Addo se volvió, pues, con él, y comió pan y bebió agua en su casa.» (1 Reyes 13:11-19)
Se notará que, en cuanto un hombre se decía profeta en Israel o en Judá, se le creía bajo su palabra. Hemos visto que había, en tiempo de Saúl, profetas por tropas. En cuanto el vejete de Betel declara a Addo que es su colega en profecía, Addo lo reconoce por tal y se pone a comer con él.
«Y aconteció que, estando ellos a la mesa, una voz se hizo oír al profeta de Judá, y era la voz de Jehová, que le gritó: Por cuanto has desobedecido la orden de Dios, que te había prohibido comer en este país, tu cuerpo no será enterrado en el sepulcro de tus padres. Entonces, el viejo adivino de Betel hizo ensillar un asno para el profeta de Judá que había traído consigo; y Addo se fue. Mas he aquí que, en su camino, encontró un león, que se arrojó sobre él y lo mató.» Es evidente que ese león había sido enviado por Jehová; la consigna que papá Buen Dios había dado a la terrible fiera es bastante chusca. «Y he aquí que el cadáver de Addo quedó tendido en tierra en el camino, y el asno se mantenía junto a él, de un lado, y el león también, del otro lado. Ahora bien, algunos transeúntes que vinieron por allí quedaron muy asombrados ante aquel espectáculo.» ¡Había de qué! «Volvieron a Betel y refirieron la cosa al viejo adivino, y éste dijo: Ese cadáver es el del profeta de Judá a quien mentí y que desobedeció las órdenes de Jehová; he ahí por qué Jehová lo ha entregado al león.» Ahora, amigo lector, ¿qué habría hecho usted, si se hubiese hallado en el lugar del viejo adivino de Betel? Se habría guardado muy bien de ir a disputar al león el cadáver del cofrade profeta, ¿no es verdad? Addo no era culpable sino de haber creído la historia de aparición que el viejo adivino le había narrado, y, si había sido tan cruelmente castigado, era verosímil que su engañador sería castigado de manera más terrible aún. «El viejo adivino hizo ensillar su asno por sus hijos, y fue en busca del cuerpo del profeta de Judá; halló el cadáver tendido en el camino, con el león y el asno que había dado a Addo, y los dos animales estaban allí de centinelas, guardando el cuerpo; el león no había comido el cuerpo del profeta, ni despedazado el asno. Entonces, el viejo adivino levantó el cuerpo de Addo y lo llevó a Betel. Lo sepultó en la tumba de su familia, y lloró sobre él, diciendo: ¡Ay! ¡hermano mío! Y encargó a sus hijos que lo enterrasen, cuando muriese, en el mismo sepulcro, cuidando de poner su cadáver sobre los huesos del profeta Addo.» (1 Reyes 13:20-31)
Tal es la desgarradora historia de ese desdichado Addo, a quien apenas puede reprochársele otra cosa que haber tenido hambre y haber almorzado a destiempo en un sitio más bien que en otro, bajo la fe de un colega en profecía que le había contado una patraña sacrílega y que se libró sin tropiezo, ¡el muy suertudo! («suertudo» — fr. «veinard», voz popular: el que tiene suerte) El pobre Addo, como se ve, no ha hecho gran figura en el mundo; si no fuera por la aventura del león y del asno de centinelas, la posteridad lo ignoraría por completo.
¿Y Jeroboam, en todo esto?... El incidente de su mano seca, y luego reviviscente, debía bastar, al parecer, para curarlo de la idolatría de los becerros de oro; además, ¿qué cosa más terrorífica que la lastimosa muerte de Addo, de la cual recibió la noticia?... Pues bien, ¿se creerá? ese imbécil de Jeroboam «no se apartó de su mal camino y continuó sus sacrificios a los falsos dioses; y cualquiera que en Israel quería ser sacerdote de los ídolos, se consagraba a ello con el favor del rey» (v. 33). Está claro que semejante endurecimiento merecía un castigo ejemplar.
¿Quién fue alcanzado por la venganza divina?... ¿Jeroboam?... No. Fue un niño muy pequeño que tenía, el pequeño Abías. Bruscamente, el bebé cayó enfermo.

284. El joven Abías, hijo de Jeroboam, está enfermo.
Jeroboam tuvo una idea: era el caso, pensó, de consultar al profeta Ahías, el que le había dado diez pedazos de su manto, para predecirle su advenimiento. Aquí, la falta de lógica del rey de Israel es fantástica. Sabe a qué atenerse sobre la omnipotencia de Jehová y sobre el poder que delega en sus profetas; pues bien, aun recurriendo a Ahías para obtener de él la curación del chiquillo («chiquillo» — fr. «moutard», palabra popular: niño pequeño, crío), medita engañar al santo varón infalible. Jeroboam envía a la reina, su esposa, a Silo, después de haberle hecho vestir un disfraz que impedirá a Ahías reconocerla; se imagina que ella no tendrá más que hablar de un niño cualquiera que está enfermo.

285. Jeroboam envía a la reina a consultar a Ahías.
He aquí, pues, a la señora Jeroboam, disfrazada, que llega a Silo; por añadidura, la Biblia nos enseña (1 Reyes 14:4) que «el viejo Ahías no podía ver, habiéndose vuelto sus ojos del todo oscurecidos, tan avanzada era su vejez». Desde todos los puntos de vista, el disfraz era, pues, absolutamente inútil.
«Y el Eterno dijo a Ahías: La mujer de Jeroboam va a venir para consultarte tocante a su hijo, porque está enfermo. Tú le dirás tales y tales cosas (sic). Cuando entre, fingirá ser alguna otra. Así, pues, apenas Ahías hubo oído el ruido de los zapatos de la reina, cuando ella estaba a la puerta, dijo: Entra, entra, mujer de Jeroboam; ¿por qué te has disfrazado? Ahora bien, puesto que has venido, vas a oír las cosas muy duras que tengo que anunciarte.» (v. 5-6)

286. La reina, disfrazada, consulta a Ahías el profeta.
Acto seguido, grandes discursos, amargos reproches dirigidos a Jeroboam y a sus dos becerros de oro, predicciones siniestras relativas a la familia real, que será desposeída del trono, sin olvidar al bebé enfermo, objeto de la consulta. «Ahora, concluyó Ahías, vuélvete a tu casa; tan pronto como tus pies pisen el suelo de la ciudad, el niño morirá.» (v. 12)
La infortunada reina se volvió desolada a Tirsa, donde estaba entonces la corte; «y al poner ella el pie en el umbral de la casa real, el niñito murió» (v. 17). ¡Y pensar que con un poco de presencia de ánimo la señora Jeroboam podía evitar esta catástrofe! no tenía más que hacer su entrada montada en zancos, y así no habría pisado con sus pies el suelo de la ciudad, ¡parbleu! («parbleu» — fr. juramento suavizado de «par Dieu», «por Dios») Pero el amor maternal no piensa en todo...
Aquí el libro de los Reyes nos remite al libro de las Crónicas, y allí nos enteramos (2 Crónicas 13) de que Abiam, rey de Judá, hijo de Roboam, tuvo una guerra con Jeroboam. «Abiam tenía cuatrocientos mil combatientes, bien escogidos y muy valientes. Y Jeroboam tenía ochocientos mil combatientes, bien escogidos también y muy valientes. Y hubo quinientos mil hombres de los más valientes muertos en la batalla, del lado de Israel.» ¡Brrrou! ¡qué carnicería!
En fin, Jeroboam, después de haber ejercido durante veintidós años el oficio de monarca «durmió con sus padres», y papá Buen Dios, que le había suprimido, por medio de una enfermedad, al joven Abías, olvidó a su otro hijo, llamado Nadab, el cual le sucedió (1 Reyes 14:20).

287. Jeroboam reposa con sus padres.
En cuanto a Roboam, no se había portado mejor que Jeroboam con respecto a Sabaot. «El reino de Judá también había hecho lo que es malo delante del Eterno; porque se edificaron lugares altos para adorar a los ídolos; y los súbditos de Roboam tuvieron bosques sobre todas las colinas y debajo de todos los árboles verdes. Había incluso, en aquel reino, gentes que se prostituían a la manera de los sodomitas, y cometieron todas las abominaciones.» (1 Reyes 14:22-24) «Pero, el quinto año del reinado de Roboam, el rey de Egipto, Sisac (es la primera vez que la Biblia nombra a un faraón) se apoderó de Jerusalén, y se llevó todos los tesoros de la casa del Señor y los tesoros del rey; lo saqueó todo, hasta los escudos de oro que Salomón había hecho» (v. 25-26). He aquí las observaciones de Voltaire a este respecto: «El león de Judá, cuya verga no debía salir jamás de entre sus piernas hasta que viniese el Silo, siente esta vez sus uñas recortadas muy al ras, y su verga no tiene gran poder. («verga» — fr. «verge», la vara o cetro de Génesis 49:10, «no será quitado el cetro de Judá hasta que venga Silo»; Voltaire juega con el doble sentido de la palabra, que designa también el miembro viril) Graves sabios prueban que este Sisac era el gran Sesostris; otros graves sabios prueban que Sesostris nació mil años antes que Sisac; y sabios más graves aún prueban que nunca hubo Sesostris. Una razón que haría creer que no fue Sesostris quien saqueó Jerusalén es que no saqueó Siquem, ni Jericó, ni Samaria, ni los dos becerros de oro herejes; porque Heródoto dice que aquel gran Sesostris saqueó toda la tierra.»

288. Por su parte, Roboam entrega su alma a Dios.
Roboam tuvo por sucesor a su hijo Abiam, que reinó tres años solamente, pero que no perdió el tiempo, puesto que, según el libro de las Crónicas, mató, en una sola batalla, a quinientos mil soldados del ejército del rey de Israel. «Y Jeroboam no tuvo más fuerzas durante el reinado de Abiam. Ahora bien, cuando Abiam vio su reino afirmado, tomó catorce mujeres, y tuvo de ellas veintidós hijos y dieciséis hijas.» (2 Crónicas 13:20-21) ¡Contemos un poco! Tres años de reinado, dice el libro de los Reyes (1 Reyes 15:2); victorias sobre Jeroboam, durante el primer año; ¿qué decís, pues, amigo lector, de los veintidós hijos de este Abiam y de sus dieciséis hijas, o sea treinta y ocho niños, de los que estas catorce mujeres paren en dos años de tiempo?... ¡Ah! ¡he ahí una época maravillosa, decididamente!
En el libro de los Reyes, tenemos dos versículos contradictorios en el capítulo 15. «Abiam, que reinó tres años, tenía a su madre, que se llamaba Maaca y que era hija de Absalón» (v. 2).
De los veintidós hijos que tuvo Abiam, fue Asa quien le sucedió. «Asa reinó cuarenta y un años; su madre se llamaba Maaca, y era hija de Absalón» (v. 10). Habría que ponerse de acuerdo, sin embargo: la reina Maaca no podía ser a la vez madre y abuela del joven rey Asa.
Sea como fuere, siendo Asa menor de edad, Maaca tuvo la regencia. ¡Ah! ¡esta vez sí que fue algo limpio! («¡fue algo limpio!» — fr. «ce fut du propre !», expresión irónica que significa todo lo contrario: fue un asunto vergonzoso) No solamente esta hija de Absalón se entregaba a la bebida de una manera deplorable; sino que además se había costeado un magnífico Príapo, a guisa de divinidad. El becerro de oro quedaba superado. Pero, afortunadamente, «por amor de David, Dios había encendido una lámpara en Jerusalén»; y esa lámpara era el joven rey Asa. «Y Asa, nieto de Roboam, anduvo derecho delante del Eterno, como su antepasado David lo había hecho; porque expulsó del país a todos los que se prostituían; y hasta depuso a su madre Maaca, para que no fuese más regente; le impidió sacrificar en adelante a Príapo, y rompió el simulacro vergonzoso de Príapo, que ella se había hecho hacer, y lo quemó en el torrente de Cedrón. Sin embargo, no destruyó los lugares altos; no obstante, el corazón de Asa fue perfecto delante del Señor, durante todo el tiempo de su vida.» (Reyes 15:11-14)

289. Asa, rey de Judá, depone a la reina madre Maaca.
¿Que si Asa fue recompensado?... Ya lo veréis... Primero, aplastó una invasión, si hay que creer al libro de las Crónicas, capítulo 14, ¡y qué invasión!... «Asa tenía en su ejército trescientos mil hombres de la tribu de Judá, que llevaban escudos y picas, y doscientos ochenta mil hombres de la tribu de Benjamín, que llevaban escudos y aljabas. Y he aquí que Zera, rey de Etiopía, salió de su país y vino a combatir en Judea con un ejército de un millón de soldados, fuerte de trescientos carros de guerra, y avanzó hasta Maresa. Asa ordenó sus tropas en batalla delante de él, en el valle de Sefata.» (v. 8-10) «Y los etíopes fueron enteramente derrotados, porque era Jehová quien los hería; Asa y el pueblo de Judá y de Benjamín los persiguieron hasta Gerar y los exterminaron.» (v. 12-13)
Este episodio es tanto más admirable cuanto que hay un buen trecho de Etiopía a Jerusalén. Este ejército de quinientos ochenta mil soldados, suministrados por dos tribus solamente, no es menos maravilloso que el de un millón de invasores; pero uno se pregunta cómo el rey de Egipto, Sisac o Sesostris, dejó pasar por su territorio esa oleada de bárbaros... ¡A menos que los etíopes hayan hecho el viaje en globos!...
Otra recompensa fue otorgada por papá Buen Dios a su excelente amigo Asa: «En el tiempo de su vejez, Asa estuvo enfermo de los pies.» (Reyes 15:23) Aquí el autor sagrado es sobrio en explicaciones; esta enfermedad de los pies no tenía por objeto, evidentemente, más que aumentar los méritos del bueno de Asa. Al final del cuadragésimo primer año de su reinado, se durmió en el seno de sus padres y dejó su puesto a su hijo Josafat (v. 25).

290. El virtuoso Asa es probado por Dios en su vejez.
Pero veamos un poco lo que pasaba, por otra parte, en el reino de Israel. — Nadab, hijo de Jeroboam, «siguió el tren de su padre y cometió los mismos pecados» (v. 26); su reinado no duró más que dos años. Una conspiración de un tal Baasa, de la tribu de Isacar, le costó el trono y la vida (v. 27-28); naturalmente, Baasa se proclamó rey; reinó veinticuatro años, durante los cuales se portó, para con Sabaot, tan mal como Jeroboam y Nadab (v. 33-34). Fue entonces cuando papá Buen Dios, hallando que aquella impiedad duraba demasiado, habló a Jehú y le hizo saber que acababa de decretar la ruina de la familia Baasa.

291. Dios anuncia a Jehú que va a proceder con rigor contra el rey de Israel.
Este, según la costumbre, murió tranquilamente en su cama, y fue su hijo Ela quien, tras un reinado de dos años, fue asesinado por el llamado Zimri (1 Reyes 16:10).

292. Zimri extermina al rey Ela y a su familia.
Zimri sustituyó a su víctima, masacró a toda la familia Baasa, «y no dejó con vida a uno solo, ni hombre, ni bestia, de sus parientes o de sus amigos» (v. 11).

293. La masacre se extiende hasta los animales de Ela.
— El reinado de Zimri fue corto: siete días en total (v. 15); Omri se puso a la cabeza de un motín, y Zimri, cuyo papel de azote de Dios había terminado, se suicidó (v. 18).

294. Fin trágico de Zimri el exterminador.
Omri reinó doce años (v. 23). «El séptimo año de su reinado, Omri compró un monte a un hebreo, de nombre Semer, por el precio de dos talentos de plata; edificó una ciudad sobre ese monte y la llamó Samaria en recuerdo de Semer» (v. 24). Fue también hacia ese tiempo cuando Hiel, natural de Betel, reedificó la ciudad de Jericó (v. 34). Observación: estos grandes reyes de Israel, que tenían tan formidables ejércitos, no poseían una ciudad pasable antes de que se hubiesen edificado Samaria, Jericó y Siquem. Jericó fue una plaza importante contra las irrupciones de los árabes y de los sirios; así, Josué había obrado como muy mal político cuando la destruyó por completo, y por otra parte se ve que el anatema pronunciado contra Jericó era nulo, puesto que se había predicho que jamás esta ciudad sería levantada de sus ruinas.
¡Ah! henos aquí llegados a Acab, el impío Acab, hijo de Omri; con este príncipe, cuyo nombre se da a maldecir a los niños que deletrean la historia sagrada, la Biblia va a volver a ser interesante. Es ahora cuando vamos a tener que ocuparnos también del impagable profeta Elías, ese hombre único que no tenía pan que comer en la tierra, y que subió al cielo en un carro de fuego tirado por caballos igualmente de fuego.
«Acab reinó sobre Israel en Samaria, durante veintidós años, e hizo todo lo que es malo delante del Eterno, más aún que todos los que le habían precedido; y como si le hubiese sido poca cosa continuar, agravándolos, los pecados de Jeroboam, tomó además por mujer a Jezabel, hija de Et-baal, rey de los sidonios.» (v. 29-31) Dios había perdonado a David su matrimonio con Betsabé, cuyo esposo había asesinado: no había visto con malos ojos el matrimonio de Salomón y de la hija del rey de Egipto; pero que Acab osase desposar a Jezabel, hija del rey de los sidonios, ¡he ahí lo que constituía un crimen irremisible!
Se comprende fácilmente que un rey tan impío no iba a contentarse con simples becerros de oro para hacer sus devociones sacrílegas. En efecto, «Acab levantó un altar a Baal, en un templo de Baal, que hizo edificar en Samaria; y sirvió a Baal, y se prosternaba delante de él.» (v. 32) Eso no es todo, preparaos a estremeceros de nuevo: «¡Acab hizo un bosque! y así Acab hizo aún peor que todos los reyes de Israel sus predecesores para irritar a Jehová.» (v. 33) Después de esto, está fuera de duda que el regio esposo de Jezabel obraba por pura malicia y que se deleitaba poniendo en cólera a papá Buen Dios.

295. Acab, rey de Israel, rinde homenaje a Baal.
Un profeta fuera de lo común se hacía, pues, necesario, indispensable; fue a Elías el tisbita a quien el señor Sabaot decretó oponer al archiimpío Acab.
«Elías el tisbita era uno de los que habían fijado su residencia en Galaad. Se presentó ante el rey Acab, y le dijo: Tan cierto como que el dios de Israel es el eterno viviente, no caerá del cielo una gota de rocío ni una gota de lluvia, si yo no lo ordeno en nombre del todopoderoso Dios.» (1 Reyes 17:1) Tras lo cual, Elías, majestuoso, gira sobre sus talones; pero la Biblia no dice cómo tomó Acab este anuncio.
«Luego, el señor Adonaí dirigió la palabra a Elías, y le dijo: Vete de aquí, retírate hacia el oriente, escóndete en el torrente de Querit, que está frente al Jordán; beberás el agua del torrente, y, en cuanto al resto de tu alimento, será provisto allí por cuervos a los que he dado orden. Elías, muy obediente al Señor, partió, pues, y estableció su morada en las quebradas del torrente de Querit. Cada mañana, así como cada tarde, unos cuervos le traían pan y carne; y bebía el agua del torrente.» (v. 2-6)

296. El profeta Elías es alimentado por los cuervos.
Esta idea de alimentar a los santos por medio de cuervos ha sido imitada después en la historia de los Padres del desierto. Un cuervo alimentó durante sesenta años al ermitaño Pablo en una caverna de la Tebaida; le traía cada día la mitad de un pan en el pico. Pablo no tenía más que ciento trece años cuando el ermitaño Antonio, de noventa, vino a hacerle una visita. Entonces el cuervo trajo un pan entero para el almuerzo de los dos santos; y esto es muy cierto, dado que san Jerónimo da de ello su palabra de honor.
Volvamos a Elías. «Pero aconteció, al cabo de algunos días, que el torrente se secó, porque ya no llovía en ninguna parte. Entonces la voz de Adonaí se hizo oír de nuevo al profeta y le dijo: Ahora, ve a Sarepta, que está cerca de Sidón, y habitarás allí; hay allí una viuda, a la que he mandado que te alimente. Fue, pues, en seguida a Sarepta; y, cuando llegaba a la puerta de la ciudad, divisó a una mujer que recogía leña; Elías vio bien que era viuda: por eso la llamó y le dijo: Te ruego, saca agua en un cántaro, y dame de beber. La mujer iba a buscarle agua; pero él la llamó de nuevo y añadió: Te ruego, tráeme también un bocado de pan. Entonces ella le respondió: El Eterno tu Dios, que vive, me es testigo de que no tengo la menor torta; poseo en total, en una vasija, un poco de harina, apenas con qué llenar mi mano, y un poco de aceite en el fondo de una alcuza. He venido, pues, a buscar unas ramitas de leña, que encenderé para cocer este resto de harina; mi hijo y yo lo comeremos, y después no nos quedará más que morir. Elías le dijo: Ten confianza y haz lo que te he dicho; prepara primero para mí un panecillo cocido bajo la ceniza, que me traerás; después, harás para ti y tu hijo tanto como quieras; porque el Eterno, dios de Israel, ha decretado que la harina que está en tu vasija no disminuirá, ni el aceite en tu alcuza, hasta que haya hecho llover sobre la tierra. La viuda se fue, pues, hizo lo que Elías le había dicho, y luego lo alojó en su casa, y comió con su hijo y con él varios días, sin que la harina ni el aceite llegasen a faltar, según la palabra que Jehová había pronunciado por boca de Elías.» (v. 7-16)

297. Milagros de Elías en casa de la viuda de Sarepta.
«Ahora bien, después de estas cosas, aconteció que el hijo de la viuda cayó enfermo; y la enfermedad fue tan fuerte, que expiró. Entonces esta mujer dijo a Elías: ¿Qué hay entre tú y yo, hombre de Dios? ¿Has venido a mi casa para despertar delante de Dios el recuerdo de mis viejos pecados y hacer morir así a mi hijo? Elías le respondió: Dame a tu hijo. Lo tomó de la viuda, que lo tenía apretado contra su seno; luego lo llevó a la cámara donde se alojaba y lo acostó sobre su cama. Tras lo cual, clamó muy fuerte al Eterno: Eterno Dios mío, ¿hasta tal punto has afligido a esta viuda, que le has hecho morir a su hijo? Y, habiendo clamado así, se sentó sobre el niño y se tendió cuan largo era sobre el cadáver, por tres veces, clamando aún: Eterno Dios mío, ¡te ruego que hagas volver el alma de este niño a su cuerpo! Entonces el Eterno oyó la voz de Elías y atendió su oración; el alma del niño volvió al cadáver, y el cuerpo volvió a estar vivo. Y Elías tomó al niño de la mano y dijo a su madre: Mira, tu hijo vive. Y la viuda respondió a Elías: Ahora conozco que eres un hombre de Dios y que en tu boca la palabra del Eterno es verdadera.» (v. 17-24)

298. Elías resucita al hijo de la viuda sentándose encima de él.
Parecería, según este último versículo, que la viuda se convirtió, pues, siendo sidonia, practicaba evidentemente la religión de los fenicios, y acabamos de ver que Dios, que había colocado primero a su profeta entre los herejes del reino de Israel, lo retiró de allí momentáneamente para hacerlo ir entre los infieles. Este profeta estaba lleno de sagacidad, puesto que había adivinado, a la primera ojeada, que la mujer que recogía leña era viuda. Quizá se habrá encontrado asombroso que empezase por pedir para sí el único pedazo de pan que le quedaba a esta mujer, y parece que la viuda, aunque creyente en los falsos dioses de Fenicia, tuvo más confianza en la palabra de un desconocido que le hablaba en nombre del Dios de Israel que la que el profeta mismo tenía en su Jehová; pero eso no es más que una apariencia, os dirán los teólogos: Elías probaba a esta mujer, y el milagro se cumplió en su favor precisamente porque no vaciló en creer al profeta. Si ella hubiese rehusado dar a Elías su último pedazo de pan, no habría habido milagro, por consiguiente; pero entonces ¿lo que Dios había anunciado a su profeta no se habría realizado, pues? Inútil profundizar; es justamente la especialidad de lo sobrenatural ser incomprensible.
Lo que merece mejor el examen es el hecho de los milagros que Jehová realizaba entre los pueblos que no practicaban su culto y que no lo adoptaban, después de haber sido testigos de esas maravillas. En efecto, no se dice formalmente que la viuda de Sarepta abrazase la religión judía. Esta observación ha permitido a los críticos recordar que todos los pueblos de la antigüedad reconocían un Dios supremo que comunicaba una parte de su poder a aquellos a quienes quería favorecer, ya a magos de Egipto, ya a magos de Persia o de Babilonia, ya a herejes samaritanos, hasta a idólatras, como Balaam; estos críticos añaden que cada cual conservaba sus ritos, su culto, sus dioses secundarios, adorando al Dios universal bajo un nombre que variaba según los países. Esto explicaría que el faraón que vio los milagros de Moisés reconociese el poder de Dios y no cambiase de culto, y que la viuda de Sarepta pudiese reconocer el poder del Eterno invocado por Elías, sin hacerse judía por ello. Bien entendido que, con estas observaciones, los críticos no pretenden en modo alguno admitir la autenticidad de estas diversas historias de milagros; pero dan las explicaciones que acabamos de reproducir, a fin de que pueda uno darse cuenta de las condiciones en que se han podido inventar estas maravillosas historias.
«En el tercer año de aquel tiempo, Jehová dirigió de nuevo la palabra a Elías y le dijo: Ha llegado el momento de mostrarte a Acab; porque voy a dar lluvia a la tierra.» (1 Reyes 18:1) ¡La tierra había permanecido, pues, durante tres años sin una gota de lluvia! «Elías se fue, pues, para mostrarse al rey de Israel; ahora bien, había una gran hambre en Samaria.» (v. 2) Tras tres años de sequía, eso se concibe; pero ¿por qué el hambre hacía estragos en Samaria más bien que en otra parte? «Y Acab había llamado a Abdías, su mayordomo. Este Abdías tenía un gran temor de Jehová; por eso, en una época en que Jezabel hacía exterminar a los profetas de Jehová, escondió a cien de ellos, a los que alimentaba con pan y agua, cincuenta en una caverna y cincuenta en una cisterna seca. Y Acab había dicho a Abdías: Habría que salvar al menos nuestros caballos y nuestros mulos, y, puesto que la lluvia ya no cae, vayamos a todas las fuentes y a todos los torrentes, y recojamos la hierba que hallemos a la orilla de las aguas que corren, a fin de que el país no quede despoblado de bestias. Y se repartieron el reino para explorarlo, yendo cada uno por su lado; Acab tomó por un camino, y Abdías iba por otro camino.» (1 Reyes 18:3-6)
No se ve bien a este rey dejando su palacio para ir a recoger hierba y volver luego a llenar los pesebres de sus caballerizas; parece que habría debido encargar a sus criados de esta faena. Pero se podrá responder que se sobreentiende que, ante la espantosa miseria que había sido fatalmente el resultado de tres años sin una gota de lluvia, el rey Acab había despedido a todo su personal y no había conservado más que a su mayordomo. Lo más extraordinario era que hubiese todavía fuentes, torrentes, ríos: las praderas ya no existían, está claro, por falta de lluvia; pero, en ausencia de toda agua del cielo, ¿cómo se alimentaban los manantiales? Es muy divertido pensar que los devotos, que leen la Biblia y que tienen fe en ella, no se plantean ninguna de estas preguntas.
Pasemos. Abdías, buscando hierba, encuentra a Elías, ante quien se prosterna y quien le dice que anuncie a Acab su próxima visita. Esta proposición turba singularmente a Abdías, que se hace el razonamiento siguiente: «¡Cómo! Elías, me invitas a ir a decir al rey mi amo: He aquí a Elías que va a venir. Pero sucederá que apenas me haya apartado de ti, el Eterno te transportará a algún lugar oculto que yo ignoraré; entonces, yo habré anunciado tu visita a Acab, y, como ya no se te hallará en ninguna parte, Acab creerá que me he burlado de él, y me matará.» (v. 12) Se ve que el buen hombre Abdías temía a Jehová hasta el punto de desconfiar incluso de una fumisterie («fumisterie» — fr. voz familiar: engaño hecho por burla, broma pesada). Afortunadamente, Elías lo tranquilizó y se comprometió, en nombre del Eterno, a mostrarse en el plazo de veinticuatro horas al rey Acab. (v. 15)
«Acab, habiendo sido informado por Abdías, salió al encuentro de Elías, y, en cuanto lo vio, le dijo: ¿No eres tú el que turba a Israel? Pero Elías le respondió: No soy yo quien turba a Israel; eres tú y la casa de tu padre, desde que habéis abandonado a Adonaí para adorar a Baal. Pero haz lo que voy a decirte: ordena a todo el pueblo de Israel que se reúna delante de mí sobre los montes del Carmelo, y haz venir allí también a los cuatrocientos cincuenta sacerdotes de Baal, y a los cuatrocientos profetas de los bosques que comen a la mesa de tu mujer Jezabel. Acab reunió, pues, sobre el Carmelo a todos los hijos de Israel y a todos los profetas. Luego Elías dijo en alta voz al pueblo: ¿Hasta cuándo cojearéis de los dos lados? Si Jehová es dios, adoradlo; pero si es Baal, le debéis vuestras adoraciones. Y el pueblo no respondió una sola palabra.» (1 Reyes 18:16-21)
«Entonces Elías dijo además: He quedado como el único profeta de Jehová, mientras que los profetas de Baal son aquí cuatrocientos cincuenta. Pues bien, que traigan dos bueyes. Los profetas de Baal escogerán uno; que lo hagan pedazos, que lo pongan encima de un montón de leña, pero sin prenderle fuego; y yo haré lo mismo con el otro buey. Invocad todos el nombre de vuestros dioses, y yo invocaré el nombre del mío. Que el dios que responda por el fuego sea en adelante vuestro dios. Todo el mundo le respondió: ¡Excelente proposición! Y Elías invitó a los sacerdotes de Baal a sacrificar, a su elección, uno de los bueyes que trajeron; dijo expresamente: Sobre todo, no prendáis fuego a vuestro montón de leña.» (1 Reyes 18:22-25)
«Los profetas de Acab prepararon, pues, su buey como estaba convenido, e invocaron a Baal desde la mañana hasta el mediodía, exclamando: ¡Baal, respóndenos! Pero no hubo de Baal ni voz ni respuesta. Y estos profetas saltaban por encima de su montón de leña. Cuando fue mediodía, Elías se burló de ellos, en estos términos: Gritad más fuerte, puesto que Baal es dios; pero quizá tiene algún otro asunto que lo ocupa, o bien está en la taberna, o acaso está de viaje; quizá también, puede ser que duerma en este momento; no temáis, pues, gritar demasiado para sacarlo de su sueño. Por eso estos profetas gritaban con todas sus fuerzas; se hicieron también en las carnes incisiones según su rito con cuchillos y lancetas, hasta que quedaron cubiertos de sangre.» (1 Reyes 18:26-28)

299. Los sacerdotes de Baal desafiados a hacer un milagro.
Los críticos hacen notar que el monte Carmelo estaba en el territorio de los sidonios, y que el reino de Sidón era distinto del de Israel, puesto que se dice más arriba que Jezabel era hija de Et-baal, rey de los sidonios. No es admisible que los súbditos de Acab hayan ido a reunirse en un punto situado en otro reino, para asistir al experimento pedido por Elías. El monte Carmelo no figura, pues, en este relato sino por efecto de un error geográfico del divino palomo. Los críticos dicen además que, si se quiere creer en la realidad de este episodio y tomarlo tal como está narrado, resulta de él con evidencia, por la aceptación unánime y súbita que los israelitas hacen de la oferta de Elías, que eran de buena fe; no es menos evidente que sus sacerdotes, reputados falsos profetas según la Biblia, tenían tanta confianza en su dios Baal como Elías en Jehová, puesto que se daban cuchilladas y hacían correr su sangre para obtener el fuego del cielo.
Pero más conviene no retener de tales relatos, tan ridículamente fantasiosos, sino ciertas constataciones, interesantes para la historia del pueblo judío, y esas constataciones son las que quedan una vez que se han despojado las anécdotas bíblicas de su marco de milagros más o menos maravillosos. Resulta, pues, sencillamente de esto que el pueblo de Israel y el pueblo de Judá adoraban al mismo dios bajo nombres diferentes. Israel tenía becerros de oro; pero Judá tenía sus bueyes de oro, colocados por Salomón en el santuario antes de que Sisac viniera a saquear Jerusalén y el templo. Está claro, por el texto, que Israel no adoraba en realidad a sus becerros, puesto que no adoraba más que a Baal. Ahora bien, esa palabra Bal, Bel, Baal, significaba «el Señor», como Adonaí, Eloa, Sabaot, Shaddai, Jehová. Los ritos, los sacrificios eran enteramente los mismos; solo los intereses eran diferentes. La herejía de Israel no consistía, pues, más que en esto: que los israelitas no querían llevar su dinero a Jerusalén, cuya posesión tenía la tribu de Judá.
«Cuando hubo pasado el mediodía y los profetas de Baal se hubieron agotado en vanos esfuerzos, entonces Elías restableció el altar de Adonaí, tomando doce piedras, según el número de las tribus de los hijos de Jacob; luego, hizo una reguera todo alrededor, dispuso su leña sobre las piedras, mató su buey y lo cortó en pedazos, que colocó encima de su leña, sin el menor fuego. E hizo verter sobre su leña doce cántaros de agua, de suerte que no solo quedó mojada la leña, sino que además el agua corría por la reguera y la llenaba del todo. Entonces, Elías exclamó: ¡Adonaí! ¡dios de Abraham, de Isaac y de Jacob! ¡he aquí el día en que es preciso que se conozca que tú eres el dios de Israel, y que yo soy tu siervo, y que es por orden tuya que he hecho todo esto! ¡Óyeme, Eterno, óyeme! Apenas había acabado su invocación, cuando el fuego de Adonaí descendió del cielo y devoró de un solo golpe los pedazos de buey, la leña, las piedras del altar, y hasta toda el agua que estaba en las regueras. A esta vista, las gentes del pueblo se tendieron por tierra, con el rostro contra el suelo, gritando: ¡Sí, Adonaí es dios! ¡sí, Adonaí es dios!

300. Jehová ejecuta para Elías el milagro fallido por Baal.
Entonces, Elías, habiéndolos hecho levantar, les dijo: ¡Ahora, prended a los profetas de Baal y a los profetas de los bosquecillos, y que no escape ni uno solo! Y habiéndolos tomado el pueblo, Elías los condujo al torrente de Cisón, donde ordenó su muerte, y todos sin excepción perecieron allí.» («profetas de los bosquecillos» — fr. «prophètes des bocages», así llama la Biblia de Ostervald a los profetas de la diosa Asera; la Reina-Valera de 1909 dice «profetas de los bosques») (v. 29-40)

301. Los sacerdotes de Baal arrojados al torrente de Cisón.
Algunos sabios pretenden que Elías no es más que un personaje alegórico, que nunca hubo un Elías. Pero, si Elías existió, los críticos dicen que jamás judío alguno fue más bárbaro, dado que, según el texto mismo, los sacerdotes de Baal eran tan devotos de su dios como él del suyo, y que su fe era tan grande como la suya. Eran fieles a su dios y a su rey: había, pues, una injusticia horrible en infligirles la muerte. ¿Y cómo toleró el rey de Israel su ejecución? ¡Era condenarse a sí mismo!... Además, Elías debía, en buena lógica, esperar que el milagro inaudito del rayo que vino, con tiempo sereno, a quemar instantáneamente su buey, su leña, sus piedras y el agua de sus regueras, daría que pensar a esos sacerdotes herejes y los convertiría infaliblemente. Debía, pues, llevar sobre sus hombros a las ovejas descarriadas; debía querer el arrepentimiento de los pecadores y no su muerte.
Tras el ahogamiento de los sacerdotes de Baal en el torrente de Cisón, «Elías dijo a Acab: Sube, come y bebe, porque se oye el ruido de una gran lluvia.» (v. 41) No hemos olvidado que, desde hacía tres años, todas las naciones de la tierra, y la de Israel en particular, esperaban con vivos deseos el beneficio de una lluvia. Elías anunciaba, pues, una feliz noticia a Acab; pero contaba una blague («blague» — fr. voz familiar: broma, embuste dicho para reír) al decir que se oía el ruido de un chaparrón, porque no se oía nada en absoluto, como resulta de los versículos siguientes. «Acab subió, pues, a la cumbre de la montaña, para comer y para beber, y Elías subía también a la cumbre del Carmelo. Entonces, Elías se postró tan profundamente que tenía el rostro entre las rodillas.» (v. 42) Quizá el profeta había sido clown en su juventud. «Luego, Elías dijo: Mira ahora hacia el mar. El otro miró y respondió: No veo nada. Elías replicó: ¡Pues bien! vuélvete hasta siete veces para mirar el mar que está allá. A la séptima vez, el otro dijo: Diviso a lo lejos una nubecilla, que no es más grande que el puño de un hombre, y esa nube sube del mar. Elías dijo a Acab: Ahora, salta prontamente a un carro, y baja la montaña a toda velocidad, a fin de que la lluvia torrencial que llega no te sorprenda. Luego, los cielos se oscurecieron, tanto se amontonaron las nubes por todos lados; comenzó la tempestad, y se puso a llover en cantidades de agua extraordinarias. Acab subió a un carro, y Elías, habiéndose ceñido los lomos con un cinturón bien apretado, corría delante del carro de Acab; corrió así hasta Jezreel, donde el rey echó pie a tierra.» (1 Reyes 18:43-46) El espectáculo de ese profeta, sin paraguas, corriendo delante del carro real a toda la velocidad de sus piernas, no debía de carecer de pintoresco.
«Mas he aquí que Acab contó a Jezabel cómo Elías había hecho dar muerte a todos los sacerdotes de Baal; y, después de esto, Elías recibió un mensaje de la reina, que le declaraba lo siguiente: ¡Que mis dioses me traten con el último rigor, si mañana, a esta misma hora, no te he puesto en el mismo estado en que tú has puesto a los sacerdotes! Al recibir este mensaje, Elías tuvo el corazón trastornado, y huyó a toda prisa hasta Beerseba; y se internó muy adentro en el desierto. Tras toda una jornada de carrera, se detuvo, muy fatigado; se sentó bajo una retama, y allí pidió a Dios que le retirase el alma; dijo: ¡Ya tengo bastante, oh Señor mío! toma mi alma, te lo suplico.» (1 Reyes 19:1-4)

302. Jezabel envía a Elías un mensaje lleno de amenazas.
Aquí, uno se asombra mucho de dos cosas: primeramente, de que la reina Jezabel haya sido tan tonta como para avisar a Elías, por mensaje, de que había decretado hacerlo asesinar al día siguiente, lo que le daba veinticuatro horas para tomar la poudre d’escampette («poudre d’escampette» — fr. «prendre la poudre d’escampette», literalmente «tomar el polvo de escapada»: huir a toda prisa); en segundo lugar, nada hay más singular que la poltronería súbita de ese buen mozo que, teniendo el poder de resucitar a los muertos y disponiendo a su antojo de las nubes y del rayo, tuvo tan hermoso trac («trac» — fr. «avoir le trac», voz familiar: miedo repentino, en especial el pánico del actor antes de salir a escena) ante las amenazas de una mujer.
«Ahora bien, Elías, después de su oración, se acostó y se durmió bajo la retama. Entonces un ángel lo sacudió, gritándole: ¡Despiértate, pues, y come! Elías se levantó y no vio a nadie; pero, a su lado, había una torta, salida bien caliente del horno, y una botella de agua. Comió de ella y bebió, y volvió a acostarse. Mas el ángel lo sacudió de nuevo, gritándole: ¡Cómete toda la torta, y bébete toda la botella! Y Elías se despertó. El ángel le dijo entonces: Tienes un largo camino que hacer; no podrás cumplirlo si no recobras fuerzas. Se levantó, pues, y acabó la torta y la botella; y, con las fuerzas que le dio esa comida, caminó sin detenerse durante cuarenta días y cuarenta noches hasta el monte Horeb, la montaña de Dios.» (1 Reyes 19:5-8)

303. Elías, en el desierto, es socorrido por un ángel.
Al dictar al escritor sagrado esta regocijante historia, el divino palomo parece haber olvidado totalmente que, cuando dictaba el relato de las aventuras de Moisés, nos representó a los hebreos caminando treinta y ocho años para ir del monte Horeb a los alrededores de Beerseba. Nos parece ver a una buena devota que, impresionada por esta contradicción, pero sin atreverse a dudar, interrogase a su director de conciencia.
¿Creéis, por casualidad, que el confesor se vería en apuros? ¡Oh! ¡que nenni! («que nenni» — fr. arcaico y familiar: «de ninguna manera», «ni hablar») Un tonsurado siempre sabe qué responder a la oveja crédula. «Del monte Horeb a Beerseba, pronunciaría con gravedad, hay trescientas cuarenta y siete veces más distancia que de Beerseba al monte Horeb; he ahí por qué Moisés caminó treinta y ocho años, y Elías cuarenta días, según la palabra divina, que no puede ni engañarse ni engañarnos.» Y la fiel oveja, sin pedir más, admirará tanto más la Biblia cuanto menos comprensible la encuentre.
Sea lo que fuere en cuanto a la longitud del camino, conviene lamentar que el ángel de Beerseba no haya escrito en alguna parte la receta de la torta que basta para la nutrición de un turista durante cuarenta días; y si no se la reveló a Elías, al menos habría debido revelársela a Tartarín («Tartarín» — Tartarin de Tarascon, héroe fanfarrón de las novelas de Alphonse Daudet, 1872-1890, célebre por sus viajes y cacerías tan pregonados como poco heroicos), quien, a buen seguro, habría comido de esa torta antes de ponerse en marcha para sus miríficas excursiones.

304. El profeta Elías se pone en camino hacia el monte Horeb.
Un viaje que comenzaba de manera tan maravillosa reservaba evidentemente a Elías otras muchas sorpresas.
«Llegado al monte Horeb, el profeta de Dios entró en una caverna y pasó allí la noche. La voz de Jehová lo despertó, hacia la mañana, diciéndole: Elías, ¿qué haces aquí?» (v. 9) Elías no había recibido del ángel ninguna instrucción precisa; sabía que debía dirigirse al monte Horeb, pero eso era todo. ¿Con qué fin ese viaje? lo ignoraba absolutamente. La pregunta de papá Buen Dios era, pues, extraña. No obstante, Elías respondió, excusándose a propósito de su huida: «Señor, los hijos de Israel han abandonado tu alianza, han demolido tus altares, han matado a tus profetas, y he quedado yo solo, ¡y buscan mi vida para quitármela!» (v. 10) Notemos, de paso, que Elías le cuenta un embuste al señor Jehová: no es de los hijos de Israel de quienes tiene miedo, es de Mme Jezabel, de la que no dice palabra. Los hijos de Israel acaban de arrojar, para serle agradables, a todos los sacerdotes de Baal al torrente de Cisón; ¡poco tiene que temerlos! La apostasía que recuerda, ¡pero si es historia antigua! El pueblo, testigo del milagro obrado en el Carmelo, ha gritado: ¡Viva Adonaí! Jehová conoce, tan bien como Elías, el cambio que se ha manifestado en su favor. Verdaderamente, Elías habla para no decir nada.
Jehová no se preocupa de esta respuesta. Prosigue: «Sal, dijo Jehová a Elías, y ponte de pie sobre la montaña; porque voy a pasar. Entonces, se levantó un viento muy impetuoso que desarraigaba los árboles y hendía las rocas, y el monte Horeb se alzó en violentas sacudidas, tanto que las piedras se arrancaban y se rompían unas contra otras; mas Jehová no estaba en ese terremoto.» (v. 11) Representaos a Elías sobre esa montaña que se pone a bailar; se habría pagado caro por ver eso de lejos con un catalejo.

305. El monte Horeb entra en danza al acercarse Dios.
¡Y no había acabado! «Tras el temblor, la montaña sobre la cual se hallaba Elías se incendió por todas partes; mas Jehová no estaba en las llamas. Tras el fuego, hubo el silbido de un vientecillo, suave y sutil.» (v. 12)

306. Continuación de las emociones de Elías: la montaña se incendia.
No os riáis: Dios estaba en el vientecillo. «Al punto, Elías se envolvió el rostro con su manto, y Jehová le dijo, con voz tonante: Elías, ¿qué haces aquí?» (v. 13) El profeta repite su respuesta de hace un momento, palabra por palabra. «Mas el Eterno le dijo: Vuelve a empezar todo el camino que has hecho, regresa y vete a Damasco. Allí ungirás a Hazael por rey sobre Siria. Ungirás también a Jehú, nieto de Nimsi, para que sea rey sobre Israel; en fin, verás al boyero Eliseo, hijo de Safat, y lo ungirás profeta en tu lugar. Y acontecerá que quienquiera que escape a la espada de Hazael será muerto por Jehú, y que quienquiera que escape a la espada de Jehú será muerto por Eliseo.» (v. 15-17) Nunca se ha podido explicar este pasaje de la Biblia, dado que en ninguna parte se dice que Eliseo fuera ungido ni que degollara a los que escaparon a la espada de Jehú.
«Elías partió, pues, del monte Horeb, y más tarde encontró a un hombre que araba con doce yuntas de bueyes. Era Eliseo. Entonces, Elías pasó junto a él sin hablarle y le echó su manto sobre los hombros.

307. Elías toma consigo a Eliseo como servidor.
Eliseo dejó al punto sus bueyes, corrió tras Elías, y le ofreció seguirlo, tan pronto como se hubiese despedido de su padre y de su madre.» (v. 19-20) Así fue como Eliseo se convirtió en el servidor de Elías, sin haber sido ungido lo más mínimo.

308. Continuación de las peregrinaciones del profeta Elías.
El capítulo 20 del primer libro de los Reyes relata una guerra que el rey de Siria, Ben-adad, — otro desconocido, — declaró al rey de Israel bajo un pretexto poco común. Ese Ben-adad, una hermosa mañana, envió un mensajero a Acab para decirle: Quiero ser el marido de tus mujeres y el padre de tus hijos; dame, pues, en seguida tus mujeres, tus hijos, y, al mismo tiempo, dame mucha plata y mucho oro (v. 5). Acab reunió a los ancianos de Israel y les dijo: Creo que ese príncipe se burla de mí. Los ancianos le respondieron: Señor, no escuches a Ben-adad, y no accedas a su demanda. Ben-adad, viendo rechazada su petición, entró en gran cólera y juró que toda la tierra de la capital de Israel no cabría en su mano. Declaración de guerra; terrible batalla; triunfo de Acab, de pronto protegido por Jehová, no se sabe por qué.

309. Acab derrota al ejército de Ben-adad, rey de Siria.
Ben-adad se refugia en la ciudad de Afec y se esconde «en el fondo del gabinete más retirado de una casa». No obstante, cae finalmente en manos de Acab, quien, juzgando sin duda que tenía ante sí a un loco, lo perdona. Dios se arrepiente de haber dado la victoria a Acab. ¡No es más interesante que eso!

310. Ben-adad salva la vida escondiéndose en un gabinete.
Aquí se sitúa la historia bien conocida de Nabot, propietario de una viña en Jezreel, la cual viña era vecina del palacio de Acab. El rey le hace al buen hombre Nabot proposiciones que habrían seducido a cualquiera de nuestros contemporáneos. Esa viña, Acab quisiera comprarla para transformarla en jardín; ofrece a Nabot pagársela en lo que desee, sin regatear, o, si Nabot lo prefiere, darle otra viña de un valor muy superior.

311. Acab propone a Nabot comprarle su viña.
Nabot rechaza las propuestas del rey. Tiene esa viña de su padre, y entiende conservarla, ¡así estuviese allí el diablo! («¡así estuviese allí el diablo!» — fr. «quand le diable y serait !», pase lo que pase, aunque se oponga el mismo diablo) Acab, ante esa terquedad de campesino, está tan mortificado por su fracaso, que pierde con ello el beber y el comer. Entonces, Jezabel hizo lapidar a Nabot por unos bribones a quienes había engrasado la pata («a quienes había engrasado la pata» — fr. «graisser la patte», sobornar), aconsejó luego a Acab que entrase en posesión de la viña codiciada. Estos acontecimientos provocaron la intervención de Elías, trujamán de Jehová. Acab, habiendo oído las amenazas proferidas contra él, rasgó sus vestidos y ya no se paseó, durante algún tiempo, por su capital, sin ir vestido de saco. (cap. 21)

312. Nabot, habiéndose negado, es muerto por orden de Jezabel.
Las circunstancias que precedieron a la muerte de Acab valen la pena de ser relatadas por extenso, según el texto sagrado: y, por lo demás, uno no se aburre leyendo el capítulo 22 del primer libro de los Reyes, que expone lo que pasó no solo en la tierra, sino también en el cielo, a este respecto. Tenemos ahí a un tal Micaías, profeta de oficio, que asiste al gran consejo celebrado por Jehová en el reino eterno, y que hace de él el informe, en su calidad de testigo ocular; ¡no se puede ser más preciso, ya lo veréis!
«Pasaron tres años sin que hubiese guerra entre Siria e Israel. Luego, Josafat, rey de Judá, vino a hacer una visita al rey de Israel.» (1 Reyes 22:1-2) Es bueno saber que Josafat, hijo del virtuoso Asa, era él mismo de una piedad ejemplar hacia Jehová; en el período del reino de Judá, él, Josafat, y el rey Ezequías, de quien se tratará más adelante, son citados por los curas como los dos monarcas modelo. No es menos cierto que el piadoso Josafat mantenía con el impío Acab las mejores relaciones de amistad; la idolatría de Acab y de Jezabel lo espantaba tan poco, que les había pedido y obtenido la mano de su hija Atalía para su hijo Joram. Notemos, de paso, que la reina Jezabel fue muy prolífica, y sabemos, por las palabras de Jehová a Abraham y a Jacob, que una familia numerosa es una de las mejores bendiciones divinas; Acab y Jezabel, aunque idólatras, fueron, pues, bendecidos por Jehová, puesto que tuvieron (se verá más adelante) setenta y dos hijos, sin contar las hijas, de las cuales Atalía era la mayor.
He aquí, pues, al piadoso Josafat de visita en casa de su consuegro Acab. «El rey de Israel dijo a sus oficiales: Acabo de acordarme de que la ciudad de Ramot de Galaad nos pertenece; ¿por qué no nos ponemos a la tarea de retirarla de entre las manos del rey de Siria?» (v. 3) En efecto, tres años antes, en la guerra que había tenido con Ben-adad, rey de Siria, Acab había exterminado a sus enemigos, y, después de ese exterminio, ¡no había pensado en volver a echar mano a Ramot de Galaad, ciudad israelita! No se puede ser más negligente. «Y Acab, volviéndose también hacia Josafat, le dijo: ¿No vendrás conmigo a la guerra para ayudarme a recobrar Ramot de Galaad? Josafat respondió al rey de Israel: Dispón de mí como de ti, y de mi pueblo como de tu pueblo, y de mis caballos como de tus caballos.» (v. 4) ¡Eh! ¿era bastante amable con el impío Acab, nuestro piadoso rey de Judá?...
Sin embargo, en su calidad de devoto, Josafat aconsejó informarse ante Jehová, para saber si vería con buenos ojos esta expedición. «Josafat añadió: No obstante, te lo ruego, infórmate de la palabra de Jehová. Entonces, el rey de Israel hizo llamar a unos cuatrocientos profetas, y les planteó esta pregunta: ¿Iré a la guerra contra Ramot de Galaad, o debo renunciar a recobrar esa ciudad? Los profetas respondieron: Ve; porque Jehová entregará la ciudad en tus manos.» (v. 5-6) Como se ve, los profetas no faltaban entre los judíos; ochocientos cincuenta profetas de Baal y de los bosquecillos habían sido muertos en el torrente de Cisón; al cabo de tres años, cuatrocientos profetas de Jehová los reemplazaban. Josafat encontraba que no era bastante; habría deseado que no faltase ni un profeta a la consulta. Por eso «Josafat preguntó: ¿No habría todavía algún otro profeta de Jehová a quien se pudiera interrogar? Acab respondió: Sí, queda todavía uno; pero odio a ese hombre, porque nunca profetiza nada bueno cuando se trata de mí. Es Micaías, hijo de Imla. Josafat dijo al rey de Israel: Te lo ruego, no hables así; hay que respetar a todos los profetas de Jehová. Entonces, Acab llamó a uno de sus oficiales y le dijo: Haz venir a Micaías a toda prisa.» (v. 7-9)
«Ahora bien, el rey de Israel y Josafat, rey de Judá, estaban sentados cada uno en su trono, vestidos con sus más hermosos trajes, en la gran plaza que estaba junto a la puerta de Samaria; y todos los profetas profetizaban en su presencia. Entonces, el profeta Sedequías, hijo de Quenaana, se puso cuernos de hierro en la cabeza y dijo: Estos cuernos golpearán a Siria hasta que sea destruida; es la palabra misma de Jehová. Y todos los profetas profetizaban lo mismo, diciendo a los dos reyes: Subid contra Ramot de Galaad, y seréis victoriosos; porque Jehová os entregará la ciudad.» (v. 10-12) Se hace notar que el profeta Sedequías podía predecir a los dos reyes cosas agradables sin ponerse dos cuernos de hierro en la cabeza. ¡Habría sido un hermoso espectáculo si todos los demás profetas y todos los oficiales del ejército se hubiesen puesto cuernos para opinar! El mensajero que había sido enviado a Micaías encontró a este profeta dispuesto a venir y prometiendo decir exactamente la palabra de Jehová. Llegado ante los dos reyes, comenzó por decir como los otros: Subid contra Ramot de Galaad, y seréis vencedores, la ciudad os será entregada por Jehová (v. 13-14). Esta profecía agradable asombró mucho a Acab, desde el momento en que venía de Micaías; así que insistió. «El rey de Israel le dijo: Háblame con verdad, te lo conjuro; ¿cuántas veces habré de rogártelo? Vamos, dime la palabra de Jehová. Y Micaías le respondió, esta vez: Pues bien, he visto a Israel todo disperso a través de las montañas, como un rebaño de ovejas que ha perdido a su pastor, y Jehová, que estaba allí, decía: Ahora que ya no tienen a su amo, que se vuelvan en paz, cada uno a su casa. Entonces el rey de Israel dijo a Josafat: ¿No te había prevenido de que ese nunca predice nada bueno cuando se trata de mí?» (v. 16-18)
Quedaba por aclarar por qué los demás profetas habían hecho profecías favorables; pues ¿tenían razón los cuatrocientos contra Micaías, o Micaías contra los cuatrocientos?
Micaías tomó, pues, de nuevo la palabra, y es aquí donde su relato es sobre todo admirable. «Escucha, dijo a Acab, lo que he visto con mis propios ojos, y sabrás por qué has sido engañado por los otros profetas. Jehová me admitió a verle, cuando estaba sentado sobre su trono, y asistí al consejo que celebraba, teniendo delante de sí todo el ejército de los cielos, así como a su derecha y a su izquierda. Y Jehová decía: ¿Quién quiere encargarse de persuadir a Acab de que vaya a combatir contra Ramot de Galaad? ¿quién le hará creer que será victorioso? pues, engañándole así, su muerte será segura. Un ángel decía de una manera, y otro ángel decía de otra manera. Entonces, un ángel se adelantó hasta delante del trono de Jehová, y, manteniéndose en pie, dijo a Dios: Yo me encargo de seducir al rey de Israel. Jehová le dijo: ¿Cómo, pues, lo harás? El ángel respondió al Altísimo: Saldré de aquí y descenderé a la tierra; allí, entraré en todos los profetas, y diré mentiras por su boca; así, Acab creerá a los profetas. Y Jehová dijo: Este proyecto está hábilmente combinado para engañar a Acab; ve, y tendrás pleno éxito. Tras este relato, Micaías añadió: Oh rey, aprende por esto que Jehová ha puesto un espíritu mentiroso en la boca de todos los otros profetas; pero esto te prueba también que Jehová ha pronunciado una sentencia de mal contra ti.» (1 Reyes 22:19-23)
Y bien, ¿qué os parece la anécdota? ¿Está bastante bien logrado, este Jehová que maniobra con sus ángeles para engañar a los hombres?
Lord Bolingbroke, al comentar este pasaje de la Biblia, dice que es una mala imitación de un episodio de la Ilíada (libro 2), donde Júpiter, en busca de expedientes para realzar la gloria de Aquiles a expensas de Agamenón, hace engañar a éste por un sueño mentiroso. «Puede ser, escribe el filósofo inglés, que, habiendo sido escritos muy tarde los libros judíos, el sacerdote que compiló los desvaríos hebraicos haya imitado ese desvarío de Homero. Pues, en toda la Biblia, el dios de los judíos es muy inferior al dios de los griegos: casi siempre es batido, no piensa más que en obtener ofrendas, y su pueblo se muere siempre de hambre. Por más que esté continuamente presente y hable él mismo, no se hace nada de lo que quiere. Si se le edifica un templo, viene un Sisac, rey de Egipto, que lo saquea y se lo lleva todo. Si da en sueños la sabiduría a Salomón, ese Salomón se burla de él y lo abandona por otros dioses. Si da la tierra prometida a su pueblo, ese pueblo es esclavo en ella desde la muerte de Josué hasta el reinado de Saúl. No hay Dios ni pueblo más desdichados. Por más que digan los compiladores de las fábulas hebraicas que los hebreos sólo fueron siempre miserables porque eran siempre infieles, nuestros sacerdotes anglicanos podrían decir otro tanto de nuestros irlandeses y de nuestros montañeses de Escocia, muy devotos sin embargo, aunque miserables. Nada es más fácil que decir: Si has sido batido, si estás en la adversidad, es porque no has sido bastante religioso; si dieras más dinero a la Iglesia, serías vencedor, prosperarías. Esta infame superstición es antigua; ha dado la vuelta a la tierra; ha sido la consigna de los sacerdotes de todas las religiones y les ha servido para enriquecerse entre todos los pueblos a expensas de la estupidez humana.»
Pero los profetas a quienes Micaías había desmentido se encresparon; Sedequías, el hombre de los cuernos de hierro, abofeteó a Micaías (v. 24), y éste fue, por añadidura, metido en prisión (v. 27). Después de lo cual, Acab partió a la guerra para recuperar Ramot de Galaad de manos de los sirios, y el rey de Judá se unió a él (v. 29); lo que nos permite constatar que el piadoso Josafat creyó a los cuatrocientos profetas antes que al extraordinario Micaías.
Sin embargo, según el relato bíblico, parecería que el rey de Israel no estaba muy tranquilo. «Acab, habiendo declarado la guerra, dijo a Josafat: Voy a disfrazarme para ir al combate; pero tú, no dejes de vestir tus ropas reales. Y así se hizo.» (v. 30) El propósito de Acab era fácil de comprender, y uno se pregunta qué dosis de ingenuidad tenía el excelente Josafat, después del lenguaje de su consuegro («consuegro» — fr. «co-beau-père», palabra forjada por Taxil, pues el francés carece de un término para esta relación: Joram, hijo de Josafat, estaba casado con Atalía, hija de Acab). «Ahora bien, el rey de los sirios había hecho a los treinta y dos capitanes de sus carros las recomendaciones siguientes: No combatiréis contra nadie, ni pequeño ni grande, sino contra el rey de Israel solo. Aconteció, pues, que, en cuanto esos capitanes vieron a Josafat, corrieron al punto contra él, tomándole por Acab; pero él gritó: ¡No soy el rey de Israel! Entonces, los capitanes se apartaron de él. Y he aquí que una flecha, salida del arco de alguno de los sirios, alcanzó a Acab con fuerza y le hirió entre las junturas de su coraza.» (v. 31-34) Así pereció el esposo de Jezabel; «murió hacia la tarde, y la sangre de su herida corrió muy abundantemente.» (v. 35) El autor sagrado nos informa de que había construido «una casa toda de marfil» (v. 39), pero sin darnos otros detalles.

313. Muerte del impío Acab.
Acab tuvo por sucesor a su hijo mayor Ocozías, cuya corta historia se narra en el capítulo 1º del segundo libro de los Reyes. Éste comienza con un accidente: «un día, cayó por la ventana de su aposento alto, en Samaria, y quedó muy enfermo de ello.» (v. 2) Vista la ausencia total de explicaciones, nos vemos reducidos a suponer que este monarca debía de ser propenso a la embriaguez y que habitaba, no se sabe por qué, el piso más alto de su palacio; sin duda, la noche del accidente, estaba más borracho que de costumbre, y, si pasó por su ventana, es probable que la hubiese abierto tomándola por un armario.

314. Enojoso accidente ocurrido a Ocozías.
El dios de los borrachines había impedido que Ocozías se matase en el acto; no obstante, el rey se inquietaba por saber si sanaría de su enfermedad. Fue a Baal Zebub (de quien se ha hecho Belcebú), divinidad adorada en Ecrón, a quien se dirigió en esta circunstancia; lo que escandalizó a Elías en sumo grado. «Un ángel habló al profeta y le encargó decir a los oficiales del rey: ¿No hay, pues, un dios en Israel? ¿por qué ir a consultar al dios de Ecrón? Elías repitió estas palabras y añadió: Decid al rey que no descenderá de su lecho, sino que morirá, puesto que ha recurrido a Baal-Zebub.» (2 Reyes 1:3-4)

315. Ocozías va a consultar a Baal-Zebub.
Los oficiales repitieron a Ocozías las palabras de Elías, sin poder informarle exactamente sobre la identidad de ese profeta de desgracia. «Ocozías les dijo, pues: ¿Cómo era ese hombre que ha venido a vuestro encuentro y que os ha pronunciado tales palabras? Y ellos le respondieron: Es un hombre muy velludo, con un cinto de cuero sobre los lomos. Entonces, el rey exclamó: ¡Es Elías! Y al punto envió hacia él un capitán y cincuenta soldados; y como el profeta se había establecido en la cima de un monte, el capitán de los cincuenta hombres le dijo: Hombre de Dios, desciende de tu monte; venimos a buscarte de parte del rey, que quiere verte. Elías respondió al capitán: Si soy hombre de Dios, ¡que el fuego del cielo te consuma, a ti y a tus cincuenta soldados! Al punto, estalló un trueno, y el rayo devoró al capitán y a sus cincuenta hombres.» (v. 7-10)

316. Elías fulmina a los soldados de Ocozías.
Un segundo capitán, igualmente escoltado por cincuenta soldados, fue enviado a Elías por Ocozías; repetición exacta de la escena precedente (v. 11-12). Tercer envío de un capitán. «Este tercer capitán de cincuenta hombres vino, pues, a Elías y se puso de rodillas delante de él, suplicándole así: Hombre de Dios, el fuego del cielo ha descendido a tu voz y ha consumido a los dos primeros capitanes y a sus cincuenta soldados; pero, ahora, ¡que mi vida te sea preciosa, te lo ruego! Entonces, un ángel de Jehová dijo a Elías: Desciende con este capitán y no tengas miedo. Elías fue, pues, hacia el rey, y le dijo: Por cuanto has querido consultar a Baal-Zebub, dios de Ecrón, como si no hubiese Dios en Israel para consultar su palabra, no descenderás de tu lecho, y ciertamente morirás. Murió, pues, Ocozías, y, como no tenía hijo, su hermano Joram le sucedió; y Joram subió al trono de Israel en el segundo año del reinado de Joram, rey de Judá, hijo de Josafat.» (1:13-17)
Lord Bolingbroke, comentando este episodio, se expresa así: «Este Elías, que hace descender dos veces el rayo sobre dos capitanes, y sobre dos compañías de soldados enviados de parte de su rey, no puede ser sino un personaje quimérico; pues si podía así batirse a golpes de rayo, habría conquistado infaliblemente toda la tierra, sólo con pasearse con su criado. Es lo que se decía todos los días a los brujos: Si estáis seguros de que el diablo, con quien habéis hecho un pacto, hará todo lo que le ordenéis, ¿por qué no le ordenáis que os dé todos los imperios del mundo, todo el dinero y todas las mujeres? Lo mismo podía decirse a Elías: Acabas de matar a dos capitanes y a dos compañías de soldados a golpes de trueno, ¡y huyes como un cobarde y como un necio, en cuanto la reina Jezabel te amenaza con hacerte ahorcar! ¿No podías fulminar a Jezabel, como has fulminado a esos dos pobres capitanes? ¿Qué impertinente contradicción hace de ti ora un dios, ora un patán? ¿Qué hombre sensato puede soportar estos detestables cuentos que hacen reír de lástima y estremecerse de horror?»
No se ve, por lo demás, el motivo de esta doble exterminación fulminante. No se dice, en ninguna parte, en el texto sagrado, que Ocozías quisiera hacer echar a Elías en prisión; cuando éste se decide a venir hacia el rey que le llama, le repite su profecía de mal agüero y se va muy tranquilamente. Además, si Ocozías tenía realmente la intención de infligirle la suerte de Micaías, no había necesidad alguna de asesinar por el fuego del cielo a ciento dos militares perfectamente inocentes que no hacían más que obedecer su consigna; bastaba con reducirlos a la impotencia mediante una parálisis súbita y efímera, que habría sido tan maravillosa como los rayos.
Por otra parte, a propósito de Ocozías, de Josafat y de los dos Joram, el libro divino contiene una contradicción material que es bueno señalar; es flagrante.
Se dice en el primer libro de los Reyes, capítulo 22: «Josafat, hijo de Asa, había comenzado a reinar sobre Judá, en el cuarto año del reinado de Acab, rey de Israel. Y Josafat tenía treinta y cinco años cuando comenzó a reinar, y reinó veinticinco años en Jerusalén.» (v. 41-42) Y más adelante, en el mismo capítulo: «Cuando Josafat durmió con sus padres y fue sepultado con ellos, su hijo Joram reinó en su lugar.» (v. 51) Este Joram, rey de Judá, no es otro que el esposo de Atalía, hija de Acab. «Y Ocozías, hijo de Acab, comenzó a reinar sobre Israel en Samaria, en el año decimoséptimo del reinado de Josafat, rey de Judá; y reinó dos años sobre Israel.» (v. 52).
No se podría ser más claro, más preciso. Por consiguiente, puesto que la Biblia nos dice a continuación que Ocozías no tuvo hijo y tuvo por sucesor a su hermano Joram, es matemáticamente evidente que ese Joram, rey de Israel, subió al trono en el año decimonoveno del reinado de Josafat, es decir, cuando Josafat tenía todavía seis años de vida, o sea seis años antes del advenimiento del Joram, rey de Judá, hijo de Josafat y esposo de Atalía.
Es, pues, imposible conciliar el capítulo 22 del primer libro de los Reyes con el capítulo 1º del segundo libro, puesto que aquí el versículo 17 acaba de decirnos: «Joram (hermano y sucesor de Ocozías) subió al trono de Israel, en el segundo año del reinado de Joram, rey de Judá, hijo de Josafat.» Puesto que Joram de Judá sucedió a su padre Josafat ocho años después de la muerte de Acab (según los versículos 42, 51 y 52 del cap. 22), ¿cómo habría podido tener ya dos años de reinado, cuando su cuñado Joram de Israel sucedió a Ocozías, igualmente su cuñado?
He ahí ya una contradicción pasmosa. Pero ¡esperad!... Un poco más adelante, el capítulo 3 de ese mismo segundo libro de los Reyes comienza así: «En el año decimoctavo del reinado de Josafat, rey de Judá, Joram, segundo hijo de Acab, comenzó a reinar sobre Israel en Samaria, y reinó doce años.» (v. 1) ¡Esta vez, hay que retirar la escalera! («hay que retirar la escalera» — fr. «il faut tirer l’échelle», expresión proverbial: después de esto ya no se puede ir más lejos, es el colmo) La contradicción es triple. Este nuevo versículo reduce a un año el reinado de Ocozías, que el versículo 52 del capítulo 22 (primer libro) fijaba en dos años; ¡y la primera contradicción (2.º libro 1:17) había, por el contrario, alargado en ocho años ese reinado del monarca famoso por su caída inexplicada desde una alta ventana!
Que no se nos reproche el detenernos a poner de relieve estas torpezas tan groseras del escritor sagrado. Muestran el j’m’en-fichisme («j’m’en-fichisme» — palabra familiar francesa forjada sobre «je m’en fiche», «me da igual»: indiferencia absoluta y despreocupada) de los sacerdotes que fabricaron esta estúpida, horrible y obscena Biblia, ¡y que ni siquiera se tomaban el trabajo de releerse!
Sin embargo, un gran milagro estaba en el aire. «En aquel tiempo, Jehová se preparaba a arrebatar a Elías en un torbellino; entonces, Elías y Eliseo venían de Gilgal. Y Elías dijo a Eliseo: Quédate aquí, te lo ruego; pues Dios me envía hasta Betel. Pero Eliseo respondió: Tan cierto como que Dios vive y que tu alma no está muerta, no te dejaré. Así descendieron a Betel. Había allí hijos de profetas; vinieron hacia Eliseo y le dijeron: ¿No sabes que hoy Jehová va a arrebatar a tu amo? Él respondió: Lo sé tan bien como vosotros; pero no digáis nada a nadie. Entonces, Elías le dijo: Eliseo, te lo ruego, no vayas más lejos; pues es preciso que me vaya a Jericó, adonde Dios me envía. Elías respondió de nuevo: Tan cierto como que Dios vive, etc. Se dirigieron, pues, a Jericó. Allí también había hijos de profetas; vinieron hacia Eliseo y le dijeron: ¿No sabes que hoy (como arriba; y misma respuesta de Eliseo). Entonces, Elías le dijo: Concédeme esto, quedarte aquí; pues Dios me envía hasta el Jordán. Eliseo respondió: Tan cierto como que Dios vive y que tu alma no está muerta, no, no te dejaré. Así, se fueron más lejos, caminando ambos juntos. Y cincuenta hombres de entre los hijos de los profetas vinieron, y se pararon frente a ellos, a lo lejos; y ellos, se detuvieron junto al Jordán.» (2 Reyes 2:1-7)
«Entonces, Elías tomó su manto y golpeó con él las aguas del río; se dividieron, y pasaron a pie enjuto.

317. Elías separa las aguas del Jordán a golpes de manto.
Cuando hubieron pasado, Elías dijo a Eliseo: Pídeme lo que quieras, antes de que sea arrebatado de junto a ti. Eliseo le respondió: ¡Pues bien! haz que tenga de tu espíritu tanto como dos personas pudieran poseer. Elías repuso: Acabas de pedir algo muy difícil; ahora bien, si cuando yo esté en el aire me ves, es que tu petición habrá sido satisfecha; pero, si no me ves, es que tu petición no habrá sido acogida.

318. Adiós de Elías a su fiel Eliseo
Ahora bien, mientras continuaban su camino, conversando, he aquí que apareció un carro de fuego, con caballos igualmente de fuego. Se encontraron entonces separados el uno del otro. Y Elías subió al cielo en un torbellino.» (2 Reyes 2:8-11) «Y Eliseo, viéndole subir, gritaba: ¡Padre mío! ¡padre mío! ¡carro de Israel y su caballería! Luego, no le vio más; entonces, tomando sus vestidos, los rasgó de arriba abajo en dos pedazos. Después de lo cual, se cubrió con el manto de Elías, que del cielo había caído sobre él, y se volvió hacia el Jordán.

319. Elías, arrebatado al cielo, arroja su manto a Eliseo.
Llegado a la orilla del río, se detuvo, y, despojándose del manto de Elías, se puso a golpear con él las aguas; pero no se dividieron. Entonces Eliseo dijo: Y bien, ¿dónde está, pues, el dios de Elías, el Eterno mismo? Y, habiendo golpeado por segunda vez las aguas, se dividieron a derecha y a izquierda, y Eliseo pasó a pie enjuto.» (2 Reyes 2:12-14)
Algunas preguntas se plantean con toda naturalidad: — Puesto que Jehová había resuelto llevarse al cielo a Elías vivo, en carne y hueso, como hizo antaño con Enoc, ¿por qué imponerle primero ese paseo, vacío de toda acción cualquiera, de Gilgal a Betel, de Betel a Jericó, y de Jericó al Jordán? ¿por qué, además, hacerle pasar el Jordán? el carro de fuego, en el que Elías subió, ¿no podía arrebatarle lo mismo en la orilla derecha que en la orilla izquierda del río? — ¿Qué es esa dosis de espíritu de Elías que pide Eliseo? ¿y, finalmente, obtuvo Eliseo lo que pedía? pues el texto dice bien que Eliseo miró primero a Elías en el momento de su partida por los aires, pero añade, inmediatamente después de sus gritos extraños, que no le vio más; no se sabe, pues, con certeza. — Puesto que los teólogos nos representan como el estado perfecto el de los puros espíritus que, según ellos, pueblan el reino celestial, puesto que nada hay más admirable que un alma que vive en el paraíso, desprendida de toda materia, ¿no contradice formalmente esta tesis el doble caso de Enoc y de Elías? y, por otra parte, ¿de qué puede servirles allá arriba su cuerpo material a ese patriarca y a ese profeta, en el dominio del infinito sobrenatural e inmaterial? ¿en qué es la gloria de Enoc y de Elías, por este hecho, mayor que la de los demás elegidos, puesto que los habitantes del otro mundo no se hallarían mejor por ello, tengan o no una forma, un cuerpo humano? Así, ahora, cuando Elías y Moisés conversan juntos en el cielo, ¿es, pues, una conversación entre un alma sin cuerpo, que se expresa por el solo pensamiento, y un cuerpo animado, que habla con su boca, emitiendo sonidos, mientras que su interlocutor, puro espíritu, no los emite?
En fin, ese carro de luz, esos caballos de fuego, ese torbellino en los aires, ese nombre mismo de Elías (helios, sol) han hecho pensar a lord Bolingbroke y a Boulanger (Nicolas-Antoine Boulanger, 1722-1759, filósofo francés, autor de «L’Antiquité dévoilée par ses usages») que la aventura de Elías no es sino una imitación de la de Faetón, que se sentó en el carro del sol. Ahora bien, la fábula de Faetón fue originariamente egipcia, y es al menos una fábula moral que muestra los peligros de la ambición. Pero ¿qué significa el carro de Elías? Los escritores judíos, dice lord Bolingbroke, no son nunca sino plagiarios groseros y torpes.
He aquí, pues, a Eliseo heredero del manto de Elías y de una parte de su espíritu, por lo menos, si no tiene la doble dosis pedida. Los hijos de los profetas se prosternan ante él (2 Reyes 2:15); en Jericó, sanea para siempre las aguas de la ciudad, arrojando en ellas un puñado de sal (v. 19-22).

320. Eliseo se hace profeta a su vez.
Eliseo había de señalarse aún más. «De allí se dirigió a Betel, y, mientras subía el camino, que era de subida empinada, unos muchachitos se burlaron de él, gritándole: ¡Sube, calvo! ¡sube, calvo!

321. Los chiquillos de Betel se burlan de Eliseo.
Eliseo, volviéndose, los maldijo, en nombre de Jehová. Entonces, dos osos salieron de un bosque y devoraron a cuarenta y dos de aquellos muchachitos.» (v. 23-24)

322. Los osos vengadores del profeta.
«Si esta historia fuese verdadera, dice también lord Bolingbroke, Eliseo se parecería a un criado que acaba de hacer fortuna y que hace castigar a cualquiera que se le ría en las narices. ¡Cómo! execrable lacayo de sacerdote, ¡harías devorar por osos a cuarenta y dos niños inocentes, por haberte llamado calvo! Afortunadamente, no hay bosque alguno en los alrededores de Betel, y no hay osos en Palestina; ese país es demasiado caluroso. Lo absurdo de este cuento hace desaparecer su horror.» Puede añadirse que, para haber devorado veintiún chiquillos en unos pocos bocados, esos dos osos hambrientos salían, sin duda, si no de un bosque, al menos de un bar hebreo donde acababan de ingurgitar un formidable aperitivo.
El capítulo 3 del segundo libro de los Reyes, después de habernos representado al buen rey Josafat todavía vivo, contrariamente a lo dicho en el capítulo 1º, nos cuenta que el señor Mesa («Mesa» — fr. «Mesçah» en Taxil; es el Mesa, rey de Moab, de las Biblias españolas), rey de los moabitas, había pagado a Israel, hasta la muerte de Acab, un tributo anual de cien mil corderos y cien mil carneros «con su lana». Al advenimiento de Ocozías, el señor Mesa juzgó oportuno no pagar más su tributo; pero Joram, al suceder a su hermano en el trono de Israel, se apresuró a reclamar los corderos y los carneros moabitas. Negativa de Mesa, y he aquí a Joram abriendo la campaña, apoyado por dos aliados, Josafat, rey de Judá, y el rey de Idumea. «Pero después de haber caminado durante siete días, no tuvieron más agua ni para su ejército ni para sus bestias. Entonces, el rey de Israel, Joram, dijo: ¡Ay! ¡ay! el Señor nos ha reunido aquí, tres reyes juntos, para entregarnos en manos de Moab. Pero el rey Josafat dijo a su vez: ¿No habría por aquí algún profeta de Adonaí, a fin de que consultemos a Adonaí por él? Uno de los servidores de Joram respondió: Sí, aquí está el boyero Eliseo, hijo de Safat, que era criado de Elías. Y Josafat dijo: Ése posee la palabra de Jehová. Entonces Joram, rey de Samaria, Josafat, de Jerusalén, y el rey de Idumea fueron a buscar a Eliseo.» (v. 9-12) Notemos que el hijo de Acab y el rey de Idumea no profesaban el culto de Jehová; lo que hace decir a lord Bolingbroke: «Si se viera a tres reyes, uno papista y los otros dos protestantes, ir juntos a casa de un capuchino para obtener lluvia, ¿qué se diría de semejante imbecilidad? Y si un fraile capuchino escribiera semejante cuento en los anales de su orden, ¿no se convendría en la verdad del proverbio: Orgulloso como un capuchino?»
«Eliseo dijo al rey de Israel: ¿Qué hay entre tú y yo? ¿y por qué no vas a consultar a los profetas de tu madre Jezabel? Joram respondió: No, es de ti de quien debo saber si Jehová, tu dios, nos ha reunido, a nosotros tres reyes, para entregarnos en manos de los moabitas. Entonces, Eliseo le dijo: ¡Vive Adonaí-Sabaot! si no tuviera gran respeto por el rostro del rey Josafat, ni siquiera te habría escuchado, y no me habría dignado mirarte. Ahora, que me traigan un músico con sus instrumentos de música. Y, habiendo hecho el músico su música, un espíritu de profecía, enviado por Jehová, entró en Eliseo.» (v. 13-15) Es enojoso que el autor sagrado no nos diga cuáles eran esos instrumentos cuya música fue necesaria para permitir al sucesor de Elías profetizar.
«Entonces, Eliseo dijo: De parte de Jehová, os anuncio que hay que cavar en seguida fosas en este valle; no veréis ni viento ni lluvia, y no obstante este valle será llenado de aguas, de las cuales beberéis, vosotros y vuestras bestias. Este prodigio costará poca cosa a Jehová; pero hará más aún por vosotros: os entregará a los moabitas. Y Jehová os ordena, por mi boca, destruir después de la victoria todas sus ciudades fuertes y todas sus ciudades principales; talaréis todos sus árboles frutales, cegaréis todas sus fuentes, y cubriréis de guijarros todos sus campos.» (v. 16-19) En estas condiciones, especificadas por papá Buen Dios, ya no se ve, desde entonces, para qué podía servir la victoria; pues los israelitas habían declarado la guerra a los moabitas únicamente para obligarlos a darles cada año cien mil corderos y cien mil carneros, como en el pasado. El triunfo, al ser seguido de una devastación completa, los dejaba, pues, privados para siempre del tributo codiciado.
«Al día siguiente de esta profecía, aconteció, por la mañana, que se vieron venir aguas corriendo por el camino de Idumea, de suerte que todas las fosas que se habían cavado quedaron llenas de aguas.» (v. 20) La segunda parte de la profecía se realizó como la primera: los moabitas, habiendo dado el asalto al campamento de Israel, fueron vergonzosamente derrotados. «Los moabitas huyeron, y los israelitas, persiguiéndolos, entraron en su país y los mataron. Y destruyeron sus ciudades; y cada uno traía piedras y las arrojaba en los mejores campos, de suerte que ya no se veían más que guijarros; y cegaron todas las fuentes y talaron todos los árboles frutales, hasta no dejar más que las piedras en Kir-hareset, que los honderos rodearon y vencieron. El rey de los moabitas vio entonces que no era el más fuerte; por lo cual escogió los setecientos de sus soldados que mejor manejaban la espada, y, poniéndose a su cabeza, quiso llegar hasta el rey de Idumea; pero no pudo avanzar hasta allá. Entonces, dijo a su hijo primogénito que subiera a lo alto de una muralla; era ese hijo primogénito el que debía reinar en su lugar; y el rey Mesa subió también a la muralla, y allí se arrojó sobre su hijo y lo degolló. Esta acción causó tal horror a los israelitas, que se retiraron en seguida del país que habían invadido y se volvieron, los unos a Jerusalén, los otros a Samaria.» (2 Reyes 3:24-27)
Como historia idiota, creo que esta puede ponerse en primera fila; no necesita comentario alguno.
Eliseo se nos muestra luego reeditando los milagros de Elías, con ligeras variantes. Así, encuentra (la Biblia no dice dónde) a la viuda de un hijo de profeta, que está desolada porque su difunto marido le ha dejado deudas, y, como no puede pagarlas, los acreedores quieren tomarle sus dos hijos y venderlos como esclavos (2 Reyes 4:1). Eliseo pide a la viuda que le declare lo que posee. La viuda responde: Tu sierva no tiene más que una vasija de aceite en toda su casa (v. 2). Es todo lo que necesita Eliseo; le manda, pues, a la viuda que vaya a pedir prestadas a todos sus vecinos sus vasijas vacías, sean las que fueren: luego, que se encierre en su casa con sus hijos y que vierta el aceite de su vasija en los otros vasos. Se adivina el milagro: la vasija de la viuda se vuelve inagotable. La buena mujer, maravillada, va a buscar a Eliseo, a darle las gracias, y «el hombre de Dios le dijo: Hazte vendedora de aceite; porque ahora tienes aceite cuya venta te servirá para pagar tu deuda, y aun tú y tus hijos viviréis del resto de ese aceite hasta el fin de vuestros días.» Lo más notable de este milagro no es su semejanza con el de Elías en favor de la viuda de Sarepta; es que Eliseo ya no haya tenido necesidad de música para obrarlo.
«Cierto día, Eliseo, pasando por la aldea de Sunem, reparó allí en una mujer, propietaria muy rica y muy atenta; esta mujer lo invitó, con las más vivas instancias, a comer en su casa; por eso, cada vez que Eliseo venía a Sunem, se detenía en casa de esta mujer para tomar allí su comida.

323. Eliseo invitado a comer por la sunamita.
Ahora bien, la rica sunamita estaba casada, y dijo a su esposo: Estoy segura de que este hombre, que acepta comer en nuestra casa, es un santo hombre de Dios. Démosle, te lo ruego, un aposento en la casa, en el piso de arriba; le pondremos una cama, una mesa, una silla y una lámpara, a fin de que pueda dormir bajo nuestro techo cuando en adelante venga a visitarnos.

324. La sunamita decide a su marido a dar un aposento a Eliseo.
Aconteció, pues, que el primer día que Eliseo volvió a Sunem, esta mujer le ofreció el aposento que había preparado, y Elías (sic: «Élie» en el original, por Eliseo) descansó en él. Luego, dijo a Giezi, su siervo: Haz subir hacia mí a esa sunamita. Y ella vino. Entonces, Eliseo dijo a Giezi: Pregunta a esta mujer, que tantos cuidados tiene con nosotros, qué quiere que yo haga por ella; por ejemplo, si tiene algún asunto por el cual yo pudiera hablar en su favor al jefe del ejército o incluso al rey en persona. Ella respondió: No necesito protección alguna, porque habito en medio de los sunamitas, que me son todos muy adictos. Eliseo repuso, dirigiéndose a Giezi: Debemos, sin embargo, recompensarla por todos sus cuidados para con nosotros; ¿qué habría, pues, que hacerle que le fuera agradable? Giezi le respondió: ¿Acaso eso se pregunta? ¿no ves que no tiene hijo alguno y que su marido es viejo? (Sic.) Eliseo la hizo, pues, volver al aposento. Luego, le dijo: El año que viene, en esta misma estación, abrazarás un hijo.

325. Eliseo anuncia a la sunamita que tendrá un hijo.
Entonces, ella le respondió: ¡Oh, buen señor, hombre de Dios, quiera el cielo que no hayas mentido a tu sierva! Aquella mujer concibió, pues, y dio a luz un hijo al cabo del año.» (2 Reyes 4:8-17)
Una particularidad llama la atención desde el principio en este relato: Eliseo, en cuanto está alojado y alimentado por una devota, ya no posa como si estuviera en malos términos con el rey (Sunem, al pie del monte Gilboa, en la tribu de Isacar, formaba parte del reino de Israel); en su afán de hacerse el amable, Eliseo ofrece sus servicios ante Joram, como si fuera uno de sus favoritos, ¡y es ese mismo rey Joram a quien declaraba insolentemente hace un momento que no se dignaba mirarlo ni hablarle!... Se habrá notado también que el texto no dice expresamente que fuera el profeta quien le hizo un hijo a esta devota; pero el autor lo deja sospechar. Nada indica que el viejo marido recobrara las fuerzas necesarias. Sin embargo, en lo que sigue de la historia, el buen hombre es calificado de «padre»; pero ¿era padre a la moda de san José?... («padre a la moda de san José» — fr. «père à la mode de saint Joseph», padre solo de nombre, no el que engendró al niño)
«El niño, habiéndose hecho grande, iba a jugar entre los segadores. Ahora bien, una mañana en que había ido a reunirse con su padre en los campos de trigo, este niño dijo de repente: ¡Mi cabeza! ¡mi cabeza! Su padre lo hizo llevar en seguida a su madre por un criado. La madre tomó al niño sobre sus rodillas y lo tuvo allí hasta el mediodía; en ese momento, murió. Entonces, esta mujer subió al aposento alto, depositó al niño sobre la cama del profeta, y salió, después de haber cerrado bien la puerta. Luego gritó a su marido: Envíame uno de tus criados y una asna, e iré al hombre de Dios; luego, volveré. Su marido le dijo: ¿Por qué vas a él hoy? No es ni la luna nueva, ni el sábado. Ella respondió: Todo va bien. Hizo, pues, ensillar el asna y se puso en camino con el siervo. Así, vino al hombre de Dios, sobre el monte Carmelo; y en cuanto Eliseo la divisó a lo lejos, dijo a Giezi: He aquí la sunamita. Y añadió: Ve a toda prisa a su encuentro, y pregúntale si ella, su marido y su hijo están bien. Y ella respondió: Bien. Luego, vino al hombre de Dios sobre el monte y abrazó sus pies. Giezi se acercó para apartarla; pero Eliseo le dijo: Déjala, porque tiene el corazón oprimido; y Jehová me lo ha ocultado. Entonces, la sunamita dijo: Mi buen señor, yo no te pedí un hijo, y cuando me anunciaste uno, deseé no ser engañada por ti. Eliseo dijo a Giezi: Cíñete el cinturón, toma mi bastón en tu mano y vete; si encuentras a alguien en tu camino, no lo saludes, y si alguien te saluda, no le respondas; luego pondrás mi bastón sobre el rostro del niñito, para resucitarlo. La madre dijo a Eliseo: No te dejaré aquí; quiero llevarte conmigo. Y él se levantó y la siguió. Ahora bien, Giezi, habiéndose ido antes que ellos y caminando muy de prisa, llegó el primero a Sunem; puso el bastón sobre el rostro del niñito, pero el niño no se movió en absoluto, y el habla y el sentido no le volvieron. Volvió, pues, sobre sus pasos, al encuentro de Eliseo, a quien dijo: He hecho lo que me ordenaste; pero el niño no se ha despertado, sigue muerto.» (2 Reyes 4:18-31)
Uno se pregunta aquí por qué Eliseo envió a su criado a resucitar al niño con su bastón, puesto que sabía bien, en su calidad de profeta, que Giezi no lo resucitaría. Uno se pregunta por qué le ordenó no saludar a nadie en su camino: está claro que era para ir más de prisa; pero ¿por qué correr tan de prisa para no hacer nada? ¡He ahí muchas pantomimas inútiles!
«Eliseo entró, pues, a su vez en la casa; y he aquí que el niñito estaba muerto y acostado en su cama. Cerró tras sí la puerta del aposento, y oró a Jehová. Luego, subió a la cama, se acostó sobre el niño, puso su boca sobre la del niño, sus ojos sobre sus ojos, sus manos sobre sus manos, y se tendió sobre él; entonces, la carne del niñito comenzó a calentarse. Pero Eliseo no permaneció constantemente sobre el cuerpo del niño: dejaba el aposento y andaba por la casa, ora aquí, ora allá; luego, volvía a subir de vez en cuando y se tendía de nuevo sobre el niño. Por fin, el niñito estornudó siete veces y abrió los ojos. Entonces, Eliseo llamó a Giezi y le dijo: Haz subir a la madre. Y, habiendo venido esta, le entregó a su hijo en muy buena salud. La sunamita se arrojó a los pies del profeta, se prosternó con el rostro contra el suelo; luego, tomó a su hijo y se fue.» (v. 32-37)
Los críticos se burlan de este milagro de Eliseo, que no se distingue del de Elías más que por la sobreabundancia de contorsiones. Pero los teólogos dicen que hay ahí un sentido místico; a saber, que hay que proporcionarse a los pequeños para hacerles bien. Hay incluso Padres de la Iglesia que han profundizado aún más este episodio; según ellos, nada es más importante que el incidente del bastón que, en manos de Giezi, no pudo obrar el milagro, cuyo éxito estaba reservado a Eliseo solo: Giezi y el bastón representan a la Sinagoga, a quien Dios no permite resucitar a la humanidad; Eliseo, por el contrario, figura a la Iglesia romana, a quien todo le sale bien para hacer la felicidad de los pueblos, como todo el mundo sabe.
Con Eliseo, no hemos terminado de reír. «El profeta volvió de Sunem a Gilgal y encontró el hambre en el país.» ¡Otra vez y siempre el hambre! ¡y prueba, siempre, de que ese hermoso país de Canaán, con esas montañas peladas, sus cavernas, sus precipicios, su lago de Sodoma, y su desierto de arena y guijarros no era del todo tan fértil como papá Buen Dios lo había hecho anunciar a su pueblo por la voz de Moisés! «Eliseo vio a los hijos de los profetas, sentados en círculo en el suelo y sin tener nada que comer. Entonces, dijo a Giezi: Pon ahí una olla grande; porque vamos a hacer un buen potaje para los hijos de los profetas. Después de lo cual, envió a su criado a los campos a recoger lo que encontrara. Giezi fue y trajo coloquíntidas silvestres en gran cantidad; y nadie sabía lo que era. Y Eliseo hizo poner todas esas coloquíntidas, cortadas en pedazos, en la olla que estaba sobre el fuego, en medio de los hijos de los profetas.» La coloquíntida es una especie de pequeña calabaza, extremadamente amarga, que se empleó antaño en medicina como purgante, pero a la que se ha renunciado, porque tenía un gusto demasiado malo. Se ve por ahí el hermoso potaje que Eliseo estaba haciendo confeccionar para sus amigos de Gilgal. «Se sirvió, pues, ese potaje, y algunos de los hijos de los profetas se pusieron a comerlo; pero, desde los primeros bocados, escupieron y gritaron a Eliseo: ¡Hombre de Dios, has puesto la muerte en esta olla! Y todos se negaron a comerlo. Entonces, Eliseo dijo: Que me den un poco de harina. Echó tres pizcas de harina en la olla, y dijo: El pueblo comerá de este potaje; que se le distribuya. Y los hombres del pueblo comieron de buena gana; porque lo que salía de la olla de Eliseo se había vuelto muy bueno.» (2 Reyes 4:38-41)
«Ahora bien, vino un hombre de Baal-salisa que trajo al profeta las primicias de su cosecha, a saber, veinte panes de cebada y grano en espiga con su paja. Eliseo dijo: que se distribuya eso a este pueblo, a fin de que todos coman a su apetito. Pero Giezi le respondió: ¿Cómo quieres que se distribuya esto? aun repartiéndolo muy menudo; no hay con qué darle a cien personas. Eliseo repuso: Da, te digo, da a este pueblo, y que coman; porque el Eterno me hace saber que comerán y que sobrará. Se distribuyó, pues, el pan al pueblo, y cada uno tomaba del montón, y siempre había pan para los que se presentaban después; comieron todos a su apetito, y dejaron mucho.» (2 Reyes 4:42-44)

326. Primera edición del milagro de la multiplicación de los panes.
Lo más notable de este milagro es que fue, más tarde, imitado por el Cristo; pero entonces, Eliseo, estando muerto y enterrado desde hacía mucho tiempo, no pudo entablar al hijo de María un proceso por plagio.
El capítulo 5 está consagrado a la historia de Naamán, otro de esos personajes supuestamente muy conocidos, al decir de la Biblia, pero de quienes ningún historiador ha hablado. «En aquel tiempo, vivía Naamán, general en jefe de los ejércitos de Siria, hombre muy poderoso ante su rey, y que era muy honrado en su país, porque los sirios le debían su liberación; así lo había querido Jehová; pero este hombre muy valiente era leproso. Ahora bien, su mujer tenía a su servicio a una joven judía, que había sido tomada por ladrones sirios en una incursión en las tierras del rey de Israel. Esta joven dijo, pues, a su ama: Desearía mucho que mi señor Naamán se presentase ante el profeta que mora en Samaria; ese pronto lo habría curado de su lepra.» (v. 1-3)

327. El buen general Naamán, hombre valiente, pero leproso.
Habiendo sido repetidas estas palabras al general, este pidió a su rey una licencia, que le fue concedida; el rey de Siria le prometió, además, enviar al rey de Israel una carta de amistad, a fin de que tuviera buena acogida en el país. Naamán partió, llevándose diez talentos de plata, seis mil piezas de oro y diez túnicas de recambio (v. 4-5). Pero he aquí que el rey de Siria había cometido un equívoco. Cuando el rey de Israel, Joram, abrió la carta, leyó en ella esto: «En cuanto esta carta te haya llegado, sabrás que te he enviado a mi general Naamán, a fin de que lo cures de la lepra.» (v. 6). Se comprende la estupefacción de Joram ante esta lectura; pero se comprende menos la manera en que tomó la cosa, al decir de la Biblia: «En cuanto el rey de Israel hubo leído la carta, rasgó sus vestidos exclamando: ¿Soy yo un dios con el poder de hacer morir y de devolver la vida, para que ese rey me envíe un hombre a curar de la lepra? Vamos, el rey de Siria me busca querella.» (v. 7)
Afortunadamente, Eliseo tuvo conocimiento de lo que pasaba, y mandó decir a Joram que no tenía más que enviarle a Naamán. Siete baños en el Jordán, según la receta de Eliseo, libraron completamente al buen general de su lepra: «al séptimo baño, su carne le volvió semejante a la carne de un niño pequeño». A decir verdad, Naamán se había sorprendido al principio de la receta del profeta: no pensaba haber venido de tan lejos para tener que bañarse pura y simplemente; había, pensó, hermosos ríos en Damasco que habrían podido curarlo; pero se le hizo comprender que esos ríos no tenían la virtud del Jordán, purificante por la virtud de Eliseo.

328. Naamán es curado por el agua del Jordán.
Apenas curado, vino a dar las gracias al profeta: «Ahora conozco, le dijo, que no hay, en toda la tierra, otro dios verdadero que el que está en Israel. Por eso, te lo ruego, acepta los presentes de tu siervo.» Eliseo rehusó esos presentes, a pesar de las instancias de Naamán (v. 8-16).

329. Eliseo rehúsa los presentes del general agradecido.
«Naamán dijo además al profeta: No haré más holocaustos a otros dioses; pero te pido que ruegues a tu dios que me perdone esto: cuando el rey mi amo entre en el templo de Rimón para prosternarse allí ante el dios de los sirios, será preciso que yo me prosterne con él; que Jehová quiera, pues, perdonarme, cada vez que me prosterne con mi rey ante Rimón. Eliseo le respondió: Que tu alma esté en paz.» (v. 17-19)
Pero el desinterés de Eliseo en estas circunstancias no le convenía a Giezi, su criado. Cuando Naamán se hubo marchado, Giezi corrió tras él, lo alcanzó en el campo y le dijo: Eliseo mi amo no ha querido nada para sí; pero dos jóvenes hijos de profetas muy pobres acaban de llegarle de Efraín; por eso Eliseo te ruega que me entregues, para esos jóvenes, un talento de plata y dos túnicas de recambio. Naamán, todo gozoso, dio a Giezi, no uno, sino dos talentos, y las dos túnicas. De vuelta en su casa, Giezi fue castigado por su indelicadeza: la lepra, de la que el general había sido librado, había pasado a él. (v. 20-27)

330. Giezi, habiendo tomado el dinero, coge la lepra.
Eliseo realizó aún numerosos milagros.
Uno de esos personajes que el autor sagrado designa bajo ese nombre vago de «hijos de profetas», hallándose a orillas del Jordán, cortaba leña, un buen día. «Pero aconteció que, mientras derribaba un tronco, el hierro de su hacha cayó al agua; exclamó: ¡Ay!... Eliseo le dijo: ¿Dónde ha caído tu hierro? El otro le mostró el lugar. Entonces Eliseo cortó un pedazo de madera, lo arrojó allí, y al punto el hierro vino a nadar en la superficie del agua.» El hijo de profeta no tuvo más que tomarlo y volver a ajustarlo al mango (2 Reyes 6:1-7). El milagro habría sido aún más hermoso si el hierro hubiera venido a ajustarse por sí mismo.

331. Milagro estupendo del hacha.
Otro milagro, que muestra hasta qué punto Jehová protegía a Eliseo:
«Ahora bien, el rey de Siria, durante la guerra que hacía a Israel, celebraba consejo con sus oficiales, y se acordaba que el campamento se establecería en tal lugar. Pero Eliseo mandaba en seguida a prevenir al rey de Israel; y Joram tomaba medidas en consecuencia, según lo que le había revelado el hombre de Dios; estaba así siempre en guardia, y esto ocurrió más de una y dos veces. El corazón del rey de Siria se turbó por ello; reunió a sus oficiales y les dijo: Hay que descubrir cuál es el de los nuestros que previene al rey de Israel de todo lo que hemos resuelto hacer. Uno de los oficiales le respondió: Señor, no hay traidor entre nosotros; pero Eliseo el profeta, que está en Israel, sabe todo lo que decimos y revela al rey Joram las mismas palabras que dices de noche en la cámara donde duermes. El rey de Siria dijo entonces: Si es así, hay que saber dónde está ese Eliseo, a fin de que nos apoderemos de él; es la cosa más importante para el éxito de nuestra guerra. Vinieron a informar al rey de que Eliseo estaba en Dotán, y envió allá caballos y carros, y tropas numerosas, que, a favor de la noche, rodearon la ciudad. Y he aquí que el siervo del profeta, habiéndose levantado muy de mañana y habiendo visto la ciudad cercada por el ejército sirio, vino a contárselo a Eliseo, diciéndole: ¡Ay! ¿cómo saldremos de esta? Eliseo le respondió: No tengas miedo; porque los que están con nosotros son en mayor número que los que están con ellos. Y el profeta hizo esta oración al Eterno: Oh Jehová, abre los ojos de mi siervo, a fin de que vea. Entonces, el siervo, habiéndole sido abiertos los ojos por Dios, miró y vio que el monte estaba cubierto de caballos de fuego y de carros de fuego todo alrededor de Eliseo. Luego, las tropas sirias descendieron para prender al profeta, y Eliseo dijo a Jehová: Oh Eterno, Dios mío, te lo ruego, hiere a estos soldados enemigos de ceguera. Al punto, los soldados sirios se volvieron ciegos.» (v. 8-18)

332. Sirios heridos de ceguera.
Aquí, la aventura se convierte en la comedia más bufa que sea posible soñar. Imagínese uno a esos desdichados militares, tanto los oficiales como los soldados, heridos de repente de ceguera, y no se olvide sobre todo que se trata de un ejército muy numeroso, puesto que la ciudad donde se halla el profeta está enteramente cercada y hay allí infantería, caballería y carros de guerra. Pues bien, si semejante milagro pudiera producirse, parece que esos millares de hombres, en su desolación por haber perdido la vista, no habrían pensado ya más que en levantar el sitio, en implorar la piedad de los israelitas, cuyo territorio habían invadido, y habrían suplicado que los recondujeran a sus casas, felices incluso de librarse a tan buen precio. ¡Nada de eso! Según la Biblia, esas tropas ciegas no dejaron por ello de tener la pretensión de apoderarse de Eliseo. Y entonces el autor sagrado hace tragar a los fieles una de las más monumentales supercherías («supercherías» — fr. «fumisteries», argot: embustes, bromas pesadas de farsante) que hayan sido escritas por un sacerdote que se burla de sus crédulas ovejas: Eliseo se ofrece a conducir a los oficiales y soldados sirios en busca de Eliseo; esos ciegos idiotas aceptan, y el profeta los arrastra así tras de sí hasta la capital del reino, donde helos ahí prisioneros. Esta patraña es tan insensata, que es necesario reproducir una vez más el texto divino. «Eliseo vino entonces hacia los sirios, vueltos ciegos, y les dijo: No es esta la ciudad donde encontraréis al hombre que buscáis; venid tras de mí, y os llevaré a ese hombre. Y los llevó a Samaria.» (2 Reyes 6:19).
Representaos, con el pensamiento, esas tropas siguiendo al profeta à la queue-leu-leu («à la queue-leu-leu» — fr. en fila, uno tras otro; literalmente «a la cola, lobo, lobo», como lobos que van en hilera); representaos a todos esos ciegos caminando de Dotán a Samaria, cada uno sujetando el faldón del vestido del que marcha delante de él, y el primero de esos millares de hombres sujetando por una punta de su túnica al guía Eliseo. Después de esto, ¡decid si es posible a una religión burlarse más alegremente de la fe de sus fieles!
«Y aconteció que, tan pronto como los sirios hubieron entrado en Samaria, Eliseo, habiendo hecho cerrar de nuevo las puertas, dijo: Oh Eterno, abre sus ojos, para que ahora vean. Y Jehová abrió sus ojos; y se vieron prisioneros en medio de Samaria.». (v. 20).
Pero bien está lo que bien acaba, y se va a comprobar que Eliseo, magnánimo aquel día, no abusó de su triunfo. «Tan pronto como el rey de Israel hubo visto a las tropas sirias a su merced, dijo a Eliseo: Padre mío, ¿heriré? ¿heriré? Y él respondió: No los herirás. ¿Herirías tú con tu espada y con tu arco a los que tú mismo hubieras tomado prisioneros? Al contrario, pon pan y agua delante de ellos, y que coman y beban, y que se vuelvan al rey su señor. Y les hizo dar un gran festín; luego, los dejó ir; y se volvieron a su país. Desde aquel tiempo, las tropas sirias no volvieron más al país de Israel.» (v. 21-23)
Lo que se acaba de leer va ahora, inmediatamente, a verse contradicho por lo que sigue. ¡Eso es la Sagrada Escritura! El versículo 23 nos afirma que, por el hecho de la generosidad de Eliseo, el reino de Israel tuvo para siempre la paz con el reino de Siria. Leed, pues, el versículo 24: «Pero aconteció, después de estas cosas, que Ben-adad, rey de Siria, reunió todo su ejército, y partió en guerra y sitió Samaria.» Los curas, para no tener que explicarse sobre estas contradicciones por demás estúpidas, no hablan, en sus manuales de historia sagrada, más que del milagro de la ceguera de los sirios.
He aquí, pues, a Ben-adad de nuevo en escena; es ese Ben-adad que el rey Acab había dejado escapar, como quizá se recuerda. «Y hubo una gran hambre en Samaria; la cabeza de un asno se vendía allí en ochenta piezas de plata, y un cuarto de fanega de estiércol de palomas en cinco piezas de plata.» ¡Ya está! está con todas sus letras, es el versículo 25. «Y como el rey de Israel pasaba un día a lo largo de las murallas, una mujer le gritó: Oh rey, mi señor, ¡sálvame! Y el rey le respondió: ¿Cómo puedo salvarte, puesto que Jehová no viene en nuestra ayuda? No tengo ni pan ni vino; y tú, ¿qué tienes? Y la mujer prosiguió: He aquí a mi vecina que me dijo: Dame tu hijo, para que lo comamos hoy, y mañana comeremos el mío. Cocimos, pues, a mi hijo y lo comimos. Le dije al día siguiente: Cozamos a tu hijo, para que lo comamos. Pero ella no quiere hacer nada de eso, y ha escondido a su hijo. El rey, habiendo oído esto, rasgó sus vestidos, y entonces el pueblo vio que tenía un saco sobre su carne por dentro (?). Y el rey dijo además: ¡Que Dios me extermine, si la cabeza de Eliseo queda hoy sobre sus hombros! pues es él quien nos vale esta hambruna.» (2 Reyes 6:26-31).
«Ahora bien, Eliseo estaba en su casa, y unos ancianos se hallaban con él. El rey envió, pues, hacia él a un hombre; pero, mucho antes de que llegara, el profeta dijo a sus amigos: Tened cuidado; cuando venga un mensajero del rey, cerrad bien la puerta; porque ese hombre viene a cortarme el cuello. Mientras hablaba, el verdugo llegó y dijo: El mal que sufrimos ha salido de la mano del Eterno; ¿qué más podremos esperar de Jehová?» (2 Reyes 6:32-33) Afortunadamente, si Eliseo era causa de la hambruna, pronto iba a cambiar la faz de las cosas; saboread. «Entonces, Eliseo dijo: Escuchad al Eterno que habla por mi boca: mañana, a esta misma hora, el saco de flor de harina se venderá en un siclo (treinta y dos sous) («sous» — fr. antigua moneda francesa: un sou era la vigésima parte de un franco, cinco céntimos), y por un siclo también se tendrán dos sacos de cebada.» (2 Reyes 7:1)
«Durante aquel tiempo, el Señor hizo oír en el campamento de los sirios un gran ruido de carros, y de caballos, y de un gran ejército, de suerte que Ben-adad creyó que el rey de Israel había pagado al rey de los heteos y al rey de Egipto para venir en su ayuda. Y todos los sirios, espantados, huyeron durante la noche, abandonando sus tiendas, sus caballos, sus asnos, y no pensando más que en salvar su vida (v. 6-7)... Todo el pueblo salió en seguida de Samaria y saqueó el campamento de los sirios, de suerte que se vendió el saco de flor de harina por un siclo y los dos sacos de cebada por un siclo también.» (v. 16)
El capítulo 8, después de habernos hecho saber que la sunamita, cuyo hijo había resucitado Eliseo, se fue a pasar siete años entre los filisteos para no tener que sufrir la hambruna, nos cuenta la historia del capitán Hazael. Para comprender, hay que recordar que, cuando Elías (no Eliseo, s. v. p. («s. v. p.» — fr. abreviatura de «s’il vous plaît», «por favor»)) estaba en el monte Horeb, Jehová, que lo había hecho venir allí, le dijo, tras el temblor de tierra y el incendio de las rocas: «Vuelve a empezar todo el camino que has hecho (cuarenta días y cuarenta noches de marcha), regresa y vete a Damasco; allí, ungirás a Hazael por rey sobre Siria; ungirás también a Jehú, hijo de Nimsi, para que sea rey sobre Israel, etc.» (1 Reyes 19:15-16) La Biblia no se toma la molestia de explicar por qué Elías no ungió jamás ni a Hazael ni a Jehú; habiendo pronunciado papá Buen Dios las palabras que acaban de ser puestas de nuevo ante los ojos del lector, no se volvió a hablar de ello, eso es todo. Ahora, estamos en Eliseo; el escritor sagrado piensa de pronto en Hazael y en Jehú, y mal que bien va a reparar su olvido, puesto que tiene a Eliseo a mano. ¡Por fin! ¡vamos a saber qué es ese Hazael!
«Eliseo se dirigió a Damasco, y, en el tiempo de aquel viaje, Ben-adad, rey de Siria, estaba enfermo. Sus gentes vinieron a toda prisa a decirle: El hombre de Dios acaba de llegar. Entonces, el rey dijo a Hazael: Que se vaya pronto al encuentro del profeta de Jehová con muchos presentes, y que se le consulte para saber si sanaré. Hazael fue, pues, hacia Eliseo, con cuarenta camellos cargados de regalos magníficos, y cuando estuvo delante de Eliseo, le dio parte de su misión, a saber, si el rey Ben-adad sanaría de su enfermedad. Eliseo le respondió: Vete, y dile que ciertamente sanará; pero, en cuanto a ti, sabe que Jehová me ha dicho, al contrario, que ciertamente tu rey morirá.» (2 Reyes 8:7-10) Uno se pregunta si sueña, cuando lee semejantes burradas. ¿Por qué Eliseo, sabiendo por Dios que Ben-adad va a morir, dice a Hazael que anuncie a su amo su curación? ¿y por qué, él, profeta, se muestra ante Hazael bajo la luz poco favorable de un mentiroso, consciente de su mentira? La Biblia no lo explica. Tanta necedad desconcierta. ¡Y he ahí el libro fundamental de una religión!...
«Después de lo cual, el hombre de Dios, fijando su vista en Hazael, lo miró largo rato; luego, lloró. Hazael le dijo: ¿Por qué llora mi señor? Eliseo le respondió: Es que sé que harás gran mal a los hijos de Israel; quemarás sus ciudades, matarás a espada a los jóvenes, aplastarás la cabeza de los niños pequeños; rajarás el vientre de las mujeres encintas.» (v. 11-12) Supongo que, si un señor os hablara así y si estuvierais convencidos de la veracidad de los profetas, retrocederíais, sobrecogidos de horror, al oír ese lenguaje; ¿qué pensaréis, pues, de la respuesta del capitán Hazael? «Y Hazael le dijo: ¿Cómo quieres que yo haga tan grandes cosas (sic), yo que no soy más que un perro? Y Eliseo añadió: Jehová me ha revelado todo esto, y sé por él que serás rey de Siria. Entonces, Hazael dejó a Eliseo y volvió hacia Ben-adad, su amo, quien le preguntó: ¿Qué ha dicho el profeta? Hazael le respondió: Me ha dicho que sanarás de tu enfermedad. Pero, al día siguiente, Hazael tomó una piel de cabra, la empapó en agua y la aplicó toda mojada sobre el rostro de Ben-adad, de suerte que este quedó ahogado; y Hazael reinó en su lugar.» (v. 13-15) Esta manera de apoderarse de una corona es excesivamente poco complicada; como se ve, ninguno de los herederos de Ben-adad reclamó.
Gracias al final de este capítulo, sabemos que, en sus últimos años, el viejo Josafat asoció al trono a su hijo Joram, el esposo de Atalía; lo cual está un tanto en contradicción con lo que hemos leído anteriormente, puesto que se ha dicho (1 Reyes 22:51) que ese Joram de Judá, hijo de Josafat, subió al trono después de la muerte de su padre. Pero, si tuviéramos que detenernos en todas las contradicciones de la Biblia, ¡no acabaríamos nunca! — Joram de Judá anduvo por mal camino; lo mismo que su cuñado Joram de Israel, hizo todo lo que podía desagradar a Jehová. Por eso fue castigado con la rebelión de los idumeos, que dejaron de pagarle tributo. Joram de Judá tenía treinta y dos años, en el momento de su advenimiento, se dice además, y reinó ocho años. Cuando murió, Joram de Israel estaba en el duodécimo año de su reinado. A Joram de Judá sucedió Ocozías, su hijo, hijo por tanto de Atalía. Ocozías tuvo la corona paterna a los veintidós años, no adoró a Jehová y no duró más que un año. Se alió con su tío Joram de Israel, para hacer la guerra a Hazael, rey de Siria; pero Hazael derrotó a Joram y a Ocozías. «Y Joram, rey de Israel, se volvió a Jezreel para hacerse curar las heridas que había recibido de los sirios en Ramá, cuando combatía contra Hazael; y Ocozías, hijo de Joram, rey de Judá, descendió para visitar a Joram, hijo de Acab, en Jezreel, porque estaba enfermo.» (v. 29) Lector, no vais a tardar en estremeceros; porque terribles matanzas están en preparación por la voluntad divina.
«En aquel tiempo, el profeta Eliseo llamó a uno de los hijos de los profetas y le dijo: Ponte un cinturón bien apretado alrededor de tus lomos, toma esta pequeña redoma de aceite, y vete a Ramot de Galaad; cuando estés allí, verás a Jehú, hijo de Josafat, hijo de Nimsi, y, habiéndolo hecho entrar en una cámara secreta, le derramarás sobre la cabeza todo el contenido de tu redoma, diciéndole: He aquí cómo habla Adonaí: Yo te unjo rey de Israel. Después de lo cual, abrirás la puerta, y huirás a todo correr.» (2 Reyes 9:1-3) El joven profeta, que había reemplazado a Giezi junto a Eliseo, se dirigió, pues, a Ramot y ejecutó fielmente estas instrucciones, con gran pasmo del capitán Jehú. No obstante, una vez que hubo recibido su aceite, se dijo que aquella unción era cosa de lo más seria, y contó a los demás oficiales de la guarnición lo que acababa de sucederle. «Entonces, los oficiales tomaron cada uno sus vestidos y los pusieron debajo de él, de manera que lo elevaran muy alto, y tocaron la trompeta, y exclamaron: ¡Viva Jehú, que ha sido hecho rey! Así, Jehú, hijo de Josafat, hijo de Nimsi, hizo una conjuración contra Joram, rey de Israel.» (v. 13-14)

333. El capitán Jehú se proclama rey de Israel.
Henos ahora caídos de nuevo en un espantoso laberinto de asesinatos sin fin. Hemos visto la horrible misión dada a Hazael de parte de Dios, misión que comienza por el asesinato de Ben-adad y que ha de continuar con las carnicerías más atroces: el nuevo rey de Siria deberá aplastar la cabeza de los niños pequeños y rajar el vientre de las mujeres encintas. Jehú, también él, tiene la orden de revolcarse en la sangre. El crimen de los Joram, Ocozías y demás príncipes era adorar a Baal en lugar de Adonaí. Así es como la Biblia enseña la tolerancia.
Habiendo sido proclamado rey por la guarnición sublevada de Ramot-Galaad, «Jehú montó a caballo y se fue a Jezreel; porque Joram, rey de Israel, estaba allí enfermo, y Ocozías, rey de Judá, su sobrino, estaba allí también, habiendo venido a visitarlo. Ahora bien, un centinela, colocado sobre una torre en Jezreel, vio la tropa de Jehú que venía y la señaló. Y Joram envió un mensajero para decir: ¿Qué significa ese movimiento de tropas? ¿no estamos en paz?» (v. 16-17). No volviendo ese mensajero, Joram envió otro que tampoco volvió. «Entonces, Joram hizo enganchar su carro, subió a él, Ocozías subió por su parte a su carro, y habiendo salido de Jezreel, fueron al encuentro de Jehú. Y en cuanto Joram lo hubo divisado, le dijo: ¿Traes la paz, Jehú? Pero Jehú respondió: ¿Qué paz sería, pues, posible, mientras tu madre Jezabel se entrega a la prostitución y multiplica todos los días el número de sus encantamientos?» (v. 21-22)
Para saborear en todo su sabor este reproche de Jehú a propósito del desenfreno de la reina Jezabel, es necesario entregarse a un pequeño cálculo cronológico, basándose en los textos sagrados. ¿Qué edad tenía, pues, entonces la viuda de Acab? Era la madre de Atalía, ¡y esta tenía alrededor de cien años!... No se dice a qué edad se casaron la una y la otra; pero supongamos que la hija de Acab tuviera solamente quince años, cuando fue unida al Joram de Judá, hijo de Josafat. Sabemos ya que ese Joram no fue devoto de Jehová; el libro segundo de las Crónicas (cap. 21) nos da a conocer su castigo: «El Eterno excitó contra Joram el espíritu de los filisteos y de los árabes, vecinos de los cusitas; los cuales subieron contra Judá y lo saquearon todo, hasta la casa del rey; y después de esto, el Eterno lo hirió en sus entrañas con una enfermedad incurable. Al cabo de dos años, la enfermedad era tan fuerte que las entrañas se le salían del cuerpo, y murió entre grandes dolores.» (v. 16-19). Y el capítulo 22 comienza con estos preciosos informes: «Entonces, los habitantes de Jerusalén establecieron por rey en su lugar a Ocozías, el más joven de sus hijos, porque las tropas árabes que habían venido habían matado a todos los que eran mayores que él. Ahora bien, Ocozías, hijo de Joram, rey de Judá, tenía cuarenta y dos años cuando comenzó a reinar, y reinó un año en Jerusalén y su madre era Atalía.» (v. 1-2). El número de los hermanos de Ocozías nos es dado en el versículo 14 del capítulo 10 del segundo libro de los Reyes: eran «cuarenta y dos». Ahora, recapitulemos. Atalía, casada lo más pronto a los quince años, pudo tener su primer hijo un año después. Admitamos que no haya tenido nunca más que varones, puesto que la Biblia no habla de hijas de esta reina: habiendo nacido Ocozías el cuadragésimo tercero, Atalía tenía, pues, cincuenta y ocho años, cuando lo trajo al mundo; y, por consiguiente, tenía exactamente cien años, cuando Ocozías, de cuarenta y dos años de edad, subió al trono. De donde resulta que Jezabel, madre de Atalía, tenía por lo menos ciento veinte años, cuando se entregaba a la prostitución, reinando su hijo Joram sobre Israel y su nieto Ocozías sobre Judá. ¡Se comprende sin trabajo que, para tentar todavía a enamorados, la vieja Jezabel tenía necesidad de multiplicar el número de sus encantamientos!
La respuesta de Jehú no estaba hecha para tranquilizar al hijo de Jezabel. «Entonces, Joram volvió riendas y huyó, diciendo a Ocozías: Estamos traicionados. Y Jehú tomó su arco a mano llena, e hirió a Joram entre los hombros, de suerte que la flecha le atravesó el corazón, y cayó de rodillas en su carro.» (2 Reyes 9:23-24) Ocozías, rey de Judá, había huido también. «Pero Jehú lo había perseguido y había dicho: Matadlo igualmente en su carro. Fue en la subida de Gur, cerca de Ibleam, donde fue herido; luego, huyó a Meguido, y murió allí.» (v. 27)
He aquí, ahora, el turno de Jezabel. «Vino, pues, Jehú a Jezreel; y Jezabel, habiéndolo oído, se pintó el rostro, adornó su cabeza, y se mostró a Jehú por la ventana.» (v. 30) ¡Esta vieja de ciento veinte años contaba todavía con sus encantos para seducir al usurpador! «Y como Jehú franqueaba el umbral de la puerta, ella le dijo: ¿Le trajo eso buena suerte a Zimri, el haber matado a su rey?» (v. 31) Se recuerda que Zimri, habiendo asesinado al rey Baasa y a toda su familia, no reinó más que siete días y se suicidó, al triunfar el motín de Omri.

334. Coquetería de la vieja reina Jezabel.
«Entonces, Jehú levantó la cabeza hacia la ventana, y dijo: ¿Quién de mis gentes quiere venir aquí? ¿quién? Dos o tres oficiales lo miraron. Jehú les dijo: Arrojad a esa mujer por la ventana. Y la arrojaron, y su sangre salpicó contra la muralla y contra los caballos; y él la holló con los pies. Luego, entró en la casa real, y comió y bebió. Después de lo cual, dijo: Id a ver ahora a esa maldita mujer, y sepultadla; porque es hija de rey. Fueron, pues, a sepultarla; pero no hallaron más que el cráneo, los pies y los puños. Y, habiendo vuelto, se lo refirieron; y Jehú dijo: Así se ha cumplido la palabra de Jehová, que, por boca de Elías, anunció que en el campo de Jezreel los perros comerían la carne de Jezabel y que su cadáver sería como estiércol, de modo que nadie podrá decir: Aquí está Jezabel.» (v. 32-37)

335. Jezabel es devorada por los perros.
Pero sabemos que Jezabel había sido prolífica; Joram dejaba hermanos aptos para sucederle. «Ahora bien, Acab había tenido además setenta hijos; y Jehú escribió cartas y las envió a Samaria, a los principales de Jezreel, a los ancianos, a todos aquellos en cuya casa se alojaban esos hijos de Acab.» (2 Reyes 10:1). Esas cartas ordenaban el exterminio de todos esos príncipes. «Tan pronto, pues, como las órdenes de Jehú llegaron a los ancianos, estos tomaron a los hijos de Acab y los degollaron; luego, enviaron a Jehú las setenta cabezas en cestas.» (v. 7) Jehú hizo morir además a todos los amigos y a todos los oficiales adictos a la casa de Acab (v. 11). «Después de esto, Jehú, yendo a Samaria, encontró en el camino a los hermanos de Ocozías, rey de Judá. Ellos respondieron: Somos los cuarenta y dos hermanos de Ocozías. Entonces, Jehú dijo a sus gentes: ¡Pues bien, que se los prenda vivos! Y, habiéndolos capturado así, los hizo degollar a todos los cuarenta y dos, junto al pozo de una casa de pastores; y ni uno sobrevivió a esa matanza.» (v. 12-14) No es malo recordar que esos cuarenta y dos hijos de Atalía ya habían sido muertos por los árabes, puesto que Ocozías, cuadragésimo tercero y el más joven de la familia, no había sucedido a su padre, el Joram de Judá, más que a causa de aquel primer exterminio de sus mayores... ¡Ah! ¡el cruel Jehú! ¡asesinaba hasta a los aparecidos!...
Si creéis que esta vez se ha terminado, os equivocáis por completo. Jehú anunció que iba a dar grandes fiestas en honor de Baal. «Y convocó a todos los sacerdotes de Baal, diciendo: Que no falte ni uno, porque quiero hacer un gran sacrificio a Baal, y los que no vengan serán muertos. Pero Jehú era muy astuto, y obraba así para hacer perecer a cualquiera que sirviese a Baal. E hizo publicar en todo Israel el anuncio de esa fiesta solemne. Y todos los servidores de Baal vinieron, sin que faltara uno solo; el templo de Baal, aquel día, quedó lleno de un extremo al otro.» (2 Reyes 10:19-21) Mientras se hacían sacrificios al dios rival de Jehová, el templo fue cercado por las tropas de Jehú. «Y, en cuanto se hubo acabado el holocausto, Jehú dijo a los arqueros y a los capitanes: ¡Entrad, matadlos, que no escape ninguno! Los arqueros, pues, y los capitanes los pasaron a filo de espada, y los arrojaron allí. Luego, sacaron las estatuas fuera del templo y las quemaron. Y demolieron la estatua de Baal, y demolieron de arriba abajo el templo de Baal. Así Jehú exterminó a Baal de en medio de Israel.» (v. 23-28) Ahora, lector, apuntalaos bien contra una pared, para no caer de espaldas. He aquí el versículo 29: «Sin embargo, Jehú anduvo constantemente por el camino del pecado; porque adoraba a los becerros de oro que estaban en Betel y en Dan.» Incomprensible, ¿no es cierto, el señor Jehú?... ¡Oh! ¡sí, desde luego! Otra cita más: «Ahora bien, Jehová se apareció a Jehú y le dijo: Porque has ejecutado muy bien mis órdenes vengándome de la casa de Acab, tu descendencia reinará sobre Israel hasta la cuarta generación. Pero Jehú persistió en andar fuera de los caminos de Jehová, y se manchó con todos los pecados de idolatría de Jeroboam.» (v. 30-31) En fin, sea como fuere, el usurpador Jehú reinó veintiocho años; a su muerte, dejó su corona a su hijo Joacaz (v. 35-36).
El escritor sagrado, entregado por entero a las hazañas de Jehú, ha descuidado ocuparse de Atalía. Afortunadamente, se desquita en el capítulo 11. A consecuencia del advenimiento del usurpador, la hija de Acab había tenido, pues, que ponerse numerosos lutos; en pocos días, habían degollado a su madre Jezabel, a su hermano Joram de Israel y a sus otros setenta hermanos, a su hijo Ocozías y a sus otros cuarenta y dos hijos.

336. Joram y Ocozías, primeras víctimas de Jehú.
No le quedaban a la reina de Jerusalén más que sus nietos, los hijos de Ocozías. ¿Qué hizo ella, para preservarlos del furor de Jehú? Los degolló ella misma. «Atalía, madre de Ocozías, habiendo visto que habían matado a su hijo, se levantó a su vez y exterminó toda la estirpe real.» (v. 1)

337. Atalía extermina la estirpe real de Judá.
¡Solo en la Biblia se encuentran venganzas de ese número! («de ese número» — fr. «de ce numéro-là», es decir, de ese calibre, de esa clase) Lo que hace decir a Voltaire: «Atalía, abuela del pequeño Joás, asesina a todos sus nietos en Jerusalén, según dice la historia sagrada, a excepción del pequeño Joás, que escapa; tenía cerca de cien años, y no tenía, por lo demás, ningún interés en degollarlos: no comete todos esos pretendidos asesinatos más que por el placer de cometerlos, y para dar al sumo sacerdote Joiada un pretexto para asesinarla a su vez. Tenemos ahí, en este período de los reyes de Israel y de Judá, escenas de asesinato y de carnicería, de las que no se podría hallar ejemplo más que en la historia de las garduñas, si algún gallo de corral hubiera escrito su historia.»
Por lo demás, las inverosimilitudes son siempre lo que domina en la Biblia. ¿Cómo se salva el más joven de los hijos de Ocozías de la matanza general? Es salvado por su tía Josaba, que lo esconde. Ahora bien, ¿quién es esa Josaba? Es hermana de Ocozías e hija de Atalía (2 Reyes 11:2); es además la esposa del sumo sacerdote Joiada (2 Crónicas 22:11). Así, la reina Atalía, famosa por su impiedad, Atalía que no reconocía más que a Baal por Dios, ¡había casado a su hija con el sumo sacerdote de Jehová! Y el pequeño Joás fue criado en secreto en el templo.

338. Joás criado en secreto por el sumo sacerdote Joiada.
Durante seis años, Atalía reinó sola (2 Reyes 11:3), e ignoró por completo esa conspiración permanente de su yerno. En el séptimo año, Joiada reunió a capitanes fieles a Jehová, les mostró al joven hijo de Ocozías, lo proclamó rey, y Atalía, que había acudido corriendo a ver lo que pasaba, fue degollada «en la calle que conducía a las caballerizas del palacio de David» (v. 16). Con la misma ocasión, asesinaron a Matán, el sumo sacerdote de Baal, es decir, el competidor de Joiada (v. 18).

339. Muerte de Atalía, a los ciento seis años.
El capítulo 12 del segundo libro de los Reyes está consagrado al reinado de Joás, que no es de los más brillantes. Todo lo que en él se encuentra de interesante es la gloriosa invención de la hucha por el sumo sacerdote Joiada. Necesitando el templo reparaciones, Joás había dicho que los sacerdotes se encargarían de ellas, y que, para ello, recibirían diversas sumas, ya del impuesto del censo, ya de la generosidad de los fieles. En el vigésimo tercer año del reinado de Joás, ninguna reparación se había hecho todavía; pero los sacerdotes no por ello habían dejado de cobrar todo el tiempo (v. 6). El rey, decidiéndose a poner orden en ese estado de cosas, decretó que los sacerdotes no recibirían ya directamente el dinero, y, por consiguiente, que no tendrían a su cargo las reparaciones. «Entonces, el sumo sacerdote Joiada tomó un cofre bien cerrado, hizo una hendidura en su tapa, y lo colocó cerca del altar a mano derecha, en el lugar por donde se entraba en la casa del Eterno; y todo el dinero que era traído al templo se echaba en ese cofre. En cuanto se veía que el cofre estaba lleno, el secretario del rey y el sumo sacerdote lo abrían juntos, contaban el dinero y lo metían en sacos; luego, entregaban ese dinero bien contado en manos de los que tenían el encargo de hacer ejecutar las reparaciones por los albañiles y los carpinteros.» (v. 9-10) Como se ve, sin la invención de la hucha, el templo no habría sido jamás reparado.
Del libro de los Reyes resulta que Joás fue un piadoso monarca; pero, según el libro de las Crónicas, acabó por torcerse (libro 2, cap. 24): restauró el culto de los ídolos de los bosques y de otros falsos dioses, con gran escándalo de Zacarías, quien, a la muerte de Joiada su padre, había llegado a ser gran sacerdote de Jehová. Joás, irritado por los reproches de Zacarías, lo hizo matar a pedradas, en el atrio mismo del templo (12:21) (sic: en realidad 2 Crónicas 24:21). A su vez, Joás fue degollado por dos de sus criados, los señores Zabad y Jozabad (v. 26). Este rey había reinado cuarenta años. Su hijo Amasías le sucedió.
Al retomar el libro de los Reyes, sabemos que en Israel el terrible Jehú tuvo por sucesor a su hijo Joacaz, el cual se burló de Jehová como de una guinda («se burló de Jehová como de una guinda» — fr. «se moqua de Jéhovah comme d’une guigne»; «se moquer de quelque chose comme d’une guigne» es no importarle a uno nada en absoluto; una «guigne» es una cereza pequeña), durante los diecisiete años de su reinado; así, durante diecisiete años, su reino fue devastado por los reyes de Siria, Hazael, primero, y Ben-adad, hijo de Hazael, después. Si los israelitas fueron hechos capilotada («hechos capilotada» — fr. «mis en capilotade»; la capilotada es un guiso de sobras de carne picada muy menuda; de ahí, hechos trizas), ¡eso es no decir nada! Júzguese por este versículo: «De todo el pueblo de Joacaz no quedaron sino cincuenta jinetes y diez mil infantes, tanto los destruyó el rey de Siria y los volvió menudos como el polvo que se huella en la era.» (2 Reyes 13:7)
A Joacaz sucedió su hijo Joás, que no hay que confundir con el Joás rey de Judá. El Joás de Israel, nieto de Jehú, hizo la guerra a Amasías, hijo del Joás de Judá, lo batió a costuras llanas («lo batió a costuras llanas» — fr. «le battit à plates coutures», literalmente «le aplastó las costuras», como la plancha del sastre: lo derrotó por completo) en Bet-semes, abrió en las murallas de Jerusalén una brecha de cuatrocientos codos, y saqueó todos los tesoros del templo y de la casa real.
Fue bajo el reinado del Joás de Israel cuando murió el profeta Eliseo. «Ahora bien, Eliseo había estado enfermo; y Joás, rey de Israel, habiendo venido a verlo, no pudo contener sus lágrimas, que corrieron de sus ojos sobre el rostro del profeta. Y Joás exclamó: ¡Padre mío! ¡padre mío! ¡carro de Israel y su caballería!» (2 Reyes 13:14) He aquí la segunda vez que encontramos en la Biblia esta extraña exclamación; ninguna explicación de ella da el autor sagrado; pero poco importa. Continuemos. «Eliseo dijo al rey Joás: Toma un arco y flechas... Luego le dijo: Abre la ventana hacia el oriente; tira una flecha por la ventana. Y Joás tiró. Entonces Eliseo exclamó: Es la flecha de la liberación del Eterno, y la flecha de la liberación contra los sirios. Herirás, pues, a los sirios en Afec, hasta consumirlos. Le dijo además: Toma de nuevo flechas, y ahora, en vez de tirar al aire, tira contra la tierra. Y Joás tiró así tres flechas; luego se detuvo. Entonces Eliseo se encolerizó, y le dijo: Rey imbécil, había que tirar al menos cinco o seis flechas; así habrías herido a los sirios hasta destruirlos; pero ahora no los batirás más que tres veces. Después de haber dicho esto, Eliseo murió, y lo sepultaron.» (v. 15-20)
Se buscará en vano comprender, creemos, por qué el rey de Israel, — cuyos súbditos varones habían sido reducidos a diez mil cincuenta, bajo el reinado precedente, — habría exterminado a los sirios si hubiera tirado seis flechas contra la tierra, en lugar de tres. Eliseo sabía, pues, no solamente lo que debía suceder, sino también lo que no debía suceder. ¡Es hermoso!
«Al año siguiente, se produjo un hecho maravilloso: unas gentes transportaban a un hombre muerto para sepultarlo. Y he aquí que esas gentes se asustaron al ver venir una banda de ladrones, y arrojaron a toda prisa su cadáver en un sepulcro que allí había, y huyeron; era la tumba de Eliseo. Entonces el cadáver, habiendo rodado sobre los huesos del profeta, se estremeció al tocarlos, volvió a la vida, y, habiéndose puesto en pie, echó a correr.» (v. 21)

340. Milagro póstumo de Eliseo.
Evidentemente, los ladrones tuvieron el trac («tuvieron el trac» — fr. «eurent le trac»; «le trac» es el miedo repentino, el susto que paraliza: se asustaron), y echaron a correr también. — Los críticos, nunca contentos, hacen todavía objeciones. Preguntan por qué Jehová no resucitó a Eliseo mismo, en vez de resucitar a un pékin cualquiera («un pékin cualquiera» — fr. «un pékin quelconque»; «pékin», en la jerga militar francesa, es un paisano, un don nadie), un personaje perfectamente desconocido y en nada interesante, arrojado por casualidad en la fosa del profeta. Preguntan cómo esa fosa se hallaba allí abierta, tan a propósito, al cabo de un año. Preguntan qué fue de ese resucitado y se extrañan de que, en su segunda vida, tras un acontecimiento tan extraordinario, no juzgara útil darse a conocer. En fin, puesto que tal virtud secreta estaba unida a los huesos de Eliseo, preguntan cómo no se ha pensado más en sacarle provecho; ¡y pensar que, gracias a ese esqueleto, si la operación se hubiera generalizado, seríamos todos inmortales!
De la muerte de Eliseo al fin de los reinos de Israel y de Judá, tenemos tal revoltijo político que es difícil orientarse en él si no se tiene la precaución de poner, ante todo, bajo los ojos del lector un cuadro de la sucesión de los reyes.
En Israel: a Joás sucede Jeroboam II, su hijo, que reina cuarenta y un años (2 Reyes 14:23); Jeroboam II tiene por sucesor a su hijo Zacarías (v. 29), último descendiente de Jehú, el cual no reina más que seis meses (2 Reyes 15:8); es asesinado por un tal Salum (v. 10), que se apodera del trono y lo ocupa solamente un mes (v. 13); éste a su vez es asesinado por Manahem (v. 14), otro capitán, más afortunado, que reina diez años (v. 17), durante los cuales paga tributo a Pul, rey de Nínive (v. 19-20); Manahem muere tranquilamente en su cama, y tiene por sucesor a su hijo Pekaía (v. 22), que reina dos años (v. 23); Pekaía es asesinado por el capitán Peka (v. 25), que sube al trono y se mantiene en él veinte años (v. 27), en el curso de los cuales una guerra con Tiglat-pileser, rey de Asiria, le hace perder toda Galilea y la tribu de Neftalí, cuyos habitantes son llevados a servidumbre (v. 29); en fin, el capitán Oseas destrona a Peka, lo mata (v. 30), reina nueve años (2 Reyes 17:1) y es finalmente hecho prisionero por Salmanasar, rey de Asiria, que se apodera de Samaria tras un sitio de tres años (v. 5) y destruye el reino de Israel. Oseas y sus ex súbditos son llevados cautivos y diseminados en Halah, en Habor y en las ciudades de los medos (v. 6).
En Judá: Amasías, tras un reinado de veintinueve años (2 Reyes 14:2), es asesinado en Laquis por conspiradores (v. 19), y el pueblo mantiene la corona a su hijo Azarías, de dieciséis años de edad (v. 21), que reina cincuenta y dos años en Jerusalén (2 Reyes 15:2); Azarías tiene por sucesor a su hijo Jotam o Jonatán (v. 7), que reina dieciséis años (v. 33); a este rey, que era piadoso, sucedió su hijo Acaz (2 Reyes 16:1), que reinó también dieciséis años, pero que fue impío (v. 2) y se señaló por su alianza con el rey asirio Tiglat-pileser contra el rey de Israel, Peka, y contra el rey de Siria, Rezín (v. 5-9); Acaz tiene por sucesor a su hijo Ezequías (v. 20), rey de una piedad ejemplar, del que tendremos que decir algunas palabras, y que reina veintinueve años (2 Reyes 18:2); es durante su reinado cuando el reino de Israel es destruido; su hijo Manasés le sucede (2 Reyes 21:1) y reina cincuenta y cinco años, durante los cuales comete todas las abominaciones que desolan a Jehová (v. 2); Amón, hijo de Manasés, reina a su vez (v. 19), sigue los malos ejemplos de su padre (v. 20), y, al cabo de dos años, es asesinado por sus criados; a Amón sucede Josías, su hijo (v. 26), que reina treinta y un años (2 Reyes 22:1) con piedad; muerto en una batalla por el rey de Egipto Necao, el piadoso pero malaventurado Josías tiene por sucesor a uno de sus hijos, Joacaz, ungido por el pueblo (2 Reyes 23:29-30); pero Joacaz no reina más que tres meses (v. 31); hecho prisionero por Necao, muere en Egipto (v. 34), y Necao pone en el trono a Joacim, otro hijo de Josías, el cual reina once años (v. 36); este Joacim tiene por sucesor a otro Joacim, su hijo, a quien la Biblia llama también Jeconías, cuyo reinado no fue más que de tres meses (2 Reyes 24:8); Nabucodonosor, rey de Babilonia, habiendo invadido entonces el reino de Judá, saqueó el templo, se llevó numerosos prisioneros, entre ellos Joacim-Jeconías (v. 10-16), y puso en el trono en su lugar a un tercer hijo de Josías (v. 17). Éste, conocido con el nombre de Sedequías, fue el último rey de Judá; pues, en el año undécimo de su reinado (2 Reyes 25:2), Jerusalén fue tomada por los ejércitos de Nabucodonosor, tras dieciocho meses de sitio (v. 4), los príncipes reales fueron degollados, y Sedequías, después de que le reventaron los ojos y le cargaron los brazos de dobles cadenas de bronce, fue llevado en cautiverio a Babilonia, con todo lo que quedaba del pueblo (v. 7); Nabucodonosor, habiendo incendiado el templo de Salomón y el palacio, dejaba a Jerusalén en ruinas (v. 9-10).

341. Fin del reino de Israel.
«En fin, dice Voltaire, he aquí el desenlace de la mayor parte de la historia hebraica. Es primero la destrucción de las diez tribus del reino de Israel, y poco después el cautiverio de las otras dos tribus; en esto vienen a terminar tantos milagros hechos en su favor. Los cristianos sabios ven, con dolor, el desastre de sus padres, que les abrieron el camino de la salvación. Los escépticos ven, con secreta alegría, el aniquilamiento de casi todo un pueblo al que miran como un vil hatajo de supersticiosos inclinados a la idolatría, disolutos, bandidos, sanguinarios, imbéciles y despiadados. Esta revolución nos ofrece un cuadro nuevo, y nuevos personajes. ¿Quiénes eran esos pueblos y esos reyes de Asiria, que vienen de tan lejos a caer sobre el pequeño pueblo que había habitado cerca de la Celesiria, desde Dan hasta Beerseba, en un terreno de unas cincuenta leguas de largo por quince de ancho, y que esperó dominar sobre el Éufrates, sobre el Mediterráneo y sobre el mar Rojo?»
Entre los episodios que vienen a arrojar un poco de alegría en los anales de esta época en que estalla la desolación de los judíos, hay que citar, en primer lugar, la historia de Tobías, que se refiere al cautiverio de los hebreos del reino de Israel.
Esta historia no se encuentra ni en el libro de los Reyes ni en el libro de las Crónicas; figura, aparte, en la categoría de las obras que los judíos declaran, aun respetándolas, no haber sido directamente inspiradas por Dios. En cambio, los católicos admiten el libro de Tobías, y el concilio de Trento lo ha declarado canónico; eso basta para que le demos lugar — en resumen, al menos — en este examen general del Antiguo Testamento.
«Tobías, de la tribu de Neftalí, fue, en tiempos de Salmanasar, rey de los asirios, llevado cautivo a Nínive.» Éste es el comienzo del libro de Tobías. Se lamenta vivamente, al leer esto, que el dicho Salmanasar no haya hecho levantar buenos mapas geográficos de sus Estados; pues cuesta mucho trabajo desenredar cómo, siendo rey de Nínive sobre el Tigris, había podido pasar por encima del reino de Babilonia para ir a encadenar a los habitantes de las orillas del Jordán, y conquistar hasta a los vecinos del mar de Hircania. Es absolutamente como si el Gran Turco, que reina en Constantinopla, fuese, saltando Austria a pies juntos, él y sus bachibozuks («bachibozuks» — fr. «bachi-bouzoucks», soldados irregulares del ejército otomano), a hacer prisionera y traer a su imperio la población del reino de Prusia. Pero pasemos.
«Ahora bien, Tobías, saliendo un día de Nínive, fue a hacer un viaje a Ragés, ciudad de Media; y allí, habiendo visto que Gabelo, de su tribu, estaba en necesidad, le dio, contra una promesa escrita de reembolso, diez talentos de plata, tomados de los dones que había recibido del rey.» (Tobías 1:15-17) Causa extrañeza que un cautivo haya obtenido tales sumas de las liberalidades del soberano que mantenía a su nación en esclavitud; pues diez talentos de plata no representan menos de cuarenta y cinco a cincuenta mil francos de nuestra moneda. Es mucho, ciertamente, para el marido de una lavandera; Ana, mujer de Tobías, lavaba la ropa blanca y hacía remiendos (2:13). ¡No se sabría admirar bastante, en verdad, a este Tobías, que se va a Ragés, a cuatrocientas leguas de Nínive, para prestar esos cincuenta mil francos al judío Gabelo, que era extremadamente pobre, y que, según toda probabilidad, estaría en la imposibilidad de devolvérselos jamás! Esto es muy hermoso.
«Vuelto a Nínive, un día en que había empleado su tiempo en sepultar muertos, se durmió al pie de un muro;» un hombre lo bastante rico para prestar cincuenta mil francos en Ragés bien debía tener al menos un dormitorio en Nínive. «Pero Tobías no se percató de que había gorriones posados sobre la pared, los cuales le cagaron bien caliente en los ojos, y de ello quedó ciego.» (Tobías 2:9-10) Los críticos naturalistas dicen que la mierda de gorrión no puede dejar ciego a nadie, y que uno se libra de ello con solo lavarse en el acto.

342. El viejo Tobías se queda ciego
«En ese mismo día, Sara, hija de Ragüel, que habitaba en Ecbatana, ciudad de Media, fue ultrajada por las criadas de su padre. Sara había sido dada en matrimonio a siete maridos; pero un espíritu maligno (aquí los traductores católicos ponen: un diablo), llamado Asmodeo, los había matado cada vez, en el momento en que iban a copular con ella. Las criadas le decían, pues: Tú has ahogado a tus siete maridos, uno tras otro, y no has llevado el nombre de ninguno. Y ahora nos pegas. ¡Vete a reunirte con tus maridos!... Habiendo oído esto, Sara quedó muy contristada, hasta querer estrangularse. Pero oró a Jehová, gritándole por la ventana: ¡Señor, retírame de la tierra, para que no oiga más tales reproches! Tú sabes que soy pura y que no he manchado mi nombre ni el nombre de mi padre, en el país donde estoy cautiva. Soy hija única, y no hay ninguno de nuestros parientes cercanos para quien me reserve por mujer; ya se me han muerto siete; ¿qué más tengo que hacer con vivir? Pero, si no juzgas bueno hacerme morir, ten piedad de mí y ordena que no tenga más oprobio.» (Tobías 3:7-15)

344. Sara, hija de Ragüel, siete veces viuda.
Nunca los judíos, hasta entonces, observan los críticos, habían oído hablar de ningún diablo ni de ninguna clase de demonios; los genios buenos y malos habían sido imaginados en Persia, en la religión de Zoroastro, que enseña la existencia de dos dioses iguales en poder, el uno, Ormuz, principio del bien; el otro, Ahrimán, principio del mal, teniendo cada cual a sus órdenes un ejército de espíritus, unos benéficos, otros maléficos. De Persia, esos genios pasaron a Caldea y se establecieron finalmente en Grecia, donde Platón dio liberalmente a cada hombre su buen y su mal demonio. Schamaddaï, que se traduce por Asmodeo, era uno de los principales diablos. El benedictino dom Calmet, en su comentario sobre Asmodeo, dice «que se sabe que hay varias categorías de diablos, unos príncipes y demonios maestros, otros subalternos y sometidos». Todo concurre, pues, a probar, en los diversos libros que componen la Biblia, que los judíos nunca fueron sino imitadores, que tomaron todos sus ritos, unos tras otros, de sus vecinos y de sus amos, y no solamente sus ritos, sino todos sus cuentos. Así fue como, al volver de su cautiverio entre los medos y los asirios, trajeron las creencias persas y caldeas y las añadieron a sus dogmas.
Los términos de que se sirve el autor del libro de Tobías insinúan que Asmodeo estaba enamorado y celoso de Sara. Esta idea es conforme a la antigua doctrina de los genios, de los silfos, de los ángeles, de los dioses de la antigüedad; todos han estado enamorados de nuestras hijas. Ya hemos visto, en el Génesis, a los hijos o ángeles de Dios enamorados de las hijas de los hombres y haciéndoles hijos gigantes (páginas 76 y siguientes). La fábula ha dominado en todas partes. — No es éste el lugar de repetir lo que los teólogos han dicho de los demonios íncubos y súcubos; de los hombres milagrosos, nacidos de esas copulaciones quiméricas; de todos los diferentes diablos que entran en los cuerpos de los muchachos y de las muchachas de cien maneras diversas; de los medios de hacerlos venir y de expulsarlos; en fin, de todas las supersticiones de esta especie de que la bellaquería se ha servido en todos los tiempos para engañar a la imbecilidad. Eso nos llevaría demasiado lejos. Ese estudio está reservado a la obra que preparo bajo el título les Cocasseries de la Foi («les Cocasseries de la Foi» — fr., «Las chuscadas de la Fe»: título de la obra que Taxil anunciaba).
«Ahora bien, la oración de Tobías y la de Sara fueron oídas ante la gloria del gran Dios; y Rafael fue enviado para curar a Tobías de las nubes que tenía en los ojos y para dar a Sara en matrimonio a Tobías hijo, atando a Asmodeo, el espíritu maligno, porque Dios había decidido que el derecho de poseerla como mujer pertenecería a Tobías hijo.» (Tobías 3:16-17)
Es la primera vez que un ángel es nombrado en la Sagrada Escritura. Todos los comentaristas confiesan que estos nombres son de origen caldeo: Rafael, médico de Dios; Uriel, fuego de Dios; Jesrael, raza de Dios; Mikael, semejante a Dios; Gabriel, el hombre de Dios. Los ángeles persas tenían nombres muy diferentes: Mah, Kur, Dubadur, Bahman, etc. Los judíos, siendo esclavos entre los caldeos, y no entre los persas, se apropiaron, pues, de los ángeles y los diablos de los caldeos, y se hicieron una teurgia enteramente nueva, en la que aún no habían pensado. Así se ve que todo cambia en este pueblo, según cambia de amos. Cuando están sometidos a los cananeos, toman sus dioses; cuando están cautivos entre los reyes que se llaman asirios, toman sus ángeles benéficos y maléficos.
«Un día, pues, Tobías se acordó del dinero que había entregado a Gabelo, y se dijo para sí: ¿Por qué no llamaré a Tobías mi hijo antes de que muera, para declarárselo? Y lo llamó y le dijo: Hijo mío, si muero, sepúltame, y no desprecies a tu madre.» (Tobías 4:1-3) Sigue un largo discurso, que termina así: «Ahora te declaro que he prestado diez talentos de plata a Gabelo sobre su promesa, en Ragés, ciudad de Media.» (v. 21) Luego, Tobías entrega a su hijo el pagaré que Gabelo le ha suscrito (Tobías 5:3) y le recomienda buscarse un compañero de viaje (v. 4). «Entonces Tobías hijo encontró a un joven muy hermoso, cuya túnica estaba arremangada a la cintura; era Rafael; pero él no sabía que tenía que vérselas con un ángel de Dios. Lo saludó y le dijo: ¿Podría ir contigo a Media? ¿conoces ese país? El ángel le respondió: Iré contigo, conozco el camino, y hasta me he alojado en Ragés, en casa de Gabelo, nuestro hermano.» (v. 5-8) ¡Qué bien venía aquello! Tobías hijo, encantado, presentó en seguida a su padre al joven de la túnica arremangada. Éste declaró que se llamaba Azarías, de la raza del gran Ananías (v. 15); precisamente el viejo Tobías había conocido a Ananías, que era algo pariente suyo. Sobre esto, discusión acerca del salario que conceder al viajero-protector: «¿Bastará con una dracma por día, preguntó Tobías, con las cosas necesarias, como para mi hijo? Añadiré algo al salario, si volvéis con pleno éxito. Y se pusieron de acuerdo así.» (v. 20) Es bastante extraño que Tobías, que era judío y habitaba entonces en Nínive, no cuente en este relato ni en moneda judía ni en moneda meda; pues la dracma es una moneda esencialmente griega. — Tobías hijo se puso, pues, en camino con el falso Azarías, «y el perro de la casa partió con ellos».
Bien se piensa que este viaje no debía pasar sin aventura. «Como llegaron por la tarde a las orillas del Tigris, se alojaron allí. Y el joven Tobías bajó a lavarse los pies en el río; pero he aquí que un pez enorme saltó fuera del agua para devorarlo. Entonces el ángel le dijo: Agarra ese pez por las agallas. Tobías lo tomó, pues, y lo sacó fuera a tierra.» (Tobías 6:1-3)

343. Tobías hijo y el ángel Rafael de pesca.
Uno se pregunta aquí cómo un pez tan monstruoso, capaz de devorar a un hombre, podía dejarse agarrar tan fácilmente por las agallas, como un simple conejo que se cuelga por las orejas. Pero los teólogos no se turban por tan poco. Es evidente que no existen tales peces de agua dulce; así, ese pez terrible había sido colocado allí excepcionalmente por Jehová; había sido creado expresamente para las necesidades de la causa; era una puesta en escena divina, y es, pues, inútil buscar la especie a la que pertenecía ese monstruo acuático. — El ángel dijo después al joven Tobías que abriera el pez y pusiera aparte el corazón, el hígado y la hiel. Hecha esta operación, el pez fue asado y los dos compañeros se alimentaron de él hasta Ecbatana. «Entonces Tobías dijo al ángel: Azarías, hermano mío, ¿qué haremos del corazón, del hígado y de la hiel de ese pez que tomé el otro día? Rafael le respondió: El corazón y el hígado, cuando se los hace asar sobre carbones, producen un humo que ahuyenta al diablo o a todo espíritu maligno que turbe a un hombre o a una mujer; en cuanto a la hiel, si se untan con ella los ojos de un hombre que se ha quedado ciego por nubes, ese hombre queda al punto curado.» (v. 6-8)
Rafael aconsejó luego al joven Tobías que pidiera hospitalidad a su pariente Ragüel y que tomara a su hija Sara por esposa. Tobías estuvo muy vacilante sobre este segundo punto. «Dijo al ángel: Azarías, hermano mío, he oído decir que esa joven se ha casado ya siete veces y que todos sus maridos han sido hallados muertos en la cámara nupcial. Ahora bien, mi padre no tiene otro hijo que yo, y temo, si me caso con Sara, morir como los otros; pues hay un espíritu maligno que la ama y que ataca a cualquiera que quiera acostarse con ella. El ángel le respondió: ¿No te acuerdas de que tu padre te ha recomendado casarte con una mujer de tu parentela? Así pues, escúchame, y no vaciles en tomar a Sara por mujer. En cuanto al espíritu maligno, no tengas cuidado alguno. Cuando haya llegado el momento de meterte en la cama, harás asar el corazón y el hígado del pez sobre un brasero de perfumes, y saldrá de ello un humo muy hediondo; y el espíritu maligno, al sentir ese olor, huirá y no volverá jamás. Habiendo oído estas palabras, Tobías cobró confianza, y se enamoró mucho de Sara, y su corazón quedó extremadamente apegado a ella.» (Tobías 6:13-17) Notad que el hijo Tobías no había visto aún a su joven parienta.
«Llegaron luego a Ecbatana y se dirigieron a la casa de Ragüel. Sara salió a su encuentro, los saludó, y ellos la saludaron; luego los hizo entrar. Y Ragüel dijo a Edna, su mujer: ¡Oh! ¡cómo se parece este joven a Tobías mi pariente!» (Tobías 7:1-2) El hijo Tobías dice su nombre; se abrazan; se prepara un gran festín, pero Tobías rehúsa tocar manjar alguno si Ragüel no le concede en el acto a su hija en matrimonio. Ragüel responde que consiente en ello; sin embargo, tiene empeño en contar al joven la horrible historia de los siete maridos estrangulados la noche misma de sus bodas. Tobías insistió afirmando que, en cuanto a él, no temía nada. «Entonces Ragüel llamó a Sara su hija, la tomó de la mano, y la dio a Tobías diciendo: Hela aquí, te la doy por mujer; entra en ella, según tu derecho, y luego la conducirás a la casa de tu padre. Después de lo cual, los bendijo; luego tomó unas tablillas, hizo el contrato y lo selló.» (Tobías 7:15-16) Enlevez le bifteck ! («Enlevez le bifteck!» — fr., literalmente «¡retirad el bistec!»; muletilla popular de la época, poco más o menos: «y ya está, pasemos a otra cosa»)
«Edna preparó la cámara nupcial y condujo allí a Sara, que lloraba; y le enjugó las lágrimas, diciéndole: Ten buen ánimo, hija mía. (v. 19-20) Ahora bien, cuando hubieron acabado de cenar, Ragüel y Edna llevaron a Tobías hacia Sara. Entonces, Tobías, acordándose de las palabras de su compañero Azarías, tomó brasas, puso encima el corazón y el hígado del pez, y al punto se desprendió de ellos una espesa humareda. Y el espíritu maligno Asmodeo, habiendo sentido aquel olor, huyó hasta el extremo del alto Egipto; mas el ángel lo persiguió allí al mismo tiempo, lo agarró y lo encadenó muy sólidamente.» (Tobías 8:1-4)

346. Tobías hijo se casa con Sara y expulsa al diablo Asmodeo.
Algunos teólogos se han preguntado si el diablo Asmodeo sigue todavía encadenado y en qué lugar preciso; ¡grave cuestión! Torrentes de tinta han corrido para resolverla. Los más pillos son los monjes de un convento egipcio, que muestran a los peregrinos un pozo muy profundo, donde, según dicen, Rafael ató a su enemigo, el cual está allí todavía; mediante una ofrenda a los buenos religiosos, se arroja una piedra al pozo, o unas gotas de agua bendita, a fin de aumentar el suplicio del malvado demonio, reducido a la impotencia.
«No estando ya el espíritu maligno en la cámara, Tobías se puso de rodillas sobre el lecho (v. 5), y dijo: Señor, tú eres testigo de que no tomo a esta mujer por lascivia, sino que la tomo en rectitud; haz, pues, que envejezcamos juntos. Y Sara, orando también, decía: ¡Amén! Entonces, se acostaron y pasaron aquella primera noche durmiendo.» (v. 9-10) Mientras tanto, Ragüel, convencido de que Tobías no saldría con vida de aquello, cavaba una fosa en el jardín (v. 11). Pero cuando, a la mañana siguiente, supo que su yerno estaba sano y salvo, sintió una alegría indescriptible. Mandó a sus criados que rellenaran la fosa y decidió que las bodas durarían catorce días. «Y dijo a Tobías: Tomarás la mitad de todo cuanto poseo, y te irás así a casa de tu padre; en cuanto al resto, lo tendrás cuando hayamos muerto, yo y mi mujer.» (v. 22) Durante las bodas, el ángel Rafael, que había vuelto del alto Egipto, hizo el viaje a Ragés, bajo los rasgos de Azarías; el prestatario Gabelo había prosperado en sus negocios, y devolvió sin dificultad los diez talentos de Tobías padre (cap. 9).
Por fin, Tobías hijo, su mujer, el angélico compañero y el perro volvieron a Nínive, donde el viejo ciego empezaba a desesperar. «Tobías frotó con la hiel del pez los ojos de su padre, diciéndole: Ten buen ánimo, padre mío. Y aconteció que, como le picaban los ojos, se le cayó de ellos una piel albuminosa como clara de huevo; y entonces, viendo a su hijo, Tobías se le echó al cuello y lloró.» (Tobías 11:10-11)

345. Tobías hijo cura la ceguera de su anciano padre.
Ya solo quedaba pagar el salario prometido a Azarías; este rehusó las dracmas, se dio a conocer como Rafael, uno de los siete ángeles más importantes de la jerarquía celestial, y desapareció (cap. 12).
Mientras los hebreos del reino de Israel estaban cautivos en Nínive, Ragés, Ecbatana y otras ciudades medas, — cautiverio que permitía a prisioneros, como Ragüel, tener criados, rebaños y un gran tren de casa, y a otros, como Tobías, prestar cincuenta mil francos a un camarada sin el menor apuro, — el reino de Judá seguía subsistiendo, primero bajo el piadoso gobierno de Ezequías, que no entendía de bromas en la cuestión religiosa. «Suprimió los lugares altos, hizo pedazos las estatuas de los dioses extranjeros, taló los bosquecillos donde se rendía culto a los príapos, y quebró incluso la serpiente de bronce, obra de Moisés, porque los judíos le quemaban incienso.» (2 Reyes 18:4)

347. Piedad ejemplar de Ezequías, rey de Jerusalén.
Por eso, papá Buen Dios le dio la victoria sobre los filisteos. No obstante, Jehová no le dio, en ciertas circunstancias, más que media protección: así fue como, en el año decimocuarto de su reinado, Ezequías vio su territorio invadido por Senaquerib, hijo de Salmanasar, y no obtuvo el cese de la ocupación sino pagando a ese rey de Nínive trescientos talentos de plata y treinta talentos de oro (v. 14). «Y Ezequías dio toda la plata que se halló en la casa del Eterno y en los tesoros de la casa real; despojó incluso las puertas del templo y los dinteles que él mismo había recubierto con láminas de oro, y dio todas esas riquezas a Senaquerib.» (v. 15-16)
Tras esta rapiña, Senaquerib habría podido dejar en paz a Ezequías. Nada de eso. Pronto volvió a la carga, enviándole a un tal Rabsaces encargado de hacerle una pregunta, mientras hacía cercar Jerusalén por su ejército. La pregunta era esta: ¿Cuál es la confianza en que te apoyas? Si es tu confianza en Jehová, no te salvará. Ezequías había delegado tres parlamentarios ante Rabsaces, y estos, oyendo semejante lenguaje, le dijeron: «Te rogamos que nos hables en lengua siríaca, porque la entendemos; mas no hables en lengua judaica, a causa del pueblo que está ahí sobre las murallas y que escucha.» (v. 26) Pero Rabsaces fue más insolente todavía. «Mi señor, dijo, me ha enviado para que todo el mundo oiga lo que tengo que decir; y es preciso que los habitantes de Jerusalén sepan que les haremos comer sus propios excrementos y que beberán su orina con vosotros.» (v. 27)
Ezequías no había tenido demasiada confianza en Jehová, puesto que al principio se había dejado despojar sin resistencia. Sin embargo, el profeta Isaías, que vivía entonces, le levantó el ánimo, y, lo que era más importante, papá Buen Dios acudió en su ayuda. «Aconteció, en una noche, que un ángel de Jehová descendió del cielo y mató a ciento ochenta y cinco mil hombres en el campamento de los asirios alrededor de Jerusalén; y, al despuntar el día, cuando el rey Senaquerib vio todos aquellos cuerpos muertos, ordenó a los supervivientes recoger el bagaje y se volvió a Nínive.» (2 Reyes 19:35-36)

348. Ezequías sitiado es socorrido por el ángel exterminador.
La Biblia dice luego que Senaquerib fue muerto por sus hijos Adramelec y Sarezer, quienes, después de este asesinato, se refugiaron en Armenia, y que otro hijo de Senaquerib, llamado Esar-hadón, subió al trono (v. 37); después, en el capítulo siguiente, el autor sagrado dice que Ezequías, en los últimos años de su reinado, hizo alianza con Merodac-Baladán, rey de Babilonia (2 Reyes 20:12). Estas afirmaciones apenas concuerdan con los descubrimientos de los arqueólogos tocantes a la historia de los reinos asirios; pues resulta de las inscripciones del famoso palacio de Khorsabad, descubierto en 1842 por el señor Botta, cónsul de Francia en Mosul, que Merodac-Baladán fue expulsado de Caldea por el propio Salmanasar, padre de Senaquerib, su vencedor en la batalla de Betlakin (709 a. de J. C.), y Salmanasar, tras esta victoria, se apoderó de Babilonia y unió ese reino al de Nínive. ¿Cómo, pues, podía ser Ezequías aliado de Merodac-Baladán, bajo el reinado de Esar-hadón, hijo de Senaquerib, puesto que ese rey de Babilonia había perdido sus estados en su guerra contra el rey de Nínive, abuelo de Esar-hadón, y puesto que Esar-hadón, que reinaba en tiempo de los últimos años de Ezequías, era a la vez rey de Nínive y de Babilonia?
Pero, si no se quiere tener en cuenta los descubrimientos de los sabios y se prefiere atenerse exclusivamente a la Biblia, no se puede sin embargo dejar de hacer esta observación: y es que Jehová, que había dicho a Ezequías por boca del profeta Isaías: «Yo libraré a Jerusalén, y, si quiero que esta ciudad esté garantizada contra los enemigos, es por causa de mí y por causa de las buenas obras de David» (2 Reyes 19:34), muy bien habría podido no esperar la segunda invasión de Senaquerib; pues, ya que en su calidad de Todopoderoso había decretado que Jerusalén estaba bajo su protección, más valía protegerla en seguida, en lugar de permitir a Senaquerib llevarse todas las riquezas del país y todos los tesoros del templo, morada divina. Tampoco se comprende por qué el señor Sabaot, que se declaraba solemnemente protector de la tribu de Judá, y que, por el brazo de su ángel exterminador, mataba en una sola noche a ciento ochenta y cinco mil asirios, abandonó algunos años más tarde a esa tribu cuya vara debía dominar siempre, dejó destruir su santuario sacrosanto por otro ejército de asirios, y vio con toda tranquilidad a esa tribu y a la de Benjamín, con tantos levitas, sumidas en los hierros.
He aquí también, a propósito de Ezequías, un hecho cuyos detalles no dejan de ser curiosos. Este príncipe había subido al trono a la edad de veinticinco años, y Dios había escrito, en el libro de su destino, que moriría en su año trigésimo noveno; pero, a consecuencia de circunstancias que merecen ser mencionadas, Jehová pasó el raspador por esa página del gran libro eterno e inscribió de nuevo que Ezequías viviría hasta la edad de cincuenta y cuatro años.
Así pues, en el año decimocuarto de su reinado, Ezequías cayó enfermo, en virtud de lo que estaba escrito allá arriba antes del golpe de raspador. El rey de Judá no mandó llamar a un médico; lo cual era bien inútil, puesto que tenía a mano al profeta Isaías, santo varón perfectamente al corriente de lo que Dios había decidido. Isaías, al saber por qué motivo el regio enfermo pedía consultarle, se apresuró a acudir. «E Isaías dijo a Ezequías: He aquí, Adonaí te manda decir por mi voz que pongas en seguida en orden tus asuntos, en atención a que la hora de tu muerte se acerca y a que vas a dejar de vivir con toda certeza. Entonces, Ezequías volvió el rostro hacia la pared y oró al Eterno. Acuérdate, Señor, dijo, de cuán derechamente he andado delante de ti con un corazón puro y de cuánto he hecho todo lo que te es agradable. Y derramó lágrimas en abundancia. Entretanto, Isaías se había retirado; pero aún no había salido de la antecámara, cuando Dios le habló así: Vuelve sobre tus pasos y di a Ezequías que, conmovido por sus lágrimas, voy a sanarlo; y dentro de tres días estará en pie y vendrá al templo; anúnciale además que le añado, a partir de hoy, quince años de existencia.» (2 Reyes 20:1-6) Lord Bolingbroke bromea sobre la inestabilidad de los decretos del dios judío y pregunta bajo qué forma estaba, cuando, en medio de la antecámara, declaró a Isaías su cambio de voluntad.
Isaías, sin pasmarse, cumplió su nueva comisión. Pero parece que, ante estas dos profecías contradictorias, el moribundo no estaba demasiado tranquilo «Ezequías preguntó a Isaías: ¿Con qué señal me mostrará Jehová que seré sanado y que dentro de tres días podré ir al templo? Isaías le respondió: He aquí la señal que el Eterno te da a elegir para asegurarte de que es mi segunda profecía la que se cumplirá, y no la primera: ¿quieres que la sombra del reloj de sol avance de golpe diez grados, o prefieres que retroceda diez grados? Ezequías le dijo: Fácil es que la sombra de la varilla de hierro se ponga a avanzar diez grados sobre el cuadrante; no es, pues, eso lo que quiero, sino que pido que retroceda diez grados hacia atrás. El profeta Isaías lanzó un clamor al Eterno, y Adonaí hizo retroceder la sombra por los grados que ya había recorrido sobre el reloj de sol de Acaz, hasta el décimo grado hacia atrás. Después de eso, Isaías hizo poner una mermelada de higos sobre la úlcera de Ezequías, y el rey quedó sanado.» (v. 7-11)
Una nube de incrédulos se abate sobre esta mermelada de higos y sobre este reloj de sol en goguette («en goguette» — fr. «en goguette», expresión familiar: achispado, de humor alegre tras haber bebido). O el mal de Ezequías, dicen, era bien poca cosa, puesto que fue curado con un simple emplasto de higos; o bien fue solo la virtud del poder divino la que obró la curación del rey a dos dedos de la muerte, y entonces esa mermelada es de una inutilidad absoluta que revienta los ojos («que revienta los ojos» — fr. «qui crève les yeux», que es completamente evidente). En cuanto a la historia del reloj de sol, Ezequías produce en todos los críticos el efecto de un perfecto imbécil cuando dice que es más fácil a la sombra avanzar que retroceder; en uno y otro caso, las leyes de la naturaleza son igualmente violadas, y todo el orden del cielo queda igualmente interrumpido. Además, la retrogradación de la sombra sobre el reloj de sol de Acaz no parece sino una copia reforzada del milagro de Josué. En cambio, los teólogos no vacilan en creer que el sol se detuvo para Josué y retrocedió para Ezequías. El mismo Isaías, en el cap. 38 de su libro de profecías, vuelve sobre este hecho y dice muy claramente: «El sol retrocedió diez grados»; pero está claro que Isaías, aunque profeta, se mete el dedo en el ojo («se mete el dedo en el ojo» — fr. «se mettre le doigt dans l’œil», equivocarse por completo); pues la sombra está siempre opuesta al sol, y, si el sol está en oriente, la sombra está en occidente. Para que la sombra, sobre el reloj de sol de Acaz, retrogradase diez grados hacia la mañana, habría sido preciso que el sol hubiese avanzado diez grados hacia la tarde. El hecho material del movimiento de la sombra sobre el cuadrante, tal como lo indica el autor sagrado, sería, pues, imposible, aun cuando el milagro fuese posible. En fin, bien considerado todo, ¡habría habido un día doble en la naturaleza, y una noche totalmente suprimida!
Pero lo más curioso de todos los hechos extraños que señalan esta época es la muerte de Isaías: este hombre, que era el milagro encarnado, no pudo hacer ningún milagro el día en que su vida estuvo en peligro. Manasés, hijo y sucesor de Ezequías, a quien la jugada del reloj de sol había dejado muy escéptico, fue tan impío como beato había sido su padre. Queriendo ver si Isaías tenía, para su preservación personal, alguna mermelada de higos, hizo prender al profeta y ordenó aserrarlo en dos. El infortunado Isaías fue aserrado como si hubiera sido una simple tabla; ni Rafael ni ningún otro ángel acudieron en su socorro. Quizá Jehová, durante el suplicio de su fiel servidor, estaba ocupado en los asuntos de algún otro planeta.

349. Desagradable fin del profeta Isaías.
Ya que estamos en este período tan embrollado del fin del reino de Judá, conviene hablar de Judit, cuya única hazaña es célebre para siempre y se halla narrada en un libro especial. El episodio es tan conocido, que bastará recordarlo en unas cuantas líneas.
En una época que la Biblia no precisa, pero que precede de poco a la destrucción del reino de Judá, la ciudad de Betulia, totalmente desconocida de los historiadores y los geógrafos, fue puesta en estado de bloqueo por un ejército de Nabucodonosor, que mandaba el general Holofernes, personaje del que no se habla en ninguna parte de los documentos asirios. Holofernes cortó los canales que abastecían a Betulia, de suerte que los sitiados, privados de agua, sacaban la lengua como caniches en verano.

350. La ciudad de Betulia privada de agua.
La situación se hacía intolerable. Fue entonces cuando una linda viuda betuliana, Judit, cuyo marido había muerto de una insolación, en tiempo de la siega de las cebadas, resolvió salvar a su patria. Para ello, se vistió con su vestido más hermoso, se perfumó con los olores más excitantes, y, seguida de una vieja negra, se dirigió al campamento de los sitiadores. Holofernes, galante en extremo, según la costumbre de los pioupious («pioupious» — fr. «pioupious», voz familiar y jocosa para designar a los soldados rasos de infantería, los reclutas jóvenes), invitó a Judit a cenar en tête-à-tête en su tienda.

351. La viuda Judit se presenta en casa de Holofernes.
Hubo francachela, se vaciaron numerosas copas, se dijeron incluso cosas amables a los postres. Pero, después del festín, mientras Holofernes, muy contento de su velada, se repantigaba en su lecho de reposo, Judit agarró prestamente un instrumento cortante, y, de un golpe seco, decapitó al general. ¡Que digan después de esto que el amor no hace a veces perder la cabeza!

352. Holofernes es inmolado por Judit.
Luego, Judit, sin ser vista de nadie, volvió a entrar en la ciudad; la negra, su sirvienta, había metido la cabeza de Holofernes en un saco. Se colgó de los muros de Betulia la binette («binette» — fr. «binette», voz familiar y jocosa para la cara de una persona) del generalísimo de los ejércitos de Nabucodonosor. Por eso, cuando los sitiadores la vieron, huyeron a todo correr, sin pensar siquiera en ponerse a las órdenes de otro jefe.

353. Alegre liberación de Betulia.
Nos limitaremos a reproducir el comentario de Voltaire sobre este episodio bíblico:
«Un geógrafo se vería muy apurado para situar Betulia: unas veces se la pone a cuarenta leguas al norte de Jerusalén, otras a algunas millas al mediodía; pero una mujer honrada se vería aún más embarazada para justificar la conducta de la bella Judit. Ir a acostarse con un general de ejército para cortarle la cabeza, eso no es modesto. Meter esa cabeza toda ensangrentada, con sus manos ensangrentadas, en un saquito, y volverse tranquilamente con su sirvienta a través de un ejército de cincuenta mil hombres, sin ser detenida por ningún centinela, eso no es común.
Una cosa todavía más rara es haber morado ciento cinco años después de esta bella hazaña en la casa de su difunto marido como se dice en el capítulo 16, v. 28. Si suponemos que tenía treinta años cuando dio este vigoroso golpe, habría vivido, pues, ciento treinta y cinco años. Dom Calmet nos saca del apuro diciéndonos que tenía sesenta y cinco años cuando Holofernes se prendó de su extrema belleza: es la bella edad para trastornar y cortar cabezas. Pero el texto nos vuelve a sumir en otra dificultad: dice que nadie turbó a Israel mientras ella vivió; y desgraciadamente, fue el tiempo de sus mayores desastres.»
He aquí, por lo demás, el texto, traducido palabra por palabra: «Y durante todo el tiempo que Judit vivió, no hubo nadie que espantase a Israel, hasta mucho tiempo después de su muerte.» (Judit 16:30, que termina el libro)
Este texto va a servirnos para mostrar, una vez más, con qué aplomo el divino inspirador de la Biblia se burla de los fieles. Si se admite la interpretación del benedictino Calmet y de los teólogos católicos, es decir, que Judit tenía sesenta y cinco años (lo cual no se dice en ninguna parte) cuando mató a Holofernes, y que el versículo 28 significa que vivió ciento cinco años en total, y no ciento cinco años más después de su hazaña, no por ello dejan de quedar cuarenta años entre la dicha hazaña y la muerte de la heroína. Ahora bien, cotejando el libro bíblico de los Reyes (capítulos consagrados a los últimos reyes de Judá) con lo que se sabe de la historia de los imperios de Asiria, se encuentra en ello la prueba palmaria de la mentira de la historia de Judit.
Esar-hadón, de quien se ha hablado hace un momento, segundo hijo de Senaquerib, reinó a la vez sobre Nínive y sobre Babilonia, habiendo su abuelo Salmanasar, jefe de la dinastía de los Sargónidas, expulsado de Babilonia al rey Merodac-Baladán, último descendiente de Nabonasar. Esar-hadón conservó Nínive como capital, pero estableció en Babilonia un sátrapa, Saosducheus; este, a la muerte de Esar-hadón (668 a. de J. C.), se proclamó independiente y reinó en Babilonia, a pesar de Tiglat-Pileser V, tercer hijo de Senaquerib y sucesor de Esar-hadón, y a pesar de Sardanápalo VI, rey de Nínive (de 660 a 647). Por último, Asurdanil II (el Kiniladan de los griegos), sucediendo a su padre Sardanápalo VI, se apoderó de Babilonia desde el primer año de su reinado, es decir, en 647, y estableció allí de nuevo sátrapas. En el reinado de Asurdanil II se sitúa la invasión del faraón Necao, quien, atravesando Judea para ir a combatir a los asirios, hirió de muerte, en la batalla de Meguido, al piadoso Josías, nieto de Manasés y biznieto de Ezequías, rey de Judá. Por otra parte, en esa misma época, Ciaxares I, cuya historia está en Heródoto, reinaba en Media (635-595) y exterminaba lo que quedaba de escitas en Asia. Bajo el reinado de Sardanápalo VII, último del nombre y último rey de Nínive, hijo de Asurdanil II, el sátrapa de Babilonia, Nabopolasar, se declara independiente, hace alianza con el rey de los medos, Ciaxares, cuya hija se casa con su hijo Nebukadnezzar (Nabucodonosor, en la Biblia); en 606, Nabopolasar se apodera de Nínive con el concurso de Ciaxares; Sardanápalo V (sic: «Sardanapale V» en el original, por Sardanápalo VII) muere, Nínive es destruida, es el fin del segundo imperio asirio conocido. Nabopolasar, cuya esposa, célebre en la historia, es la egipcia Nitocris, funda el tercer imperio de Asiria, llamado imperio caldeo-babilónico; Nitocris prodiga los embellecimientos a Babilonia, capital del nuevo imperio, y el príncipe heredero Nabucodonosor, habiendo vencido al faraón Necao en Carquemis, a orillas del Éufrates, es asociado a la corona.
Fue en aquel tiempo cuando Nabucodonosor invadió por primera vez Judea, a fin de castigar al rey Joacim, hijo de Josías, que había tomado partido por Necao contra los asirios; Jerusalén se rescata, pero una parte del pueblo es llevada a Babilonia; es el comienzo de los setenta años de cautiverio, y desde entonces la realeza de Judá no durará ya más que diecinueve años. Así, los hechos de esta primera invasión de Nabucodonosor en Judea, hechos reconocidos por el segundo libro de los Reyes (cap. 24), no concuerdan en modo alguno con lo que la Biblia nos cuenta por otra parte a propósito de Judit. Si el episodio de Holofernes se situara en esta época, está fuera de duda que Nabucodonosor habría tomado venganza de ello, en ocasión de esta primera invasión victoriosa.
Los hechos históricos que siguen no concuerdan mejor. En 601, a pesar de las advertencias de Jeremías, que presentía que el reino de Judá iba a acabar pronto lastimosamente como el de Israel, Joacim deja de pagar tributo a Nabucodonosor; es una rebelión del reyezuelo judío.

354. El profeta Jeremías, monologuista lamentativo.
¿Es entonces cuando hay que situar la expedición de Holofernes? No; ¡pues las armas israelitas no brillan mucho en esos años! Tras cuatro años de devastación del territorio judío por los asirios, Nabucodonosor entra en Jerusalén (es la segunda toma de la ciudad santa por los ejércitos de Babilonia), hace morir a Joacim y lo reemplaza por su hijo, llamado igualmente Joacim, dicho Jeconías. Pero, al cabo de tres meses, Nabucodonosor cambia de parecer; Joacim-Jeconías es puesto en el número de los cautivos que los asirios se llevan a Babilonia, después de haber saqueado el templo; es Matanías, tío materno de Jeconías, a quien el vencedor establece rey de Judá en reemplazo del joven príncipe destronado y prisionero, y Nabucodonosor cambia el nombre del nuevo rey por el de Sedequías (597). No es todavía en esta época cuando conviene situar el glorioso episodio de Judit, ¿verdad?
Imposible situarlo tampoco en los nueve años que siguen, años de desolación en Judea, años durante los cuales el yugo asirio pesa más duramente que nunca sobre los restos de la población israelita, dejados en Jerusalén y otras ciudades de las dos tribus de Judá y Benjamín. Por fin, en 588, el faraón Apries, tras una guerra feliz contra los tirios, empuja a Sedecías a sacudir el yugo de Babilonia; Apries es vencido en el propio Egipto, y, al regreso de su expedición triunfante, Nabucodonosor va a poner sitio a Jerusalén por tercera vez. La hazaña de Judit no se cumplió evidentemente en ese momento, puesto que la victoria fue de nuevo para los enemigos de Israel. Ese es el sitio de dieciocho meses que terminó con la toma de Jerusalén y el fin del reino de Judá (587), habiendo entrado los asirios por la brecha en la ciudad de David, en la noche del 9 al 10 de julio; el templo y el palacio son destruidos, los edificios públicos y las casas de los particulares son incendiados, las murallas son demolidas; toda la familia real es masacrada, salvo Sedecías, quien, encadenado y con los ojos reventados, es llevado cautivo a Babilonia con los últimos judíos.

355. Nabucodonosor destruye el Templo de Jerusalén
Así pues, de 606 a 587, Nabucodonosor no cesó de ser el azote de Judea; únicamente durante ese período de tiempo vinieron sus ejércitos al territorio hebreo, y siempre fueron victoriosos, ya bajo las órdenes de sus generales, ya cuando él los mandó en persona; esto está expresamente reconocido en el libro bíblico de los Reyes. Así pues, dado que el libro de Judit expone la pretendida hazaña de la heroína afirmándola cumplida contra un general de Nabucodonosor, dado que Asiria no tuvo otro rey del nombre de Nebukadnezzar (Nabucodonosor), el libro de Judit, desde su primera línea hasta la última, es una audaz mentira; y Voltaire tuvo razón al decir que la época asignada por los teólogos a la existencia de Judit es precisamente la época de los mayores desastres de la nación judía.
«Algunos partidarios de Judit, continúa Voltaire, han sostenido que había algo de verdad en su aventura, puesto que los judíos celebraban todos los años la fiesta de esta prodigiosa mujer. Se les ha respondido que, aun cuando los judíos hubiesen instituido doce fiestas al año en honor de santa Judit, eso no probaría nada.
Por más que los griegos hubiesen celebrado la fiesta del caballo de Troya, no sería por ello menos falso ni menos ridículo que Troya hubiese sido tomada por ese gran caballo de madera. Casi todas las fiestas de los griegos y de los antiguos romanos celebraban aventuras fabulosas. Cástor y Pólux no habían venido ciertamente del cielo y de los infiernos para ponerse a la cabeza de un ejército romano, y sin embargo se festejaba ese hermoso milagro. Se festejaba a la vestal Silvia, a quien el dios Marte hizo dos hijos (Rómulo y Remo) durante su sueño, cuando los latinos no conocían aún ni al dios Marte ni a las vestales. Cada fábula tenía su fiesta en Roma como en Atenas. Cada monumento había sido edificado para consagrar una impostura. Cuanto más sagrados eran, más seguro es que eran ridículos.
Y, sin buscar ejemplos demasiado lejos, ¿no tenemos todavía, en la Iglesia griega, la fábula de los Siete Durmientes, y, en la Iglesia romana, la fábula de las Once mil Vírgenes? ¿Hay algo más célebre en nuestro Occidente que la Epifanía y esos tres reyes Gaspar, Melchor y Baltasar, que vienen a pie desde los confines del Oriente a la aldea de Belén, conducidos por una estrella? Otro tanto puede decirse de Judit y de Holofernes.
Pero hay una respuesta aún mejor que dar: y es que es falso que los judíos hayan tenido jamás la fiesta de Judit. Fue un falsario, un monje dominico llamado Juan Nanni, conocido bajo el nombre de Annio de Viterbo, quien hizo imprimir, en el siglo XVI, pretendidas obras de Filón y de Beroso, en las cuales se supone esa pretendida fiesta. Así es como se han establecido mil opiniones: cuanto más ridículas eran, más boga han tenido. Las Mil y una Noches reinan en el mundo.»
CAPÍTULO 15 Durante y después de la cautividad
Los libros de profecías, — Isaías y Jeremías, por ejemplo, — no ofrecen ningún interés en el examen que nos ocupa. Si se los considera desde el punto de vista de los hechos anunciados, se observa que los acontecimientos, en cuanto están indicados con precisión, son exclusivamente de los que pudieron ser relatados después de ocurridos; esas narraciones, supuestamente escritas de antemano, hacen doble empleo con otros pasajes de la Biblia. En cuanto a la generalidad de esas profecías, son sobre todo tan vagas como es posible; lo que permite a los sacerdotes interpretarlas a su antojo, e incluso variar sus interpretaciones al gusto de sus intereses y según la marcha de los acontecimientos. No nos detendremos en esas divagaciones; sería hacer perder al lector su tiempo, exactamente como si emprendiéramos comentar los Salmos de David, que también forman parte de la Biblia.
Terminaremos, pues, esta obra agrupando en un último capítulo todos los episodios, afirmados verídicos por la Iglesia, que constituyen más o menos dogmáticamente la historia del pueblo hebreo desde la destrucción del templo por Nabucodonosor hasta el nacimiento de Jesucristo; pues tal es, para los cristianos, el fin del Antiguo Testamento. El lector tendrá así una selección de los trozos más curiosos y más singulares, comenzando por Daniel, cuyas aventuras son del tiempo de Nabucodonosor y de sus sucesores.
El libro de Daniel comienza enseñándonos que el rey Nabucodonosor hizo criar en Babilonia, entre sus eunucos, a cuatro jóvenes judíos de noble raza, escogidos entre los más hermosos de rostro. Aspenaz, jefe de los eunucos, confió a Melsar, subjefe eunuco, estos cuatro adolescentes: Daniel, Sidrac, Misac y Abdénago. No se dice expresamente que se los castró; pero eso se desprende bastante bien del texto. Sea como fuere, esta educación aprovechó admirablemente a los jóvenes, y Nabucodonosor, habiéndoles hecho pasar un examen, reconoció que eran diez veces más inteligentes y sabios que todos los adivinos y astrólogos de su reino (cap. 1).
Un día, o más bien una noche, Nabucodonosor tuvo un sueño, por el cual quedó tan turbado que no pudo recordarlo al despertar. Mandó comparecer ante sí a todos sus magos caldeos y los conminó: 1.º a decirle lo que había soñado, y 2.º a darle la explicación. Estos respondieron que la primera parte de este problema era insoluble; pero que, si el rey lograba recordar el sueño, explicarlo sería para ellos la cosa más fácil del mundo. Nabucodonosor replicó condenando a muerte a todos los magos. La ejecución estaba en marcha y los cuatro jóvenes hebreos iban a pasar por ella también, aunque no habían sido llamados a la consulta real, cuando Daniel declaró que se encargaba de recordar a Nabucodonosor su sueño y de darle una interpretación exacta. Rememoró, pues, al rey que había visto una gran estatua cuya cabeza era de oro, el pecho y los brazos de plata, el vientre y las caderas de bronce, las piernas de hierro y los pies parte de hierro y parte de arcilla; y he aquí que una piedrecita, desprendiéndose de una montaña vecina, vino a golpear la estatua en los pies y los rompió, de suerte que toda la estatua se derrumbó, mientras que la piedrecita se convirtió en una gran montaña que llenó toda la tierra. En cuanto a la explicación, Daniel la dio así: la cabeza de oro es Nabucodonosor en persona; y después de Nabucodonosor, se levantará un reino de plata, es decir, menor; luego, un tercer reino de bronce, que dominará el mundo; y en cuarto lugar, habrá otro inmenso reino, mitad hierro y mitad arcilla, es decir, mitad fuerte y mitad débil; entonces es cuando Dios suscitará un quinto reino que romperá y consumirá a todos los demás y será establecido eternamente. Nabucodonosor, pasmado de tanta ciencia, se prosternó ante el joven Daniel, le hizo grandes presentes y lo nombró gobernador de la provincia de Babilonia; al menos, es la Biblia quien lo dice (cap. 2), pues los arqueólogos jamás han descubierto nada semejante en las inscripciones asirias.

357. Sueño de Nabucodonosor explicado por Daniel.
Algún tiempo después, Nabucodonosor hizo erigir en pleno campo, en Dura, en la provincia de Babilonia, una estatua toda de oro, de sesenta codos de alto y seis de ancho, y reunió, para el día de la inauguración, a todos los sátrapas, magistrados, oficiales, intendentes, recaudadores, consejeros, gobernadores de las provincias, etc. A cierta distancia de la estatua, se había construido un inmenso horno, todo en llamas. Entonces, un heraldo anunció, de parte del rey, que quienquiera que no se prosternase ante la estatua de oro sería arrojado al horno. No habiendo querido prosternarse Sidrac, Misac y Abdénago, Nabucodonosor entró en gran cólera, ordenó que se llenase el horno con siete veces más combustible que de ordinario, e hizo arrojar en él a los tres jóvenes hebreos. Ahora bien, el horno ardía tan fuerte, que los hombres que precipitaron en él a las víctimas fueron ellos mismos quemados vivos solo con acercarse al fuego. Y Nabucodonosor quedó en el colmo de la sorpresa al ver a cuatro hombres pasearse muy tranquilamente por el horno, sin ser lo más mínimo incomodados por las llamas; uno de esos cuatro hombres era semejante a un hijo de Dios. Nabucodonosor invitó entonces a Sidrac, Misac y Abdénago a salir del horno; lo que hicieron. Todos los sátrapas, magistrados, gobernadores, consejeros, etc., y el rey mismo estaban maravillados al considerar a aquellos hombres «a quienes ni un cabello se les había chamuscado, cuyos calzones no tenían ni siquiera olor a fuego.» En el acto, Nabucodonosor promulgó un decreto, en virtud del cual quienquiera que dijese algo inconveniente contra el dios de los judíos sería hecho pedazos y tendría su casa demolida. (cap. 3)

356. Milagro de los tres jóvenes hebreos en el horno.
El capítulo 4 es una obra maestra de estupidez. Los sacerdotes cuentan que Nabucodonosor fue cambiado en bestia durante siete años de su vida; ¡pero es en la Biblia donde hay que leer este episodio! En su libro, Daniel pasa la pluma al rey de Asiria, y es Nabucodonosor mismo quien cuenta lo que le sucedió. «Yo, Nabucodonosor, rey de los asirios, me dirijo a todos los pueblos y a las naciones de todas las lenguas que habitan en toda la tierra; ¡que la paz sea con todos! Me ha parecido bien daros a conocer las señales y las maravillas que el Dios soberano ha hecho para conmigo.» (Daniel 4:1-2) Y así sucesivamente: ¡treinta y siete versículos! ¡Todo un capítulo de la Biblia redactado por Nabucodonosor! Eso sí que es un hallazgo; la charlatanería del Espíritu Santo no retrocede ante ninguna patraña que hacer tragar a los fieles... Así pues, Nabucodonosor cuenta que vio en sueños un árbol inmenso, cuya copa tocaba los cielos y en cuyas ramas se posaban todas las aves de la tierra; de pronto, un santo descendió de una nube y mandó derribar ese árbol, no dejar de él más que el tronco y las raíces, atar esos restos con cadenas de hierro, regar ese tronco y esas raíces con rocío, y dar a ese tronco y a esas raíces un corazón de bestia durante siete tiempos. Nabucodonosor dice que consultó a Daniel a este respecto y que el profeta le reveló ante todo que ese árbol era su real persona; el resto del sueño indicaba que sería depuesto del trono y cambiado en bestia durante siete años. Prosiguiendo su relato, Nabucodonosor narra que, en efecto, un día en que se paseaba por la terraza de su palacio y se complacía en admirar los esplendores de Babilonia, oyó una voz que le gritó su caída, y que al punto fue expulsado de su palacio, que todos los hombres lo abominaron y que se vio reducido a refugiarse en los campos; que allí se puso a pacer hierba, no teniendo otro alimento durante siete años; que le crecieron por todo el cuerpo pelos de buey y plumas de águila, y que sus uñas se volvieron semejantes a las garras de las aves de rapiña.

358. El rey Nabucodonosor, precursor de los vegetarianos.
Pero, al fin del séptimo año, «alcé mis ojos al cielo, refiere Nabucodonosor, y mis sentidos de hombre me volvieron; entonces, alabé al Dios soberano, y regresé a Babilonia; todos mis antiguos consejeros me agasajaron, los grandes del reino me reclamaron, fui restablecido en el trono, y mi reinado terminó con más magnificencia aún que al principio». Es enojoso que Nabucodonosor no haya dado a conocer quién había reinado en su lugar. No hace falta decir que los sabios jamás han descubierto nada que se relacionase con esa pretendida caída del hijo de Nabopolasar y con su pretendido restablecimiento en el trono al cabo de siete años.
En el capítulo 5, Daniel, retomando la pluma, nos despacha su mirobolante aventura («despacha» — fr. «débiter», vender al por menor; en sentido figurado, recitar de corrido, como quien despacha mercancía) («mirobolante» — fr. voz jocosa popular: maravillosa hasta lo increíble, demasiado hermosa para ser verdad), conocida bajo el nombre de festín de Baltasar. En varias ocasiones, el autor nos declara que este Baltasar era hijo de Nabucodonosor. Así pues, este rey de Asiria dio una cena extraordinaria a mil de sus principales señores, y, a los postres, tuvo la fantasía de hacer beber a sus convidados en los vasos sagrados que su padre había tomado del templo de Jerusalén. Entonces, de pronto, apareció una mano y se puso a trazar sobre la pared letras de una lengua desconocida. Baltasar, espantado, hizo llamar a los astrólogos, a los adivinos, a los más sabios de los caldeos, prometiendo dar un collar de oro, una túnica de escarlata y el tercio de su reino al primero que descifrase esa escritura misteriosa y la explicase; pero ninguno pudo satisfacerlo. Afortunadamente, la reina se acordó de Daniel. El profeta llega y, sin fruncir el ceño («sin fruncir el ceño» — fr. «sans sourciller», sin mover las cejas: sin inmutarse), lee sobre el muro las palabras: Mane, Thecel, Phares.

360. El festín de Baltasar.
Luego, sin decir a qué lengua pertenecen, las traduce así, con gran estupefacción de la asamblea: «La palabra Mane significa: Dios ha contado tu reinado, y le ha puesto fin. La palabra Thecel significa: Has sido pesado en la balanza, y has sido hallado demasiado liviano. La palabra Phares significa: Tu reino ha sido dividido y dado a los medos y a los persas.» Baltasar, como hombre que no tiene más que una palabra, hizo en seguida vestir a Daniel con una túnica de escarlata, le pasó al cuello un collar de oro, y, por medio de un heraldo, hizo proclamar en el acto que la tercera parte del reino estaría en adelante bajo la dominación del profeta. El capítulo termina inmediatamente con estos dos versículos (30-31): «Aquella misma noche, Baltasar, rey de Caldea, fue muerto. Y Darío de Media tomó posesión del reino, siendo de edad de sesenta y dos años.»
Esta historieta del festín de Baltasar no está mal imaginada; se sabe qué éxito ha tenido; el tema, por lo demás, está lleno de atractivo para los pintores, que no han dejado de sacarle partido; ¡así es que cuánta buena gente cree que ocurrió! Por desgracia, ahí está la historia, que contradice formalmente a la Biblia.
Ante todo, ningún Baltasar es mencionado en parte alguna como habiendo reinado en Babilonia. Nebukadnezzar (Nabucodonosor) murió en 561 (a. de J. C.), dejando un hijo, Evilmerodac, que le sucedió, de 561 a 556, y una hija, casada con Nergalsarasar (Neriglisor), el cual asesinó a su cuñado, usurpó el trono, y pereció un año después (555) en un combate contra Ciro, entonces rey de Persia. La corona no salió aún de la familia de Nabucodonosor: recayó, en primer lugar, en su nieto Laborosoarcod, hijo de Evilmerodac, que no reinó más que unos meses, y en segundo lugar en Nabónido, hijo del hermano menor de Nabucodonosor, a quien algunos autores dan como descendiente de Semíramis, confundiendo a esta reina con Nitocris, la ilustre madre de Nabucodonosor. Pero Nabónido, que reinó de 555 a 538 y fue el último rey de Babilonia de la dinastía de Nabopolasar, no es evidentemente el príncipe que la Biblia llama Baltasar, puesto que el libro de Daniel da expresamente a este Baltasar como hijo de Nabucodonosor, y puesto que lo hace morir en la noche de la toma de Babilonia por Darío. Ahora bien, Ciro, que como rey de Persia había sucedido en 560 a su padre Cambises I, y cuya madre, Mandane, hija de Astiages, rey de los medos, era nieta de aquel Ciaxares I que tuvo por yerno a Nabucodonosor, Ciro, decimos, reunió la corona de Media a la de Persia en 536, es decir, a la muerte de Ciaxares II, hermano de su madre y suegro suyo, con cuya hija única, Bardane, se había casado. Y fue Ciro, y no Darío, quien tomó Babilonia en 538, poniendo fin al reinado de Nabónido, el cual no es evidentemente Baltasar.
Es verdad que Babilonia fue tomada de nuevo, veintidós años más tarde, y esta vez por Darío I. Por eso, algunos teólogos marrulleros insinúan que el rey de Babilonia de esa otra época es el Baltasar de la Biblia. Pero esta tesis no se tiene en pie, en cuanto se la examina de cerca. En efecto, es sabido, archisabido, que Ciro, habiendo reunido sobre su cabeza las coronas de Persia, de Lidia (544, destronando a Creso), de Media y de Asiria, fundó la gran monarquía persa por la reunión de todos esos estados y estableció la dominación aria sobre toda el Asia occidental. Su hijo Cambises II le sucedió, añadió al imperio Egipto, que conquistó en 525, y murió en 522. Se sabe que, no teniendo Cambises hijos y volviendo la corona a su hermano Esmerdis, este había sido secretamente asesinado por los magos de Media, que le habían sustituido por uno de los suyos, el cual reinó siete meses; pero, habiendo sido descubierta la superchería, unos señores persas formaron un complot, masacraron a los magos y al falso Esmerdis (521) y dieron la corona a Darío, dos veces yerno de Ciro (se había casado con sus hijas Atosa y Aristona), conocido bajo el nombre de Darío I, hijo de Histaspes. ¡Eso sí que es historia! Y Darío, que reinó de 521 a 486, dividió su imperio en veinte satrapías. Es verdad que por un momento los sátrapas de Babilonia, Nabu-Imtuk y su hijo Belsarusur, se hicieron independientes; Darío tuvo que retomar Babilonia (516). Pero ¿cómo sostener que Belsarusur pueda ser Baltasar, puesto que ese rey no era más que un sátrapa rebelde, y no el propio hijo de Nabucodonosor, calificación formalmente dada por la Biblia a su Baltasar y repetida varias veces? Entre Nabucodonosor y Belsarusur, nueve reyes habían reinado sobre Babilonia. Además, los capítulos siguientes del libro de Daniel nos representan a este profeta mantenido en las más altas funciones por Darío y por Ciro, dando a estos dos reyes como reinando simultáneamente, el uno sobre los medos, el otro sobre los persas. Ahora bien, fueron, el uno tras el otro, a la vez reyes de los medos y de los persas, y entre el reinado de Ciro y el de su yerno Darío, hubo Cambises el conquistador y el falso Esmerdis.
En fin, como es indiscutible que la toma de Babilonia que puso fin al imperio caldeo-babilónico (dinastía de Nabopolasar, familia de Nabucodonosor) es la de 538, es decir, la toma de Babilonia por Ciro, otros teólogos suponen que Darío, mandando los ejércitos de Ciro, de quien era yerno, tomó posesión del reino en nombre de su suegro, y dicen que eso está sobrentendido en el versículo 31 del capítulo 5 citado más arriba. Añaden, siempre por hipótesis, que evidentemente Ciro siguió siendo el alto soberano de todo el nuevo imperio persa, pero que debió de delegar poderes especiales en su yerno Darío, estableciéndolo particularmente rey sobre Caldea, es decir, sobre los estados de Baltasar, cuya capital era Babilonia. Pretenden justificar esta suposición, basándola en el versículo 28 del capítulo 6 y en el versículo 1 del capítulo 9. Esos versículos están así concebidos: «Daniel prosperó bajo el reinado de Darío y bajo el reinado de Ciro, rey de Persia (Daniel 6:28). Darío, hijo de Asuero, de la raza de los medos, había sido establecido rey sobre el reino de los caldeos (Daniel 9:1).» Así, dicen, el relato de Daniel se conciliaría con la historia.
Se comprende que los sacerdotes, que proclaman a Daniel uno de los más grandes profetas a quienes Dios se haya revelado, tengan tanto empeño en justificarlo de toda fanfarronada mentirosa; es evidente que, si este escritor judío mintió al contar acontecimientos pasados de los que habría sido testigo y uno de los principales actores, no hay confianza alguna que tener, con mayor razón, en los anuncios que hace de acontecimientos futuros: ahora bien, como esas profecías, que apuntan al Mesías y a su Iglesia, son de la mayor importancia para el cristianismo, que se declara la religión así anunciada, no es admisible, a ningún precio, que Daniel sea cogido en flagrante delito de impostura. He ahí por qué los sacerdotes se toman un trabajo de todos los diablos queriendo probar que, el último día del reinado de un Baltasar cualquiera, hijo de Nabucodonosor, Babilonia fue tomada por Darío de Media, obrando por cuenta de Ciro e investido acto seguido de la realeza caldea.
Pero es una fatalidad: Daniel, fanfarrón y charlatán irreflexivo, creía no escribir más que para la clase baja del pueblo judío, para sus compatriotas ignorantes, incapaces de discutir con los levitas un punto de historia; así fueron inventadas esas leyendas de Holofernes, de Baltasar, y otros episodios del mismo género, muy halagüeños para el amor propio de esos pobres hebreos que, en realidad, habían sido tratados muy duramente por sus diversos vencedores: con esas patrañas del heroísmo de las Judit y de la elevación de los Daniel y de las Ester, se cosquilleaba agradablemente la fibra nacional, se daba una ficha de consuelo («ficha de consuelo» — fr. «fiche de consolation», en los naipes, ficha que se entrega al que pierde; un premio de consolación), después de la cautividad, a los vencidos por fin librados de la servidumbre, y se escribían esos libros de una fantasía insensata, sin sospechar que un día todo ese andamiaje de mentiras se derrumbaría y mostraría la cínica mala fe de los sacerdotes de todos los tiempos.
En efecto, la última argumentación de los teólogos, para salvar a su Daniel de la acusación de impostura en lo que concierne a Darío y a Ciro, no es más sólida que sus otras hipótesis. Darío no era hijo de rey, sino hijo de un señor persa, llamado Histaspes; no era, pues, hijo de Asuero, y Asuero es otro rey imaginario inventado por la Biblia, un supuesto rey de Persia y de Media que se habría casado con la judía Ester. Darío no era de la raza de los medos; muy al contrario, a la muerte de Ciro, que había hecho dominar la influencia persa en el nuevo imperio, los magos de Media aprovecharon la expedición de Cambises a Egipto para intentar apoderarse del poder, y lo lograron por algún tiempo poniendo en el trono al falso Esmerdis: ahora bien, fue precisamente para eliminar la influencia de la raza meda por lo que los señores persas hicieron una revolución, masacraron a los magos y a sus partidarios, y dieron la corona a Darío, hijo de Histaspes, de sangre persa. En fin, Darío no tuvo jamás una realeza particular en Babilonia: cuando recibió la corona, fue para reinar como sucesor legítimo de Ciro y de Cambises, fue para ser jefe del gran imperio persa, rey a la vez de la Persia propiamente dicha, de Media, de Lidia, de Caldea, de Bactriana y de Egipto.
Después de la buena historia de Baltasar, Daniel cuenta (cap. 6) que Darío, habiendo dividido su reino de Caldea en ciento veinte satrapías, puso por encima de los ciento veinte sátrapas a tres gobernadores, y que él, Daniel, era el más importante de los tres; los otros gobernadores y los ciento veinte sátrapas, celosos de esa inmensa autoridad dada a un judío, conspiraron desde entonces su perdición. Para ello, imaginaron hacer decretar por Darío que, durante treinta días, la persona real sería adorada y rogada, con exclusión de todo dios. Naturalmente, Daniel no hizo caso de ese decreto, y continuó dirigiendo sus oraciones a Jehová. Ahora bien, cuando Darío recibió la denuncia contra su primer ministro, por quien tenía un gran afecto, comprendió que sus consejeros lo habían hecho caer en una trampa; pero, estando empeñada su palabra real, dio orden de bajar a Daniel a un foso lleno de leones. Sin embargo, Darío, aunque al principio devoto de los dioses de su país, tuvo cierta confianza en Jehová, «Habiendo mandado Darío que se arrojase a Daniel al foso de los leones, le dijo: Tu Dios, a quien sirves sin cesar, es quien te librará. Y trajeron una piedra que fue puesta sobre la abertura del foso, y el rey la selló con su anillo y con el anillo de los principales señores. Luego, Darío se fue a su palacio; pasó la velada sin cenar, no hizo venir a sus músicos, y ni siquiera pudo dormir en toda la noche. Al día siguiente, al despuntar el día, el rey se levantó y se dirigió a toda prisa al foso de los leones; llegado allí, llamó a Daniel con voz triste, en estos términos: Daniel, siervo del Dios viviente, ¿te habrá librado tu Dios de los leones? Entonces, Daniel dijo al rey: ¡Oh rey, vive para siempre! Mi Dios ha enviado su ángel, que ha cerrado la boca de los leones, y no me han hecho ningún daño. Darío quedó transportado de gozo al oír estas palabras; hizo sacar a Daniel del foso, y todo el mundo vio bien que no tenía herida alguna. Al punto, por orden del rey, todos los que habían acusado a Daniel fueron arrojados al foso de los leones, así como sus mujeres y sus hijos, y fueron devorados por los leones aun antes de haber tocado el suelo del foso. Entonces, el rey Darío escribió una carta que envió a todos los reyes de la tierra, y esa carta estaba así redactada: A todos los pueblos y naciones de todas lenguas que habitan sobre la tierra. ¡Que la paz sea con vosotros! Os escribo para haceros saber que acabo de publicar, en toda la extensión de mi reino, un edicto ordenando que en adelante todos mis súbditos honren y teman al Dios de Daniel, porque él es el Dios viviente y el único eterno, y su omnipotencia dominará el cielo y la tierra hasta el fin de los tiempos.» (Daniel 6:16-26)

359. Daniel en el foso de los leones.
Es preciso, en verdad, que el pueblo judío haya sido mantenido por sus jefes en la ignorancia más completa de lo que pasaba entre los demás pueblos, y es preciso también que los levitas que escribían para él esos libros sagrados hayan tenido un descaro fenomenal, para que se encuentren en la Biblia afirmaciones de tal audacia, en contradicción tan flagrante con la historia. ¡La conversión de Darío a Jehová! ¡el judaísmo proclamado religión de estado por edicto de Darío! ¡y este acontecimiento político-religioso de la mayor importancia, llevado por cartas reales al conocimiento de todos los pueblos! ¿habría podido soñarse una mentira tan impudente? ¿se creería que hubiera sido posible, si la Biblia no se hubiera conservado?... Darío, adorador de Sabaot-Jehová-Adonaí, él, que participó, con sus riquezas, en la erección del templo de Diana en Éfeso; pues aquel famoso santuario pagano, comenzado hacia el año 620 antes de la era cristiana y terminado doscientos veinte años después, fue levantado a expensas comunes de todos los estados del Asia occidental (Plinio)... En cambio, Daniel, ese pretendido primer ministro de Darío, no dice, en sus catorce capítulos, ni una sola palabra de la guerra que
Darío hizo a los griegos; ¡de esa guerra formidable, Daniel jamás ha oído hablar! ¡ignora hasta la batalla de Maratón!...
Los capítulos 7 a 12 del libro de Daniel están consagrados a sueños que el escritor pretende haber tenido y a profecías. Escritas por un autor sincero, esas ensoñaciones ya no tendrían ningún valor; bajo la pluma del farsante que ha contado imperturbablemente que había sido gobernador de la provincia de Babilonia bajo Nabucodonosor y, más tarde, primer ministro de Darío, esas pretendidas profecías y visiones no tienen ni siquiera el atractivo de la curiosidad que a veces pueden despertar las visiones extravagantes de un loco. ¿Qué puede importarnos que Daniel haya visto o no en sueños un león con alas de águila, un oso cuyas fauces eran notables por tres inmensos colmillos, un leopardo de cuatro cabezas que tenía sobre el lomo cuatro alas de pájaro, una bestia de forma indescriptible con diez cuernos y dientes de hierro? ¿Qué puede importarnos que ese desvergonzado embustero anuncie una resurrección general, que tendrá lugar, dice él, en un tiempo, más tiempos, más la mitad de un tiempo? Todo eso tiene el mismo alcance que las patrañas despachadas por la primera echadora de cartas que se presente. No se puede, al leer esas páginas idiotas, sino tomar aversión a los sacerdotes que recurren a ellas para embrutecer a los fieles, y tener lástima de aquellos cuya necedad inconmensurable acepta como inspiraciones maravillosas esas ridículas estupideces.
El capítulo 13 expone cómo Daniel salvó la vida de una virtuosa mujer a quien dos viejos bribones habían hecho condenar a muerte, y cómo la calumnia de los acusadores fue demostrada y los hizo ejecutar en lugar de su víctima. La escena pasa en Babilonia, en tiempo de la cautividad. La heroína es una tal Susana, mujer de un judío llamado Joaquín.
Esta Susana era muy bella y no menos fiel a su marido. Dos viejos magistrados, que venían a veces a saludar a su marido, concibieron por ella una viva pasión. «Tenían vergüenza de declararse el uno al otro las ganas que tenían de acostarse con Susana; pero buscaban con cuidado, todos los días, los medios de sorprenderla.» (Daniel 13:11-12) Un azar los obligó a hacerse un día la confidencia mutua de su culpable amor; resolvieron, desde entonces, maniobrar de acuerdo para forzar a Susana a cederles. Así fue como se escondieron en el jardín adonde ella venía algunas veces a bañarse; esperaron a que estuviese desnuda, después de haber despedido a sus criadas; entonces, mostrándose de pronto, exigieron su sumisión a sus impuros deseos, amenazándola con decir que la habían encontrado con un amante, si les resistía. Susana lloró, pero resistió. Los dos viejos jueces gritaron, alborotaron a la gente de la casa, a los vecinos, y se agitaron tanto y tan bien, que se convocó una asamblea del pueblo para celebrarse al día siguiente ante la casa de Joaquín.

361. La casta Susana, sorprendida en el baño.
¡Qué graciosa cautividad, de todos modos! ¡He ahí a los judíos, prisioneros de guerra, internados en Babilonia, a quienes la autoridad deja reunirse en asamblea deliberante, en tribunal de alta justicia, absolutamente como si estuvieran en su casa, en Jerusalén! Se habría creído más bien que Susana, acusada de adulterio por dos magistrados babilonios, iba a ser remitida a los jueces ordinarios de Babilonia, a los jueces caldeos instituidos por Nabucodonosor; pues el episodio es del tiempo de la juventud de Daniel.
Todos los judíos cautivos en Babilonia se reunieron, pues, a la hora dicha, con toda libertad. Susana compareció ante la asamblea popular. Los dos viejos jueces babilonios mantuvieron su acusación. Poniendo cada uno la mano sobre la cabeza de la mujer de Joaquín, juraron que la habían sorprendido en el jardín, toda desnuda so pretexto de baño, y haciendo el amor con un joven; éste, decían, había sido más fuerte que ellos, no habían podido retenerlo; he ahí cómo el cómplice del adulterio había logrado escaparse. Susana negó, sin decir sin embargo por qué los dos viejos bribones daban falso testimonio contra ella; pero dirigió, en alta voz, una oración a Jehová, atestiguando que era injustamente condenada; pues el pueblo había creído a sus calumniadores y había deliberado que debía perecer.

362. Los dos viejos hacen condenar a Susana.
Iba, pues, a ejecutarse la sentencia, cuando el joven Daniel, de en medio de la multitud, pidió la palabra, la obtuvo, y se comprometió a probar la inocencia de aquella Susana, a quien veía por primera vez. Por iniciativa suya, los dos acusadores fueron separados. Entonces, uno de ellos fue llamado de nuevo, y Daniel comenzó su reprimenda en estos términos: «¡Oh tú, que has envejecido en una larga malicia, ahora han llegado a su colmo los pecados que cometías antes, dictando sentencias injustas, condenando a los inocentes y absolviendo a los culpables! Ahora pues, si has visto a esta mujer en falta, ¿di bajo qué árbol la sorprendiste con su amante? Él respondió: Bajo un lentisco. Y Daniel le dijo: Verdaderamente has mentido contra tu propia cabeza; ¡pues he aquí al mensajero de Dios que, habiendo recibido de él la sentencia, te cortará por el medio!» (Daniel 13:52-55)
Se encontrará quizá que Daniel, antes de tratar de mentiroso al primer falso testigo, habría debido esperar la respuesta contradictoria del segundo, puesto que era únicamente esa contradicción la que debía probar la calumnia de los acusadores.
Pero un muchacho que más tarde había de leer sobre una pared y traducir palabras que no pertenecían a ninguna lengua humana, no era evidentemente como los demás hombres. «Y Daniel, después de haber hecho retirar aparte al primer viejo, mandó que trajesen al otro, y le dijo: ¡Oh viejo esperma de Canaán! la belleza de Judá ha encendido tus concupiscencias. He ahí cómo habéis abusado de las hijas de Israel, y, por miedo de vosotros, ellas han sufrido que entraseis en ellas; ¡pero la hija de Judá, más valiente que las hijas de Israel, no ha sufrido vuestra iniquidad! Ahora pues, di bajo qué árbol sorprendiste a esta mujer con su amante. Él respondió: Bajo una encina.» (Daniel 13:56-58).

363. Daniel convence de calumnia a los dos viejos.
La causa estaba vista, el falso testimonio era evidente. Es claro que los dos viejos magistrados babilonios merecían un castigo ejemplar. Pero ¿quién iba, pues, a juzgarlos? ¡La Biblia afirma que su condena fue pronunciada y ejecutada por la asamblea popular de los judíos cautivos! «Entonces, toda la asamblea bendijo a Jehová en alta voz; y todos se levantaron contra los dos viejos jueces, pues Daniel los había convencido de falso testimonio por su propia boca. Y, aplicándoles la ley de Moisés, los trataron del mismo modo que ellos habían malvadamente querido hacer tratar a Susana; los mataron, pues, y así la sangre inocente fue salvada aquel día.» (Daniel 13:60-62)

364. Ejecución de los dos viejos calumniadores.
Suponiendo verdadera esta historia, incluida la ejecución, es cierto que los dos viejos bribones no la habían robado («no la habían robado» — fr. «ne l’avaient pas volée»: se la tenían bien merecida); pero, por indignos de piedad que fuesen, no es menos cierto que el juicio de su caso pertenecía a los tribunales babilonios; por eso esta conclusión basta, por sí sola, para probar la mentira del relato bíblico. Es inadmisible que los magistrados de Nabucodonosor hayan dejado juzgar y ajusticiar a dos de los suyos, aun indiscutiblemente culpables, por una reunión de prisioneros de guerra, tenidos en servidumbre; es imposible que unos judíos, en estado de esclavitud en Babilonia, hayan podido libre y públicamente aplicar la ley de Moisés a dos funcionarios del estado babilonio, a dos personajes oficiales que estaban en el número de sus amos y opresores. ¡Y la historia de Susana y de los dos viejos es una de las que más fácilmente se admiten! El arte se ha apoderado de ella para popularizarla; es una tradición respetada, en la que cree la multitud. Verdaderamente, diremos, no se lee bastante la Biblia; pues leerla es despreciarla y dejar de creer en ella, ¡tan torpes son, a fuerza de cinismo, las imposturas que la componen!
En el capítulo 14 y último del libro de Daniel, tenemos ante todo una mentira histórica flagrante: «Habiendo muerto el rey Astiages, Ciro de Persia fue puesto en posesión de su reino; y Daniel comía a la mesa del rey, que le concedió honores más que a todos sus mejores amigos.» (v. 1) El levita que ha escrito este libro no sabe siquiera que Astiages, rey de Media, muerto en 559, cuya hija Mandane fue madre de Ciro, dejó un hijo, Ciaxares II, que le sucedió y reinó veintitrés años; ese levita ignora que es solamente a la muerte de Ciaxares (536) cuando Ciro, que era a la vez su sobrino y su yerno, tuvo en herencia esa corona de Media que reunió a la corona de Persia, no habiendo dejado Ciaxares II ningún hijo varón. Comenzando, pues, con una patraña tan fuerte («patraña tan fuerte» — fr. «une si forte blague»; «blague», en francés familiar: embuste, mentira dicha con desparpajo), este capítulo promete.
Es ahí donde nos enteramos de que Ciro adoraba en Babilonia un ídolo, llamado Bel; numerosos comentaristas ven en él otra vez a Baal. Ahora bien, los sacerdotes de Bel o Baal pretendían que su ídolo devoraba durante la noche todos los manjares que los fieles depositaban sobre su altar durante el día. La Biblia quiere hacernos creer que Ciro tenía la ingenuidad de tragarse un embuste de ese calibre, y que hasta trataba de convencer a Daniel: «Aunque el ídolo Bel sea de barro recubierto de cobre, decía, es un dios perfectamente vivo, puesto que come y bebe todos los días.» (v. 5). Daniel, compadecido de el papanatismo de Ciro, lo decidió a intentar una prueba. Se llevaron carnes y vino como de ordinario al altar de Bel, y se hizo retirar a los sacrificadores; luego, Daniel, en presencia del rey solo, esparció ceniza por el suelo; tras lo cual, el rey y él se fueron, y Ciro tuvo cuidado de poner su sello en todas las puertas. Pero los sacerdotes tenían una trampilla debajo del altar; vinieron, pues, de noche por esa entrada secreta y se llevaron todos los víveres para comérselos en familia («comérselos» — fr. «boulotter», verbo popular francés: comer). Al día siguiente, el fraude fue fácilmente demostrado por las huellas de pasos sobre la ceniza. Ciro montó en una cólera azul («cólera azul» — fr. «colère bleue»: una cólera furiosa, un arrebato de ira), al ver que había sido engañado durante tanto tiempo; hizo masacrar a todos los sacrificadores de Bel, a sus mujeres y a sus hijos, y dio el ídolo a Daniel, que lo destruyó con su templo.

366. Daniel demuestra la impostura de los sacerdotes de Bel.
«Ahora bien, había también en Babilonia un gran dragón, y los babilonios lo adoraban.» (v. 22) Ciro dijo a Daniel: Este monstruo no es un ídolo de materia; él sí que está bien vivo; por consiguiente, es dios. Daniel pidió al rey que le concediera simplemente el permiso de combatir a ese dragón sin espada y sin bastón. Habiendo consentido Ciro, «Daniel tomó pez, grasa y borra, que hizo cocer juntas, e hizo con ello tortas que arrojó a las fauces del dragón, y el dragón reventó.» (v. 26)

365. Daniel envenena al dragón de los babilonios.
Habiéndose mostrado el pueblo descontento por la muerte del dragón, Ciro, para apaciguar el motín que ya rugía, hizo arrojar a Daniel al famoso foso de los leones. Ciro y los babilonios habrían debido saber que Daniel no sería devorado, puesto que la aventura ya había tenido una primera edición; pero el autor sagrado se enreda aquí en sus mentiras de la manera más cómica. La primera vez que mete a Daniel en el foso de los leones, es en tiempo de Darío, y ese rey no lo deja allí más que una noche. Esta vez, Daniel pasa seis días y seis noches en medio de las fieras; pues es preciso que el segundo milagro sea aún más brillante que el primero. «Ahora bien, había en el foso siete leones, y todos los días, antes, se les daban dos cadáveres y dos ovejas; pero entonces no se les dio nada, a fin de que devorasen a Daniel.» (v. 31). Esta vez, pues, va a ser preciso no solamente que Dios preserve a su profeta de las garras y de los dientes de los leones, sino también que lo alimente. De esta manera, el milagro no dejará nada que desear. La continuación del episodio es, pues, más admirable que todo lo que se ha leído hasta ahora. «Ahora bien, un profeta llamado Habacuc se había quedado en Judea; y, un día en que se disponía a ir a llevar a unos segadores en los campos una sopa de pan que había cocido y que tenía en una vasija, un ángel se le apareció y le dijo: Habacuc, ve a llevar a Babilonia esta comida a Daniel, que está en el foso de los leones. Habacuc respondió: Señor, jamás vi Babilonia, e ignoro dónde está ese foso. Entonces el ángel tomó a Habacuc por la coronilla, y, teniéndolo por los cabellos, lo transportó hasta Babilonia, encima del foso. Allí, Habacuc gritó: Daniel, Daniel, he aquí la comida que Dios te envía. Así, Daniel comió. Luego, el ángel del Señor volvió a transportar de nuevo a Habacuc al lugar donde lo había tomado. Y al séptimo día el rey Ciro vino a llorar a Daniel; vino al foso y miró dentro, y vio que Daniel estaba bien vivo, tranquilamente sentado en medio de los leones.» (Daniel 14:32-39).

367. Habacuc, llevado por los cabellos, da la sopa a Daniel.
Por supuesto, Ciro, imitando a Darío, hizo sacar a Daniel del foso y mandó precipitar en él a sus enemigos, los cuales fueron inmediatamente devorados. El milagro del foso de los leones de Ciro hunde, pues, en el sexto sótano («hunde en el sexto sótano» — fr. «enfonce dans le sixième dessous», expresión tomada del teatro, donde los «dessous» son los sótanos situados bajo el escenario: superar por completo, dejar muy atrás) al milagro del foso de los leones de Darío; pero hay una pequeña dificultad que plantean los críticos: y es que Darío subió al trono nueve años después de la muerte de Ciro; al dictar sus patrañas al escritor levita, el Espíritu Santo olvidó su cronología, se embrolló en ella, y, como un verdadero abejorro («abejorro» — fr. «hanneton», el escarabajo sanjuanero, de vuelo pesado y torpe; en francés familiar, persona atolondrada y distraída), ¡invirtió tontamente el orden de sucesión de esos dos reyes!
Ezequiel es, con Isaías, Jeremías y Daniel, uno de los cuatro grandes profetas; escribe sus profecías a orillas del río Quebar (?), donde estaba cautivo. Si Daniel es un farsante, en cambio, Ezequiel produce el efecto de un loco; su libro, en cuarenta y ocho capítulos, es una larga serie de divagaciones. Cuenta, en particular, que vio (no en sueños) cuatro animales que tenían cada uno un cuerpo de hombre, cuatro alas, pies de becerro, y cuatro caras, de hombre, de buey, de león y de águila; su aspecto era el de un animal todo de fuego; iban y venían; junto a ellos, corrían unas ruedas de una altura inmensa y llenas de ojos (cap. 1). Esta descripción da una idea del desquiciamiento cerebral del personaje.
Este profeta cuenta lo que hizo, por orden de Dios. Un día, se comió un libro en el que estaban escritas lamentaciones y maldiciones (cap. 2). Algún tiempo después, se acostó durante trescientos noventa días sobre el lado izquierdo, en expiación de las iniquidades del reino de Israel, y luego durante cuarenta días sobre el lado derecho, en expiación de los pecados del reino de Judá (cap. 4). Además, todo el tiempo que duró esa doble expiación, Ezequiel comió caca untada en pan, en su desayuno. Es Jehová en persona quien le había ordenado esa mortificación: «En presencia de los hijos de Israel, viéndolo ellos, comerás cada mañana excrementos de hombre extendidos sobre tortas de cebada, que habrás hecho cocer.» (v. 12).

368. La caca untada en pan, desayuno del profeta Ezequiel.
Sin embargo, habiendo asqueado ese alimento al profeta, Dios consintió en un cambio: «Te permito la boñiga de buey, en lugar de la mierda de hombre, y cocerás tu pan con esa boñiga.» (v. 15). En otra circunstancia, estando en una casa y queriendo irse, Ezequiel, en lugar de pasar por la puerta, como todo el mundo, hizo un agujero en la pared y se mudó por ese agujero con sus ropas y sus provisiones (Ezequiel 12:7).

369. Ezequiel inventa un nuevo modo de mudanza.
En el capítulo 37, Ezequiel narra que, paseándose por un campo lleno de huesos secos, los animó haciéndoles un discurso.

370. El profeta Ezequiel inventa la polca de los huesos de muertos.
Pero, de todos los pasajes de Ezequiel, el que ha excitado más murmullos entre los críticos, y el que más ha embarazado a los teólogos, es el apólogo de Ahola y Aholiba, las dos hermanas prostitutas. So pretexto de estigmatizar la falta de fe de Israel y la indiferencia religiosa de Judá en ciertas épocas, Ezequiel hace hablar a Jehová en los términos de la más repugnante obscenidad: «Mi corazón se ha desprendido de Aholiba, como se había desprendido de su hermana Ahola; pues ella ha multiplicado sus adulterios, hasta traer el recuerdo de su juventud, en que se prostituía en Egipto; y se ha apegado con preferencia a los libertinos cuyo miembro es grueso como el de los asnos y cuya eyaculación es potente como la de los caballos.» (Ezequiel 23:18-20). He ahí las vergonzosas comparaciones que se encuentran en la Biblia, so pretexto de apólogo, cuyo sentido místico, al decir de los sacerdotes, hay que admirar. ¿Misticismo? ¡Qué burla! Para expresar que los dos reinos de Israel y de Judá habían faltado a la piedad para con
Jehová, ¿era, pues, necesario escribir tales cochinadas?...
Otro profeta que se deleita en las porquerías es Oseas, cuyos relatos se refieren a hechos vividos, y que, aun pretendiendo tener visiones de Jehová, las completa con actos bastante repugnantes.
Este Oseas, nacido entre los samaritanos, se apegó no obstante al culto de Jerusalén. La Biblia lo cita como un modelo de obediencia a Dios; ¡pero qué extrañas órdenes le da Dios!... «Cuando el Eterno comenzó a hablar a Oseas, le dijo: Toma por mujer a una prostituta, y fornica con ella, de manera que tengas de ella hijos de prostituta.» (Oseas 1:2) Así es como nuestro hombre se justifica de haberse casado con una mujer de mala vida. Si hay que creer a este profeta, Dios le ordenó más tarde acostarse con la mujer de uno de sus amigos, pero con la condición, sin embargo, de que ella hubiese ya engañado a su marido: «El Eterno me dijo: Ve aún a amar a una mujer amada de su esposo, pero que se ha entregado al adulterio; pues así es como Jehová ama a los hijos de Israel, los cuales sin embargo honran a otros dioses y se regocijan bebiendo frascos de vino. Para obedecer a Dios, entré, pues, en esa mujer, después de haberle dado quince piezas de plata y una fanega y media de cebada. Y dije a esa mujer: Habitaremos juntos durante varios días; no te acostarás con ningún otro más que conmigo; y te prometo serte fiel.» (Oseas 3:1-3).
Pero ¿qué conclusión sacar de los pasajes de este género, tan multiplicados en la Biblia, sino que el pueblo de Dios fue un pueblo de lujuriosos, que no retrocedía ante ninguna impudicia, al mismo tiempo que un pueblo de espléndidos borrachos, si hemos de creer estas palabras de Joel, otro profeta sagrado: «Borrachos, despertad y llorad, y todos vosotros que bebéis el vino, aullad a causa de ese licor que sale de la vendimia; pues voy a privar de él en adelante a vuestra boca.» (Joel 1:5)
El libro de Ester entra en la categoría de las obras escritas indudablemente para vendar las heridas del amor propio judío. Hemos visto que Daniel tuvo el aplomo de escribir que había sido el primer ministro de Darío, a quien daba por padre a un pretendido Asuero; algún otro levita, de un descaro no menos formidable, ha tenido el aplomo de escribir la historia de ese Asuero, de ese mito, de hacer de él un monarca, cuyo reino, teniendo por capital Susa, comprendía ciento veintisiete provincias y se extendía desde la India hasta Etiopía, y de hacerle casarse con una judía.
Según la Biblia, pues, en el tercer año de su reinado, este Asuero, desconocido de los historiadores, dio un incomparable festín, que duró ciento ochenta días (Ester 1:4). Hacia el final de la comida, el monarca invitó a todo el pueblo de Susa durante siete días, desde el más rico hasta el más pobre (v. 5). Ahora bien, el séptimo día del banquete popular, el rey, estando más alegre que de costumbre, a causa del vino que había bebido, mandó a sus eunucos «traer a Vasti, la reina, ante él, toda desnuda, con la corona real, para hacer ver su belleza a los señores y al pueblo; pues era hermosa.» (v. 11) Pero la reina Vasti se negó. El rey, transportado de furor, consultó a siete sabios; a consecuencia de lo cual, Vasti fue repudiada, y por un edicto su diadema fue prometida a la virgen más bonita que agradase al rey. Bajo la guarda de Hegai, eunuco en jefe, se reunió así un gran número de muchachas; cada una, por turno, debía pasar una noche de prueba en el lecho de Su Majestad.
«Ahora bien, había en Susa un judío llamado Mardoqueo, hijo de Jair, de la tribu de Benjamín, que había sido transportado de Jerusalén con los prisioneros que se llevó Nabucodonosor, cuando capturó a Jeconías. Mardoqueo criaba a su joven sobrina Hadasa, huérfana de padre y madre; la trataba como a su propia hija, y la llamó Ester. Con este nombre la hizo entrar en el serrallo de Asuero; pues era muy hermosa. Ester, siguiendo la recomendación de su tío, no declaró que era judía. Y fue de las que agradaron al rey, desde la primera ojeada; por eso el rey le hizo hacer todo lo necesario para prepararla, en espera de que llegase su turno de acostarse en el lecho real. Toda muchacha destinada a entrar en el lecho de Asuero debía, durante seis meses, frotarse con aceite de mirra, y, durante otros seis meses, con plantas aromáticas. Entonces, era entregada en manos del rey, después de haber recibido todo lo que pedía. Entraba en el palacio por la noche, y, hacia la mañana, volvía al segundo serrallo, su nueva morada, bajo la conducción del príncipe eunuco Saasgaz, guardián de las concubinas; pero, desde entonces, ya no volvía al palacio de Asuero, a menos que el rey desease aún acostarse con ella y que fuese llamada por su nombre. Cuando llegó el turno de Ester, no pidió más que lo que Hegai le aconsejó pedir. Así, fue definitivamente conducida a Asuero, en su palacio real, en el décimo mes del séptimo año de su reinado. Y el rey amó a Ester más que a todas las otras vírgenes que había probado antes; ella ganó sus buenas gracias y supo ser más agradable que todas; puso, pues, la diadema sobre su cabeza y la proclamó reina en lugar de Vasti.» (Ester 2:5-17).

371. Asuero repudia a Vasti y se casa con Ester.
Algún tiempo después, Asuero tuvo por primer ministro a Amán, hijo de Amadata, de la raza de Agag. Ahora bien, Amán, muy orgulloso, quería que todo el mundo se arrodillase ante él; solo Mardoqueo osó resistir a esta orden. Furioso, el ministro obtuvo del rey un edicto que ordenaba la matanza de todos los judíos; a pesar de todo su espíritu sutil, Amán no había encontrado otro medio de alcanzar a Mardoqueo. Pero, mientras se expedía el edicto de muerte a todos los gobiernos de las provincias, Mardoqueo previno a Ester, y esta se presentó ante el rey, sin esperar a ser llamada; lo cual era muy grave. Cualquiera que se acercase al rey, sin haber sido requerido, quedaba por ese hecho condenado a muerte, a menos que el rey le tendiese su cetro de oro en señal de perdón de su temeridad. Ester arriesgó el golpe; Asuero, asombrado, pero al punto encantado, tendió su cetro a la amable reina, y le preguntó qué deseaba, ofreciéndole incluso la mitad de su reino. Ester rogó al rey que tuviese a bien venir a cenar a su casa, haciéndose acompañar de Amán.

372. Orgullo de Amán, y bella actitud de Mardoqueo.
La cena tuvo lugar, y Asuero, muy intrigado, reiteró, a los postres, su oferta de repartir el reino. Ester la declinó, pero rogó a su regio esposo que le hiciese aún el honor de cenar en su casa, al día siguiente, siempre con Amán. Este se sintió tan orgulloso de verse honrado hasta tal punto por la reina, que se jactó de ello ante Zeres, su mujer, y ante todos sus amigos; pero, como no obstante la independencia de Mardoqueo le mortificaba más que nunca, mandó hacer una horca de cincuenta codos de alto, prometiéndose muy bien que en ella se colgaría al detestado judío, cuyo parentesco con la reina ignoraba (cap. 3, 4, 5).
Entretanto, Asuero, no pudiendo dormir aquella noche, se hizo leer, para distraerse, los anales de su reinado; tuvo así ocasión de enterarse de que dos de sus eunucos, llamados Bigtán y Teres, habían formado, en un tiempo ya bastante lejano, el proyecto de asesinarle, pero que este complot había sido revelado a las autoridades por un tal Mardoqueo, que había preservado así su regia existencia. Asuero preguntó qué recompensa había recibido ese Mardoqueo. Ninguna, le respondieron. Por eso, desde por la mañana, cuando Amán se presentó en casa del soberano, este le dijo: Amán, aconséjame; ¿qué habría que hacer a un hombre a quien el rey quisiera honrar de una manera del todo extraordinaria? Amán, imaginándose que se trataba de él, respondió: Rey, hay que revestir a ese hombre con vuestro manto real, ponerle vuestra corona, hacerle montar en vuestro caballo; es preciso luego que ese hombre sea paseado así por las calles de vuestra capital, llevando el caballo de la brida uno de los mayores señores del reino, el cual gritará al pueblo: ¡He aquí al hombre a quien el rey quiere que se honre para siempre en su reino! Entonces el rey le dijo: Tienes razón; así pues, ve a buscar a un tal Mardoqueo, y paséalo por toda la ciudad como acabas de decir. Amán tuvo que obedecer. ¡Figuraos si lo hizo de mala gana! (cap. 6).
Por la noche, la reina Ester dio su segunda cena a Asuero, acompañado de Amán; pero el ministro ya no estaba tan pimpante como la víspera. Por tercera vez, Asuero ofreció a Ester concederle todo cuanto desease, aunque fuese la mitad de su reino. La reina le respondió: ¡Oh rey, concédeme que yo viva y que los de mi raza no sean exterminados!

373. Ester suplica a Asuero que perdone la vida a los judíos.
Asuero, que se había casado con Ester sin saber de qué raza era, quedó entonces muy perplejo. ¿Qué significa esto? pensó. Y cuando la reina le hubo afirmado que un enemigo de su raza había maquinado un exterminio general y que por eso imploraba la soberana clemencia, Asuero, sin comprender nada, exclamó: ¿Quién es y dónde está ese hombre que ha tenido la audacia de maquinar el exterminio de la raza a que pertenece la reina Ester, que me es tan querida? Ester respondió: Ese enemigo, el opresor de mi raza, es ese malvado Amán, aquí presente.

374. Amán es acusado por la reina de haber querido su muerte.
Turbación de Amán, gran cólera del rey; entrada de un eunuco, que viene a decir que una alta horca destinada a Mardoqueo ha sido levantada por orden del ministro.

375. Mardoqueo es conducido en triunfo por el mismo Amán.
Conclusión: Asuero ordena que Amán sea colgado de su horca; la orden real es ejecutada al punto, y Mardoqueo es nombrado primer ministro. (cap. 7, 8)

376. Ahorcamiento de Amán en la horca que destinaba a Mardoqueo.
Con el consentimiento del rey, Ester y Mardoqueo hicieron publicar que los judíos, cuya matanza había sido anunciada por Amán para el día decimotercero del mes de Adar, tendrían derecho, ese día y el siguiente, a degollar a cualquiera que los hubiese maltratado desde el comienzo de su cautividad. Ochocientas personas fueron así degolladas en Susa, y setenta y cinco mil en las demás ciudades del reino. El día decimoquinto de Adar, los israelitas banquetearon alegremente por todas partes. Ester hizo un edicto declarando que en adelante los judíos celebrarían cada año la memoria de estos acontecimientos (cap. 9). Son las fiestas de Purim, que todavía observan en nuestros días los israelitas: un día de ayuno, en recuerdo de las angustias y de las oraciones del mito Ester, y dos días de regocijo, en recuerdo de las pretendidas matanzas.
Tal es el cuento de Ester, del que los sacerdotes han hecho una historia sagrada, en la que hay que tener fe, a pesar de sus clamorosas inverosimilitudes. Siempre es por una impudicia por lo que empieza una santa leyenda: si la reina Vasti fue repudiada por no haber querido aparecer completamente desnuda ante los señores y los súbditos de Asuero, queda sobreentendido que la bella Ester, al ponerse en el número de las candidatas a la sucesión de Vasti, estaba dispuesta a plegarse al capricho del rey. Los críticos dicen también que jamás el sultán de los turcos, ni el de Marruecos, ni el sah de Persia, ni el Gran Mogol, ni el emperador de China reciben a una muchacha en su serrallo sin que se traiga su genealogía y certificados del lugar de donde ha sido tomada; no hay un caballo árabe en las caballerizas del Gran Señor («el Gran Señor» — fr. «le Grand Seigneur»: título que se daba en Europa al sultán otomano) cuya genealogía no esté en manos del caballerizo mayor: ¿cómo, pues, no habría sido informado Asuero de la patria, de la familia y de la religión de una muchacha con quien se casaba solemnemente y a quien proclamaba reina?... En cuanto a ese Amán, que quiere hacer degollar a toda una nación porque un quídam de esa nación se niega a prosternarse ante él, y ello cuando los demás judíos que destina a esa degollina le rinden ese honor que desea, hay que confesar que jamás una locura tan ridícula y tan horrible entró en la cabeza de nadie. Por otra parte, si se admite, según la Biblia, que Ester logró llegar a ser reina y conservar la corona ocultando que era judía, la gloria de esa elevación se ve singularmente disminuida desde el punto de vista del amor propio nacional; y, además, no se ve cómo Asuero puede juzgar a Amán culpable de haber querido hacer degollar a su querida Ester en su calidad de judía, ¡puesto que precisamente nadie sabe a qué raza pertenece!... En fin, la crueldad execrable de la dulce Ester, al terminar el cuento, añade lo odioso a lo ridículo. «No ignoramos, dice Voltaire, que la fábula de Ester tiene un lado seductor: una cautiva convertida en reina, y que salva de la muerte a todos sus compatriotas, es un asunto de novela y de tragedia. ¡Pero cuán echado a perder está por las contradicciones y los absurdos de que rebosa! ¡cuán deshonrado por la barbarie de Ester, tan contraria a las costumbres de su sexo como a la verosimilitud!»
Con Esdras y Nehemías, llegamos a la liberación del pueblo de Dios. Según la cronología fantasiosa de la Biblia, los judíos tuvieron, pues, un gran alivio de su desgracia bajo el reinado de Asuero, padre de Darío, — y no olvidemos que Darío fue hijo de Histaspes, señor persa, que jamás reinó en parte alguna, — y bajo el reinado de Darío, que tomó por primer ministro al judío Daniel, como Asuero había tomado al judío Mardoqueo. Ahora bien, la Biblia, ya lo hemos visto, coloca el reinado de Ciro después del de Darío, cuando se consulta el libro del profeta Daniel; pero, en cuanto se abre el libro del profeta Esdras, Ciro es seguido de Asuero, luego de Artajerjes, luego de Darío (Esdras 7:5-7). Este nuevo orden de sucesión no es más conforme a la historia que el otro; ¡qué galimatías! ¡qué embrollo! Por encima del mercado («por encima del mercado» — fr. «par-dessus le marché»: por añadidura, para colmo), Esdras y Nehemías, que son los dos profetas en quienes se apoyan los sacerdotes para fijar las circunstancias del regreso a Jerusalén, ni siquiera concuerdan entre sí. Según Esdras, es Ciro quien, desde el primer año de su reinado, autorizó a los hijos de Israel a volver libremente a Judea, y declaró en un edicto que Jehová le había ordenado hacer reconstruir su templo en Jerusalén; los judíos vuelven, pues, a su patria, bajo la conducción de Zorobabel; desgraciadamente, la construcción se interrumpe durante los reinados de Asuero y de Artajerjes, a causa de las dificultades suscitadas por los diversos pueblos que se habían establecido en su ausencia en su país; en fin, esas hostilidades cesaron poco después del advenimiento de Darío y el templo fue acabado en el sexto año de su reinado. Según Nehemías, no es bajo Ciro, sino bajo Artajerjes, en el vigésimo año de su reinado, cuando los judíos fueron autorizados a regresar a Jerusalén y a levantar la ciudad de sus ruinas, estando Zorobabel a la cabeza del pueblo al fin liberado; las dificultades suscitadas por los pueblos que ocupaban su territorio son superadas victoriosamente por los judíos, que trabajan con la llana en una mano y la espada en la otra; en fin, este autor sagrado habla de un viaje que hizo a Babilonia, en el momento en que se acababa la reconstrucción del templo, en el año trigésimo segundo del reinado de Artajerjes (Nehemías 13:6). Ahora bien, Esdras atestigua en su libro que Nehemías acompañaba a Zorobabel en el regreso a Judea, bajo el reinado de Ciro, y pretende que hubo una segunda repatriación de los judíos bajo Artajerjes, pero en el séptimo año de su reinado, y no en el vigésimo, y afirma que fue él, Esdras, quien conducía esta vez a sus compatriotas. ¡Desenredad, pues, la verdad en medio de estas contradicciones flagrantes!...
Después de los libros de Esdras, de Nehemías y de Ester, los sacerdotes colocan en la Biblia un libro de Job, que cuenta una historia cuya fecha no está indicada en ninguna parte. Esta historia puede resumirse así: — En el país de Hus (?) («Hus» — fr. «Huts», forma de la Biblia de Ostervald; la Reina-Valera de 1909 dice «Hus», las Biblias modernas «Uz»), vivía un hombre inmensamente rico, fiel servidor de Dios. Ahora bien, aconteció un día, en el reino eterno donde están los ángeles, que Dios dijo a Satán, que estaba entre ellos: ¿De dónde vienes, tú? Y Satán respondió a Jehová: Vengo de pasearme por la tierra, he corrido por ella de acá para allá. Entonces Dios prosiguió: Si es así, sin duda has encontrado a mi servidor Job, que no tiene igual en el mundo en piedad.

377. Job, inmensamente rico, es el más feliz de los hombres.
Y Satán replicó: Si es piadoso, es porque le has colmado de bienes; ¡pero quítale sus riquezas, y verás qué maldiciones proferirá! Jehová no quiso causar personalmente ninguna aflicción a su fiel servidor; por otra parte, autorizó a Satán a perseguirle tanto como le pluguiese. Puedes hacerle sufrirlo todo, a excepción de la muerte, dijo al ángel malicioso.
Micer Satán no dejó de usar del permiso. Primero, una tribu de árabes roba a Job sus 500 yuntas de bueyes y sus 500 asnas; el rayo cae sobre sus rebaños (7.000 ovejas) y los aniquila, así como a sus pastores; unos jinetes caldeos le toman sus 3.000 camellos y pasan a sus guardianes a filo de espada; en fin, un viento furioso, que sopla del desierto, derriba la casa donde sus siete hijos y sus tres hijas estaban bebiendo, y los sepulta bajo las ruinas. Job se entera de todas estas desgracias golpe tras golpe; pero, como tiene el carácter bien hecho, se pone de rodillas y exclama: «Desnudo salí del vientre de mi madre; ¿qué importa que ya no tenga nada? Dios me lo había dado todo, Dios me lo ha quitado todo; ¡bendito sea su santo nombre!»

378. Job se convierte de pronto en el hombre más pobre del mundo.
Pero Satán no se da por vencido. El desdichado Job se ve pronto cubierto de una llaga horrenda, que se extiende desde su cabeza hasta la planta de sus pies. Sentado sobre un estercolero, quita con los tiestos de una olla rota el humor fétido que mana de sus úlceras. Su propia mujer viene a increparle; pero Job responde todavía con voz resignada: «Todo lo tenemos de Dios; si hemos recibido de él los bienes, ¿por qué no habríamos de recibir los males?» Tres de sus amigos, Elifaz, Bildad y Zofar, enterados de sus infortunios, vinieron a verle; «y se sentaron en tierra con él durante siete días y siete noches, sin decirle palabra alguna; porque veían que su dolor era muy grande».

379. Paciencia inalterable de Job en medio de los dolores.
De pronto, Job estalla en violentas quejas sobre sus aflicciones; maldice el día de su nacimiento. «¡Por qué no morí al salir del vientre de mi madre! ¿o por qué no fui como un abortivo?» Y llama a la muerte a grandes gritos. Estas quejas forman los 26 versículos del capítulo 3; pero, como están en contradicción con el asunto principal del libro, nunca se habla de ellas en los manuales de historia sagrada. En efecto, bastaría con que el libro se detuviese ahí; Satán, que es representado como habiendo hecho una especie de apuesta con Jehová, es el ganador, desde el momento en que Job pierde la paciencia y reprocha a Dios el haberle hecho venir al mundo y no sacarle de él ahora.
Elifaz, Bildad y Zofar emprenden entonces la tarea de sermonear a Job; le humillan declarándole que las adversidades no caen sino sobre los malvados. Job pone a Dios por testigo de su inocencia y protesta que es injustamente oprimido. Este diálogo entre Job y sus amigos dura veintinueve capítulos. De pronto, en el capítulo 32, surge un nuevo interlocutor, llamado Eliú, más joven que los otros, el cual toma la palabra no para acusar a Job de haber merecido por sus crímenes los severos castigos que Jehová le ha infligido, sino para hacerle notar que ha mostrado demasiado orgullo al protestar su inocencia, porque, dice, ningún mortal puede jactarse de penetrar en los juicios de Dios y de haber permanecido siempre perfectamente puro a sus ojos.
Luego, Jehová mismo llega en un torbellino, y, después de haber censurado la presunción del joven Eliú, recuerda algunos de los prodigios que muestran su poder. Entonces, Job reconoce que se ha salido de los límites que debían imponerle su debilidad y su ignorancia, y Dios, satisfecho de su sumisión, le cura de sus males y le devuelve por duplicado los bienes que había perdido.

380. Dios recompensa a Job devolviéndole sus bienes.
En su discurso, Jehová cita, en testimonio de su poder, dos animales extraordinarios, el Behemot y el Leviatán, cuya descripción fantástica ocupa dos capítulos. En cuanto a Satán, ya no se vuelve a hablar de él. El último capítulo (42) nos hace saber que Job tuvo aún siete hijos y tres hijas y que vivió ciento cuarenta años después de esta terrible prueba de su vida.
Como se ve, este libro de Job no ofrece un interés muy palpitante. Los críticos señalan en él esta singularidad: Satán, de quien se habla por primera vez, yendo y viniendo por el cielo entre los ángeles buenos y apostando que el buen hombre Job cometerá el gran pecado de proferir maldiciones, si se le abruma de miseria y de enfermedad; y Dios aceptando la apuesta, con la esperanza de que su fiel servidor será paciente hasta el fin. He aquí, pues, a Jehová que ignora el porvenir y que incluso se equivoca en sus previsiones, puesto que Job se deja llevar a maldecir.
Hemos visto que la Biblia cuenta cuatro profetas mayores, pretendidos autores de libros; da también algunos libros supuestamente escritos por profetas menores, en número de doce. Se les llama: Oseas (del que hemos reproducido un breve extracto), Joel, Amós, Abdías, Jonás, Miqueas, Nahúm, Habacuc, Sofonías, Ageo, Zacarías y Malaquías. Sin disputa, Jonás es el único que merece ser citado; «la historia de los doce profetas menores, dice el benedictino Calmet, no nos suministra nada que se acerque tanto a lo maravilloso como la vida de Jonás».
Era un galileo, de la tribu de Zabulón. Los comentaristas le hacen vivir bajo Jeroboam II, rey de Israel; por consiguiente, había nacido entre los herejes. Un día, recibió de Jehová la orden de ir a predicar a los idólatras habitantes de Nínive. Es el único, por lo demás, que haya tenido semejante misión. ¿En qué lengua predicó? pregunta Voltaire, quien hace observar además que había cuatrocientas leguas de su patria a Nínive. — Hay que creer que Jonás no entrevió, para su predicación, más que un éxito de manzanas cocidas («un éxito de manzanas cocidas» — fr. «un succès de pommes cuites»: un fiasco completo, por las manzanas cocidas que antaño se arrojaban a los malos actores); pues, en lugar de dirigirse a Nínive, se largó prestamente en dirección opuesta, bajó a Jope, puerto de mar, y allí se embarcó, después de haber pagado su pasaje, en un navío que levaba anclas para Tarsis.

381. Jonás, enviado por Dios a Nínive, se larga para Tarsis.
Una vez en el mar, sobreviene una tempestad horrible; cosa extraña, esta tempestad adormece a Jonás. Los marineros, presa del espanto, empiezan por arrojar toda la carga al agua; pero el navío, aunque aligerado, es sacudido con más brío que nunca. Entonces, el piloto mayor despierta a Jonás y le conjura a invocar a su Dios para apaciguar la tormenta; Jonás no hace nada de eso. Agitándose el mar cada vez más, los marineros echan suertes, para saber cuál de los pasajeros o de los hombres de la tripulación es causa de esta tempestad; la suerte cae sobre Jonás; le arrojan al mar, y la tempestad cesa, en el mismo instante.

382. Tempestad en el mar sobre el navío donde está Jonás.
El profeta recalcitrante estaba echando un trago, cuando una ballena del polo Norte, que vagaba por casualidad por el Mediterráneo, se le presentó, abrió las fauces y se lo tragó.

383. Jonás, arrojado al agua, es tragado por una ballena.
Jonás no se esperaba esta nueva aventura; sin embargo, como no había medio de hacer otra cosa, tomó el partido de esperar los acontecimientos, en su extraño domicilio. La Biblia nos lo representa durante tres días y tres noches en el vientre de la ballena y cantando allí un cántico bastante largo a Jehová.

384. Tristes reflexiones de Jonás en el interior de la ballena.
Este, que solo había querido dar una lección a su profeta, intimó al monstruoso pez la orden de evacuar a Jonás; el pez obedeció, y he aquí a Jonás depositado en una ribera. Se muestra, en nuestros días, el lugar donde el profeta fue escupido por la ballena; pero los teólogos no están de acuerdo en precisar si Jonás fue vomitado o si fue evacuado por el lado de la cola.

385. Jonás es arrojado por la ballena
Los críticos incrédulos dicen que este relato es una fábula imitada de las fábulas griegas. Homero, en su libro 20, habla del monstruo marino que se arrojó sobre Hércules. Licofrón cuenta que Hércules permaneció tres días y tres noches en su vientre, que se alimentó de su hígado después de haberlo puesto en la parrilla, y que al cabo de tres días salió de su prisión victorioso. Se ve que el cuento de Hércules no es inferior al de Jonás. Tenemos también, en la mitología pagana, la historia de Arión, que, arrojado al mar por unos marineros, fue salvado por una marsopa, la cual lo llevó sobre su lomo hasta Lesbos; pero esta aventura no vale lo que las de Jonás y de Hércules.
Jonás, al salir de la ballena, se dirigió, pues, a Nínive, y anunció, de parte de Dios, a los habitantes la ruina próxima de su ciudad. Según la Biblia, se paseó por las calles, gritando: «¡Cuarenta días más, y Nínive será destruida!»

386. Predicación de Jonás en Nínive.
Estas simples palabras tuvieron un efecto prodigioso: «Los habitantes creyeron al punto en Jehová y se vistieron de sacos; el rey también se levantó de sobre su trono, se quitó su vestidura magnífica, se cubrió con un saco y se sentó sobre un montón de cenizas. E hizo publicar un edicto real que ordenaba un gran ayuno, no solo a los hombres, sino también a las bestias; y ese edicto decía: Que las bestias, bueyes y ovejas, lo mismo que los hombres, sean cubiertos de sacos, y que todos clamen a Jehová, y que cada uno se convierta de sus iniquidades.» Habiéndose convertido, pues, todos los habitantes, Dios se conmovió con su arrepentimiento; de suerte que la predicción de Jonás no se realizó. Solo mucho tiempo después fue Nínive saqueada y arruinada.
Picado ante la idea de que pudieran tomarle por un embustero, Jonás se alejó de Nínive y se refugió en un desierto. Hacía un calor atroz, y no había el menor arbusto en el horizonte. «Y Jehová hizo brotar de pronto un kikajon («kikajon» — palabra hebrea que la Biblia de Ostervald deja sin traducir; la Reina-Valera de 1909 dice «calabacera», otras Biblias «ricino»), que subió por encima de Jonás y dio sombra a su cabeza; y Jonás se regocijó con gran alegría, a causa de ese kikajon. Pero al día siguiente, desde el alba, Jehová puso un gusano en el kikajon, ese gusano se comió toda la savia, y el kikajon se secó. Entonces, al despertarse, Jonás, no estando ya protegido contra el viento abrasador del desierto, se desesperó y se quejó amargamente, rogando a Dios que le hiciese morir y diciendo: La muerte me es mejor que la vida.
(«kikajon» — palabra que la Biblia de Taxil conserva sin traducir del hebreo; las Biblias españolas, como la Reina-Valera, la traducen por «calabacera», y otras por «ricino». Taxil conserva adrede la palabra extraña: toda la gracia del capítulo estriba en que nadie sabe qué planta era.)

387. El milagro del kikajon en el desierto.
Y Jehová apareció y dijo a Jonás: ¿Cómo puedes afligirte así por ese kikajon? Jonás respondió: Sí, Señor, tengo razón de afligirme así, aun hasta la muerte. Y Jehová le dijo aún: Tú quisieras que el gusano hubiese perdonado al kikajon, y sin embargo no eres tú quien lo plantó ni quien lo hizo crecer; pues vino en una noche, y en una noche pereció. Y yo, ¿por qué no habría de perdonar a Nínive, esa gran ciudad, en la cual hay más de ciento veinte mil criaturas humanas, que no saben discernir su mano derecha de su mano izquierda, y además de eso varias bestias?» Con esta ingeniosa ocurrencia divina termina el libro de Jonás (en cuatro capítulos). Es un pobre final, siendo el milagro del kikajon bien poca cosa junto al milagro de la ballena.

388. Lección dada por Dios a Jonás.
Henos aquí llegados a los últimos tiempos de la historia del pueblo hebreo, antes de Jesucristo. El Antiguo Testamento tiene, como conclusión, los cuatro libros de los Macabeos.
Los ocho primeros versículos están consagrados a consignar la victoria de Alejandro Magno sobre Darío III Codomano y a decir que el monarca macedonio, habiendo reinado sobre varios países, murió de enfermedad y repartió su inmenso reino entre sus generales. Por otra parte, se sabe que, según una leyenda judía (Josefo, libro 11, cap. 8), el sumo sacerdote de los judíos, llamado Jaddus, salió al encuentro del conquistador, cuando éste se acercó a Jerusalén, y le mostró unas pretendidas predicciones, según las cuales el mundo entero debía pertenecer a Alejandro. Sensible a esta lisonja, Alejandro habría perdonado a Jerusalén.

389. Alejandro y el sumo sacerdote Jaddus.
Judea quedó entonces sometida al gobierno teocrático: la nación vivía en una especie de independencia, no siendo inquietada por los reinos vecinos y no teniendo rey ella misma. Los sacerdotes gobernaban al pueblo y lo administraban; el altar era al mismo tiempo el trono. En el fondo, era absolutamente como si los judíos hubiesen tenido un rey, puesto que pagaban al sumo sacerdote a la vez el diezmo y el impuesto.

390. Instauración del gobierno teocrático.
No se sabe apenas cuánto tiempo duró ese estado de independencia relativa; pero, de los libros de los Macabeos, cuyo autor se ignora, resulta que los judíos no tuvieron por qué felicitarse de sus relaciones con los sucesores de Alejandro. He aquí en qué amargos términos menciona la Biblia este cambio de situación: «Muerto Alejandro, sus generales guardaron su reino, cada uno en su comarca; y se coronaron después de su muerte, y sus hijos después de ellos, durante muchos años, y los males se multiplicaron sobre la tierra. De ellos salió una raza muy malvada, la de Antíoco el Ilustre.» (1 Macabeos 1:9-11) Con los Seléucidas, dinastía griega que reinó en Siria, es cierto, en efecto, que los israelitas vieron relucir los días nefastos, aunque el escritor sagrado se esfuerce en realzar, mediante el relato de algunos milagros, el prestigio del pueblo de Dios, de nuevo tratado como vasallo y duramente tratado.
Como todo el resto del Antiguo Testamento, los libros de los Macabeos hormiguean de contradicciones y de groseros errores históricos. Además, los acontecimientos están relatados en ellos con tal desorden que es imposible desenredar lo verdadero de lo falso, sobre todo si uno emprende seguir esos relatos capítulo por capítulo. Voltaire ha tenido la paciencia de reunir los argumentos que los críticos aportan contra la autenticidad y la veracidad de estos últimos libros de la Biblia; así pues, para terminar, no podemos hacer nada mejor que reproducir el resumen de sus observaciones:
«1. — Se niega ante todo, escribe Voltaire, el suplicio de los siete hermanos Macabeos y de su madre (muertos en las torturas por haberse negado a comer carne de cerdo), porque no se hace mención de él en el primer libro, que va mucho más allá del reinado de Antíoco Epífanes o el Ilustre.

394. Suplicio de los siete Macabeos y de su madre.
Matatías, padre de los Macabeos, no tenía más que cinco hijos, que todos se señalaron en la defensa de la patria. El autor del segundo libro, que cuenta el suplicio de los Macabeos (cap. 7), no dice en qué ciudad ordenó Antíoco esa ejecución bárbara; y lo habría dicho, si hubiese sido verdadera. Por lo demás, Antíoco parece del todo incapaz de una acción tan cruel, tan cobarde y tan inútil. Era un muy gran príncipe, que había sido educado en Roma. Fue digno de su educación, valeroso y cortés, clemente en la victoria y el más afable: no se le reprocha más que una familiaridad excesiva, que tenía de la mayor parte de los grandes de Roma, cuya costumbre era ganarse los sufragios del pueblo rebajándose hasta él. El título de Ilustre que Asia le dio, y que la posteridad le conserva, es una respuesta bastante buena a las injurias que los judíos han prodigado a su memoria.
Jerusalén estaba enclavada en sus vastos estados de Siria.
Los judíos se rebelaron contra él. Este príncipe, vencedor de Egipto, volvió para castigarlos; y, como la religión era el eterno pretexto de todas las sediciones y de las crueldades de ese pueblo, Antíoco, cansado de su tolerancia, que los envalentonaba, ordenó por fin que no habría más que un solo culto en sus estados, el de los dioses de Siria. Privó a los rebeldes de su religión y de su dinero, dos cosas que les eran igualmente queridas. Antíoco no había obrado así en Egipto, conquistado por sus armas; al contrario, había devuelto ese reino a su rey con una generosidad que no tenía más ejemplo que la grandeza de alma con que se dice que Poro fue tratado por Alejandro. Si, pues, tuvo más severidad para con los judíos, es que ellos le forzaron a ello. Los samaritanos le obedecieron; pero Jerusalén le desafió, y de ahí nació esa guerra sangrienta, en la cual Judas Macabeo y sus cuatro hermanos hicieron (al decir de la Biblia) tan bellas cosas con muy pequeños ejércitos. Por tanto, la historia del suplicio de los pretendidos siete Macabeos y de su padre no es más que una novela.
2. — El novelesco autor comienza sus mentiras diciendo que Alejandro repartió sus Estados entre sus generales en vida. Este error, que no necesita ser refutado, permite juzgar la ciencia del escritor.
3. — Casi todas las particularidades referidas en el primer libro de los Macabeos son igualmente quiméricas. Dice que Judas Macabeo, cuando hacía la guerra de caverna en caverna en un rincón de Judea, quiso ser aliado de los romanos (cap. 8): «habiendo sabido que había muy lejos un pueblo romano, el cual había subyugado a los gálatas». Ahora bien, esa nación de los gálatas no estaba todavía sometida; no lo fue sino por Cornelio Escipión.
4. — Continúa, y dice que Antíoco el Grande, de quien Antíoco Epífanes era hijo, «había sido cautivo de los romanos». Es un error evidente: fue vencido por Lucio Escipión, apodado el Asiático; pero no fue prisionero; hizo la paz, se retiró a sus estados de Persia, y pagó los gastos de la guerra. Se ve aquí a un autor judío mal instruido de lo que pasa en el resto del mundo y que habla al azar de lo que no sabe.
5. — El escritor de los Macabeos añade que ese Antíoco el Grande «cedió a los romanos las Indias, la Media y la Lidia». Esto ya es demasiado fuerte. Semejante impertinencia es inconcebible. ¡Lástima que el autor judío no haya añadido la China y el Japón!
6. — Luego, queriendo parecer informado del gobierno de Roma, dice «que allí se elige todos los años un magistrado soberano, al cual únicamente se obedece» El ignorante no sabía ni siquiera que Roma tuviese dos cónsules.
7. — Judas Macabeo y sus hermanos, si se ha de creer al autor, envían una embajada al senado romano; y los embajadores, por toda arenga, hablan así: «Judas Macabeo, y sus hermanos, y los judíos, nos han enviado a vosotros para hacer con vosotros sociedad y paz.» Es poco más o menos como si un jefe de partido de la república de San Marino enviase embajadores al Gran Turco para hacer alianza con él. La respuesta de los romanos, según la Biblia, no es menos extraordinaria. Si hubiese habido, en efecto, una embajada en Roma de una república palestina bien reconocida, si Roma hubiese hecho un tratado solemne con Jerusalén, Tito Livio y los demás historiadores habrían hablado de ello. El orgullo judío siempre ha exagerado; pero nunca ha sido más ridículo.
8. — Se ve poco después otra fanfarronada; es el pretendido parentesco de los judíos y de los lacedemonios. El autor supone que un rey de Lacedemonia, llamado Arius, había escrito al sumo sacerdote judío Onías tercero, en estos términos (cap. 12): «Se ha hallado en las Escrituras, tocante a los espartanos y a los judíos, que son hermanos, siendo los unos y los otros de la raza de Abraham; y, ahora que lo sabemos, hacéis bien en escribirnos que estáis en paz; y he aquí lo que hemos respondido: Nuestras vacas y nuestras ovejas, así como nuestros campos, son vuestros; hemos ordenado que se os hiciese saber esto.» No se pueden tratar seriamente inepcias tan fuera del sentido común. Eso se parece a Arlequín, que se dice cura de Domfront; y cuando el juez le prueba que ha mentido: «Señor, replica Arlequín, creía serlo.» («Señor, creía serlo» — fr. «Monsieur, je croyais l’être», chiste clásico de la antigua comedia italiana, citado proverbialmente para una pretensión absurda tranquilamente mantenida) No vale la pena mostrar que nunca hubo rey de Esparta llamado Arius, y que en tiempos del sumo sacerdote Onías tercero, Lacedemonia ya no tenía reyes. Sería perder demasiado el tiempo mostrar que Abraham fue tan desconocido en Esparta y en Atenas como en Roma.
9. — Nos atrevemos a añadir a estas puerilidades tan despreciables la aventura maravillosa de Heliodoro, contada en el segundo libro, en el capítulo 3. Seleuco Filopátor, hermano mayor y predecesor de Antíoco Epífanes, rey de Siria, de Persia, de Fenicia y de Palestina, es advertido por un judío, intendente del templo, de que hay en esa fortaleza un tesoro inmenso. Seleuco, que necesitaba dinero para sus guerras, envía a Heliodoro, uno de sus oficiales, a pedir ese dinero, como el rey de Francia Francisco 1o pidió más tarde la reja de plata de Saint-Martin («la reja de plata de Saint-Martin» — fr. «la grille d’argent de Saint-Martin»: la verja de plata del sepulcro de san Martín de Tours, que Francisco I hizo fundir en 1522 para costear sus guerras). Heliodoro viene a ejecutar su comisión, y se arregla con el sumo sacerdote Onías.

391. Heliodoro viene a pedir dinero al sumo sacerdote Onías.
Mientras hablaban juntos en el templo, se ve bajar del cielo un gran caballo que llevaba un jinete resplandeciente de oro. El caballo da primero coces «con las patas delanteras» a Heliodoro; y dos ángeles que servían de palafreneros al caballo, armados cada uno de un puñado de varas, azotan a Heliodoro con todas sus fuerzas.

392. Terrible azotaina administrada a Heliodoro por dos ángeles.
Onías, el sumo sacerdote, tuvo la caridad de rogar a Dios por él. Los dos ángeles palafreneros cesaron de azotar. Dijeron al oficial: Da gracias a Onías; sin sus oraciones, te habríamos azotado el trasero hasta la muerte. Tras lo cual, desaparecieron.

393. El sumo sacerdote Onías intercede por Heliodoro.
No se dice si, después de esta flagelación, el sumo sacerdote Onías se acomodó con su rey Seleuco y le prestó algunos denarios.
Este milagro ha parecido tanto más impertinente a los críticos, cuanto que ni el rey de Egipto Sesac, ni el rey de Asia Nabucodonosor, ni Antíoco Epífanes, ni Ptolomeo Sóter, ni el gran Pompeyo, ni Craso, ni la reina Cleopatra, ni el emperador Tito, que todos se llevaron algún dinero del templo judío, fueron sin embargo azotados por los ángeles. Es verdad que un santo monje vio el alma de Carlos Martel, a quien unos diablos conducían al infierno en una barca, y a quien azotaban para castigar al vencedor de los sarracenos por haberse apropiado algo del tesoro de Saint-Denis («Saint-Denis» — la abadía de Saint-Denis, cerca de París, panteón de los reyes de Francia); pero esos casos ocurren raramente.
10. — Pasamos por alto una multitud de anacronismos, de equivocaciones, de transposiciones, de ignorancias y de fábulas, que pululan en los libros de los Macabeos, para llegar a la muerte de Antíoco el Ilustre, descrita en el capítulo 11 del libro segundo. Es un amontonamiento de falsedades, de absurdos y de injurias, que dan lástima. Según el autor, Antíoco entra en Persépolis para saquear la ciudad y el templo. Bastante se sabe que esa capital, llamada Persépolis por los griegos, había sido destruida por Alejandro. Los judíos, siempre aislados entre las naciones, siempre ocupados únicamente de sus intereses y de su solo país, bien podían ignorar las revoluciones de la China y de las Indias; pero ¿podían no saber que esa ciudad, llamada Persépolis por los griegos solamente, no existía ya desde hacía ciento sesenta años? Su verdadero nombre era Sestekar. Si hubiese sido un judío de Jerusalén, es decir un asiático, quien hubiera escrito los Macabeos, no habría dado a la residencia de los reyes de Persia un nombre que figura únicamente en los libros griegos. De ahí se concluye que estos últimos libros del Antiguo Testamento no han podido ser escritos sino por uno de esos judíos helenistas de Alejandría, que empezaba a querer hacerse orador.
Pero he aquí otra razón para dudar. En el primer libro se dice que Antíoco Epífanes quiso apoderarse de los escudos de oro dejados por Alejandro Magno en la ciudad de Elimaida, en el camino de Ecbatana, que es la misma que Ragés, y que murió de pesar en esa comarca al saber que los Macabeos habían resistido a sus tropas en Judea. En el segundo libro se dice, por el contrario, que ese rey cayó de su carro; que quedó tan magullado en su caída que la gangrena se le metió en el cuerpo; que sus carnes hormigueaban de gusanos; y que entonces pidió perdón al dios de los judíos. Ahí es donde está ese versículo tan conocido, y del que tanto uso se ha hecho: «El malvado imploraba la misericordia del Señor, que no había de obtener». El autor añade que Antíoco prometió a Jehová hacerse judío. Este último rasgo basta: es como si Carlos Quinto hubiese prometido hacerse turco.
No diremos más que una palabra del tercer libro de los Macabeos, y nada del cuarto, tenidos unánimemente por apócrifos.
He aquí una historieta del tercero; la escena es en Egipto. El rey Ptolomeo Filopátor está enojado contra los judíos, que comerciaban en gran número en sus estados; ordena su empadronamiento, y, según Filón, componían un millón de cabezas. Se encierra a ese millón de hombres en el hipódromo de Alejandría. El rey promulga un edicto, por el cual serán todos entregados a sus elefantes para ser aplastados bajo sus pies. Llegada la hora fijada para dar ese espectáculo, Dios, que vela por su pueblo, duerme profundamente al rey. Ptolomeo, al despertar, aplaza la partida para el día siguiente; pero Dios le quita entonces la memoria: Ptolomeo ya no se acuerda de nada. Por fin, al tercer día, Ptolomeo, bien despierto, hace preparar sus judíos y sus elefantes. La pieza iba a representarse, cuando de pronto se abren las puertas del cielo: dos ángeles bajan de ellas; dirigen los elefantes contra los soldados que debían conducirlos; los soldados son aplastados, los judíos salvados, el rey convertido... ¡Graciosamente se escribía la historia en aquel país!»
En suma, si se toma en sus grandes líneas la historia bíblica de los Macabeos, se resume en esto: — El sacrificador Matatías, bajo el reinado de Antíoco Epífanes, da la señal de la rebelión degollando a un judío que sacrificaba a los dioses de Siria; sus cinco hijos, Juan, Simón, Judas, Eleazar y Jonatán, se señalan también.

395. El levita Matatías da la señal de la rebelión.
Judea se subleva; se hace arma de cualquier cosa. Judas Macabeo, el más ilustre de los hijos de Matatías, se pone a la cabeza de la insurrección y hace pedazos los ejércitos reales: pero no se contenta con ser general; sucede como sumo sacerdote a Menelao, descendiente del famoso Jaddus, el adulón de Alejandro. Se citan sus victorias contra Apolonio en las cercanías de Samaria, contra Serón en Bet-horón, y contra otros tres generales de Antíoco: Ptolomeo, Nicanor y Gorgias.

396. Gran victoria de Judas Macabeo, su hijo.
Bajo el reinado de Antíoco Eupátor, hijo de Epífanes, Eleazar Macabeo tiene menos suerte que su hermano Judas: en lo más fuerte de una batalla, habiendo visto en las filas enemigas un elefante cubierto con las insignias reales, mons («mons» — fr. «mons», apócope burlesca de «monsieur», algo así como «el señor fulano») Eleazar arremete contra el animal, imaginándose que el rey está encima; pero el elefante agarra a nuestro judío con la trompa y lo parte en dos como si se hubiese tratado de una simple pipa de cuatro sueldos («pipa de cuatro sueldos» — fr. «pipe de quatre sous»: pipa de barro de las más baratas; «de quatre sous» quiere decir de ínfimo precio).

397. Cómo un elefante fue fatal a Eleazar Macabeo.
Bajo Demetrio Sóter, tío y sucesor de Antíoco Eupátor, Judas Macabeo triunfa aún del ejército sirio, mandado por Báquides, y, en dos ocasiones, del que mandaba Nicanor, el cual pereció en la derrota. Pero habiendo puesto una nueva expedición dirigida por Báquides a los 3.000 hombres de Judas frente a 22.000 hombres, y no habiendo pensado Jehová esta vez en enviar un ángel exterminador en socorro de su pueblo, los macabeos, espantados, se desbandan y dejan que su general sea aplastado por el enemigo. Así acabó el célebre Judas Macabeo. Sus dos hermanos, Jonatán y Simón, le sucedieron uno tras otro en sus dobles funciones de sumo sacerdote y de general.
Conviene observar, con Voltaire, que esos Macabeos eran de la raza de Leví, y que, simples sacrificadores en una pequeña aldea llamada Modín, hacia el mar Muerto, obtuvieron, por una revolución, el poder sacerdotal, y luego el real. No se puede, pues, dejar de constatar que este acontecimiento confundía todas esas vanas profecías que la tribu de Judá había hecho siempre en su favor por boca de sus profetas, y desmentía esa eterna supremacía de la casa de David tan predicha y tan falsa. Ya no había nadie de la raza de David; al menos, ningún libro judío señala ningún descendiente de ese príncipe desde la cautividad.
Si los hijos del levita Matatías, llamados primero Macabeos y después Asmoneos, tuvieron el incensario y el cetro, fue para su desgracia. Sus nietos mancillaron con crímenes el altar y el trono, y no tuvieron más que una política bárbara que causó la ruina completa de su patria. Si tuvieron en el comienzo la autoridad pontifical, no por ello dejaron de ser tributarios de los reyes de Siria. Antíoco Eupátor transigió con ellos, pero siempre fueron mirados como súbditos. Además, esos santos héroes se masacraron entre sí. Simón, el último hermano de Judas Macabeo, fue asesinado, con dos de sus hijos, por su yerno Ptolomeo, gobernador de Jericó, que quería apoderarse del poder.

398. Simón Macabeo es asesinado por su yerno Ptolomeo.
Hircano, hijo de ese sumo sacerdote Simón, y sumo sacerdote él mismo, intentó rebelarse contra Antíoco Sidetes. El rey de Siria lo sitió en Jerusalén, y Jehová no lo socorrió, puesto que se dice que Hircano apaciguó al rey con dinero. Pero ¿de dónde sacó el sumo sacerdote Hircano ese dinero? Es una dificultad que detiene a cada paso a todo lector razonable. ¿De dónde podían venir todos esos pretendidos tesoros que se encuentran sin cesar en ese templo de Jerusalén saqueado tantas veces? Josefo tiene el aplomo de decir que Hircano hizo abrir la tumba de David, y que halló en ella tres mil talentos.
Así es como se han imaginado tesoros en los sepulcros de Ciro, de Rustán; de Alejandro, de Carlomagno; no hace mucho, un ingenuo ministro de la República francesa, confiando en la varita adivinatoria de una bruja farsante o loca, esperaba descubrirlos en las tumbas de nuestros reyes, en Saint-Denis. Sea como fuere, Hircano se sometió y obtuvo su perdón.
Fue este Hircano quien, aprovechando los disturbios de Siria, tomó por fin Samaria, la eterna enemiga de Jerusalén, reconstruida después por Herodes y llamada Sebaste. Los samaritanos se retiraron a Siquem, que es la Naplusa de nuestros días; estuvieron aún más cerca de Jerusalén, y el odio de las dos fracciones del pueblo de Dios fue por ello más implacable. Jerusalén, Siquem, Jericó, Samaria, que tanto ruido han hecho entre nosotros, y que tan poco hicieron en Oriente, fueron siempre pequeñas ciudades vecinas, bastante pobres, cuyos habitantes iban a buscar fortuna lejos, como los armenios, los parsis, los banianos.
Flavio Josefo, ebrio de chovinismo, no deja de decir que ese Hircano Macabeo fue un conquistador y un profeta, y que Dios le hablaba a menudo cara a cara. Si se ha de creer a Josefo, una prueba incontestable de que ese Hircano era profeta es que, teniendo dos hijos a quienes amaba, y que eran monstruos de perfidia, de avaricia y de crueldad, les predijo que, si se endurecían en su maldad, podrían tener un mal fin. De esos dos sacripantes («sacripantes» — fr. «sacripants», bribones, pillos; del nombre de Sacripante, fanfarrón de Boiardo), el uno era Aristóbulo, el otro Antígono. Los judíos tenían ya la vanidad de tomar nombres griegos. Dios vino a ver a Hircano una noche y le mostró el retrato de otro de sus hijos, que al principio no se llamaba más que Janeo, diminutivo de Juan (lo que equivale a Jeannot) («Jeannot» — fr. diminutivo familiar de Jean, «Juanito»; en francés, nombre de bobalicón rústico), y que después tuvo la presunción de añadirse el nombre de Alejandro. «Ése, dijo Jehová, tendrá un día tu puesto de sumo sacerdote.» Hircano, ese buen padre, entreviendo en esa palabra divina el anuncio de una usurpación, se apresuró a hacer morir a su hijo Jeannot, «por temor de que ese oráculo se cumpliese», según dice el historiador. Pero, al parecer, Jeannot o Janeo no murió del todo, o Dios lo resucitó, pues pronto lo veremos sumo sacerdote y dueño de Jerusalén.
Entretanto, hay que ver lo que les ocurrió a los dos hermanos bienamados, Aristóbulo y Antígono, hijos de Hircano, después de la muerte de Hircano su padre. El sacerdote Aristóbulo hace asesinar al sacerdote Antígono, su hermano, en el templo, y hace estrangular a su propia madre en un calabozo. Es de este mismo Aristóbulo, — el primer Macabeo que tomó el título de rey de los judíos, — de quien Josefo dice que era un príncipe muy dulce.
En esa época, Judea estaba turbada por las rivalidades de dos sectas religiosas, que pronto habían de convertirse en facciones políticas: los fariseos, así llamados de una palabra hebrea que quiere decir «separados», porque afectaban distinguirse del pueblo, y los saduceos, que tomaban su nombre de Sadoc, su jefe; estos últimos eran en cierto modo los epicúreos judíos, ateniéndose escrupulosamente a la letra del Pentateuco, no admitiendo la inmortalidad del alma, por consiguiente ni infierno ni paraíso, y menos aún la resurrección, mientras que los fariseos añadían a la ley de Moisés la tradición oral, sobre la cual admitían la metempsícosis, y sobre esta doctrina de la metempsícosis injertaban además toda clase de creencias; así fue como establecieron que los espíritus malignos podían entrar en los cuerpos de los hombres; veían posesiones de demonios en todas las enfermedades desconocidas. Los fariseos son los que inventaron los diablos y los exorcismos; uno de ellos fue quien fabricó el libro titulado La Clavícula de Salomón, libro sagrado del ocultismo. Se los reverenciaba como a los sabios intérpretes de la ley; la gente se apresuraba a iniciarse en sus misterios; enseñaban la resurrección y el reino de los cielos. Había una tercera secta, la de los esenios, que vivían en común, se aplicaban, fuera del mundo, a las virtudes prácticas, la templanza y el trabajo, y que se acomodaban bastante bien a diversas creencias persas. Los Macabeos favorecieron primero a los saduceos contra los fariseos; pero eso se debía sobre todo a que estos últimos formaban la escuela más poderosa en el Estado y trataban de meterse en todos los asuntos.
Muerto Aristóbulo 1.o, su hermano Jeannot-Alejandro («Jeannot» — fr. diminutivo familiar de Jean, «Juanito», que también designa a un bobo; apodo que Taxil da al gran sacerdote Alejandro Janeo, «Jannée», cuyo nombre él hace derivar de Jean) resucita y le sucede; sin duda lo habían guardado en prisión, en vez de matarlo. Janeo se casa con Salomé, es decir, con la viuda de Aristóbulo, y le cambia el nombre por el de Alejandra.
Es en ese tiempo sobre todo cuando los Ptolomeos, reyes de Egipto, y los seléucidas, reyes de Siria, se disputaban Palestina. Esta querella, tan pronto violenta, tan pronto contenida, duraba desde la muerte de Alejandro Magno. El pueblo judío se fortalecía un poco con los desastres de sus amos; los sacerdotes, que gobernaban esta pequeña nación, cambiaban de partido cada año y se vendían al más fuerte. Este Janeo-Alejandro comenzó su sacerdocio con el asesinato de aquel de sus hermanos que aún quedaba, y que no resucitó como él. Josefo no nos dice el nombre de ese hermano, y poco importa ese nombre en el catálogo de tantos crímenes. Janeo se sostuvo en su gobierno a favor de los disturbios de Asia. Ese gobierno era a la vez sacerdotal, democrático, aristocrático: una anarquía completa.
Josefo refiere que un día el pueblo, en el templo, arrojó manzanas y limones a la cabeza de su gran sacerdote Janeo, que se erigía en soberano, y que este Alejandro hizo degollar a seis mil hombres de su pueblo. Esta matanza fue seguida de diez años de matanzas. ¿A quién pagaban tributo los judíos en aquel tiempo? ¿Qué soberano contaba esta provincia entre sus estados? Josefo ni siquiera roza esta cuestión: parece que quiere hacer creer que Judea era una provincia libre y soberana. Sin embargo, es cierto que los reyes de Egipto y los de Siria se la disputaron, hasta que los romanos vinieron a engullirla.
Después de este Janeo, tan indigno del gran nombre de Alejandro, su viuda Salomé, llamada Alejandra, conservó, durante nueve años, la autoridad en nombre de sus jóvenes hijos, abandonando al mismo tiempo el gobierno a los fariseos y tolerando las violencias que cometían contra sus adversarios, los saduceos. Luego, dejando la muerte de Alejandra libre carrera a las rivalidades políticas y religiosas de estas dos sectas, este reino, que no tenía diez leguas de extensión en ningún sentido, fue desgarrado por la guerra civil, habiéndose puesto Hircano II, el mayor de los hijos del gran sacerdote Janeo, a la cabeza de los fariseos, y siendo Aristóbulo II, el menor, el jefe de los saduceos; y Judea tuvo así dos reyes, en vez de uno. Estos dos hermanos enemigos se dieron batalla cerca del burgo de Jericó, no con ejércitos de trescientos, de cuatrocientos, de quinientos y de seiscientos mil hombres; ya no se atrevía nadie entonces a escribir semejantes patrañas, y hasta el exagerador Josefo se habría avergonzado de ello; los ejércitos judíos eran entonces de tres a cuatro mil soldados. Hircano fue derrotado, y Aristóbulo II quedó dueño.
En esa época, los romanos, sin preocuparse demasiado por su pretendida sociedad amistosa con los Macabeos, llevaban sus armas victoriosas al Asia Menor, a Siria y hasta el monte Cáucaso. Los seléucidas ya no existían; Tigranes, rey de Armenia, suegro de Mitrídates, había conquistado una parte de sus estados. El gran Pompeyo había vencido a Tigranes; acababa de reducir a Mitrídates a darse la muerte; hacía de Siria una provincia romana. Los libros de los Macabeos no hablan ni de este gran hombre, ni de Lúculo, ni de Sila. Nadie se asombrará de ello. — Hircano, expulsado por su hermano Aristóbulo, se había refugiado en casa de un jefe de árabes, llamado Aretas. Jerusalén había sido siempre tan poca cosa que este capitán de ladrones vino a sitiar a Aristóbulo en esa ciudad. Pompeyo pasaba entonces por la baja Siria. Aristóbulo obtuvo la protección de Escauro, uno de sus lugartenientes. Escauro ordena al beduino levantar el sitio y no cometer más hostilidades en las tierras de los romanos; pues, estando Siria incorporada al imperio, Palestina lo estaba también. Tal es el único pacto de sociedad que la república romana había podido hacer con Judea.
Josefo escribe que Aristóbulo, para obtener la protección de Pompeyo, le envió un magnífico presente; Estrabón habla de ese presente, que sería una viña de oro, pero lo atribuye a Alejandro-Janeo, y no a Aristóbulo. Sea como fuere, los dos hermanos Aristóbulo e Hircano, que se disputaban la calidad de gran sacerdote, vinieron a defender su causa ante Pompeyo durante su marcha. Iba a pronunciarse, cuando Aristóbulo huyó; lo que haría creer que el regalo de la viña de oro no había logrado influir en el árbitro y que el hijo menor de Jeannot tenía desde entonces más confianza en las murallas de la capital de David.

399. Arbitraje de Pompeyo entre los últimos Macabeos.
En efecto, Pompeyo fue a poner, a su vez, sitio a Jerusalén. Se sabe que esta ciudad está en una excelente situación, desde el punto de vista de la defensa; podría ser una de las mejores plazas de Oriente en manos de un ingeniero hábil; al menos, el templo, que era la verdadera ciudadela, podría volverse inexpugnable, estando edificado en la cima de una montaña escarpada, rodeada de precipicios. Pompeyo se vio obligado a perder casi tres meses en preparar y poner en movimiento sus máquinas de guerra; pero en cuanto pudieron maniobrar, abrió brecha en la fortaleza y entró. Un hijo del dictador Sila subió el primero, y, lo que hace esta jornada más memorable aún, es que la toma de Jerusalén por los romanos tuvo lugar bajo el consulado de Cicerón (63 a. de J.-C.). Josefo dice que se mató a doce mil judíos en el templo; lo creeríamos, si no hubiera exagerado siempre. No podemos creerle cuando añade que se encontraron allí dos mil talentos de plata y que el vencedor sacó diez mil de la ciudad: pues, en fin, habiendo sido tomado este templo tantas veces con tanta facilidad, tantas veces saqueado y devastado, era imposible que se guardasen allí dos mil talentos de plata, que harían cerca de doce millones de francos de nuestra moneda; y sería aún más extravagante creer que se pudiera gravar a un país tan pequeño, tan agotado y tan pobre, con diez mil talentos, ¡cerca de sesenta millones!... En eso no piensan los que leen sin examen y reproducen a la ligera esas fábulas imaginadas por el orgullo hebreo. Un hombre sensato se encoge de hombros cuando ve que Alejandro no pudo recoger en Judea más que treinta talentos para ir a combatir a Darío, y ve doce mil talentos en las cajas de los judíos, además de los tres mil supuestamente hallados en la tumba de David.
Es cierto que Pompeyo no tomó nada para sí, y que se limitó a hacer pagar a los judíos los gastos de su expedición, que había sido un accesorio de su campaña principal en Asia Menor. Cicerón alaba ese desinterés; pero Rollin (Charles Rollin, 1661-1741, historiador francés, autor de una Historia romana) (Historia Romana, libro 16) dice que ya nada le salió bien a Pompeyo desde entonces, a causa de la curiosidad sacrílega que había tenido de penetrar en el santuario del templo judío. Voltaire replica a Rollin que Pompeyo difícilmente podía saber si estaba prohibido entrar allí; que la prohibición podía ser para los judíos, y no para Pompeyo; que los carpinteros, los ebanistas, los demás obreros entraban allí, cuando había alguna reparación que hacer. Podría añadirse que era antaño la presencia del arca lo que hacía sagrado ese lugar, y que esa arca divina estaba perdida desde Nabucodonosor. César habría entrado tan bien como Pompeyo en ese recinto de treinta pies de largo y habría tenido ciertamente la misma curiosidad de mirar dentro. Si, pues, Pompeyo fue vencido por César en la batalla de Farsalia, puede que fuera por haber sido curioso en Jerusalén; pero hubo sin duda también otras razones de esa derrota, y el genio de César contribuyó mucho a ella. Podría observarse además que es un sacrilegio mucho mayor degollar a doce mil hombres en un templo que entrar en una sacristía donde no había nada en absoluto. (Voltaire, Sumario de la historia judía)
Por lo demás, Pompeyo, habiendo apresado a Aristóbulo, lo envió cautivo a Roma. Además, en el curso del año 49 (a. de J.-C.), ordenó a un descendiente de los Escipiones, su lugarteniente en Siria, que hiciera cortar el cuello al hijo mayor de Aristóbulo, que había tomado el nombre de Alejandro y el título de rey. Este suceso acaba de hacer ver cuál era la alianza de corona a corona que los judíos se jactaban de tener con los romanos, y qué confianza se puede poner en los relatos de los historiadores de esa nación. En fin, para dar la última mano a este cuadro, y para mostrar de qué respeto estaba penetrado el imperio romano hacia los judíos, bastará decir que, algunos años después (38), el triunviro Marco Antonio condenó en Antioquía a otro rey judío, el segundo hijo de Aristóbulo, llamado Antígono, a morir con el suplicio de los esclavos; lo hizo azotar y crucificar.
Fue entonces cuando el Senado concedió el título de rey al idumeo Herodes, hijo de Antípatro, procurador de Judea, que se casó con Mariamne, hija de Hircano II, y reinó unos cuarenta años, bajo la protección de Roma, teniendo a sus súbditos hebreos doblegados bajo su cetro de hierro.

400. Fin de la teocracia: reinado de Herodes el Grande.
Así termina el Antiguo Testamento. Nuestra tarea de hoy está cumplida. Dentro de algún tiempo, publicaremos una nueva edición de la Vida de Jesús, que apareció hace dieciséis años; nuestra antigua Biblia divertida, que precedió entonces a esa crítica humorística del Nuevo Testamento, era un simple juego, una serie de chanzas que acompañaban los desopilantes dibujos de nuestro amigo Frid’Rick. Entonces, el clericalismo parecía definitivamente reducido a la impotencia, y no nos quedaba más que ir a explorar el campo de los vencidos, para conocer por nosotros mismos y poder decir un día qué parte conviene conceder a la buena fe de los últimos defensores del dogma; queríamos ver de cerca si el altar que se derrumba en ruinas cuenta verdaderamente con sacerdotes que creen lo que su Iglesia enseña. A favor de una mistificación llevada hasta los últimos extremos (alusión a la célebre mistificación de Taxil: su fingida conversión al catolicismo, de 1885 a 1897, y la invención del culto satánico del «paladismo», que él mismo desenmascaró como una farsa suya en abril de 1897) hemos logrado hacer esta curiosa experiencia.
Pero, antes de publicar sus resultados, nos ha parecido necesario — levantando la cabeza el partido clerical — volver a tomar en mano este álbum de dibujos cómicos de nuestro antiguo colaborador y rehacer una crítica general, completa esta vez, de ese monumento de necedad embrutecedora que se llama la Biblia. Para terminar, digamos una palabra, que asombrará mucho a nuestros lectores librepensadores, pero que es la expresión de la verdad comprobada por nuestra investigación personal de once años: por idiota que sea la Biblia, hay sacerdotes, y hasta sacerdotes inteligentes, que, de buena fe, la creen verdadera, auténtica, y cuyo espíritu no se desconcierta ante ninguno de los relatos más fantásticos de los farsantes autores de la Sagrada Escritura; no solo esos extraordinarios ingenuos creen que la ballena se tragó a Jonás, sino que creerían también que Jonás se tragó a la ballena, — si el divino palomo se lo hubiera dictado a algún supuesto profeta.
Conclusión: la fe religiosa es una variedad de la locura.
TABLA DE CONCORDANCIA
CAPÍTULO 1. La creación y el paraíso terrenal.
1. El caos.
2. Creación de la luz.
3. Creación de la atmósfera.
4. Creación de los continentes y de los mares.
5. Creación de los árboles y de las plantas.
6. Creación de los astros.
7. Creación de los animales.
8. Creación del hombre.
9. El hombre pasa revista a los animales.
10. El hombre, rey de la creación.
11. El Señor descansa.
12. Primer sueño del hombre.
13. Creación de la mujer.
14. El fruto prohibido.
15. Eva tentada por la serpiente.
16. Desobediencia de Adán y de Eva.
17. Adán y Eva tienen el sentimiento de su desnudez.
18. Adán y Eva se esconden a la llamada de Dios.
19. Dios reprocha a Adán y Eva su pecado.
20. Adán y Eva expulsados del paraíso terrenal.
CAPÍTULO 2. Breve historia de los primeros hombres.
21. Ofrendas de Abel a Dios.
22. Ofrendas de Caín.
23. Asesinato de Abel por Caín.
24. «Caín, ¿qué has hecho de tu hermano?».
25. La sangre de la víctima se alza contra el asesino.
26. Caín es marcado con un signo de reprobación.
27. Enoc, viejo patriarca, es arrebatado al cielo.
28. Matusalén es padre a los ciento ochenta y siete años.
CAPÍTULO 3. Los ángeles en concubinato en la tierra.
29. Jehová crea ángeles para distraerse.
30. Lucifer, ángel orgulloso, quiere ocupar el lugar de Jehová.
31. El ángel Miguel expulsa a Lucifer del paraíso.
32. Los ángeles bajan a la tierra.
33. Jehová es abandonado.
CAPÍTULO 4. Ahogamiento general de la humanidad.
34. Proyecto de un diluvio y de un arca.
35. Noé construye su arca.
36. Noé hace entrar en el arca una pareja de animales de cada especie.
37. Las esclusas del cielo son abiertas.
38. La paloma. Inquietud de los habitantes del arca.
39. El arca se detiene en la cumbre del monte Ararat.
40. Inauguración del arco iris.
41. Noé planta la viña e inventa el vino.
42. Embriaguez del patriarca Noé.
43. Cam y Canaán son maldecidos.
44. Los efectos de una maldición.
45. Nemrod.
46. Construcción de la torre de Babel.
47. La confusión de las lenguas.
CAPÍTULO 5. Feliz vida de un patriarca bienamado.
48. Abraham busca el país de Canaán.
49. Sacrificio de Abraham en el desierto.
50. Abraham presenta a su mujer al rey de Egipto.
51. El rey de Egipto colma a Abraham de presentes.
52. Separación de Abraham y de Lot.
53. Abraham libera a Lot prisionero.
54. Rivalidad de Sara y de Agar.
55. Agar y el joven Ismael expulsados por Sara.
56. Dios instituye la circuncisión.
57. Los ángeles anuncian a Sara que tendrá un hijo.
58. Lot protege a los ángeles contra los habitantes de Sodoma.
59. Incendio de Sodoma.
60. La mujer de Lot es convertida en estatua de sal.
61. Nacimiento de Isaac.
62. Dios ordena a Abraham que le sacrifique a su hijo.
63. Sacrificio de Isaac.
CAPÍTULO 6. Una familia consagrada a la multiplicación.
64. Eliezer y Rebeca.
65. Eliezer en casa de Betuel y Labán.
66. Eliezer trae a Rebeca al joven Isaac.
67. Infancia de Esaú y de Jacob.
68. Esaú cede a Jacob su derecho de primogenitura.
69. Jacob se hace bendecir por Isaac.
70. Furor de Esaú.
71. La escalera de Jacob.
72. Jacob pide a Labán la mano de su hija Raquel.
73. Jacob entra a servir en casa de Labán.
74. Primer matrimonio de Jacob.
75. Jacob se da cuenta de que es Lea la que le ha sido dada en matrimonio.
76. Jacob vuelve a entrar por segunda vez a servir en casa de Labán.
77. Jacob se casa por fin con Raquel.
78. Partida de Jacob; pesares de Labán.
79. Reconciliación de Esaú y de Jacob.
80. Jacob, bendecido de Dios, tiene una numerosa familia.
81. José, desde su juventud, tiene el don de la adivinación.
82. José es metido en un pozo por sus hermanos.
83. Unos mercaderes ismaelitas proponen comprar a José.
84. José, sacado del pozo, es vendido.
85. Se hace creer a Jacob que José ha muerto.
86. Jacob desesperado rasga sus vestiduras.
87. José comprado como esclavo por Putifar.
88. Hermosa virtud de José.
89. José acusado de atentado al pudor de Mme Putifar.
90. José en prisión.
91. José explica los sueños de los presos.
92. Sueño de Faraón.
93. José predice el porvenir a Faraón.
94. José, primer ministro, impide la hambruna.
95. José hace buena acogida a sus hermanos, a causa de Benjamín.
96. La copa escondida en el baúl de Benjamín.
97. Benjamín y sus hermanos son detenidos por robo.
98. José se da a conocer a sus hermanos.
99. Llegada de Jacob a Egipto.
100. Magníficas exequias de Jacob.
CAPÍTULO 7. Moisés y el viaje de cuarenta años.
101. Penosos trabajos de los israelitas.
102. Edicto que ordena la muerte de los niños varones.
103. Moisés expuesto en el Nilo.
104. La cuna de Moisés encontrada por la hija del rey.
105. Infancia de Moisés en la corte del Faraón.
106. La zarza ardiente.
107. La vara de Moisés convertida en serpiente.
108. Plagas de Egipto: la lluvia de ranas.
109. Los ángeles exterminadores.
110. Los israelitas obtienen el derecho de salir de Egipto.
111. Los israelitas pasan el Mar Rojo a pie enjuto.
112. El ejército egipcio es engullido.
113. Marcha de los israelitas por el desierto.
114. El cielo alimenta al pueblo de Dios.
115. Moisés obtiene del cielo grandes victorias.
116. Invención del sacerdocio: Aarón primer sacerdote.
117. Moisés en el Sinaí.
118. El becerro de oro.
119. Los frutos de la tierra prometida.
120. Moisés instituye a Josué su sucesor.
CAPÍTULO 8. Las hazañas de Josué y de Gedeón.
121. Josué proclamado jefe de los hebreos.
122. Dos espías son enviados a Jericó.
123. La policía de Jericó en casa de Rahab.
124. Rahab hace un pacto con los dos espías.
125. Evasión de los espías.
126. Primera vuelta de los hebreos alrededor de Jericó.
127. Segundo paseo con música alrededor de Jericó.
128. Los hebreos desesperan de tomar la ciudad.
129. Las murallas de Jericó se derrumban por fin.
130. Matanza de los habitantes de Jericó, exceptuada Rahab.
131. Cinco reyes conspiran contra los hebreos.
132. Dios combate por su pueblo haciendo llover piedras sobre el ejército enemigo.
133. Josué detiene el sol.
134. Reparto de la tierra de Canaán entre las doce tribus.
135. Gobierno de los Jueces.
136. Los israelitas se ponen a adorar a los ídolos.
137. Los israelitas, sojuzgados, llevan el tributo al rey Eglón.
138. Aod inmola al rey Eglón.
139. La profetisa Débora llama a los hebreos a la libertad.
140. Jael, inspirada por Dios, mata al general Sísara.
141. Los malvados madianitas persiguen a los hijos de Israel.
142. El joven Gedeón se hace notar por su debilidad muscular.
143. Un ángel transforma a Gedeón en hombre fuerte.
144. Dios explica a Gedeón que tiene designios sobre él.
145. Milagro del vellón húmedo.
146. Gedeón derriba los ídolos.
147. Los ángeles arman a Gedeón.
148. Gedeón reúne a los israelitas y les explica su plan.
149. Los madianitas son sorprendidos en su campamento.
150. Gedeón rehúsa la realeza.
151. Abimelec degüella a sesenta y nueve de sus hermanos.
152. Incendio de la torre de Siquem.
153. Muerte de Abimelec.
CAPÍTULO 9. Los jueces Jefté y Sansón.
154. La matanza de Schiboleth.
155. Jefté, jefe de bandidos.
156. Jefté tiene un inmenso cariño a su hija.
157. Jefté, partiendo a la guerra, hace un voto.
158. Espachurramiento completo de los amonitas.
159. La hija de Jefté sale al encuentro de su padre victorioso.
160. Jefté sacrifica a su hija al Eterno.
161. Sansón, niño, mata a un león.
162. Sansón ensarta a treinta filisteos.
163. Los zorros en llamas.
164. Los israelitas bloqueados por los filisteos recriminan a Sansón.
165. Sansón se hace entregar a los filisteos.
166. La quijada de asno.
167. Sansón apaga su sed.
168. Sansón se lleva las puertas de Gaza.
169. Dalila y Sansón traban conocimiento.
170. Los filisteos rasuran a Sansón durante su sueño.
171. Le revientan los ojos a Sansón.
172. Sansón hace girar la muela.
173. Sansón muere vengándose.
174. El levita de Efraín.
CAPÍTULO 10. Suave idilio de la bella Rut.
175. Rut y Noemí.
176. Miseria de Rut espigando en el campo del viejo Booz.
177. Bondades de Booz para con Rut.
178. Consejos de Noemí a su nuera.
179. Rut despierta a Booz.
180. Booz desposa a Rut con gran solemnidad.
CAPÍTULO 11. Historia de Samuel antes de la realeza
181. El hogar del bígamo Elcana.
182. La estéril Ana consulta al ermitaño de Efraín.
183. Partida de Elcana para Silo.
184. Ana-la-Estéril implora al Eterno.
185. El sumo sacerdote Elí admite a Ana a ver de cerca el Santo de los Santos.
186. Ana es reconducida a su esposo por los dos hijos de Elí.
187. Afecto del sumo sacerdote por el hijo de Ana.
188. Samuel niño es consagrado al Señor.
189. Impiedad de los dos hijos del sumo sacerdote.
190. El joven Samuel despertado de noche por una voz misteriosa.
191. Samuel va a despertar al sumo sacerdote.
192. Dios habla a Samuel.
193. Muerte de los hijos de Elí y toma del arca.
194. Elí cae de su asiento a la noticia de la muerte de sus hijos.
195. El ídolo de Dagón es derribado.
196. Retorno maravilloso del arca.
197. Numerosos beneficios de Samuel.
CAPÍTULO 12. Saúl, primer rey, y su rival David
198. Samuel ofrece la corona a Saúl.
199. El espíritu de Dios se apodera de Saúl.
200. Consagración solemne de Saúl.
201. Los israelitas lloran por la suerte de los habitantes de Jabes.
202. Saúl nombra a Samuel su primer ministro.
203. Jabes es librada por Saúl.
204. Samuel presenta su dimisión.
205. Señales de desgracias inminentes.
206. Saúl usurpa las funciones sacerdotales.
207. Jonatán cae de improviso sobre los filisteos.
208. Jonatán, hambriento, encuentra una colmena.
209. Jonatán prueba la miel.
210. Saúl condena a muerte a su hijo.
211. Saúl perdona.
212. Saúl trae prisioneros a los amalecitas.
213. El rey Agag es perdonado.
214. Desesperación de Samuel.
215. Samuel hace pedazos al rey Agag.
216. Samuel declara a Saúl destituido.
217. David, niño, es coronado por Samuel.
218. David toca el arpa para distraer a Saúl.
219. Combate de Goliat y de David.
220. Muerte de Goliat.
221. El triunfo de David.
222. Los celos de Saúl.
223. Jonatán intenta reconciliar a Saúl con David.
224. David y Mical.
225. David huye de casa de Mical.
226. Mical pone un monigote en la cama de su esposo.
227. Terrible venganza de Saúl.
228. Samuel recoge a David.
229. David en medio de los profetas.
230. Los arqueros de Saúl se vuelven profetas.
231. Saúl se pone él mismo a profetizar.
232. Triste fin del sumo sacerdote Ahimelec.
233. Saúl dormido es sorprendido por David.
234. Saúl comprueba que David lo ha perdonado.
235. Reconciliación de Saúl y David.
236. Nabal se niega a dejarse requisar por David.
237. Dios fulmina a Nabal; David se casa con su viuda.
238. Santa muerte del profeta Samuel.
239. La sombra de Samuel se aparece a Saúl.
240. Suicidio de Saúl.
241. David llora a Saúl y a Jonatán.
242. El más joven de los hijos de Saúl se proclama rey.
243. Muerte trágica de Is-boset.
244. David baila delante del arca.
245. David presa del demonio del adulterio.
246. Proyectos criminales del rey.
247. El valiente capitán Urías es sacrificado.
248. David consuela a Betsabé, viuda de Urías.
249. Ferocidad de David para con los amonitas.
250. Amnón, hijo del rey, deshonra a su hermana Tamar.
251. Absalón, otro hijo de David, se entera del crimen de Amnón.
252. Absalón venga el honor de Tamar.
253. Huida de David.
254. Triste fin de Absalón.
255. Adonías y Salomón se disputan la corona.
256. El empadronamiento del pueblo.
257. La peste en Israel.
258. David obtiene el perdón de Dios.
259. Abisag sirve de edredón al rey.
CAPÍTULO 13. Glorioso reinado de S. M. Salomón.
260. Salomón se apodera de la herencia paterna.
261. Adonías, hijo mayor, se inclina ante su hermano menor coronado.
262. Fin muy próximo de Adonías.
263. Catástrofe inesperada.
264. Salomón expulsa a Abiatar.
265. Casamiento de Salomón.
266. Jehová concede la sabiduría al hijo de David.
267. Célebre juicio de Salomón.
268. Salomón edifica un templo a Jehová.
269. Salomón sacrifica él mismo.
270. Grandes fiestas dadas al pueblo.
271. Dios recompensa al gran constructor Salomón.
272. Potencia marítima del rey judío: la flota de Israel.
273. La reina de Sabá plantea enigmas a Salomón.
274. Intercambio de presentes reales.
275. Salomón empieza a decaer: malas compañías.
276. Continuación de la decadencia real: demasiadas mujeres.
277. El colmo de la decadencia: el rey adora a los ídolos.
278. Dios habla por última vez a Salomón.
279. El amotinador Jeroboam se refugia en Egipto.
280. Salomón se duerme por fin para siempre.
CAPÍTULO 14. Los dos reinos: Israel y Judá.
281. Demasiada popularidad, o la huida de Roboam.
282. Jeroboam es proclamado rey de Israel.
283. El pueblo se arrodilla ante los becerros de oro.
284. El joven Abías, hijo de Jeroboam, está enfermo.
285. Jeroboam envía a la reina a consultar a Ahías.
286. La reina, disfrazada, consulta a Ahías el profeta.
287. Jeroboam reposa con sus padres.
288. Por su parte, Roboam entrega su alma a Dios.
289. Asa, rey de Judá, depone a la reina madre Maaca.
290. El virtuoso Asa es probado por Dios en su vejez.
291. Dios anuncia a Jehú que va a proceder con rigor contra el rey de Israel.
292. Zimri extermina al rey Ela y a su familia.
293. La matanza se extiende hasta los animales de Ela.
294. Fin trágico de Zimri el exterminador.
295. Acab, rey de Israel, rinde homenaje a Baal.
296. El profeta Elías es alimentado por los cuervos.
297. Milagros de Elías en casa de la viuda de Sarepta.
298. Elías resucita al hijo de la viuda sentándose encima.
299. Los sacerdotes de Baal desafiados a hacer un milagro.
300. Jehová ejecuta para Elías el milagro fallido por Baal.
301. Los sacerdotes de Baal arrojados al torrente de Cisón.
302. Elías recibe de Jezabel un mensaje lleno de amenazas.
303. Elías, en el desierto, es socorrido por un ángel.
304. El profeta Elías se pone en camino hacia el monte Horeb.
305. El monte Horeb entra en danza al acercarse Dios.
306. Continuación de las emociones de Elías: la montaña se incendia.
307. Elías toma consigo a Eliseo como servidor.
308. Continuación de las peregrinaciones del profeta Elías.
309. Acab derrota al ejército de Ben-adad, rey de Siria.
310. Ben-adad salva la vida escondiéndose en un gabinete.
311. Acab propone a Nabot comprarle su viña.
312. Nabot, habiéndose negado, es muerto por orden de Jezabel.
313. Muerte del impío Acab.
314. Enojoso accidente ocurrido a Ocozías.
315. Ocozías va a consultar a Baal-Zebub.
316. Elías fulmina a los soldados de Ocozías.
317. Elías separa las aguas del Jordán a golpes de manto.
318. Despedida de Elías de su fiel Eliseo.
319. Elías, arrebatado al cielo, arroja su manto a Eliseo.
320. Eliseo se vuelve profeta a su vez.
321. Los chiquillos de Betel se burlan de Eliseo.
322. Los osos vengadores del profeta.
323. Eliseo invitado a comer por la sunamita.
324. La sunamita decide a su marido a dar un aposento a Eliseo.
325. Eliseo anuncia a la sunamita que tendrá un hijo.
326. Primera edición del milagro de la multiplicación de los panes.
327. El buen general Naamán, hombre valiente, pero leproso.
328. Naamán es curado por el agua del Jordán.
329. Eliseo rehúsa los presentes del general agradecido.
330. Giezi, habiendo tomado el dinero, coge la lepra.
331. Milagro estupendo del hacha.
332. Sirios heridos de ceguera.
333. El capitán Jehú se proclama rey de Israel.
334. Joram y Ocozías, primeras víctimas de Jehú.
335. Coquetería de la vieja reina Jezabel.
336. Jezabel es devorada por los perros.
337. Atalía extermina la estirpe real de Judá.
338. Joás es criado en secreto por el sumo sacerdote Joiada.
339. Muerte de Atalía, a los ciento seis años.
340. Milagro póstumo de Eliseo.
341. Fin del reino de Israel.
342. El viejo Tobías se queda ciego.
343. Tobías hijo y el ángel Rafael de pesca.
344. Sara, hija de Ragüel, siete veces viuda.
345. Tobías hijo cura la ceguera de su anciano padre.
346. Tobías hijo se casa con Sara y expulsa al diablo Asmodeo.
347. Piedad ejemplar de Ezequías, rey de Jerusalén.
348. Ezequías sitiado es socorrido por el ángel exterminador.
349. Desagradable fin del profeta Isaías.
350. La ciudad de Betulia privada de agua.
351. La viuda Judit se presenta en casa de Holofernes.
352. Holofernes es inmolado por Judit.
353. Alegre liberación de Betulia.
354. El profeta Jeremías, monologuista lamentativo.
355. Nabucodonosor destruye el templo de Jerusalén.
CAPÍTULO 15. Durante y después del cautiverio.
356. Milagro de los tres jóvenes hebreos en el horno.
357. Sueño de Nabucodonosor explicado por Daniel.
358. El rey Nabucodonosor, precursor de los vegetarianos.
359. Daniel en el foso de los leones.
360. El festín de Baltasar.
361. La casta Susana sorprendida en el baño.
362. Los dos viejos hacen condenar a Susana.
363. Daniel convence de calumnia a los dos viejos.
364. Ejecución de los dos viejos calumniadores.
365. Daniel demuestra la impostura de los sacerdotes de Bel.
366. Daniel envenena al dragón de los babilonios.
367. Habacuc, llevado por los cabellos, da la sopa a Daniel.
368. La caca untada en pan, desayuno del profeta Ezequiel.
369. Ezequiel inventa un nuevo modo de mudanza.
370. El profeta Ezequiel inventa la polca de los huesos de muertos.
371. Asuero repudia a Vasti y se casa con Ester.
372. Orgullo de Amán, y bella actitud de Mardoqueo.
373. Ester ruega a Asuero que venga a cenar a su casa con Amán.
374. Mardoqueo es conducido en triunfo por el propio Amán.
375. Amán es acusado por la reina de haber querido su muerte.
376. Ahorcamiento de Amán en la horca que destinaba a Mardoqueo.
377. Job, inmensamente rico, es el más feliz de los hombres.
378. Job se convierte de pronto en el hombre más pobre del mundo.
379. Paciencia inalterable de Job en medio de los dolores.
380. Dios recompensa a Job devolviéndole sus bienes.
381. Jonás, enviado por Dios a Nínive, se larga para Tarsis.
382. Tempestad en el mar sobre el navío donde está Jonás.
383. Jonás, arrojado al agua, es tragado por una ballena.
384. Tristes reflexiones de Jonás en el interior de la ballena.
385. Jonás es expulsado por la ballena.
386. Predicación de Jonás en Nínive.
387. El milagro del kikajon en el desierto.
388. Lección dada por Dios a Jonás.
389. Alejandro y el sumo sacerdote Jaddus.
390. Instauración del gobierno teocrático.
391. Heliodoro viene a pedir dinero al sumo sacerdote Onías.
392. Terrible azotaina administrada a Heliodoro por dos ángeles.
393. El sumo sacerdote Onías intercede por Heliodoro.
394. Suplicio de los siete Macabeos y de su madre.
395. El levita Matatías da la señal de la rebelión.
396. Gran victoria de Judas Macabeo, su hijo.
397. Cómo un elefante fue fatal para Eleazar Macabeo.
398. Simón Macabeo es asesinado por su yerno Ptolomeo.
399. Arbitraje de Pompeyo entre los últimos Macabeos.
400. Fin de la teocracia: reinado de Herodes el Grande.
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